El chaval que no dejaba crecer la hierba
¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia. Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
Observé cuidadosamente el comedor del restaurante. Descarté de inmediato las mesas cercanas a aires acondicionados, las que estaban en rincones demasiado oscuros, las que recibían directamente los rayos del sol. También eliminé de la ecuación las que estaban en el centro del local, las demasiado cercanas a la televisión y las que estaban próximas a la cocina. Finalmente, llegué a la conclusión de que la mesa de la izquierda era la perfecta y que mamá no podría ponerle pega alguna. El camarero nos observaba con la vidriosa mirada de quien lo ha visto todo. Cedí a mamá el asiento que tenía vista a la calle, porque sé que ella adora ver pasar gente mientras come. Me senté frente a ella pero, inmediatamente, supe que algo iba mal. Mamá frunció el ceño, se levantó y oteó en busca de otra mesa. Finalmente la localizó y se dirigió hacia ella con parsimonia, seguida de cerca por el camarero y por mi mismo.
- Ya sé que tú querías mirar a la negrita, né. Pero esa puerta entreabierta me iba a dar cistitis.
La negrita era, en efecto, un pequeño prodigio cuyo mérito se repartían la naturaleza y las tiendas de moda. En realidad me había sentado delante de mamá para que no pareciéramos los dos viejos de los Teleñecos, sentados ambos en el palco cotilleando. Pero, en efecto, al sentarme en aquella silla y no a su lado, tenía una visión dominante de la negrita. Era una muchacha joven, no tendría más de diecinueve o veinte años. Llevaba un peinado espectacular, de grandes bucles perfectamente rizados, con postizos de rubio paja intercalados con su oscuro pelo natural. Delgada, vestida con distinción y sin estridencias con un traje gris de corte elegante, con cara de muñeca de porcelana, pechos erguidos como manzanas asomando por el escote perfecto y ojos enmarcados en unas largas y traviesas pestañas decoradas con purpurina. Largas piernas morenas, aproximadamente de ocho kilómetros cada una. Rezumaba sensualidad y ternura a la vez, era una especie de lolita de la sabana. Iba acompañada de un hombre maduro, en la cincuentena tardía pero inmerso en una segunda juventud, un blanco anglosajón protestante con desenfadada camisa de Polo, mocasines Versace, un Rolex de seis toneladas en la muñeca izquierda y unas cuantas pulseras de cuero en la derecha.
Mamá se los quedó mirando.
- El viejo ese está chupando de la vida lo que pueda- sentenció al fin.
- Y la negrita está chupando del viejo lo que pueda- completé.
- Podría ser su nieta. O su bisnieta.
- Él tiene dinero y ella tiene belleza. A ver cuál de las dos cosas se acaba antes.
Nos quedamos tan panchos y leímos distraidamente el menú. No obstante, levanté una vez más la cabeza y contemplé a la negrita largo rato. Llegué a la conclusión de que aquella era la primera pareja mixta que veía en la semana que llevaba en Sudáfrica.
En el Desierto del Kalahari, Namibia
48ºC. Día 600 de viaje. Leyendo Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Hombres semejantes a animales. Animales que parecen modelos de catálogo. Modelos de catálogo que recuerdan a totems de ébano, totems que parecen antenas de telefonía y antenas de telefonía disfrazadas de árboles. Árboles como burbujeantes cascadas de agua, cascadas que recuerdan a bancos de nubes en el crepúsculo. Crepúculos como heridas abiertas. Heridas abiertas que siguen ahí. Jardines que parecen cementerios. Cementerios que parecen escombreras, escombreras que se asemejan a favelas. Favelas que recuerdan a urbanizaciones, urbanizaciones parecidas a pistas de aterrizaje. Pistas de aterrizaje que se funden con la sabana, sabana que parece un zoológico, zoológicos que parecen parques. Parques como mercados y mercados como revueltas populares. Sociedades que parecen saneadas pero que distan muchísimo de estarlo. Johannesburgo es un juego de simulacro y pantalla, de cosas que parecen lo que no son en realidad. Sudáfrica se esfuerza por arrojar una imagen de eficacia y normalidad, de asepsia y de pulcritud que, a poco que escarbes, se desmorona por si sola. Hay millares de detalles a tu alrededor que te hacen comprender que lo que estás viendo es un espejismo, y que la realidad del país sigue siendo dura y siniestra. En cierto modo, Johannesburgo es muy parecida a Islamabad: Una enorme cárcel dorada, una urbanización sin fin, tostada por el sol, en la que las distancias son colosales y apenas nadie camina por las aceras. Los ricos -los blancos- viven aislados del mundo exterior, atrapados en el interior de sus lujosas mansiones protegidas por omnipresentes alambradas eléctricas. Enormes autopistas surcan la ciudad, pero apenas hay coches. Todo está impoluto. En los semáforos se afana una pintoresca troupe de mendigos -negros (*)- intentando vender con picardía objetos inverosímiles bajo el sol cruel: peluches, cargadores de móvil, diarios, golosinas, fruta. Algunos sólo venden su historia garrapateada en un cartón. Otros se disfrazan de siniestros Michael Jacksons vencidos por el calor. En cada esquina hay un vigilante de seguridad -negro-, impertérrito, cuidando su parcela de mundo. Tuve el primer encuentro con uno la mañana en que fui a recoger a mamá. Había comprado un café para ir tomándolo en el tren de camino al aeropuerto, cuando de repente pensé que quizá las bebidas estaban prohibidas. Llevo tanto tiempo viviendo como un salvaje, que a veces se me pasan estas normas de convivencia. Leí un cartelito a la entrada de la estación. En efecto, lo estaban. Me detuve entonces, con el café en la mano, y me apoyé en una barandilla para beberlo antes de entrar por el pasillo que llevaba a los andenes. Se materializó entonces un jovencillo enjuto y larguirucho vestido de uniforme con chaleco fluorescente. Se detuvo a mi lado, con una gran sonrisa.
