close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Nuestro recorrido por China podría considerarse paupérrimo, si lo comparamos con los circuitos tradicionales que deslumbran al visitante con las maravillas de Pekín, Shanghai o Shian. Apenas hemos realizado visitas turísticas -un par de bazares, una mezquita, unas ruinas de desconocido propósito-. Pero sí hemos disfrutado de paisajes abrumadores e inolvidables. Kashgar es una ciudad inmensa cuyas calles polvorientas relucen con neones de colores y letreros bilingües de lona barata. Imaginaba un pequeño pueblecito provinciano, y descubrí una urbe tomada por las grúas, que están demoliendo a gran velocidad el barrio antiguo, de casitas de adobe y paja prensada, para dar paso a la aséptica modernidad de plástico y hormigón que es la marca registrada del país. Salir de Kashgar supone enfrentarse de nuevo a los desconcertantes y agotadores controles policiales y a un desierto enorme de polvo marronáceo en el que malviven, refugiados en chozas de adobe, los últimos y agonizantes vestigios de las etnias locales.

Stephano y un servidor chocan esos cinco a la salida de Kashgar. Foto: Benedicte Cochon

Stephano y un servidor chocan esos cinco a la salida de Kashgar. Foto: Benedicte Cochon

A unos doscientos kilómetros de Kashgar se encuentra un bonito lago rodeado de montañas de cerca de siete mil metros de altitud: El Karakul. Ahí dormimos en una enorme yurta, a los pies de una gigantesca masa glaciar llamada Muztagh Ata -el padre de los hielos-. Es la cuadragésimo séptima montaña más alta del mundo, y sin embargo, el cerebro es incapaz de concebir su magnitud. A pesar de la altitud, el clima es extraordinariamente favorable, y nos despiertan, ya entrada la mañana, los pasos quedos y discretos de una manada de yaks que intentan comer los últimos vestigios de hierbajos que apenas brotan, moribundos, en el polvo del camino.

Aburridos camellos rumian ante el lago Caraculo.

Aburridos camellos rumian ante el lago Caraculo.

En Sost, Pakistan
Día 103 de viaje. 20ºC. Leyendo El Corán.

Nuestro último día en China transcurrió lánguido en un pueblo fronterizo olvidado en una esquina del desierto en el que vive la gente más fea del mundo. El pueblo cuenta con decenas de hoteles baratos, algunos talleres mecánicos, un decrépito bazar de comestibles e incluso un mortecino puticlub en el que agoniza una única meretriz escuálida que parece un espantapájaros vestido de lolita gótica: un auténtico paraiso para el viajero. Aprovechamos el burbujeante mercado de Tashkorgan -en el que se empezaban a distinguir claramente los primeros rostros pakistaníes- para hacer acopio de los últimos productos que podrían salvarnos la vida al otro lado del espejo: agua mineral, frutos secos, gasolina, bidones de plástico, arroz. Hacer acopio de gasolina resulta en una estampa especialmente pintoresca: por alguna extraña razón, los chinos sienten devoción por sus gasolineras: está prohibido fotografiarlas, hay que situar el vehículo a un metro de distancia del surtidor, está prohibido emplear bidones en las inmediaciones, no se pueden tener encendidos los intercomunicadores de los cascos, y no sé cuántas estupideces más que hay que cumplir a rajatabla. Agotados por el desgaste emocional que supone llenar los depósitos, nos vemos conducidos al edificio de aduanas. Son las ocho de la mañana.

