close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Periodicamente, escribo entradas en el blog que pretenden saciar la curiosidad de los lectores frecuentes sobre detalles nimios -o no tan nimios- que no aparecen en la narración, relacionados con la logística física y emocional del viaje: cómo me encuentro, dónde duermo, de dónde saco moneda local, o qué tal se está portando la moto. Son los Making Of de Salíadarunavuelta. Sé que muchos esperábais con impaciencia este Making of: en él cuento con detalle la avería que me tuvo parado veinte días en Islamabad. ¡¡Detalles mecánicos!! ¡¡albricias!! ¡¡uá, uá!!!

Fefa y un servidor, ante la cordillera Tian Shan

Fefa y un servidor, ante la cordillera Tian Shan

El último making of me dejó exultante a las puertas de Asia. El mundo ha cambiado mucho a mi alrededor desde entonces, y podría decirse que yo mismo voy cambiando muy poquito a poco. En algunas cosas, todo resulta extraordinariamente predecible (eres un dólar con patas, lo auténtico te está vedado, el tercer mundo es incómodo) pero en otras, parece que me encuentro viviendo en el interior de un trepidante videojuego: lo errático de las carreteras y el tráfico, lo mucho que depende una cosa de lo que hagas justo antes, lo difícil que es conseguir un objetivo sencillo, lo sencillo que resulta que algo difícil se resuelva, lo poco que vale el tiempo, la diferencia de precios de todo lo necesario, lo elásticos que son los días y las horas.

Si has venido aquí para conocer el problema de la avería de Fefa, puedes ir directamente ahí haciendo click en este enlace. Asimismo, puedes leer los anteriores Making Of de Salíadarunavuelta aquí y aquí.

El tránsito del mundo a mi alrededor

He vivido, en esta etapa, una asombrosa variedad de paisajes. Sin apenas darme cuenta, he pasado de la llanura deshabitada de Kazajastán, a la superpoblación maloliente y anárquica de India, pasando por las montañas más altas del mundo y regiones tan desabastecidas que resulta difícil imaginar en ellas la vida. La mala fama de las carreteras kazajas -en gran medida motivada por esa docu-farsa llamado Long Way Round- es completamente inmerecida: de norte a sur, una carretera impecable me acompañó durante casi todo el recorrido. La estepa me maravilló: en esa tierra las puestas de sol duran cerca de una hermosa e interminable hora, al no tener montañas que las interrumpa. Pude comprobar cómo los rostros iban achinándose muy gradualmente: Los primeros ojos rasgados aparecieron en Ufá, la penúltima ciudad rusa. A continuación, la etnia kazaja -de ojos ligeramente orientales, pómulos salientes, frente ancha- fue inundándolo todo, aunque prevalecían por doquier los cabellos rubios, que por fin desaparecieron en Kyrgyzstan. Es la gente de esa tierra enormemente hermosa, y su comida empezó a saber a especias: hasta entonces, la gastronomía era más bien europea y fácil de asimilar. En todo centroasia se come una comida similar, hecha de sopas densas, fideos y raviolis jugosos. El cordero es la norma y su grasa el epicentro.

El laghman de Kyrgyzstan, plato centroasiático que se encuentra por todas partes.

El laghman de kyrgyzstan, plato centroasiático que se encuentra por todas partes.

