Crónica: Colombia, desde el Caribe a los Andes
¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia. Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
El Enano. Ultimamente pienso mucho en El Enano. Un enano vestido de bufón circense que se aparecerá en medio de la nada con una caja de color morado con ribetes de oro. Me la entregará sonriendo burlón y agitando su bonete con cascabeles.
- Si presionas el botón que está dentro de la caja -dirá enseñando sus dientes torcidos- te trasladarás inmediatamente a tu vida anterior: tu perra, tu casa, tus frustraciones, tus ahorros intactos. El botón del statu quo ante bellum. ¿Qué me dices?
Hoy apretaría el botón hasta que me sangraran los dedos. Me detuve lentamente a un lado de la carretera imaginaria. No era una carretera. Ni siquiera podía considerarse una pista forestal. Era una broma absurda acordada entre el GPS y el destino. Decidí tomarme un respiro. No tenía ni idea de cuánto tiempo iba a transcurrir dando botes por aquel pedregal, así que sencillamente opté por tomármelo con calma. Me senté al borde del camino. La vista era impresionante. Ante mi se desplegaba un cañón gigantesco cubierto de una densa mata verde esmeralda. Salpicadas aquí y allá, las palmeras altivas destacaban sobre el manto homogéneo y casi selvático. No se veía un alma. Estaba en compañía del sol y las iguanas. Me quité la chaqueta y me acomodé a la sombra de un árbol completamente desconocido para mi. No conozco ninguno de los árboles que me regala el paisaje. Cada vez son más extraterrestres, con su talla imponente, con sus hojas acharoladas y gigantes y sus troncos que asemejan velas de cera derretidas por el calor. Me puse algo de música. Empezó a sonar Charlene Duncan. Nunca antes había escuchado la letra, pero en ese momento, colgado en la cima de una montaña inmisericorde en medio y medio de Colombia, la mujer parecía estar cantándome a mi.
But I ran out of places and friendly faces
Because I had to be free
I’ve been to paradise, but I’ve never been to me
Please lady, please, lady, don’t just walk away
Cause I have this need to tell you why I’m all alone today
I can see so much of me still living in your eyes
Won’t you share a part
Of a weary heart
That has lived a million lives
Hey, you know what paradise is?
it’s a lie, a fantasy we create
about people and places as we’d like them to be
But you know what truth is?
it’s that little baby you’re holding,
it’s that man you fought with this morning
The same one you’re going to make love with tonight
that’s truth, that’s love……
Me quedé sin lugares y sin caras amistosas porque tenía que ser libre.
He estado en el paraíso, pero nunca en mi interior.
Por favor, señora, por favor no se vaya sin más. Porque necesito contarle por qué estoy sola hoy. Puedo ver tanto de mi en sus ojos… ¿No compartiría una pedacito de un corazón gastado que ha vivido un millón de vidas?
Oiga, ¿sabe lo que es el paraíso?… Una mentira, una fantasía que creamos sobre gentes y lugares como nos gustaría que fueran. ¿Pero sabe qué es la verdad? es ese niño pequeño que abraza, ese hombre con el que peleó esta mañana, el mismo con el que hará el amor esta noche. Eso es amor, eso es verdad.
Las Ítacas.
En Mérida, Venezuela
27ºC. Día 503 de viaje. Leyendo El mirón, de Alain Robbe-Grillet.
Cuando subía hacia Centroamérica, Colombia me había proporcionado ya una sutil advertencia, pero el espejismo apacible y delicioso de Cartagena me había hecho olvidar una verdad como un templo: Colombia es un país que cansa muchísimo. El calor terrorífico, los camiones inmisericordes -en especial unos con lonas negras abombadas que no miran NADA de lo que circula a su alrededor y sólo piensan en avanzar sin importar los medios- y las carreteras muy imprevisibles terminan por minar la moral y la resistencia física de un capuchino de madera. Recorrer Colombia es una rapsodia, una especie de collage musical en el que se suceden sin concierto momentos sublimes y miserables, instantes de éxtasis casi místico seguidos de trances que rozan lo insufrible. Lo descubrí poco a poco, pero el primer ejemplo lo tuve en la ruta entre Cartagena y Santa Marta. Ambas son fulgurantes joyas encastradas al borde de un Caribe hermoso como un diamante, y cualquier turista riguroso las encontraría irresistibles. La carretera que las une es una larguísima recta impecable que bordea la costa orgullosamente. A medio camino, la imponente imagen de Barranquilla a lo lejos aturde un poco con sus instalaciones portuarias ciclópeas y su enorme extensión urbana de metal brillando al sol hasta el punto de parecer un espejismo. La ruta entonces describe unas amplísimas curvas y se adentra casi en el Caribe, que aquí es proceloso e indómito: brama sin cesar sobre la playa desierta y salpica de brumosa espuma blanca la carretera. En esa planicie surgen a ambos lados de la carretera densas concentraciones de chabolas de ladrillo y chapa, edificadas literalmente sobre la albufera. Son auténticas ciudades de miseria, construidas sobre el agua, que está llena de bolsas de basura flotantes que forman islas irregulares y se sedimentan entre las chabolas. A ambos lados de la carretera, muchachos imberbes y ancianos desahuciados venden pescado. Una veintena de chamizos ofrecen cócktail de camarón. Yo había probado ese exquisito plato en Cartagena, en un puesto callejero de aspecto sólo ligeramente sospechoso. Se vende en vasitos de distintos precios y tiene un gusto ácido y picante que en cualquier lugar se haría famoso. Aquí me sorprendería que saliera vivo de la experiencia, aunque mi estómago a estas alturas actúa casi como una hormigonera.
