close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
ATENCIÓN, POR FAVOR:
El presente post NO es para todos los públicos. Hace referencia a una experiencia traumática y sumamente desagradable, y contiene descripciones muy gráficas que podrían herir la sensibilidad del lector.
Por favor, si te consideras una persona impresionable, te invito a que NO lo leas.

El pequeño rickshaw me llevó traqueteando hasta una de las arterias principales de la ciudad. Era una calle enormemente caótica, mucho más sucia de lo que suele ser habitual en India, y completamente atascada. Por señas, el conductor del rickshaw me indicó la dirección que tenía que tomar, haciéndome saber que, a partir de ahí, los vehículos motorizados estaban prohibidos. Por muy prohibidos que estuvieran, la gente intentaba de todos modos seguir avanzando, saltándose con indiferencia las vallas de latón que vigilaban unos policías catatónicos que hacían caso omiso de las infracciones.
Sorteé, ahogado por el polvo en suspensión y los vapores amoniacales, las habituales vacas aburridas que se tumbaban perezosamente en mitad de la calzada sobre sus propias heces, como si supieran perfectamente que nadie les iba a recriminar su actitud. Caminé sobre enormes montículos de basura humeante y fétida asentados en medio y medio de la calle e infestados de moscas verdes de cuerpos acharolados, y me detuve en un puesto de samosas -empanadillas picantes de masa corruscante rellenas de patata cocida- y desayuné de pie observando la marabunta de rickshaws, coches, tractores, camellos, cerdos, pedigüeños y carricoches que desfilaban lentamente ante mi, aturdidos por el sol. El aire enrarecido transportaba partículas de polvo y humo de un denso color marrón, que caracoleaban lentamente jugueteando con los rayos de luz.
Como bandadas de pájaros empujados por el viento, las riadas humanas desfilaban sin cesar hacia el Ganges. La calle polvorienta remataba en un mercadillo de la fé, en el que se vendían collares de cuentas, retratos de dioses y garrafas de plástico. Tras el mercadillo, una procesión de mendigos abúlicos y polícromos, desparramados por el suelo como cuentas de un collar roto, extendían sus largos brazos y me tocaban las piernas exigiendo comisión. Detrás estaba el Ganges.
Cuando he salvado al fin la barrera de los mendigos, llega la de los masajistas. Centenares de hombres de mirada vacía se acercan para ofrecerte un masaje en camastros diseminados en el ghat de cemento. Entre ellos se pasean decenas de vacas ociosas, perros cubiertos de sarna y pulgas, buscavidas que parecen zombies aturdidos, y manadas de mujeres enfundadas en saris de todos los colores posibles. Una vez ha quedado diáfanamente claro que no quieres un masaje, saltan sobre ti los barqueros. No te queda más remedio que contratar a uno para alejarte del caos y poder ver el espectáculo dantesco de los ghats con cierta perspectiva.

