close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Abrí un ojo y contemplé el techo de la hamaca en silencio. Me acababa de despertar de un sueño erótico-sentimental -no sé muy bien cómo definirlo- con el susurro de voces humanas a mi lado, perfectamente distinguibles en el murmullo quedo de la selva. Eran voces graves, profundas, de hombres urdiendo algo serio. Busqué silenciosamente mi spray de pimienta. A lo largo de toda la noche, mi mano se había cerrado alrededor de un puñal-machete que llevo conmigo para hacer frente a este tipo de situaciones, pero lo desestimé, considerando el ataque químico mucho más efectivo, al encontrarme en una crisálida de tela sin mucha capacidad de pegar un brinco para apuñalar a nadie. Descorrí la cremallera a toda velocidad, dispuesto a pulverizar a quien quiera que estuviera ahí.

En la Tierra de las Cuatro Mil Islas, Laos.
Día 203 de viaje. 26ºC. Sigo sin leer por muerte espontánea del lector de libros electrónicos.

Había dejado Vientiane con un sabor agridulce. No se parecía en nada al resto de las capitales asíaticas que conocía: Vientiane era puro aburrimiento, y sólo la presencia de un Svenson’s maravilloso en el que hacían un helado chuckie crunchy chocky chuchy extraordinario suponía un mínimo incentivo para seguir allí. No obstante, había empezado a cogerle cariño. Estaba varado allí, inundado de tedio, esperando mi visado tailandés, que me permitiría estar con Mamá en Phuket el tiempo suficiente sin tener que dejarla abandonada para salir disparado hacia Malasia por falta de días, cuando de repente, una noche en que salía a cenar unos noodles a un restaurante vecino, me encontré unas motos familiares aparcadas delante de una guesthouse.
- Aquí apesta a salsa HP, seguro que hay cerca un inglés- dije en voz alta, al divisar una cabellera entrecana.
- No, lo que apesta es a español- contestó la cabellera.
- El olor es repugnante, no sé cómo puedo aguantarlo, tendríamos que haber hecho caso al hombre del tiempo cuando lo de la Armada Invencible.
- Yo tampoco soporto ese pestazo a toro muerto-. James levantó la cabeza entre las motos con una sonrisa radiante de niño bueno-. ¡Eh, no sabía que estuvieras en Vientiane, acabamos de llegar!
James y Emily venían básicamente a lo mismo que yo. Como yo llevaba un par de días de ventaja, me dediqué a enseñarles la ciudad, que por otro lado se ve en unas dos horas de paseo. Un par de días y unos doscientos un helados chuckie crunchy chocky chuchy después, yo me dirigía al sur y ellos regresaban a Tailandia para seguir su ruta.
La carretera, que había sido un caracoleo incesante por entre las montañas en las provincias del norte, se volvió rectilínea y despejada. El paisaje era muy similar al que había encontrado en Tailandia la mayor parte del viaje: una frondosa llanura salpicada de pequeñas e inocuas lagunas y pueblos somnolientos, poblada de búfalos de agua y deliciosos cerditos en miniatura. Como empezaba a preocuparme llegar a tiempo a Phuket, hice caso omiso a las indicaciones que me invitaban a desviarme para contemplar cataratas y grutas -y eso que a mi me gusta más una gruta que a un tonto un lápiz- y pasé dos días espectaculares a un ritmo endiablado sorteando carricoches agrarios y diminutas motos multicolores y devorando kilómetros sin apenas detenerme. Pronto se hizo evidente que el sur de Laos es mucho más próspero que el norte: las casas, sin llegar a ser suntuosas, son mucho más robustas y confortables aquí. Ocasionalmente, divisaba el Mekong a mi derecha, una gran mancha de color marrón rebosante de vida en sus orillas. Decenas de afluentes de sinuosos cauces lo alimentaban: en ellos, los lugareños se sumergían en el agua con grandes redes, disputándose el pescado con las grullas altivas. Atravesaban la carretera con gran majestuosidad enormes varanos de color oscuro y cloqueantes tropas de gallinas atolondradas revoloteaban y entorpecían el tráfico con sus andares algo desprovistos de sentido. Cuando se me iba a acabar el país, decidí hacer coincidir el final de mi penúltimo día en Laos con la visita al Plateau de Bolovens, una hermosa meseta en la que se cultiva una de las variedades de café robusta más apreciadas del mundo. El café es uno de mis grandes vicios, y es algo que echo mucho de menos en este viaje: gran parte del mundo está inundado de ese insultante sucedáneo que es el Nescafé, y que no entiendo cómo no está prohibido por las autoridades sanitarias. Así pues, calculando las horas que me quedaban para disfrutar de los cafetales y las espectaculares cascadas que ofrece el Plateau al turista, enfilé rumbo al oeste para describir un anillo de ochenta kilómetros por el paraiso.
Y ahí comenzó la catástrofe.

