La tierra de los hombres que no conocían el horizonte: En la cola del monstruo (VI)
¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia. Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
Cada minuto en Pakistán desafía cualquier tipo de descripción. La belleza marciana de su paisaje, la nobleza limpia y pura de sus gentes, la dimensión de cada pequeño drama y cada descomunal miseria no pueden ser retratadas ni por una cámara, ni por una narración audaz. Sólo viéndose sometido al inaudito y pertinaz bombardeo de sensaciones con que se ve atacado el viajero, sólo sentándose a charlar con ociosos jóvenes y arrugados ancianos, sólo espiando furtivamente la actividad oculta de las mujeres y sometiéndose a la Naturaleza ciegamente sin más armas que el propio cuerpo cansado y el cerebro entumecido, es capaz el viajero de captar mínimamente la magnitud de lo que ocurre en este país que recibe sin inmutarse lo mejor y lo peor de la madre Tierra. Descendiendo al corazón de la cordillera del Karakorum he pasado un miedo atroz, me he visto enfrentado con la miseria más absoluta, con el poder arbitrario de la naturaleza, mi moto ha perdido la batalla mil veces, y yo mismo he visto flaquear mis fuerzas y encenderse mi ánimo al segundo siguiente en un remolino de emociones que nadie puede comprender salvo que se vea abandonado a su suerte aquí, en el epicentro de un mar de rocas coronadas por nevados riscos que desafían al cielo con sus puntiagudas cabezas de una blancura inmaculada.
En el valle del Hunza, Pakistan
Día 107 de viaje. 29ºC. Leyendo París, de Ernest Hemingway.
Llegamos a Sost agotados cuando el sol se había ocultado tras las montañas y una densa oscuridad se había cernido como un manto de terciopelo negro sobre la tierra. A nuestras espaldas una carretera atroz, en permanente lucha contra los elementos, recorre precipicios tan enormes que el cerebro humano no puede asimilar. Cuando en la televisión me describen el planeta Marte, con sus cordilleras ciclópeas y sus valles indescriptiblemente desproporcionados, me lo imagino así de indómito, remoto y abrupto. La cordillera del Karakorum es tan descomunal que no parece que quepa en este mundo. Así creo que debió ser el mundo prehistórico, de hecho, no me extrañaría lo más mínimo que, a la vuelta de la esquina, me esté esperando un hambriento tiranosaurio con sus fauces hediondas apuntando al cielo una terrorífica sonrisa hambrienta. Todo a mi alrededor parece deshabitado, virgen, tan remoto que duele mirarlo. Circulamos muy despacio, intimidados por el mundo agreste y crepuscular, de una magnitud que escapa a nuestra capacidad de entendimiento, por una garganta en cuyo fondo, allá abajo, en la profundidad de la nada, a otro mundo de distancia, en otra dimensión, ruge embravecido un río lodoso y espumante que parece un leviatán furibundo y hambriento recién despertado de una siesta de milenios. Las trombas de los glaciares se suceden a nuestro alrededor retumbando como una salva de cañones brutales, formando cuencas de tamaños imposibles desde las que la espuma se levanta en remolinos del tamaño de enormes edificios. Ruedan inmensas piedras que se precipitan al vacío con sonidos graves y aterradores. Cuando los riscos se juntan y convergen en caprichosas y pavorosas formaciones monumentales, modelan unos valles empinados de piedra oscura en los que, tiritando sobre la grava, parecemos diminutas partículas arrojadas caprichosa y tristemente sobre un universo infinito de formas áridas, escarpadas y salvajes. Incluso el retumbar de nuestros escapes se pierde, sepultado por la pantalla sonora del ulular del viento entre las rocas y el fragor del río al final del acantilado. Así transcurren muchos kilómetros, entre el pánico y el delirio, entre el miedo religioso y el éxtasis místico.
El trámite aduanero es, cuando menos, festivo. Llegamos de noche. El puesto fronterizo recibe vestigios de luz eléctrica sólo de vez en cuando. Un par de adorables ancianitos con un inglés perfecto sellan nuestros pasaportes con mirada franca y acogedora, iluminados por velas y linternas.
- Electricity is a big problem in Pakistan- indican por si no lo habíamos notado. Por un momento, mi aturdido cerebro urbanita y europeo cree que se trata de un corte de luz temporal sin importancia. Pronto vería que el tendido eléctrico, reparado con nudos y arrastrado al borde de la carretera, hace imposible en este país un suministro medianamente estable de corriente, así que la mayor parte del tiempo, no hay luz. Y punto.