Un viejo loco ante la cordillera de Tian Shan

Un viejo loco ante la cordillera de Tian Shan

El último infierno de papel

La tortura burocrática comienza desplegando todos nuestros pasaportes, que son sometidos a un breve pero intensivo escrutinio por parte de un oficial uniformado de aspecto adusto. A continuación, debemos trasladar nuestras motos a una especie de parking gigantesco expuesto al sol y los elementos. Ahí esperamos cerca de media hora aprovechando la débil sombra de un pequeño edificio de oficinas hasta que nos obligan a trasladar las motos a otro sitio al sol. Muza nos indica que quieren que las pongamos exactamente a un metro de distancia cada una, y en una línea perfectamente recta. Volvemos a esperar una eternidad. Un tipo armado con una cámara hace fotos a las motos. Llega un oficial, comprueba los números de bastidor, mientras le hacen más fotos. Otros oficiales nos rodean como polillas. Las fotos se suceden, una tras otra. El escrutinio parece no tener fin. Tras los números de bastidor, comprueban los números del motor, por si se nos ha ocurrido cambiarle el motor a las motos durante los cinco días que hemos estado en China, eludiendo de alguna forma la vigilancia intensiva de Muza. Un oficial me indica que mi moto no está exactamente alineada con las demás, así que debo moverla unos treinta centímetros hacia delante. El oficial al mando elige, entre todos nosotros, a Roberta, una expresiva y protestona italiana de unos cuarenta y pico años, que jamás ha viajado en moto, y que Donato lleva en el asiento de atrás de su Harley, sin que nos haya sido explicada la relación que guardan entre si. Ambos son frutarianos estrictos y apenas se relacionan con el resto del grupo. En mi fuero interno, estoy convencido de que practican acrobáticos coitos silenciosos y desapasionados en extrañas posturas cada noche, y que la larguísima barba trenzada de talibán de Donato está implicada de alguna oscura forma en la actividad.
- ¿Qué quiere?- pregunta Roberta a Muza.
- Usted tiene que estar quieta ahi-, contesta el guía.
Roberta lo mira todo con ojos desencajados de sus órbitas, desconcertada, sin saber por qué está delante de las motos, inmóvil, al sol. Se pone a canturrear en italiano hacia Donato, que le hace discretos gestos para que se calle, en previsión de que arme uno de sus tradicionales berrinches. Se aproxima un oficial con una carpeta de documentos. El fotógrafo se planta delante de ellos. El oficial chilla algunas instrucciones con aire marcial.
- Usted tiene que mirar los papeles-, dirige Muza. Roberta obedece ciegamente, algo muy poco propio de ella. Los papeles están escritos en chino, pero ella los mira como si se tratara de la foto de Jesucristo. El fotógrafo comenta algo, y el oficial grita las instrucciones pertinentes.
- ¡¡ASAWÁAAA WRU GUÁ!!- berrea el oficial.
- Usted sonrie ahora mirando papeles- traduce Muza. Roberta enseña una hilera de dientes enormes mientras le hacen fotos desde todos los ángulos.
- ¡¡ASAWÁAAA WRU GUÁ!!- aulla el oficial.
- Usted ahora acompaña a ver revisión de moto y mira moto y papel y sonrie- indica Muza. La cámara sigue disparando instantáneas mientras Roberta observa con gran interés todo el proceso de revisión de las motos. Finalmente, los oficiales se dan la vuelta y se marchan sin despedirse siquiera. Muza nos hace una vaga señal de que nos dirijamos hacia otro edificio. Tenemos la sensación de que ahora Roberta y nuestras motos estarán para siempre estampados en un folleto o un periódico ilustrando el titular “Turistas Occidentales, Maravillados Por Las Instalaciones De La Magnífica Aduana De Tashkorgan”. Seguramente se inventarán las declaraciones de Roberta: “Estoy encantada por el trato riguroso pero amable de los funcionarios del Cuerpo de Fronteras de la República Popular China, que han hecho de nuestro paso por la hermosa villa de Tashkorgan una experiencia maravillosa que recordaré mientras viva. Larga vida a Mao”.
- Ahora ustedes revisan el ejército- informó Muza impasible.
Cuando llegamos al barracón del ejército, observamos una enorme multitud que está esperando algo. Al parecer, el sistema informático ha dejado de funcionar. Nos disponemos a aguardar a que se produzca algún tipo de milagro. Ahora son las once, llevamos ya tres horas sometidos al laberinto burocrático de las aduanas chinas. Transcurre una hora más sin que nadie mueva un dedo, hasta que, por fin, parece que se produce algun tipo de actividad. Nos ponemos a la cola, que no podría ser más variopinta. Un tipo uniformado mide la temperatura de nuestra frente con un termómetro digital. Luego, nos hacen rellenar un formulario. A continuación, nuevo escrutinio del pasaporte, en esta ocasión asistidos por todo tipo de avances tecnológicos.
- Ahora ustedes llevan moto atrás de edificio.
James tiene que mear, así que un muchacho vestido de militar lo escolta hasta un pequeño barracón olvidado en una esquina de un patio polvoriento. El muchacho vigila bajo la gorra de camuflaje cada uno de los movimientos de James, sin dirigirle la palabra, así que James hace pis mientras el muchacho lo observa con mirada gélida e impasible, como si fuera un guerrero de terracota de Xian.
Esperamos otra hora larga a que otro oficial ocioso eche un último vistazo asqueado a nuestros visados. Muza se aparta, y nos extiende un sobre embarazado de todo tipo de documentos.
- En segundo checkpoint ustedes entregan esto y se pueden ir. Pero tienen que ir detrás de ese coche sin adelantar.
Es la una y pico. Llevamos cinco horas varados al sol, y estamos física y mentalmente agotados. Arrancamos las motos y, como patitos siguiendo a mamá pata, formamos una apretada cola tras un todoterreno negro que lleva arroz a los guardias de los checkpoints más remotos del agreste y escarpado final de China.

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