close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

La perra, un adefesio purulento y cubierto de costras, se puso a gemir lastimeramente como una puerta vieja que chirría. La intentaba violar con hastío un macho viejo, de testículos pelados como dos bolsitas de cuero pardo, que babeaba ligeramente y lo contemplaba todo con un único ojo adormilado y legañoso. Hacía un calor pastoso, denso, casi palpable, precursor sin duda de una tormenta de proporciones épicas. Intenté beber la Mirinda, pero una decena de moscas se habían aposentado en la boca de la botella, y no parecían muy interesadas en abandonar el festín. Hace sólo un año habría tirado la bebida. Hoy, simplemente pasé la mano para limpiarla un poco y eché otro trago con indiferencia. Se oían, a lo lejos, las vuvuzelas ciclópeas de una tormenta. A la pobre perra se le podían contar las costillas. No paraba de gimotear, cada embestida del macho era recibida con un chillido agónico y largo como un atardecer. Empezó a llover, y la imagen de los perros copulando tristemente se hizo todavía más patética. El macho dejó de zarandear la pelvis un instante y husmeó al aire. Su ojo derecho estaba oculto tras una enorme cicatriz caprichosa y áspera como una zanja, que le cruzaba la cara desde la frente a la quijada. Lluvia, lluvia y más lluvia. Los cielos se abrieron con fuerza, chisporroteaba la tromba sobre el tejadillo de zinc. El propietario chino del pequeño supermercado donde me había parado a guarecerme de la tormenta contó un fajo de billetes por enésima vez, mientras observaba de reojo un concurso de bailes de salón en el televisor, pequeño como un sello, que le hacía compañía. Contar los billetes era su tic. Lo hacía regular y mecanicamente.

En la Isla de Ometepetl, Nicaragua
Día 417 de viaje. 33ºC. Rerereleyendo Justine, del Marqués de Sade

El Tapón de Darién

La carretera Panamericana es una prodigiosa obra de ingeniería que conecta el sur del Continente -Tierra de Fuego- con el norte -Alaska-. Esta gigantesca carretera que cruza trece países a lo largo de 25.000 kilómetros se ve interrumpida sólo en un pequeñísimo tramo de 80 kilómetros, en los que la selva, el narcotráfico y la guerrilla no permiten continuar. A este fragmento de tierra se lo conoce como el Tapón de Darién y es completamente inexpugnable: cada año un par de gilipollas son secuestrados o rescatados o recuperados en bolsas de plástico al intentar atravesarlo por tierra.

El Tapón de Darién había sido tal quebradero de cabeza que sentía la necesidad de ir a conocerlo en persona. Había estado leyendo todo tipo de informaciones contradictorias relacionadas con presencia de guerrilla, poblados indígenas, fango, bestezuelas salvajes y controles militares de todo tipo y sentía que debía ir y contarlo. Así que el morro de Fefa apuntó hacia el este y, sin que sirva de precedente, retrocedí en mi periplo dirección a Colombia. Los primeros kilómetros del trayecto fueron extraordinariamente aburridos: a ambos lados de la carretera, salpicada de enormes y desconcertantes baches del tamaño y forma de cráteres lunares, anodinos campos de cultivo, hileras infinitas de bananeros, y vacas chepudas de aspecto sumamente estúpido. Pero entonces la jungla hizo acto de presencia. A mi alrededor, empezaron a chisporrotear las plantas, que estallaron al fin como fuegos artificiales: racimos prietos de troncos y ramas explotaban y se dividían exponencialmente: de un tronco salían cuatro ramas, de las cuatro dieciséis, de las dieciséis, sesenta y cuatro. Cada sesenta y cuatro ramas propagaban doscientas cincuenta y seis que a su vez albergaban mil veinticuatro hojas verdes, jugosas y crocantes, levantando al cielo sus puntas como lanzas ávidas de luz. Los árboles y los arbustos empezaron a devorar la carretera, formando una pared vertical de vida, y un techo frondoso que apenas dejaba pasar los rayos débiles del sol. Las plantas multicolores que agonizan en macetas de las casas de media Europa aquí parecen gigantes enardecidos: costillas de Adán del tamaño de catedrales, troncos de Brasil gruesos como muslos, racimos de heliconias que parecen ciudades enteras brillando cegadoras entre la maleza.

