close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Los días en Almaty transcurrían con una desesperación absoluta. Tenía la sensación de estar desaprovechando el tiempo en luchar contra los elementos: Cada email que conseguía que contestaran las empresas de cargo, venía con una retahíla de preguntas interminable, se hundía en palabrería técnica, en excepciones a tener en cuenta, en instrucciones macarrónicas, en advertencias aduaneras imposibles. Mis últimas averiguaciones indicaban que Fefa tendría que ser desmontada, despojada de todos sus líquidos, empaquetada en una caja, y enviada a Amsterdam. Para conocer el presupuesto definitivo, que rondaba los 2.500 euros, debía conocer el peso exacto de la moto desmontada con su caja incluida. Conseguir esta información poco alentadora me llevó varios días en los que alternaba restaurantes conocidos, me subía por las paredes de la habitación de mi hotel, y daba con mis alterados huesos en el John’s Café Almaty.

En Bishkek, Kyrgyzstán
Día 88 de viaje. 35ºC. Leyendo El factor humano, de Graham Greene.

Recuerdo perfectamente cuando llegué por primera vez a ese local: Desde fuera parecía una pulcra franquicia asentada en medio de las calles correosas y polvorientas de la ciudad. Tenía todo el aspecto de ser uno de esos bares que usan los expats para reunirse, tomar unas cervezas y hablar de las cosas de casa. Yo entré pidiendo un cortado de máquina, el oscuro objeto de deseo que más echo de menos en este viaje. Cuando me senté en una discreta esquina, un hombre vociferante se aposentó a mi lado, sin permiso alguno, presentándose como Guner, el dueño del local.

Con Guner ante la puerta del John's

Con Guner ante la puerta del John's

Guner es un turco hecho a si mismo: Llegó a Almaty hace diecisiete años recién salido de la universidad, y al cabo de cuatro había comprado su primera empresa, multiplicando sus beneficios por cien en el primer ejercicio. Hoy cuenta con una fábrica de componentes electrónicos descomunal en Pavlodar, ha comprado media Turquía -con la intención de establecer allí una cadena hotelera- y vende al estado kazajo maquinaria diversa de telecomunicaciones y de voto electrónico y a los chinos aparatos de resonancia nuclear para sus hospitales. Aunque asemeja un totem panzudo e impertérrito, sus movimientos son ágiles, y todo él desprende energía de quien es resolutivo y puede con todo. Posee acciones en hospitales privados, viaja permanentemente por toda Asia para extender su negocio, pero se traslada por la ciudad en un coche más que modesto y su mayor placer en la vida es apalancarse en el John’s Café Almaty para charlar durante horas con sus clientes. Su voz es profunda, con un timbre sonoro como el de un enorme tambor. Reconozco que, al principio, Guner no me cayó bien. Sólo tras dos o tres encuentros casuales en el John’s Café Almaty me di cuenta de su inmensa generosidad y su desbordante sentido del humor. Cuando supo de mi desgracia, puso inmediatamente a mi disposición su despacho -en una aterradora planta 18 de un edificio situado frente a mi hotel- y a su secretaria para agilizar los trámites del envío de Fefa a India. Guner es el ejemplo típico de la abrumadora hospitalidad turca, que se ve agravada por los años que lleva en Kazajastán. Por lo tanto, pronto estaba invitándome a cenar y a visitar lugares insólitos de Almaty, o me llevaba a su oficina para enseñarme todos sus proyectos futuros y me presentaba como el sobrino del Rey de España, algo que hacía palidecer a las secretarias, que hacían genuflexiones y me miraban con una mezcla de pánico y adoración.

Vista de Almaty desde el despacho de Guner

Vista de Almaty desde el despacho de Guner

El día en que por fin dejé atrás Almaty, me puso entre las manos una bolsa enorme llena de sandwiches de pollo deliciosos.
- ¡Viajas con apoyo de Jonh’s cafe!- me dijo dándome un enorme abrazo de oso-. ¡No olvides escribir!.

Kyrgyzstán, el país en presunta guerra civil

El recorrido hasta Bishkek, la capital de Kyrgyzstan, no pudo ser más sencillo. Teniendo las inmensas montañas Kyrgyzas como referente, sólo tuve que recorrer 250 kilómetros más bien aburridos para darme de bruces con la frontera. Ultimamente las fronteras son una especie de pequeña fiesta. El trámite, en total, no me llevó más de una hora entre vítores por el triunfo de España en el mudial de fútbol y pequeñas bromas sobre algun regalo español que al parecer estaba obligado a darles. Bishkek está pegado a la frontera, así que sin apenas darme cuenta, me di de bruces con el alboroto pacífico y colorido de la ciudad.

