close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Una vez más, como tantas en este viaje, me siento el ser más privilegiado del mundo. Tras los muros del coqueto hotel al que me ha arrastrado un conductor suicida de rikshaw que sin duda se lleva una jugosa comisión, se debate desesperada y patéticamente la vida en la ciudad rosa de Jaipur. La vida que triunfa a pesar de la adversidad, surge del polvo y de la basura, enaltece al triste ser humano en lo más diminuto y lo más mezquino, en lo más heroico que cabe en la tierra y que se da en India en cualquier rincón: seguir sonriendo a pesar de que la vida te ha puesto en el sitio equivocado en el momento erróneo. No hay Luna esta noche sobre Jaipur. El jardín en el que me he sentado a cenar está iluminado tenuemente por unas lamparitas de aceite, trémulas y fatigadas. Una pareja gay, a escasos metros de mi, consulta la Lonely Planet entre murmullos de pajarito. En una esquina del jardín, un muchacho de unos doce años se desgañita canturreando una versión hindú desgarrada y algo patética de una desconcertante mezcla de Frêre Jacques y Macarena, acompañado de un tambor que, a mi juicio, podía meterse por el culo.

En Jaipur, India.
Día 144 de viaje. 18ºC. Leyendo Doce Cuentos Peregrinos, de Gabriel Garcia Marquez

La sosa Islamabad, con el nacimiento del Himalaya al fondo

La sosa Islamabad, con el nacimiento del Himalaya al fondo

Por fortuna, había encontrado un lugar ideal en el que guarecerme de la tórrida y aséptica Islamabad. La capital de Pakistan es una cárcel de oro: sus enormes avenidas rectilíneas, diseñadas sin el menor amor, castigadas por un eterno sol de justicia, me fatigaban en extremo. Me había marcado hacer una cosa cada día, y lo cierto es que para poco más daban mi cuerpo y mi mente. Poco a poco, fui conociendo a gente variopinta que habita la ciudad. Sylvan, un genio matemático que trabaja en la industria aeronáutica, actuó de enlace con los expats, esa raza envidiada por muchos de personas que viven en el extranjero, como en un eterno Gran Hermano, que se aislan de lo que les rodea, forman una piña irregular y consiguen productos imposibles para seguir tirando, como cervezas o café. Con él asistí a alguna que otra partida ilegal de poker (en la República Islámica de Pakistán está prohibido el juego) o a alguna más que ñoña fiesta en el Enclave Diplomático. Para los expats, yo era una figura exótica en sus vidas monótonas y aburridas, encerrados en sus lujosas casas tras muros de hormigón y alambre de espino. Conocí a Sylvan de pura casualidad: cuando cruzaba el Karakorum, se paró a mi lado junto con un amigo suyo, que conducía una enorme Teneré nuevecita. Estaban recorriendo la zona norte juntos, en unos días de asueto. La camaradería motera, que todavía me sorprende tras tanto tiempo fuera, hizo el resto.

Islamabad, la cárcel de oro

Apenas guardo recuerdos de Islamabad. Si te describiera una ciudad de enormes avenidas y mucho verde, podrías tener una idea equivocada. Lo cierto es que apenas se distinguen edificios, por lo que Islamabad bien pudiera parecer una cuadrícula de autopistas edificadas en una planicie a los pies del Himalaya. Todo es una inmensidad de matojos devorados por el sol incesante. La ciudad está dividida por sectores, las direcciones de las casas son algo así como “casa dieciséis, calle veintidós, sector G-5-a”. A la entrada y salida de cada sector, una barricada de hormigón, cuatro policías a los que nadie hace caso. Algunos sectores son ciertamente pintorescos y provocan un sentimiento encontrado de pena y pavor: Sin ir más lejos, el edificio del Hotel Marriot, al lado del enclave gubernamental, al que no pueden acceder los taxis, asemeja un centro de confinamiento de alta seguridad, con sus torretas de vigilancia, sus sacos de arena, sus barreras blindadas, sus feroces guardias protegidos tras aparatosos chalecos antibalas. Toda la ciudad está tomada por los Kalashnikov y los arcos de seguridad, cada pequeño gesto cotidiano, como ir a un cajero o entrar a un Pizza Hut, está precedido de un cacheo minucioso. Y el calor que lo inunda todo. Y las distancias infinitas de un punto a otro.

En el taller del artesano de decoración de camiones. Tahir es el de la derecha.

En el taller del artesano de decoración de camiones. Tahir es el de la derecha.

