close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

En un ferry destino a Esmirna (Turquía)
Día 33 de viaje. 29ºC. Sin leer nada, porque he perdido el lector de ebooks.

Albania era deslumbrante. Una naturaleza agreste, apenas domesticada, se veía salpicada de pequeñas aldeas muy pobres y atravesada por carreteras querecuerdan la superficie de la Luna. En ocasiones, alguna pequeña ciudad me sorprendía con sus terrazas de cafés llenas de hombres pacíficos charlando lánguidamente y esperando un cambio de régimen o un milagro y con sus bakalitos en los que podías encontrar desde un perfume francés a una lavadora soviética. Pero si por algo me deslumbró Albania, fue porque me resultó imposible saber de qué van. No sé si son rusos algo desfasados, musulmanes de moral relajada, griegos mal paridos, italianos hijos de un Dios menor, o simplemente han sido abandonados a su suerte y han creado un mundo caleidoscópico en el que caben otros muchos mundos. El norte del país es mucho más hermético que el sur: En él los carteles de la carretera -por llamar de alguna forma tanto a unos como a otras- están escritos en cirílico, y las ciudades y los pueblos están salpicados de mezquitas que ululan la palabra del profeta con puntualidad británica. En cambio el sur es más vocinglero y acogedor, más mediterráneo, improvisado y trepidante. Dado que me costó dos días cruzar el país de arriba a abajo debido al estado de sus carreteras y a lo aleatorio de su tráfico, pude alojarme y saborear brevemente ambas caras de la misma moneda.

Sin duda la experiencia más divertida en Albania fue la llegada a Gjyrökaster, que apareció en mi ruta como una ensoñación, colgada de las montañas en la penumbra del atardecer. Al enfilar su calle principal, un pequeño infierno de decrépitos Mercedes de los ochenta y viejas motocicletas arrastrando personas, gallinas, cabras y bidones, pude divisar a izquierda y derecha el ya habitual rosario de cafés atiborados de hombres mirando el partido de fútbol. Paré en el segundo hotel que divisé porque me pareció más serio que el primero -que consistía en cajas de cartón apiladas, básicamente-. Me recibió un viejecito adorable muy arrugado y delgado y con la piel cetrina, completamente borracho de grappa, acompañado del Relaciones Públicas, un cincuentón de aspecto anodino al que le faltaba una pierna. Se cortaba las uñas con una tijerita. Intentaba disimular la calva con un peinado imposible. En la abertura de su camisa se divisaba una abundante mata de vello ensortijado y una cruz dorada gigante atrapada en un collar de eslabones que podrían haber amarrado al Queen Mary. Ninguno de los dos sabía una palabra de Inglés.
- Uan rum for uán person, uan nait, plis?- les pregunté señalándome y levantando un dedo.
- saoiiuasfpadñlkfsdfiaouwreoiwe- contestaron ambos, alborozados, afirmando con la cabeza.
- ¿Internet? – pregunté sin demasiadas esperanzas. Se quedaron mirándome, fascinados. Intercambiaron algunas palabras.
- No – contestó el Relaciones Públicas diciendo que sí con la cabeza.
- ¿No o yes?- pregunté algo desconcertado.
- Yes – intervino el viejecito mientras el otro negaba firmemente.
- So… Internet?- pregunté.
- No- dijo el viejo.
- Yes – contestó el Relaciones Públicas.
Decidí que si no había Internet, me serviría perfectamente el hotel de las cajas apiladas que seguramente sería más barato, así que me despedí educadamente de la Pandilla Basura y bajé a la moto. Estaba enganchando el GPS cuando se paró con un frenazo un coche a mi lado, y de él se bajó apresuradamente Vito Corleone.
- ¡¡¡Sir, this is my hotel, and my hotel has internet, and the code is zerozerozerozerozerozerozerozerozeroUÁN.!!!- me informó, bloqueándome el paso. Emergieron apresuradamente el viejecito y el Relaciones Públicas, todo sonrisas desiguales.
- Hum- consideré-… ¿Y el precio?
- Twenty Euro- contestó para mi sorpresa Corleone.
- Garage?- pregunté por ponerle alguna pega.
- Yes, garage for your motorbike.
El garaje consistía en un mugriento patio de un antiguo cuartel del ejército abandonado, vigilado por un octogenario armado de un palo que dormitaba en una garita a la espera de una muerte inminente. Me acompañaron el Relaciones Públicas encaramado a unas muletas artesanales, el viejo recepcionista tambaleándose por la grappa ingerida, y dos señores ociosos que se unieron a la expedición sin un objetivo concreto más que montar una pequeña muchedumbre. Una vez aparcada la Fefa al lado de la garita, el viejecito borracho me acompañó a la habitación. Encedió mi aire acondicionado, y se acercó a las ventanas. Descorrió las cortinas y me anunció con una voz profunda y grave como un tambor y una dulzura infinita.
- Gjyrökaster.
Detrás de él, la ciudad palpitaba sobre la colina, como si un niño revoltoso hubiera desparramado un juego de bloquecitos de Lego sin ningún orden. Fue una presentación tan dulce y soñadora que casi me despido del viejo con un beso.