Hamaca en los cafetales

Hamaca en los cafetales

Llevo unos cuantos días preocupado por no encontrar sitio alguno donde lavar la moto. De hecho, no había encontrado una manguera desde Islamabad. A estas alturas, la pobre Fefa recordaba más a un vehículo protagonista de Mad Max que a mi orgullosa y pulcra esposa. Mi preocupación iba en aumento a medida que pasaban los días, porque quería evitar que Mamá viera a la pobre moto en semejante estado. Ya sabéis cómo son las mandres: ven la moto sucia y deducen que te encuentras sumido en una honda depresión, te encuentran delgado y suponen que tienes la tenia, tu tono de piel es un poco más bronceado que de costumbre y asumen que has contraido melanoma. En el caso de Mamá, recuerdo que hace un par de años le comenté que me estaba aficionando a la gaseosa y ella prácticamente me la prohibió de la dieta al considerar que podría provocar úlcera gastroduodenal si era ingerida en exceso. Así pues, me alegré muchísimo cuando encontré a dos muchachos de aspecto cetrino al frente de un lavado de coches. Un cuarto de hora después, la moto relucía como los chorros del oro, pero lamentablemente, al ir a bajarla del caballete, resbalamos ambos en el firme mojado y nos fuimos a caer aparatosamente sobre un pickup que pacientemente esperaba su turno. Al levantar la moto, encontré que había astillado el intermitente trasero izquierdo del pickup, así que antes de que el propietario armara escándalo alguno, me ofrecí a abonarle lo que quisiera. Quiso 75.000 kips, lo que redujo mi capital a 10.000: un euro. En su momento había echado cuentas y había llegado a la conclusión de que con 85.000 kips tenía más que suficiente para cenar y pasar la noche, así que había estado posponiendo la búsqueda de un cajero, algo que en Laos es de por si bastante entretenido. El caso es que al Plateau de Bolovens parece que no han llegado los cajeros automáticos -el sitio es bastante remoto- así que empleé mi último euro en saborear dos espressos de la región en un cuchitril al borde de la carretera regentado por un holandés que vive de hacer tostar a los turistas su propio café y cobrarles por ello. En su momento no me pareció importante, total iba a terminar el círculo por el Plateau en cuarenta kilómetros y llegar a la siguiente ciudad a tiempo antes del anochecer, y ahí sacaría dinero. O esos eran los planes.
Uno de los puntos álgidos del recorrido por el Plateau es una enorme cascada, una de las más famosas de todo Laos. Para llegar a ella hay que recorrer una pista sin asfaltar, de polvo marronáceo, de unos dos kilómetros. Me adentré en ella maldiciéndome porque la moto iba a ensuciarse un poco. La cascada en si estaba inundada por una piara de japoneses -había del orden de quinientos en las inmediaciones- y su espectacularidad era más bien limitada, quizá por encontrarnos en la estación seca. Con algo de decepción me dirigí al parking, y me encontré la moto tirada en el suelo, con un espejo roto. Empecé a chillar como un loco y a culpar a todo el mundo, hasta que un grupo de guías turísticos me ayudaron a ponerla en pie. En ese momento, comprobé que el neumático trasero estaba pinchado, motivo por el cual seguramente la moto se había derrumbado sin intervención humana. Seguí chillando un poco más hasta que llegué a la conclusión de que a ojos de todo el mundo parecía un demente, enfundado en un mono de cuero y gritando a los cuatro vientos, así que enfilé hacia la salida del parking en ofendido silencio. Pronto se hizo muy evidente que la moto estaba completamente ingobernable y recorrer un metro en aquella pista polvorienta y llena de baches era un suicidio. Cuando ya había tentado unas quince veces al destino derrapando y culeando como una negra zumbona, me encontré con una enorme cuesta de polvo y arena, flanqueada por un pequeño arcén de unos quince metros de profundidad. Llegué a la conclusión de que un movimiento en falso por ese terraplén supondria el final de Fefa y quizá el mio, así que decidí parar a reflexionar. Saqué la moto de la pista y detuve a un tipo que iba en un scooter del tamaño de mi bota derecha. Inmediatamente vi en él a Scoobi Doo.
- Sabadee- dijo sonriendo Scoobi Doo.
- Sabadee- conteste-. Verá, se me ha pinchado una rueda, ¿podría llevarme a un mecánico?
- ¡Claro!- respondió el tipo.
Me subí a su minúscula moto y emprendimos un traqueteante trayecto hasta la tiendecita de un hombrecillo de barba rala que escuchó las explicaciones de mi mentor con atención. Estaba clarísimo que el mecánico no estaba mínimamente interesado en moverse de allí. Se estaba haciendo de noche y él tenía cosas más importantes que hacer. En ese momento me di cuenta de que no llevaba ni un euro encima.
- Pregúntale si puedo pagarle en dólares- dije a Scoobi Doo.
Scoobi Doo me miró como si fuera un extraterrestre. Se lo comunicó al mecánico, y ambos se echaron a reir palmoteando como gilipollas. Mi mentor me indicó que lo siguiera y me subió a la moto. Recorrimos un par de casas de las inmediaciones sin demasiado éxito -creo que sólo quería contar mi historia a sus asombrados vecinos-, y me llevó de vuelta a la moto.
- Espera aquí- me dijo sonriéndome plácidamente- y yo te traeré la ayuda.
Eran las 5:45. El crepúsculo había comenzado. Scoobi Doo se fue traqueteando. Su estela de polvo fue lo último que volví a ver de él en toda mi vida.

