close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Vaya por delante que este es un post que yo aborrezco escribir y muchos lectores detestarán leer. Me veo en la obligación de publicarlo porque hay determinados seguidores que, con vocecillas insidiosas, me insisten en que quieren saber qué diablos está pasando. Por lo tanto, haré una relación cronológica de todos los problemas mecánicos que ha ido acumulando mi maldita montura para saciar vuestra malsana curiosidad. Ni que decir tiene que los que, como yo, encontréis la mecánica de motos un tema tan fascinante como ver secar la pintura estáis eximidos de su lectura. No obstante, también hay consuelo cómico para mis amigos no-amantes de la mecánica, en concreto pueden saltarse la lectura hasta este punto en concreto para gozar como puercas de mis desventuras tragicómicas en Quito.

Si eres un fuckin fanático de estas cosas, que sepas que mantengo un mapa con todas las intervenciones mecánicas que he hecho a la moto en todo el viaje. Está aquí.

Intervención primera, antes de cruzar los Andes

Como bien sabréis, y ante los problemas que presentó Fefa para cruzar el Paso de Khunjerab entre Pakistan y China -tuvo que ser remolcada por una GS-, me decidí a ajustarle la carburación. En concreto, los chiclés de 135 fueron reemplazados por unos de 124. O algo similar. A lo mejor eran de 134 y le pusieron unos de 125. Los que saben de chiclés sabrán los números exactos. Esta intervención y los problemas que provocó ha sido ya descrita en el post Un serio problema de altura. La moto apenas consiguió cruzar los Andes sin una solución drástica: quitarle el filtro de aire. La intervención en el carburador la llevé a cabo en un taller de aspecto modesto regentado por un padre y su hijo. Lo encontré callejeando y preguntando en concesionarios de motos. Parecían saber de lo que hablaban.

Intervención segunda, diarrea de aceite

También he contado ya esta batallita. La puedes leer en Así en la tierra como en el cielo: camino a Machu Picchu. Básicamente, al ir a arrancar la moto tras un día de reposo, se cagó viva por las juntas del filtro del aceite. Al día siguiente llevé un mecánico para que le echara un vistazo, y al ir a comprobar el nivel de aceite, salió a borbotones todo su contenido mezclado con gasolina, en un más que espectacular chorro negruzco que empapó por completo el suelo del garaje del hotel. El mecánico en cuestión -de la casa oficial- se limitó a limpiar por dentro el estropicio, cambió el aceite, el filtro, y me dijo que quizá una motita de mierda había dejado abiertas las valvulitas del carburador, y que por la propia presión de la gasolina se me había llenado el motor. Arranqué y me fui tan contento.

Intervención tercera, adiós a la válvula Mikuni

La ñapa que hizo el impresentable de la casa oficial Honda de Tacna duró exactamente 370 kilómetros. En cuanto la moto llegó a Arequipa, empezó el calvario que me ha ido acompañando desde entonces. Al enfrentarse a una subida, la moto se ahogó y se apagó con un débil ronquido. Al acelerarla con el embrague puesto parecía entusiasmarse, pero perdía potencia al intentar despegar y se apagaba lastimeramente. Me fui en taxi a la zona de recambios de motos de Arequipa -un lugar que conviene visitar con calma: es pintoresco y entretenido- y preguntando a los espontáneos que aparecieron por ahí como hongos en el pan, me dirigieron al taller de un gurú local que tenía varias motos de gran cilindrada desmontadas en el local. El tipo me dijo al día siguiente que la había limpiado por dentro y que estaba como nueva. En concreto, recorrió cuatro kilómetros y volvió a desfallecer en una cuesta. Le confié la moto de nuevo y me largué a Machu Picchu. Por teléfono, me informó que la válvula de la gasolina -una válvula de vacío de la casa Mikuni que tuve que instalar para que succionara la gasolina del depósito XXL- estaba rota. Me instaló una válvula eléctrica china que tenía un aspecto frágil y algo patético, y como la Fefa arrancó con un sonido rotundo y poderoso, di por finiquitada la incidencia. Metí la válvula Mikuni bajo el asiento por si algún día la necesitaba -no confío para nada en la válvula china- y me fui petardeando rumbo al norte.

