La tierra de los hijos de un dios menor: En la cola del monstruo (IX)
¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia. Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
Desde la carretera, Pakistan parece un país habitado sólo por hombres. Las mujeres se han esfumado de la faz de la tierra, y únicamente se dejan ver, acuclilladas, transparentes y cabizbajas como espectros multicolores, en las paradas de autobús. Ni siquiera las niñas hacen demasiado acto de presencia, excepto las que cargan sobre sus cabecitas un cantarito de hojalata o un manojito de leña. Los pakistaníes nos miran pasar desde la carretera y, como movidos por una consigna comun, bracean y ululan y saludan y sonríen ebrios de gozo. Cuando nos detenemos, una multitud nos rodea para observarnos con el interés de un entomólogo ante una especie desconocida. Siempre se forma una multitud. Siempre nos miran con la misma cara. No existe pudor ante la curiosidad que despierta el prójimo. Cuando nos paramos a descansar, emergen también de debajo de las piedras o se materializan desde el polvo del camino. Encaramados a una roca o a un montón de neumáticos, acuclillados, escupiendo brevemente con afectación y con sus fláccidos ropajes ocultando su escuálida figura, parecen pequeñas gárgolas maléficas un día de tormenta.
También es un país tomado por la policía. Son frecuentes los controles policiales, las caravanas de turismos con escolta policial, los muros de hormigón, los AK47, y los espejitos para mirar los bajos de los coches. Esta es una república islámica, y el islam está infiltrado en el día a día, empapa el rostro, la agenda, la comida y cada uno de los gestos de la gente. Es frecuente que, tras un saludo cordial, tu interlocutor quiera saber si eres musulmán. La simple mención del ateismo es considerada casi ofensiva. La gente adora conversar, se sienta en cualquier lugar y entabla una larga conversación con el viajero, haciendo caso omiso del reloj. Las comidas son deliciosas, con un punto picante tolerable. Se come con la mano derecha -la izquierda es considerada impura, con ella se limpian el culo-. Las carreteras pakistaníes son pésimas. Siempre hay una excavadora en alguna parte retirando escombros. Siempre hay una piedra en el camino señalando un desprendimiento que se ha llevado por delante toda la vía excepto un trocito por el que a duras penas cabe una bicicleta escuálida. Siempre hay un río que ha desbordado el meandro y se ha comido todo el firme. Las carreteras que son buenas, están atestadas por gran cantidad de vehículos suicidas que se adelantan unos a otros en paralelo pitando con toda suerte de sonidos estridentes sin parar. Es frecuente ver a un camión siendo adelantado por una pequeña furgoneta Suzuki pintada de colorines y llena a rebosar (literalmente) de hombrecillos, que a su vez es adelantada por una vaca, que a su vez es adelantada por una bicicleta conducida por un imán, que a su vez es adelantado por una gallina, todo ello en el mismo carril. Cada vehículo, incluida la gallina, hace sonar su cláxon sin parar de forma ya no rabiosa, sino casi festiva. Al contrario de lo que ocurre en los países europeos en los que se conduce mal, no tengo la sensación de estar siendo agredido: el tráfico fluye con gran naturalidad.
Todo se arregla en Pakistan. Siempre hay alguien con un pedacito de cable, o un bombín, o una cremallera, y con eso se puede seguir adelante hasta el siguiente problema. Los pakistaníes están tan acostumbrados a solucionar problemas, que lo han convertido en un arte del que hacen gala con una destreza envidiable. En Pakistan se puede ver marihuana creciendo en la cuneta como una mala hierba, enormes camiones artísticamente pintados con grecas y versículos del Corán, puestos de comida que parecen una pocilga, tractores decorados con flores de plástico, lápidas del cementerio cubiertas de espumillón navideño, furgonetas reconvertidas en autobuses panorámicos, viejos con barbas de sesenta centímetros, pequeños colegiales disfrazados de hombres de negocios, enanos saltarines, ferias medievales, mezquitas torcidas y televisiones en blanco y negro.
