Así abandoné Pakistán y entré por fin en la India
¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia. Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
Una vez más, como tantas en este viaje, me siento el ser más privilegiado del mundo. Tras los muros del coqueto hotel al que me ha arrastrado un conductor suicida de rikshaw que sin duda se lleva una jugosa comisión, se debate desesperada y patéticamente la vida en la ciudad rosa de Jaipur. La vida que triunfa a pesar de la adversidad, surge del polvo y de la basura, enaltece al triste ser humano en lo más diminuto y lo más mezquino, en lo más heroico que cabe en la tierra y que se da en India en cualquier rincón: seguir sonriendo a pesar de que la vida te ha puesto en el sitio equivocado en el momento erróneo. No hay Luna esta noche sobre Jaipur. El jardín en el que me he sentado a cenar está iluminado tenuemente por unas lamparitas de aceite, trémulas y fatigadas. Una pareja gay, a escasos metros de mi, consulta la Lonely Planet entre murmullos de pajarito. En una esquina del jardín, un muchacho de unos doce años se desgañita canturreando una versión hindú desgarrada y algo patética de una desconcertante mezcla de Frêre Jacques y Macarena, acompañado de un tambor que, a mi juicio, podía meterse por el culo.
En Jaipur, India.
Día 144 de viaje. 18ºC. Leyendo Doce Cuentos Peregrinos, de Gabriel Garcia Marquez
Por fortuna, había encontrado un lugar ideal en el que guarecerme de la tórrida y aséptica Islamabad. La capital de Pakistan es una cárcel de oro: sus enormes avenidas rectilíneas, diseñadas sin el menor amor, castigadas por un eterno sol de justicia, me fatigaban en extremo. Me había marcado hacer una cosa cada día, y lo cierto es que para poco más daban mi cuerpo y mi mente. Poco a poco, fui conociendo a gente variopinta que habita la ciudad. Sylvan, un genio matemático que trabaja en la industria aeronáutica, actuó de enlace con los expats, esa raza envidiada por muchos de personas que viven en el extranjero, como en un eterno Gran Hermano, que se aislan de lo que les rodea, forman una piña irregular y consiguen productos imposibles para seguir tirando, como cervezas o café. Con él asistí a alguna que otra partida ilegal de poker (en la República Islámica de Pakistán está prohibido el juego) o a alguna más que ñoña fiesta en el Enclave Diplomático. Para los expats, yo era una figura exótica en sus vidas monótonas y aburridas, encerrados en sus lujosas casas tras muros de hormigón y alambre de espino. Conocí a Sylvan de pura casualidad: cuando cruzaba el Karakorum, se paró a mi lado junto con un amigo suyo, que conducía una enorme Teneré nuevecita. Estaban recorriendo la zona norte juntos, en unos días de asueto. La camaradería motera, que todavía me sorprende tras tanto tiempo fuera, hizo el resto.
Islamabad, la cárcel de oro
Apenas guardo recuerdos de Islamabad. Si te describiera una ciudad de enormes avenidas y mucho verde, podrías tener una idea equivocada. Lo cierto es que apenas se distinguen edificios, por lo que Islamabad bien pudiera parecer una cuadrícula de autopistas edificadas en una planicie a los pies del Himalaya. Todo es una inmensidad de matojos devorados por el sol incesante. La ciudad está dividida por sectores, las direcciones de las casas son algo así como “casa dieciséis, calle veintidós, sector G-5-a”. A la entrada y salida de cada sector, una barricada de hormigón, cuatro policías a los que nadie hace caso. Algunos sectores son ciertamente pintorescos y provocan un sentimiento encontrado de pena y pavor: Sin ir más lejos, el edificio del Hotel Marriot, al lado del enclave gubernamental, al que no pueden acceder los taxis, asemeja un centro de confinamiento de alta seguridad, con sus torretas de vigilancia, sus sacos de arena, sus barreras blindadas, sus feroces guardias protegidos tras aparatosos chalecos antibalas. Toda la ciudad está tomada por los Kalashnikov y los arcos de seguridad, cada pequeño gesto cotidiano, como ir a un cajero o entrar a un Pizza Hut, está precedido de un cacheo minucioso. Y el calor que lo inunda todo. Y las distancias infinitas de un punto a otro.