Tuve la suerte de conocer a un loco de las motos, sin el que no podría haber resuelto mis problemas conyugales con Fefa: Tahir trabaja de secretario en la Administración, y el sueño de su vida es conducir una moto grande. No puede, porque vive en Pakistán, y las únicas motos a las que tienen acceso ahí son las pequeñas Honda de 125 centímetros cúbicos. Llegué a él por medio de otro loco de las motos, Omar, un médico retirado que vive en Lahore y cuya mayor pasión es montar sus pequeñas motos en autobuses, e ir a las montañas del norte a conducirlas. Tahir me encontró un mecánico capaz de cambiarle el embrague a Fefa, localizó un artista de la decoración de camiones pakistaníes para embellecer el depósito, y trasladó a Fefa de una punta a otra de Islamabad para conseguir que todo, al final, se resolviera puntualmente. Cada vez que lo llamaba lo metía en un lío y, sin embargo, Tahir recibía mis encargos y caprichos con una paciencia y un entusiasmo dignos de admiración.

Fefa en el ginecólogo

Fefa en el ginecólogo

- ¡¡¡DON’T WORRY MAN!!! -chillaba, radiante.
- Ya, pero has hecho tanto por mi… déjame que te invite a comer, al menos.
- ¡¡¡DON’T WORRY MAN!!!
Fefa llegó a Islamabad bastante perjudicada, tras una semana larga dando tumbos en un gran camión de mercancías. Tahir me llevó, radiante y decidido, hasta la empresa de transportes. Negoció una pequeña Suzuki en la que montamos a pulso a Fefa, la atamos con un alambre, y la llevamos dando botes imposibles, en medio de la noche, desde Rawalpindi a Islamabad. Yo seguía la Suzuki de cerca en un pequeño taxi, y en cada bache estaba seguro de que la moto se descolgaría y caería rodando sobre el asfalto o, lo que es peor, sobre el millar de motos que la rodeaban pitando y efectuando adelantamientos imposibles. Pero no. Todavía no sé cómo, la moto permaneció impasible sobre la Suzuki en precario equilibrio, cubierta de sacos de arpillera y con un aire levemente ofendido. Llevamos a la pobre Fefa, rebozada en el polvo y moribunda, hasta el pequeño hotelito donde me alojaba. La depositamos como un fardo en un rincón, y ahí se quedó esperando el embrague. Los días transcurrieron muy despacio, hasta que, por fin, un hombrecillo de color chocolate llamó a mi puerta y depositó entre mis trémulas manos una caja procedente de Madrid (gracias, 2TMoto). Fefa volvió a subirse a una Suzuki, y volvió a botar como una pelota de camino al taller, donde el único mecánico de Pakistán especializado en japonesas de gran cilindrada le dio tal repaso, que todavía hoy la noto desahogada y rumbosa (*).
Cuando volvía con la moto, ebrio de gozo, saboreando el tacto delicioso del embrague nuevo y el ronroneo de un motor saneado y limpio, hice una mínima corrección a doscientos metros del hotel, frenando un poquiiiito para no chocar con un taxi que venía en mi dirección a una velocidad cercana a la luz. Debí de hacerlo justo sobre una mancha de aceite, porque lo siguiente que recuerdo es un dolor lacerante en mi rodilla izquierda: había ido sin el mono de cuero ni protección alguna al taller, así que esta estúpida caída me dejó mi primer rasguño en 16.000 kilómetros. Un rasguño que, por cierto, iba a marcar de forma involuntaria mi viaje por India.

Fefa y yo ante la Mezquita Faisal, una de las mezquitas más grandes del mundo

Fefa y yo ante la Mezquita Faisal, una de las mezquitas más grandes del mundo

Lo único que pidió Tahir a cambio de su apoyo incondicional fue que diéramos juntos un paseo en moto por Islamabad. Ese último día lo recuerdo con un grandísimo afecto, pese a que tenía ocupada mi mente en la carretera que me esperaba y en el dolor lacerante de la rodilla. A la mañana siguiente, muy temprano, empaqueté todas mis cosas y enfilé rumbo a Lahore.