- Buenos días- dijo tímidamente con voz de tuba.
- Buenos días- contesté-. Sé que no se puede entrar con el café, estoy aquí quieto, bebiéndomelo.
- Bien- respondió el joven. Y ahí se quedó, mirándome, con esa sonrisa beatífica. El café estaba muy caliente. Intenté sorber a toda prisa, pero el muchacho persistía con su sonrisa llena de dientes, observándome con mansedumbre. Acotándome como un perro benévolo a una oveja díscola. Tragué como pude.
- No puedo ir más deprisa- dije al muchacho.
- Bueno, entonces tengo que pedirle por favor que salga.
En los días en que estuve en Johannesburgo me llamaron también la atención por comerme un caramelo, por acercarme demasiado a las vías del tren, por hacer fotos, y por entrar por una salida. Consecuencias de la civilización. De un exceso de civilización. Johannesburgo lo pueblan los mendigos de los semáforos, los blancos envueltos en celofán, los carteles de empresas de seguridad, los carteles de se vende y las asombrosas tormentas de verano.
La fronda de la ciudad -se dice que es el mayor bosque artificial del mundo- oculta el cielo de tal forma que las tormentas parecen venir de ninguna parte. Entre cantos inverosímiles de pájaros burlones, surge la tormenta de la nada. Pero tuve ocasión, dias después, ya camino de Namibia, de presenciar el nacimiento de una de ellas en la quietud lisa e interminable de la sabana. Las coquetas y voluptuosas nubes de la tarde, fieles a una incomprensible cita, se empezaron a concentrar a borbotones en un punto del cielo, empujándose unas a otras como indómitos bisontes en estampida venidos en enloquecida carrera de los cuatro puntos cardinales. El color del cielo en ese punto se tornó de un ceniza muy oscuro y, en el horizonte, distinguí madejas de lluvia derramándose como hilos de estaño sobre la tierra. La lluvia se encontraba todavía a una decena de kilómetros, pero el efecto electrizante de la tormenta podía sentirse en la piel. De repente, una enorme ceja de luz, rebotando como una cicatriz de plata, semejante a un arco de triunfo, enmarcando las nubes negras, y un sonido rotundo, crepitante y violento, como si los cielos mismos acabaran de romperse en dos. Las tormentas son muy hermosas en Sudáfrica.
Mamá llegó el día de navidad a Johannesburgo. Parecía una débil bolita de paja, tras tantas horas acurrucada en el avión. Como había hecho un año antes en Phuket, me zarandeó de arriba a abajo y me sometió a un escrutinio meticuloso.
- Estás hecho un hombretón- dijo valorativamente.
- Tengo casi cuarenta años, mamá- respondí.
- No, pero estás como gordo. Cachas. Fuertote.
- Ay, mamá.
- Sí, sí. Gordo y cachas. Y te estás quedando calvo.
- Gracias, mamá.
- He estado leyendo algo sobre ti en este libro- mamá enarboló sobre su cabeza un libro de autoayuda de Rojas-Marcos. Un débil escalofrío recorrió mi columna vertebral.
- Ay Dios mío- susurré.
- Resulta que hay una cosa que se llama Síndrome de Simón. ¿Lo conoces?
- No, mamá, seguramente se lo ha inventado Rojas-Marcos para llenar unas cuantas páginas.
- Pues se da entre solteros urbanos. Sois gente inmadura, que no sois capaces de comprometeros seriamente en una relación, y emocionalmente inestables.
- Bienvenida a Johannesburgo, mamá.
- Vaya, menudo tren. ¡¡Uh-ah, estoés A-FRI-CÁ!!- cantó a ritmo de Shakira.
El tren en cuestión es un fulgurante vehículo de apariencia futurista que conecta el aeropuerto con Johannesburgo, Pretoria, Centurión, y otra serie de pequeñas ciudades satélites de la próspera región de Gauteng. Con su nariz afilada y su aspecto ultramoderno, es todo un símbolo de prosperidad. No obstante, hace poco más de veinte años, Sudáfrica era un país al que la comunidad internacional había dado la espalda debido a una política injusta y cruel como pocas: el apartheid. Instaurado a finales de la década de los cuarenta, el apartheid relegó a la población negra de Sudáfrica al ostracismo en su propia tierra. Un negro no podía votar, no podía desplazarse libremente entre ciudades, no podía elegir dónde vivir, no podía bañarse en playas públicas, no podía comer en los mismos restaurantes que los blancos ni desplazarse en transporte público en el mismo banco que ellos. Había fuentes para negros y para blancos, filas para negros y blancos, hospitales para negros y para blancos, educación para negros y para blancos. A mediados de los noventa, esta política quedó abolida en gran medida gracias a la presión internacional. No obstante, como hemos aprendido en España, las malas políticas dejan secuelas durante generaciones. Hoy, Sudáfrica es un país en el que los blancos son los reyes y los negros sus lacayos. Es muy difícil ver a un blanco haciendo trabajos manuales o pesados, casi tanto como ver a un negro disfrutando de una comida en una terraza (**). Son los negros los que caminan descalzos bajo el implacable sol de Johannesburgo, y son los blancos los que pueblan los centros comerciales con su clima de probeta chupando helados de caras franquicias europeas. Por el momento, el desequilibrio en Sudáfrica es algo muy evidente como para ser obviado por el turista accidental.
El tren nos dejó en una estación cercana al centro. Johannesburgo apenas cuenta con transporte público, y el viajero ha de usar los servicios de un taxi privado o jugar a los dados con una de las centenares de furgonetas que recorren las avenidas llevando a negros de un lado a otro sin orden aparente. A la salida de la estación de trenes, espera una manada de taxistas enarbolando pancartas y ofreciendo sus servicios. Nos subimos al taxi de Solomon, el más osado de todos ellos, que con el transcurso de los días se convertiría en nuestro chófer oficial.
- Qué feo es- comentó mamá con desgana.
- Pues si.
- Mi niño. Gordito. Cachas- dijo mamá acariciándome eel brazo con ternura.
