close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Observé con tristeza la puesta de sol. Cada minuto que pasara allí mirando a la Fefa agonizante, descendían mis posibilidades de hacer buenas fotos sobre las salinas y el cementerio viejo. Intenté moverla de nuevo pero permaneció impasible tumbada en el suelo, mirándome con su gran ojo tristón, como pidiendo disculpas por ser tan pesada. Por un momento breve pareció que lo conseguiría, pero luego mis músculos fallaron, y Fefa languideció de nuevo sobre la grava del camino, apestando a gasolina y a culpabilidad.

Fefa ante les marais salants

Fefa ante les marais salants

Levanté de nuevo la cabeza. Por lo menos, el paisaje donde estaba no podía ser más hermoso. A mi alrededor, un entramado reticular intrincado de pequeñas balsas cuadradas de agua centelleaban bajo la puesta de sol nacarada: La célebres salinas de Noirmoutier, que a esta hora se convertían en un espejo delicado que reflejaba las nubes del atardecer, brillando con colores intensos. Cotorreaban sobre mi pájaros de las marismas, zancudos y aristocráticos, y las espigas de las gramíneas se mecían levemente empujadas por el viento. Me debatía entre ir a buscar la cámara, que estaba en el quinto pino, grabando una carretera comarcal completamente vacía, o seguir intentando levantar a Fefa a pulso. A mi alrededor, la nada. En mi cabeza resonaban las vocecillas de los que me habían dicho “¿y si no hay nada para enganchar el cabestrante?”. Mi plan era que hubiera algo. Pero no lo había. Y por allí no pasaba nadie, claro. Pensé en vaciar a Fefa, pero no tenía acceso a su maleta izquierda, que era la que no debía pesar. Y en ese momento, oí el traqueteo de un tractorcito minúsculo. Se acercaba un ser humano, por extraño que pudiera parecer. Me situé en el centro de la pequeña carretera, y cuando el tractorcito dio la vuelta a la curva y se encaró hacia mi, no di crédito de lo que estaba viendo.

El golpe

El puerto de Noirmoutier-en-L'Île

El puerto de Noirmoutier-en-L'Île

Noirmoutier-en-Île es una localidad pequeña, enclavada en la isla de Noirmoutier (en Francés añejo, “monasterio negro”), justo debajo de la península que forma la nariz de Francia, la Bretaña. La isla es accesible por tierra cuando baja la marea, siguiendo una idílica carretera llena de algas, baches y cangrejos despistados que se conoce con el nombre de Le Gois. La carretera está salpicada de postes de emergencia, porque todos los años un turista se aventura cuando la marea está a punto de subir, y su coche es arrastrado por el mar y a él tienen que rescatarlo, junto a su trémula familia, en lo alto del poste. Antaño isla de pescadores, en la actualidad vive casi prácticamente del turismo, que busca en sus pequeños pueblos -hay cinco comunidades- gastronomía de lujo -la patata local es muy apreciada, dado que se abona con algas, lo que le confieren un sabor fragante a mar; y la sal, recolectada a mano desde hace decenas de siglos, es conocida en el mundo entero-, playas, e historia.
En la plaza principal de Noirmoutier se erige su pequeño castillo, cuya base se empezó a construir por San Filiberto en el siglo VII. El castillo que se puede ver en la actualidad es de siete siglos más tarde, y alberga en su interior aburridísimas y polvorientas colecciones de teteras inglesas y de despojos de excavaciones arqueológicas. No obstante, desde la cima, se pueden contemplar unas vistas magníficas de la isla, dado que su castillo es la posición más alta en kilómetros a la redonda, fruto de una estricta pero razonable ley de costas que otros quisieran para si.