Intervención cuarta, casi me la quitan en Quito

La moto de vez en cuando ha ido teniendo sus achaques. Ahoguitos ligeramente alarmantes en las cuestas, pero nada que no haya podido solucionar con un poquito de paciencia y un enérgico empujón de acelerador. Hasta que salió de Quito. Quito está bastante alto, pero no lo suficiente como para parar a la moto. Quisiera repetir este dato: no lo suficientemente alto. Lo sé porque llevo el ojo puesto en el GPS desde Atacama. A estas alturas quizá hayas pensado que has resuelto el enigma, y te disponías a escribir en los comentarios “es un nuevo problema de altura, se resolverá cuando estés de nuevo al nivel del mar”. PUES NO. La moto, al enfrentarse a alturas superiores a los 2400, empieza a perder potencia y reduce su velocidad punta a los 70 por hora. Pero eso es todo. El problema que tiene es que se PARA al enfrentarse a las cuestas. Hace potpotpotpot y se para. Bueno, a lo que iba. Quito está como a dosmilypoco, y al salir de la ciudad te enfrentas a unas cuestas escalofriantes al pie de unos barrancos que parecen no tener fin. Está todo lleno de camiones, de polvo, de desvíos imprevisibles. En una de esas cuestas, como la cuarta o quinta, Fefa hizo de nuevo su numerito de potpotpotpot y desfalleció como una damisela fatigada. Inmediatamente, culpé a la válvula china. Triunfalmente, me dispuse a desenchufarla y a hacerle un bypass -aprovechando que tenía el depósito lleno y no necesitaba de su poder de succión-. Pero tuve la genial idea de encender la moto con la válvula desconectada, y un abundante chorro -semejante a la eyaculación de un perrillo- me manchó la pernera del pantalón. Por lo tanto, de la válvula china no es. Debe de ser el primer producto chino que no falla en todo el año 2011. Ahí, en medio del polvo, poco podía hacer. Pasaban los camiones y me pitaban con sus bocinas estruendosas que hacían que se cayeran pequeños regueritos de guijarros desde la loma de la montaña. La policía se escabulló cuatro o cinco veces mientras yo tenía la moto medio desmontada y miraba con impotencia lo poco que podía hacer allí, en la nada. Decidí intentar acercarla todo lo posible a Quito, al fin y al cabo ahí sabía que había seres humanos, hoteles, mecánicos. Conseguí moverla unos quinientos metros montaña abajo, pero en cuanto apareció la siguiente cuesta, potpotpotpot de nuevo. Me detuve al lado de un solitario tipo con rastas que me recordaban vivamente al culo de una oveja. Una de sus manos parecía la garrita de un loro. No sé qué diablos hacía allí, en ninguna parte, de pie al lado de la carretera como un soldadito de plomo asimétrico y zaparrastroso. El hombre me miró con desgana y siguió vigilando el asfalto, hasta que apareció un autobús que detuvo moviendo su garrita. Así pues, descubrí que había una forma civilizada de retornar a Quito. Detuve yo mismo otro autobús al cabo de unos minutos y me trasladé dando bandazos hasta una zona en la que había un mecánico, según el conductor, un hombrecillo rechoncho de rostro oliváceo que mascaba un mondadientes y profería insultos a voz en grito a los demás vehículos de la calzada. Se paró en seco en medio y medio de una autopista y me apuró:
- ¡¡¡AHÍ, AHÍ TIENE UN MECÁNICO!!!
Me bajé apresuradamente agradeciéndole su colaboración. Vi cómo el autobús se alejaba a toda prisa, cabeceando entre el tráfico de Quito. Y en ese momento, me di cuenta de que había dejado el casco bajo el asiento.
Mascullando maldiciones, crucé la autopista poniendo en serio peligro mi vida y llegué hasta el pequeño taller mecánico de un joven enérgico y trepidante que se identificó como John Jairo. A voz en grito, se hizo cargo de la situación como un general bajo los efectos de una cocaína de gran pureza. Encargó a su mujer que llamara a El Tramposo, un indio pelado poseedor de un pickup, que accedió a ir a por Fefa en un tiempo récord y por la relativamente módica cantidad de diez dólares. Nos montamos en la parte de atrás del pickup, y El Tramposo arrancó con un chirrido de neumáticos. El hombre conducía como un auténtico psicópata, dando bandazos, tomando curvas en dos ruedas y poniendo el vehículo a ciento sesenta, así que le grité a John Jairo que si seguía poniendo nuestras vidas en peligro, no le pagaría. John Jairo se descolgó por la barandilla del pickup y gritó a El Tramposo:
- ¡¡¡¡PELADO!!! ¡¡¡NO TIENEH TÚ APRESIO A TU VIDA, CABRON!!!!
Cuando llegamos hasta Fefa, observamos que se había detenido a su lado una furgoneta marrón de aspecto sumamente sospechoso, y tres pelagatos la rodeaban con ojos golosos sin atreverse a tocarla. Los individuos pusieron pies en polvorosa en cuanto nos vieron bajar del pickup.
- ¡¡¡Ehtaban controlándola, helmano!!!- me explicó innecesariamente John Jairo moviendo mucho los brazos. A pulso, montamos a Fefa en el pickup y volvimos al taller resoplando y congratulándonos de haber llegado a tiempo. Allí me estaba esperando un hombrecillo de aspecto tímido. Me extendió el casco.
- Se lo dejó debajo del asiento, señor- me dijo el hombrecillo en un susurro. Dudé si besarlo. Había traído el casco en autobús, dando un rodeo más que evidente en su ruta a casa. Si alguien todavía duda de que la mayoría aplastante de las gentes de este mundo son buenas, este ejemplo debería de bastar.
Tras el tallercito había un modesto hotel-zoológico en el que me alojaron por un precio exhorbitante. A la mañana siguiente, muy temprano, descubrí a John Jairo dando vueltas por el barrio con Fefa encabritada.
- ¡¡Ehta eh una muy bueeeena máquinaaaaaaa!!!
Cuando le pregunté qué había hecho, me contestó con evasivas: Que si había limpiado y regulado el carburador, que si había limpiado el motor por dentro. Le expliqué que eso ya me lo habían hecho antes, pero su contestación tan entusiasta me sedujo y me hizo creer ciegamente en su habilidad.
- ¡¡¡Dale con confiansa helmano!!! ¡¡¡Dale con fé, que no va a fallar!!!
Me dio una tarjeta de visita de su negocio. Leí con cierta alarma “damos servisio a cortasesped“.