Los perros de Grecia y la avería en el monasterio ortodoxo

Pensaba que al cruzar a Grecia el estado de las carreteras mejoraría, y en cierto modo fue así. Las carreteras griegas fueron construidas en época de bonanza, y su aspecto es bastante mejor que el de las albanas. Pero está claro que el país está arruinado: nadie quita las piedras que se caen de las montañas -y son muchas-. Nadie repara los baches. Nadie cuida las cunetas. Y, sobre todo, nadie retira los perros muertos. A lo largo de Grecia, se puede ver cada uno o dos kilómetros el cadáver de un perro en un estado de descomposición distinto: Los hay recién atropellados, despanzurrados, encarando al sol con mirada espantada y con las tripas brillantes y sanguinolientas. Los hay que apenas son un esqueleto con las costillas posadas en el asfalto como el armazón de un velero. Hay perros podridos cubiertos de gusanos y moscas durmiendo el sueño de los justos en la mediana de la carretera, y perros hinchados como un globo con la piel tirante y reseca. Hay perros que desprenden un olor terrible y son picoteados por los cuervos. Perros con sus vísceras esparcidas por la carretera como una bolsa de supermercado que se hubiera desfondado y su propietario no se hubiera dado cuenta. También hay perros abandonados en todos los monumentos en los que paré. Alimentados de trocitos de bocadillo, viviendo de caricias ocasionales de turistas, esos perros te miran pasar con ojos sumamente tristes y las orejas gachas. Sus pieles están cubiertas de costras y observan todo con un estoicismo deprimente. Se agrupan en manadas pequeñas que dormitan bajo los árboles o al pie de los puestos de comida y sólo muestran algo de actividad cuando ven llegar un autobús grande lleno de caricias ocasionales y trocitos de bocadillo.

Perros sarnosos juguetean al lado de un monasterio de Meteora

Perros sarnosos juguetean al lado de un monasterio de Meteora

Entrar en Grecia es sentir el dulce aroma de un pasado que no me es ajeno. Los nombres que encuentro en las señales de tráfico están dentro de mi, me impresionan: Termópilas. Corintio. Peloponeso. Egeo. Tesalónica. Delfos. La comida me golpea como un martillo pilón. Qué sabores, por Dios. Duermo en la falda de los montes de Meteora, que no son de este mundo. Por la noche, iluminados fantasmagóricamente, recuerdan a los dedos de un gigante apuntando, acusadores, al cielo lleno de estrellas. Fundados en el siglo XI, los primeros pobladores de Meteora (en griego, cada cuerpo que cae del cielo) fueron ascetas huraños que habitaron sus covachas buscando estar más cerca de Dios y más lejos de los hombres. Literalmente colgados de las rocas, son en la actualidad un centro importante del monacato ortodoxo y una oportunidad de la Iglesia Ortodoxa de hacer caja. Entro en el primer monasterio. Dentro de él, un muchacho en manga corta -algo prohibido a los turistas- me vende la entrada -2 €- y me ofrece algún souvenir -retablos de aspecto bizantino, cruces de madera, rosarios de sándalo, libros de fotos-. Suena un teléfono y un monje sale escopetado de una puerta y corre a atender la llamada. Me pregunto en qué lugar de los Evangelios dice que debes renunciar a tu vida, vestirte de negro, dejarte barba larga, hacerte un chichito, cobrar dos euros a la gente, intentar venderle iconos, recluirte en una estancia colgada en lo alto de una roca pelada pero con teléfono y wifi. Carteles me piden silencio y recogimiento, pero la tienda que hay a la entrada ha desacreditado por completo, ante mis ojos, a esos mercaderes del templo. Observo con indiferencia sus retablos, con pánico sus vistas, y me dispongo a visitar el segundo monasterio. Lo mismo. A pagar entrada, tienda de souvenirs, wifi, monjes de pacotilla que posan ante las cámaras de fotos, y muchas huchas pidiendo tres euros por vela. Si alguna vez hubo espiritualidad en este lugar, se la llevaron las inmobiliarias y los touroperadores.