Iluminado por una ténue linterna, se nos acerca un hombre de aspecto humilde con una gran sonrisa tímida, ceremoniosa y sumisa. Se identifica como Roomy y nos ofrece su hotel. Con la promesa de una cena maravillosa, nos arrastra montaña abajo hasta un lugar apacible y tranquilo a unos cinco kilómetros del pueblo. Al apagar las motos, el rosario de estrellas que luce en el firmamento y el silencio sepulcral que lo devora todo y es en si un ente vivo que nos rodea fantasmagóricamente nos intimidan. Somos los únicos huéspedes desde el mes de junio. La cena era paupérrima: apenas una montaña de arroz y un modesto cuenco de patatas y acelgas. Roomy se justifica y disculpa:
- En el bazar no hay huevos, no hay azúcar, no hay carne, no hay nada.
Su mirada dulce y su sonrisa serena que apenas se distingue a la luz de un par de velas agónicas, la forma que tiene de inclinar la cabeza como disculpándose por no poder recibirnos con la pompa que merecemos, su ajado traje pakistaní, las polillas que revolotean sobre nuestra cena perezosamente, el polvo que cubre mis manos y mi pelo y que veo en la cara famélica de mis compañeros, me hacen empezar a asimilar la realidad: Estoy en el primer país realmente difícil de mi periplo.
A la mañana siguiente, emerjo de mi habitación para darme de bruces con un precioso cielo azul, una inmensa montaña, dos glaciares, y una ternerita negra que lleva canturreando desde las seis de la mañana llamando a su mamá con voz lastimera.
Los elementos
Roomy nos hace saber que el pueblo lleva sin gasolina, oficialmente, desde enero. Nueve meses. Se puede conseguir gasolina en el mercado negro por unos tres euros el litro -normalmente, aquí cuesta sesenta céntimos-. Sost está bloqueada entre un río que se ha llevado por delante un enorme puente de hormigón y el paso de Khujerab, que es caprichoso como él solo. Estan a la merced de los elementos. Hay electricidad unas dos o tres horas al día, cuando el viento, la lluvia o los desprendimientos dan una tregua a las moribundas líneas eléctricas cuya reparación habitual consiste en anudar el cable y un plástico. Un paseo corto por las inmediaciones del hotel me deja ver decenas de nudos en el tendido. Las escasas provisiones que llegan desde el sur son cargadas por mulas humanas que atraviesan el puente destrozado por una pequeña pasarela de troncos que no parece que vaya a aguantar mucho más antes de desplomarse sobre el rugiente caudal marronáceo del río. Lo que queda del puente está a quince kilómetros: nos acercamos por la mañana a conocer su estado. Rápidamente se junta a nuestro alrededor un nutrido grupo de porteadores. Observamos el puente, y analizamos la situación con ellos. Están dispuestos a pasar nuestras motos al otro lado del caudaloso río por 30.000 rupias -alrededor de 300 Euros-. Tras una serie de protestas y de tiras y aflojas, conseguimos bajar el precio a 10.000, que sigue siendo una fortuna, pero no nos queda más remedio que admitirlo. Al fin y al cabo, nosotros hemos optado por estar ahí. Ellos no. Por ese precio, están dispuestos a reforzar la pasarela y cargar nuestras motos al otro lado del torrente. Emplazamos la operación para el día siguiente a las nueve de la mañana, y volvemos al hotel de Roomy.
Roomy es un conseguidor, alguien a quien explicas tu problema, y él consigue solucionarlo. Nos acercamos a él para expresar nuestra preocupación por la gasolina. En un radio de 800 kilómetros sería bastante complicado conseguirla, y queríamos rellenar los depósitos antes de continuar.
- Usted puede hablar al Deputy District Commissioner y explicar que necesita gasolina -contestó Roomy tras una breve reflexión.
El Deputy District Commissioner es la figura de autoridad en estas regiones remotas: él es el representante de la ley, el que reparte las ayudas, el que organiza rescates y el que moviliza a las tropas de hormigas que reparan avalanchas y desprendimientos un día sí y otro también. Aquella misma tarde nos reunimos en una gasolinera con él. La prensa china lo tenía rodeado, intentando rentabilizar los camiones de ayuda que habían enviado hasta Sost aquella misma mañana. Su débil cuerpecito moreno refulgía bajo los focos. Los primeros dos camiones con gasolina habían conseguido atravesar el Khunjerab: Los chinos los habían engalanado con banderas y carteles enormes en los que podía leerse “CHINA AID” en gigantescos caracteres, así que los camiones parecían un anuncio ambulante del régimen de Pekin. Un par de autoridades de ojos rasgados -seguramente desplazadas cómodamente en helicóptero- se daban la mano ante los trailers como cautelosas y altivas alimañas aseándose al sol. Cuando el circo hubo desaparecido en una nubecilla de éter, nos acercamos respetuosamente al Deputy District Commissioner. Nos llevó al interior de la gasolinera, donde improvisamos un pequeño aquelarre regado con té que Roomy trajo de no se sabe muy bien dónde.
