close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Tengo un ángel de la guarda que vela por mi bienestar a golpe de email y de ruta de GPS. Un buen dia, no sé muy bien cómo, un tal Gustavo me envió un correo lleno de entusiasmo, ofreciéndose a planificar mi ruta por Sudamérica. Fanático del Garmin, pronto me estaba mandando las primeras recomendaciones y con el tiempo se ha ido convirtiendo en mi guía oficial. Aunque no lo conozco en persona, estoy seguro de que compartiremos una gran ruta juntos cuando vuelva a descender hacia Buenos Aires, dentro de medio año. Total, que si tienes un Garmin y quieres hacer la misma ruta que yo, bájatela aquí.
Yo había mostrado mi falta de interés por volver a Argentina y, sobre todo, por cruzar de nuevo los Andes. Fefa no se porta demasiado bien con la altura, y yo mismo tengo un vértigo espantoso, así que escribí a Gustavo comentándole que quizá sería mejor continuar rumbo al norte por la costa de Chile.

En Cafayate, Argentina norte.
Día 358 de viaje. 21ºC. Leyendo Las nieves del Kilimajaro, de Ernest Hemingway

- Amigazo, ¡¡el cruce es lo mas lindo!!- contestó de inmediato en un larguísimo email lleno de exclamaciones- ¡¡Sobre todo en esta epoca del año, que esta fresco pero se aguanta !! ¡¡en invierno es muy frio!! ¡¡en verano insoportablemente caliente !! la primavera y el otoño sin dudarlo. Te voy a dar un empujoncito: el cruce te demora un dia comodo y tranquilo, parando para hacer unas buenas fotos y lo mas importante encontrarte con todo eso…
Luego, seguían una serie de párrafos exhuberantes describiéndome con pelos y señales cada pequeña roca y cada deliciosa curva que me iba a encontrar, así que no tuve más remedio que hacerle caso y enfilar hacia los Andes de nuevo.

Fefucha y un servidor ante Los Caracoles

Fefucha y un servidor ante Los Caracoles

La llanura volvió a encabritarse pocos kilómetros después de abandonar Santiago. En el lado argentino, los Andes se desmenuzan poco a poco durante un buen centenar de kilómetros, pero en su cara oeste parecen emerger de la nada como colosos embravecidos. Al contrario de lo que ocurre en el Sur, los Andes al lado de Santiago están cubiertos de una pelusa mustia, y muestran grandes calvas en las que las rocas áridas despuntan como figuras malignas y lagunas de arena resquebrajada que parecen aradas por gigantes y esculpidas por insectos laboriosos e inquietos.
Cuando quise darme cuenta, Fefa empezó a mostrar síntomas de fatiga, que me hicieron recordar sus problemas de altura al llegar al paso de Khunjerab, en la frontera entre China y Pakistan. Aparecieron entonces los Caracoles, la imagen escalofriante de una subida de mil metros por la escarpada montaña en treinta y siete curvas enloquecidas que trepan por la pared vertical como si hubieran sido dibujadas por una serpiente chutada de LSD. Enormes camiones de febriles movimientos subían fatigosamente por el trazado firme y bien cuidado a una velocidad exasperantemente lenta. Pese a lo que pudiera parecer, el paso era extraordinariamente sencillo y casi divertido. Al llegar a la cumbre intenté hacer una foto decente de Fefa ante ese prodigio, pero me resultó imposible, en gran medida debido a la fatiga que me causaba el mal de altura. Enfilamos hacia un tunel eterno, al otro lado del cual apareció Argentina de nuevo.

Puesta de sol en el Parque del Aconcagua

Puesta de sol en el Parque del Aconcagua

Había salido de Santiago muy tarde intentando encontrar un filtro de aire, así que de repente el cielo se tiñó de escarlata tras cruzar la frontera. El sol se estaba poniendo muy deprisa. De repente, los colores se hicieron intensos y oníricos, y la luna creciente despuntó entre los picos colosales que me rodeaban como una ensoñación de un poeta loco, cabalgando las nubes para encontrar su lugar en el firmamento rosáceo. Quería que ese momento se prolongara en el tiempo, que fuera infinito. Si me hubieran dado a elegir, habría sin duda firmado por permanecer hasta el final de mis días inmerso en ese crepúsculo de colores vivos como los élitros de un insecto gigante. Las caprichosas nubes, recortadas como papel charol sobre el cielo cada vez más oscuro, reflejaban los colores densos de la puesta de sol sanguínea, y se movían muy lentamente alrededor de los picos abruptos de las montañas gigantes. A mi izquierda, desafiante, el Aconcagua reflejaba en sus pálidas cumbres los colores purpúreos que danzaban muchos metros más arriba, en la atmósfera polvorienta. Formaciones gaseosas del tamaño de planetas esquivos se encabritaban sobre las rocas y parecían formar campos gravitatorios de color naranja y dorado. Aparecieron las estrellas, y entonces las ítacas adoptaron forma de astros. No osé parar apenas, aterrado ante la posibilidad de quedarme atrapado en una noche oscura como la boca de un lobo en medio de aquella inmensidad pétrea y primitiva.
A la mañana siguiente, vi el primer cactus.