Tuve la suerte de conocer a un loco de las motos, sin el que no podría haber resuelto mis problemas conyugales con Fefa: Tahir trabaja de secretario en la Administración, y el sueño de su vida es conducir una moto grande. No puede, porque vive en Pakistán, y las únicas motos a las que tienen acceso ahí son las pequeñas Honda de 125 centímetros cúbicos. Llegué a él por medio de otro loco de las motos, Omar, un médico retirado que vive en Lahore y cuya mayor pasión es montar sus pequeñas motos en autobuses, e ir a las montañas del norte a conducirlas. Tahir me encontró un mecánico capaz de cambiarle el embrague a Fefa, localizó un artista de la decoración de camiones pakistaníes para embellecer el depósito, y trasladó a Fefa de una punta a otra de Islamabad para conseguir que todo, al final, se resolviera puntualmente. Cada vez que lo llamaba lo metía en un lío y, sin embargo, Tahir recibía mis encargos y caprichos con una paciencia y un entusiasmo dignos de admiración.
- ¡¡¡DON’T WORRY MAN!!! -chillaba, radiante.
- Ya, pero has hecho tanto por mi… déjame que te invite a comer, al menos.
- ¡¡¡DON’T WORRY MAN!!!
Fefa llegó a Islamabad bastante perjudicada, tras una semana larga dando tumbos en un gran camión de mercancías. Tahir me llevó, radiante y decidido, hasta la empresa de transportes. Negoció una pequeña Suzuki en la que montamos a pulso a Fefa, la atamos con un alambre, y la llevamos dando botes imposibles, en medio de la noche, desde Rawalpindi a Islamabad. Yo seguía la Suzuki de cerca en un pequeño taxi, y en cada bache estaba seguro de que la moto se descolgaría y caería rodando sobre el asfalto o, lo que es peor, sobre el millar de motos que la rodeaban pitando y efectuando adelantamientos imposibles. Pero no. Todavía no sé cómo, la moto permaneció impasible sobre la Suzuki en precario equilibrio, cubierta de sacos de arpillera y con un aire levemente ofendido. Llevamos a la pobre Fefa, rebozada en el polvo y moribunda, hasta el pequeño hotelito donde me alojaba. La depositamos como un fardo en un rincón, y ahí se quedó esperando el embrague. Los días transcurrieron muy despacio, hasta que, por fin, un hombrecillo de color chocolate llamó a mi puerta y depositó entre mis trémulas manos una caja procedente de Madrid (gracias, 2TMoto). Fefa volvió a subirse a una Suzuki, y volvió a botar como una pelota de camino al taller, donde el único mecánico de Pakistán especializado en japonesas de gran cilindrada le dio tal repaso, que todavía hoy la noto desahogada y rumbosa (*).
Cuando volvía con la moto, ebrio de gozo, saboreando el tacto delicioso del embrague nuevo y el ronroneo de un motor saneado y limpio, hice una mínima corrección a doscientos metros del hotel, frenando un poquiiiito para no chocar con un taxi que venía en mi dirección a una velocidad cercana a la luz. Debí de hacerlo justo sobre una mancha de aceite, porque lo siguiente que recuerdo es un dolor lacerante en mi rodilla izquierda: había ido sin el mono de cuero ni protección alguna al taller, así que esta estúpida caída me dejó mi primer rasguño en 16.000 kilómetros. Un rasguño que, por cierto, iba a marcar de forma involuntaria mi viaje por India.
Lo único que pidió Tahir a cambio de su apoyo incondicional fue que diéramos juntos un paseo en moto por Islamabad. Ese último día lo recuerdo con un grandísimo afecto, pese a que tenía ocupada mi mente en la carretera que me esperaba y en el dolor lacerante de la rodilla. A la mañana siguiente, muy temprano, empaqueté todas mis cosas y enfilé rumbo a Lahore.
Lahore está a unas cinco horas de distancia de Islamabad, siguiendo una autopista deliciosa practicamente vacía de vehículos. Las motos de cilindradas inferiores a los 500cc (es decir, todas las motos locales) están prohibidas, por lo que un checkpoint en el peaje te para sistemáticamente. Como ya conocía esta circunstancia, enfilé directamente hacia ellos, me bajé corriendo de la moto y procedí a un número largamente ensayado previamente en otros miles de checkpoints que el camino ha ido dejando atrás.
- Hello sir! -exclamé sacando mi documentación-. Carnet de passages, permiso de conducir internacional, ficha técnica, la cilindrada, permiso de circulación, permiso de conducir nacional, mi pasaporte, el visado.
