close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Al abandonar San Pedro de Atacama y adentrarme en el desierto, una enorme congoja inundó mis sentidos: la civilización se esfumaba a pasos de gigante, y ante mi se presentaban unas colinas descomunales de roca viva y unas lomas arenosas de aspecto muy peligroso, sobre las que caracoleaban frágiles remolinos de polvo. Era todo tan remoto e imponente que me intimidaba. “Dios mío, estoy entrando en el Desierto de Atacama”, pensaba. El lugar más árido de la tierra, donde se han dado períodos de hasta trescientos años sin lluvia. La dimensión épica de la proeza se vio algo opacada cuando, a la vuelta de una curva, aparecieron dos camiones gemelos pintados de amarillo pollito con grandes logotipos de Patatas Fritas Lay’s en su costado.
Ya no hay desiertos, ya no hay aventuras, joder.

En Arequipa, Perú.
Día 375 de viaje. 27ºC. Leyendo Manual de Usuario de Honda Transalp

¡Bienvenido, weón!

¡Bienvenido, weón!

El final de Chile me impresionó por su magnificencia: Una carretera sinuosa, atormentada por un Pacífico turbulento y desatado, espumante y bravío como el peor de los Atlánticos a mi izquierda, y ahogada casi por las montañas, los acantilados y las dunas de arena a mi derecha, unas dunas y unas montañas de proporciones mastodónticas y aspecto rudo, fiero y agreste. El cielo azul ceniza, el aire polvoriento abrasando mis fosas nasales, pueblos mineros espantosos diseminados a lo largo de la ruta. Así, sin enterarme, pasé el Trópico de Capricornio. No sabía si entrar por fin en Perú o descansar un poco en la civilizada Chile. Me habían estado advirtiendo de que más al norte encontraría pistas de barro, ladrones apuntándome con sus trabucos dieciochescos, cortes de luz frecuentes y alimentos contaminados por todo tipo de bacterias intestinales.
- Perú es como volver al pasado- me advertían todos, sombríos.
Por fin, decidí fiarme de un muchacho granujiento que me puso gasolina en el último bastión chileno.
- Hay de todo. De todo y más barato- me confesó mirando con cierta alarma el cabestrante de Fefa.
Así pues, espoleé mi montura y crucé la frontera -cuya dificultad estriba básicamente en conseguir un formulario bastante críptico en una cafetería y armarse de mucha paciencia-. Nada más entrar en Perú, el paisaje se hizo mucho más monótono: apenas una imensidad plana de color marrón salpicada de chabolas cúbicas de madera habitadas por algún tipo de ser de la pampa. La primera ciudad, Tacna, resultó ser una encantadora sucesión de comercios tropicales, tasquitas mugrientas, coches que no habrían pasado la ITV y tenderetes ligeramente ilegales. Sonaba música latina desde los automóviles repintados y desde las aceras y los tejados. La gente paseaba en grupos bulliciosos como bandadas de jilgueros. Las palmeras vigilaban atentamente la avenida principal, y burbujeaban aromas densos de comidas deliciosas desde las cocinas de los restaurantes. Busqué un alojamiento, y aparecieron tres o cuatro de aspecto algo primitivo y un precio tan bajo que me sentí en la obligación de buscar algo mejor por si pagando el doble podía acceder a lujos principescos. Así fue: un hotel recién edificado, con todas las comodidades y habitaciones gigantescas, me costaba menos de la mitad que en Argentina o Chile. Al salir con el fresco de la noche a cenar, me quedé boquiabierto con los precios de las comidas: desde Asia no veía cosas tan suculentas a un coste tan ridículo. Así pues, Perú empezó a enamorarme. Al contrario de lo que me transmitía Chile -una eficiencia aséptica, civilizada y ligeramente aburrida-, mis sensaciones en Perú eran de jolgorio infantil, divertida precariedad y una difusa alegría mezclada con un imprescindible punto anárquico. Cuando probé mi primer ceviche, me convencí de que debía descansar un poco en esa ciudad, y me aposenté un día entero renqueando por las calles tórridas y empapándome de aromas y colores insólitos.

