close¡Hola! He completado la vuelta al mundo en moto durante dos años, y esto que lees no es más que una pequeña parte de mi aventura. Si quieres, puedes comprar mi libro haciendo click aquí.
Conoce ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo y cómo terminó.

Llevo unos cuantos días de vacaciones. En concreto, terminé la endiablada ronda de presentaciones del libro en Valladolid el pasado siete de febrero. Entonces, me encontré con algo que no había ocurrido desde hace dos años y medio: una agenda completamente vacía y un mullido sofá que me esperaba con los brazos abiertos.
La vida es enormemente desconcertante y tramposa cuando sólo te tienes a ti mismo. Los días pasan con una lentitud y una rapidez exasperantes. Se me ocurren mil ideas con las que ocupar mi tiempo, y las emprendo con tesón y energía. Investigo mucho. Me encierro en mi mismo, herméticamente. Leo con furia. Salgo a pasear con brío. Escribo y desarrollo proyectos que no sé si cristalizarán en nada pero me mantienen horas sentado con concentración felina, evitando ruido y gente. Desde los catorce años, que tapicé mi barrio con anuncios de se graban bodas, bautizos y comuniones en vídeo, no me había encontrado desempleado ni ocioso. Pero tampoco busco ocupación alguna. Mi cabeza bulle de proyectos, y me voy a dar un par de semanas para ver si consigo arrancarlos de alguna forma desde la quietud de mi solitario teclado.

¿Qué hace un tipo cuando ha terminado de dar la vuelta al mundo y ha dejado atrás la promoción de su libro? Se sienta. Y mira la pantalla en blanco. Y piensa.

Y sueña con áridas estepas y templos ocultos en la maleza.

El ocho de febrero, retornado a casa, me tumbé en el sofá y me puse a releer a Steinbeck. Siempre que pienso arrepentido en la de años que he desperdiciado sin sentarme a escribir, pienso en Steinbeck, me miro en el espejo de su vida, y pienso que no me ha ido tan mal. Hasta los treinta y tres años Steinbeck no tuvo ni siquiera un éxito literario mínimo. Tuvo trabajos absurdos e insatisfactorios toda su vida, incluso fue guía turístico, como yo.

Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.
En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se agostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.
En las carreteras por donde se movían los troncos de animales, donde las ruedas batían la tierra y los cascos de los caballos la removían, la costra se rompió y se transformó en polvo. Cualquier cosa que se moviera levantaba polvo en el aire; un hombre caminando levantaba una fina capa que le llegaba a la cintura, un carro hacía subir el polvo a la altura de las cercas y un automóvil dejaba una nube hirviendo detrás de él. El polvo tardaba mucho en volver a asentarse.
A mediados de junio llegaron grandes nubes procedentes de Texas y del Golfo, nubes altas y pesadas, cargadas de lluvia. En los campos, los hombres alzaron los ojos hacia las nubes, olfatearon el aire y levantaron dedos húmedos para sentir la dirección del viento. Y los caballos mostraron nerviosismo mientras hubo nubes en el cielo. Las nubes de lluvia dejaron caer algunas gotas y se apresuraron en dirección a otras tierras. Tras ellas el cielo volvió a ser pálido y el sol llameó. En el polvo quedaron cráteres donde las gotas de lluvia habían caído, y salpicaduras limpias en el maíz, y nada más.

Así empieza el cabrón de Steinbeck Las Uvas de la Ira, la que para mi es su mejor novela. Ni en un millón de años podría yo siquiera soñar con escribir un comienzo tan elegante y rotundamente hermoso. Resulta casi un insulto para mi mediocridad que exista alguien con tantísimo genio. Me siento un preescolar patoso cuando devoro sus páginas. Diminuto. Infinitesimal. Prescindible. Casi deseo abandonarlo todo por no rozar siquiera la suela de su zapato.

Qué cosa tan increíble e injusta es la genialidad. ¿Que sentirá un genio cuando es invadido por las musas, cuando se transporta a otros universos, cuando deja que el arte fluya a través de su cuerpo? ¿Se disolverá en un maremagnum de sensaciones? ¿dejará acaso de sentirse a si mismo y su mismidad? ¿qué diablos sentirá Evgeny Kissin cuando se sienta ante el piano y toca esto?


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Dios santo, sólo con oír cómo pronuncia “Paganini, Listz, La Campanella”, altivo, seguro de si mismo, henchido de felicidad, se me ponen los pelos de punta.
Cuentan de Kissin (aunque la anécdota se atribuye también a Andrés Segovia o a Sergio Feferovich) que una vez, tras un concierto, una mujer se le acercó para felicitarlo.
- ¡Maestro!- dijo la señora arrobada- ¡Yo daría mi vida por tocar el piano como lo toca usted!
A lo que él respondió:
- Y qué cree que he hecho yo hasta ahora.

Dar la vida entera por un ideal. Por una pasión.

Qué hermoso, ¿verdad?

No puedo imaginar lo que siente un genio inundado de pasión porque no lo soy. Pero puedo dar fe de lo que se siente cuando la persigues hasta el final. Una de las grandes conclusiones de mi viaje es que no debes prescindir de cumplir tus sueños. Independientemente de tu genialidad, no dejes de cumplir tus pasiones, tus deseos, no dejes de hacer lo que de verdad deseas, no dejes de aporrear ese puto piano hasta que la Campanella inunde todo tu cuerpo y fluya a través de ti, aunque sólo tú disfrutes de cómo suena. No dejes de cumplir tu vocación, maldita sea. Aunque esto te lleve a estar tú solo, tiritando con la calefacción apagada, pobre como una rata, delante de un teclado, a las doce de la noche de un sábado, con la cabeza llena de fantasmas de recuerdos de estepas vacías y templos ocultos en la maleza.

Mierda, yo estuve en esos templos.

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