Lo enumeré todo con tal precisión, enseñándoles cada cosa tan profesionalmente, que no tuvieron más remedio que hacerse a un lado y dejarme ir.
La carretera era impecable, y Fefa y yo la disfrutamos como una pareja de amantes que se reencuentra apasionadamente tras estar distanciados largo tiempo. Los policías del camino me iban parando para charlar un rato e invitarme a té. El mundo volvía a ser planicies amplias y cielos azules. Sonreí. La autopista adormeció mis sentidos y, cuando quise darme cuenta, divisé a ambos lados de la carretera unas ciénagas putrefactas en las que se rebozaban enormes búfalos de agua, resoplando y hozando con movimientos parsimoniosos. A su lado, una sucesión casi infinita de chabolas hechas de palos y sacos. Y más allá, pequeñas casas cuadradas pintadas de ocre. El tráfico se hizo denso e insolidario. Regresaron las bocinas, aparecieron los primeros mugrientos semáforos a los que nadie hacía caso. Estaba en Lahore.
Lahore, la frontera del sur
Me encontré dando tumbos sin demasiado sentido por unas avenidas densamente pobladas, que bordeaban un canal de agua por el que discurría un arroyo nauseabundo de color chocolate. Paré a preguntar, pero nadie sabía decirme dónde podría encontrar un hotel decente. Seguí avanzando dando palos de ciego, hasta que divisé una unidad móvil de una televisión local entre el gentío y el tráfico demoníaco. Como era de esperar, el reportero hablaba un inglés más que decente. Me dirigió sin contemplaciones a un hotelucho bastante sórdido pero muy bien situado, al lado de una de las arterias comerciales de la capital. Cuando por fin aparqué la moto, apenas podía pensar con el calor y el dolor de la pierna. A lo largo del trayecto, había descubierto que la herida se calienta muchísimo dentro de las protecciones del mono, y que la humedad ambiente hace que la curación se dilate y el dolor se multiplique. Pasé una noche muy mala, untándome Betadine y gimiendo de dolor bajo un ventilador perezoso, acompañado por el Discovery Channel en Hindi y el sonido omnipresente de las mezquitas cantando suras a la madrugada.
A la mañana siguiente volvió a aparecer el reportero de la televisión local. Quería hacer un pequeño reportaje con mi locura, así que pasamos la mañana remoloneando y grabando planos. Esa tarde fui invitado a comer por Omar, el presidente del Pakistani Bikers Club. Había atravesado el país, en gran medida, por su culpa: Lo contacté a través de un foro para conocer el estado de las carreteras tras las inundaciones. Sus fotos y sus explicaciones no fueron muy convincentes, pero sí lo fue un argumento que me empujó a cruzar el Karakorum: “Fabián, Pakistan es un país difícil. Pero aquí viven ciento ochenta millones de personas: no deje de descubrir nuestra hospitalidad por lo que lee en los medios, que afecta sólo a un pequeño porcentaje de la población”.
Los medios. Siempre los medios. Dirigiendo las mentes colectivas, empañando la imagen de los pueblos. Adormeciendo. Dibujando una realidad paralela, apenas esbozada en dos párrafos para llenar un hueco en un papel.
Conocí a Omar por fin en su casa de Lahore. Inmediatamente me cayó bien. Su acento británico perfecto y su salón lleno de alfombras y muebles de caoba, con ventiladores mimosos, paredes de color crema, cristales esmerilados, relojes de pared y sofás de terciopelo me trasladó a mi adolescencia lisboeta, donde viví los últimos estertores del Portugal postcolonial. No hice justicia a Lahore. El dolor de la pierna y el clima insoportable me alejaron de sus calles. Sólo quería dar el salto a India cuanto antes, así que a la mañana siguiente enfilaba hacia la frontera de Wagha.