Kyrgyzstan supuso el triunfo de las montañas sobre las planicies. Y China sí fue un cambio bestial. Ahí apareció la cordillera del Karakorum, y de repente me vi rodeado de picos de ocho mil metros, de paisajes agrestes de roca pura, y de personas adustas, formales y más bien recelosas. Y luego, Pakistán. Una tierra difícil poblada de gente valerosa, de la que recibo el mensaje de que todo es posible, siempre se puede avanzar, siempre se sobrevive. No pude menos que enamorarme un poco de ese país, pese a que fue mi cárcel durante un mes. India supuso otro vuelco al corazón: Después de todo lo que se ha dicho ya sobre India, su espiritualidad y su miseria, su grotesco caos cotidiano y su monumentalidad, poco puedo aportar yo, salvo ese gusto agridulce que deja el haber pasado del desierto de Rajastán a la selva exhuberante de Goa, pasando por paisajes rocosos en Hampi y por infinitos barrios inmundos de barracas en Bombay. Al viajar en transporte público, los cambios a mi alrededor son más abruptos y se notan mucho más. India, en si misma, es un continente que merece una exploración más minuciosa, documentada y respetuosa de lo que yo pueda ofrecerle en un siglo.
La primera vez que me sentí realmente intimidado por la distancia recorrida y lo distinto de lo que me rodeaba fue al entrar en Pakistan. Al verme tan pequeño, perdido en aquella gigantesca garganta de roca pura, rodeado de glaciares, pensé por primera vez para mis adentros… “Oh Dios mío, dónde me he metido”. Este mismo sentimiento de mareo, de indefensión, de honda impresión al encontrarme sin escapatoria en un mundo extraterrestre, he ido viviéndolo a partir de ahora con frecuencia: cuando giras una curva y te encuentras con centenares de mujeres vestidas con multicolores saris lavando la ropa en un remanso del río, cuando callejeas por una ciudad y se abre ante ti un enorme estanque en el que se bañan vacas, niños, ocas y ancianos barbudos con turbante, cuando a tu lado camina un dromedario de tres metros de altura rodeado de monos… Estampas de un mundo tan diferente del mío, que no puedo evitar que me abrumen y me den miedo, que me hagan sentir frágil, vulnerable, pequeñito y fuera de lugar.
Mucha gente, con la impaciencia propia del occidental, me pregunta con insistencia si ya he conseguido lo que buscaba al iniciar toda esta locura. La respuesta, claro, es que no. Ni siquiera tengo una mínima garantía de conseguirlo algún día. Lo que sí puedo decir, aunque no pueda explicarlo, es que toda esta aventura está resultando en un esperado, deseado y no por ello menos sorprendente viaje al interior de mi mismo y mis propias emociones y sentimientos. Habrás oido, en más de una ocasión, a los principiantes de gimnasio quejándose de tener agujetas “en músculos que ni siquiera sabía que existían”. Pues así estoy yo. O mi yo. O mi alma.

Mandando a Fefa empaquetadita desde Gilgit a Islamabad

Mandando a Fefa empaquetadita desde Gilgit a Islamabad

Logística

La parte del viaje que he hecho alejado de Fefa ha sido así: El tramo entre Gilgit e Islamabad, en Pakistan, se saldó con un coste de 45 Euros del traslado de Fefa en camión, y de 50 dólares el alquiler de la pequeña Honda que conduje por el Karakorum. Fefa tardó ocho días en cubrir ese trayecto, debido al mal estado de las carreteras. En cuanto al tramo que he recorrido en India, los transportes son realmente baratos. Si tienes tiempo y ganas y te encanta la aventura, ven a la India y recórrela en autobús y en tren. Vale la pena, de verdad. He probado autobuses nocturnos y diurnos, trenes de todas las categorías, rickshaws a motor y a pedales, incluso tres aviones. Lo más caro (100 Euros), el tramo desde Bangalore a Jaipur (que es casi toda la India de abajo a arriba). Para dormir en transportes públicos he echado mano del Valium (lo tomo únicamente cuando voy a hacer un viaje largo y quiero pegar ojo).

El mundo se ha ido abaratando considerablemente en mi camino al sur. El precio medio de una habitación en la actualidad ronda los siete Euros, y el de una comida, los 2.5. La habitación más cara de este tramo la alquilé en Bombay por 60 Euros la noche (es muy complicado conseguir alojamiento barato en esa ciudad). La más barata, 2 Euros en Pakistán. Para obtener dinero, me muevo exclusivamente con cajeros automáticos, por lo que apenas empleo las oficinas de cambio. Este método sólo ha causado alguna molestia mínima en Pakistan, donde muy contados cajeros están conectados con Visa. Si los paises de Asia central eran más o menos sencillos, India está resultando extenuante a la hora de impedir que te roben descaradamente. El regateo en países como Kyrgyzstan o Pakistan era una cuestión de un 30%. En India es de un 90. En cada esquina hay un pequeño hijo de puta que te toma por imbécil y te multiplica los precios sin pestañear. Cada vez los trato más despectivamente: esta misma mañana, por unos frutos secos, un zumo de mango y un sandwich de tomate y patata cocida, pretendían cobrarme seis Euros. Cogí la bolsa con las cosas, se la tiré al suelo, me di la vuelta mirando al dependiente con cara de desprecio, y me piré. Está claro que me estoy volviendo un salvaje.