En Abottabad, Pakistan
Día 116 de viaje. 40ºC. Leyendo El bufón, de Christopher Moore
Necesitábamos recuperarnos de tanta penuria. James, que ha trabajado en Pakistan, había oído hablar de un hotelito encantador encaramado a una montaña que contempla impasiva el valle del Hunza y el pueblo de Karimabad. Allí nos dirigimos cubiertos de talco y sintiéndonos vencidos y frágiles. El recorrido de menos de 20 kilómetros nos resultó especialmente difícil. Gran parte de él consistía en una carretera serpenteante, precaria y enrevesada que trepaba inmisericorde por la falda abrupta de la montaña y que había quedado destruida por las lluvias torrenciales de hace poco menos de quince días. Cuando Donato vio un tramo especialmente complicado completamente anegado, dio media vuelta y dijo que ya había vivido suficientes penurias por un día. En ese momento, Fefa volvió a desistir y tuvimos que empujarla montaña arriba entre todos. Ya era imposible disimular el hecho de que mi moto infalible estaba teniendo algún tipo de problema mecánico de los gordos. Subí como pude los últimos cuatro o cinco kilómetros, quemando embrague para bombear algo de potencia en el motor y conseguir un mínimo de tracción. Si me preguntáis cómo lo hice, no sabría contarlo. Al día siguiente, bajo un sol de justicia, Carl y yo desmontamos el depósito de la gasolina y localizamos una pequeña fuga que podría explicar en parte los problemas de la moto (*).
El Nido del Águila es un hotel delicioso con unas vistas espectaculares sobre un valle frondoso de delicados tonos verdes. Domina un atardecer glorioso sobre un glaciar imponente. Al amanecer, de espaldas al hotel, también puedes asistir a un espectáculo inolvidable presenciando cómo nace el sol sobre otro glaciar. Las montañas se van haciendo cada vez más grandes a medida que la vista se pierde en la lejanía. Atrapan las nubes y las dejan escapar como alveolos del pulmón de un gigante. El río Hunza, fuente de vida y muerte en la región, es una lengua de plata centelleando al sol entre jirones de bruma y árboles frutales. Al pie de las lomas de la montaña, delicadas terrazas acotadas con piedras asemejan remansos de una cascada. Figuritas multicolores se desplazan entre las terrazas cosechando. Descansamos tres noches en ese hotel, devorando las especialidades de la región y contemplando los atardeceres con fervor casi religioso. Cuando el sol se ponía, finalmente vencido por la pared rotunda y mastodóntica de la montaña, rompíamos en aplausos que hacían sonreir a los silenciosos camareros.
Como era cuesta abajo, Fefa aceptó el desafío y me llevó sin rechistar, al borde de acantilados terroríficos, hasta el pie del Hunza y un poco más allá. Pero cuando nos encontramos con una montaña de arena volvió a hacer de las suyas y desfalleció como una delicada dama dieciochesca ahogada por un corsé demasiado apretado. De nuevo empujamos como pudimos a mi gorda amiga hasta que volví a retomar rumbo. No podía detenerme, cada vez que me paraba, la moto dejaba de avanzar y había que despertarla a empujones. Estaba claro que la moto estaba en las últimas y se negaba a avanzar. Como pude, entré en Gilgit de noche. La entrada es aterradora para alguien con vértigo como yo: Un enorme puente colgante con travesaños de madera, suspendido en un limbo negro, es el único acceso a la ciudad. Abajo, en la oscuridad más absoluta, puedes oir claramente el fragor del río. El puente remata ante una pared de piedra vertical que tienes que subir rezando por no resbalar y caerte de cabeza en el abismo. Fefa era incapaz de subir la cuesta y volvimos a empujarla como pudimos, asistidos por los pitidos histéricos de aproximadamente quinientos vehículos pakistaníes de toda condición. A las puertas de Gilgit, un control policial con sacos de arena y vehículos blindados pertrechados con grandes ametralladoras nos recibe con estudiada gravedad. Dando tumbos y arrastrando la moto que ya sólo hacía ruido, nos desparramamos en un hotelito de mochileros con un coqueto jardín emplazado en pleno centro del bazar de la ciudad.