El país con más personalidad del mundo
India te golpea. Te aturde. Cada rincón de este país sólo puede ser India. Nada más cruzar la frontera, las bandadas de viejecitos barbudos y escuálidos con turbante naranja, de mujeres cargando leña vestidas con saris multicolores, te anuncian que por fin has llegado. Los rickshaws rebosantes de mercancías imposibles, las traqueteantes y aristocráticas Royal Enfield, los monos traicioneros, los rebaños de elefantes y de dromedarios y de búfalos de agua, los niños amputados pidiendo en los semáforos, las vacas dormidas en mitad del asfalto, los perros sin dueño reventados en la cuneta, los barberos improvisados afeitando bajo los árboles frondosos y ante un trozo de espejo roto, las viejas ciegas mendigando con latas llenas de aceite para que no les roben las monedas, las trepadoras frondosas y floridas ahogando las palmeras, los templos de colores chillones con grandes figuras de dioses caricaturescos escondidos tras la bruma y los arbustos, los infames puestos médicos al lado de montañas humeantes de basura en las que hozan cerdos descomunales… todo huele a India, sabe a India, suena a India. El país no da un minuto de tregua, está presente en cada rincón y en cada suspiro, cada mirada que lanzas a tu alrededor está impregnada de India y su mierda, su polvo, sus pájaros multicolores chillando bajo el cielo encapotado por la polución, el murmullo del agua sagrada, las bocinas imposibles de mil coches, tractores con el motor al aire rebozados en grasa, autobuses rescatados del desguace, camiones que sobraron del rodaje de Mad Max. Y la gente, gente, gente, gente, gente, gente que se desplaza sin parar en todo tipo de vehículos: silenciosos y ronroneantes, veloces y febriles, modernos y decrépitos. Gente cagando en las esquinas, gente con miradas puras, despreocupadas y alegres, niños volviendo del colegio y mujeres regateando una docena de plátanos a un anciano sin piernas, gente dormitando en camas improvisadas bajo un árbol raquítico, revolviendo meticulosamente en la basura, rezando ante el río con devoción, mendigando, arrastrándose por el lodo sobre sus muñones deformes, tocando campanas en templos de cartón, gente saltando de autobuses en marcha, pedaleando bajo el sol inmisericorde bicicletas oxidadas, elaborando meticulosamente ladrillos de estiercol, comiendo naan podrido, cavando zanjas con las manos desnudas, pastoreando cabras engalanadas con abalorios, embadurdándose con jabón bajo la lluvia, cantando a voz en grito a la puerta de los templetes, jugando con cometas hechas de papel de periódico, colgada de andamios de bambú, montada con indiferencia en mayestáticos elefantes, gente peleándose con un osado mono por un trozo de papaya, gente abanicándose con un cartón ajado, gente muriéndose discretamente bajo el sol.
Todavía enardecido por el paisaje que desfilaba a mi alrededor, me metí de cabeza en Amritsar. Nadie me había advertido que entraba en un centro de peregrinación imposible, excesivo, único en su especie. Tras pelearme con un millón de personas montadas en todo tipo de vehículos traicioneros y tras caer rendido en el hotel, decidí ver de noche el Templo Dorado. Y me transporté a un universo paralelo. El sonido mareante de los cánticos gritados hasta la extenuación desde los altavoces, la gente diseminada sobre el suelo de mármol como hojas muertas en otoño, los santones parapetados tras vitrinas de cristal leyendo en silencio enormes libros repujados ante la mirada arrobada y absorta de los fieles, el delicado aroma del incienso y el agua sucia del lago sobre el que parece flotar el templo, el ensordecedor entrechocar de los platos de metal de los fieles que comen en el comedor comunitario, el runrún del dormitorio gratuito al lado del lago… Se me pasaron dos horas volando, deambulando azarosamente como un sonámbulo entre la muchedumbre. Al salir, en unos parterres marchitos olvidados en una esquina de la calle, India me regaló la última imagen antes de irme a la cama: dos enormes mariposas negras, una con diminutas pecas naranjas y otra con pequeñas motas blancas, revoloteaban danzando como espíritus del aire a la tenue y amarilla luz de una farola. Entrechocaban sus alas con violencia como guerreros danzarines samurais ataviados con kimonos holgados. Llegó hasta mi el murmullo de sus alas golpeándose y tropezando, que se abrió paso mágicamente sobre el rugido de la muchedumbre y el tráfico imposible. Se lanzaban en picado, una sobre otra, acaloradas, impetuosas, ardorosas, haciéndose daño, enrevesándose, confundiéndose en un borrón negro. Por fin, sin aliento, se posaron en el bordillo de la acera, palpitantes, erizadas. Me senté a su lado con reverencia, y las observé copular con desesperación, entrechocando sus cuerpos ahusados, trémulas sus alas, vibrantes sus antenas negras como el azabache. A escasos metros de mi, un niño sin brazos pedía dinero a una hermosísima muchacha que lo ignoraba tras un sari verde decorado con pedrerías. Una vaca agonizaba tumbada sobre un costado, sangrando copiosamente por el ano, y sus desesperados mugidos de dolor cortaban la respiración. Y Amritsar seguía ronroneando como un tigre que duerme, plácido, bajo la noche india.