Habitación ciertamente exótica: el interior de una yurta kyrgyza

Habitación ciertamente exótica: el interior de una yurta kyrgyza

Alojarse

Mi estrategia sistemática de madrugar y llegar temprano a la siguiente ciudad para buscar alojamiento, que tan buenos resultados me había dado en la primera parte del viaje, está ahora algo perjudicada dada la aleatoriedad de la vida de los países que estoy atravesando, y me estoy fiando más de las guías de viaje -tengo todas las Lonely Planet en formato digital- para encontrar hotel. Lonely es una estupenda guía de viajes, quizá la mejor, aunque su concepto se autoasesina: pretende enseñarte los “lugares secretos” que nadie más conoce, pero cuando llegas a ellos, te encuentras a otros quinientos compradores de la guía que los han encontrado también el mismo día que tú. Los hoteles están frecuentemente hasta la bandera o han duplicado su precio en dos años, los restaurantes descuidan el servicio, y sus alrededores están rodeados por buscavidas afilando los colmillos al verte llegar. En ocasiones compensa pagar a un taxista para que te lleve a un lugar barato y práctico, aunque le regales comisión.

Salud

La última vez que me pesé, había adelgazado siete kilos. Claro que esto fue en China. Ahora mismo, puede que haya bajado diez o doce. No obstante, me encuentro más vital y más enérgico que cuando partí. El cuerpo se regula a si mismo, y en muchas ocasiones me encuentro comiendo cosas que jamás soñaría o, ¡cielos!, durmiendo la siesta. Comer en India, al contrario que en otros países, es harto complicado si no eres vegetariano o adoras el picante y en ocasiones prefiero pasar hambre al no encontrar un solo local en muchas horas de trayecto que tenga pinta de producir algo medianamente digerible por un occidental. Es importante señalar que a mi la comida india me encanta, pero una cosa es probarla un par de veces al mes, y otra muy distinta es tener que comerla forzosamente mañana, tarde y noche, durante días y más días. Hasta el momento, me he librado casi por completo de complicaciones digestivas. Tampoco he enfermado lo más mínimo, y la única incidencia reseñable ha sido la herida en la pierna, que ha cicatrizado correctamente al pasar unos días al aire libre, lejos del roce permanente de las protecciones del mono de cuero.

Higiene

Más no se puede pedir por un par de Euros la noche...

Más no se puede pedir por un par de Euros la noche...

La colada la hago yo mismo en los baños de los hoteles. He descubierto que es teóricamente posible lavar una camiseta antes de las 16 horas y tenerla más o menos seca a las 9 de la mañana del día siguiente: sólo hay que retorcerla hasta dejarte los dedos en el proceso. He ido reduciendo la presencia de objetos en el neceser hasta lo estrictamente imprescindible. La misma pastilla de jabón me sirve ya para la ropa, el pelo, el cuerpo y, si me apuras, la visera del casco. Aconsejo, además, hacerse con toallitas de culo de bebé: sirven para limpiar cualquier cosa de este mundo.
El agua caliente es algo que ya he asumido que sólo existe en Europa, y por lo tanto, he aprendido a olvidar. A partir de la mitad sur de Pakistan, todas las duchas cuentan con un enorme cubo y una palanganita: La idea es que llenes el cubo, te enjabones de arriba a abajo y te laves en cuclillas. Pues bien, no sólo lo hago sino que empiezo a encontrarlo sumamente vigorizante. Pruébalo unos días.