La gente conduce mal. Muy mal. Mi cláxon lleva estropeado desde Ecuador, así que, para desahogarme, grito como un subhumano a quien me agrede efectuando adelantamientos suicidas. Cuando llego a Santa Marta estoy completamente afónico.
El viejo y el mar
Abandonas Ciénaga y el aire limpio y el sol radiante vuelven a regalar los sentidos. Búfalos de agua retozan en las lagunas, rodeados de hermosas aves zancudas de color rosáceo con pico de espátula. Cuando volvía de Santa Marta, advertido ya de las playas salvajes que me encontraría en mi ruta al sur, decidí parar en una de ellas. Caminé despacio a través de la arena, intimidado por el mar bravío. Aquí y allá, pequeñas chabolas de plástico mirando hacia el azul infinito y bullicioso. De la más cercana emergió un hombrecillo muy anciano, de pelo largo y blanco y aspecto atormentado. Se acercó a mi mascullando. Se puso a mi lado y nos quedamos un rato mirando al mar, sin decirnos nada. Finalmente, rompió el hielo y extendió su mano sucia. No recuerdo su nombre. Iba descalzo y casi desnudo. Empezó a hablar como si la vida le fuera en ello, sin ningún tipo de control. Era incapaz de contener el torrente de palabras: me habló atropelladamente de navíos españoles hundidos, de Dios, de las iguanas y de unos hijos, quizá imaginarios, que habían triunfado en la vida. El vivía allí, con la única compañía del ulular del viento en las lonas de plástico de su choza.
Me pareció que estaba loco, pero seguramente yo lo esté también a un nivel similar. Era inofensivo, también como yo. Dos locos inofensivos mirando al mar. Compartí unas galletas. Me preguntó sobre mi al cabo de un rato. Escuchó en silencio. Sus ojillos oscuros, atrapados en un imposible entramado de arrugas marcadas por la suciedad, me estudiaron largamente mientras yo hablaba. Finalmente, preguntó:
- Y de todoh loh paiseh, ¿cuál le guta máh pa’ vivil?
Pensé en soltarle una mentira piadosa, pero decidí ser honesto con él.
- Yo creo que el lugar para vivir es Asia.
- ¿Asia?
- Sí, Asia. Es ahí donde está el futuro, donde se está cociendo el mundo ahora.
Se me quedó mirando un rato en silencio, y negó con la cabeza.
- Nah, palsero. Uté no quiere eso, no. Uté no quiere trabahal veinte horal día y vivil enserrao en una caha, uté lo que quiere eh difrutá del sol, del tiempo, de caminal, de conosel genteh, sentise libre, eso eh lo que uté quiere. Uté ya vivía en Asia. Ahora tié que viví en América pa disfrutala bien.
Pensé que ese tipo en Hollywood sería un reputado gurú de estrellas de cine. En dos frases lo había pincelado todo con una lucidez que no soy capaz de aplicar yo mismo.
El interior
Tenía tres días por delante de carretera monotonamente linda hasta Medellín. A medida que vas entrando en el interior de Colombia, te topas con un paisaje que recuerda mucho a la sabana africana: llanuras infinitas en las que sólo destacan algunas lomas de color verde pálido, árboles bajos y oscuros, pequeñas lagunas lisas como un espejo. La vida brota a mi alrededor, y las gentes tienen una relación de extraño noviazgo con lo que les rodea. Comen de lo que les da la tierra, pastorean sus propios pescados en la laguna que excavan con un palo, luchan con los elementos con las manos desnudas. Me encuentro con un grupo de campesinos que han matado a un cocodrilo, y juguetean distraidamente con él en la cuneta. Otro está sentado en un tocón y vende un perezoso bebé que seguramente ha arrancado a golpes de los brazos de su madre. Intenta vendérmelo por cincuenta dólares.
- ¿Y dónde lo llevo?
- Yo tengo acá una bolsica pa’ llevalo- contesta.
- ¿Y qué come?
- Pura verdura- dice señalando al suelo, como si el perezoso fuera a comer cualquier hierbajo del camino.
El animal asemeja un pequeño peluche que lo mira todo con una sonrisa beatífica y tontorrona. Cuando lo acaricio, cierra los ojos sin parar de sonreír, aunque creo que, en realidad, está aterrorizado. Tiene unos ojitos casi humanos, somnolientos, que hacen que parezca que se acaba de fumar un porro.
- En la primera frontera que pase me detendrán por llevarlo.
- Lo pué regalá en el zoo de Medellín.
