close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Recuerdo que la corteza de los pinos de Dehesa de la Villa rezumaba savia y los racimos de hojas puntiagudas explotaban de vida. Era el final de la primavera, y el polvo revoloteaba en el ambiente, perezoso. Allí seguirán esos pinos, ahora ateridos en el invierno crudo que Madrid está viviendo impertérrito. Como quiero comer el mundo, y quiero devorarlo y succionar hasta el ultimo resquicio de tuétano que tenga, quisiera ver cómo se cubren de nieve esos pinos, y me apena no poder verlos. Allí seguirán desfilando los tullidos de Lourdes, aferrados a una vana ilusión, curados repentinamente por el poder de sus mentes, agónicos fantasmas de cara consumida, desparramados en una silla de ruedas usada una y mil veces. Cuando los vi dormitaban bajo el sol, ahora harán cola bajo la lluvia. Y seguirá allí mi islita querida al borde mismo del océano, ahora vacía de turistas, encerrada en si misma como una pequeña conchita, resistiendo los embistes del temporal atlántico, asediada por la espuma marina y la brisa gélida.
¿Cómo estará Montmartre despoblado de turistas en bañador? ¿Cómo seguirán las costas de Normandía, ahora que otro año más la lluvia barre los vestigios de sangre y pólvora del recuerdo? Allí seguirán los bunkers de hormigón, ahora cubiertos de una fina capa de musgo invernal. Y allí seguirán las niñas gemelas que divisé en Amsterdam sentadas en la cesta de una bicicleta, acompañadas de un enorme ramo de flores. No tenían más de tres años, quizá hayan cumplido ya los cuatro. Quisiera ver cómo se convierten en adolescentes, cómo florecen y en qué deviene su vida. Me apena no poder asistir a ese espectáculo, como también lamento no ver cómo encienden los radiadores en sus hornacinas las putas del Barrio Rojo y cómo Berlin, ese Berlín que me pareció aséptico, se cubre de un denso manto blanco. Allí seguirá Berlín y sus avenidas rectilíneas construidas sobre las ruinas de un campo de batalla. Y seguirá el Moldava lamiendo los pies de la bella Praga, la hermosa dama aristocrática. ¿Cómo será bajo la lluvia que ahora estará tiñendo sus calles adoquinadas?. Yo la vi en verano, cuando el sol azotaba el empedrado de las aceras y los músicos callejeros llenaban sus calles de sonidos de vals. Quisiera verla ahora, eclipsada por el tiempo crudo, con los postigos de las casas cerrados por el toque de queda del frío. Pero también quiero verla reventar de vida en primavera. Y cubrirse de hojas muertas en otoño. Allí seguirá la vieja Praga. Y los barracones de Auschwitz con sus montañas de pelo y de maletas y de gafas -qué no habrán visto esas gafas- y con los espíritus de los muertos surcando las esquinas, lastimeros, arrastrándose bajo el maléfico cartel de metal soldado y revoloteando alrededor de los hornos crematorios de paredes negras. Como también seguirán las curvas demoníacas de la costa Dálmata y los edificios en ruinas de Mostar, la bellísima muchacha con la cicatriz en el rostro. ¿Seguirán los turistas de crucero de lujo desembarcando en bandadas bulliciosas en la Dubrovnik de cartón piedra o esperarán a que el sol vuelva a teñir de dorado sus piedras calizas? Y la hermosa Gyrokaster y sus lucecitas trémulas al atardecer, a los pies de la colina… ¿Seguirá luciendo tan bella y mestiza como cuando la descubrí, encantado y atónito, desde la ventana de mi habitación?
Ahí seguirán, como han seguido desde hace dos mil años, los templos griegos encastrados en las lomas de las montañas, confundidos con los olivos y la retama, esbeltos bajo el cielo gris plomo y contemplando altivos el Mediterraneo manso y devorado por la lluvia fina del invierno. Me gustaría verlos bajo el cielo invernal, quisiera quedarme a vivir bajo su sombra, enredado en los olivos, acompañarlos y reconfortarlos en las ululantes noches de tormenta cuando la lluvia feroz inunde el cielo de Grecia. Quisiera ver llorar a las cariátides mirando, mayestáticas, los tejados de Atenas.