A la mañana de mi partida, con un mozo de aspecto algo adormilado sujetándome la puerta del garaje, intenté arrancar la moto, que eructó ligeramente aturdida, y se apagó con un suspiro. Lo intenté tres o cuatro veces más, hasta que algo reventó en sus bajos fondos, inundando de aceite el suelo del garaje. Me sentí profundamente ridículo mientras desmontaba de mi enorme moto, con mi traje de cuero, mi GPS y toda mi equipación, y el mozo iba a buscar un cubo de serrín lanzándome miradas de odio primitivo. Era domingo, así que a falta de un profesional del ramo desmonté pacientemente el cubrecarter e inspeccioné minuciosamente la superficie del motor en busca de alguna fisura: no encontré ninguna, el aceite en apariencia había traspasado las paredes de metal como un fantasma atraviesa las paredes de un castillo. Así pues, a falta de un plan mejor, me dispuse a ir a la mañana siguiente a un taller oficial que tuviera a bien buscar alguna solución a mis males. Tacna empezó a olerme mal, y el arrobamiento bucólico que me habían provocado sus calles vocingleras se convirtió en brumosa antipatía. Ni siquiera el ceviche consiguió aplacar mis iras.
Conseguí arrastrar hasta mi moto a un pequeño mecánico, que me recordaba levemente a un mosquito aplastado contra un parabrisas. En cuanto abrió el tapón del aceite, salió un alarmante chorro de gasolina negra que volvió a inundar el suelo del garaje, suscitando la ira descontrolada y visceral pero plenamente justificada del botones del hotel. El mecánico toqueteó delicadamente los bajos de mi amada hasta que emitió como veredicto que el carter no era, y que había que llevar la moto al taller. La llenó de aceite nuevo, la arrancó y, en medio de una enorme humareda blanca, la trasladamos a quirófano. Al cabo de unas horas, me anunció que había limpiado todo por dentro y que la moto estaba como nueva.
- Oiga, pero… ¿por qué se ha llenado de gasolina el…?
- Oh, algo estaba sucio en el carburador -respondió con evasivas-.
- Pero… ¿eso puede haber causado todo este estropicio?
- Oh, un pelito… una motita…
La explicación no me convencía lo más mínimo, pero la moto arrancó con un sonido rotundo y poderoso, y me sacó de Tacna con gran agilidad.

Deliciosa ratita conejera

Deliciosa ratita conejera

Siguiendo una ruta pavimentada con gran esmero -lejos de los caminos de tierra pedregosos que todo el mundo me vaticinaba- me dirigí a Arequipa, a casi cuatrocientos kilómetros de Tacna. El paisaje era desolado y árido como pocos he visto: enormes dunas de arena parda, cañadas reventadas de tierra roja, lomas suaves de reseca tierra semejantes a espaldas de elefantes cubiertas de polvo. La carretera era una recta infinita que se perdía en medio del polvo pálido oreado por la leve brisa. Me detuve en un mísero pueblo arrebujado en un pequeño oasis que presentaba una cantidad mínima de vida, desesperadamente aferrada al cauce de un río agónico. Una mujeruca me miró asustada cuando le pedí para comer cuy, una especie de rata-conejo que se sirve aquí frito, a la brasa o guisado, pero siempre con aspecto de rata-conejo abierta por la mitad. Sus dientecillos amarillos, sus manitas perfectamente distinguibles en el rebozado dorado y sus cuencas de ojos de aspecto globoso me impidieron disfrutarlo del todo, aunque reconozco que su escasa carne adherida a sus huesecillos me resultaba fragante e inusual. Continué camino y, casi sin avisar, la ruta se metió en una de las cañadas, retorcida como los zarcillos de una vid. Poco a poco aparecieron los barrancos y mi vértigo hizo una vez más aparición y se sentó apaciblemente en el cuentakilómetros de la moto, contemplando el paisaje con sus ojillos amarillos. El viento movía sus orejas puntiagudas y revolvía su pelo ralo y crespo.
- Mira, mira, otra caída a pico- comentaba con su vocecita de gnomo.
- Cállate, hijo de la gran puta- respondía yo.
- Esta te matará seguro- canturreaba.
- Que me dejes en PAZ.
La ruta se hizo más y más desagradable, y el mundo se fue oscureciendo poco a poco y convirtiéndose en una gélida pasta oscura a mi alrededor, hasta que, tras una colina, observé con alivio infinito las luces parpadeantes y trémulas de Arequipa. Justo a la entrada de la ciudad, la moto empezó a balbucear y se paró en un semáforo, rodeada de carricoches, autobuses, tractores, motos y coches de chapa oxidada que no paraban de pitar. Intenté arrancarla sin éxito. La saqué de la carretera a patadas y volví a intentar ponerla en marcha, cosa que conseguí parcialmente tras una serie de patéticos esfuerzos que fueron contemplados con una mezcla de diversión y ascopena por parte de la población local. Finalmente, Fefa se fue arrastrando de forma lastimera y, a escasos cincuenta metros del primer hotel que pude divisar, se dió por vencida. La metí en el garaje arrastrándola entre bufidos y sudores de parto. Como medida de precaución, cerré las llaves de la gasolina para evitar nauseabundas consecuencias a la mañana siguiente.