Continuo la ruta. En la ciudad en la que descanso, el cielo está inundado de unos enormes murciélagos que se presentan en manada a la misma hora sobre el parking de un supermercado para darse un festín con las polillas que acuden a la luz azulada de las farolas. Un solar abandonado está atiborrado de iguanas grandes como mi brazo, que dormitan al sol y se pelean con gran algarabía por unas bolsas de basura. Camino por las calles casi desiertas al atardecer. Un anciano está sentado a la puerta de su casa. Con unas tijeritas, está recortándole las plumas a un gallo de pelea. Me siento a charlar con él. Me deja que juegue con su gallo, que parece tranquilo y amodorrado. Al tacto, el animal es fuego. El viejito recorta y recorta las plumas con su tijerita, para que el gallo luzca altanero en su primera pelea.
Y, entonces, el paisaje comenzó a cambiar. Aparecieron las montañas, primero discretas colinas romas cubiertas de terciopelo verde, y después riscos más escarpados por los que la carretera trepaba trabajosamente, caracoleando pared arriba como una arteria sinuosa. Los camiones se concentraban en las curvas y las cuestas, haciendo muy difícil el avance. A los márgenes de la vía, se agolpaban los seres más diversos: vendedores de fruta, de café, de cachivaches electrónicos. Alcanzo el valle del Cauca, un río caudaloso e imponente, de color chocolate, que embiste con furia las montañas y se las lleva por delante con tesón de siglos. Cada pocos kilómetros, un destacamento militar de muchachos jóvenes que saludan al paso de los coches con el pulgar en alto: No os preocupéis, todo va bien, cuidamos de vosotros. Es ésta una tierra de agua: los baches de la carretera parecen llorar, primorosas y espectaculares cascadas se suceden a ambos lados de la vía entre la maleza, la gente instala mangueras manando abundantes chorros hacia la carretera para anunciar su pequeño negocio de lavado de automóviles. Me paro en un mirador, en la confluencia de dos ríos. Hay un enorme puente metálico al que me aterra acercarme, y que domina todo el valle. Las casas allá abajo parecen piezas de Lego o elementos de una maqueta ferroviaria. Mientras bebo un agua panela, una bebida mágica hecha de caña de azúcar y limón, aparece una familia mestiza que se queda un buen rato contemplando a la Fefa con adoración y sorpresa. Los saludo y brindo con ellos desde la terraza. Sonríen y agitan sus manos: mamá, papá, nené. Caminan tropezando vereda abajo y pronto los pierdo de vista. De repente están al final del abismo, en el cauce del río proceloso. Sin un atisbo de miedo comienzan a cruzarlo caminando. La corriente parece que se los va a llevar, pero no es así: permanecen cogidos de la mano, trastabillando a contracorriente, peleando con el agua marrón que lucha por arrastrarlos río abajo. Tras tres o cuatro minutos de angustia, alcanzan la otra orilla, y siguen caminando como si nada hubiera pasado. Unos héroes.
La carretera continúa, los baches se hacen cada vez más frecuentes. A los vendedores de cuneta se suman ahora los reparadores del firme: acuden a los baches armados con palas y los rellenan a cambio de unas monedas, que les arrojan los camioneros desde la cabina. El colmo del esperpento es ver a un muchacho en silla de ruedas, que maneja la pala con entusiasmo y, al paso de los vehículos, agita una gorra como un aspa de un helicóptero. En las grandes curvas del irregular trazado, se sitúan estrategicamente niños de ocho o nueve años y mujeres embarazadas, todos ellos armados con un trapo rojo, y dirigen el tráfico con más entusiasmo que eficacia.
Las montañas eran hermosas como montoncitos de esmeraldas, y se disolvían en la atmósfera gradualmente, en la lejanía, como cabecitas de niños escondidas tras cortinas de gasa. Al pasar el puerto, diviso a lo lejos lo que creo que es Medellín, aunque todavía quedan unos cuarenta kilómetros para llegar. Me parece una ciudad muy pequeña allá abajo. Sin embargo, la carretera va dejando atrás aquel pueblo anónimo y se adentra en una enorme garganta entre las montañas. Y, finalmente, aparece. Es un gigante que desafía a la imaginación, desparramado sin concierto en la ladera del valle. Llego al atardecer, y el sol, de un naranja intenso, se refleja un millón de veces en las ventanas de las chabolillas de ladrillo que inundan la falda de la montaña, así que conduzco cegado por miles de reflejos dorados y grana. La montaña parece estar cubierta de carbones chisporroteantes. El tráfico se hace insoportable, de repente aparecen de ninguna parte diez millones de motocicletas que petardean como insectos insolentes a mi alrededor. Hay también millares de pequeños taxis propulsados por gas que no respetan a nada ni a nadie. La infraestructura viaria de la ciudad es un prodigio de hormigón: allá abajo el río domesticado, aquí las decenas de carriles de asfalto inmisericorde, más arriba el metro sustentado por columnas de cemento que recuerdan a poderosos baobabs. Todo parece funcionar a la perfección en Medellín: grandísimos parques, avenidas anchas y limpias, edificios de metal refulgente. La ciudad parece no acabarse nunca: este lado del valle concentra miles de casas apiñadas sin ton ni son montaña arriba, pero más allá la llanura también aparece atiborrada de edificios. Y, a continuación, otras tres lomas conquistadas por el asfalto y el ladrillo. Y el resto de las montañas a mi alrededor están completamente cubiertas de una alfombra de casitas que se pierden en la calima.