- Por favor, mamá…
Esa triunfal sensación de poder hablar sin que se enteren de lo que dices.
Había estado buscando desesperadamente folletos con cosas que hacer para mantener entretenida a Mamá durante su estancia conmigo en Africa. Esto siempre ha sido una angustia para mi: cuando yo era un empresario dinámico y estresado y ella venía a visitarme a Madrid, siempre recibía con un atisbo de pánico los momentos en que ya habíamos ido de compras, habíamos visto todas las películas que me había descargado ilegalmente para ella, habíamos paseado por la Gran Vía o habíamos salido a cenar por ahí y ella se aposentaba en mi sofá, cruzaba los dedos, me miraba con una plácida sonrisa y me espetaba:
- Bueno. Ahora podemos ir a ver un espectáculo, ¿no?.
Ir a ver un espectáculo. Oh, mamá, si hubiera detectado un espectáculo digno de ti ya habría comprado las entradas meses atrás. Qué es exactamente ir a ver un espectáculo, me preguntaba a mi mismo mientras la observaba esperando mi reacción. Cómo se va a ver un espectáculo. De dónde coño sacas un espectáculo. En lo que a mi respecta, la mayoría de las veces en que he ido a ver un espectáculo movido por un impulso espontáneo me he encontrado atrapado en una butaca incómoda durante dos horas interminables asistiendo al triunfo de la mediocridad. Así pues, dado que encontrar un espectáculo en Johannesburgo se me antojaba más complicado todavía que en Madrid, hice con ella una lista de las cosas que debíamos disfrutar en nuestra experiencia sudafricana, a saber: un safari, un par de paseos por la impaseable Johannesburgo, la visita a Soweto y el museo del Apartheid, y las inevitables compras de diamantes.
Al día siguiente Johannesburgo nos recibió tan verde e impenetrable como es. Salimos a caminar, acompañados por los cánticos africanos de los pájaros, rumbo a un pequeño barrio de bohemios, Melville, a tres o cuatro kilómetros de la guesthouse que había buscado con afecto para pasar nuestras navidades juntos. Los doscientos primeros metros de jardines floridos y tapias electrificadas fueron un preludio de lo que nos encontraríamos a continuación. La zona blanca de Johannesburgo es siempre igual, siempre infinita, siempre rectilínea, pluscuamperfecta, siempre aburrida hasta el desgarramiento. Frente a la verja amenazadora de alambre de espino e hilos con carteles de peligro de un colegio alemán, sentado en el césped, un chaval negro de unos quince años, nervudo, desgarbado y de rostro ausente permanecía con la mirada fija en el horizonte. Iba vestido con harapos y se tapaba con una manta raída y cochambrosa de un gris indeterminado.
- Qué hará ahí- se preguntó mamá en un susurro al pasar.
Parecía un perrillo derrotado, la típica imagen de un chucho vencido por la sarna a pie de carretera. Algo en él hacía sospechar que pasaba su vida ahí sentado, esperando la muerte o la caridad de alguien. Sin mirar a nada ni nadie en concreto, su cerebro parecía haberse desconectado tiempo atrás y ahora simplemente miraba al infinito. Esa era su vida. Mirar al infinito. Inanimado como un cactus o una señal de tráfico. Qué se le estaría pasando por la cabeza, Dios. La imagen era tan perturbadora que estuvimos largo rato hablando de aquel chaval, pero resultó todavía más poderosa cuando regresamos a casa, cuatro horas después, y el chico continuaba allí, en la misma posición, acuclillado como una araña seca, mirando a la nada, tapado con su manta raída. Me fijé entonces en algo que no creo que llegue a olvidar mientras viva.
- Mira, mamá. Mira el suelo debajo de él.
El chaval estaba parado en una pequeña islita de césped, bajo un arbolillo joven, entre la carretera y la acera. El lugar era completamente aleatorio, pareciera que se huubiera cansado de caminar y se hubiera dejado caer allí, en cualquier lugar, al abrigo de aquel arbolillo. Bajo él, un pequeño círculo de tierra. Llevaba tanto tiempo ahí parado, que el césped había dejado de crecer debajo de su cuerpo, su lugar en el mundo estaba delimitado por aquella calva de tierra bajo sus pies descalzos. Una calva como la que hacen las bestezuelas a fuerza de hozar y dormitar en el mismo rincón entre la maleza. De repente, la imagen del chaval que no dejaba crecer la hierba me resultó muy alegórica: el árbol joven, la carretera trazada con tiralíneas, el suelo impoluto, los parterres de flores de colores chillones, el colegio de blancos con valla electrificada, y el muchacho negro vencido, paupérrimo, esperando la muerte sobre su circulito de tierra. Aquello era Johannesburgo. Un vistazo rápido hubiera revelado un chico pobre sentado a la sombra de un árbol. Pero una mirada más atenta revelaría el drama inconcebible disfrazado de estampa inocente.
Al día siguiente volvimos a pasear. Hicimos un circuito de muchos kilómetros por avenidas despobladas de doce polvorientos carriles hasta llegar al distrito central. Tras cruzar un enorme puente de hormigón, a nuestra izquierda apareció la primera estampa verdaderamente africana de nuestra visita: un caótico solar de barro sobre el que descansaban centenares de furgonetas dispuestas sin ton ni son y una veintena de oxidados puestos de comida humeando al sol. Montañitas de gente repartiéndose entre las furgonetas a golpe de bocinazo o de grito anunciando un destino, decenas de hombres desparramados a la sombra de los árboles en la vereda como víctimas de un bombardeo o marionetas olvidadas por un niño cruel. Al fondo, enormes torres que parecían abandonadas desde un arcano esplendor de los años ochenta. Un mercado atiborrado de negros, olor a porro, música muy alta, cuerpos esculturales moviéndose al ritmo de la música. Muchas sonrisas de dientes blanquísimos saludándonos. Mamá vivió con cierta angustia esa pequeña incursión al corazón de las tinieblas.