Bienvenidos a Darién

Bienvenidos a Darién

Y empezaron los controles militares. Muchachitos vestidos de caqui, soldaditos de plomo parando coches, haciéndose los importantes, y simulando investigar la carga de los pickups y los documentos de los sudorosos viajeros de los diablos rojos. En cada control, un cartel en el que un mulato ufano y sonriente declara, pulgar en alto, “yo ya me he desmovilizado: gracias a las ayudas del gobierno he dejado las armas y tengo casa propia y un trabajo con el que sostener a mi familia”. Hace calor, calor y más calor. Y amenaza lluvia una vez más. He descubierto que hay acá dos tipos de lluvia: la que cae fina y eterna todo el día sobre el lomo de la selva, y la que se ve venir desde lo lejos y se desmorona en tromba violenta durante media hora y luego desaparece de forma abrupta como se presentó.

La selva, ella.

La selva, ella.

Llego a un pequeño pueblo llamado Meteti donde un soldado en ropa de camuflaje me recomienda que me aloje en un hostalucho que parece un almacén o una fábrica de perfiles de aluminio. Ceno en un restaurante chino -lo único que hay abierto aquí- donde la comida es tan nauseabunda que roza el límite de lo tolerable. Me tumbo en la cama, completamente desnudo y cubierto de una fina película de sudor. Escucho los sonidos de la selva tras las mosquiteras oscuras. El cielo está encapotado y ha engullido a la Luna y a las estrellas. Sólo hay negrura, como una cortina de terciopelo, más allá del círculo de luz que arroja el hotelucho. Las gotas de lluvia resuenan sobre las enormes hojas de las plantas como golpeteos de una orquesta de tamboriles. Chirrian, rumian, canturrean y gimen todo tipo de pájaros e insectos desconocidos refugiados impunemente en la espesura negra. Intento identificar distintos animales en la fenomenal cacofonía, pero no lo consigo. Hay literalmente miles de idiomas paralelos improvisando una sinfonía fabulosa: ululares, chillidos, pitidos, carracas, cucúes, alaridos, gañidos, hipos, carraspeos, gemidos, trompeteos y chasquidos. Los sonidos extraterrenales me van adormeciendo poco a poco y mi propia conciencia se disuelve con el palpitar profundo de la selva que me rodea.

Caza y captura

Caza y captura

Un empujón más y llego al Tapón. Las guías de viaje lo habían descrito como una calle mortecina en la que cuatro o cinco casuchas languidecen a la espera de su definitiva disolución espontánea en una montañita de polvo. Pero no es así. La calle principal desemboca en un pequeño puerto de hormigón y barro en el que un grupo de militares aguardan a embarcar en una canoa de madera con capacidad para quince o veinte personas. Hay un gran jaleo causado por los estibadores espontáneos que están transportando fardos y piñas de plátanos desde el río a una decena de pickups aparcados en el lodo. Cuatro o cinco jangadas más surcan a toda velocidad el torrente de color chocolate con dirección a ninguna parte. Una gran lona de PVC atornillada en un arbol ofrece una recompensa de 200.000 balboas por información que conduzca a la detención de cuatro secuestradores-narcotraficantes-guerrilleros. Las calles de Yaviza tienen una actividad que, para este lugar del mundo, podría considerarse frenética. Me siento a refrescarme en un pequeño bar con terraza que da a la calle principal. Ante mi, un colmado en el que se venden bidones, pulseras, gafas de sol, fundas para machetes y baterías de coche. La presunta camarera, una mulata rolliza con cara de nada, se me queda mirando desde su silla.