Blasfemando en el vórtice del Universo
De Medellín sólo puedo decir cosas lindas. La ciudad ha dejado atrás definitivamente las épocas oscuras, en las que sus calles eran testigo de veinte asesinatos diarios, y es ahora una urbe resplandeciente y trepidante, con edificios ultramodernos, una cantidad ingente de museos y actividades culturales, y exquisitos rincones de un encanto inesperado. Abrumado por la cantidad de cosas que ver y hacer, por primera vez en mucho tiempo me apliqué una estricta disciplina de turista, y diseñé cuidadosamente una ruta que me llevó por sus fulgurantes parques y edificios administrativos, por sus calles atiborradas, sus plazas coquetas decoradas con hermosos Boteros, sus bellas iglesias y cementerios. Incluso trepé montaña arriba en un teleférico encantador que me depositó en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad, y que regala unas vistas inolvidables.
Sólo me sobresalto una vez: abandono la catedral y camino calle abajo hacia el Cementerio de San Pedro. Subitamente, aparece ante mi una hembra de alabastro enfundada en unos shorts diminutos de plástico y un corpiño de pedrería, con el pelo largo y rizado cayéndose perezosamente sobre sus hombros desnudos. Mira con desidia a su alrededor, castigándonos a todos con sus ojos zarcos como dos lagunas de plata. Una puta. Y luego otra. Y otra. De repente hay cien, sentadas con indolencia ante sus ajados prostíbulos. Un tipo de aspecto sospechoso con chaqueta azul me sigue con curiosidad y gula. Acelero el paso, sujeto la cámara con dos manos, tengo ojos para todo. Un par de chavales intercambian droga a plena luz del sol. Esquivo al tipo de la chaqueta azul cuatro o cinco manzanas más adelante. Medellín vuelve a ser lo que era al cruzar una avenida. Aquí no ha pasado nada.
Me había encontrado fugazmente con las gentes que publican una revista de motos, que gentilmente diseñaron para mi la ruta que me llevaría hacia Venezuela. Mi primera parada fue a escasos kilómetros de Medellín, un pequeño y pintoresco pueblo llamado Guatapé, frecuentado fundamentalmente por el turismo local. Al borde mismo de un embalse de caprichosa forma y bajo la atenta mirada de un enorme y desconcertante peñasco oscuro, Guatapé es un pueblecito de ensueño que parece sacado de un relato onírico de los hermanos Grimm. Sus casas están decoradas con bajorrelieves gremiales pintados de colorines, que hacen alusión a la profesión del propietario de la vivienda. La plaza principal es un jardincillo multicolor dominado por una iglesia de mazapán y las calles un entramado de pequeñas obras de arte popular, que desembocan en una laguna sobre la que flotan grandes ferrys desde los que llegan, flotando en el aire, estridentes cumbias.
A la mañana siguiente busco en el GPS la primera de las ciudades de la ruta: Honda. Observo que hay cuatro o cinco Hondas en Colombia, y marco la primera, un poco al tuntún. Con gran seguridad, dirijo el morro de Fefa a un caminillo de cabras que renquea colina arriba. Dado que me habían advertido de que tendría que hacer un par de kilómetros de tierra, no me alarmé cuando el caminillo se convirtió en un pedregal. Al cabo de media hora, sin embargo, estaba sudando como una cerda y vociferando maldiciones de todo tipo dentro del casco. El enano se me apareció varias veces tentándome con su cajita de color granate. No me crucé con nadie en mucho, mucho tiempo. El sol de justicia castigaba los pedruscos, que se desprendían bajo mis ruedas, canturreando. Debo decir, no obstante, que las vistas eran espléndidas así que, de vez en cuando, detenía el motor para enfriarlo y disfrutar del paisaje montañoso y el olor suave de las flores.
Muchos kilómetros más adelante llegué a Honda. O eso indicó el GPS con un lánguido y escueto pitido. Huelga decir que allí no había nada, ni siquiera una casa. Continué descendiendo la colina dando tumbos hasta que, en un cruce de caminos, divisé un anciano un poco homosexual que se escarbaba los dientes con la uña del meñique izquierdo.
- Oiga.
- A la olden.
- ¿Dónde está la carretera?
- ¿Qué carretela?
- Cualquier carretera que tenga asfalto.
- Ahoritica pué il pa San Carloh y de ahí ehtá cerquitica el ahfalto.
Continué pues la aventura en medio y medio de ninguna parte, recorriendo una vía inexistente en montañas desconocidas. El cuentakilómetros apenas se movía. Cada cien metros recorridos parecían haber transcurrido horas, años, siglos, edades ciegas. Sudor y gritos de euforia e ira al borde del abismo. Volví a toparme con una encrucijada, muchos kilómetros más allá. En ella agonizaba un gigantesco y nonagenario camión que parecía sacado de una secuencia onírica de Las uvas de la Ira. Estaba coronado por un grupúsculo de cuatro o cinco currantes cubiertos de polvo y conducido por un señor muy obeso que sudaba copiosamente y se fumaba un cigarrillo liado o un porrete, no sé yo.
- Oiga.
- A la olden.
- ¿Dónde está la carretera?
- ¿Qué carretela?
- Cualquier carretera que tenga asfalto.
