close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Se ha ido la luz. Otra vez. Ayer estuvo ausente todo el día, hasta que a las diez y media de la noche me sacó de mi sopor encendiendo espontaneamente la bombilla que pende sobre mi cabeza y haciendo girar las aspas del ventilador durante cosa de media hora. En ese breve lapso de tiempo sentí una brisa mortecina que me supo a gloria. La temperatura del cuarto es de unos cuarenta grados, día y noche. Llevo inmóvil y cubierto de una gruesa película de sudor unos tres dias, incapaz de salir a enfrentarme con el inmisericorde sol del trópico. Desde mi ventana, tapiada con redes antimosquitos y una gruesa capa de roña adherida a los cristales, puedo ver suficiente Mozambique. En la misérrima pensión de Vilanculos en la que me encuentro sólo estamos Jesucristo y yo. He decidido llamarlo Jesucristo porque la primera vez que lo vi, el tipo estaba caminando sobre las aguas. Iba completamente vestido con una desconcertante mezcla de vestuario de safari y ropa técnica para correr un maratón, que se pegaba a su cuerpo obeso como una segunda piel.

Mozambique. Esperanza media de vida: cuarenta años. Media de edad: diecisiete. Casi seis hijos por mujer. Setenta por ciento de analfabetos. Hasta el 92, inmerso en una cruenta guerra civil. Dos millones de minas terrestres por desactivar todavía. Casi el ochenta por ciento de la población vive bajo el umbral de la pobreza.

Embadurnado de arriba a abajo con crema protectora, unas gafas de sol desmesuradas y un gorro de paja que lo hacía asemejarse a un mariachi algo ajado, se adentró en el Indico con pasos decididos y se fue caminando tan campante hasta una isla de arena que despuntaba tímidamente, un kilómetro y medio mar adentro, y ahí se quedó con los brazos abiertos absorbiendo la energía del Planeta. Esta mañana Jesucristo salió al patio de la pensión y se sentó al sol sobre las baldosas ardientes. Estuvo sudando como un cerdo alrededor de dos horas, bebiendo a sorbitos una pequeña botella de ginebra barata local que seguramente sirva para limpiar pinceles, con la mirada perdida en el infinito. No sé cómo soportó aquello más de veinte minutos. A mi, me da el sol un cuarto de hora y me desplomo en plena calle. Jesucristo tiene unos cuarenta años y aspecto de inglés cervecero, de pelo rojo rapado al cero y barriga prominente blanca y globosa como una cebolla. Ayer entró completamente vestido en la piscina -en la charca mugrienta y llena de insectos que aquí llaman piscina- y sólo quedó a la vista su gorro de paja flotando absurdamente en el limo, hasta que emergió minutos más tarde con cara de no haber roto un plato en su vida. Mis curiosos acercamientos iniciales dieron como resultado una serie de monosílabos incongruentes. No tengo ni idea de qué coño hace Jesucristo en Vilanculos. Pero ahí está. Puedo verlo ahora mismo, colgado boca abajo de un pequeño arbolucho que dibuja una pálida sombra en el patio de la pensión. Inspira y expira con grandes aspavientos. Hace diez minutos dibujaba a los perros famélicos de la pensión, esta mañana cargaba con un manojo de diez piñas como un guerrero huno arrastrando las cabezas de sus enemigos. A saber qué coño hará en la próxima media hora.

En Ilha de Mozambique
40ºC. Día 634 de viaje. Leyendo Apocalipsizs Zombie, de Manuel Loureiro

El retorno de los cubos en los váteres, que había dejado atrás en Nepal.

El retorno de los cubos en los váteres, que había dejado atrás en Nepal.