- Uf, fue duro, né- susurró cuando al fin emergimos a la calle.
Al salir del mercado nos dimos de bruces con un espectáculo insólito: la urbanización había quedado atrás, ahora nos rodeaban los edificios altos y las calles vocingleras. Riadas de negros en actividad maníaca vendiendo y comprando, saltando de furgoneta a furgoneta, trapicheando y vociferando género. Calles y calles formando un entramado reticular de tiendas grandes vendiendo género chino: móviles, raquetas de ténis, camisetas, fundas de teléfonos, cuberterías de un brillo anómalo, herramientas inútiles, cremalleras, flores de plástico, alfombras de PVC, posters siniestros de Justin Bieber, peluches erizados por la electricidad estática, serigrafías de paisajes bucólicos y discos compactos piratas de casi cualquier cosa. Zapaterías de olor nauseabundo y sintético, perfumerías con envases falsificados, tiendas de ropa para todas las etnias imaginables, mujerucas gordas aposentadas en las esquinas como montañas de flan vendiendo leechees o atizando el fuego donde se cocinaban panochas de maíz de granos blancos, enormes y jugosos.
El ojo occidental, poco entrenado para distinguir sutilezas de otras razas, es incapaz de percibir etnias diversas entre la muchedumbre negra. Pero poco a poco descubres algunos más larguiruchos que otros, otros más obesos y de tez más oscura, quienes tienen la dentadura más prominente o el espacio entre los ojos más pronunciado. De repente, de una furgoneta se baja un bushman y se lo señalo a mamá al ser una de las pocas tribus que soy capaz de distinguir: con la frente despejada, su porte casi raquítico, sus dientes como espátulas y sus ojos saltones, el culo abultado como un bollo de pan y las piernas cortas, tiene un algo de salvaje e indómito que causa respeto y admiración en su pequeñez. Se dirige a otro pasajero de la furgoneta y hasta mi llegan los chasquidos de su lenguaje. Es la primera vez que oigo una lengua joisana en directo y me quedo boquiabierto: parece un truco de magia, los chasquidos y clicks se suceden por encima del habla como emitidos por otra persona, oculta en algún lugar. Al mismo tiempo que parlotea con su lenguaje hermoso como el fluir del agua, con su lengua y su paladar emite una serie de estallidos y crujidos que se me antojan imposibles. Estaría toda la tarde escuchando esos clicks semejantes a golpeteos de insectos, pero el bushman se va caminando calle abajo, como un espejismo maravilloso, y se disuelve entre la multitud.
Al día siguiente, nos damos por vencidos y contratamos una visita guiada a Soweto. Hace unos cincuenta años, el gobierno de Johannesburgo decidió construir, a unos veinte kilómetros de la ciudad, un ghetto para negros convenientemente separado de las opulentas urbanizaciones de los blancos. En contra de lo que pudiera parecer, Soweto no significa nada en ninguna lengua africana, sino que proviene de la contracción de las palabras “South Western Township” -Municipio del Suroeste, en Inglés-. Durante los tiempos del Apartheid, la población negra de Johannesburgo fue relegada a ese municipio artificial, y Soweto se convirtió así en una gigantesca extensión de chabolas sin apenas servicios mínimos. No es de extrañar que entre esos tres millones y medio de almas emergieran muchas de las cabezas pensantes que liderarían años después los conflictos raciales que suscitaron en parte el fin del Apartheid. De hecho, hay una calle en Soweto que cuenta con una peculiaridad insólita: en ella han vivido dos premios nobel de la paz, algo de lo que no puede jactarse ninguna otra avenida del mundo. Quizá debido a la importante carga histórica del municipio, o quizá por el morbo que suscita esa oscura etapa de la historia de Sudáfrica en el visitante, Soweto hoy es un destino turístico más. Por supuesto, poco queda de aquel hervidero humano de represión e injusticia de antaño: las casas hoy son, en su mayoría, de ladrillo, y lucen hermosas con un modesto pero coqueto jardín en su frente. Hay comercios y vida por doquier. A pesar de la alta tasa de desempleo que lo amenaza, Soweto es un barrio vibrante y en ocasiones incluso bello, con una estética urbana decadente pero multicolor.
En la agencia habían prometido interacción con los lugareños, algo que yo esperaba con auténtico pavor. En efecto, el coche se detuvo en un rincón olvidado del barrio y vino a nuestro encuentro un muchacho joven que se sabía de memoria el discurso que procedió a recitar:
- ¡Bienvenidos, bienvenidas a este hermoso barrio en el que ya no miramos el color de la piel, nos gusta la diversidad, somos felices con lo poco que tenemos, por eso Sudáfrica es la nación del arco iris! Esta es la primera vez que vienen blancos por aquí, así que los niños se aproximarán a vosotros y querrán tocaros y dirán que tenéis carita de muñecas, pero no os preocupéis, es normal, sólo sienten curiosidad.
El muchacho se fue trastabillando calle abajo, canturreando las excelencias de vivir en Soweto como un personaje oligofrénico de Barrio Sésamo. Finalmente, nos aproximamos a una chabolilla mantenida con primor. A la puerta, una anciana con cara de cólico nos esperaba frotándose las manos en su delantal como si acabara de cocinar una exquisita torta de manzana.
- Nosotros pedimos permiso para entrar a Mamá Louise. Mamá Louise, ¿podemos nosotros entrar en tu hermosa casa?
- Sí pueden- dijo teatralmente Mamá Louise.
El caradura que organizaba la visita dio un exagerado abrazo a Mamá Louise -que supongo se repetía unas quince veces al día- y procedió a relatarnos las condiciones de vida de Mamá Louise, mientras Mamá Louise nos observaba valorando cuánto podría sacarse de propina con aquel grupo de gilipollas.
- Mamá Louise convive aquí con cuatro hijos, y es viuda, ¿verdad, Mamá Louise?
- En efecto, soy viuda, nadie en casa trabaja, pobres de nosotros.