Se formó un pequeño tumulto en la cima del camión, mientras varias manos apuntaban en diversas direcciones. Finalmente, el conductor tomó las riendas de la situación y señaló por una vereda especialmente pedregosa.
- Una hora p’allá.
- ¿Cómo que una hora? ¿no hay nada más cerca?
- Una hora. P’allá.
Al final fueron dos. Dos horas. P’allá.
De nuevo mi suerte volvió a cambiar radicalmente en cuestión de un segundo, como siempre en Colombia. La carretera asfaltada apareció al fin y demostró que todos los males son transitorios. A mi derecha divisé, como una bendita aparición, un hotel nuevecito con piscina. Me había salvado una vez más. Era un pequeño paraíso a veinticinco dólares la noche. Me di una ducha de seis horas y me metí en la piscina, completamente solo, disfrutando del larguísimo atardecer, con la única compañía de los pájaros burlones, los insectos de colores y las nubes disolviéndose en briznas de color ambarino sobre mi cabeza. La temperatura, los sonidos de la naturaleza, la suave brisa a mi alrededor, hicieron de ese momento algo único. Engullí una memorable bandeja paisa contemplando la luna para cenar. De no haber sido por el extraño animal zancudo que se materializó sobre mi almohada a medianoche, la velada habría sido perfecta.
La agotadora montaña rusa sentimental que estaba resultando ser Colombia tuvo su culminación al día siguiente: Descubrí los desprendimientos, que se convertirían en protagonistas indiscutibles del final de mis días en este extraño y poliédrico país. La carretera, simplemente, deja de existir. Como mordisqueada por un gigante. Colgada del abismo, se rinde ante los zarpazos del río y se desmenuza montaña abajo. Las excavadoras hacen lo que pueden para crear inverosímiles vías alternativas, aunque en ocasiones la carretera se queda así, medio comida, y sólo un bidón metálico o una montañita de ramas o de piedras señalizan precariamente que, si sigues en tu carril, tras la curva te precipitarás a la nada. Hay grandes tramos en los que el asfalto desaparece sin explicación alguna, y se alternan con desconcertantes kilómetros de vía inmaculada, como una sorprendente metáfora del país. Son más dramáticos incluso los desprendimientos en trámite: La carretera se agrieta, se comba, se hunde, amenaza con deslizarse, desciende un metro sin avisar, pero sigue ahí, aguantando. Y las casas que están en ese tramo de vía muestran largas cicatrices. ¿Tendrán sus dueños un plan B?. Todo está a punto de desplomarse montaña abajo sin que a nadie, en apariencia, parezca importarle lo más mínimo. Al pie del camino, los vendedores de objetos inverosímiles aprovechan que tenemos que frenar para no precipitarnos al vacío para ofrecer agua, bananas, pájaros, bolsitas llenas de agua purificada, cargadores de móvil y fundas horteras para el volante.
Y entonces, la cosa se pone complicada. Al principio no me alarmo, porque creo que es otro de esos tramos inundados de tierra y barro, pero a medida que pasan los kilómetros y la carretera empeora, voy perdiendo la paciencia y ganando conciencia de dónde me encuentro: una caracoleante vía menor, abandonada de la mano de Dios, en la que reina el barro, las piedras y la grava, en mitad de la jungla. Intento recordar un mapa en el que se mostraba la distribución de las FARC en territorio colombiano, y tengo la sensación de que estoy en medio y medio de su zona de influencia, algo que se ve corroborado por un pequeño grupo de soldados que se quedan atrás, mirándome pasar desconcertados. Yo, que estoy convencido de la bondad infinita de la gente, que chasqueo la lengua con desprecio cuando me advierten de peligros que considero imaginarios… me dejo llevar por el pánico. De repente, cada curva me parece un lugar idóneo para una emboscada. Empiezo a ver sombras sospechosas en cualquier lugar. La paranoia se adueña de mi. Sudando, continúo peleando cada metro de trocha, conquistando cada centímetro de vereda, deslizándome por cada pulgada de cenagal.
Tengo un plan: abandonaré la moto en esa acequia infame con las llaves puestas. Caminaré hasta el teléfono más cercano. Negociaré un helicóptero que me traslade a Bogotá. Volveré a España y publicaré en Facebook las coordenadas de Fefa por si alguien quiere ir ahí a llevársela chapoteando por esa cuenca de barro montaña abajo.
Grito y maldigo. Un poco.
La carretera está cortada definitivamente. Me contemplan con indiferencia seis o siete campesinos, armados con machetes, que se han sentado en un tronco enorme de árbol desconocido a ver trabajar la excavadora. El operario intenta abrir una vía, pero cada vez que se lleva por delante una tonelada de tierra, mucha más se desprende de la montaña y ocupa su lugar. Apago la moto. Observo cómo la tierra se desliza sobre la vía en tromba. Estoy convencido de que la excavadora perecerá sepultada en cualquier momento, o terminará por precipitarse montaña abajo. De repente un resquicio. El operario me hace gestos con los brazos. Los campesinos me silban -en Colombia todo el mundo silba- y me animan a que pase. Arranco. A mi paso, la tierra se desmenuza y cae ladera abajo, creando pequeños montoncitos ante la rueda delantera. Acelero. Me deslizo como puedo, derrapo sobre la tierra fresca y salvo el obstáculo y el desprendimiento. Estoy loco. Soy un pobre suicida. Ese día me caigo seis o siete veces y otras tantas me levanto. Cuando el sol se está poniendo, no me queda más remedio que buscar cobijo en una encrucijada de caminos. Es una posada sencilla. Carteles electorales de toda condición inundan la pared del fondo. La cocina de leña está en plena ebullición, la parroquia entera ha entrado a charlar. La mujer me cobra cinco dólares por una habitación que, sin duda, ha decorado con dedicación, o eso dicen sus imposibles cortinas, a través de las cuales se divisa una deslumbrante vista de todo el valle. Los militares han tomado el bar, son casi niños de teta. Me siento a cenar un caldo de gallina de patio exquisito. Se va la luz un par de veces. Cuando me voy a acostar, un escorpioncillo me recibe en el cuarto de baño apuntándome con su aguijón morado.