Yaviza, calle principal

Yaviza, calle principal

Embarcadero

Embarcadero

- Hola- saludo. Se produce un largo e incómodo silencio. Considero la opción de levantarme e irme. Decido esperar, a ver qué sucede.
- No hay comida- dice finalmente dándose por vencida.
- No quiero comer, sólo tomar- contesto intentando adaptarme a las peculiaridades lingüísticas de la zona.
- No llegó la señora.
- Puedo esperar.
No mueve ni un pelo. Se me queda mirando largo rato sin pestañear, como un buho, estudiando cada uno de los detalles de mi indumentaria y mi cara, respirando pesadamente. Decido contemplar cómo pasa la gente por la calle. Para mi suerte o desgracia, se produce ante mi propia mesa un insólito desfile de curiosidades de la naturaleza: niñas de cristal, mujeres con la cara cubierta de verrugas y tumores, ancianos de dos metros y medio, enanos sin brazos, hombres con las piernas amputadas montados en carretillas, madres escuálidas con bebés hidrocéfalos, adolescentes con progeria, viejas que hablan solas y mujeres con elefantiasis avanzada. Llega la señora.
- Sólo hay selvesa- anuncia con brusquedad.
- ¿No tiene Coca-Cola? – pregunto esperanzado. La presunta camarera, que me ha estado observando sin mediar palabra todo el rato, interrumpe:
- Dijo que quería tomar.
- Si… tomar, beber- contesté acobardado.
- Coca-Cola tengo yo, pensé que quería tomal- responde levantándose de mala gana. En este país, tomar es beber alcohol. En otros es beber cualquier cosa. Qué le vamos a hacer. Separados por una lengua común. Deposita ante mi una botella de Coca-Cola golpeándola contra la mesa con fiereza y regresa a su banqueta para observarme con más recelo todavía, hinchando los pabellones nasales con cada respiración. Sorbo la Coca-Cola en silencio. Una enorme avispa que parece un helicóptero futurista decide que merezco un rato de su tiempo. Gira a mi alrededor con movimientos azarosos, acaricia mis orejas, roza mis labios, mi nariz, se encariña con mi camiseta, con mis pantalones, juguetea con mi pelo, con mis gafas de sol, bebe de mi Coca-Cola y de mi sudor, escrutina mis manos y mis pabellones nasales. Cuando por fin me canso, intento apartarla de un manotazo y golpeo accidentalmente la Coca-Cola. Soy capaz de capturar la botella en el aire en medio de una grácil parábola, pero no consigo evitar que se derrame un charquito en el suelo. La presunta camarera, como si fuera una estatua de una diosa primitiva hecha de arcilla, me sigue mirando en mortal silencio.
- Lo siento- digo timidamente-. ¿Me puede dar un pañito y lo limpio enseguida?
La mujer me observa sin decir nada. Se oye el cricrí de un grillo. Pasa una planta del desierto rodando. Decido irme.
Paso fugazmente de nuevo por Ciudad de Panamá para someter a Fefa a un lavado de imagen y prosigo rumbo al oeste.

Poblado indígena

Poblado indígena

Costa Rica, primera edición

El final de Panamá es anodino de nuevo: parece que el país no puede ofrecerme ya más novedades. Paso la frontera muy tarde, casi coincidiendo con la puesta de sol. Alrededor de la aduana se agolpan decenas de paupérrimos centros comerciales atiborrados de productos chinos de pésima calidad, que se venden más baratos de lo normal porque el pueblo puede comerciar sin impuestos. El laberinto de tienduchas de electrónica cutre e imitaciones de perfumes y zapatillas de deporte rebosa de público que mira pero no compra. Dentro hace un calor de mil demonios, y siento la necesidad de apartar a todo el mundo a ostias para salir por pies de ese atolladero. Caigo a trompicones en Costa Rica. Cambiar de país es un fastidio, cuando te habías acostumbrado a la dinámica de uno has de aprender las reglas del siguiente: sus precios, el aspecto de sus cajeros automáticos, el estado de sus carreteras, la cortesía de sus conductores, o cómo se llaman las cosas. En Costa Rica lo primero que aprendo es que los hoteles se denominan cabinas y los restaurantes sodas. Y que los precios duplican los de sus vecinos.
Me sigue sorprendiendo lo mucho que cambia el mundo al otro lado de una línea imaginaria trazada por los hombres. Al pasar de Panamá a Costa Rica, aparecieron las flores. A millares. Emergían por doquier a ambos lados de la carretera, en las suaves lomas de césped de las cunetas, en las ventanas de las casas, en sus patios, colgando de los árboles y brotando espontaneamente en los tejados y la espesura de la selva. Dormí como un niño en un motel de carretera y, al día siguiente, descubrí que Costa Rica es mucho más frondosa que el tramo más exhuberante de Panamá. Aquí la selva es como un enorme útero jugoso, el país es una vagina latiente, húmeda, recubierta de humores y burbujeante de vida. Selva y más selva brota, mana, explota y se extiende a ambos lados de la carretera. Mariposas del tamaño de platos de té revolotean sobre la carretera y se cuelan en el casco. Iguanas de un rabioso verde fluorescente se cruzan en mi camino y salen huyendo al verme avanzar. Pequeños titíes, rápidos como un rayo, saltan de las ramas de los árboles y emergen de la espesura los coaties husmeando el cielo con sus hocicos curiosos. Bandadas de pájaros negros como el carbón se disputan la supremacía de los cielos haciendo un ruido ensordecedor. Es un vergel tan denso que adormece los sentidos y desafía la capacidad de las pupilas. Una gema que palpita. Aquí la selva, además, huele densamente. Huele a sexo, un olor profundo, gaseoso, casi comestible, acre, denso, pesado, embriagador y jugoso. Después de las lluvias de la tarde ese olor se hace más penetrante y sutil, más afrutado y armónico, como si los perfumes de todas las plantas convivieran en una acorde cósmico mezclados y entrelazados con los gases de la atmósfera y el ozono de la tormenta.