- Tuvísteis que robar electricidad del alumbrado público, ¿no es así, Mamá Louise?
- En efecto, tuvimos que robar la electricidad. Es triste pedir, mas no somos personas violentas.
- Pero ahora creo que ni siquiera tienes luz del alumbrado eléctrico, ¿a que no, Mamá Louise?
- Cierto es, ya nos han cortado la única fuente de iluminación que teníamos en este humilde hogar.
El caradura procedió a intentar encender la luz de la casa de Mamá Louise, sin éxito.
- Oh, Mamá Louise, cuánto siento que no tengas luz hoy para tus cuatro pobres hijitos.
- Sí, ciertamente es una pena muy grande.
- Veo, Mamá Louise, que tienes unas cuantas fotos en esa estantería.
- Sí, ves bien, son fotos de cuando trabajaba en la residencia de ancianos cuidando de nuestros queridos mayores.
- Observo con sorpresa, Mamá Louise, que tienes en tu pared un certificado de reconocimiento por tu trabajo.
- Sí, me lo dieron por dieciocho largos años cuidando de ancianos enfermos y desamparados. Lamentablemente ahora la enferma soy yo, así que me veo forzada a quedarme en casa, triste y sola.
- Eres, en verdad, Mamá Louise, un ejemplo de abnegación. Ahora pueden hacer fotos a Mamá Louise y a su casa, y si son tan amables, contribuyan por favor al sostenimiento de la familia de Mamá Louise.
Fuera de la chabolilla, nos esperaba un lánguido grupo de niños. Se acercaron a nosotros y procedieron a repetir el discurso de todos los días.
- Oh, mira, son blancos, nunca hemos visto uno, qué piel tan suave, parecen muñecas. ¿Dolar, dolar?
Puedes ver esta galería como una presentación.
Para mi gran sorpresa, mamá se comportó con contención en el resto de la estancia. Las extravagancias que la habían hecho famosa en Bangkok, aquí se convirtieron en calma chicha, y sólo cuando nos vimos encerrados en la guesthouse sin mucho que hacer, a merced de las tormentas de verano, tras haber visitado la deslumbrante Pretoria, un safari extenuante y un insólito casino, empezaron a saltar las chispas que son consustanciales a toda relación sana entre una madre y un hijo. Pero los días pasaron al fin, y una mañana mamá-niña zarpó. La acompañé al aeropuerto, la ayudé con el papeleo, y la abracé largamente ante la puerta de embarque. Y allá se fue, mitad del alma mía.
La última mirada que se cruza antes de perder a alguien de vista, robada a los reflejos de los cristales, es una prueba de amor gratuita que desgarra el alma y demuestra todo con un gesto leve como una pluma. Cómo somos los seres humanos. Las cosas imposibles que somos capaces de hacer por amor. Saltar un continente o un océano a ciegas, soportar las imperfecciones del otro con el silencio y la sonrisa, regalar tiempo, provocar un llanto, aliviar otro, intentar entender, intentar curar, intentar no herir. Pensar que la otra persona es en verdad la mejor que podría haberte tocado en el mundo, cegándote ante sus defectos, perdonándolos, rodeándolos con el celofán del amor hasta verlos como virtudes en realidad. Echar de menos hasta el borde mismo de la muerte. Olvidar los rencores, silenciar los miedos, acariciar, tranquilizar, sentir al otro, vivir con el otro, sufrir con el otro, convertirte en el pedestal único sobre el que reposa tu vida. Llorar en soledad porque alguien está lejos, y en compañía porque lo sientes muy cerca.
Regresé a casa en silencio, con la culpable sensación de siempre, de haber recibido mucho más de mamá de lo que pudiera devolverle en mil vidas. A la mañana siguiente, muy temprano, acompañado por el canto absurdo de los pájaros enredados en los árboles, empaqueté con cuidado mis cosas y las encajoné en la moto. Observé con una cierta tristeza los despojos de la navidad que mamá había traído para mimarme y que habían sobrado: una tableta de turrón, un pedazo de salchichón, dos lonchas de jamón serrano envueltas en plástico, tres polvorones. Lo metí con cuidado todo en una bolsa y emprendí el camino. Detuve la moto a unos doscientos metros de la casa. Respiraba con dificultad, lo cierto es que me habían entrado unas ganas inesperadas de romper a llorar que no sabía muy bien de dónde habían venido ni a dónde querían llegar. Miré a través del espejo retrovisor y distinguí allá, a lo lejos, bajo un arbol jóven, un bulto de color oscuro. Cuidadosamente, di la vuelta a la moto y avancé muy despacio por aquel vergel de cárceles de oro. Como era de esperar, el chaval que no dejaba crecer la hierba ni se inmutó cuando me detuve delante de él. Siguió mirando al infinito con cara de haberse quedado sin alma. Paré el motor y me acerqué titubeando sobre la hierba. Los pájaros entonaban uno de sus complicados ritmos africanos desde las copas de los árboles. Deposité la bolsa con la comida a su lado. Muy despacio, como si sus movimientos fueran telecomandados desde un planeta ubicado en otra galaxia, el chaval levantó la cara hacia mi y clavó sus ojos vacíos en los mios. Nos quedamos fulminados el uno en el espejo del alma del otro largo rato. Se produjo uno de esos momentos que se despliegan en el tiempo, que parecen no tener fin, uno de esos momentos que sabes que se van a quedar grabados para siempre con letras de fuego en el cuero duro de tu alma.
Y me fui. Y los pájaros se quedaron, cantando.
(*) NOTA: vamos a llevarnos bien. A lo largo de los próximos meses, pienso llamar a los negros negros y a los blancos blancos. Yo soy blanco. No me importa lo más mínimo ser denominado blanco. Por lo tanto, no creo que el adjetivo negro sea minimamente peyorativo, del mismo modo que no me siento ofendido porque a mi se me considere blanco. No pienso caer en ridículeces políticamente correctas al respecto, como decir “africano” o “persona de color”. No me considero en absoluto una persona racista, y precisamente porque no tengo complejo alguno al respecto, el uso de estos vocablos no tiene, para mi, carga valorativa alguna. Si uno es negro, es negro, y si uno es blanco, pues es blanco y sanseacabó.
