close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

En Volgogrado, Rusia.
42ºC. Rererereleyendo El autobús perdido, de John Steinbeck

El tránsito por la frontera resultó limpio y sin demasiado sobresalto. Unos cuantos guardias bastante profesionales me marearon un poco, y rellenaron por mi los formularios sin solicitar nada más que un spanish souvenir y me tuvieron esperando al sol un rato no demasiado largo. Cuando les informé de que no tenía souvenirs, lo dejaron correr sin mayor aspaviento. Para lo que podría haber sido entrar en Rusia, me di por más que satisfecho.
Súbitamente, el paisaje cambió radicalmente al dejar atrás Ucrania. De repente, surgieron delicadas lomas cubiertas de girasoles y de maizales. El cielo decidió acompañar y los nubarrones tormentosos quedaron atrás definitivamente. Al fondo, en la línea del horizonte, pude divisar el espumante y zafíreo mar Negro, con una costa abrupta y salpicada de casitas de colorines. No obstante, no nos equivoquemos, estamos en Rusia: El bucólico paisaje se veía interrumpido abruptamente por enormes tuberías y gigantescas torres de alta tensión y cada pocos kilómetros, una lúgubre central eléctrica zumbaba al pie de la carretera, y enormes camiones-cisterna herrumbrosos y prehistóricos se arrastraban con movimientos febriles deformando el asfalto con su peso.

Kirill y un servidor

Kirill y un servidor

Mi primera parada estaba prevista en Rostov-en-Don, una próspera ciudad a orillas del río Don, fundada oficialmente en el siglo XVIII como puesto de aduanas. El río sirve de importante canal de comunicaciones y transporte, por lo que la ciudad ha ido creciendo con cierta desmesura. Al entrar, me di cuenta de que sus dimensiones son bastante mayores de lo que hubiera pensado. Mis ojos empezaron a buscar un hotel y, en un semáforo, una cabeza rubia emergió de un pequeño monovolumen.
- Hello!- dijo la cabeza.
- Hi there! – respondí.
- Were from?- preguntó.
- Spain!
Se produjo un pequeño alboroto dentro del monovolumen. El semáforo se puso en verde. Arranqué dando por concluida la conversación. Pero, en el siguiente semáforo, volvió a aparecer la cabeza rubia.
- What you want?- indagó.
- Hotel.
- We help you!- contestó con entusiasmo. Así, me dispuse a seguir sin rumbo fijo el monovolumen, que paró ante un hotel bastante más caro de lo que me hubiera gustado. Se bajaron dos muchachos, uno larguirucho y rubio, de ojos saltones y sonrisa de niño pequeño, muy parecido a Jude Law, y otro bastante más voluminoso y mirada franca y agradable, que me recordaba a un mandarín de tebeo. Me acompañaron hasta el hotel, observaron cuidadosamente mi registro, y dijeron que me esperaban mientras me asentaba en la habitación. Bajé al cabo de un cuarto de hora, y fui recibido como un héroe.
- ¿Te gusta el narguile? – preguntaron.
- Claro, vamos.
Me monté en el monovolumen y empecé a conocerlos. Kirill, el rubio delgado, trabaja para la brigada de narcóticos de la policía. Eduard, por su parte, tiene un próspero negocio de cristalería. Se produjo una sucesión de acontecimientos trepidantes que no fui muy capaz de asimilar dada la velocidad a la que se producían: me llevaron a fumar narguile, me invitaron a cenar, me pasearon por Rostov-la-nuit indicándome cada pequeño detalle que no debía perderme:
- Russian medicine- decían indicando una ambulancia.
- Russian tramway- comentaban.
- Russian building- señalaban.

Si todavía no has visto mi vídeo sobre Rusia, lo tienes aquí. ¡No te lo pierdas!

En su interés por compartirlo todo conmigo, corríamos de un punto a otro de la ciudad, subíamos y bajábamos del coche y nos apresurábamos a ver cada edificio y cada esquina. Acabamos paseando apaciblemente por la orilla del Don. Les pregunté por la crisis.
- Aquí no se nota- contestaron-. Somos rusos, aguantamos cualquier cosa.
A continuación, al filo de la medianoche, sugerí suavemente que quizá sería una hora aconsejable para ir a la cama. Pero la visita turística me reservaba una nueva sorpresa. Mencionando algo confuso sobre un coche que da curvas, se dirigieron a una gran plaza donde se agolpaban muchachos ociosos conduciendo coches ostentosos y chicas fáciles devorando con la mirada las llantas de aleación y los spoilers y alerones polícromos. Nos detuvimos ante un coche especialmente llamativo, rodeado por una pequeña multitud ávida de sensaciones fuertes.
Bajé del monovolumen tropezando y me encaré al grupo de rusos.
- Spassiva!! – dije con entusiamso pero sin mucha coherencia. Luego me di cuenta de que estaba dándoles las gracias, así que me corregí-. Niet, niet… Dobrevicha!- Buenas noches.
- This is Valera- me indicaron mis nuevos amigos, empujándome a conocer al dueño del coche tuneado.
Valera era un muchacho rollizo de grandes mofletes y ademanes amigables, y aficionado a hacer trompos. Para integrarme en el grupo, pregunté todos los detalles mecánicos posibles a Valera, y le hice abrir el capó y enseñarme cada rincón de su automóvil, cosa que hizo con indudable orgullo y deleite. Hablamos de mecánica un rato sin saber muy bien si estábamos entendiéndonos, y fui devuelto al hotel con la promesa de ser recogido a la mañana siguiente para completar la visita a Rostov.

