close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

De Bariloche guardo algunos recuerdos bonitos y uno malo: Mis supergafas de patillas de carbono indestructible compradas a precio de órgano humano desaparecieron de la mesa del restaurante donde me había comido unos maravillosos tallarines con tuco, y las perdí de vista para siempre. Como soy incapaz de caminar tres pasos sin unas gafas de sol, me acerqué a un tipo que vendía falsificaciones de Ray-Ban en una esquina.
- ¿Cuánto cuestan?
- Quin… veintisinco- contestó el granuja.
- Quinveintisinco, vale, adiós- respondí dando un portazo verbal.

En Belén, Argentina norte.
Día 356 de viaje. 23ºC. Leyendo Las nieves del Kilimajaro, de Ernest Hemingway

¡Hola, Chile! País trigesimoquinto :)

¡Hola, Chile! País trigesimoquinto :)

Al día siguiente, por una ruta que me había sugerido Javier, un amable lector de la página, atravesé los Andes por primera vez. Bariloche es una bonita ciudad encastrada en el interior de la Cordillera, a orillas de un imponente lago, que hay que rodear para atravesar un puerto de montaña extraordinariamente fácil y domesticado. La ruta discurre alrededor de los meandros caprichosos del lago y luego lo abandona para adentrarse en las montañas. El paisaje es árido y lúgubre, y la nieve hace pronto aparición a ambos lados de la carretera. La tarde anterior Javier, el lector, que había tenido la gentileza de acompañarme en moto a un mirador para apreciar la geografía de la región, me planteó un dilema que ha estado rondándome la cabeza en más de una ocasión en los últimos dos meses.
- Muy bonito- dije contemplando la vista.
- No sabía si traerte, la verdad- confesó-. ¿Qué le podés mostrar a uno que sha lo vió todo?
Esa frase me hizo reflexionar profundamente: en verdad he visto tantas cosas este último año que no puedo evitar albergar un sentimiento de anestesia algo injusto. Ahí estaba yo, plantado delante de los Andes, con un espectacular y caprichoso lago a sus pies, arropado por el perfil de la hermosa ciudad de Bariloche, añorando pasar un rato ante la tele tumbado como una cerda. Supongo que por eso mismo hay personas que son capaces de trabajar en una morgue o desatascando fosas sépticas: al final todo te anestesia un poco. Esta idea me preocupó un poco: si ahora me encuentro hastiado de sensaciones, vivencias y paisajes, ¿qué conseguirá hacer burbujear mi alma cuando haya terminado este viaje? Me prometí esa mañana espolearme un poco e intentar disfrutar más del regalo que cada día me ofrece la ruta en forma de nubes, montañas, personas, ciudades, olores, lagos y monumentos de oscuro propósito. ¡Los Andes! ¡mi tercera gran cordillera! ¡la espina dorsal de Sudamérica!
Al alcanzar el punto más alto, una cumbre blanca como el alabastro muestra un paisaje desolado, gélido, casi glaciar. Una virgen de rostro compasivo observa la carretera rodeada de árboles bajos y secos como cadáveres de algún pájaro prehistórico. Y el cartel por fin, que anuncia un nuevo país conquistado: Chile.
Como me había vaticinado Javier la tarde anterior en el mirador, al llegar a la cara oeste de la cordillera el paisaje cambia brutalmente: De repente, una exhuberancia casi selvática inunda los márgenes de la carretera. Enormes árboles proyectan sombras eternas sobre el asfalto, y helechos arborescentes y lianas gruesas como brazos de un hombre pueblan la tierra negra como el azabache y fértil como una diosa prehistórica. Son los vientos del Pacífico preñados de lluvia que, al chocar con los Andes, depositan en su cara occidental trombas perpetuas de agua y de vida. Luego, las nubes continúan su camino hacia el este ya desinfladas e inofensivas, y el sol tuesta la loma de Argentina hasta convertirla, inmisericorde, en un páramo desértico. La sensación al dejar atrás la enjuta y árida Argentina y penetrar en la frondosa Chile es intensa y refrescante.
Los Andes se quedan atrás muy pronto, se desinflan como un globo pinchado, y dan paso a un rosario de lagos secretos y colinas suaves y muy verdes donde pastan apaciblemente manadas de vacas rollizas y de mirada bobalicona. El paisaje era deliciosamente bucólico: pendientes redondeadas como nalgas femeninas, nubes esponjosas ante un cielo azul de postal, árboles exhuberantes, frondosos y coquetos, vallas de colores y casas de madera con setos recortados esponjándose bajo el sol de finales de abril. Me detuve a repostar en una gasolinera bastante poco convencional atendida por una mujer elefantiástica y un perro que se lamía con desgana los huevos. Un enorme y reluciente pickup plateado se paró a mi lado. Se abrió una ventanilla con un zumbido eléctrico y un par de ojos azules centenarios me observaron con descaro.
- ¿Usted ffiene ahorra de Espania?- preguntó un anciano con marcado acento alemán.
- Bueno, salí hace un año.
- Mi ispaniol no mocho bueno. Yo ffiffo en Chile poco tiempo.
- ¿Viven aquí?
- Si, en Chile, jubilasión.
- En ese caso, permítame preguntarme algo.
- Si, pregunta tú.
- ¿Es usted consciente del sitio maravilloso en el que vive, o ya está anestesiado de tanta belleza?
El viejecito se quedó un rato procesando mi pregunta, observándome con sus ojitos zarcos, somnolientos y legañosos como los de una vetusta tortuga.
- El tiempo erra mocho bueno hase uno mes- contestó al fin-. Pero aorra vienen lluvias.
- No, no, no me ha comprendido- dije al anciano sonriendo-. Le pregunto si ya está acostumbrado a tanta belleza, si cada mañana usted ve lo que le rodea y todavía se asombra de dónde vive.
- Si, aorra lluvias, pero hasse un mes tiempo mocho buena.
- Ah, qué bien, bueno, encantado, ¿eh?- contesté sonriendo y arrancando la moto y dejando atrás otra posible Ítaca, la de las anestesias ante la belleza y la sorpresa.