Madina Guesthouse es un ruinoso edificio rodeado de flores, tumbonas, hamacas y terrazas en el que el viajero de largas distancias encuentra consuelo a la aridez del entorno exterior. Su precio por noche -unos cinco euros por habitación sin baño, dos euros por cama en un dormitorio compartido- hace que se encuentre permanentemente habitado por una nutrida fauna de perroflautas que se pasean por el jardín entonando cánticos, leyendo poesía en voz alta o intentando echar un polvo con alguna ocasional turista americana parapetada tras su guía Lonely Planet. Indudablemente, a partir de ahora, debo centrar mis esfuerzos en localizar este tipo de lugares en los que los propios inquilinos son un espectáculo de la naturaleza digno de mención y estudio. El propietario de Madina Guesthouse es un tipo pequeñito y encantador, de tono de voz melífluo y ademanes delicados. Prepara unas tortillas memorables, y vela por la seguridad y el bienestar de una tropa variopinta de mochileros venidos de todas partes que han caído en Gilgit sin motivos concretos.
Para mi gran sorpresa Juan, con quien me había encontrado furtivamente al norte de Pakistán, estaba alojado allí, y se unió a nuestro grupo para tomar decisiones tácticas. Juan es mecánico, conduce una enorme BMW, y está mucho más preparado que yo para hacer este viaje, se desenvuelve con gran naturalidad en entornos naturales hostiles y disfruta muchísimo metido en el fango o bregando con una horda de musulmanes vociferantes. Juan desmontó a Fefa de arriba a abajo y llegó a la conclusión de que había que sustituir el embrague. Habíamos recibido noticias contradictorias sobre la situación de la carretera a partir de ahí, pero la opinión generalizada era que un enorme desprendimiento mantenía la ciudad bloqueada a unos cuarenta kilómetros. Hablé con el propietario sobre diversas formas de deshacerme de mi moribunda moto y, al final, convenimos que lo mejor era enviarla a Islamabad por medio de una empresa de transportes. Por su parte, mis amigos de 2TMoto me enviarían un embrague nuevo a Islamabad. Y yo me reuniría con ambas piezas volando hasta allí en un avión militar. Todo eso sonaba demasiado fácil, especialmente para Pakistan. Así que decidimos complicarlo. Y de qué manera.
(*) NOTA IMPORTANTE: Sé perfectamente que los seguidores moteros estáis deseando conocer más en detalle los problemas técnicos de la moto. Con el objeto de no aburrir a los seres humanos normales y no entorpecer el ritmo narrativo, serán explicados con detalle en una nueva edición de Salíadarunavuelta, making of que se publicará en un futuro más o menos cercano (aunque no inmediato).
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Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 1 year ago
Ultimamente no te he seguido mucho y no por falta de ganas,más bien por falta de tiempo(maldito invento)pero el en pasar de las horas me pregunto muchas veces por donde estás y que estaras disfrutando y sufriendo un poco.
No he terminado de leerlo todo pero este fin de semana como si nieva me voy ha leerme cada coma y todas las fotos seran degustadas.Gracias por llevarnos Fabián y no te preocupes por Fefa,el embrague no es por fiabilidad más bien desgaste por kilometros y peso,ademas subirte a 4000 metros con una moto carente de injención es normal que se queje,es preferible que no este fina ha quedarte tirado con una moto de injención con su super centralita que seguro nadie arreglaría.Saludos y mucho ánimo
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about 1 year ago
Lo de Fefa a mi también me ha caido como mal
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about 1 year ago
Fabian si pudieras elegir otra moto para realizar el viaje, volverias a cojer la misma maquina, o te decantarias por algo mas potente….?
Vsssssss
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about 1 year ago
No creo que sea un problema de potencia, ¿eh?
La moto se ha averiado. Es la segunda avería importante en lo que va de viaje, por lo que me está defraudando bastante su fiabilidad, que fue de lo más importante a la hora de elegir este modelo. Ya veremos…
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about 1 year ago
a pesar de los innumerables problemas que se presentan, se nota que estas obteniendo lo que pretendias, vivir, sentir, sufrir, disfrutar, salir en fin de la rutina, lo facil etc ya te estas transformando, se nota en la expresion de tu texto….
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about 1 year ago
Tengo entendido que el valle de Hunza es una maravilla de ver, tenia dudas si con tanta lluvia andaba todo jodido, pero veo que no. De Hunza faltan fotos!
Anda .. aparece Juan de nuevo, bien.
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about 1 year ago
ostia ke mal me ha sentao lo de la pobrecita fefa…
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