(*) NOTA: Se hablará largo y tendido de la avería y su reparación en un futuro post de making of. No lo hago aquí por no romper el ritmo narrativo.
Si has disfrutado de este artículo, puedes (debes) retribuírmelo compartiéndolo en Facebook, Twitter, Menéame o Tuenti
Simplemente haz click en los enlaces y se abrirán en una ventana nueva los distintos servicios. Así de fácil. Hazlo. Ya. 

















Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 1 year ago
Diossss, noto el olor de esas calles, el dolor en la pierna, el calor, el sofoco,…..buffff y eso que hoy esta nublado aqui en Barcelona y estamos a unos 13º.
Gracias por enesima vez por llevarnos en tu maleta a ese lugar tan exotico!
Espero que se te este pasando ya lo de la rodilla.
¡Un abrazo!
(yo también me voy corriendo a la siguiente entrada….)
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
corro a la próxima entrada, a ver que es de tu rodilla, espero que estés bien!!
gracias!
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
La foto parece ser de Madrid… La sierra al fondo…. las torres a la izquierda…. los puentes de la M30 o M40 o lo que sea…
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Felicidades por el relato Fabian,me ha encantado macho por un momento creia que era yo el que estaba ahi.Espero que se te baya kitando lo de la rodilla pues yo tambien tuve una de esas hace un mes en el mismo sitio y se lo que molesta a mi me ha hido muy bien con una pomada llamada FURACIN es como un regenerador de piel que al mismo tiempo te mantiene hidratada la herida y asi no te tira tanto cuando hace el juego la rodilla.En cuanto a Fefa esta preciosa aunke haya tenido heridas de guerra su corazon seguira latiendo para traerte de nuevo a casa con tu familia y vaca.Ayer estuve con mi primo en 2T moto de Yuncos a por dos crambuster o como se llame(lo que va en el acelerador) y la verdad que nos gusto su utilidad en carretera.Alli estuvimos charlando un poko sobre tu azaña y todos coincidimos de que lo estas haciendo genial y de tu buena preparacion en cuanto a conocimientos de idioma,informatica y desemvolverte por los mundos de dios.Eres un genio,sigue asi que nos estas haciendo disfrutar.Un abrazo.Voy contigo.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Enhorabuena Fabián por tu aventura. Desde Tenerife también se te sigue con muchas ganas.Una curiosidad, dices que un taxiste que venía en sentido contrario te hizo frenar y caer, como estas de la rodilla? ¿haz tenido más sustos o caídas a lo largo del viaje?
Ánimo y mucha suerte.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Hasta el momento, este ha sido mi único rasguño… pero será protagonista de mi próxima entrada, ya veréis. Gracias por preguntar.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Estoy deseando leer lo del Yoga!!!
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Que gozada leer de nuevo un capítulo tan fornido de descripciones sublimes…de verdad, por un momento..me he quedado absorto en la lectura y he disfrutado de lo lindo, gracias. Los pequeños detalles que nunca se te escapan hacen de tus narraciones vivencias tan reales que te transportan sin límite por los lugares donde te mueves..
Carai con la India…tan llena, tan sórdida..tan viva.
Adelante compañero!
Saludos desde Andorra
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
“…un niño sin brazos pedía dinero a una hermosísima muchacha.”
Que al anda el tema de las muchachas, bribón?…la Fefa tambíen tiene su pequeño recodo para esconder los sistemas de precaución para desfogues multiraciales?…lo sé, eso quedará en tu círculo más intimo de amistades, pero cada país tiene que tener su “própia cultura” también, no?…jejejje…
Un saludo fuerte Fabián desde el País del cava.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
El escandaloso silencio de las personas buenas.
Leo sobre la india que cuatro de las religiones más importantes del mundo, el hinduismo, el budismo, el jainismo y el sijismo se originaron aquí, mientras que otras religiones como el zoroastrismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam llegaron durante el primer milenio,(tal como contamos nosotros el tiempo) dando forma a diversas culturas de la región.