Lahore está a unas cinco horas de distancia de Islamabad, siguiendo una autopista deliciosa practicamente vacía de vehículos. Las motos de cilindradas inferiores a los 500cc (es decir, todas las motos locales) están prohibidas, por lo que un checkpoint en el peaje te para sistemáticamente. Como ya conocía esta circunstancia, enfilé directamente hacia ellos, me bajé corriendo de la moto y procedí a un número largamente ensayado previamente en otros miles de checkpoints que el camino ha ido dejando atrás.
- Hello sir! -exclamé sacando mi documentación-. Carnet de passages, permiso de conducir internacional, ficha técnica, la cilindrada, permiso de circulación, permiso de conducir nacional, mi pasaporte, el visado.
Lo enumeré todo con tal precisión, enseñándoles cada cosa tan profesionalmente, que no tuvieron más remedio que hacerse a un lado y dejarme ir.
La carretera era impecable, y Fefa y yo la disfrutamos como una pareja de amantes que se reencuentra apasionadamente tras estar distanciados largo tiempo. Los policías del camino me iban parando para charlar un rato e invitarme a té. El mundo volvía a ser planicies amplias y cielos azules. Sonreí. La autopista adormeció mis sentidos y, cuando quise darme cuenta, divisé a ambos lados de la carretera unas ciénagas putrefactas en las que se rebozaban enormes búfalos de agua, resoplando y hozando con movimientos parsimoniosos. A su lado, una sucesión casi infinita de chabolas hechas de palos y sacos. Y más allá, pequeñas casas cuadradas pintadas de ocre. El tráfico se hizo denso e insolidario. Regresaron las bocinas, aparecieron los primeros mugrientos semáforos a los que nadie hacía caso. Estaba en Lahore.

Lahore, la frontera del sur

Me encontré dando tumbos sin demasiado sentido por unas avenidas densamente pobladas, que bordeaban un canal de agua por el que discurría un arroyo nauseabundo de color chocolate. Paré a preguntar, pero nadie sabía decirme dónde podría encontrar un hotel decente. Seguí avanzando dando palos de ciego, hasta que divisé una unidad móvil de una televisión local entre el gentío y el tráfico demoníaco. Como era de esperar, el reportero hablaba un inglés más que decente. Me dirigió sin contemplaciones a un hotelucho bastante sórdido pero muy bien situado, al lado de una de las arterias comerciales de la capital. Cuando por fin aparqué la moto, apenas podía pensar con el calor y el dolor de la pierna. A lo largo del trayecto, había descubierto que la herida se calienta muchísimo dentro de las protecciones del mono, y que la humedad ambiente hace que la curación se dilate y el dolor se multiplique. Pasé una noche muy mala, untándome Betadine y gimiendo de dolor bajo un ventilador perezoso, acompañado por el Discovery Channel en Hindi y el sonido omnipresente de las mezquitas cantando suras a la madrugada.

Equipo de televisión pakistaní a punto de proporcionar a Fefa la atención mediática que se merece.

Equipo de televisión pakistaní a punto de proporcionar a Fefa la atención mediática que se merece.

A la mañana siguiente volvió a aparecer el reportero de la televisión local. Quería hacer un pequeño reportaje con mi locura, así que pasamos la mañana remoloneando y grabando planos. Esa tarde fui invitado a comer por Omar, el presidente del Pakistani Bikers Club. Había atravesado el país, en gran medida, por su culpa: Lo contacté a través de un foro para conocer el estado de las carreteras tras las inundaciones. Sus fotos y sus explicaciones no fueron muy convincentes, pero sí lo fue un argumento que me empujó a cruzar el Karakorum: “Fabián, Pakistan es un país difícil. Pero aquí viven ciento ochenta millones de personas: no deje de descubrir nuestra hospitalidad por lo que lee en los medios, que afecta sólo a un pequeño porcentaje de la población”.
Los medios. Siempre los medios. Dirigiendo las mentes colectivas, empañando la imagen de los pueblos. Adormeciendo. Dibujando una realidad paralela, apenas esbozada en dos párrafos para llenar un hueco en un papel.
Conocí a Omar por fin en su casa de Lahore. Inmediatamente me cayó bien. Su acento británico perfecto y su salón lleno de alfombras y muebles de caoba, con ventiladores mimosos, paredes de color crema, cristales esmerilados, relojes de pared y sofás de terciopelo me trasladó a mi adolescencia lisboeta, donde viví los últimos estertores del Portugal postcolonial. No hice justicia a Lahore. El dolor de la pierna y el clima insoportable me alejaron de sus calles. Sólo quería dar el salto a India cuanto antes, así que a la mañana siguiente enfilaba hacia la frontera de Wagha.