Por motivos que serán analizados en próximas entregas, Noirmoutier-en-L´Île se hermanó con la localidad gallega de Padrón, donde yo vivía. Esto hizo que, durante tres veranos, yo fuera el guía oficial de Inglés del castillo de Noirmoutier, lo que me ha llevado a atracar dos días en esta pequeña y encantadora isla en mi vuelta al mundo, para ver gente y recordar viejos tiempos. Los saisonniers, personal de refuerzo de verano, éramos un grupo de estudiantes que llegábamos el 1 de junio y nos marchábamos el 1 de septiembre, irrumpíamos en el castillo como un hálito de vida. Repasábamos las vitrinas hasta dejarlas impolutas, sacábamos los carteles con los horarios de las visitas, nos perseguíamos por el patio de armas con intenciones levemente sexuales, y vagueábamos entre paneles explicativos evitando los tiros de cámara para no ser descubiertos por nuestros superiores. La primera vez que acudí al castillo de Noirmoutier tenía 18 años. Era mi primer trabajo de verdad, si no contamos las empresas que intenté fundar sin capital social y sin clientes a los catorce años. Me saludó con dulzura una ancianita de aspecto fatigado, sonrisa trémula y pelo cortado al dos, grandes gafas de pasta y manos delgadísimas. Marie-Pierre. A continuación se presentó Marc, un hombretón áspero, monolítico, de pelo muy negro, que fumaba tabaco liado mientras regaba las plantas del patio de armas y contaba historias graciosas. Resulta que Marc y Marie-Pierre no se hablaban jamás por alguna oscura polémica del pasado, así que los saisonniers éramos la salvación de Marc, quien pasaba inviernos enteros sentado en la taquilla mirando al infinito y viendo caer la lluvia, flanqueado por una muda Marie-Pierre que ni le daba los buenos días.

Peggy tenía la misma edad que yo. Era una francesita delicada, de media melena lisa de color rubio ceniza y ojos muy azules, enmarcados por unas gafas de piruleta y acompañados de una sonrisa de fresa permanente. En el puente de la nariz y en las mejillas asomaban tímidamente unas pecas que contrastaban vivamente con la blancura de su piel. Vestía trajes vaporosos de flores diminutas, con falditas que le llegaban a medio muslo y zapatillas Victoria de colores pálidos. Llegaba por las mañanas radiante al castillo conduciendo una bicicleta azul con una canastilla de mimbre y regalándole todas las sonrisas del mundo al viento y al sol. Tardé poco tiempo en beber los vientos por ella secretamente, pero como soy idiota y tímido, preferí tomar la opción de sufrirlo en silencio. En una etapa de la vida en la que todas las mujeres que conoces corren el riesgo de convertirse en un referente, en un icono que emplearás para medir a las que vengan a continuación en tu vida, es peligroso permanecer simplemente callado, pero eso no lo sabía entonces.
El año en que conocí a Peggy, habían instalado en el logis du gouverneur, una pequeña casita construida en el lateral de la plaza de armas, una exposición temporal sobre la regíón de la Vendée durante la Revolución Francesa. Era de las primeras exposiciones que tenían objetos fuera de las vitrinas, y al conservador le daba miedo que la gente se los llevara, así que siempre quería a un vigilante allí. Había un maniquí que representaba a un hosco campesino vendeén, con sus aperos de labranza y su fusil cruzado ante el pecho. Había un cuadro infinitesimal pintado con pinceles de un pelito, que representaba al castillo y sus alrededores. Había una colección de bolas de cañón y un libro de visitas. He pasado tardes y tardes enteras de verano acompañado por el maniquí del campesino, vigilando que los turistas no tocaran el cuadro y no se metieran las bolas de cañón por ningun orificio. Peggy solía subir a charlar conmigo. Era su saisonnier favorito. Marc intentaba actuar de celestino, azuzándome, diciéndome lo guapa que era y lo enamorada que estaba de mi. Una tarde, Peggy subió, y se sentó a mi lado. Y me dio El Golpe. Mi primer Golpe.
- Hola.
- Hola -suspiré ante la mirada inquisitiva del maniquí del campesino de Vendée-.
- Quiero que sepas que te encuentro muy atractivo.
- Uh, gracias… Yo tamb…
- Pero que no quiero nada con nadie, porque lo acabo de dejar con un novio, y eso. No eres tú, soy yo.
- Ahá.
- Bueno, adiós.
Se levantó y se fue. Claro, como era de esperar, al cabo de unos días la descubrí liada con un musculoso gendarme recién licenciado que pasaba el verano también en la isla. Estuve unos días recorriendo las callecitas de Noirmoutier como un perrillo apaleado.