Vilanculos. Casi el ecuador de Mozambique. Un villorrio agonizante a pie de una de las playas más hermosas que he visto en mi vida. El retorno de los cubos de agua en los cagaderos, de las duchas frías y de los ventiladores que no emiten ni una brizna de aire. Pasear por sus callejas polvorientas es una lección de vida. Manadas de niños diminutos se pelean por cogerme de la mano o tocarme el pelo. Decenas de conseguidores, con la frente perlada de sudor, se esfuerzan por caerme bien y venderme cualquier cosa imaginable. Chozas y más chozas de paja y barro, circulares, hundidas en la arena, misérrimas. Una mujer que juega con su bebé y lo acaricia como si fuera el pétalo de una delicada rosa. Tienduchas armadas con cuatro ramas retorcidas en las que una mujeruca intenta vender habas, carbón, cacahuetes o un pedacito de tela. Viejos esqueléticos peleando con una máquina de coser a pedales protegida del sol por una pequeña palmera. Baobabs panzudos de los que cuelgan decenas de niños como adornos de navidad. Calles de arena muy fina en las que Fefa se queda atrapada. Fogatas al atarcecer, olor a fritanga. Cielos plagados de estrellas muy brillantes. Mareas vivas muy azules que descubren hectáreas y más hectáreas de arena lisa de blanco inmaculado. Bancas de ladrillo en las que se vende pan, aceite, DVDs piratas, velas chinas antimosquitos. Muchachos imberbes vestidos con chalecos sucios de empresas de telefonía móvil intentando colocar chips y recargas bajo el sol abrasador del trópico. Paralíticos cuyas sillas se quedan enterradas en la arena. Una bicicleta oxidada de la que penden boca abajo veinte gallinas aterrorizadas. Seis o siete mujerucas cargadas con bebés a sus espaldas ofreciendo buñuelos de judías cubiertos de arena y hormigas. Un crío de nueve años al frente de un puesto de piñas. Calles y más calles de arena y polvo. Niños y más niños ociosos. Y, al fondo, más grande que nunca, el océano Indico. Cálido, sereno, manso, majestuoso, salpicado aquí y allá de islas de arena blanca y barcuchos de pesca en plena faena.

Vilanculos, Mozambique

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El Océano Índico en Vilanculos. Click para agrandar.
Las palmeras

Las palmeras

Para llegar a Vilanculos hay que navegar por un infinito mar de palmeras. Lozanas, caprichosas, apuntando sus melenudas cabezas a cualquier lugar, preñadas de cocos. Abandonar Maputo es pelear con un festival de miseria durante un par de febriles horas en las que dirías que estás atrapado en chicle. La ciudad es una escombrera tristísima, agónica caricatura de lo que debió ser hace unos años, antes de la guerra civil o de que las calles cambiaran de nombre y se dedicaran a Lenin o a Mao. Edificios en ruinas, carcomidos por un moho negro como el betún, a pie de calles sin aceras, manadas de vendedores misérrimos poniendo en filas ordenadas unos zapatos usados o un par de destornilladores mellados. El enorme Cine Caparica a pie de una cafetería desabastecida e inundada por la arena, rodeado de una veintena de muchachos ociosos languideciendo al sol. Solares abandonados inundados de escombros, hierbajos, montañas de basura, chabolas, manadas de niños descalzos disputándose un balón de trapo, centenares de furgonetas que renquean de un lado a otro cargadas hasta los topes de esclavos. Desde un camión me hacen por primera vez un gesto que luego aprendería a identificar a lo largo de toda la ruta: un obrero negro como el carbón y completamente empapado del sudor de la larga jornada se frota la barriga y extiende la mano con gesto lastimero. Limosna. Dame limosna. Necesito comer. Tengo hambre. La gangrena de la misérrima capital parece inundarlo todo pero poco a poco los saturados mercados de pus y de sudor y de heces y de basura y de contaminación van disolviéndose en el sol de la mañana y el paisaje cambia, se hace más amable, despunta la naturaleza, primero timidamente, fogosa y resplandeciente después. Y Maputo se queda atrás al fin. Y las palmeras ganan la batalla. Y finalmente, el Índico.