(**) NOTA 2: Ojo, no estoy diciendo que no haya negros ricos o blancos pobres. Pero las cifras son tan jodidamente abrumadoras que da cierto reparo ser blanco y pasear por la calle pensando en lo injusta que es la situación que ves ante tus ojos.
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Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 1 week ago
Que crack es mama
Ya estoy de vuelta de mi viaje a Londres, tengo que ponerme al dia.
Saludos,
Pablo – Coruña
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about 1 week ago
Un abrazo fabian.
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about 1 month ago
Increible tu viaje, cuando te vimos desde nuestro coche camino de Agra me pareció una superaventura pero ahora!! Es mucho más. Co o madre que soy me encanta cuando te reencuentas con la tuya, el relato de cómo te sientes cuando se va es alucinante. Escribes de vicio, buen viaje Fabián.
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about 1 month ago
Fachero, te seguis zarpando, debido a que sos un zarpado de origen, ya traes esa lima de nacimiento y la sacastes para el exterior por suerte, al igual que todos los que tenemos la dicha de acceder a tu periplo, envio mi eterno agradecimiento a que sigas contandonos tu devenir por la vida. Placer enorme, gracias totales para ud. Al aguardo de otra buena nueva, lo saludo atte.
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about 1 month ago
sin palabras…
mejor una oracion para acompañar estas letras
http://www.youtube.com/watch?v=kMaUDAeiSIY
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about 1 month ago
Sin duda, los encuentros con Mamá marcan un “antes” y un “después”, y un cambio en el relato….. que crece y crece con los kms!!! FELIZ RESTO DE TRAVESÍA!!!!
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about 1 month ago
De nuevo y tras la lectura de tu relato vuelvo a sentirme conmovido y (ya no tanto) de alguna manera intranquilo… Un sentimiento seguramente fruto de la capacidad que tienes de transmitir escenas y situaciones que nos hacen dudar de la justicia social que parece asumida, consolidada, pero que evidentemente a veces ni se vislumbra. Y cada día dudo mas de que llegue…
Gracias,…..por todo.
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about 1 month ago
hola a tod@s
cerrar un poco los ojos y ver lo que describes teniendote a ti delante relatando y señalando
que tengas buena ruta, uVessssssssssssss
pd. gracias Adrian por la respuesta
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about 1 month ago
Fixecheste desexar rapaz pero ahí estás,triste e ledo ,grande e cativo ,doce e amargo……na proporción xusta .Non o nego Fabián estou namorada.Bicos
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about 1 month ago
Cool. Very cool.
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about 1 month ago
pero que gusto volverte a leer!!
y que triste la historia del chaval… qué tragedia le habrá hecho sufrir la vida para desistir de ella.
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about 1 month ago
Me he quedado enganchada en ese niño postrado en su pequeña islita de césped bajo el árbol joven. No deja de sorprenderme cómo es posible que con tanto sufrimiento que has visto, con tantos kilómetros a tus espaldas, con el cansancio acumulado que supone la intendencia del día a día de un viaje tan inmensamente largo, pueda aflorar tanta sensibilidad “desde el cuero de tu alma”. Una metáfora perfecta para uno de los lugares acaso más imperfectos del planeta. Me ha conmovido tu gesto: regalarle a esa mirada vacía un poco de brillo con las viandas que con tanto mimo te llevó tu madre. Una magnífica forma de describir África. Y una extraordinario modo de describir el amor. La tolerancia por la imperfección del otro al que amamos tanto que casi nos duele. La distancia incrementa ese poderoso sentimiento. Tu mamá está preciosa. Parece una niña feliz en la inmensidad de África. Un abrazo cálido como su sol para ambos.
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about 1 month ago
Muy entretenido relato.Me alegro de que pasaras unos días de las navidades con tu madre.
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about 1 month ago
Grande…
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about 1 month ago
Te superas en cada relato, eres un genio Fabián. Y de Fefa que? ya le has arreglado el kit de transmisión? Acuerdate de engrasar la cadena, va a sufrir mucho en el off-road que te espera. Un saludo y salud y fuerza para el viaje.
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about 1 month ago
Wow, que pasada! yo soy uno de los que leen pero no comentan. Hoy ha sido imposible no comentar.
Esto va a mejor. ¿Cómo se puede describir una sensación con esa facilidad?
Que envidia!
Chaval, enhorabuena y gracias por dejarnos acompañarte, es un lujo.
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about 1 month ago
Ah que buen relato, muy entretenido, importante lo de las notas al final, asi debe ser, Saludos desde Barranquilla Colombia.
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about 1 month ago
Vaya Feibian, ha tenido que ir tu madre a verte para saber exactamente cómo estás:
- Estás hecho un hombretón
- No, pero estás como gordo. Cachas. Fuertote.
- Sí, sí. Gordo y cachas. Y te estás quedando calvo…
Vas a tener que hacer algo urgentemente, no te queda tanto de aventura y es posible que no te valga la mitad de la ropa Armani que lucías en tus tiempos de “empresario dinámico y estresado”.
Por lo demás, pocas novedades, la crónica genial, como siempre!!
Un abrazo fuerte y a seguir disfrutando!!
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about 1 month ago
Como ya te expliqué por otro lado, me has abrumado. No quiero extenderme en damasía con el blablabla que ya sabes. Deseo de corazón lo mejor del mundo para ti en esta recta final.
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about 1 month ago
Que talento!!!
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about 1 month ago
Bueno Fabián, muy bueno, tal y como nos tienes acostumbrados. Tus relatos se superan los unos a los otros. Saber mirar con más quietud y profundidad, ver un poco más allá de lo superficial, esa es una de las claves, especialmente para un viajero observador de este planeta nuestro y las gentes y cosas que lo habitamos. Y tú sabes hacerlo muy bien, pero que muy bien.