Frontera de Whaga

Frontera de Whaga

El país con más personalidad del mundo

India te golpea. Te aturde. Cada rincón de este país sólo puede ser India. Nada más cruzar la frontera, las bandadas de viejecitos barbudos y escuálidos con turbante naranja, de mujeres cargando leña vestidas con saris multicolores, te anuncian que por fin has llegado. Los rickshaws rebosantes de mercancías imposibles, las traqueteantes y aristocráticas Royal Enfield, los monos traicioneros, los rebaños de elefantes y de dromedarios y de búfalos de agua, los niños amputados pidiendo en los semáforos, las vacas dormidas en mitad del asfalto, los perros sin dueño reventados en la cuneta, los barberos improvisados afeitando bajo los árboles frondosos y ante un trozo de espejo roto, las viejas ciegas mendigando con latas llenas de aceite para que no les roben las monedas, las trepadoras frondosas y floridas ahogando las palmeras, los templos de colores chillones con grandes figuras de dioses caricaturescos escondidos tras la bruma y los arbustos, los infames puestos médicos al lado de montañas humeantes de basura en las que hozan cerdos descomunales… todo huele a India, sabe a India, suena a India. El país no da un minuto de tregua, está presente en cada rincón y en cada suspiro, cada mirada que lanzas a tu alrededor está impregnada de India y su mierda, su polvo, sus pájaros multicolores chillando bajo el cielo encapotado por la polución, el murmullo del agua sagrada, las bocinas imposibles de mil coches, tractores con el motor al aire rebozados en grasa, autobuses rescatados del desguace, camiones que sobraron del rodaje de Mad Max. Y la gente, gente, gente, gente, gente, gente que se desplaza sin parar en todo tipo de vehículos: silenciosos y ronroneantes, veloces y febriles, modernos y decrépitos. Gente cagando en las esquinas, gente con miradas puras, despreocupadas y alegres, niños volviendo del colegio y mujeres regateando una docena de plátanos a un anciano sin piernas, gente dormitando en camas improvisadas bajo un árbol raquítico, revolviendo meticulosamente en la basura, rezando ante el río con devoción, mendigando, arrastrándose por el lodo sobre sus muñones deformes, tocando campanas en templos de cartón, gente saltando de autobuses en marcha, pedaleando bajo el sol inmisericorde bicicletas oxidadas, elaborando meticulosamente ladrillos de estiercol, comiendo naan podrido, cavando zanjas con las manos desnudas, pastoreando cabras engalanadas con abalorios, embadurdándose con jabón bajo la lluvia, cantando a voz en grito a la puerta de los templetes, jugando con cometas hechas de papel de periódico, colgada de andamios de bambú, montada con indiferencia en mayestáticos elefantes, gente peleándose con un osado mono por un trozo de papaya, gente abanicándose con un cartón ajado, gente muriéndose discretamente bajo el sol.

Templo Dorado de Amritsar

Templo Dorado de Amritsar

Todavía enardecido por el paisaje que desfilaba a mi alrededor, me metí de cabeza en Amritsar. Nadie me había advertido que entraba en un centro de peregrinación imposible, excesivo, único en su especie. Tras pelearme con un millón de personas montadas en todo tipo de vehículos traicioneros y tras caer rendido en el hotel, decidí ver de noche el Templo Dorado. Y me transporté a un universo paralelo. El sonido mareante de los cánticos gritados hasta la extenuación desde los altavoces, la gente diseminada sobre el suelo de mármol como hojas muertas en otoño, los santones parapetados tras vitrinas de cristal leyendo en silencio enormes libros repujados ante la mirada arrobada y absorta de los fieles, el delicado aroma del incienso y el agua sucia del lago sobre el que parece flotar el templo, el ensordecedor entrechocar de los platos de metal de los fieles que comen en el comedor comunitario, el runrún del dormitorio gratuito al lado del lago… Se me pasaron dos horas volando, deambulando azarosamente como un sonámbulo entre la muchedumbre. Al salir, en unos parterres marchitos olvidados en una esquina de la calle, India me regaló la última imagen antes de irme a la cama: dos enormes mariposas negras, una con diminutas pecas naranjas y otra con pequeñas motas blancas, revoloteaban danzando como espíritus del aire a la tenue y amarilla luz de una farola. Entrechocaban sus alas con violencia como guerreros danzarines samurais ataviados con kimonos holgados. Llegó hasta mi el murmullo de sus alas golpeándose y tropezando, que se abrió paso mágicamente sobre el rugido de la muchedumbre y el tráfico imposible. Se lanzaban en picado, una sobre otra, acaloradas, impetuosas, ardorosas, haciéndose daño, enrevesándose, confundiéndose en un borrón negro. Por fin, sin aliento, se posaron en el bordillo de la acera, palpitantes, erizadas. Me senté a su lado con reverencia, y las observé copular con desesperación, entrechocando sus cuerpos ahusados, trémulas sus alas, vibrantes sus antenas negras como el azabache. A escasos metros de mi, un niño sin brazos pedía dinero a una hermosísima muchacha que lo ignoraba tras un sari verde decorado con pedrerías. Una vaca agonizaba tumbada sobre un costado, sangrando copiosamente por el ano, y sus desesperados mugidos de dolor cortaban la respiración. Y Amritsar seguía ronroneando como un tigre que duerme, plácido, bajo la noche india.

Bienvenidos a la India

Bienvenidos a la India

(*) NOTA: Se hablará largo y tendido de la avería y su reparación en un futuro post de making of. No lo hago aquí por no romper el ritmo narrativo.

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