Inharrime

Inharrime

Al llegar a Inharrime, un pequeño pueblito tristón a orillas de un lago de ensueño, consigo alojamiento barato en una pensionzucha a escasos cien metros de la playa. Baño compartido, un ventilador absolutamente ridículo que parece disipar el calor hacia el techo, muebles vintage y suelo de cemento. La cama está en un rincón y la arrastro hacia el centro de la habitación con la esperanza de aprovechar mínimamente la débil brisa del ventilador, pero me encuentro que debajo de ella hay alrededor de cien cadáveres de cucarachas gigantescas con sus patitas delgadas apuntando al cielo, acusadoras. Bajo a cenar pollo con arroz a un mercadito local y me acompañan, derrapando cuesta abajo, cincuenta colegiales que han terminado su jornada lectiva. Muchos de ellos arrastran ramas de palmeras. Días después, tras ver a centenares de niños cargando con ellas a lo largo del camino, descubriría el motivo: cuando vuelven del colegio, los niños deben llevar cuantas ramas de palmera se encuentren, y depositarlas en montoncitos comunales a pie de los poblados. Así, si alguien necesita una rama de palmera para reparar su casa, siempre encuentra una a su disposición. No pude menos que preguntarme qué responderían nuestros niños occidentales si les obligáramos a lllevar de vuelta a casa, todos los días, un ladrillo.

Inharrime, Mozambique Inharrime, Mozambique Inharrime, Mozambique Inharrime, Mozambique Inharrime, Mozambique

Inharrime. Click para agrandar.

A partir del Trópico de Capricornio, en un lapso de trescientos kilómetros, las palmeras desaparecen. Y dan paso a los baobabs.
Es imposible no sentirse un poco Principito la primera vez que reconoces, recortada contra el horizonte, la figura rechoncha e imponente de un baobab. Los reyes del bosque africano son unos desconcertantes colosos que parecen haber sido plantados al revés, con sus raíces apuntando al cielo en señal de súplica y perdón a los dioses: una vieja leyenda africana dice que el baobab era el árbol más hermoso de la Tierra pero fue castigado por su vanidad a vivir boca abajo. De grandes frutos que parecen senos bamboleantes, el árbol abre sus flores sólo de noche a los grandes murciélagos que toman el relevo a las aves de muchos colores que pueblan el cielo infinito de Africa. Sin ser tan abundantes como las palmeras, los baobabs se encuentran por centenares a ambos lados de la carretera, dando cobijo a enormes termiteros cobrizos y pequeños poblados de casuchas de paja.

Haciendo amigos con un baobabcito

Haciendo amigos con un baobabcito

Las casas de Africa

Las casas de Africa

Y aquí es donde debo hablar de las casuchas de paja. Desde la ceguera selectiva de Europa, la difusa imagen que nos llega de Africa nos hace pensar que tal vez haya algún negrito (odio cuando la gente utiliza la palabra “negrito” como si por ello resultara más liviano el epíteto) que viva en una choza y, de ellos, quizá alguno pase hambre. Pero a medida que Africa fue desplegándose bajo las maltratadas ruedas de Fefa, descubrí que lo normal en Africa es vivir en una choza. Esos millares de personas que me saludan con sonrisa franca, esos centenares de individuos rendidos bajo el sol que extienden sus manos hacia la carretera o esos millones de niños vestidos con harapos que levantan sus pulgares al oir el rugido de la moto acercándose desde la lejanía, TODOS ellos viven en chozas de paja, sin agua corriente, sin luz eléctrica, sin nada más que una camiseta ajada, un pantalón viejo, y el SIDA correteando sin freno en sus venas. Chozas circulares fabricadas con un enrejado de cañas y rebozadas de barro, casuchas misérrimas de ramas con tejados de hojas de palmera, chamizos clavados bajo un baobab con paredes de mierda seca de vaca, tenderetes erigidos con palos entrelazados y cubiertos de légamo. Así vive Africa. Como animales, como bestezuelas olvidadas en un misérrimo rincón del mundo. Centenares, miles, millones de personas cobijándose malamente de la intemperie bajo una techumbre de miseria.
¿Y qué hace en su vida la gente de las cabañas de paja? Esperar. Se sientan a esperar a pie de carretera con una montañita de piñas. Con una palanganita llena de cacahuetes. Con cinco limones. Esperan eternamente que alquien pare para comprarle los tres camarones que han conseguido capturar de madrugada en el río. Intentan vender una gallina famélica. Muchos niños, algunos adultos, casi ningún anciano esperan que alguien necesite un saco de carbón o tres huevos. Un atajo de paja. Una bolsa de cebollas. Un litro de gasolina. Unos zapatos usados. Y los que no tienen nada, agitan al paso de los camiones una palangana de plástico vacía. Por si alguna vez alquien para y les arroja unas monedas. Esa es la vida de millones de personas bajo el impenitente, gigantesco y cruel cielo de Africa. Día tras día. Mes tras mes. Año tras año. Sin la más mínima posiblidad de prosperar. Sin la más ínfima esperanza de cambio. De la choza a la carretera. De la carretera a la choza. La capacidad de elección es el mayor tesoro de los países del primer mundo, y es algo que no valoramos jamás. Podemos elegir nuestra profesión, dónde vivimos, con quién nos casamos, o qué vamos a comer mañana. Sin embargo, esta posibilidad está vetada a millones de personas, con sentimientos, ojos, paladar, capacidad de discernimiento o raciocinio idénticos al nuestro. Los habitantes de las chozas de Africa jamás podrán elegir su destino.