¿Porque los dioses nos abandonan Hércules? .Dice Nietzsche que porque somos débiles y creemos más en ellos que en nuestra fuerzas. Estos relatos tuyos llevarían a pensar a mis progenitores, que este país está abandonado de la mano de dios, y sin embargo tienen dioses en todas partes, en el elefante, en la vaca, en el rio, en el humo, en el aire.
Para un occidental apóstata y algo mas, es obligatorio acudir al “realismo mágico” como haces tú para entender sin sufrimiento al “humane” que se asocia en castas y tribus y etnias para tener identidad, vivir y morir en paz.
India es una república compuesta por 28 estados y siete territorios de la unión, con un sistema de democracia parlamentaria. Asombra pensar leyendo tus relatos que esta nación,”” con niños sin brazos, con arboles raquíticos, con cerdos que hozan con gente que muere discretamente, hayan votado tener y tengan una bomba atómica.
Solo tu realismo mágico haciendo crecer flores de entre la mierda de los parterres malditos y olvidados; solo tu repetición de la realidad imposible hace soportable la contemplación serena de las “ papillones noirs” ( salieron de las cabezas de los niños sin brazos y son en realidad sus pesadillas tristes que revolotean junto a los moteros); solo tu realismo mágico nos hace creer que de los muñones de los viejos que piden arrastrándose, salen sonrisas que te miran a los ojos y entienden por qué no les das limosna.
Tus palabras elegidas hacen soportable la realidad de las imágenes que envías en tu “audio-vemos”, y entendemos que necesites tantos colores fuertes calientes y chillones al conseguir esta magia necesaria para no odiar a alguien por tanta realidad. No me asombra que los niños sonrían, me asombra que los ancianos lo hagan también, aunque ellos no sepan para que sirve una bomba nuclear porque consiguieron su independencia en 1947 mediante la política de “no violencia”
Cuida tu imaginación que te ayudará a soportar los olores de las “casillas” difíciles de saltar.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
¿Y ves algo de Yoga por allí? Porque todo el que conozco que ha ido a India me dice que por allí ni hace Yoga ni rita. ¿Tú como lo ves? Y aprovecho para preguntarte ¿haces las rutinas? ¿Te van bien? Saludos.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Lo del yoga lo cuento en el siguiente capítulo. Te reirás.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Menos mal, ya me tenia preocupado la falta de noticias, me alegra que todo vaya bien. Lo dije y lo repito, si tu mecánico viste de blanco inmaculado y no se ha manchado es porque es un buen mecánico, por aquí todos van con monos azules que pasan a negro en algunas zonas por efecto del aceite y la grasa. Ten cuidado con India, no te involucres con su población, la India cambia a la gente que la visita y no me gustaría que fundaras una ONG con la Fefa y abandonaras el viaje en el que nos has metido. Salud y fuerza, te seguimos.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Muy buena la cronica pero … yo no me imagino a Fefa subida en una pequeña Suzuki, no sacastes fotos? o era una furgoneta Suzuki?
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Claro que era una furgoneta!!! jojojojó
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
El casco quedo bastante floclórico, pero muy buen trabajo el que hicieron con el.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Excelente crónica, esta de lujo y muy bien contada tal como deben ser las historia
En algunas partes del mundo la vida es sumamente miserable e ínfima, supurando por cada rincón por donde se mire, y con esas palabras se agudizan mas las sensaciones de repudio y asco.
Cambiando de tema cuantos libros de Gabo ha leido ya????
muchos saludos
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Hola Favian! Ole tus … He viajado 10 meses en la India en moto con mi mujer y lo que mas nos justo fue por Leh, Ladak, estas carretera para himalaya fue de lo mejor de lo mejor, hacindo rutas de 10 horas para poder ver aquellas majestuosas montañas.Evitavamos las grades ciudades en la India,demasiado estressssss. Tambien estubimos en Buthan, caro pero merece la pena!! Un abrazo salud y km!!
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Después del KKH, no quiero ver montañas en mucho tiempo. ¿Diez meses en moto por aquí? ¿Y seguís vivos?. Uau.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
La India nunca sera indiferente para el viajero,en cada esquina en cada metro siempre ahi algo sorprendiendote para bien o para mal.
.Gracias por llevarnos Fabián.
Algunos dicen que es una anarquía que funciona..para mi un basurero temático,es muy muy duro, pero me quedo la paciencía de sus gentes,la sonrisa de sus niños y la honestidad de los Sij.