Reparación in situ de la Fefa

Reparación in situ de la Fefa

Al salir del segundo monasterio me dirijo a la Fefa. Giro el contacto, y la moto se ahoga. Lo intento una segunda y una tercera vez, y el entusiasmo de la moto se va apagando. Desmonto el lateral, compruebo los fusibles, que están todos bien. Saco una batería suplementaria, la engancho trabajosamente con las pinzas. Empieza a lloviznar. Y por fin se me acerca alguien.
- Hello, ¿do you speak English?- pregunta.
- Yes-. Doy por supuesto que a continuación va a ofrecer su ayuda.
- ¿Podemos hacernos una foto con la moto?-. Miro al pavo de hito en hito. Lleva unas bermudas floreadas y una camiseta absurda que reza Ouzo, connecting people escrito con la tipografía de Nokia. Es un canijo despreciable que está en Grecia para poder decir que ha estado en Grecia y que cuando cuente a sus amigos que ha estado en Meteora dirá que había unas casas colgadas de flipar con unos pavos vestidos de negro. Su mujer, o quizá debería decir su condena, me mira sonriendo vacilante, apuntándome con su cámara. Me aparto con mis guantes grasientos y la batería a medio conectar, con las rodillas cubiertas de barro, y dejo que se fotografíen para pasar a ser un fugaz recuerdo en su album de fotos. Cuando se van cacareando hacia su autobús intento arrancar la moto y durante un breve instante parece que lo conseguiré, pero es evidente que la batería suplementaria no va a mejorar la situación. No obstante, ya he localizado el problema: El regulador.

Fefa siendo remolcada al taller

Fefa siendo remolcada al taller

En su momento consideré llevar uno de repuesto, pero luego se me ha pasado, como otras muchas cosas. Maldiciéndome e insultándome bajo la lluvia llamo al seguro que acude en mi ayuda en menos de media hora. Estar en el primer mundo hace que estas cosas se resuelvan en un tiempo récord a un precio exagerado. Mientras buscan un regulador, que me costará 160€, me conecto tranquilamente como un autista al wifi del taller en un pueblo cuyo nombre soy incapaz de recordar y dos horas más tarde estoy otra vez en ruta. Cuando esto ocurra en Pakistán, estaré una semana jugando al backgammon y bromeando con los viejos de la localidad y reparar la avería me saldrá gratis.

En el centro del universo y en el final de Europa

El centro del universo está en la falda del Monte Parnaso, y se llama Delfos. En la actualidad ruinas casi irreconocibles, siento al llegar algo muy especial. Lo que los libros de historia del arte no te muestran es que las construcciones griegas se relacionan íntimamente con el medio en el que se encuentran enclavadas. No es lo mismo ver una foto en cuatricromía en un libro del instituto, que contemplar un templo embutido entre las escarpadas lomas de la Flemboukos y la Rhodini, dominando los olivos de la ondulada llanura de Crisa. La naturaleza está presente en las construcciones griegas, las complementa, las disfraza, juega con ellas, las reta. Estoy poco tiempo en Delfos, debo llegar a Atenas antes del anochecer, y no lo consigo. La ciudad me recibe con un tráfico enloquecido, escombros en las aceras, motos suicidas y viejos escupiendo. Sin embargo, de repente, el Mundial obra un milagro y tengo las calles solo para mi: Grecia entera se refugia ante el televisor para ver perder a su selección.

A la mañana siguiente comienzo a patear Atenas. Siguiendo un mapa turístico, culebreo entre las callecitas y, al girar una esquina, miro hacia arriba y sufro un sobresalto: Ahí está el Partenón, vigilándome altivo desde lo alto de la colina de la Acrópolis. Siempre me ocurre lo mismo: al igual que cuando llegué a las pirámides de Egipto o al viejo Taj Mahal de la India, no pude evitar ponerme a llorar como un niño. Así pues, derramando lágrimas de emoción en silencio, camino despacio rodeado de turistas. Una vez más, el templo se funde con el mundo exterior. Te hablan de las Cariátides, pero no te avisan de que están vigilando Atenas con sus impasibles ojos de piedra.

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