close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

El lago es, en realidad, el producto de un inmenso desprendimiento de montaña que ha taponado el curso del río Hunza. Centenares de personas vieron , hace unos ocho meses como, de la noche a la mañana, el cauce del río empezó a ascender y tuvieron que dejarlo todo y huir montaña arriba salvando sus vidas y los pocos enseres que pudieron. La carretera se ve, pues, interrumpida durante cerca de veinticinco kilómetros. Hay un servicio de pequeños barcos que transportan personas y bienes materiales de un extremo a otro del lago. Todo funciona igual en Pakistan: la carretera se interrumpe, pero siempre puedes pagar a alguien para que traslade los bultos desde un punto donde pueden llegar los camiones al otro. Los barcos pueden cargar con unas cuarenta personas, y están pintados de colores alegres, lo que confiere un tono festivo a la catástrofe. Alquilar cada barco nos salió por 10.000 rupias tras una encarnizada batalla. Tuvimos que alquilar dos: En uno de ellos iban las motos más pesadas -la Fefa, la enorme BMW de Stefano y la Harley de Donato- y en el otro el resto.

Montado en el barquito, con Fefa. Foto: Stephano

Montado en el barquito, con Fefa. Foto: Stephano

Las motos entraron en los barcos a pulso, cargadas por una decena de hombres-hormiga que consiguieron depositarlas sanas y salvas sin rechistar en el fondo de las barcazas. Arrancamos al unísono y enfilamos por el valle sintiéndonos piratas en busca de aventura. Si no estuviéramos navegando sobre las cenizas de un drama inconcebible, el viaje habría sido muy placentero, pero pequeños vestigios salpicados por doquier nos hacen recordar que nos encontramos en un valle donde una vez hubo una próspera comunidad rural que ahora lo ha perdido todo. Ocasionalmente emerge de las aguas ambarinas un poste de la luz. O un farol. La cúspide de un tejado. Un árbol muerto. Los pilares de hormigón de un puente que sobresalen de la superficie del agua como desesperados dedos de un ahogado.

Las motos en nuestra nave-nodriza. En primer plano, la Harley de Donato

Las motos en nuestra nave-nodriza. En primer plano, la Harley de Donato

A nuestro alrededor hay montañas escarpadas y solemnes que parecen los tubos del órgano de una iglesia. El barco se desliza muy despacio entre ellas. Guardamos un silencio religioso. Al cabo de dos horas y media, divisamos al fin el desprendimiento. Por lo que parece, una montaña entera se ha precipitado en la garganta del río, taponándolo. Diminutos seres humanos se afanan por transportar camino arriba y camino abajo gigantescos fardos de mercancías como pequeños Sísifos resignados a una servidumbre eterna. Observo desde la barca lo que parece una escena post-apocalíptica. La montaña emana vapor mortífero allí donde los hombres remueven el polvo con sus pasos torpes y febriles.
- ¿Cómo coño vamos a subir eso? -pregunto a Donato, boquiabierto.
- Ni idea- contesta fijando su mirada aguileña en el enorme bloqueo por el que trepan los porteadores. Lleva puesto un pañuelo anudado sobre la cabeza, y recuerda a un Don Quijote despistado y enfermo.
Los barcos llegan al borde de una enorme masa de polvo gris, de consistencia similar al talco o al cemento seco. Es una montaña entera que ha cambiado de lugar y se ha desparramado sin ningun tipo de misericordia. El borde del desprendimiento es enormemente escarpado: Los porteadores apenas pueden salvarlo y llegar a la cima gateando como torpes escarabajos.

Talco. La foto no hace justicia.

Talco. La foto no hace justicia.

Trabajan en las inmediaciones un par de cientos de hombres cubiertos de polvo de arriba a abajo, y una cuadrilla del ejército que intenta a duras penas abrirse paso entre las rocas y el talco empleando una potente excavadora de oruga que desplaza enormes cantidades de tierra y polvo sin un objetivo claro.
Una vez detenidas las barcas, se acerca un hombre alto y fuerte con una melena de león cubierta de tierra. Sus ojos están rojos por el polvo y destacan en su cara como dos lucernarias de sangre. Él mismo está cubierto de una densa capa gris. Sus manos son duras como un saco de nueces. Lleva puesta una chilaba desgarrada del mismo color que su piel y su pelo.
- Mil rupias por moto- dice sin saludar siquiera, con cierta indiferencia.
Nos miramos algo desconcertados. Donato es el primero en reaccionar.
- No. Nosotros hemos pagado para que se lleve nuestra moto al otro lado del lago, y eso incluye desembarcarla.
Nuestro barquero se indigna, y se produce un enorme tumulto. Nadie quiere pagar, nadie quiere trabajar, y las conversaciones, ya a voz en grito, llegan pronto a un punto sin retorno. Volvemos a escuchar los gritos de la muchedumbre, y yo vuelvo a echar mano del spray de pimienta sigilosamente. Empezamos a darnos por vencidos y a asumir que debemos pagar un alto precio por ser turistas en medio del caos. El calor derrite nuestro pelo, nuestras manos, nuestra piel. El hombre de los ojos rojos no da su brazo a torcer y exige mil rupias por moto, o no hay nada que hacer. Cuando por fin accedemos, un aprovechado que ha viajado desde el otro lado del lago, movido por la codicia, solicita también siete mil rupias por haber cargado las motos a las barcazas. Súbitamente, esos veinticinco kilómetros habrían resultado más baratos en cohete espacial. Al comprender el panorama, James y yo decidimos pedir ayuda al ejército y trepamos por la pared de polvo, comprobando que es casi vertical.