Un abrazo y feliz travesía del desierto.
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about 1 month ago
Coincido contigo Antonio, la capacidad de observacion de Fabian es arrolladora, sobretodo teniendo en cuenta la fugaz estadia que tiene en cada sitio. De hecho en mas de una ocasion me pregunte si esta es la segunda vuelta al mundo que da.
Un saludo.
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about 3 weeks ago
Hola Adrián.
Cierto, a veces yo también pienso que ya hubiera pasado por allí. Sin duda, lo hace maravillosamente y con ello nos hace disfrutar y vivir este viaje casi como si fuéramos viajando con él. Leerle, mirar detenidamente sus fotografías y ver sus vídeos, está resultando un placer que no me imaginaba.
Saludos.
Antonio J.
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about 1 month ago
Mientras abría la página andaba yo pensando: “¿se le estará acabando el fuelle a Fabián después de tanta crónica…?” Pero, qué va…
No sé distinguir entre un escritor bueno y uno malo, pero sé que con unos acabo pensando en mis cosas mientras que acabo el texto de forma mecánica, y con otros incluso hago pausas para dejar que mi atrofiada imaginación forme la imagen.
Gracias de nuevo, Fabián.
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about 1 month ago
Genial la nueva VUELTA de tuerca en África… no te queda!!!! jajaja.
Disfruta y cuéntalo tan bien como siempre y saludos a tu mami.
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about 1 month ago
Que bueno saber que estas bien y que has pasado las fiestas con tu madre. Mis mejores deseos para este año, un fuerte abrazo!!
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about 1 month ago
Fabian,
No se por que te empeñas en mostrarnos una estratagema para la eleccion de la mesa, al final las madres descubren la verdad…
En referencia a la pobreza mas miserable, de lo “poco” que has recorrido, ¿donde has visto mas?
India, Indonesia, Latinoamerica, estos comienzos africanos o donde?
Un saludo.
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about 1 month ago
Yo diría que la pobreza más abrumadora está en India. Hay pobreza más resignada y “amable” en Laos, por ejemplo, donde se mantiene la dignidad a pesar de todo. Y pobreza completamente desesperada en ese infierno en la tierra que es Cuba. Estos comienzos africanos están siendo de sorprendente normalidad, tanto Sudáfrica como Namibia son, a pie de carretera, países muy organizados y prósperos.
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about 1 month ago
He visitado una larga (no tanto como la tuya) lista de paises de lo llamado tercer mundo. En una de las ocasiones, recorriendo la provincia de Nussa Tengara, Indonesia (alli donde le pusiste los cuernos a Fefa con una de tus mistress
) me encontre con un viajero y hablabamos de India (pais que aun no he visitado) y el me decia que no veria mucha mas pobreza de lo que hay por esa zona de Indonesia. Pero por tus relatos de ese pais…
Se que tengo que ir a India, lo que no se es si ir de perroflauta anestesiado o llevarme una vara para ir espantando a la gente.
Espero con toda sinceridad que no vuelvas a encontrarte con chavales que no dejan crecer la hierba, con chavales que te pidan un trocadinho, con chavales que se calientan en la boca de un metro, con esclavos de circo, etc.
Se que te queda una parte MUY dura del planeta, sobretodo mas al norte de donde estas ahora, ojala sea mas del tipo Laos como comentas.
Un saludo.
PD: Mola tu madre con la camiseta de saliadarunavuelta.
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about 1 month ago
Hola Fabián, como siempre me ha encantado tu crónica de Sudàfrica, tan bien escrita y con tanto sentido del humor hablando de tu mamá. Yo que la conozco, me río mucho cuando me la imagino en ese tipo de situacónes, por cierto, lo clavas…ella es así, como tu dices la mitad de tu alma, y tu la de la suya…..
Yo ya conocia otros detalles de vuestro viaje, que por cierto a ella le ha encantado…porque ha estado con su né, y tambien por todo lo que ha visto…
Fabián, cuidate mucho por esos mundos , te envio mucha energia positiva desde aqui, porque aunque no esté en Africa, con el nombre que tengo piedo cantar tambien : Porque esto es Africa!!!!!!
( te envio una foto para que te rias un poco, de tu madre y yo, el año pasado disfrazadas de cocineras con nuestras famosas gafas-tomate, para que veas que por aqui no perdemos tampoco el sentido del humor en ningun mometno…)
Africa
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about 1 month ago
“Pues se da entre solteros urbanos. Sois gente inmadura, que no sois capaces de comprometeros seriamente en una relación, y emocionalmente inestables.
- Bienvenida a Johannesburgo, mamá.”
MENUDO RELATO! felicidades
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about 1 month ago
Que gran crónica Fabián! He visitado Sudáfrica y Johanesburgo y tu descripción del lugar y las impresiones que te han producido realmente lo bordan. También tengo madre y la precisión e intensidad con que tratas el tema del amor incondicional me han emocionado.
Esa capacidad tuya de mezclar en tus relatos las experiéncias del viaje, con introspecciones personales, clases de mecánica con reflexiones existenciales, dolor y soledad con humor e ironía, paisajes y miserias con imagenes y montajes de calidad indiscutible te hacen grande. Muy grande. Y yo también me sumo a todos aquellos que piensan que esta web no deberia cerrar jamás, aunque hayas completado tu periplo, porque la calidad de tu experiencia y de tu trabajo es sencillamente extraordinario.
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about 1 month ago
Nuevo continente, nuevas aventuras, y nuevas ganas en el nuevo año. Estoy contigo Fabián, lo políticamente correcto a veces enmascara racismo y odio, y es más lógico llamar a las cosas por su nombre, y más que ver un posible racismo en ello, quien sea negro no debe estar sino orgulloso, y mucho de serlo.
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about 1 month ago
“rien ne va plus”
Bajo tu casco, nadie puede saber si “el motero” es blanco o negro. El motero va..el arriero va…pero cuando habla de sentimientos se descubre su rostro moral-afectivo-cultural- y escribe como un blanco .