Comunicarse

Pongamos que, en un sesenta por ciento de las ocasiones, el Inglés ha sido más que suficiente para comunicarse con mayor o menor efectividad. En el resto, sólo hay que mostrar buena disposición y un amplio abanico de gestos. Normalmente, tampoco tienes que entablar una sesuda conversación sobre la Ética según Kant: es evidente que si paras en un restaurante lo que quieres es comer, y si paras en un hotel quieres dormir. El resto lo hacen la mímica y el buen humor, no hay más.
Para hablar con mi tierra empleo los servicios de Talky. Talky te permite llamar a teléfonos por Internet gratis o a un precio ridículo, tanto que no empleo el móvil más que cuando es estrictamente imprescindible, el resto del tiempo me espero a tener un wifi cerca y, entonces, llamo desde el portátil. Llevo, eso sí, un teléfono con una tarjeta SIM internacional, de número británico, que es el que emplea todo aquel que quiere contactarme por alguna urgencia. Las SIM internacionales te permiten recibir llamadas con un coste de roaming casi inexistente. Si estás planteándote un viaje muy largo como el mío, por tierras habitadas, mi experiencia me dice que lo del teléfono vía satélite no vale para nada: la civilización está en cualquier parte ya.
Internet es accesible en casi cualquier lugar, pero has de buscarlo, no aparece espontáneamente, y en ocasiones sólo es accesible cuando te encuentras en un lugar visitado por occidentales. En India, al igual que en Pakistan, es frecuente que debas salir del hotel a buscar un locutorio, y el wifi no está mínimamente extendido por el momento. Una opción algo engorrosa pero muy cómoda y barata es comprar una SIM local y navegar con 3G en cualquier sitio que te apetezca. Por ejemplo, en India el coste de esta operación es de algo más de dos Euros, aunque el alta de línea es un proceso absurdo de fotocopias de pasaportes, fotos de cara, formularios eternos, envíe este código, consiga una carta del hotel, etc.


La avería de Fefa y demás asuntos moteros

NOTA: Este apartado es estrictamente para fanáticos de las dos ruedas y está pensado para saciar su infinita curiosidad relacionada con la mecánica y la equipación. Cualquier persona que crea que una moto es simplemente una moto, puede saltárselo perfectamente: no hay nada que cuente aquí que sea de interés para ellos, y seguramente su lectura será soporífera.

Equipación

Reconozco que, por fin, he claudicado y he enviado un paquete a casa con cosas que no estaba usando. Para ser preciso, la mayoría eran herramientas duplicadas o reemplazables -es lo que tiene, hacer las cosas con un poco de prisa-, artículos de camping -sólo me he quedado con la hamaca y el saco-, y algunas prendas de ropa para temperatura extrema -mi traje es tan versátil que ha podido con cualquiera de los climas que me he encontrado hasta el momento-. También he dejado atrás una batería extra que llevaba para emergencias -la regalé a un mecánico pakistaní- y algunos enseres personales que no me habían resultado útiles -por ejemplo, el chaleco con 21 bolsillos que me había parecido tan genial en la ignorante Europa, tantos meses atrás, o un termo recomendado por el gran Miquel Silvestre, el aventurero motero por excelencia-.
Si mi experiencia sirve de algo, recomiendo a los viajeros de medio o largo recorrido que se hagan con un Crampbuster. Es realmente cómodo, aunque tienes que hacer unos pocos kilómetros para hacerte con él y descubrir su uso. El Crampbuster gira en un solo sentido, por lo que no debes dejarlo ahí quieto, sino que has de regularlo con un sencillo movimiento inverso de muñeca en función de la velocidad que quieres mantener en cada carretera. Asimismo, yo encuentro esencial el cojín Airhawk. Un día se me desprendió hacia un lado, y estuve recorriendo cinco kilómetros como enfadado, hasta que me di cuenta del motivo. Realmente, mucha diferencia. Otro elemento que no debe faltar en un viaje largo -y esto lo descubrí demasiado tarde, por fortuna ya está solucionado- es un spray antibacterias para el traje y el casco. Realmente marca la diferencia entre oler a zorro muerto y poder convivir con seres humanos sin que te vomiten en la cara.
Un invento fantástico de las maletas Trax que llevo es que puedes adquirir una bolsa que encaja exactamente dentro de ellas. De ese modo, cuando llegas a un hotel, no tienes que desmontar nada: abres las maletas, tiras del asa, y te vas con todo lo valioso puesto. Cuando tienes que montar y desmontar tu equipación a diario, es algo que realmente se valora.
Te aconsejo que visites 2TMoto para conocer más detalladamente estos productos. Si tienes alguna duda sobre la equipación, puedes plantearla en el miniforo de documentación y estaré encantado de respondértela.

Antecedentes de la avería

Al elegir a Fefa, sopesé durante mucho tiempo las ventajas de la carburación frente a la inyección, llegando a la conclusión de que los carburadores, por norma general, son más fáciles de reparar en el tercer mundo y ofrecen más fiabilidad a largo plazo. Su única desventaja, a mi juicio, era la necesidad de regularlos para soportar grandes alturas. El debate carburación-inyección es eterno y no pretendo entrar en él: A Fefa la elegí por su fiabilidad, facilidad de reparación y ausencia de electrónica, y además viene con su carburación incluida, y ya está.