Estuvimos un buen rato charlando con el hombrecillo. Era bajito, frágil, se escondía tras unas gruesas gafas de montura de metal y no dejaba de sonreir, emanando una sensación de paz y de confianza difícil de explicar. Nos contó con una voz suave y autoritaria cómo se organizaba la ayuda en aquellos lugares remotos. Cómo eran capaces de evacuar pueblos enteros bajo un monzón en cuestión de horas. Cómo conseguían mantener a la población viva y alimentada durante el invierno, cuando la región se convierte en un glaciar. No pude menos que sentir una enorme admiración por el tesón y la seguridad que expresaba sólo con una mirada, un gesto, una contestación de móvil. A su alrededor, un enjambre de zánganos intentaba ganarse sus favores.
- Estoy aprendiendo mucho de la gente que encuentro en el camino-, dije al Deputy District Commissioner tras escuchar un buen rato su discurso-. En China me ha asombrado la fuerza de trabajo y sacrificio. En Rusia la facilidad con la que continúan adelante a pesar de la adversidad. Pero de Pakistan me llevo la capacidad de transmitir felicidad y la solidaridad de la gente.
El Deputy District Commissioner nos estuvo explicando largo rato que, en efecto, la gente formaba siempre piña frente a los estragos diarios. Las evacuaciones de los pueblos se hacían en transporte privado, algunas personas venían expresamente desde lugares lejanos para ayudar. Y el sistema permitía poner a salvo a gran cantidad de personas en pocas horas. Gente que habría muerto sin duda ante el fragor de la naturaleza. Viniendo de un occidente en el que el ciudadano espera -exige- ser salvado por el gobierno ante cualquier mínimo aprieto, esta forma de vida me causa, como el Piyayo, un respeto imponente. Afuera se había puesto el sol abruptamente. El sol se desvanece en este lugar del mundo en cuestión de minutos tras las enormes montañas nevadas, y todo el valle se ve inundado, en un abrir y cerrar de ojos, por la penumbra y el silencio. Los hombres que viven aquí, que arañan de la tierra el sustento como buenamente pueden y están a merced de la Naturaleza más caprichosa que se pudiera concebir, no conocen lo que es el horizonte.
Tras el hotel de Roomy, en la escarpada y pedregosa loma gris de la montaña, una familia trabajaba silenciosamente un pedacito de roca. Roomy me explicó que cada familia tiene su pedacito de roca, que empieza a cultivar cuando las nieves se derriten y que cosecha cuando se acaba el verano. Normalmente consiguen trece sacos de grano para pasar el invierno. Este año, el monzón les ha dejado dos. Esos dos sacos que ves en la foto. Tras hacéserla, el hombre me susurró thank you, sir y me dio la mano con una sonrisa tímida pero honesta. Que Alá se apiade de esta familia cuando el cruento invierno se desparrame en tromba un año más sobre el valle sin horizonte.
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Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 1 year ago
Muy pero que muy bonito amigo Fabian. Lo que mas me ha gustado es tu descripción de lo que has aprendido de la gente de cada pais.
Take care!
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about 1 year ago
Fabian, gracias por la enseñanza de la vida. A traves de ti realmente uno aprende valorar más las cosas. Uno se da ceunta de que realmente estamos demasiado bien acostumbrado. Ya no hace falta que se nos vaya la luz un par de horas para que nuestro “mundo civilizado” se vuelva loco y desesperado, a muchos se les acaba el mundo conque se queden sin bateria del mobil.
Si es que no hay nada como conocer las cosas de la primera mano, no hay que fiarse de los medios, siempre lo he dicho. Nada de documentales ni libros, nada mejor para conocer el mundo como viajar.
Gracias también por mostrar las fotos tal como son, sin retocarlas. Me hago la idea de cómo son las cosas, el esplendor de los colores y de cómo es el Marte en realidad jajajajajaja.
¡¡¡Abrazos!!!
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about 1 year ago
Impresionante crónica de un lugar que nos quieren hacer creer que es muy diferente a lo que parece ser la realidad.
Bravo por ti.
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about 1 year ago
Que dura que es la vida allí … y uno aca se queja de cada tontería …
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about 1 year ago
¡Bien por Roberta por no rendirse a la sumisión del velo!
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about 1 year ago
Si, guapa Roberta
Bueno, pues vamos a seguir leyendo a ver como va en Pakistan.
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about 1 year ago
Roberta me recuerda a Sofia Loren de Joven…
la cronica, un poco triste y melancolica, la verdad. Pobre gente
deseando saber mas! a ver como fue lo de puenteeee, ayyyy!
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