Intervención quinta. Obviamente.

Total, pasó lo que tenía que pasar. Entré en Colombia. Conduje cerca de cuatrocientos kilómetros hacia el interior del país. Me paré a tomar un café -por cierto, algún día habrá que reflexionar sobre los motivos por los que en los países productores de café el que sirven es generalmente una mierda-. Y cuando arranqué la moto y la dirigí hacia una cuesta, hizo su potpotpotpot de siempre y se paró una vez más. Estaba en medio de ninguna parte, pero una consulta rápida al GPS me indicó que, si era capaz de avanzar ochenta kilómetros más, llegaría a Cali. Olisqueé el aceite, y comprobé horrorizado que apestaba a gasolina. Consulté a un par de aburridos soldados del Ejército Colombiano que vigilaban un puente cercano cuántas cuestas más había hacia Cali y me indicaron que, precisamente, esa era la última. Así que me armé de paciencia, y a base de potpotpots y parones absurdos coroné la cima en unos quince minutos. Como era de esperar, me encontré una decena más de pendientes, que fui superando por llevar vuelo suficiente -actuaba con previsión y aceleraba en las bajadas para tomar las subidas con suficiente impulso-.
Acabo de ir a ver a un mecánico al que dejé a Fefa esta mañana y que me recomendaron en el Hostal Casablanca, un negocio regentado por un motero danés. Según me contó, había estado toda la tarde limpiando y regulando el carburador, limpiando el motor por dentro. Cuando me dijo eso, casi lo mato allí mismo con mis propias manos desnudas. Por cierto, que descubrió cómo John Jairo, el mecánico de Quito, se libró de mi facilmente: Con un cuter le arrancó los cartones al filtro del aire. Normal que la moto volase. No me ha llenado el motor de mierda de milagro. Le he rogado encarecidamente al mecánico de Cali que busque soluciones más creativas y menos drásticas. Os mantendré informados.

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