close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

La noche cae muy pronto en Bangkok. La ciudad cierra las puertas muy temprano. Sin embargo, sigue haciendo calor. El metro está tan impoluto como por la mañana como por la tarde. Apenas viaja nadie en el vagón que me deposita en la estación de Sukhumvit. Emerjo a la superficie y me sorprenden unos pequeños bares de bebidas alcohólicas fabricados a partir de un carrito de helado: ahora sí que puedo decir que he visto puestos de comida ambulante de cualquier cosa en Bangkok. Algunos de los bares se ayudan de un pequeño radiocassette y tres o cuatro bombillas de colores alimentadas con una batería agonizante para atraer a la sórdida clientela: algún ladyboy maduro y pintado como una puerta, algún turista perdido de cabeza diminuta atornillada sobre enormes hombros grasientos. Recorro los escasos doscientos metros que separan la estación de Soi Cowboy sorteando hombrecillos que agitan ante mis ojos fotos pornográficas al grito de massage, massage.

Es fácil encontrar Soi Cowboy, sólo hay que seguir el olor a puta. Primero se ve una, luego seis, luego diez. Y finalmente el Universo entero estalla en una eclosión de música estridente, neones, olor a cerveza y a ambientador, minifaldas, plástico, y vocecillas que asemejan el maullido de un gato diciendo welcom sir, takealoook insiiiide. Ocasionalmente, un farang (*) y una tailandesa no demasiado atractiva se pasean de la mano o se apresuran a alguna parte. Los farangs suelen ser maduros, rondando la cuarentena tardía. Rapados. Musculados. Tatuados. Bronceados. Aunque también languidecen por las esquinas viejecitos solitarios y consumidos de mirada húmeda y baba reseca en la comisura de los labios, camisa de flores y pelo ralo y blanco.

Soi Cowboy

Soi Cowboy

Soi Cowboy mide exactamente doscientos pasos, los recorro cuatro veces sin encontrar nada que me sorprenda lo más mínimo. Es simplemente una concatenación exagerada de pequeños gogo-bars ocultos tras gruesas cortinas y que sólo se diferencian por el vestuario de las chicas. Entro en uno de ellos. La música es casi insoportable y dentro reinan el neón y las luces estroboscópicas. Hay una barra de forma circular que domina el local, en la que tres camareros vestidos con camisas hawaiianas se limpian distraidamente los dientes con un palillo. En el centro del círculo que forma la barra, un pequeño estrado capta la atención de inmediato: sobre él hay una veintena de muchachas jóvenes que bailan muy suavemente -apenas un movimiento de caderas ligero pero muy sensual- al ritmo de la música. Llevan botas altas de vinilo negro con botones plateados, tangas de spandex blanco, y ligueros y sujetadores de un elegante color gris perla. Sus cabellos son muy largos y sus miradas se pierden en el infinito. Parece que la música las traspasa y que sus conciencias están en otro lugar. Alrededor de la barra, una hilera de taburetes y un par de filas de bancos de terciopelo azul oscuro. Hay tres clientes, yo soy el cuarto. Todos farangs. Me siento en la barra y un camarero se apresura a colocar ante mi una Coca-Cola. El precio por consumición es estándar, unos dos Euros. Observo a las chicas, ellas ni me miran. Todas ellas rondan la veintena, aunque hay alguna que la ha superado con creces. Llevan una chapa sujeta con un alfiler al tanga, con un número. Si alguna de ellas me apeteciera, no tendría más que llamar a la mistress del local y solicitar sus servicios, la mistress me traería a la chica, me la presentaría y yo la liberaría por unos doce euros -esta sería la tarifa que se llevaría el local, a la chica habría que pagarle aparte sus servicios-. Haríamos una pantomima de noviazgo, ella me pediría que le comprara un enorme peluche y que la invitara a cenar. Se esforzaría por hacerme sentir único y especial, aunque seguramente repetiría todo el proceso un par de horas después con cualquier otro farang que señalara su número. Mirar a las chicas bailando lentamente, describiendo círculos despacio y contorneándose a cámara lenta resulta hipnótico, y pronto yo mismo, como ellas y como el resto de los farangs, estoy aturdido y creo que he entrado en otra dimensión.

Puesto de Viagra, Cialis, y vibradores.