Fefa se nos queda sin fuelle al trepar el paso de Khunjerab

Fefa se nos queda sin fuelle al trepar el paso de Khunjerab

Al alcanzar alturas considerables -y me refiero a alturas en las que notaba que a mi mismo me empezaba a costar respirar- no observé una especial fatiga en el motor. Me preocupaba ponerme a hurgar en las entrañas de la moto para regular el paso de aire, y encontrarme con una moto desmontada en medio de Kyrgyzstan sin un mecánico a mil kilómetros a la redonda. Así pues, decidí continuar sin ajustar el carburador. Al llegar a los 4.500 metros, sí observé cierto grado de dificultad en la moto: su velocidad punta era de 60 kilómetros por hora, aunque se mantenía ahí con gran dignidad. En ese momento, el grupo estaba ya en marcha en medio de China y no era el momento de parar a siete motos y un carísimo guía para desmontar el depósito y ponerse a regular nada. Decidí continuar adelante, con dramáticas consecuencias que no podía vaticinar porque desconocía un importante problema que arrastraba la moto desde antes de ser mía.
El Khunjerab es el paso de montaña pavimentado más alto del mundo. En sus últimos cinco kilómetros (alrededor de los 4.650 metros) la moto se negó a continuar. Por más que aceleraba, la moto no respondía y se quedaba traqueteando como un vetusto tractor listo para el desguace. Atamos a Fefa a la enorme BMW de Stefano, y pudimos salvar el paso de montaña haciendo eses y riéndonos del Mundo en general y de mis infortunios en particular. El descenso fue muy sencillo y realmente disfruté de la moto en un sendero de cabras que parecía pensado para ella. Y para mi.
Como descubrí al otro lado del Khunjerab, la moto había consumido una enorme cantidad de combustible para salvar las montañas. Repito: enorme. No me cuestionéis en esto: se tragó algo así como medio depósito. Conseguimos hacernos con una gasolina que los chinos acababan de regalar al pueblo pakistaní, desabastecido desde hacía nueve meses. Si los productos de fabricación china no se distinguen precisamente por su calidad, hay que reconocer que emplear una gasolina regalada por China era algo parecido al suicidio. Pero no me quedaba más remedio: la otra opción era esperar allí a que pasara el invierno, se restablecieran todos los puentes, y quizá que el tránsito rodado se normalizara lo suficiente como para permitir la llegada de camiones cisterna, algo que seguramente ocurrirá en los próximos diez años, pero no antes. La gasolina parecía pis de un alien gonorréico que hubiera bebido algo muy podrido el día anterior. Cuando arranqué la moto, noté que, en efecto, iba algo peor. Pero estaba en Pakistán, había a mi alrededor unas montañas que te cagas, y todo era lo suficientemente exótico como para no prestar demasiada atención al rendimiento de la moto.

Los problemas de subir una cuesta sin embrague

Los problemas de subir una cuesta sin embrague

El problema real se presentó al intentar subir a un hotel delicioso en el valle del Sost. El hotel se llamaba Eagle’s Nest (el Nido del Águila) lo que da una somera idea de que no está demasiado a ras de tierra. La subida, de no más de quince kilómetros de barro y desprendimientos, fue demasiado para la moto, que tuvo enormes dificultades para trepar. Es importante señalar que, para conseguirlo, me vi en la obligación de jugar con el embrague prácticamente en todo el recorrido. Y de un modo además poco sutil, lo que obviamente no le sentó nada bien. No podíamos haber remolcado la moto, porque el resto de la gente tenía sus propias preocupaciones, como no caerse por el precipicio o no quedarse enterrados en el barro. Así que forcé el embrague, qué le vamos a hacer. Cuando llegamos al hotel y desmontamos las bujías, comprobamos que estaban bastante sucias, pero que dos de ellas -las del cilindro delantero- estaban negras como el carbón. Sí, ya sé, eso es que la moto traga demasiada gasolina. Revisamos lo que pudimos, y lo único que encontramos fue un tubo picado, que reemplazamos. El tubo no parecía demasiado responsable de lo que estaba ocurriendo, pero al no encontrar nada más que pudiera justificar la negrura de las bujías, asumimos que lo que las había ennegrecido era una mezcla de la falta de oxígeno, la mala calidad de la gasolina, y el tubo picado. Pues no, era otra cosa.
La bajada de Eagle’s Nest, con las bujías ya limpias, se produjo sin incidencia alguna, y la moto parecía responder adecuadamente a mis exigencias, y pude conducir alegremente durante un buen rato, pensando que habíamos superado el problema. Hasta que nos encontramos con el pueblo de arena. La carretera se convirtió en una gran duna que atrapaba por igual a todoterrenos, furgonetas, motos, y todo aquel que intentara cruzarlo. Los lugareños se agolpaban, ociosos, al borde de la vía, para observar divertidos los esfuerzos de los conductores por salir de aquel atolladero. Y ahí fue donde Fefa dijo basta y el embrague se quemó. O lo quemé. O lo quemaron las circunstancias, yo qué sé. El caso es que conseguimos llegar a Gilgit porque la moto conservaba dos marchas: La mala y la peor, así que de ahí tuvimos que enviarla por camión a Islamabad y esperar por el embrague.