Conseguí encontrar un mecánico especializado en motos de gran cilindrada con relativa facilidad. La Fefa llegó ahogándose hasta su taller, donde la dejé caer con más bien pocos miramientos. A continuación, me dirigí a la Plaza de Armas, donde mi instinto me decía que encontraría viajes organizados a Machu Picchu. Así fue: al día siguiente salía rumbo al norte a golpe de talonario.

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Niño del altiplano

Niño del altiplano

El viaje en si hasta Machu Picchu es una escénica experiencia que puede verse resumida en esta galería de fotos. Asombra cómo aparece la selva sin avisar. Cómo los buffets turísticos son lastimeramente iguales en todos los rincones del mundo. Cómo la Unesco ha convertido en un decorado de Hollywood todo lo que ha pisado. Cómo la gente se traviste a cambio de unas monedas. Desde el punto de vista humano y vivencial, poco puede decirse de un viaje organizado, así que fui fiel a mi situación de turista de catálogo y me compré un chuyito y me hice una foto con una llama, como puede apreciarse en la foto de la derecha. La única incidencia reseñable, aparte de lo pintoresco de mascar hojas de coca para combatir el mal de altura, fue una picadura de algún tipo de arácnido que, en Oyantaytambo, me dejó fuera de combate durante unas horas, en las que me retorcí de dolor como pocas veces en mi vida.

Mi patita tras el encuentro con un arácnido desconocido

Mi patita tras el encuentro con un arácnido desconocido

Algo bien distinto es la experiencia íntima del encuentro con el Machu Picchu, arrebujado entre la bruma y la selva frondosa, al final de la tortuosa Ruta del Inca. En alguna ocasión he contado ya la impresión que me provoca ese momento mágico en el que te topas frente a frente con uno de esos iconos de la Humanidad, esos lugares asombrosos que has visto tantas veces en fotografías. El momento, el lugar, parecen recompensar todos los sinsabores de la ruta. Guardas silencio, empapas tus retinas con colores y formas ya conocidos, ya familiares, que sabes que quizá no vuelvas a ver jamás. Y echas de menos su presencia incluso mientras estás ahí, borracho de luz y de piedras y de volúmenes y ángulos mágicos.

Misión cumplida: Machu Picchu

Misión cumplida: Machu Picchu

Las viejas rocas, encastradas en una loma roma pintada de hierba, observan las colosales montañas a su alrededor con desidia. Todo a su alrededor es verde oliva. Las nubes son atrapadas por los dedos de las colinas. La bruma juega con las montañas hasta que es vencida por un sol radiante. La silueta de las montañas, repetida hasta la saciedad en postales y fotos de libros de texto, impone con su presencia grave y señorial, solemne y regia.

Machu Picchu es un colosal negocio, cuya explosión tuvo lugar hace unos años, coincidiendo con el ataque de misticismo naïf que experimentó Occidente tras la decepción hippy. Al hombre blanco le hacía falta un lugar mágico y lo encontró en este poblado de propósito desconocido, que sobrevivió a los embistes del tiempo y del hombre de un modo misterioso. En la actualidad se ha convertido en un destino icónico para parejas en celo, ancianos recién jubilados, y manadas de perroflautas ataviados con pantalones bombacho y sandalias de Gucci, que se sientan sobre rocas al sol y cierran los ojos y dicen rezar a una deidad extranjera mientras se hacen fotos con sus cámaras Leica de novecientos Euros para enseñarlas después en su club de campo. Pero Machu Picchu es también un lugar prodigioso, de una belleza sobrehumana, es un lugar que está entre el cielo y la tierra, y que es capaz de trascendernos a todos con el silencio, la majestuosidad y la imponencia de su sencillez oculta entre las montañas. Es uno de esos lugares a los que, sencillamente, hay que ir un día.

Y regresé a Arequipa. Y recogí la moto. Y a los cuatro kilómetros, volvió a desfallecer traqueteando en un semáforo. Dice el mecánico que se ha estropeado la bomba de gasolina, pero no sé qué pensar. A ver si salgo mañana. O no.

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