Pero no fui consciente de esto inmediatamente. Porque viajar tanto aturde, y el primer millar de casuchas de barro pueden resultar incluso pintorescas si no las ves como las casas de los habitantes de Africa, sino como elementos decorativos de la sabana. Curiosamente, fue la lluvia la que me mostró la miseria que se agazapaba bajo los baobabs y tras los arbustos de la llanura. Una lluvia inesperada y traicionera que llenó los baches del asfalto de agua limpia. En cuanto dejó de llover, salieron las mujerucas y alguna niña atareada como una hormiga. A centenares. Cargando niños pequeños como muñecos de ébano. Se arrodillaron a pie de carretera y se pusieron a lavar la ropa en los charcos. Centenares, miles de mujeres y niñas arrodilladas en el arcén lavando la ropa en los baches llenos de agua de lluvia. Parloteando, frotando los trapos contra el asfalto, en manadas multicolores apiñadas al borde del asfalto como las fragantes matas de menta que se cimbrean bajo el sol.
Diseminadas en la espesura, encuentro decenas de banderas del Partido Comunista y del Frelimo casi desintegradas, apenas un gironcillo rojo oreándose debilmente al viento. Y letreros oxidados que recuerdan que la zona no está libre de minas. Y gente caminando. Niños pequeños yendo y viniendo a la escuela en remolinos. Millardos de mujeres cargando bebés a sus espaldas, atados con un trapo de colores, transportando todo tipo de cosas en la cabeza. Carretera arriba, carretera abajo. Hombres recios de mirada perdida arrastrando tablones, yendo de acá para allá con machetes, en grupos vocingleros o parejas silenciosas y taciturnas. Chavalillas de no más de ocho años llevando bidones sobre sus cabezas. Africa no para. Y se mueve trabajosamente en bicicleta: cinco personas en una bicicleta oxidada riéndose al atardecer, un muchacho esquelético con tablones larguísimos atados bajo sus piernas de forma inverosímil, cincuenta aterradas gallinas boca abajo, tres enormes sacos de carbón apilados ordenadamente detrás del asiento, un cerdo histérico colgando del manillar, una mesa sin tapa, una cama, todo cabe en una bicicleta.
La hermosa monotonía del paisaje lozano se ve interrumpida por puebluchos miserables, de casas de barro sin puertas ni ventanas. Las mujeres se reunen a una hora señalada arrastrando petates con cosas que intentan vender al mayorista, reunidas bajo un árbol. El mayorista se detiene con su reluciente pickup y selecciona los sacos que quiere mientras a su alrededor se agolpan los saris y los turbantes de colores. Un rosario de miserables casuchitas en las que se vende género de primera necesidad, algún bar mugriento, un pequeño grupo de niños semidesnudos jugando con un palo, una rueda desahuciada de bicicleta, un carrito hecho de alambre oxidado. Cuando se detiene una furgoneta de pasajeros, surgen de ninguna parte, corriendo como gaviotas hambrientas, decenas de muchachos jóvenes que ofrecen a los pasajeros latas de bebida fría, plátanos o cacahuetes. Parecen hienas famélicas lanzándose a su presa enloquecidas, gaviotas rapiñando un pesquero en plena faena. Gritan, se codean, se empujan, chillan a las ventanillas y arrojan al interior de las furgonetas los refrescos. Cuando la furgoneta se va por fin, se alejan cabizbajos a refugiarse en la sombra y a esperar a la siguiente furgoneta.

