close¡Hola! He completado la vuelta al mundo en moto durante dos años, y esto que lees no es más que una pequeña parte de mi aventura. Si quieres, puedes comprar mi libro haciendo click aquí.
Conoce ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo y cómo terminó.
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La carretera hacia el sur era una preciosa serpentina de amplias curvas bordeando el océano. A mi alrededor, se sucedían pueblos de vacaciones y ciudades inmaculadas. Los Angeles, en ocasiones pestilente y viscosa como sus pozos de brea, se extendía más allá de las colinas bajas de Orange County, llamada por los lugareños Orange Courtain porque allá todo se vuelve muy civilizado y republicano.
Me detuve a comer en una de las salidas de la interminable autopista, la que me pareció más accesible. De repente, me vi recorriendo un boulevard de ensueño flanqueado de altísimas palmeras, bajo un cielo azul idílico, apenas salpicado de pequeños jirones blanquecinos. A derecha e izquierda pequeños negocios imprescindibles para el habitante de aquel espejismo: lavanderías, inmobiliarias, tiendas de comida orgánica. Creo que, con la de veces que he visto en California la palabra orgánico, ya no necesito leerla más en mi vida. Unos días antes había acudido a un supermercado para comprar comida para Annie y Chris y no pude evitar enviarle un mensaje a mi hermana: “Si veo una vez más la palabra “orgánico” vomitaré arcoiris”. California, que ya no se puede distraer buscando oro o fumando marihuana, tiene que buscar entretenimento en otras cosas, como asegurarse de que sus zanahorias se han cultivado estrictamente en caca de caballo. Gran parte de culpa de esta manía porque todo sea idílicamente natural la tienen los hipsters, por supuesto. Mientras estábamos en Las Vegas, Annie insistió en que entráramos en un Starbucks, a pesar de mi rechinar de dientes.
- Dios, mira eso. Mira qué estúpido muffin, sólo por ponerle ese papelito hortera con un nombre ridículo ya cuesta el doble, y no es más que una puta magdalena- protestaba yo. Y es que Starbucks me parece un producto deleznable de una sociedad que definitivamente ha perdido el norte. Hordas de pacientes ciudadanos haciendo cola, siendo atendidos como prisioneros para beber un líquido que por pasar por un filtro ha multiplicado por cien su precio, y que no es ni lo que dice ser, ni tiene su aspecto, ni su sabor. Todo en Starbucks me horripila: las mesitas con sofás gastados -¿a qué va la gente ahí, ¿no tienen mesitas en su casa?-, los letreros anunciando lo caritativos que son con los cultivadores indígenas -la verdadera generosidad se practica en silencio-, hasta el nombre de los tamaños de las tazas es absurdo -¿venti?… ¿de qué cojones habláis? ¡es pequeño-mediano-grande de toda la puta vida!-.
Mientras esperábamos en la cola -con esos precios no son capaces ni de poner un camarero que atienda las mesas- me fijé en un tipo que aguardaba su turno leyendo el Ulisses de Joyce. Estaba clarísimo que unicamente lo leía para que la gente viera que lo estaba leyendo, tal era la situación forzada del libro ante su nariz aguileña, tal era la posición que había adoptado la mano que lo sujetaba para dejar bien visible el título. Llevaba un bolso de extravagante diseño, una gorrita ladeada, mocasines de ante, pantalones de pana, una camiseta gris de Muji, y generosas gafas de pasta.
- Si mi hijo nace hipster- dije refunfuñando a Annie- lo ahogo en café de Starbucks en cuanto nazca.
- Oh, cariño -replicó ella-. Vas a adorar California.
- Un caramel latte macchiatto venti- dijo el gafapasta exagerando el acento italiano. Apreté los puños, y de mis fosas nasales salió una nubecila de vapor sulfúreo, mientras Annie mantenía su sonrisa sádica.