A la mañana siguiente, un corro de unos veinte adolescentes me contempla arrobado mientras tenso la cadena.
En Villa de Leyva descubro que mi estómago no es tan indestructible como pensaba. Me quedo una noche más de lo esperado, atacado por la fiebre. Ambas noches recibo la visita de sendos gecos que me contemplan sudar con ojos como platos. Recuerdo las infecciones que, en India, me hicieron perder diez kilos en un mes. Lo que pudiera parecer una tortura se convierte en premio cuando contemplo el atardecer en la enorme y majestuosa plaza del pueblo, mientras una excesiva y rechoncha Luna despunta sobre las montañas. Villa de Leyva está cuidada primorosamente, es una hermosísima ensoñación colonial de casas bajas y encaladas y calles empedradas con esmero, balcones devorados por las flores, aromas inesperados y patios umbríos y secretos. Es uno de los muchos pueblos con encanto que tiene Colombia, auténticas gemas coloniales de cuidada estampa y llenos de vida. Alojarse es barato y comer delicioso, pasear un lujo y fotografiar sencillo. Al día siguiente lo descubriría en Barichará, un pueblecito de arenisca roja colgado literalmente en una enorme falla montañosa. Embelesado por los pueblos olvidé las carreteras, así que el empujón final, entrando en los Andes nacientes, me pilló desprevenido. De repente empecé a sentir un frío atroz. La ruta se hizo más y más escarpada, los desprendimientos rozaron lo absurdo. Y la NIEBLA lo llenó todo. Una niebla casi sólida. Me castañetean los dientes, apenas se ve nada. Esa noche descubriré que había olvidado cerrar todas las cremalleras de ventilación del mono, así que el aire gélido de la motaña se había colado en mis entrañas sin avisar. Hago mil curvas a ciegas, asediado por los camiones, sorteando desprendimientos, peones camineros y vendedores de chucherías. Los habitantes de la cuneta repiten una y otra vez la misma palabra cuando les pregunto cuándo se acaba este tormento.
- El Páramo.
Estaré a salvo cuando llegue al Páramo. El Páramo es la salvación. El Páramo es la solución a todos los problemas del mundo. Páramo, páramo, páramo. Debo llegar al Páramo. Faltan veinte kilómetros para el Páramo. Faltan diez. El Páramo está a la vuelta de la esquina. Siga, siga, el Páramo está ahí nomás.
Finalmente aparece. La niebla se disipa, el Páramo aparece.
Es una desconcertante llanura a casi cuatro mil metros de altura. La bruma se queda atrapada en sus suaves lomas, se deshilacha, se funde suavemente. La tierra tiene un color amarillo intenso y el cielo es de un azul pálido y espectral. La carretera por fin es recta. Un denso olor a cebolla y estiércol me acompañan mientras me adentro en su inmensidad. Parece un espejismo. Ha valido la pena cada kilómetro conquistado hasta llegar aquí.
- ¡¡¡¡¡EL PÁRAMO!!!!- grito como una fiera, acelerando la moto sobre la carretera húmeda, desde la que caracolean pequeñas y caprichosas nubes de vapor- ¡¡¡EL PÁRAMO!!! – insisto boquiabierto.
Quizá me haya vuelto loco al fin.
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Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 1 month ago
Mi querido Fabien llevo un año y medio viviendo en medellin y lo has descrito mejor de lo que yo hubiese podido hacerlo. mucha suerte
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about 2 months ago
me pregunto, en varias ocasiones comentas, q las carreteras de colombia son desastrozas e incluso publicas fotos donde aparecen estas autopistas, pero por donde diablos o de q parte de colombia son esas fotos, es cierto q colombia tiene carretereas inmundas, pero no son todas asi, ademas q la temporada invernal, no es q ayude de a mucho a mantener estas carreteras ademas de nuestra geografia q es tan quebrada, pasas de 1 mt a nivel del mar a 3000 mt en menos de 2 horas de recorrido.
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about 2 months ago
Bueno, lo que sí es cierto es que yo esas fotos no me las he inventado, ¿eh?
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about 6 months ago
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about 6 months ago
Nunca aprietes ese botón.
No sería el final adecuado a esta maravillosa historia.
Un abrazo.
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about 6 months ago
Animo Fábian y cuidado con el GPS…creo que está más con el enano y con Mordomo que contigo,suerte y gracias como siempre por tu relato,impresionante
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about 7 months ago
Como siempre, tus relatos son excelentes con tu peculiar toque de humor.
