close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Lo sabía. Cuando hace unos días escalamos un puerto de montaña de 4070 metros y Fefa fue incapaz de acelerar más allá de los treinta kilómetros por hora, supe que la carburación daría problemas. Pero no imaginaba hasta qué punto. Nos miramos todos y estallamos en risas histéricas. ¿Qué otra cosa se podía hacer?. El Khunjerab estaba a unos cuatro o cinco kilómetros de distancia. Quizá estábamos a unos 4500 metros de altura. Pero Fefa ya no podía más con la falta de oxígeno y se apagó con un pedo débil y casi desesperado.

En Sost, Pakistan
Día 103 de viaje. 20ºC. Leyendo El Corán.

Seguimos obedientemente al todoterreno negro del ejército hasta que su conductor se bajó y nos indicó que debíamos proseguir solos. Las montañas a nuestro alrededor ofrecían un paisaje desolador de singular belleza: lomas de suave pendiente escalando hacia el infinito, cubiertas de rastrojos resecos, enmarcadas por un cielo muy azul apenas atravesado por delicadas nubes de aspecto etéreo. Algún camello despistado gemía en la distancia. Muy pocas personas, todas ellas con el rostro impávido y quemado por el sol, nos miraban pasar en silencio. Mis saludos efusivos no recibían respuesta. Es algo que he asumido en cinco días que llevo recorriendo el país: los chinos no devuelven el saludo. La carretera, de un inmaculado asfalto, subía gradual pero ininterrumpidamente dirección al paso de Khunjerab: Esta es la carretera pavimentada más alta del mundo. A un lado del paso, la desértica, aséptica y desolada China. Al otro, el caos agreste y escarpado de Pakistan.
Nos adentramos en el Karakorum, que compite con el Himalaya en dureza y espectacularidad de sus montañas. Hay en esta cordillera cinco montañas de más de ocho mil metros de altura. Cuando se divisa alguno de estos colosos en la lejanía, el cerebro deja de procesar lo que ve y cree estar divisando un montículo cercano. La mente humana occidental no sabe entender lo que está viendo, no está entrenada para comprender estas magnitudes.

James arrastra a Fefa montaña arriba. Foto: Carl Minter

James arrastra a Fefa montaña arriba. Foto: Carl Minter

El ahogo de Fefa

La moto empezó a dar problemas a los 4000 metros. Por más que aceleraba, no era capaz de avanzar. Pronto le resultó imposible ir más allá de los sesenta kilómetros por hora. Luego, esa velocidad se redujo a cuarenta. El grupo -excepto Donato y Roberta, que al parecer tenían una prisa tremenda por llegar los primeros a la frontera que teníamos que cruzar juntos- se situó detrás de mi respetuosamente. Cuando faltaban aproximadamente cinco kilómetros para coronar la cima, la velocidad de Fefa se redujo a unos diez kilómetros por hora. Y, finalmente, al paso de un hombre enclenque. Pronto se hizo evidente que la moto no iba a alcanzar la cima sin ayuda. Los muchachos paraban y me daban un empujón, que aceleraba mi velocidad a unos vertiginosos 8 kilómetros por hora hasta que volvía a ahogarse. Stefano, un italiano larguirucho con aspecto de mantis religiosa que conduce una enorme BMW, me iba dando pataditas para que cogiera carrerilla, pero ni con esas. Llegado un cierto punto, decidimos parar y estudiar la situación.
Obviamente, no era el momento más adecuado para desmontar el depósito y ponerse a juguetear con la carburación. La altura también estaba haciendo estragos en nuestro propio organismo, así que no nos veíamos en condiciones de empujar a la Fefa monte arriba hasta llegar a la cima, que por cierto se veía absolutamente inalcanzable. Decidimos que la BMW de Stefano tendría que arrastrarme. Sujetamos una cincha al winch de la moto, y arrancamos. De inmediato, la solución pareció idónea, si bien ambos reconocíamos que estábamos manteniendo el equilibrio por pura casualidad. Casi nos saltamos un puesto de control, a unos 500 metros de la cumbre, la última oportunidad del gobierno chino de incordiar con más papeleo. Unos soldados de aspecto terriblemente malhumorado revisaron nuestros pasaportes por enésima vez, intercambiando comentarios despectivos.Y, finalmente, alcanzamos la cima.