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Los farang van solos por norma general. Se sientan en las terrazas de Soi Cowboy y de inmediato son rodeados por una miríada de polillas deslumbradas que cuchichean y les ríen las gracias y muestran admiración por sus músculos o su ropa. Poco a poco van descartando hasta que se quedan con una. Ella se le arrima, se frota, lo mira con ojos anhelantes de deseo, cuchichean, se besan. Los farang no parecen sentir el más mínimo pudor por lo que están haciendo, aunque a veces la imágen está tan descompensada -por tamaño, edad, condición social, lenguaje, estética- que resulta tragicómica. No obstante, sorprende que los hombres que han llegado hasta aquí no se apresuran a encerrarse con las chicas en una habitación para dar rienda suelta a sus necesidades. En lugar de ello flirtean como adolescentes, se ríen con las putas, les acarician la cara, las miran largamente a los ojos prolongando la sonrisa, las cogen de la mano, saborean la cerveza y se morrean al calor de la noche. ¿Será que esos hombres inmisericordes necesitan también amor y no lo saben?

Se puede caminar hasta Nana Plaza desde Soi Cowboy y el ambiente es animado. Paro en un pequeño restaurante donde un pederasta está dando de cenar a su víctima. Al cabo de cinco minutos, no saben de qué hablar, y se miran en silencio mientras mastican. Ella sonríe sin parar, mostrando unos dientes desiguales. Él empuja el plato de comida hacia su lado de la mesa.
- Come, come- ofrece sonriendo.
Es exactamente la misma escena que vi en Cuba, sólo que la diferencia de edad es menor que la que vi allí: aquí sólo se llevan unos cuarenta años. Pero el tipo hace lo mismo: empujar el plato de comida hacia la niña sonriendo con suficiencia. Es evidente que el agresor cree estar haciendo un favor a la muchacha. “Pobrecilla, al menos hoy cenará bien”, piensa mientras digiere la Viagra falsificada que ha comprado en el puesto callejero de la esquina.

Pederasta alimentando a su víctima

Pederasta alimentando a su víctima

Nana Plaza está más escondida. Es un conglomerado de locales dispuestos en tres plantas alrededor de una amplia plaza atiborrada de cervecerías. Es el universo de neón y de charol. Abundan ahí los ladyboys, seres despampanantes y descarados, mitad hombre mitad mujer, que asaltan al turista como ruidosas aves de rapiña.

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Hay en Bangkok tres núcleos de prostitución importantes: Soi Cowboy, Nana Plaza y Pat Pong. Tan solo esos tres pequeños reductos -el más grande es Pat Pong y sólo son dos callejones- han otorgado a Bangkok el título de capital mundial del sexo. Pero es que los occidentales nos movemos con etiquetas, y cuando el turista de agencia cae en Tailandia es transportado en autobús hasta Silom Road, donde los hoteles internacionales crecen como el moho. Así que cuando, pertrechado con su gorrito Coronel Tapiocca y su loción anti-mosquitos, baja a la calle para explorar la ciudad, lo primero con que se topa es Pat Pong. Y quizá sea lo único que vea por su cuenta, aturdido por el ligeramente confuso sistema de transportes y por el petardeo de los tuctuc. Cuando vuelve a casa, el turista extiende el rumor de que la ciudad es un lupanar.
- ¡¡Ni te imaginas el desfase que había en las calles que hacían esquina con nuestro hotel!!