En efecto, a las doce de la mañana me esperaban a la puerta del hotel Eduard y Valera como los hermanos Tweedledum y Tweedledee. Decidimos dar un paseo por el mercado y el pequeño kremlim de Rostov antes de ir a comer juntos. El kremlim es un pálido reflejo de lo que debió de ser: no olvidemos que Rostov fue invadida y arrasada por las tropas nazis en dos ocasiones durante la Segunda Guerra Mundial. Para mi horror, me indicaron que me sentara en el coche tuneado. Le dije a Valera que por favor condujera como un ser humano normal.
- No problem, my friend- contestó.

En el coche tuneado con Valera y Eduard

En el coche tuneado con Valera y Eduard

Fiel a su promesa, Valera condujo como un bendito por las despejadas calles de Rostov. A la hora de la comida, nos vimos no sé muy bien cómo en un chiringuito al lado del río, en el que se vendían al peso enormes pedazos de carne braseada. Jamás en mi vida he probado una carne mejor cocinada y tan jugosa y tierna, nunca. Y esta afirmación viene de un gallego gourmand, así que debe ser tomada en consideración.
Cuando por fin me vi al lado de la moto, con todo listo para partir, Eduard sacó no sé muy bien de dónde una cajita de cartón.
- For you to remember Rostov friends.
La abrí. Dentro había una botellita de barro que los tres habían firmado. Nos despedimos con un gran abrazo.

Comiendo la carne al peso en el chiringuito

Comiendo la carne al peso en el chiringuito

Hice noche en el camino, en un hotel insólito en medio de la nada y, al día siguiente, llegué a Volgogrado. Es una ciudad industrial más grande que Rostov, pero con menos encanto. Las calles se hallaban sumidas en un inmenso caos, pude saber que debido a la visita institucional de Vladimir Putin, a quien vi pasar desde la acera rodeado de una escolta incomprensiblemente ruidosa. Hacerme con un hotel a un precio decente resultó más difícil de lo que hubiera imaginado. Los guardias de tráfico me dirigieron a una gran plaza despejada, en la que se asentaban dos hoteles ciclópeos de cinco estrellas. Me acerqué a un taxista, y escribí en mi moleskine “HOTEL *** 30$ INTERNET”. Supongo que cualquier taxista de este mundo habría comprendido qué estaba buscando, pero los cuatro taxistas que consulté me empujaban todos a los dos hoteles gigantes de cinco estrellas por más que les señalaba las estrellas y el precio que estaba dispuesto a pagar. Más tarde comprobaría que los taxistas, además, son incapaces de interpretar un mapa: paré a cuatro intentando que me llevaran a una zona de la ciudad, y ninguno de ellos pudo comprender a dónde quería ir. Desinflada mi fé por los taxistas y los agentes de movilidad, hasta el momento mis más valisosos recursos para encontrar alojamiento decente, descubrí azarosamente el Lite Hotel.

Volgogrado es especialmente famoso por la estatua que se asienta precariamente en la colina Мама́ев Курга́н. Si bien espero tener tiempo para una galería de fotos de Rusia en breve, no quería dejar pasar esta ocasión para mostraros a Madre Rusia Llama. Fijáos, por favor, en los pequeños puntitos al pie de la estatua, en su misma base: Son personas. En esta foto he retratado además una iglesia de dos plantas que se encuentra al lado de la estatua, y que a su lado parece una pequeña casita de muñecas.

Madre Rusia Llama, Volgogrado

Madre Rusia Llama, Volgogrado

Y aquí estoy, esperando a que me devuelvan a Fefa, que está en revisión en un taller recomendado en un foro de viajeros de largas distancias. Hace un mes había escrito al propietario del taller indicándole las piezas que necesitaba: ruedas nuevas, filtros de aceite y aire, cadena, líquidos, frenos, y con todo ello me estaban esperando, por lo que mi estancia en la ciudad se ha reducido a dos días y medio. Fefa está ahora lista para afrontar las carreteras de Kazakhstan, igual que yo. Esta mañana saldremos hacia Samara, última ciudad civilizada antes de encontrarnos con una planicie infinita salpicada de baches y de yaks. Deseadme suerte: según los trolls que cada vez atacan con más insistencia este blog, la voy a necesitar. Pobre de mi. :)

Imprimir