close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

El viaje iba a sufrir un revés importante, con el portátil confiscado por las autoridades fronterizas. ¿Me esperaba la cárcel?. Estaba dispuesto a no presentar ningún tipo de resistencia, al fin y al cabo, a sus ojos, yo era culpable. Me recliné en la moto con cara de pánico. Quizá incluso me retuvieran en alguna sala oscura para hacerme un interrogatorio en profundidad. ¿Y qué pensarían los demás de aquello?. Empecé a sudar, aunque el día se iba apagando y los grados descendían gradualmente.

En Tashkorgan, China.
Día 101 del viaje. 25ºC. Leyendo La epopeya del bebedor de agua, de John Irving

El Paso de Torugart es una de las más impredecibles fronteras de Asia. Situado a 3700 metros de altitud, en tierra de nadie, puede cerrarse por ser festivo, por ser la hora de la comida, por las malas condiciones climatológicas, o por el capricho de algún funcionario menor. Unos cincuenta kilómetros antes de llegar al primero de los muchísimos checkpoints de las autoridades chinas, te despides de Kyrgyzstán con una sonrisa benevolente y comprensiva: atrás queda un desvencijado edificio de hojalata donde remolonean cuatro guardias vestidos con ropa de camuflaje, y cuya misión en este mundo parece ser apuntar números de pasaporte en una libreta que nadie más volverá a consultar jamás. Comienza el ascenso, gradual pero evidente, bordeando la frontera que es claramente distinguible: unos postes sólidamente clavados al suelo, un alambre de espino amenazador, torretas de color verde militar apuntando al cielo su coronada cabeza. Unos veinte minutos después, recibimos la orden de avanzar y de no detenernos bajo ningun concepto. Estamos en tierra de nadie. Este pedazo de mundo no pertenece a ninguna nación, no ha sido reclamado por nadie. Tal es su grado de desolación y de abandono.
Cuando el mundo parece haberse acabado, bajo la escueta mirada de una edificación que parece una modesta y aséptica torre de control de un aeropuerto, y en lo más alto de una montaña árida y erosionada, aparece una barrera rojiblanca de metal oxidado. Un socavón de proporciones descomunales, que apenas podemos salvar trepando con las motos por la grava que se desprende y rueda, y un grupo de militares chinos que nos ordenan bajar de las motos y mostrar la documentación son nuestra bienvenida a la República Popular China.
Un muchacho esquelético de barba rala y mirada adormilada, de unos veinticinco años, se presenta ante nosotros y se hace con la situación. Se llama Muza, y es nuestro guía-censor. Inmediatamente nos arrebata nuestros pasaportes y se los entrega a un pobre chaval, embutido en un traje de camuflaje, cuyos dominios consisten en una pequeña mesa plegable y un sello de caucho. Mientras el guardia adolescente repasa nuestros nombres para ver si coinciden con los que Muza le ha presentado en su listado, Muza nos ofrece pan, unas enormes obleas de pan reseco que devoramos como alimañas hambrientas.
- La carretera muy buena- nos informa Muza sonriendo y arrebatándonos los GPS, que no volverá a devolvernos hasta que salgamos del país-. Sólo 100 kilómetros hasta frontera. Es grava, pero bien. Sólo una inundación.
Con una sonrisa encantadora, nos dice que es mejor que guardemos las cámaras hasta llegar a Kashgar. Las va recolectando una a una y las mete en el todoterreno. También nos alerta de que es mejor decir que nuestros portátiles no tienen wifi.

Bienvenidos a China. Carretera grava pero bien.

Bienvenidos a China. Carretera grava pero bien.

En el corazón de la montaña

Grava pero bien, según Muza. Durante los próximos cien kilómetros, asistimos a la prueba más brutal de resistencia que hayamos podido imaginar. Si Pakistán es la mitad de difícil que esto, podemos darnos por satisfechos. El descenso se produce por una pista de grava que se está destruyendo y reconstruyendo a la vez. Muchos tramos de la carretera consisten en tierra que las excavadoras alisan delante de nosotros para que podamos pasar, o fragmentos destrozados de asfalto depositados sin concierto en el camino. Otros tramos son simplemente unos montículos de piedras y barro por los que trepamos como buenamente podemos. Grandes bloques de hormigón destrozado impiden el paso, mientras que arroyos caudalosos cortan periódicamente la circulación. Un inmenso trailer de aspecto terroso viene hacia nosotros. Nos apartamos como podemos, pero el trailer nos arrolla brutalmente. Arrastra un par de metros a Fefa sin tener la más mínima intención de detenerse. Destroza el lateral 4×4 del guía y se aleja tras una enorme nube de polvo sin titubear ni un instante.
A nuestro alrededor, un paisaje agreste y hostil como no he visto jamás: inmensas vetas, del tamaño de ciudades enteras, estallaron cuando se formó el planeta Tierra: ahora se pueden ver desde el camino, formando descomunales riscos y montañas peladas donde apenas crecen matojos de color ceniza. Descendemos por la torrentera de un río manso, que a lo largo de milenios ha horadado con fuerza la roca pura, reventando las vetas más débiles y anegándolo todo con fiereza. La magnitud de todo lo que me rodea es tal, que me siento francamente intimidado por la potencia de la Naturaleza, su arrogancia, su inmensa fuerza bruta. El cielo plúmbeo apenas se distingue, devorado por las gigantescas y escarpadas montañas. La grava da paso a la tierra, la tierra al polvo, el polvo al barro. Decenas de kilómetros de barro puro. Y, finalmente, nuestro descenso termina y nos vemos metidos en el cauce del río. Es una vastísima extensión de sedimentos negruzcos salpicados de descomunales cantos rodados, y rodeados de acantilados de piedra oscura. Rodamos como podemos por el mismo cauce, en ocasiones metiéndonos de lleno en el agua, hasta que alcanzamos un punto en el que no se puede avanzar: el río discurre ante nosotros, ampuloso y potencialmente letal. La carretera está veinte metros más arriba. Muza nos azuza para que crucemos el torrente y escalemos una zanja vertical de barro, algo que vamos haciendo todos con gran esfuerzo y entre aplausos. Cuando lo intenta el 4×4 se queda encallado a medio camino, porque su motor se ha llenado de agua. Debemos esperar un buen rato bajo la llovizna, rodeados de relámpagos, hasta que el chófer lo hace funcionar de nuevo.
Cuando parece que podemos avanzar, otro checkpoint interrumpe nuestro camino. Volvemos a enseñar los pasaportes, y nos piden que abramos nuestro equipaje. En ese momento me fijo en la diferencia más que notable de los rostros de los soldados y de la gente que se arremolina a nuestro alrededor para ver las motos. Es el primer contacto que tengo con la colonización militar de China sobre las minorías locales. Pronto sabría más al respecto.