Los fragantes y eructantes leones marinos llevan varios miles de kilómetros acompañándome, tanto en el Atlántico como en el Pacífico.

Los fragantes y eructantes leones marinos llevan varios miles de kilómetros acompañándome, tanto en el Atlántico como en el Pacífico.

La primera ciudad de Chile fue Osorno, que me sorprendió por su austeridad. Era una urbe más bien tristona, vertebrada alrededor de una placita de cuidados jardines. Flotaba en el ambiente un denso olor a humo de leña. Al intentar encontrar un sitio donde cenar, se dio mi primer descubrimiento sobre el país: existía un extraño híbrido entre pub prostibulario y restaurante, pero no se daban los restaurantes convencionales. Todo lo que pude encontrar fueron locales anunciados con luces rojas, en los que me daban de comer entre neones verdes y azulados y pantallas de televisión en las que iban rotando viejos vídeos musicales. La carta era escasa y parecía estar escrita arrojando al aire papelitos con palabras variadas. Mis intentos de diálogo con la camarera resultaron del todo infructuosos, y mi segundo y traumático descubrimiento fue que era para mi imposible descifrar el acento chileno, dato que se vió corroborado cuando, al día siguiente, dos atónitos policías me detuvieron en mi camino hacia el norte.
- ¡¡sdalkfjserpgu!!- me dijeron.
- Sí, de España- contesté al tuntún.
- ¡Elkwkejlskdj?
- Hacia Santiago -probé suerte.
- Lkdsjfliuoieewurlaaaago.
- ¿Qué lagos me recomiendan?
- ¡¡Qpewrgiwproickjdglk!!
Para mi inmenso espanto, los lagos y los nombres de las ciudades eran todos indígenas, siendo imprescindible estar sumamente atento para no perderse con tantas úes e íes: Hueyelhue, Cayumapu, Chaihuin, Pichi-Ropulli, Panguipulli, Riñihue desfilaron ante mis ojos mareándome. No sé cómo diablos llegué a orillas de un lago delicioso cuyo nombre soy incapaz de reproducir, situado ante un espectacular volcán que sin duda algún lector chileno sabrá reconocer. Es este. Allí, un ceviche que parecía cocinado por ángeles me volvió a situar en mis casillas, y me dio fuerzas para continuar rumbo a Santiago.

