close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

La carretera es larga. Muy larga. El paisaje cambia gradualmente de modo que lo que hoy ves es muy parecido a lo de ayer, pero radicalmente distinto a lo que viste la semana pasada. Hace un par de días, poco antes de entrar en los Montes Urales, me sorprendió ver, a ambos lados de la infinita carretera, algo que hacía semanas que no había visto: un bosque. Fue tal la sorpresa que casi paro la moto para presenciar el espectáculo de la naturaleza. No se trataba de un bosque demasiado frondoso, apenas unos cuantos abedules tímidos y raquíticos oreàndose al viento, pero el impacto fue mayúsculo, y me llevó un tiempo recordar cuándo había visto el último bosque: un olivar milenario, a los pies del golfo de Corinto, requemado por el sol y los siglos. Tras él, los bosques desaparecieron, los rostros de las personas se hicieron más curtidos, de profundas arrugas y tono oliváceo, y el paisaje se volvió manso, rectilíneo, árido, un horizonte sin fin pintado de ocre. La mies se mece suavemente al viento, y un cielo apenas sin nubes resulta cegador y acerado. Así transcurrió Turquía entera, sin más sobresalto que los minaretes altivos, las pozas blancas de Pamukkale y las caprichosas formas rocosas de Göreme. Un amplio mundo plano sólo interrumpido por algun montículo romo y aburrido.

Campos de trigo en Anatolia central (Turquía)

Campos de trigo en Anatolia central (Turquía)

Ucrania: el campo está descuidado, grandes terrones de barro se secan al sol, y las enormes planicies están ocupadas por campos de girasoles que la vista no puede alcanzar. Carreteras inmundas y personas mal encaradas y hastiadas de vivir. Jason, el fotógrafo de guerra con el que compartí camarote en el Caledonia, me dio la clave para entender este estado de permanente irritación:
- Una vez estaba en Moscú, antes de la Perestroika- explicó-, y una dependienta en una zapatería me tiró los zapatos al suelo, ante mí. Ellos son así, los salarios son una mierda y no tienen interés en portarse bien, no hay orgullo por el trabajo, la gente está desalentada, y la pagan contigo.
En Chelyabinsk, a punto de cruzar la frontera de Kazajastán, un estudiante que intentaba sacarse unos dineros en un trabajo de verano intentó venderme una tarjeta de crédito por la calle. Al ver que era un turista extranjero, maravillado por la novedad, estuvo cerca de una hora hablando conmigo. E, involuntariamente, me corroboró lo que me había contado Jason:
- En Rusia, sólo trabajo, trabajo, trabajo. Pero no dinero. En otro país un profesor, trabajo, trabajo, pero sí dinero, casa, comida, coche, cine. En Rusia, ningún dinero. Sólo trabajo.
Así pues, el paso por lo que fue el wonderland soviético es una sucesión de chapuzas, obras sin terminar o mal rematadas, tuberías al aire, carrreteras sin cunetas, ventanas tapadas con cartones, chapas oxidadas, carteles escritos con brocha gorda. Orientarse en las ciudades es muy complicado: no existe apenas el centro que conocemos en Europa, y sus paisajes urbanos son una sucesión interminable de inmensas calles de seis carriles y altísimos edificios casi en ruinas. Los comercios no tienen escaparates: una involuntaria herencia de la época en que no había que seducir al cliente. Por lo tanto, localizar un hotel es una tarea casi imposible, porque los carteles en cirílico terminan por parecer todos iguales: sólo la asistencia espontánea de un nativo -y siempre aparece uno interesado en tu historia- te permite acabar en una habitación confortable a un precio europeo.

