close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hay algo en el ambiente brumoso de Bretaña que me hace sentir como en casa. La cara de las gentes, los acantilados rugosos, la niebla permanente, el orvallo engañoso, los marineros rudos, el olor a roble y eucalipto y a salitre, el viento mareiro, las casas de piedra gris, todo me recuerda a esa Galicia mía que dejé, parece, hace ya un millar de años.

Bendita Bretaña maldita o pensamientos brumosos provocados por la lluvia

Es Bretaña, pero podría ser Galicia perfectamente.

Hoy a sido un día física y mentalmente agotador. Amanecí realmente temprano escuchando el hipnótico repiquetear de la lluvia sobre mi hamaca. Estuve alrededor de un par de horas completamente inmóvil oyendo simplemente las gotas de agua caer sobre el tejado de plástico, aturdido en la penumbra, arrebujado en el saco de dormir, con la certeza de que fuera me esperaba un día gélido, húmedo y hostil. Decenas de pensamientos pasaron por mi cabeza, muchos de ellos negativos y de los que me avergüenzo ahora: ¿Qué hace un tipo como tú, renunciando a la comodidad de su casa, a una vida segura y convencional, qué haces en plena Bretaña solo bajo la lluvia, de verdad crees, insolente, suicida, osado, que puedes conquistar el mundo desde una hamaca -por muy aislada que esté- y una moto -por más que parezca la del Inspector Gadget-?. Decidí por fin sacar la cabeza fuera de la hamaca, para inmensa consternación de una urraca que paseaba cerca de Fefa, y que se marchó armando un gran alboroto. El mundo exterior, con su belleza difusa, onírica y grisácea y un par de croissants con café me devolvieron a la realidad. Estuve varias horas en la cafetería del camping -enclavado a unos cincuenta metros de uno de los alineamientos de menhires de Carnac- decidiendo si seguir o dar por perdida la jornada. A la hora de la comida parecía que ya se había desparramado toda la lluvia posible en un día, y el viento había perdido por fin el resuello. Decidí pasear por el alineamiento de Kermario, que tenía más a mano, para trazar un plan de acción. La idea de los alineamientos es bastante sencilla: entre los años 4500 y el 2500 a.C. los habitantes del golfo de Morbihan se dedicaron a buscar las piedras más grandes que pudieron encontrar, y las transportaron a unos campos cerca del mar, alineándolas a continuación durante kilómetros y kilómetros, por motivos que nos son ahora desconocidos. Algunos de los menhires alcanzan los siete metros de altura, y en algunos de los asentamientos se cuentan más de un millar. Paseando entre aquellas piedras, no me extrañaron lo más mínimo las leyendas que arrastran tras de si: ¿Son soldados romanos petrificados para proteger a San Cornelius? Es posible. ¿Bajan las piedras al mar para bañarse y beber cada noche? Seguramente.

Enfundado en un poncho verde nada discreto comprado en una tienda de efectos militares, parecía una de esas viejecitas inglesas que van a comprar plumcake los jueves al mercado hiperprotegidas de la intemperie con un aspecto algo ridículo. Pero es que una de las ventajas de estar haciendo la vuelta al mundo en moto es que te importa un cojón cómo vas vestido y lo que pueda pensar la gente de tu indumentaria. Paseé furibundo entre los menhires observando con cautela los nubarrones grises, hasta que tomé la decisión de levantar campamento, porque las predicciones anunciaban una tarde más bien soleada. A los diez minutos de arrancar, el tiempo se dio cuenta de mi insensatez y decidió darme mi merecido, regalándome una tromba épica y unos golpes de viento que Fefa y yo recordaremos toda la vida. Tomé la primera salida y aparecí por azar en el pequeño pueblo pesquero de Concarneau (en bretón, “Concha de Cornualles”), habiendo recorrido setenta infernales kilómetros. Cuando, entre la bruma, abrí la puerta del bar-hotel-restaurante-casa de apuestas, los lugareños sin duda creyeron ver la aparición de la Muerte y así lo mostraron observándome con cierto pánico.