El grupo posa con Muza, nuestro guía-censor

El grupo posa con Muza, nuestro guía-censor

La censura en mi maleta

La verdadera frontera, situada a cuatro horas de trayecto del primer checkpoint, parece una aséptica terminal de un aeropuerto occidental en medio de ninguna parte. Debemos desmontar de nuevo todas nuestras pertenencias para su meticuloso escrutinio: ocupan una vasta extensión en el patio exterior del edificio. Un muchacho de aspecto encantador, sentado en un aséptico cubículo dotado de todo tipo de avances tecnológicos, se va a haciendo cargo de nuestros pasaportes. Cada pasaporte es examinado durante unos diez minutos: cada visado, cada estampilla de entrada y salida, cada arruga es sometida a meticuloso escrutinio. Los pasaportes son escaneados y revisados bajo luz ultravioleta. Finalmente, los devuelve con una sonrisa tan radiante y encantadora que desarma a cualquiera, como si hace veinte segundos no hubiera estado dudando de la autenticidad de cada pequeño resquicio de nuestros documentos. Además, los entrega con ambas manos, como si ofreciera una deliciosa vianda en bandeja de plata. No puedo evitar pensar que sus movimientos y sonrisas están tan ensayadas que seguramente forman parte de un protocolo de actuación. Observo que, en el panel lateral de su pequeño cubículo, luce una fotocopia de una hoja informativa en la que se determinan las poses que se deben adoptar al lidiar con turistas e incluso el tipo de corte de pelo tolerado.
Una vez hemos atravesado el edificio, un funcionario con cara de pocos amigos nos ordena que les presentemos los ordenadores portátiles. Los coge y se los lleva a una sala cerrada dentro del edificio, sin que podamos protestar, entre otras cosas porque es algo tan insólito que nos deja completamente desarmados. Recuerdo las observaciones del guía sobre el wifi, y pienso en el programa que llevo para forzar contraseñas de redes. Pienso en mi software profesional de edición de vídeo, de audio y de retoque de imágenes. Pienso en mi colección de mapas de GPS del mundo entero, que están terminantemente prohibidas. Pienso en mi software de desbloqueo de cartografías, en mi Mapsource. En el programa que empleo para encriptar mis conexiones wifi. En mi lista de favoritos, en la que se encuentran muchos diarios prohibidos en China. En mis ebooks, alguno de cuyos autores son abiertamente beligerantes con el régimen comunista. Empiezo a sudar como un cerdo. El funcionario que ha requisado los portátiles emerge al exterior y levanta uno de ellos sobre su cabeza. James se identifica como el propietario y es llevado al interior del edificio, donde permanece un cuarto de hora. Sale horrorizado.
- Lo miran absolutamente TODO -asegura-. El espacio en disco, los programas que tienes, los documentos, las fotos, todos mis vídeos, las películas… ¡Han abierto todas las películas delante de mi y han avanzado y retrocedido por todas ellas para ver de qué iban!
Seguimos esperando. El sol se va poniendo poco a poco. El funcionario vuelve a aparecer y entrega a Donato su ordenador, desapareciendo acto seguido de nuevo en el interior del edificio. Tengo la sensación de que pasan horas y horas sin recibir noticia alguna. Va creciendo en mi la certeza de que, en el mejor de los casos, puedo despedirme de mi portátil para siempre. Y lo más absurdo de todo es que cualquier material que pudiera ser susceptible de pena en ese portátil, podría llevarlo en una tarjeta SD metida en la raja del culo y nadie se habría enterado. Sigue pasando el tiempo, y el sol se pone. Finalmente, es Muza quien aparece por la puerta con mi ordenador en sus manos.
- OK, nos vamos- asegura lacónicamente.
No me lo puedo creer.

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