Puesto callejero de comida en las inmediaciones de Nana Plaza

Puesto callejero de comida en las inmediaciones de Nana Plaza

Pat Pong son en realidad dos calles paralelas que desembocan en la confusa y abigarrada Silom Road. Cada anochecer, esas calles despiertan como un monstruo que ha dormido demasiado. En el centro de cada una de ellas se monta un mercadillo de falsificaciones y recuerdos de Bangkok, tiendas de magia y de artículos paramilitares, puestecitos de complementos y de juguetes. Los locales de Pat Pong son un conglomerado anárquico de bares de gogos, pubs con espectáculo, salones de masaje, tiendas de tattoos, cibercafés y locutorios apolillados. Debido a su situación, Pat Pong tiene un público mucho más heterogéneo: recién casados, familias con hijos, farangs agrupados en bandadas como gaviotas en busca de una sardina despistada, mochileras con la palabra AVENTURA tatuada en la frente, monjes rapados, señoras que cuando llueve se ponen en la cabeza una bolsa de plástico. A escasos metros de Pat Pong hay dos calles que constituyen el barrio gay. Paso lentamente por ellas: están despobladas. Observo a un anciano inglés que cena acompañado de un tipo anoréxico de veintimuchos que obviamente le ha dicho que tiene diecinueve y que parece una mantis religiosa: grandes ojos, mentón hundido, una cresta de pelo que parece explotar sobre su frente. También se sienta a la mesa un tailandés cincuentón, maquillado y de gestos delicados. ¿Cómo habrá juntado Dios a esas criaturas de la noche?. Además de los gogo-bars, en Pat Pong abundan los ping-pong show. Un relaciones públicas especialmentre gracioso consigue arrastrarme a uno de ellos. El local está incluso más vacío que el gogo-bar de Soi Cowboy y la música es peor. Un disc-jockey de camisa floreada, calvo, con coleta y con aspecto de haber pasado los años sesenta más trepidantes del mundo, susurra con voz pseudoerótica para presentar a las participantes. En una esquina, una prostituta realmente horrible se abraza cariñosamente a un estadounidense gordo, de ojos saltones y mejillas coloradas, que apenas le hace caso y bebe un gran vaso de wishky. Las paredes son oscuras, decoradas con láminas ajadas del kama-sutra y con plantas de plástico que imitan enredaderas que trepan hacia el andamiaje de luces que ilumina el pequeño estrado. Aparece una señora madura vestida con un tanga blanco -que refulge bajo los inevitables neones de luz negra- portando un cubo de plástico lleno de plátanos y una botella de lubricante. La mujer parece una campesina a la que han traído ayer desde una remota provincia del norte. Camina torpemente como un enorme póngido. Se sube al estrado con indiferencia. Se planta ante su arrobado público sacándose el tanga con escasa gracia, coge un plátano, lo unta con lubricante, y se lo mete por el coño. No sé si este gesto ha de impresionarme o resultarme sexualmente excitante, así que decido esperar a ver qué ocurre. La mujer-póngido mira a nada ni a nadie, es evidente que para ella eso es rutina.
- ¡¡OOOOHHHH, yeah baby, ella es seeeeexy, ella es muuuy especiallllll, con todos vosotros, el banana show de Misssssss Samanthaaaa!!
El disc-jockey está evidentemente drogado, y creo que Miss Samantha también. Miss Samantha se tumba en el suelo del estrado con las piernas abiertas, apuntando con su coño hacia la platea. De repente, con un hábil movimiento pélvico, el plátano sale despedido como un pequeño misil unos cuantos metros. Si hubiera elegido primera fila, ahora mismo me habría golpeado en la cara un plátano untado con lubricante y flora vaginal de una campesina tailandesa. Por fortuna, estoy unos metros más atrás. Miss Samantha coge un par de plátanos más y repite la operación, hasta que se hace evidente que el espectáculo empieza a ser demasiado repetitivo, así que se levanta, recoge el cubo y la botella de lubricante, y se va.
Hasta el momento, el show ha sido bastante inocuo. Aparece entonces una mujer malhumorada, muy bajita, que se dirige con paso firme hacia la plataforma que sirve de escenario. Me recuerda a la diseñadora de vestuario de Los Increíbles. Lleva una redecilla llena de pelotas de ping-pong y la consabida botella de lubricante. El procedimiento es el mismo: se mete las pelotas de ping-pong en la vagina, se tumba en el suelo, y las expulsa -una por una- hacia el distinguido -y aterrorizado- público. A continuación, vuelve a aparecer Miss Samantha con sus andares torpes. En esta ocasión lleva consigo tres botellas de Coca-Cola. Se planta en medio del escenario.
- ¡¡OOOOHHHH, yeah baby, Misssssss Samanthaaaa está aquí para poneros a todos calienteeeeeeeeeeesssss, ahora en exclusiva para eeeeeeeeel Casanova Bangkok… el showwwwww de la botellaaaaaaaa!!
Miss Samantha se acuclilla sobre una de las botellas, levantándola sin las manos. A continuación, la hace girar y, al sacársela, compruebo horrorizado que la botella no tiene tapón. Éste cae unos segundos después al suelo. Miss Samantha parece estar hastiada hasta el rozar la muerte. Destapa las otras dos botellas, y me ofrece una a mi. Declino amablemente la invitación, y ella insiste bostezando. Dejo la botella en la mesa. Parece que ha sido besada por una babosa.
- ¡¡OOOOHHHH, yeah baby, Misssssss Samanthaaaa te invita a que prueeeeeeeebes suuuuu bebidaaaa!!! ¡¡¡Eres un tipo con suerte!!!
La la diseñadora de vestuario de Los Increíbles retorna a continuación para levantar unas pesas y cascar unos huevos, por si no había quedado claro que su chocho es una poderosa y privilegiada herramienta de compresión. No obstante, la sorpresa de la noche la proporciona Miss Samantha. Reaparece con un globo, que ata a una viga del techo. Luego, se sube al escenario sacando de una caja una caña larga y un dardo. Se tumba en el suelo, se introduce la caña, mete el dardo dentro de la caña, apunta cuidadosamente. ¡Fuc!… el dardo sale volando, impulsado únicamente por el aire que esta señora ha conseguido comprimir en su coño, describe una elegante parábola sobre nuestras cabezas, e impacta con el globo, que estalla ruidosamente.
Vuelvo al hotel en silencio.

(*) Término empleado en Tailandia para designar al forastero. No tiene carácter despectivo.

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