El motero paradoja, distante y próximo a la vez, hace que los Fefanautas nos interesemos por los “humanes” del mundo por donde pasa;… cómo está distribuida su pobreza;… que religión tienen aquellos;… como está “estratificada” su sociedad de jóvenes que no dejan crecer la hierba, como se las arreglan “los mejores” para emigrar, o si las ilglesias de ojalata para negros tienen reloj.(no hay foto) (ni de Iglesia ni de plato)
Consultando Internet, encuentro que:
La población del Johannesburgo es de 3.225.812 personas (3.890.000 en 2007), aunque si se incluyen las áreas del East Rand y otras áreas suburbanas, es de alrededor de 7 millones, de los cuales 1.006.930 personas viven en una vivienda formal, del cual el 86% posee un servicio higiénico con alcantarillado o químico y un 91% tiene servicio municipal de recolección de basura e a veces semanalmente, como mínimo. El 81% de las viviendas tiene acceso al agua potable y el 80% utiliza la electricidad como fuente principal de energía. Un 22% de los residentes de Johannesburgo permanecen en moradas informales. El 65% de las viviendas son de propiedad de una persona.
En 2001 los negros africanos eran el 73% de la población, seguidos por los blancos con un 16%, mestizos o “coloureds” en un 6% y asiáticos en un 4%. El 42% de la población es menor de 24 años, mientras el 6% de la población es mayor de 60 años.
El 34% de los residentes de Johannesburgo habla lenguas Nguni en sus hogares, el 26% habla lenguas Sotho, el 20% habla inglés y el 10% habla afrikáans. El 30% de los adultos se ha graduado de secundaria. El 15% tiene mayor educación (universitaria o técnica). Un 7% de los residentes es completamente analfabeto. El 15% tiene educación primaria.
El 53% pertenece a las principales iglesias cristianas, el 24% es ateo, el 14% es miembro de las iglesias independientes africanas, el 3% son musulmanes, el 1% es judío y otro 1% es hindú.
Hay cosas de estos datos que no entiendo, pero si entiendo cuando dices:””Saltar un continente o un océano a ciegas, soportar las imperfecciones del otro con el silencio y la sonrisa, regalar tiempo, provocar un llanto, aliviar otro, intentar entender, intentar curar, intentar no herir. Pensar que la otra persona es en verdad la mejor que podría haberte tocado en el mundo, cegándote ante sus defectos, perdonándolos, rodeándolos con el celofán del amor””
Su ADN y el nuestro son iguales y podemos salir a “joder la vida con ellos” aunque nuestros miedos inducidos nos coarten la libertad, pero el motero lo intenta…. y va.
De color a color y tiras porque te toca. Los dados están echados y tintinean en la ruleta.
Animo y coraje.
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about 1 month ago
¡Por fin…!
Lectura, informacion fotos, hasta de mama, je,je.
Gracias por reservarte y luego darnos tan buenas impresiones de tus visitas.
Bueno el de Mama Louise,je,je.
Si quieres un consejo, no vuelvas,es un poco egoista, pero leerte es una terapia, asi que si te queda dinero y Fefa aguanta, sigue ahi por el mundo…
Ademas la vuelta a la realidad va a ser jodida. Piensatelo.
Gracias y un beso a mama…asi que pre-calvito,je,je.
Manuel-Costa Lucense.
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about 1 month ago
paaaarceeee, quede con el corazón chiquito pensando en aquel joven, que hacer? que decir? naa duro muy duro.
bueno el relato, empezó bien áfrica y el 2012
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about 1 month ago
UUUFFFFFF……. que forma de disfrutar de tu lectura, ……tardastes ………pero lo estas, bordando……ojala este viaje no se acabase nunca, ! la madre que me pario!!! que forma de disfrutar de tu lectura,……..!!! animo !!!
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about 1 month ago
Por fin!
No, no nos riñas.No te exigíamos publicación, la deseábamos.
El texto ,precioso y sentimental a tope.Qué suerte tiene tu madre de tener un hijo así.No, no creo que tengas el Simón ese que ella teme, tú verbalizas muy bien los sentimientos por lo que se te presupone que tienes activado el campo emocional.
Eso de la cistitis sí que es preocupante por lo repetitivo.No habrá dicho bronquitis ? Seguro que sí, eso sí que puede producirlo una corriente de aire especialmente después de las irregularidades térmicas derivadas de un vuelo tan largo.
En fin ,enhorabuena por ese “buen rollito ” que se nota que os lleváis.!
Un abrazo y ten mucho cuidado en tu nuevo periplo.
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about 1 month ago
Como siempre Fabian demoledora (para mi) la cronica sobre Johannesburgo que nos presentas, como te he comentado algunas veces la familia de mi sobrina que viven alli (ellos són anglo-holandeses) y logicamente las veces que he hablado con mi sobrina les cuenta una versión diferente a la que tú expones, en que los negros són malisimos y que hay que tener un cuidado tremendo con meterse en barrios de ellos, en lo unico que coinciden es que en efecto viven en una mansión con alambradas electrificadas como comentas, enfin me creo más tu versión de como vive la gente en esa parte de la tierra.
Un abrazo muy fuerte, ya queda menos cuidadito
Mario y Axel
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about 1 month ago
Buaahhhh!! esto ya es maestría!! yo, te digo la verdad, a veces ya me parece que no se qué comentar de tus relatos porque es IMPOSIBLE que cada uno sea mejor que el anterior pero. “asín es corazón”. Si tu escribieras eternamente yo dedicaría el resto de mi existencia a leerte. Sin duda!! Te juro que he ido caminando contigo y con mamá por Johannesburgo esta Navidad y no he estado aquí en Madrid rodeada de luces de centro comercial, ese recuerdo africano es el que tengo ahora de Navidad, así de bien lo cuentas… Bribón, cachas fuertote con pre-alopecia…
Un beso a mamá otro pa ti!!
Cuídate né!!
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