Arrojando el cadáver de un bebé al Ganges

Arrojando el cadáver de un bebé al Ganges

Benarés es una ciudad de dos millones de habitantes única en el mundo. Toda la actividad religiosa de la ciudad se concentra en sus ochenta ghats, escarpados escalones de cemento situados a los márgenes del río, flanqueados por enormes edificios -en su mayoría hoteles, aunque también se distinguen santuarios, hospicios para moribundos, palacios y tiendas de souvenirs-. Cada día, cerca de cien mil personas vienen a Varanasi a lavar sus impurezas en las aguas del gran Ganga. Aquí, las aguas son una fosa séptica. El río tiene aquí 1.5 millones de bacterias fecales por 100mL de agua, cuando el agua admisible para el baño debe de tener menos de 500 unidades.
La barca se alejó cabeceando perezosamente. Me giré para ver el ghat que había dejado atrás: un lisiado recién purificado trepaba a cuatro patas por los escalones como una foca, disputando un trozo de ghat a un perro famélico. Tres hombres y dos mujeres se enjabonaban concienzudamente, sumergidos hasta las caderas en el agua de color diarréico. Incontables bolsas de basura flotaban perezosamente siguiendo la corriente. Algunas canastillas de papel con una flor y una lamparita de aceite se hundían despacio en el lecho opaco. La barca se alejó del ghat y empezó a subir corriente arriba. Observé un animal muerto de considerable tamaño que flotaba remoloneando, atrapado en una pequeña isla de palos y desperdicios. Su pelo húmedo había empezado a desprenderse y su cuero aparecía tenso como la piel de un tambor. De repente, el barquero señaló sonriendo un grupo de barcas ancladas en la orilla.
- ¡¡Body, body!! (*)- dijo con entusiasmo.
Me giré y seguí su dedo. En efecto, a escasos metros de mi, el cadáver hinchado de una mujer, toscamente cubierto por un sari verde de seda que no dejaba nada a la imaginación, se había quedado atascado entre los barcos y flotaba como un leño pútrido. El barquero sonrió orgulloso, y siguió remando a contracorriente. A escasos metros, dos ancianos somnolientos lanzaban hilos de pescar al agua. Los ghats están trufados de hombres apáticos sujetando hilitos de pesca. Sortean con indiferencia las montañas de basura y las heces que abarrotan los ghats, y se aposentan al lado de los niños que cagan en el agua y los hombres que se enjabonan y escupen larguísimos chorros de tabaco de mascar de color pardo, y pescan. Y al lado de ellos, mujeres nervudas lavan la ropa en el agua de chocolate. Seguimos avanzando, hasta que llegó lo inevitable. El remero anunció parsimoniosamente “no photo, please” y señaló un ghat ennegrecido, dominado por un enorme edificio de humeantes chimeneas. Ardían allí cuatro piras de leña retorcida. Llegaba hasta mi el olor acre de la carne quemándose. El ghat era apenas una montaña de barro desparramada sobre el río. El segundo ghat de cremaciones, el ghat menor. Cuatro hombres, portando un cadáver en unas parihuelas de bambú, se adentraron en el río para mojar en él el cuerpo consumido, arropado en un sari sintético de color morado con grecas doradas. Luego, lo transportaron a una pira y procedieron a prenderle fuego. Mientras tanto, tres hombres se subieron a una barca cargando con dos pequeños fardos.
- Baby- informó el barquero.
La barca se alejó muy despacio. El más anciano de los hombres, vestido íntegramente de blanco, llevaba consigo el cuerpecito amortajado de un bebé. Cuando se hubieron adentrado apenas diez metros en el río, el viejo depositó con cuidado el diminuto cadáver en el agua séptica. Era un muñoncito blanco parecido a una larva. Se hundió con un suspiro, en un segundo. El otro paquete contenía la ropa del bebé y unas pocas caléndulas de color azafrán, y se quedó flotando en el cauce del Ganges, una bolsa más de basura siguiendo la corriente. Me acompañó el denso olor de los muertos ardiendo en las piras de leña durante un rato. Al otro lado del río, unos niños intentaban sin éxito hacer volar una cometa hecha con dos palos y unos cuantos papeles de periódico.

Lo peor, no obstante, estaba por llegar.

Visión general del ghat Manikarnika. Esta foto está PROHIBIDA terminantemente. Puedes pincharla para obtener una imágen a alta resolución que te permitirá distinguir algunos detalles de la escena.

Visión general del ghat Manikarnika. Esta foto está PROHIBIDA terminantemente. Puedes pincharla para obtener una imágen a alta resolución que te permitirá distinguir algunos detalles de la escena.