El motivo de la avería y su solución

Detalle de la corroña expulsada durante la limpieza del motor.

Detalle de la corroña expulsada durante la limpieza del motor.

El embrague llegó unos días después a Islamabad, y llevé la moto al único mecánico especializado en japonesas de gran cilindrada que hay en todo el país. En Pakistan, las motos de más de 125 cc gozan de un impuesto especial del 200%, lo que hace que se cuenten con los dedos de una mano. Así pues, el ginecólogo que asistió a Fefa, era seguramente el único que podía hacerlo en todo el país con cierto grado de autoridad. Se había formado en Japón, y en su taller tenía tres o cuatro pepinos en distintos estados de ensamblaje, lo que me dio gran confianza, pese a su inesperado aspecto de sacerdote de alguna oscura secta islamista poco amigable. El hombre fue meticulosísimo a la hora de repasar la moto de arriba a abajo, porque le hice saber que el embrague era sólo un síntoma, y que estaba convencido de que algo le pasaba más allá a la pobre moto. En efecto, una vez desmontado el carburador, inyectó potentes chorros de aire mezclado con gasolina en el motor, y la carbonilla que salió de allí daba grima verla. Los ayudantes del gurú limpiaron cada pieza de la Fefa con un mimo y un cuidado que yo mismo no habría sabido emplear. Y fue así como encontraron el problema:

Detalle del cable del aire

Detalle del cable del aire

El tiro del aire es un cable muy sencillo que se bifurca en dos para meter mezcla más o menos enriquecida a cada cilindro, igual que en los coches antiguos. Yo lo empleaba más bien poco: sólo algunas mañanas frías Fefa necesitaba un tironcito para arrancar. Ese cable siempre tuvo un tacto más bien sospechoso, pero como jamás había usado otra Fefa en mi vida, pensé que era normal, y que era debido a que la moto es más bien rústica. Pues bien, no era normal: uno de los dos cables, el del cilindro delantero, estaba roto. Yo compré la moto de segunda mano, y lo más probable es que viniera con ese problema de su anterior dueño, porque nunca noté nada alarmante. Esto hacía que la moto recibiera aire y gasolina en el cilindro trasero (lo cual es bueno) y sólo gasolina en el delantero (lo que redunda en un comportamiento menos desahogado, y en un mayor consumo de combustible). Dado que este problema sólo afectaba a uno de los cilindros, la moto podía continuar sin problemas por carreteras normales, aunque consumiendo más y un poco a regañadientes. El problema vino a grandes alturas, donde el oxígeno escasea. En ese momento, el cilindro delantero quedó inutilizado por la pésima calidad del combustible, por el mal estado de las bujías, y porque en el motor sólo estaba entrando gasolina, y cero oxígeno. Y ya está, tan sencillo como eso.
Cuando el mecánico me ofreció la moto para que la probara, noté de inmediato que algo había cambiado. El motor sonaba mucho más rotundo y orgulloso, y la respuesta era asombrosamente fluida. Estaba claro que Fefa iba muchísimo mejor. Al hacer kilómetros, noté además que el consumo se había reducido entre un 15 y un 25%. Y para qué hablar del embrague. Qué tacto, qué suavidad.
Y qué maravilla poder volver a la carretera de nuevo.

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