Excavadora, talco y motos

Excavadora, talco y motos

- No tengo ni puta idea de cómo vamos a arrastrar las motos por aquí arriba- le digo a James sin aliento. James es incapaz de contestar, jadea como un pobre niño enfermo. Los soldados se van apuntando unos a otros. Nadie quiere hacerse cargo de la situación, hasta que encontramos a uno que se atiene a escuchar nuestra historia. Comenzamos un largo y desmadejado diálogo con el hombre. Observo un porteador que, rendido, se cae de espaldas y se queda braceando en la loma de la montaña. Me recuerda a una torpe tortuga al que han dado la vuelta y apenas puede con su alma. Se acercan dos compañeros e intentan ponerlo de pie de nuevo. El hombre contrae su rostro con un gesto de dolor y de frustración que marca arrugas profundas en su cara curtida. El tipo del ejército, tras escucharnos en solemne silencio, conviene en que nos están timando, y ordena a un delegado que actúe de intermediario, nos cobre 3.000 rupias y pague él mismo a los porteadores. Volvemos a descender, el tumulto sigue en pleno apogeo. Cuando los porteadores nos ven llegar con el delegado comprenden que han perdido la batalla y se disponen a descargar sin rechistar. Disponen una pasarela devorada por la carcoma como un queso gruyere y arrastran las enormes motos sudando al sol. Cada pequeño movimiento de la gente levanta una densa polvareda que se infiltra por las narices y nos hace toser, se deposita sobre la superficie de los ojos y nos hace lagrimear. Cuando descargan a Fefa, intento arrancarla sin éxito. Se ha juntado una enorme multitud que observa mis esfuerzos y mis imprecaciones en silencio. Mi mono de cuero está cubierto por una densa capa de roña. Una enorme excavadora desciende por el simulacro de camino cargando un herrumbrosos trozo de pontón del ejército con algun oscuro propósito. A su lado, parezco un muñequito de Lego, frágil, pueril e infinitesimal. La montaña entera vibra y se resquebraja bajo su enorme peso. Tengo miedo de que se desprenda toda la pared de polvo y acabemos, la excavadora y yo, sumergidos en el lago. Si quisiera, esa enorme máquina podría librarse de mi con un pequeño gesto sin esfuerzo, como cuando yo expulso de la mesa una hormiga despistada.

Al final de la montaña de talco. Foto: Carl Minter

Al final de la montaña de talco. Foto: Carl Minter

Sigo intentando arrancar la moto, no hay manera. La batería se descarga. Una veintena de hombres me empujan por la ladera de la montaña, mientras nos hundimos en el talco y a nuestro alrededor se levanta una humareda densa de color gris que parece invadir el mundo. Consigo parar al lado de un jeep del ejército, que me presta su batería para arrancar. Los últimos veinte metros los hago sin ningun tipo de potencia, la moto parece haberse rendido y trepa por el talco como si la vida para ella hubiera dejado de tener sentido.
Al otro lado de la cúspide de la montaña nos esperaba el doble de talco, pero cuesta abajo. Todos nos caemos varias veces y descendemos sudando y rebozándonos como croquetas bajo el sol abrasador. En la lejanía distinguimos una hilera de camiones aparcados esperando ser descargados. Nuestro objetivo está tan lejos y tan cerca… Seguimos arrastrando las motos, empujándolas para salvar las densas pozas de talco que inmovilizan las ruedas y nos hacen caer. Poco a poco, las motos van alcanzando la carretera de nuevo. Cada moto es recibida con un murmullo de aprobación por parte de la concurrencia que nos observa aburrida encaramanda a los camiones.

¿Quieres conocer la historia completa? Todos los artículos de la serie En la cola del monstruo en esta página
Imprimir