Me ha sorprendido tu encuentro con el “Abuelo” y su sabia sabiduría llana.
Me quedo con sus palabras a través de tí.
Sigue y, ánimo.
Un fuerte saludo
Domingoelbuzo
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about 7 months ago
Juer que angustia hasta que aparece el PARAMO!Hasta he leido más deprisa a ver si así llegabas de una puñetera vez sano y salvo!! fiiiiiuuuu!! Toy sudandito, me voy a la ducha!! Si es que no se puede escribir tan bien!! que se pasa falta empaticamente hablando!
Cuídate!
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about 7 months ago
Siempre termino sorprendido por la calidad del relato. Pero hoy terminé completamente sorprendido: llegaste al páramo! el páramo.
Por Dios, cuál páramo? no se en qué momento me perdí la ruta, pero no hallo el páramo!! Cómo se llama el páramo? Si no me dices, no podré dormir.
Mil gracias por el relato. Excelente.
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about 7 months ago
Excelente crónica Fabian, no has podido describir mejor a nuestra Colombia, como siempre tu forma de escribir lo trasporta a uno junto a ti en esos momentos de sufrimiento y de placer. Saludos
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about 7 months ago
el mejor consejo, monta al puto enano en la fefa contigo, despues de un tiempo esa cajita morada servira para guardar los momentos memorables de tamaña travesia y despues cuando estes en casa desearas oprimir el boton para traerte las cosas buenas del mundo, del paseo, de la vuelta que saliste a dar y al final de los tiempos el enano estara domesticado y sirviendote con esmero, buen relato, chevere fiuu fiuuuu ( silbido ) jejeje
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about 7 months ago
Ja, ja! el enano! el jodido enano con su caja de volver a la vida de antes…! Si algún dia te vuelves a encontrar con él, acuérdate de decirle que no existe, que se meta la caja por el ojete, que el camino te ha convertido en un ser más fuerte y sabio del que fuistes en tu “otra” vida.
Recuerda el poema de Camino a Itaca; si tu pensamiento es elevado no deberas a temer al colérico Poseidón, ni a los cíclopes ni a los lestrigones, ni a los enanos con cajitas mágicas… Así que no lo conjures ante tí!
Un saludo
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about 7 months ago
fabian vienes para bogota??????????????
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about 7 months ago
Ya estuve en Bogotá. Ahora mismo ya estoy en Venezuela.
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about 7 months ago
se me olvidaba
que tengas buena ruta.
uVesssssssss
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about 7 months ago
hola a tod@s
supongo que para ti estas etapas seran inolvidables tanto por lo bueno como por lo malo.
ademas del gps no confirmas rutas o carreteras sobre el papel, o en tu caso con el ordenador?
eLessssssssss
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about 7 months ago
Como dijo S. Zweig en su libro sobre Magallanes: “la suma de todas las dificultades vencidas es la que, al fin y a la postre, da la medida de un hecho y del hombre que lo lleva a cabo”.
Ánimo Fabián! Tó palante!
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about 7 months ago
Has leído La Odisea, verdad… ahí encontrarás la respuesta definitiva para el enano..
Fantástico pasaje te has marcado y de paso, he de reconocer, me has desmontado tópicos que me siguen quedando muy a mi pesar… si es q no aprendemos nunca…
Tu breve referencia a las “jinetas” y tus largas pero encubiertas referencias a tu soledad me han hecho preguntarme si hiciste algún voto de castidad al salir de Madrid o simplemente has decidido no llegar tan abajo compartiendo tu aventura. No creo q haya leído absolutamente todos tus pasajes pero creo que una gran mayoria al menos si y no recuerdo apenas referencias personales, nunca te ha gustado alguna chica, has intentado ligar alguna vez, has fracasado o has dejado alguien atrás, o bien, son ya una barbaridad de meses en la carretera y como hombre que tb soy sé de nuestros fuegos inextinguibles, de nuestras pasiones más bajas, no tienes desahogos que contar?. Hay un famoso dicho colombiano q dice que, Cuando el amor sale por la puerta, el enano entra por la ventana…jajaja
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about 7 months ago
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about 7 months ago
El hombre se hizo carne sufridora y el Mordomo se hizo Enano tentador.
Qué difícil es tener ojos para todo, para vigilar al vigilante ansioso que te vigila tras los árboles de esas carreteras inexistentes donde no se ve a nadie y reparar en los nombres de árboles con los que nunca te puedes parar a “dialogar” por culpa del Enano incitador que te apremia hacia la compañía humana más confortable, segura, observable y criticable. Prueba superada.
El árbol nacional colombiano es LA PALMA de cera de Quindio (fortaleza y longevidad), el ave nacional colombiana, es El CONDOR (majestad y nobleza) y la flor nacional colombiana es LA ORQUIDEA (Cattleya Triane-misterio y leyenda). Seguro que te has cruzado con todos ellos y algunos mas que también te han visto pasar con Fefa.
Realidades presentes en el espíritu nacional. De otras realidades tangibles e intangibles nos hablarás el día en que el Mordomo esté distraído hablando con el Enano tentador y tú puedas sentarte plácidamente en una “terracita” a tomar un café de Colombia y de cómo llegó allí el arbolito procedente de África, y charlar a través de las ondas.Estaremos atentos.