Encontré un pequeño diner en una discreta esquina del boulevard: ¡Bajo nueva gerencia!, rezaba sonriente una lona. El diner Moonshine, así se llamaba. Me atendió una mujer menuda que claramente había sido sometida a una asombrosa retahíla de operaciones de cirugía estética, y había pasado como mínimo seis años de su vida embutida en una máquina de rayos UVA. Tenía alrededor de cincuenta tacos, pero su piel lucía escamosa y negruzca, su pelo estaba teñido de un confuso amarillo pajizo, y sus cejas habían sido reconstruidas esa misma mañana durante sus buenos cuarenta y cinco minutos a golpe de paciencia y lápiz graso, con lo que aparentaba cincuenta más.
- Tenemos una ensalada griega orgánica fantástica esta mañana- canturreó con entusiasmo y una sonrisa de pajarillo que dejó al descubierto dos hileras de carillas de porcelana que eran casi una caricatura. Obviamente, pedí lo más grasiento del menú. Lo menos orgánico que tuvieran.

A eso de las tres, algo más tarde de lo que había planificado, llegué a San Diego, y me dirigí a la frontera. Había leído que las colas eran interminables bajo el sol. “Reserve como mínimo tres horas, esta es la frontera más ajetreada del planeta”, decían las guías de viaje. Sin embargo, cuando divisé por fin el gran edificio de aduanas, me sorprendió lo rápido que iba todo. Unos cuantos agentes uniformados me observaron pasar con indiferencia bajo un enorme arco de hormigón y metal, crucé una valla, y, de repente me quedé perplejo.
- ¿México?- me pregunté en voz alta en el interior del casco.
Miré a mi alrededor. Aunque el edificio era nuevo y resplandeciente, se detectaba en el ambiente una extraña sensación de caos controlado. Observé una separación hecha con tablones. Una verja algo cedida. Dos guardias fumando despatarrados en un banco. Detuve la moto y grité a un tipo de aspecto cetrino que se escarbaba los dientes con mirada perdida.
- ¡Oiga! ¿esto ya es México?
- Claro.
- Mierda.
Arrastré la moto hasta un pequeño parking y me bajé malhumorado. Se me acercó solícito uno de los policías que fumaban en el banco.
- Oiga, no he sellado mi pasaporte con la salida de Estados Unidos. ¿Puedo dejar la moto aquí mientras lo arreglo?
- Puede, amigo. ¿Y pues, cuál es el problema?
- Que legalmente no he salido de Estados Unidos.
- Si que salió.
- Pero las autoridades gringas no tienen constancia de que haya abandonado el país.
- ¿Y pues? Usté ya salió, nomás.
- Pero si dentro de dos años me apetece volver a Estados Unidos, en el sistema aparecerá que ya estoy viviendo allí, y además ilegalmente. Necesito cancelar mi estancia allí.
El hombrecillo se rascó la cabeza y entendió por fin lo que quería decir. Si algo he aprendido cruzando fronteras es que tienes que cerrar todo lo que abriste. Si entraste por una frontera y te dieron un papel, cancélalo cuando salgas, o tendrás serios problemas en el futuro.
- ¿Me puedo acercar hasta aquellos guardias estadounidenses?
- Huuuuy no- respondió con un silbido el policía-. ¡Allá no vaya, que son bien bravos!
- ¿Entonces qué hago?
- Tiene que ir a ese edificio- señaló el guardia con la cabeza. Era un pulcro bloque de hormigón al otro lado de una verja muy alta de hierro pintado de blanco.
- ¿Y cómo llego?
- Para llegar tiene que entrar en los Estados Unidos otra ves.
Caminé un buen rato bordeando una hilera de bloques de cemento hasta que encontré una grieta y me colé al otro lado. Sorteé el atasco monumental de vehículos que intentaban entrar en la Tierra Prometida. La zona mexicana de la frontera es un previsible batiburrillo de conseguidores, vendedores de aguas y helados, de cargadores de mercancías, de adustos guardianes. A medida que los vehículos se aproximan a la línea de la frontera, se agolpan más unos a los otros y hacen frente a un enjambre de cámaras que apuntan a los coches en todos los sentidos posibles. A la derecha, un tejadillo de chapa muy largo cobija a un millardo de personas de todo pelaje y condición. Esperan pacientemente a la sombra, mientras los vendedores de kleenex y de agua sospechosamente embotellada se pasean con indiferencia mostrando su género. La cola tiene fácilmente medio kilómetro, y el atasco de coches se pierde en la lejanía. Decido que ni por asomo voy a esperar a toda esa gente, y camino entre los coches, medio asfixiado por el calor y el humo de los escapes. Consigo llamar la atención de un pequeño guardia mexicano, con apariencia de habitante de la ladera del Popocatepetl. Me asegura que la única forma de entrar en Estados Unidos es a través de esa cola. Miro a mi alrededor.