¿Seguirán ahí los pastores que me acogieron cuando mi pobre Fefa mordió el barro turco y se quedó varada una noche entera bajo la lluvia? ¿Qué harán ahora? ¿Comerán la misma sopa amarga y el mismo requesón grumoso de denso sabor a vaca? ¿contemplarán soñadores la pálida foto de su hija muerta? ¿Rezarán temerosos cada día a la misma hora mirando a los tapices de colores chillones que colgaban de las paredes de su casita? Si pudiera, me quedaría con ellos a vivir otra vida paralela. Si pudiera, viviría todas las vidas a la vez. Si pudiera, estaría ahora mismo sentado a la sombra de un minarete bebiendo té con un puñado de turcos de mirada hosca y corazón de plumas de pájaro. Pero sólo tuve una oportunidad de hacerlo. Quién sabe si tendré otra. Este pensamiento me angustia y me atormenta: ¿Habré sabido valorar cada té compartido en mi rondó a la turca?
¿Qué será ahora del viejo Caledonia, el pequeño barco que me transportó sobre olas de cinco metros a través del mar Negro dando bandazos de la cálida y bulliciosa Estambul a la decadente y pútrida Odessa? ¿Habrán desmontado ya sus paredes de hierro? ¿Yacerán sus camastros retorcidos y sus entrañas desmontadas en una fundición a la espera de licuarse en llamas anaranjadas y reencarnarse en otra cosa?… Allí seguirán todavía las enormes estepas rusas y kazajas, oreadas por el viento y despojadas de su manto de hierbas entrecanas. Serán tan distintas ahora… Habrán perdido su color verde acerado y amanecerán gélidas y blancas como el cadáver de una princesa. Refugiados en sus casas de madera, los habitantes de las planicies estarán ahora borrachos y más abandonados si cabe. ¿Qué aspecto tendrán ahora las ciudades fantasmagóricas que descubrí desparramadas sin sentido en la estepa? Ciudades de polvo y edificios agrietados, niños como espantapájaros de alambre subidos a bicicletas oxidadas… ¿dónde se refugiarán ahora que su mundo se ha cubierto de hielo? Allí seguirán: Cómo me gustaría verlos a todos, espiarlos por una rendija, compartir con ellos el frío glacial al salir a buscar leña, volar sobre sus tejados cubiertos de nieve.