Cuando la barca regresaba al ghat, observé en la distancia una enorme columna de humo flotando hacia el cielo proveniente de unos cientos de metros más allá. Decidí seguir su estela. Pasé al lado de hombres que lavaban a sus vacas, niños desnudos correteando y chapoteando en el barro de la orilla, pescadores espontáneos, bañistas meticulosos embadurnados de jabón. A medida que me acercaba a la fuente del humo, se hacía evidente que me aproximaba al centro cósmico de Benarés. Precedido por una montaña de mugre de considerables dimensiones, que debía trepar cuidadosamente para no hundirme hasta las rodillas en mierda, bolsas de basura y despojos de incierto origen, se encontraba el ghat Manikarnika: El ghat de las cremaciones por excelencia.
En realidad no es un ghat. Ahí no hay escalones, sino una enorme montaña de detritus que se desparrama sobre el Ganges. Decenas de vacas se pasean a sus anchas entre los cadáveres mordisqueando sus caléndulas votivas. Algunos perros dormitan, y otros se disputan las montañas de basura con las ratas más enormes que he visto jamás. Centenares de curiosos se agolpan en corrillos para presenciar el espectáculo de la muerte, vigilados de cerca por nutridas bandadas de cuervos hambrientos. Dominando la apocalíptica escena, un enorme edificio con grandes balconadas, tiznado de negro, permite a los turistas, a cambio de una donación, presenciar el desgarrador teatro de muerte. Alrededor de ese edificio, inmensas montañas de leña seca aguardan su turno. Un espontáneo se acerca a los pocos turistas que han osado llegar hasta aquí: “No photos!!”, advierte amenazador. Un puestecito hecho con tablones vende sándalo e incienso. Enormes columnas negras de humo se levantan al cielo. Sobrecogido, profundamente asqueado, me adentré entre las diecisiete piras incendiarias que, en aquellos momentos, estaban crepitando alegremente, hundiéndome en el barro formado por tierra, estiércol y humores corporales en descomposición. El olor a pelo quemado era insoportable. Desde lo alto de la colina llegó un nutrido grupo de personas cargando con una parihuela y entonando cánticos vigorosos. Portaron el cuerpo hasta el río y lo mojaron en él. A continuación, lo depositaron, tomándolo por la cabeza y los pies y dejándolo caer sin ningún decoro, como un fardo, sobre una montaña de leña. Ahí cayó con un ruido sordo. El agua hacía que la fina gasa que cubría el cuerpo se hubiera adherido al cadáver como una funda prieta, por lo que se distinguía claramente su cara y su cuerpo a través del tejido. Era una anciana consumida y esquelética. Depositaron cuatro leños sobre el cuerpo, y le prendieron fuego. Lo primero que se consumió fue la mortaja que cubría la cara. El fuego arrebató la poca humanidad que quedaba en ese rostro huesudo y pronto la piel se ennegreció y los huesos del cráneo asomaron a la vista, una tersa superficie convexa de color gris claro interrumpida por las profundas y oscuras cuencas oculares. Las rótulas de los miembros restallaron y, finalmente, la cavidad abdominal se reventó con un siseo, mientras los líquidos del interior del cuerpo y las últimas heces atrapadas en los intestinos se desparramaban sobre las llamas burbujeando. Un olor nauseabundo inundó el mundo entero. Decenas de curiosos se agolpaban, como yo, para ver lo que estaba sucediendo. A escasos metros de allí, unos operarios indiferentes arrojaban al Ganges los restos de otra cremación: huesos, leños, ceniza, todo por igual acababa con un suspiro en el agua enfangada de la orilla, entre las vacas cagando y rumiando flores mortuorias y las osadas ratas culebreando entre las brasas y el cieno. En poco menos de quince minutos, el cuerpo de la anciana había dejado de tener forma humana, y se había convertido en una montaña de brasas de la que surgían ocasionales mariposas incandescentes que se elevaban con la brisa, revoloteando inquietas. Todo lo que somos es polvo en el viento.

Subí al mirador trastabillando entre los detritus, las enormes ratas y los mirones. Un par de niños de mirada inocente jugaban con la ciclópea báscula de pesar la leña, usándola de columpio balancín. La estampa me resultaba insultantemente macabra. En lo alto de la colina, comprobé que un pequeño belvedere estaba ocupado por indios ociosos que, incomprensiblemente, charlaban y jugaban a las cartas, entre las vaharadas del humo con olor a carne calcinada que llegaba del ghat. Las paredes del edificio y las columnas del mirador estaban completamente cubiertas de una inmunda costra negruzca. Salí de allí sorteando las pilas de leños retorcidos, intentando escapar de la muerte. Un pequeño callejón prometía alejarme de aquello, pero pronto me di de bruces con otra procesión de vociferantes porteadores de cadáveres, que bajaban con otro muerto listo para la incineración. Me hice a un lado sólo para darme cuenta de que estaba entrando en una tienda en la que vendían mortajas y sándalo. Resbalé calle arriba para toparme ante el minúsculo puesto de un fotógrafo de difuntos, que exhibía orgulloso ejemplos de su trabajo a la concurrencia, y con otra procesión cargando otro cadáver consumido bajo el obligatorio sari de color morado. Fue en ese momento cuando decidí que había visto suficiente India. Al día siguiente, partía hacia Nepal como alma que lleva el diablo.

(*) ¡¡Cuerpo, cuerpo!!

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