Abandonando Noirmoutier

Ayer, a mediodía, abandoné otro de los lugares del mundo que puedo llamar hogar. Cada vez que dejo detrás de mi algo de mi pasado, me siento como el pez que va renovando sus escamas. Me despidió Marc con un aire algo melancólico.

Casa de Marie-Thérése, con la interesada buscando nombres en la agenda

Casa de Marie-Thérése, con la interesada buscando nombres en la agenda

Pero los días anteriores había tenido ejemplos más que suficientes de hospitalidad isleña. Nada más aterrizar en el castillo para saludar tímidamente, me secuestró Marie Thérése, una ancianita adorable de mirada inteligente, amiga de mamá, que me subió en volandas a su diminuto y destartalado coche y me llevó a hacer un velocísimo tour por la isla haciendo curvas en dos ruedas y sorteando baches, veraneantes y lugareños con una habilidad propia de un conductor de rallies. Con una capacidad de organización inaudita, me vi sentado en un sofá de su casita de muñecas, con un bollo de canela en la mano y un té en la otra, mientras ella llamaba por teléfono a todos los habitantes de la isla que yo podría conocer remotamente para anunciarles mi llegada. Acto seguido, y haciéndome sentir un poco Dinio, me llevó a un restaurante y cenamos a la luz de las velas comentando la intolerable situación política de nuestros respectivos países. Marie Thérése opina que los franceses se han dormido en los laureles. Que el francés medio está anestesiado por los beneficios sanitarios y sociales, y es perezoso e insolidario y sólo sabe resolver los conflictos haciendo huelgas. Y que Sarko está haciendo lo posible por cambiar esto, pero es muy malo comunicando sus planes, y por ello fracasa.
El estudio de Colette ocupa la planta superior de la vivienda.

El estudio de Colette ocupa la planta superior de la vivienda.


Al día siguiente tomó el relevo en los Premios a la Hospitalidad 2010 Colette, una pintora de la isla que, junto con su marido, vive por y para los barcos. Comimos los tres en su enorme casa-estudio, un chalet doble de dos plantas que intenta seguir la línea arquitectónica de la isla. La conversación giró en torno al placer de viajar y a diversas técnicas de navegación. Tuvieron la amabilidad de indicarme lugares imperdibles de Bretaña mientras su enorme gato intentaba desesperadamente cagarme dentro del casco.

¿Y qué pinta Noirmoutier en todo esto?

Hace un puñado bastante grande de años, cuatro intrépidos representantes del Comité de Hermanamiento de Noirmoutier se fueron a Galicia porque habían oido hablar de que allí se criaba en cautividad el rodaballo, y les hacía ilusión hermanarse con una localidad en la que se practicara la piscicultura. El azar, o quizá la falta de una Lonely Planet actualizada, los llevó al apacible pueblecito de Padrón. Recorrieron sus calles mojadas como almas en pena hasta que dieron con la Guardia Civil, a la que preguntaron -en francés- dónde podrían encontrar un lugar en el que les hicieran una paella. Dado que Padrón no era en aquella época la Reserva Gastronómica de Occidente y el Guardia Civil había sido alumno de mi madre -que no tuvo, en apariencia, mucho éxito enseñándole la lengua de Moliére-, éste subió a los horrorizados franceses a su coche-patrulla, y se dirigió al colegio donde estaba trabajando mamá, para que le sirviera de intérprete. Puedo imaginar perfectamente la angustia de los pobres galos, que se creían detenidos y de camino a la penitenciaría en un Nissan Patrol con las sirenas sonando a todo trapo por las calles desiertas de un pueblo completamente desconocido. Mamá, que siempre ha sido muy hospitalaria, invitó a los franceses a comer la paella en casa y ellos se ofrecieron a hacer crêpes. Debo decir que, como buen adolescente que era, en aquella época su acto me causó una cólera infinita y estuve enfurruñado dos semanas. Pero de no haber sido por aquella espontánea acción culinaria, hoy tendría en mi vida una nacionalidad menos y sería un poquito menos rico de lo que soy.

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