El causante de todo

El causante de todo

Cuando dieron las siete y media y había cantado todas las canciones del MP3 a voz en grito para espanto de los pocos lugareños que pasaban por aquella deteriorada pista forestal olvidada de la mano de Dios, decidí que el plan de esperar a Scoobi Doo, aunque sumamente tentador, no daría los frutos esperados. Decidí caminar dos kilómetros hasta la carretera general, donde había divisado una coqueta casita de huéspedes de teca. Rezando por que aceptaran dólares, me fui caminando en la oscuridad, cargado con mi equipaje imprescindible. Por fortuna, contaba con una linternita de esas que se ponen en la cabeza, que por cierto causaba gran estupor entre los pocos nativos que se cruzaban conmigo y que veían en mi la viva imágen de un extraterrestre, con una luz en la frente y vestido de piloto de combate de Avatar.
- Lo siento, estamos completos. Es fin de semana, y los tailandeses siempre vienen a Laos a pasar el fin de semana- me dijo la encantadora recepcionista enseñándome una infinita dentadura blanquísima.
- No se preocupe, he observado que hay algunos árboles en las inmediaciones- contesté amablemente señalando a la selva, sin que ella entendiera demasiado mi apreciación. Volví mis pasos hasta Fefa, que me recibió con una sonrisa burlona, aposentado su enorme culo sobre la rueda pinchada. Valoré cuidadosamente las inmediaciones. En el margen derecho, un terraplén de considerables dimensiones desembocaba en un rio caudaloso. En el margen izquierdo, había un cafetal recién recolectado que quedaba a unos quince metros de altura sobre una pared vertical de barro. Decidí que mi opción más adecuada era el cafetal. Encontré una torrenterita por la que trepar, así que dejando a Fefa cubierta por una funda protectora, escalé la pared resbalando y maldiciendo a voz en grito hasta que coroné la cima sintiéndome un ninja. La noche estaba oscura como la boca de un lobo. Desde mi atalaya podía observar perfectamente la pista forestal y tenía una visión privilegiada sobre Fefa y su entorno si la enfocaba con mi linterna mágica de Inspector Gadget de Saturno. Procedí a montar la hamaca entre dos arbustos de café y mientras lo hacía, observaba la reacción de los lugareños al ver a Fefa cubierta por su lona protectora: ni uno osaba más que a dedicarle una larga mirada bovina. Conecté la alarma con su mando a distancia al paso de una pequeña comitiva de mujeres cloqueantes subidas a bicicletas oxidadas: poco faltó para que todas ellas se despeñaran al río de la sorpresa que les causó el fuerte pitido y el parpadeo de los intermitentes. Finalmente, armado con mi spray de pimienta y un cuchillo-machete, me introduje en la hamaca y la cerré herméticamente.

Visión de Fefa cubierta con su funda, desde mi atalaya, de madrugada.

Visión de Fefa cubierta con su funda, desde mi atalaya, de madrugada.

Me quedé tumbado en la oscuridad. El cafetal emanaba un delicado aroma húmedo y floral. Las ramas de todos los árboles crepitaban suavemente. Podía oír el cántico de algunos oscuros pájaros desconocidos para mi. El murmullo del río actuaba como un estribillo cantarín y revoltoso. Acunado por decenas de sonidos de otro mundo, me fui sumiendo poco a poco en un adormecimiento débil como un hilito de plata y plagado de sueños extraños que apenas recuerdo.
A las tres de la madrugada me despertó un diálogo grave a mi alrededor. Con el corazón haciendo verdaderos esfuerzos por salirme por la boca, me armé de mi spray de pimienta. El cerebro todavía estaba algo comatoso, pero acerté a encontrar la cremallera, y la descorrí a toda velocidad. Conecté la linterna sobre mi cabeza soltando un grito salvaje y apuntando ante mi con mi pequeño spray. Creo que no maté de un paro cardíaco a los dos cerditos vietnamitas que habían venido a hacerme una visita de puro milagro. Salieron huyendo enloquecidos gritando como niñas poseídas por el diablo Pazuzu y se perdieron en la oscuridad de la noche. La madrugada me sorprendió colándose suavemente por las rendijas de la hamaca. Con la luz del día, las cosas se veían de otra forma. Desmonté la rueda como un campeón, cambié la cámara por una de repuesto que llevo siempre, y dos horas más tarde, iba rumbo a la Tierra de las Cuatro Mil Islas recitando a pleno pulmón la Canción del Pirata.

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