Villa típica de Mozambique a pie de carretera

Villa típica de Mozambique a pie de carretera

Llego a Inhambane. Había leído que era la villa más hermosa del país. Encuentro una guesthouse de esas que reciben a todos los extranjeros de paso por la zona. Cerveza, paredes pintadas de colorines, música muy alta, pollo con arroz, y atardecer sobre la laguna. Un par de chavales de la localidad intentan por todos los medios ligarse a una inglesa algo entrada en carnes que, obviamente, llegó a Mozambique con infinita sed de aventura. La hacen reír y encargan más cerveza. Intentan caerme bien por si yo también los invito a beber, sugieren que les pague unas copas a cambio de charla intrascendente. En Africa todo el mundo pide dinero. Es muy difícil relacionarse con gente, todos parecen exigir compensación económica a cambio de sus palabras, de su atención o de su tiempo. Salgo a caminar por las calles del pueblito y de repente me encuentro en medio y medio de un barrio hindú. Pregunto a un chatarrero, que me cuenta que desde la época de Vasco da Gama hay indios en esa zona, traídos por su habilidad con la madera para construir barcos de pesca. De Goa. No puedo menos que emocionarme: Mozambique cierra así el ciclo que abrí en mi viaje de prueba por Portugal hace dos años: calzadas blanquinegras en la Península Ibérica, en las costas privilegiadas de India, en las playas urbanas de Brasil, y ahora también aquí, en Mozambique.

Inhambane Inhambane Inhambane Inhambane Inhambane Inhambane Inhambane

Inhambane. Click para agrandar.
Iglesia en Mozambique

Iglesia en Mozambique

Donde quiera que mire, una iglesia. A veces son simples triangulitos de paja sostenidos por estacas, sin paredes ni altar, simplemente un tejadillo bajo el que adorar a Dios en el sol tropical. El hijo de un carpintero los habría visto con aprobación. Tampoco faltan los misérrimos barracones de ladrillo encalado con techumbre de chapa, ni las coquetas capillas coloniales desconchadas y carcomidas por el moho, ni desconcertantes edificios de una suntuosidad casi insultante que despuntan entre los matorrales y las chozas, resplandecientes y altivos. Si Dios existiera y en verdad fuera misericordioso, estaría retorciéndose de ira en la cruz al ver a todos esos muchachos con sus palanganas suplicando por unas monedas a escasos metros de edificios así, erigidos presuntamente para Su mayor gloria. ¿Necesita Dios acaso que se cante de semejante modo su grandeza? ¿por qué, si es omnipotente? ¿se siente tan inseguro del amor de los hombres como para exigir de ellos semejante sacrificio? Un Dios misericordioso se sentiría ultrajado ante semejante derroche de estuco y pintura dorada: un Dios misericordioso exigiría que ese dinero se destinara a quienes realmente lo necesitan y no a Él, que al fin y al cabo lo tiene todo. Igual de absurdas me resultan las mezquitas, cada vez más frecuentes, vociferando a los cuatro vientos, cinco veces al día, que Alah es grande. ¿De verdad se piensan que Alah valora el esfuerzo de esas infinitesimales criaturas recordando, temerosas, lo grande que es? ¡pero si ya es lo MÁS grande, eso no exige argumentación alguna! ¡Él ya lo sabe! ¡nosotros lo sabemos! ¿a qué coño viene estar recordándolo día y noche pues? ¿para qué alimentar el ego de quien es Infinitamente Supremo?