Por cierto si quieres comer comida Italiana muy buena: LITTLE ITALY k.k.Square,c/ 11,Prithviraj Road,Ashok Marg,Jaipur-302 001.Si no te gusta te pago la comida cuando vuelvas
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
ME encanta la civilización, ¡ánimo!
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Gracias por sentirnos allí!estariamos horas escuchandote,digo…leyendote.Cuidate amigo!!!!
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Desde luego te digo que tu relato es pura poesia y que es imposible quedarse impasible despues de leerlo. FANTASTICO. Espero que tu pierna ya esté mejor y que Fefa haga furor el resto del viaje. Gracias y un abrazo amigo. Tita
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Mmmmm, no es música celestial ya que loleo…pero me ha encantado tu relato, reconozco cada olor, sabor y otra vez olor de la INdia en tus palabras…y las miradas, la gente, el follón de las calles…me has hecho volver durante unos minutos a ese mágico y mugriento país. Namaste!!
PD. Te mando más ánimos y aunque no te des cuenta, viajo contigo y Fefa (que por cierto, está preciosa ;-P)
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Grande Fabian, todo un gustazo leerte.
Vsssssssssss
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Muy bueno el relato, y genial la forma la descripción que haces de la muerte sin aspavientos: discretamente bajo el sol. (el monitor en nuestro caso…)
Enhorabuena!
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
que bien me siento al saber que un hermano motero cumple poco a poco un sueño que muchos quisieran alcansar, verdaderamente esta asaña es sin duda no la unica en el mundo pero si una de las mas dificiles sabiendo que el argentino Gustavo Cieslar le dio la vuelta al mundo en una Yamaha 125, pero lo realizo en casi 6 años, pero tu fabian lo piensas hacer en muchisimo menor tiempo y eso lo convierte en una gran aventura…. saludos desde de venezuela…
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Hola,
¿Podrías poner el enlace del programa de TV pakistaní?
Gracias y saludos
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Creo que hay que ser amigo de Omar para verlo. Ten en cuenta que yo ya no estaba en Pakistan cuando se emitió, así que lo subió él a su perfil de Facebook.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Espectacular este relato!!! Muy pocas personas han vivido esta experiencia como lo haces tú. Felicidades.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Me gustó la descripción detallada, gracias.
Gran crónica, creo que estás en las antípodas del capitalismo, si querías vaciarte ese es el lugar sin duda.
La gente regala sonrisas sin tener nada.
Si vas a Australia ya no estarás tan lejos de nuestra sociedad consumista como en La india o pakistán a,.
Creo que has usado mucho en la narración, el calificativo imposible, te lo digo por si lo quieres modificar.
Yo lo he leído muy atentamente con gran satisfacción.
Lamento la peligrosidad del trafico.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
GRACIAS Fabian por trasladarme de nuevo a a la India ! NAMASTE
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Espectacular el relato, espectacular como ha quedado la moto y MÁGICO EL CASCO!! Veo que definitivamente has abandonado el estilo “Total Black”.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
¡¡La Fefa se ha vestido de gala, despojándose de luto para vestir los colores de la India, que son todos!!
Muchas gracias por compartir tus experiencias con nosotros, tristes jinetes montados en silla grises de oficina, soñando que vamos a rueda tuya.
V’ssss y nos llevas en la maleta.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Qué bien tiene que sonar un DON’T WORRY MAN, cuando estás lejos. Eso sí que tiene que ser música celestial.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Jajaja …acompañado de un tambor que, a mi juicio, podía meterse por el culo” No puedo evitar leer estas palabras que te salen en tu relatos de una forma u otra..
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Lo mal que toca el hijo de Satán…
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Qué tal el libro de García M que estás leyendo??
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Gabbo siempre convence
Puedes bajártelo de mi miniforo de documentación.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Tus relatos son mágicos! Estoy segura que la familia de <Looking leera con detenimiento tu relato de la entrada a India. Ellos irán a la boda de la hermana menor en diciembre.
Me encanta Fefa y tu casco. Lo malo de que se lo vaya a enseñar a Pablo es que me va a pedir una moto y un casco como el del tío Fabián????
Besos desde Pozuelo
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
Felicidades: me has hecho llorar.
Tu voto:
0
0
about 1 year ago
¡Qué miserable hacen sentir tus experiencias la vida propia!……
Tu voto:
0
0