Detalles mecánicos y de equipación

Parada técnica de 10 minutos para reponer una tuerca

Parada técnica de 10 minutos para reponer una tuerca

Muchos moteros me piden que hable de esto, allá voy. Los que no seáis del gremio, podéis perfectamente saltaros este apartado.
Coincidiendo con los 11.000 km, había planificado una parada técnica en la última ciudad que, según mis datos, contaba con un mecánico decente. Un mes antes de llegar, me puse en contacto con un tipo de Volgogrado que hablaba un Inglés decente, al que encargué un cambio de aceite y filtro, cadena, neumáticos, filtro de aire, pastillas de freno, revisión de bujías y amortiguador. El mecánico venía recomendado por los integrantes de un foro de viajeros de largas distancias. Esta revisión se hizo innecesaria, prácticamente todo estaba en un estado más que correcto -excepto los neumáticos, que habrían aguantado sólo 2000 Km más antes de volverse peligrosos y las pastillas de freno, que al tener que parar 300 Kg están sometidas a un gran desgaste-, pero la otra posibilidad era revisarlo todo en medio de Kazajastán, algo prácticamente imposible. Tal y como lo veo, es mejor prevenir y hacer las revisiones antes de que los problemas se produzcan en el lugar más inesperado. Al conocer mi ruta, el mecánico me aconsejó que calzara neumáticos Reifenwerk-Heidenau de carretera para clima seco. Como no sé nada de neumáticos, estuve de acuerdo, y por lo que veo, la conducción es algo más suave.
La gasolina hasta Rusia es, en casi todas las gasolineras, de 95 octanos. A partir de la pre-estepa, empiezan a encontrarse octanajes inferiores -he visto hasta 72-. Hasta el momento, he repostado con gasolina de 92, y la moto parece ir mejor con ella que con gasolina de 95, aunque pueden ser imaginaciones mías.
La única avería que ha tenido la moto ha sido el fallo del regulador en Grecia. Esta incidencia se solventó sobre la marcha, simplemente cambiándoselo por uno usado. Creo que este fallo fue debido a un uso excesivo del sistema eléctrico de la moto. El motivo es el siguiente: la conducción en Albania y Grecia es, por decirlo de alguna forma suave, suicida. Comprobé que, si mantenía encendidas las largas y las luces suplementarias de xenón, los coches y camiones que venían en sentido contrario no sabían a qué tipo de vehículo se estaban enfrentando, así que no adelantaban a lo loco ocupando mi carril. Así pues, durante varios días, mantuve encendidas todas las luces. Si a esto sumamos el GPS y la bocina de camión que tengo acoplada a la moto -que también hay que usar bastante por esos países-, la conclusión es que, en efecto, he usado más electricidad de la que debería, y esto posiblemente fundió mi regulador. No llevo ninguno de repuesto porque no he podido encontrar ningun taller con recambio, por lo que he pedido que tengan uno listo en Almaty, donde cambiaré la cadena.
Por lo demás, el mantenimiento que lleva Fefa es mínimo. Cada dos días -como mucho cuatro- engraso la cadena. Cada 3.000 Km reviso el nivel de aceite, que permanece siempre constante. He ido conociendo a Fefa poco a poco, y si algo no va del todo bien lo siento enseguida en mi cuerpo: Sin ir más lejos, el otro día perdió una tuerca de una de las sujecciones de las defensas y lo noté enseguida por una mínima vibración. La tuerca fue sustituida en un garaje cochambroso al pie de la carretera por un mecánico entusiasta.
La única dificultad técnica que he tenido con el GPS es que las ciudades en la cartografía están en cirílico, y el GPS es incapaz de interpretar esos caracteres y, por lo tanto, no puede buscar la ruta. Esta circunstancia la he solventado con Google Maps: Me sitúo en el centro de la ciudad, botón derecho, “¿Qué hay aquí?”: eso muestra las coordenadas geográficas, que grabo en el GPS como un waypoint. Fin del problema.
La equipación está resultando ser todo un acierto. Aunque he sobrepasado los cuarenta grados en muchas ocasiones, el traje está resultando perfecto para este viaje. Se trata de un mono de entretiempo Halvarssons comercializado por 2TMoto que, además de cuero, cuenta con amplias superficies de una membrana que se dilata con el calor y se contrae con el frío, por lo que, aunque voy protegido con el cuero, no me aso. La botas, también Halvarssons, han resultado ser impermeables incluso cuando me metí de lleno en una poza de agua en Ucrania.
Las largas horas de conducción se ven aliviadas por el sillín asiento Airhawk, el Crampbuster, y el manillar antivibraciones. Aconsejo vivamente a quien vaya a hacer una ruta larga que considere estos productos, porque hacen la vida muchísimo más llevadera. Otro consejo: descárgate audiolibros y llévalos en tu MP3. Incluso la música que más amas puede llegar a asquearte.
Mantener limpia la equipación es para mi una prioridad importante. Llevo buscando spray desinfectante desde Grecia y, como no lo he encontrado, procedo del siguiente modo para limpiar el mono y no oler a tigre: Una bayeta empapada en agua tíbia con jabón antibacterias me sirve para frotar el interior del traje. Luego, aclaro. El exterior lo limpio con una grasa que compré en Turquía y que me deja el uniforme impecable.