El sudeste asiático en Africa

El sudeste asiático en Africa

El Islam apareció al mismo tiempo que los campos de arroz. De repente el paisaje cambió brutalmente, la sabana dio paso a enormes lagunas, extendiéndose hasta el horizonte pasmado, salpicadas de voluptuosas montañas cársticas. Por un momento, me vi en el sudeste de Asia. Desperdigadas aquí y allá, diseminadas entre los reflejos del sol en el agua, las siluetas encorvadas de mujeres trasteando con los pies de arroz. Cada una concentrada en su hectárea: una hormiguilla removiendo una montaña, parecían. Y coloridos velos aquí y allá, de mujeres con la cabeza cubierta. En la carretera, las mujeres transportan el mundo entero sobre su cabeza. Desde larguísimos palos a bidones llenos de agua, pasando por saquitos de arroz o cestas de frutas. Y, a sus espaldas, rechonchos niños colgando, dormidos. El uno por ciento de ellos morirá antes del primer año.
Los niños. Corriendo como marionetas de cuerda a las que el resorte falla un poco. Braceando, mirándome pasar incrédulos, saludándome a voz en grito u observándome con ojos enormes, velados y anestesiados. Me canso de saludar niños, son miles de manitas, de pulgares levantados al cielo. Vestidos con harapos, con el uniforme del colegio, desnudos chapoteando en el río, en manadas bulliciosas. Ojos asombrados a mi paso. Me paro a comer un arroz con pollo y se presentan dos niños mendigos profesionales, que primero acosan a un grupo de sudafricanos pudientes. Uno de los lazarillos va en silla de ruedas, el otro empuja. Extienden sus manos y gimen lastimeramente, con movimientos estudiados. Cuando han obtenido recompensa de las orondas y maduras sudafricanas, van a por mi. Los ignoro largamente, así que se retiran tras una palmera y esperan pacientemente a que me levante. Cuando se cansan, el que está sentado en la silla de ruedas se levanta y el otro ocupa su lugar, y se van calle abajo gimiendo y extendiendo sus manos sucias. Niños, niños y más niños. Millares, millones de niños. Paso al lado de una escuela que no es más que un chamizo. Están esperando a que llegue el maestro y me contemplan desde la lejanía como si en ese momento estuviera pasando un fórmula uno, señalándome incrédulos. Me detengo entonces, doy la vuelta, y hago algo que he estado deseando hacer desde hace unos cuarenta países. Entro lentamente en el patio de recreo, ante la mirada atónita de los boquiabiertos chavales, que me rodean inmediatamente lanzando gritos de admiración. No tienen más de doce años. Son pobres hasta el desgarramiento. Una marea de cabecitas negras de pelo apelmazado y pies cubiertos de costras. El cuchitril que sirve de escuela no tiene paredes, sólo estacas que sujetan el techo de paja. Los asientos son tablones claveteados al suelo. La pizarra es un cacho de madera pintada de negro. Contemplan la moto pero no se atreven a acercarse, me miran como si hubiera descendido de los cielos. Me rodean atónitos, es evidente que nunca en su vida han tenido una sorpresa así. El maestro llega corriendo del otro lado de la carretera: apenas tendrá veintidós años, me sonríe abrumado, me da la mano y me cede un trocito de tiza verde. Me cuenta que da clase a doscientos chiquillos bajo aquel tejado de paja. Dibujo España, dibujo Europa, dibujo Asia. Me escuchan con la boca completamente abierta, y a medida que les narro los meses que he pasado conduciendo acompañan mi narración con grititos de asombro. Dibujo Australia, dibujo América, dibujo Africa. Africa. Les cuento que me quedan meses para cruzar todo el continente. Dejo que toquen mis protecciones, que miren el puntito que representa toda su vida en la pantalla del GPS, que acaricien los dibujos pakistaníes del tanque de gasolina de Fefa. Y luego me voy y los dejo ahí, podridos de miseria.

Con los niños ante la escuela

Con los niños ante la escuela

Mi destino es Ilha de Mozambique, el primer asentamiento de portugueses. De alguna manera, imagino que será un lugar paradisíaco, de cuidados edificios coloniales encalados brillando al sol. Playas blancas contemplando un Océano Índico fulgurante. Pero poco a poco el paupérrimo país va dándome más y más curas de realidad. Y entonces, a unos cincuenta kilómetros de mi destino, ocurrió una de esas cosas que sólo ocurren dos o tres veces en la vida. Y pude capturar el momento en vídeo, por los pelos.

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