- ¿Y no puedo acercarme a la barrera?
- No, no. Si se aserca ahí, va preso.
Del complejo de edificios parte una larguísima estructura de metal, cámaras de seguridad, hormigón y alambre de espino. Es quizá una de las barreras artificiales más famosas del mundo: la frontera. Renqueo un poco entre los coches, mirando con insistencia hacia el lado estadounidense. Lloriqueo con impaciencia a los taxistas y conseguidores, que me miran con indiferencia. Me arrastro bajo el sol, haciéndome a la idea de que me va a tocar hacer cola. A estas alturas, un par de autobuses la han llenado de más y más viajeros. Siento como me desinflo. Finalmente, el diminuto habitante del Popocatepetl me hace gestos con la mano.
- Usté puede llamar a aquellos agentes estadounidenses, nomás- dice señalando a dos hercúleos agentes de aduanas rubios, altos, embutidos en un uniforme que los hace parecer incluso más impresionantes.
Los agentes se acercan con curiosidad. Hablo con ellos a través de un murete de hormigón, simbólica barrera que separa dos mundos. Me aseguran que se harán cargo de mi papel de salida del país.
- ¿Seguro? En serio que no quiero tener problemas en el futuro.
- Sí, tenemos un buzón para esas cosas, no se preocupe.
Imaginé una inmensa máquina en algún lugar de Washington DC, procesando centenares de miles de papelitos de inmigración por segundo, dando baja automáticamente a pobres diablos como yo. Le entregué a los oficiales el papel de salida del país y me dirigí de nuevo a la moto para enfrentarme a la burocracia mexicana.

El proceso migratorio en casi todos los países es muy similar: pueden solicitarte más fotocopias o menos, pero en esencia es el mismo. Por un lado, tienes que pasar tú (inmigración) y por otro tiene que pasar la moto (aduanas). Son dos protocolos distintos, y en ocasiones se llevan a cabo en edificios que distan varios kilómetros entre sí. Tal era el caso de la frontera de Tijuana. Un eficiente policía con un ligero problema de sobrepeso y un poblado mostacho canoso me indicó a dónde tenía que ir para expedir un certificado de importación temporal de la moto, en medio de un confuso barrio industrial al este de la frontera. Dando tumbos, me adentré en México, y quedó diáfanamente claro que era otro país. Doscientos metros más allá de los suburbios inmaculados de San Diego, el mundo entero cambia radicalmente: brotan por doquier pequeñas taquerías de mala muerte, se pasean los asnos con el hocico bajo, los pickups parecen haber sido sometidos a un cruel proceso de deterioro prematuro. Las aceras desaparecen y se convierten en montículos de arena y barro, y el polvo se acumula en las rotondas y las curvas formando montañitas. Las casas tienen un aspecto precario e inestable, y los almacenes lucen muros sucios coronados de alambre de espino oxidado y retorcido. Todo a mi alrededor tiene una gruesa pátina de polvo y de herrumbre. El tráfico se concentra sin ton ni son en algunas avenidas, mientras que otras calles, llenas de baches y de rastrojos, aparecen sospechosamente desiertas. Muchas de esas calles mueren abruptamente en una tapia de hormigón de seis o siete metros de alto, coronada de cámaras de vigilancia y de una verja electrificada. Llego dando tumbos a un diminuto edificio donde me hacen el papeleo con sorprendente diligencia. En el puesto de fotocopias me cobran la voluntad y me sonríen timidamente, mientras en la trastienda se oye el desconsolado llanto de un niño y una televisión que escupe el runrún de una comedia de risas enlatadas.