¿Cómo serán los lagos kyrgyzos helados? ¿Asistirán impertérritos al espectáculo del invierno sobre las montañas? ¿Será su superficie quebradiza o dura como una plancha de acero? ¿Caminarán sobre ellos los camellos lanudos buscando, famélicos, una pálida brizna de musgo bajo la corteza blanca? Allí seguirán aquellas gentes de rostros hermosos, atrapadas entre las rocas, hundidas en el fango espeso de la estepa, mirando pacientemente el cielo gris a la espera del deshielo de primavera. Qué distinto será ese mundo ahora. Yo vi un desierto de sal y de roca, vi unas montañas peladas y agrestes, prehistóricas y desgarradas, yo vi cómo de la planicie emergían lascas del tamaño de ciudades erizando sus cabezas puntiagudas apuntando al firmamento limpio. Pero ahora no serán más que glaciares infinitos de cegadores cristales de hielo. Allí seguirán los hombres que no conocían el horizonte, sentados como gárgolas, esperando, siempre esperando, restándole valor al tiempo en cada hora de hastío. ¿Qué será de ellos ahora? ¿A quién acudirán para saciar su hambre? ¿Habrán acabado ya el mísero saco de grano raquítico que produjo la tierra en este año maligno? ¿Qué será de las mulas humanas que sorteaban el caudaloso río inundado para llevar sobre sus espaldas al pueblo unas pocas latas de gasolina, ahora que toda la cordillera es blanca e intransitable? ¿En qué ocuparán sus días gélidos y de dónde saldrá el pan que coman sus hijos? ¿Cómo conseguirán esquivar la desesperación, el hambre, la desolación, los elementos conjurados en su contra?. Cuando crucé el Karakorum, los días eran limpios y azules, el sol triunfaba sobre las montañas arrasando de calor las rocas áridas y oscuras y arrancando de su superficie lisa un millar de reflejos cegadores. Aún así, me parecía un entorno marciano, jurásico, inhabitable. No puedo imaginar una vida allí ahora… pero allí seguirá. ¿Cómo será aquello en diciembre? ¿Y en primavera, brotará mínimamente la vida en los resquicios de las rocas? ¿Serán las cataratas aún más violentas y caudalosas?… Cómo me gustaría estar ahí para verlo todo. Y para ver cómo las calles asépticas de Islamabad se llenan de flores al terminar el invierno. Cuando terminan las nieves, la vida se apresura por brotar casi en una carrera desesperada. Seguro que las faldas el Himalaya están especialmente hermosas. Pero yo tuve mi tiempo ahí. Y se acabó. Ahí seguirán, y serán para otros.

Como seguirán también los comedores atestados del Templo Dorado de Amristar, ahora castigados por el sol de la estación seca. En las calles de la ciudad, los conductores de rickshaws quizá se hayan derretido ya y se encuentren confundidos con el asfalto y las heces de las vacas. Me gustaría vigilarlos una vez más a través de un agujerito, pero allí seguirán, ya no para mi. India entera será ahora un hervidero de mierda, altares espontáneos a pie de calle, paisajes de ensueño al borde del mar, saris de colores, manadas de búfalos de agua, montañas de basura humeando en medio de un mercado, perros sarnosos disputándose una rata muerta con una bandada de cuervos, estanques de peces escondidos bajo las arcadas de mármol de un templo secreto, puestos de samosas de denso olor a aceite, barrios de chabolas infinitos y hediondos, pequeñas lagunas sépticas en las que se bañan los animales y los niños al lado de mojones casi disueltos, cadáveres incinerados a medias flotando en el río, ridículos templetes en los que se comercia con el espíritu, trenes bulliciosos y lentos como una tortuga, mendigos amputados y niños esclavos haciendo piruetas para vivir un día más. Todo ello seguirá ahí mucho después de que me haya ido. Y yo ya no seré testigo horrorizado. Yo estaré en otro sitio viendo otras cosas. ¿Viendo quizá a las niñas putas de Bangkok arracimadas en sus burdeles, retorciéndose sobre una peana para el farang ávido y hambriento? ¿O los espectros en la niebla de las montañas de Laos? ¿Saboreando fideos amargos al borde del Mekong? ¿Dónde estaré cuando muera aplastado contra el asfalto el niño que se colgaba de las ventanas del autobús de Chitwan?

Me queda una duda roedora: Todo lo que amé y amo y que tuve que dejar atrás ¿seguirá allí también para mi cuando regrese?

Dice Baudelaire que los verdaderos viajeros son los únicos que parten por partir y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!. Os confesaré un secreto: hacer lo que hago es mucho más fácil de lo que parece. Llevo doscientos días en ruta, y sé que llegaré a donde me proponga: sólo hay que tener paciencia para emprender este negocio. Los sueños se cumplen, a veces a pesar de ti mismo. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!. No me envidies nunca, yo no soy distinto a ti: allí seguirán todas las maravillas de este mundo esperándote si un día decides conocerlas. Repite conmigo: ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!. Que se convierta en tu mantra, y el mundo también será tuyo.

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