Momentos de Costa Rica

Cabeceo suavemente evitando los baches y al dar una curva me encuentro con una estampa inolvidable: un hombre gordo, montado a caballo, con la camisa abierta mostrando su tenso vientre cubierto de sudor, tira fuertemente de una cuerda arrastrando una vaca gigantesca de enorme chepa. Un perro voluminoso y lanudo ladra fuertemente a la vaca, intenta morderla, y la vaca amaga una cornada. Detrás, otro jinete tira de otra cuerda intentando dominar al animal. Es una estampa racial, primitiva y salvaje. Los dos hombres, con el rostro contraído por el esfuerzo, sudan y se retuercen para reducir a la enorme vaca, sus caballos piafan nerviosos, y el perro lanza bocados a los cascos de la fiera encordada y pega saltos imposibles para evitar la cornada.
El mundo desde la moto me está regalando permanentemente estampas así: destellos inesperados de la vida de otras personas que se vuelven eternos en mis pupilas. Esa campesina alzando sobre su cabeza un cántaro pesado, la muchacha que ríe a carcajadas en la cabina de teléfono, la pareja que se besa furtivamente en la barandilla de un puente, los gemelos que pelean por una pelota, la anciana que extiende una sábana en el pasto, el hombre rudo apoyado en su pickup, los párvulos izando la bandera en el patio de la escuela, las hordas interminables de ejecutivos correteando por las aceras. Todos forman parte de una estampa global de este mundo extraño y contradictorio que recorro.
Un lector de la web me ha regalado la ruta que debo seguir. Paso muy fugazmente por Costa Rica para ahorrar. Ha sido ya inoculada con el veneno del gafapastismo, así que los hoteles duplican y triplican los precios por llamarse Lodge, Spa, Inn, Eco, Boutique o cualquier combinación de esos elementos. La carretera que bordea la costa muestra playas de arena negra y cantos rodados, de un mar cálido y umbrío, rodeadas de una densa espesura de palmeras y plantas selváticas. Como voy a volver por el lado del Caribe, no siento demasiado remordimiento al cruzar el país en tres días. Son tres días hermosos, con la perpetua amenaza de la lluvia densa cerniéndose sobre mi cabeza y el borrón verde de la selva inundando el pequeño mundo. Sólo me falta soñar también cuando duerma.