Una vez libre, bordeo la sinuosa tapia de la frontera. Es en realidad una obra de ingeniería asombrosa. Del lado mexicano, es apenas una valla metálica de aspecto débil, con la pintura desconchada, agujereada en ocasiones. Parece que a los mexicanos les importa bien poco que algún inmigrante estadounidense cruce la frontera ilegalmente para ir a vivir de forma clandestina en su país. Más allá, a unos cincuenta metros, se erige el monumento a la discordia de los pueblos. Tiene sin duda un aspecto amenazador, con su retahíla de cámaras apuntando a todas partes y su copete de alambre de espino. Me recuerda vivamente a la tapia de una cárcel, pero no tengo muy claro quién es el que está dentro y quién fuera. El muro se extiende así durante kilómetros y kilómetros y se adentra en el mar, devorado por la espuma y la calima. Si subes a un promontorio, observas al otro lado las barriadas rectilíneas e inmaculadas de Estados Unidos, protegidas de la caspa y la desolación por ese muro soberbio y altanero.
Sigo las indicaciones de un puñado de vagos y maleantes y me dirijo a Tijuana, que se esconde como un gato enroscado en un valle verde. Es una ciudad inmensa, no estaba preparado para eso. La imagen que tenía en mente era la de un pobladucho mugriento y polvoriento rodeado de cáctus, pero la enorme ciudad se extiende parsimoniosamente por la ladera de las montañas, toda ella casas multicolores y callejuelas retorcidas refulgiendo bajo la puesta de sol. La carretera que desciende como una flecha valle abajo no permite que me detenga a contemplar la belleza algo esquizofrénica de ese batiburrillo de bajezas y heroismos cotidianos. Lucho con el tráfico y me arrastro hasta el mismo centro: una cuadrícula de casas de dos plantas, poblada de tiendas de souvenirs y de hostalitos baratos, de bares de copas y prostíbulos disimulados. Si hay en Tijuana vendedores de drogas, asesinos a sueldo o delincuentes ávidos de arrancarle los riñones a los turistas mientras duermen, hoy será el día de su santa patrona, porque yo por las calles sólo veo una marea apresurada de gente haciendo compras, vendiendo género o simplemente paseando de un lado para otro.
Tras una larga y emnbcaminata atónito y maravillado, termino en una taquería algo desangelada, pero cuyo olor me ha ido arrastrando dos manzanas. Por algo más de dos dólares ceno una bandeja de tacos y una deliciosa agua de jamaica. En cuanto pego el primer mordisco, mi cerebro estalla de placer inesperado: ahí están mis viejos conocidos: la carne mechada, el cilantro, el aguacate prensado, la cebolla picada en minúsculos cubitos, el chorrillo de lima. Es tal la confusión de aromas genuinos y sinceros, que de repente me siento un quince por ciento más vivo, como si a la pantalla de mi existencia le hubieran dado más brillo, más contraste y algo más de volumen.

El mundo ahí fuera está lleno de magia. Sólo hay que desperezar un poco los sentidos y dejar volar la imaginación, y se revela. Las nubes bruñidas, la música que brota estridente de un puesto de baratijas, el aroma ácido de las taquerías, el vaivén de los bolsos colgados de perchas de alambre de las tiendas del paseo, la vibración trémula de las pequeñas hojas de los arbolillos del bulevar, las marabuntas de gente de rostro cansado, triunfal, radiante, desesperado, aturdido o rabioso. Las luces eléctricas de las farmacias, los neones hipnóticos de los prostíbulos, el color opaco de las vitrinas abandonadas, Un bebé observando su reciente mundo con ojos como lagunas colgado de la espalda de su madre, las esquinas polvorientas, los semáforos en permanente ámbar, las cornisas al borde del colapso, las notas discordantes de las trompetas de las rancheras, las manadas de bisontes empujados por el viento desembocando por los puentes y los tejados, los grupos ruidosos de yankis borrachos, el susurro quedo de los vendedores de souvenirs, el tactac de los machetes de las taquerías picando carne asada, cuatro niños disputándose una pelota.
En cierto modo, regresar a México al fin es como nacer de nuevo un poquito.

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