Agradezco a quien corresponda, la naturaleza de tu cuerpo (de buena pasta) que incluye, cabeza, corazón estómago y pulmón, para superar las infecciones y los vigilantes ansiosos de lo ajeno, y el empeño, e incansable tesón que pones tanto en llevar a cabo tu navegación al corazón de las tinieblas, como al informar y compartir tus sentires con todos los Fefanautas, dándonos la oportunidad de viajar sin viajar y aprender en cabeza ajena. Con ironía y sin asustarnos ; diciéndonos hasta lo que lees en cada momento.
Hablando de los árboles…. De copa a copa, de libro a libro y tiras porque te toca.
Animo y salud.
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about 7 months ago
Fabián nuevamente has logrado relatar tus vivencias con tanta claridad y sentido del humor, ademas , que es un placer leerte. Gracias una vez más por compartir tú viaje. Abrazo y sigue adelante.
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about 7 months ago
Se ve que estabas un poco holgazan y nos tenias a secas de relatos, pero ha valido la pena.
Las fotos, como siempre con el angulo perfecto…
Por cierto… Observo que te tiran mucho las ventanas y puertas..
A la vuelta a la piel de toro, ¿te vas a dedicar a la carpinteria, ,je,je.
Saludos.
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about 7 months ago
¡ Dios mío, cúanto veneno en esas palabras, para los que estando aquí y pudiendo escapar, no lo hacemos!
El mayor obstáculo para la vida: el miedo y tú lo conoces y adecuadamente lo gestionas.
Adelante.
Un abrazo.
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about 7 months ago
Un camino emocionante, duro, peligroso (de camping por zona Farc!!), acojonante… una historia preciosa… una más… pero me ha llamado la atención la primera estrofa de la canción del principio:
But I ran out of places and friendly faces Because I had to be free…
¿Te has quedado sin caras amistosas por tu libertad? Si te aplicas el cuento a tu historia, yo creo que no… quizá no sean tantas… o sí, ya lo comprobarás, pero no te has quedado sin ellas!!
Un abrazo y sigue disfrutando. A pesar de todo lo malo, sigues dando mucha envidia!!
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about 7 months ago
Ese es un temor, ¿no?
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about 7 months ago
Me gustó la crónica…siempre es bueno saber cual es la imagen que se llevan los extranjeros de nuestro país y en tu caso has tenido la oportunidad de ver muchas de las diversidades que se encuentran a lo largo y ancho de nuestra COLOMBIA!!!.
Espero que esas etapas duras hayan sido ampliamente superadas por los buenos paisajes, la calidez de la gente y la hospitalidad de nuestro país.
Sigue adelante y continua mostrandonos el mundo desde tu lente.
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about 7 months ago
¡¡¡¡¡¡¡ Dios………!!!!
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about 7 months ago
Fabian,
Estoy aca tomando mate con Mordomo. Me dice que sabe donde localizar al enano. Lo unico que el puto enano te deja apretar el boton pero con una condicion, esta es que tu vuelves a la fabrica de sillas montado en una Ducatti y de regalo una fabulosa cafetera express de cafeteria italiana. A cambio, alguien debe montar a Fefa por pistas latinoamericanas (eso si, sin bocina), cruzar Venezuela hasta Puerto Ordaz, de ahi a la Gran Sabana, de ahi a Manaus, de alli a Rio, Iguazu, Buenos Aires, Ciudad del Cabo, etc hasta Madrid. Tu por supuesto podras pasearte por centros comerciales, ir al cine, holgazanear frente a la tele, etc pero SIEMPRE con el movil operativo en la mano por si hay alguna incidencia en las webs….
Yo puedo hacer el sacrificio e ir de voluntario como un valiente !!!
Que hacemos? Le damos el OK a Mordomo para que cierre trato con el enano? Incluso si quieres yo mismo apreto el boton desde aca…
Un saludo.
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about 7 months ago
Te odio
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about 7 months ago
eres grande Adrián!!
Fabián tío! que lo único que aprietes sea el culo y p’a lante coño!!
Gracias por esta fabulosa crónica.
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about 7 months ago
Sin palabras, notable
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about 7 months ago
sin palabras
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about 7 months ago
Qué lindo relato!
Entre fantasía y realidad!!!
Espero ya no te asuste más ese enano!
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about 7 months ago
Mira tú me has contagiado la alegría de haber encontrado tu páramo en un Lunes que estaba siendo algo aburrido para mi! Si aparece el enano otra vez, pásale con la moto por encima, creo que lo más coherente es seguir con tu plan inicial, y creo que si te volvieses ahora, te arrepentirías un poquito…
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about 7 months ago
“Soy un pobre suicida.” Jajajaja. Me encantó el relato!!! Aplausos para el asador,,,
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about 7 months ago
Well done!!
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about 7 months ago
Vaya .. parece que ha sido durilla esta etapa.
Eso si .. dudo que aceptes la propuesta del enano .. a lo mejor te tienta un rato, pero seguro que no le haces caso.
Muy bueno lo que te dijo el viejo sobre Asia y America ..
Saludos,
Pablo – Coruña
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about 7 months ago
Espectacular…
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