Ver un cactus es algo más que ver un cactus

Un cactus es más que un cactus

Un cactus es más que un cactus

Al igual que el Taj Mahal es un emblema indiscutible de India, o la Torre Eiffel lo es de París, los parajes tienen símbolos que, al ser descubiertos y reconocidos, causan una conmoción difícil de explicar al viajero. Los animales, por ejemplo, son iconos poderosos que marcan el paso de los kilómetros y los días. Recuerdo con emoción mi primer camello, en la árida Turquía. O la primera marmota, en las alturas infinitas de Kyrgyzstan. O el primer guanaco cruzando descarada y esquiva la carretera a velocidad de vértigo en la llanura patagónica. Al ver el primer cactus, Mordomo y yo sonreimos y casi detuvimos la moto para hacerle una foto. Era la primera vez en mi vida que veía un cactus en libertad, campando a sus anchas por las llanuras polvorientas de un mundo nuevo por descubrir.
Mamá y yo, cuando discutimos, apelamos a la figura imparcial de Mordomo -”mayordomo” en Portugués- para que medie en nuestras disputas.
- ¿La oyes? -pregunto yo mirando hacia una esquina donde no hay nadie-. Eso que dice no tiene sentido.
- Claro que lo tiene- responde mi madre apelando a la misma figura imaginaria-.
Hace unos días que Mordomo me acompaña en el asiento de atrás de la moto. Si no fuera porque llevo hablando solo prácticamente toda mi vida, empezaría a sentirme como el náufrago de la película que tenía como amigo a un balón de fútbol al que llamaba Willson. Mordomo adopta en este tramo del viaje la personalidad de un malhumorado y malhablado argentino.
- ¿Has visto? – le dije señalando la planicie que acababa de nacer a ambos lados de la carretera-. Es arena de desierto.
- No es arena, pelotudo- contestó despectivamente dentro de mi casco Mordomo-. Es tierra.
- No es tierra, es arena.
- Sos un guanaco de mierda, eso es tierra.
- Arena.
- Tierra, gashego boludo.
- No me toques los cojones, ¿a que paro la moto?
- Parála, chancha.
Detuve la moto en el arcén arenoso. En cuanto intenté ponerle el pie, la moto se inclinó peligrosamente y se cayó como un fardo, mostrando impúdicamente su cubrecárter al mundo. Furioso, la empujé hasta que me salieron los hígados por la boca, mientras Mordomo me observaba despectivamente a unos cuantos metros de distancia.
- Ché, no sabés ni aparcar la moto, mirá lo que hiciste.
Asombrosamente, logré incorporarla con un bufido que casi me revienta las entrañas. Refunfuñando y cubierto de sudor, me adentré en el desierto hasta un bancal de color rosáceo y textura suave y aterciopelada. Hundí la mano en él. Era arena terrosa. Ni más ni menos. Mordomo, que me contemplaba desde el arcén con curiosidad me hizo un gesto absurdo canturreando “miau miau miau, sho soy la gaaaataaa”. Entonces empecé a reirme a carcajadas. Fue tal el ataque de risa que me tuve que desparramar, sin aliento, en el bancal. Recogí un puñado bien grande de arena terrosa y la llevé hasta la cuneta e intenté arrojársela a Mordomo. El viento me la devolvió en forma de nube de polvo. Seguí riéndome durante un cuarto de hora hasta que creí que moriría ahogado. Finalmente, con la cara cubierta de lágrimas, observado con curiosidad por los cactus altivos que poblaban los márgenes de la carretera, emprendí de nuevo el trayecto.

Desolación llegando al Valle de la Luna

Desolación llegando al Valle de la Luna

La ruta se volvió una recta infinita. A mi izquierda, los Andes se resistían a desaparecer, eran figuras espectrales y amenazadoras envueltas en polvo en suspensión, recubiertas de un halo místico y vaporoso. Se parecían a hojas de papel rasgado de distintos colores, superpuestos sobre el fondo uniforme del cielo azul. El mundo aquí es tan árido, que las torrenteras de los ríos ocasionales que atraviesan la carretera no tienen puente, así que el firme desciende de forma abrupta y en ocasiones se anega, aunque normalmente sólo está cubierto de polvo reseco que revolotea a mi paso y se queda mariposeando sobre el asfalto, como una estela de mi propio ser. La carretera está atravesada por mil cauces secos de ríos muertos, que sólo despiertan una o dos veces al año, y ondulea caprichosamente sobre la planicie agreste. Sólo los cactus se yerguen, orgullosos, como extraterrestres inmóviles. Hay una infinita soledad en estos campos sin alma. Un pueblecito, otro pueblecito, fruto de la osadía del ser humano en su incesante voluntad de exploración y conquista. Los rostros a mi alrededor se vuelven cetrinos, oscuros, cincelados por el viento cálido que viene del este y choca, chillón, con la pared abrupta de los Andes. No hay nada, más que pequeñas Ítacas casi imperceptibles que yo todavía me resisto a comprender.

Las elecciones son inminentes, y Negro ha de volver.

Las elecciones son inminentes, y Negro ha de volver.

Panadería-floristería

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Misérrimo santuario dedicado al Gauchito Gil

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