Empecé a enamorarme de sus calles abolladas y sus colmaditos sucios, sus panaderías espontáneas y sus parques floridos nada más bajarme de la moto. Me sorprendió comprobar que la gente es muy hermosa: pertenecen a la etnia kyrgyz, de origen mongol, y sus rasgos son una armónica mezcla de lo que vulgarmente conocemos como un chino y un occidental. Hay personas con rasgos asiáticos y ojos azules profundos, las caras son redondas, las sonrisas francas, los ojos rasgados, las barbillas cortas, las frentes altas, la piel palidísima. La comida fue un hallazgo sin precedentes también: el primer bocado que probé supuso un mazazo de sabores que me dejó atónito y maravillado. Ahora que ya estoy algo más acostumbrado, no puedo menos que achacar estos aromas al hecho de que todos los vegetales son frescos, recién recogidos de campos sin pesticidas ni abonos químicos. Incluso los bliny saben mejor, supongo que debido a que la leche y los huevos son de granja tradicional. Los únicos vestigios de revolución o de guerra civil que pude observar fueron el portalón de entrada al palacio presidencial, que está hecho unos zorros, y algunas muescas de balas en la verja del edificio (fotos más arriba). Por lo demás, mi sensación es la de hallarme en una pacífica y amodorrada puerta de entrada al asia profunda.

A la tarde siguiente, tenía lugar por fin la reunión del grupo de viajeros que atravesaríamos juntos la burocracia china para enfrentarnos al devastado Pakistan. El grupo fue iniciado por Donato y yo mismo en el foro de Horizons Unlimited. No nos conocíamos de nada, pero pusimos un par de posts para captar moteros en nuestra misma situación, con el objeto de reducir costes de guía y conductor en China, y así fue. Donato apareció en el café que habíamos elegido para nuestro primer encuentro precedido por el sonido atronador de su Harley, que hizo retumbar todos los cristales del edificio. Parece un Mago Merlín aquejado de una anorexia especialmente virulenta, o un ave zancuda con pico de loro. Es extraordinariamente delgado, de brazos largos, ojos grandes e inquisitivos, cejas pobladas, manos huesudas, y en cada oreja luce un dilatador negro de aspecto ciertamente amenazador. Además, se rapa el pelo al cero y lleva una barba larguísima que remata en una trenza demoníaca. Seguramente tendría mucho éxito en programas de tarot de madrugada. Si yo recibo atenciones cada vez que paro en una gasolinera, no quiero imaginar lo que le ocurrirá a Donato y su Harley. Con su voz de Pato Donald de Mordor estuvo relatándome las desgracias que van acompañando sus múltiples viajes mientras los demás no llegaban. Como este viaje no podría ser menos, me reveló que no tiene visado chino ni pakistaní ni frenos traseros, no ha pagado al guía chino, y un accidente con un carro de caballos le ha dejado una fisura en el motor y el escape bastante perjudicado. Hay personas que, simplemente, tienen un imán para los problemas, y Donato es una de ellas.
El resto del grupo apareció una hora más tarde, por algun motivo que sólo ellos conocían.

El grupo reunido por fin. De izquierda a derecha: Donato, James, Em, Bene, Carl y un servidor

El grupo reunido por fin. De izquierda a derecha: Donato, James, Em, Bene, Carl y un servidor

Considerando la irregular situación de Donato y las malas noticias que nos llegan de Pakistan, decidimos retrasar nuestra marcha a China una semana. De este modo, daríamos tiempo a Donato a que consiguiera sus visados -algo que dudo que ocurra- y repare su Harley -algo que creo que es imposible aquí-, y al gobierno pakistaní para que retire escombros y tienda puentes de emergencia -peor lo veo-. Además, nos prometimos hacernos con bidones extra de gasolina y agua -15 litros por moto- para poder cruzar los 800 kilómetros de zona afectada siendo autosuficientes. Yo no tenía ni idea de que fuera posible retrasar China de semejante modo, pero una llamada al guía nos tranquilizó: No había ningun problema. De haberlo sabido, no habría perdido el culo desesperadamente por esas carreteras de Dios, quemando días en una carrera desenfrenada por llegar a tiempo a mi cita.

Mientras discutíamos la estrategia del viaje, apareció un espontáneo con acento y actitud del sur profundo de Estados Unidos. Joel viene de Georgia, y trabaja en abastecimientos del ejército -una de las bases de entrada de las fuerzas armadas USA en Afganistán está a escasoas kilómetros de aquí-. En cuanto supo nuestra situación, nos aseguró que conseguiría raciones de emergencia para todos nosotros, y así fue: al día siguiente, Carl y yo cargábamos con un saco de 15 kilos de comida deshidratada y auto-calentable, suficiente para sobrevivir en nuestro tránsito desde el paso de Kunjerab hasta Islamabad.

Así pues, la cosa queda así: Tenemos días libres hasta el 25 de Agosto, fecha en la que pensamos reunirnos de nuevo en el caravasar de Tash Rabat, una edificación del siglo XII, la mayor y mejor conservada de Asia Central, corazón de la Ruta de la Seda. Desde ahí, en caravana -siete motos en total-, nos dirigiremos al paso de Torugart, frontera con China, que atravesaremos el 27 de Agosto. Cada miembro de la expedición tiene la responsabilidad de transportar comida, bebida y gasolina como para atravesar desde la frontera de Pakistan hasta Islamabad.

Esto me da unos dias para ir a la playa. Qué chulo.

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