El cabestrante

Fefa en el Gois

Fefa en el Gois

Había puesto la cámara apoyada en un poste, abarcando una enorme curva sobre las salinas. El sol estaba a punto de ponerse, por lo que sería un plano realmente bonito, la Fefa surcando la carretera ondulante, el crepúsculo, la luz, las nubes. La puse en marcha, y corrí a la moto, me monté en ella, e hice la curva de rigor. No había comprobado si había algún lugar donde dar la vuelta, así que seguí avanzando hasta que encontré un recodo de hierbajos y grava que me pareció seguro. Lentamente me puse a describir un círculo con cuidado. Y cedió una piedra. Y Fefa se inclinó despaciiiiito, despaciiiiito, hasta que se posó gracilmente sobre un costado y ahí se quedó. Mierda. Intenté levantarla a pulso, pero iba cargada con todo el equipaje. Miré a mi alrededor, pero estaba en medio de las salinas, y no había nada en qué enganchar el winch. Maldije mi suerte, con la certeza de que por allí no pasaría nunca nadie, hasta que oí un traqueteo al otro lado de una curva. Ante mi apareció un tractorcito muy pequeño con un remolque, manejado por un enano. El remolque iba lleno de algas. Me sentí por un momento en una película de David Lynch. La luz crepuscular, las algas, y un enano. Todo muy onírico, sólo faltaba un unicornio sobre un suelo de ajedrez para completar la escena. El enano se paró amablemente, le expliqué que no podía levantar la moto, se bajó del tractor y se ofreció a ayudar. Ni que decir tiene que el enano no era de demasiada ayuda. Se colgó de Fefa, intentando hacer contrapeso, resoplando, pero no había manera, parecía atornillada al suelo, y el enano semejaba un pequeño adorno colgado de su manillar. Se rascó la cabeza y dio un par de vueltas a la Fefa, analizando la situación. Y en ese momento, tuve una iluminación.
- ¿Tiene usted un momento?.
- Claro.
- Mueva el tractor un poco para allí.
Hizo lo que le dije mientras yo abría la caja de herramientas, que se desparramaron todas por el suelo de las salinas. Desmonté el lateral de la moto, saqué los cables del winch, y los conecté a la batería. Fui soltando el cable de acero mientras el enano lo observaba todo con mirada de aprobación. Enganché el winch al tractor del hombre, y lo puse en marcha. La Fefa se levantó suavemente, con una elegancia inusitada para una dama que se acaba de caer de culo.

La isla

Noirmoutier es una delicia completamente plana. Desde cualquiera de sus rincones se contempla su castillo encalado. Durante el verano, su población aumenta en cerca de noventa mil habitantes, que se lanzan a la playa hambrientos de sol. Pero durante el invierno, Noirmoutier se convierte en un desierto gélido y húmedo. Los nativos se recluyen en sus casas y maldicen el tiempo y el mar embravecido. Sólo hay actividad en sus barracones de ostreros, que hacen su agosto en navidad.
Llegué a Noirmoutier y mi instinto me dirigió de cabeza a la plaza del castillo. Mi cerebro intentaba buscar cosas que hubieran cambiado en todos estos años de ausencia, pero, salvo un enorme supermercado a la entrada del pueblo, todo parecía igual a como lo dejé. Me bajé de la moto y me dirigí a la entrada del castillo. Marc estaba hablando con la cajera.
- Perdone- dije desde la puerta-. ¿Hay visitas guiadas en inglés?.
- No -contestó sin darse la vuelta-. Ya no. Desde que se fue un español loco, ya no las hemos vuelto a hacer.
El maravilloso y acogedor carácter isleño.

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