La cumbre del Khunjerab. Foto: Carl Minter

La cumbre del Khunjerab. Foto: Carl Minter

Había comprado unos frutos secos en el mercado de Tashkorgan. Con ellos, asfixiados por el aire enrarecido de la montaña, rodeados de adustos picos de roca pura, celebramos a hurtadillas nuestra entrada en Pakistan. Estábamos en Ramadán y en una república islámica: cada comida o bebida a partir de ahora debería ser furtiva. Las chicas del grupo -excepto Roberta, que dejó muy clara su intención de evangelizar el país saltándose todas sus normas- se pusieron respetuosamente pañuelos sobre la cabeza y pasaron a ser una musulmana más.
Se hizo evidente que habíamos cambiado de país porque el asfalto de repente desapareció, y dio lugar a un firme de montaña demencialmente estropeado. A unos doscientos metros, nos esperaban, refugiados en una casucha de adobe sobre la que ondeaba la bandera pakistaní, un par de policías de frontera que nos dieron la mano canturreando welcome to Pakistan, sir y con una sonrisa tan franca que me desarmó por completo. Sin apenas formalismos, las motos estaban arrancando tres minutos después.

Entrando en la garganta. Foto: Carl Minter

Entrando en la garganta. Foto: Carl Minter

Welcome to Pakistan, sir!!

La moto empezó a reaccionar en cuanto se dio cuenta de que la carretera iba cuesta abajo. La pista se desvió por la loma de una montaña altísima, y empezó a descender endiabladamente por una garganta de dimensiones considerables. Era una pista de tierra batida, polvorienta y mal conservada, con grandísimos baches y profundos desniveles, que enseguida me encantó: este es el tipo de carretera que más disfruto. Parece un videojuego. A ambos lados de la carretera, obreros pakistaníes se afanaban en retirar escombros de una avalancha reciente. Levantaban la cabeza y saludaban con una sonrisa llena de dientes blanquísimos. Sus rostros, curtidos por la intemperie, reflejaban una felicidad absoluta.
- Welcome to Pakistan, sir!!- chillaban alzando sus manos encallecidas.
Seguía descendiendo a un ritmo vertiginoso, levantando una enorme polvareda a mi paso, sorteando los obstáculos como si conociera la ruta. Las rocas eran frecuentes en el firme desigual y agrietado. Divisé un grupo especialmente nutrido de obreros que cavaban una gran zanja a ambos lados de la carretera. Al oir la moto, levantaron sus cabezas como pequeñas marmotas inquisitivas. La euforia del momento me hizo accionar la bocina y chillar con toda la potencia de mi garganta:
- ¡¡¡Salam aleikum, Pakistáaaaaaan!!!
Como accionados por un resorte, los obreros se pusieron a gritar invadidos por la euforia. Formaron un túnel de manos y de rostros felices que atravesé, inundado de júbilo y de calor humano. Seguí gritando como un loco y accionando la bocina y ellos siguieron chillando, haciéndome sentir el rey del Mundo, en la cima de la carretera más alta de la tierra, jaleado por una multitud enfervorecida. Empecé a llorar a lágrima viva mientras los dejaba atrás gritando welcome to Pakistan y good trip sir con sus voces enronquecidas. Jamás me había sentido así. Nunca. En la vida.
La pista de grava se vio abruptamente interrumpida por un desprendimiento de tierra y enormes rocas. Paramos las motos. A ambos lados del desprendimiento se habían detenido una buena decena de vehículos cuyos propietarios observaban la infranqueable barrera con paciencia infinita. Las motos son versátiles: empezamos a retirar escombros para hacernos un hueco, y en ese momento se me acercó un hombre con un polo azul.
- Hola- me dijo inesperadamente en castellano.
- Coño-. Acerté a decir-. ¡Quién eres?
- Soy Juan.
Había intercambiado unos cuantos mensajes con Juan a través de Facebook, aunque no lo conocía en persona. Los destrozos del monzón lo habían obligado a detenerse y esperar con su moto en Islamabad a la espera de una señal propicia para atravesar la región en la que yo me iba a adentrar.
- Joder, Juan, qué coincidencia, ¡dame un abrazo!
- Es imposible atravesar hacia el sur, imposible- nos informó-. Hay un puente derrumbado por el que no se puede pasar, además está el lago y…
En ese preciso instante, apareció de la nada una enorme excavadora que se dispuso a retirar, a escasos dos metros de mi, las enormes rocas que interrumpían el paso. La situación no era ideal para sentarse y tomar un té y charlar. En cuanto encontré un hueco, lancé la moto al otro lado de las rocas y dejé a Juan dando las malas noticias al resto del grupo. Las motos se pusieron en marcha y expliqué a Juan que tenía que seguirlas.
- No pasa nada. Yo voy a buscar alguna forma de bajar, quizá nos veamos en Sost- me dijo.
La última vez que lo vi, estaba colgado en la parte de atrás de una furgoneta. Se perdió en la lejanía, engullido por una nube de polvo. Cuando al día siguiente fui a buscarlo a su hotel, se había ido ya. No lo culpo: no creo que nadie quiera pasar más de una noche en Sost, salvo que tenga poderosos motivos para hacerlo.

El grupo penetra en el interior de la montaña. Foto: Carl Minter

El grupo penetra en el interior de la montaña. Foto: Carl Minter

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