Hacia los volcanes de Nicaragua

La frontera de Nicaragua es genuinamente surrealista. Nada más llegar, el suelo se convierte en un lodazal y un enjambre de conseguidores rodean a Fefa y señalan a todas partes intentando desorientarnos. Todos ellos se ofrecen a engrasar mi papeleo. Uno de ellos se pone especialmente pesado.
- ¿Tengo pinta de no saber pasar una frontera, hermano? – le pregunto finalmente, mosqueado.
- Acá es más difísil.
- ¿Qué va a ser difícil? Control de pasaportes, control de aduana, fin del asunto.
- Ah, si eh tan fásil pueh adelante- me contesta enigmáticamente. Eso me pone en alerta roja, así que entablo conversación con una pareja de moteros que llevan unas custom chinas a las que han pegado pegatinas de Harley Davidson. Visten integramente de cuero, llevan cadenas colgando, y en general se esfuerzan bastante por parecer fieros y despiadados. Ellos sí han pagado a un conseguidor, aunque el muchacho no parece demasiado eficiente. Me entero de que hay que conseguir un seguro, fotocopias del carnet de conducir, del permiso de circulación y del pasaporte. Los moteros me guardan el turno en la cola y yo corro bajo la lluvia a buscar un sitio donde hagan fotocopias. Lo encuentro pasando una valla mortal que vaticina un poco cómo será el país que me voy a encontrar a continuación. Nada más pisar territorio nicaragüense, salta sobre mi una nueva remesa de conseguidores agitando los brazos. Corro hasta la jurásica fotocopiadora ignorándolos a todos.
- Sólo córdobas, señor- dice impertérrita la muchacha del mostrador. Sólo moneda local. Salgo al exterior con un billete de cinco dólares y lo agito sobre mi cabeza.
- ¡¡¡CAMBIO!!! ¡¡¡CAMBIOOOOOO!!!-grito a la muchedumbre. Aparece un tipo orondo que se lleva mi billete y me realiza la peor conversión del mundo.
El hombrecillo que me vende el seguro viene a recibirme a la puerta de su kioskito, rellena formularios con una torpeza que haría chillar a una estatua de bronce y me indica que tengo que pagar una tasa de noséquécojones en el local de enfrente. Más tarde descubriré que en Nicaragua hay que pagar tasas de noséquécojones practicamente en todas partes y por cualquier cosa. Abono la tasa religiosamente, y ahí me indican que antes de proseguir tengo que fumigar la moto, para evitar la propagación de la avalancha de enfermedades que provienen desde Costa Rica en la inmaculada y aséptica Nicaragua. Así que monto sobre Fefa bajo el chaparrón, y la llevo a efectuar una fumigación completamente inútil que se disuelve bajo la lluvia en cuanto la aplican. Otra tasa de noséquécojones para el fumigador y retorno al control de pasaportes. No se ha movido nadie allí. Los moteros radikales me saludan con gran alegría. Uno de ellos está obsesionado con la Blackberry, y dice que está llamando a noséqué ministro de Honduras para que lo cuelen. Parece que el ministro se le resiste.
El funcionario que me sella el pasaporte una hora después me indica que debo abonar otras dos tasas de noséquécojones en su ventanilla. Me extiende los recibos y me dice enigmaticamente que ahora debo buscar al policía. Busque al policía. Una rápida consulta a varios individuos en uniforme revela que el policía se ha ido a comer, así que aparco a Fefa bajo un tejadillo de chapa y me siento a charlar con los moteros radikales. Pasa una hora. Y media. Aparece por fin el policía mascando un palillo.
- Quiero una fotocopia del pasaporte, otra del permiso de circulación, otra del carnet de conducir-. Lo dice con sorna, como si estuviera acostumbrado a encontrarse con gente que no está preparada para ese momento. Se los extiendo ante sus narices, y los contempla desilusionado. Firma, sella, cuña y me manda a pagar una tasa de noséquécojones a otra ventanilla que está en la otra punta de la aduana. Llevo ya cuatro horas parado en aquel lugar cubierto de fango y devorado por las moscas. Tras pagar la tasa y recibir un papel a cambio, retorno a la caseta de mi amigo el policía. Firma, sella, cuña y me anuncia por fin que me puedo marchar. No me lo creo.
Empaqueto mis cosas, me subo a la moto, busco una salida entre los escombros, las vallas de alambre y los edificios de oscuro propósito. Allá, allá al fondo parece que hay algo así. Corro hacia la luz al final del túnel, un tipo me pide la documentación, revisa que todo está en orden y levanta la barrera. Y entonces se interpone ante mi otro sujeto, me da el alto, y me dice muy serio:
- Tiene que ir ahí a abonar la tasa del ayuntamiento.
Empecé a reirme como un tonto. Estuve riendo a carcajadas mientras pagaba la tasa de noséquécojones, mientras me volvía a subir a la moto bajo la lluvia, mientras me despedía del desconcertado hombrecillo, y mientras recorría los treinta kilómetros que me separaban de San Jorge, el puerto al borde del Gran Lago de Nicaragua donde tomaría un ferry para visitar la isla de los dos volcanes.

En ferry hacia la Isla de Ometepetl

En ferry hacia la Isla de Ometepetl

Sin ser tan exhuberante como Costa Rica, Nicaragua empezó a gustarme más desde el primer kilómetro. Llegué a un pueblecito apacible al lado de una terminal de ferries bastante ajada y, a la mañana siguiente, descubrí que la bruma se había disipado sobre el lago que tenía delante de mi habitación y, en la lejanía, se perfilaban las siluetas gemelas de los dos volcanes de la Isla de Ometepetl -dos montañas, en lengua náhuatl-. Fefa y yo nos subimos al ferry -una chalupa oxidada que transportaba todo lo que necesitaban las 35.000 personas que habitaban la isla- no sin antes abonar una tasa de noséquécojones y pasamos una hora y media contemplando cómo los volcanes se iban acercando, amenazadores. Uno de ellos, el Concepción, humeaba copiosamente. Al desembarcar, como era de esperar, apareció otro tipo en el camino solicitando su tasa. La pequeña población que me recibió me recordó vivamente a Nepal: una agrupación de hostalitos baratos adaptados al gusto occidental: plumcakes, tortitas, wifi, letreros anunciando cosas orgánicas, light y telefonía IP. Al abandonar la isla, al día siguiente, tras un precario viaje en el techo de una canoa mugrienta que se abombaba peligrosamente bajo el peso de Fefa, enfilé rumbo a una preciosa ciudad colonial de casitas de colorines y calles empedradas atestadas de carricoches de caballos. Granada. La otra Granada, claro. Ahí Nicaragua empezaría a conquistarme de verdad.

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