Mi traumático encuentro con mi pasado

Panorámica de la vista sobre Santiago desde el balcón de la casa de Luis

Panorámica de la vista sobre Santiago desde el balcón de la casa de Luis

Conozco a Luis desde hace muchos años, quince la última vez que lo miré. Durante más de un lustro, él fue el espejo en el que me contemplaba cada vez que salía a relucir mi espíritu canalla; se diría que ambos rivalizábamos en descaro y golfería y que vivíamos inmersos en una versión urbana de Las Amistades Peligrosas sin que quedara muy claro quién era la Marquesa de Merteuil y quién el Vizconde de Valmont. Durante ese lustro dorado, efervescente y travieso, quedábamos cada noche en un Vips del centro para beber bebidas isotónicas y recuperar electrolitos, para tomar cafés trasnochados, lamernos nuestras heridas de batalla, y acosar a una hermosísima camarera francesa llamada Annelie que tenía, para su desgracia, el turno de noche. La vida en aquella época era trepidante y despreocupada, y aunque frívola, la echo de menos. Pero ambos asistimos en el rostro del otro a un envejecimiento no necesariamente físico que nos llevó, a uno a dar la vuelta al mundo y a otro a pedir un traslado a Chile.
Luis tiene una personalidad arrolladora que hace que siempre esté rodeado de gente que lo adora y que es capaz de acompañarlo a colgar un cuadro o a la consulta del dentista como si ello fuera una fiesta. Es por ello que no me extrañó demasiado cuando, tras un breve altercado con el GPS, llegué a su edificio de apartamentos pijos y él salió a recibirme acompañado, pese a llevar sólo semana y media en Santiago.
- Ella- dijo lacónicamente- es Nacha.

Pastelico de manzana con crema catalana por encima.

Pastelico de manzana con crema catalana por encima.

Nacha se había visto irremediable y fulminantemente atrapada en la pegajosa red de encantos de Luis, y había puesto a su disposición su coche, su casa y su misma persona como saco de sparring y felpudo. Así pues, nos acomodamos entre las cajas y las bolsas de la mudanza y planificamos la jornada siguiente, dedicada a la compra de un mueble para el televisor en el que cupieran además su equipo de dolbystereosurround, su appletiví y otros pequeños artilugios electrónicos sin los que Luis no podría subsistir en Chile. No pude evitar comparar el yo que había sido, aquel hombre tecnófilo hasta la médula, conocedor de los restaurantes más chic y las más sofisticadas tácticas de seducción, con el que era ahora, un tipo metido en un mono de cuero que lava sus camisetas en los lavabos de los hostales y se afeita cada quince días. La compra del mueble se complicó al aparecer una tienda de geles de olores sumamente seductores, y otras trampas de centros comerciales de suelos relucientes y vidrieras de colores. Cada paso que daba, más consciente era de la distancia con mi yo anterior: los restaurantes que ahora adoro -casas de pasto atendidas por dueñas rollizas en los que el olor a guiso parece haberse pegado a las paredes con goma arábiga- no tienen nada que ver con los que antes visitaba y que Luis empieza a descubrir en su nueva ciudad -restaurantes de fusión de enormes platos de nombres algo crípticos, locales con decoración poco convencional, comedores con música estridente y clientela bulliciosa, urbanita y de sonrisa blanqueada-. ¿Sería esto una ítaca más por descubrir? ¿a dónde me llevarían mis reflexiones? ¿me está despegando este viaje tanto de mi yo anterior?

Santiago me pareció una urbe asombrosa, aséptica, tecnológica, pero con un alma muy menguada o casi inexistente. Vigilada pacientemente por los Andes milenarios, había poco en ella que me sedujera. Así que me recluí en casa de Luis y me puse a cocinar, actividad que echo de menos más que ninguna otra en este viaje. Empecé con pastelitos para el desayuno -tarta de manzana, de chocolate, de queso- para luego pasar a las comidas y las cenas. Luis llegaba del trabajo y la casa estaba inundada de olores penetrantes que se colaban por debajo de la puerta y, supongo, tenían desconcertados a los inquilinos de los alrededores -en su mayoría profesionales bien pagados, solteros, y extranjeros-.
- Cariño, ya estoy en casa- canturreaba.
- Llegas tarde como siempre, se me ha desinflado el suflé- contestaba yo con tono avinagrado, parapetado tras una montaña de ollas recién lavadas.
- He estado trabajando duramente para mantenernos y pagar tus caprichos.
- ¿Caprichos? ¿de qué hablas?
- No me grites, estoy cansado, el dia fué largo.
- Esa es la excusa de siempre, mientras tanto yo encerrada en casa.
- Te sacaría más a pasear si te arreglaras un poco.
- ¡Me arreglaría si supieras apreciarlo!
- Siempre la misma excusa- respondía él.
En su deseo de agradar a Luis, Nacha puso su coche también a mi disposición para ir a comprar las piezas que necesitaba para poner a punto a Fefa. A lo largo de una semana, estuve dando saltitos entre casas de recambios y visité el bohemio Valparaíso durante el fin de semana para dar algo de privacidad a Luis, quien ya había conocido en el ínterin a una organizadora de eventos que le mandaba mensajes cada vez más comprometedores. Y el martes, al fin, puse rumbo a los Andes de nuevo.

Ante el Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, a punto de partir rumbo al noreste

Ante el Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, a punto de partir rumbo al noreste

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