Qué comes, dónde duermes, qué haces cuando no estás en la carretera

Una de las cosas que más disfruto en los países extranjeros es la comida. Adoro recibir el bombazo de un sabor nuevo burbujeando en mi boca. La comunicación en Rusia en este sentido es bastante complicada, los camareros no están por la labor. Cuando descubrí esto, pedí a la recepcionista de un hotel que me escribiera en mi Moleskine: “Hola, no sé hablar ni leer su idioma. Quiero comer. Por favor, escoja usted un plato de sopa, carne y ensalada. Gracias”. Esta nota ha sido mano de santo, y hasta la fecha ha resuelto completamente todas mis necesidades alimenticias, ayudándome a descubrir, además, todo tipo de sabores nuevos. Encontrar dónde dormir en ruta es muy fácil, pero en las ciudades es algo infernal. Usualmente pido consejo al GPS, que me lleva a lugares inverosímiles como fábricas abandonadas y residencias de ancianos, señalando tercamente que aquello es un hotel. Pero normalmente un nativo se hace cargo de la situación en el ínterin, y me dirige a buen puerto. Si el nativo no aparece, pago a un taxista y él resuelve el problema. El precio medio de mis alojamientos ronda los 35 €. La comida media, unos 8€.
Normalmente, la llegada al hotel supone encerrarme en la habitación dos o tres horas, para escapar de la realidad exterior. Es una experiencia uterina que considero necesaria para reposar las sensaciones del viaje. En estos casos el ebook es imprescindible e Internet una salvación. Luego, los paseos por las ciudades bombardean todos mis sentidos.

El estado de ánimo

Fefa y la estepa

Fefa y la estepa

Es difícil hacer un análisis de si mismo cuando no hay más prioridad que permanecer íntegro sobre dos ruedas. La fecha impuesta por las autoridades chinas del 20 de agosto pesa sobre mi como una losa y me dificulta disfrutar realmente de la travesía: si no llego ese día a la frontera, el viaje prácticamente habrá terminado. Por lo tanto, me obligo a avanzar los días en que no me apetece, y me fuerzo por sobreponerme a la fatiga arañando kilómetros a la carretera con la excusa de recortar días y kilómetros. La soledad no hace mella en mi, desde niño estoy solo y he aprendido a vivir con el monstruo plúmbeo que otras personas tanto temen. La moto, además de ser un vehículo maravilloso, abre muchas puertas, y no pasa un día sin que alguien se acerque a mi para conocer mi historia o para prestarme ayuda. Han sido ya decenas de personas las que me han echado un cabo incluso sin pedírselo. Así, el contacto humano está asegurado, aunque sea superficial y la comunicación no resulte fluida. Tengo algunos momentos de gran euforia y poquísimos de desánimo. A veces me resulta complicado saber dónde estoy. He ido creando una rutina que me resulta cómoda. Los días se me hacen cortos y las semanas eternas. Viajar. Sonreir o llorar dentro del casco sin motivo alguno.
El viaje me está ayudando a discernir qué y quién es imprescindible en mi vida. Personas que se jactaban de la amistad que nos dedicábamos me han hecho desaparecer de su agenda: ni un email, ni una llamada, nada. Dejé de existir para ellos, y ello me causa gran sorpresa aunque no llegue a dolerme. Sin embargo, otras personas están ahí siempre, y las quiero y las echo de menos. He aprendido a vivir dentro de la misma ropa día tras día. Forma parte del proceso de desprenderse de mi vida pasada. Ya no visito los mercadillos de souvenirs con ataques de ansiedad consumista, sino con el interés de un entomólogo ante un insecto raro. Lo último que he comprado ha sido una pequeña bomba manual de extracción de gasolina. No necesito nada. No deseo nada. Sólo soy un asceta que avanza, y ya está.
Mucha gente me pregunta si la experiencia me está llenando. No. No me llena. Por el momento, me vacía. Me vacía física y mentalmente. Como cuando dejas que una herida supure con la certeza de que luego sanará mejor. Estoy drenando poco a poco lo malo que había en mi vida, y pronto, lo sé, entrará lo bueno en tromba.

Gracias a todos por vuestros comentarios -que me enriquecen más de lo que pensáis-, vuestro apoyo y vuestro entusiasmo.

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