close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Observé cuidadosamente el comedor del restaurante. Descarté de inmediato las mesas cercanas a aires acondicionados, las que estaban en rincones demasiado oscuros, las que recibían directamente los rayos del sol. También eliminé de la ecuación las que estaban en el centro del local, las demasiado cercanas a la televisión y las que estaban próximas a la cocina. Finalmente, llegué a la conclusión de que la mesa de la izquierda era la perfecta y que mamá no podría ponerle pega alguna. El camarero nos observaba con la vidriosa mirada de quien lo ha visto todo. Cedí a mamá el asiento que tenía vista a la calle, porque sé que ella adora ver pasar gente mientras come. Me senté frente a ella pero, inmediatamente, supe que algo iba mal. Mamá frunció el ceño, se levantó y oteó en busca de otra mesa. Finalmente la localizó y se dirigió hacia ella con parsimonia, seguida de cerca por el camarero y por mi mismo.
- Ya sé que tú querías mirar a la negrita, né. Pero esa puerta entreabierta me iba a dar cistitis.
La negrita era, en efecto, un pequeño prodigio cuyo mérito se repartían la naturaleza y las tiendas de moda. En realidad me había sentado delante de mamá para que no pareciéramos los dos viejos de los Teleñecos, sentados ambos en el palco cotilleando. Pero, en efecto, al sentarme en aquella silla y no a su lado, tenía una visión dominante de la negrita. Era una muchacha joven, no tendría más de diecinueve o veinte años. Llevaba un peinado espectacular, de grandes bucles perfectamente rizados, con postizos de rubio paja intercalados con su oscuro pelo natural. Delgada, vestida con distinción y sin estridencias con un traje gris de corte elegante, con cara de muñeca de porcelana, pechos erguidos como manzanas asomando por el escote perfecto y ojos enmarcados en unas largas y traviesas pestañas decoradas con purpurina. Largas piernas morenas, aproximadamente de ocho kilómetros cada una. Rezumaba sensualidad y ternura a la vez, era una especie de lolita de la sabana. Iba acompañada de un hombre maduro, en la cincuentena tardía pero inmerso en una segunda juventud, un blanco anglosajón protestante con desenfadada camisa de Polo, mocasines Versace, un Rolex de seis toneladas en la muñeca izquierda y unas cuantas pulseras de cuero en la derecha.
Mamá se los quedó mirando.
- El viejo ese está chupando de la vida lo que pueda- sentenció al fin.
- Y la negrita está chupando del viejo lo que pueda- completé.
- Podría ser su nieta. O su bisnieta.
- Él tiene dinero y ella tiene belleza. A ver cuál de las dos cosas se acaba antes.
Nos quedamos tan panchos y leímos distraidamente el menú. No obstante, levanté una vez más la cabeza y contemplé a la negrita largo rato. Llegué a la conclusión de que aquella era la primera pareja mixta que veía en la semana que llevaba en Sudáfrica.

En el Desierto del Kalahari, Namibia
48ºC. Día 600 de viaje. Leyendo Madame Bovary, de Gustave Flaubert

"Uh, ah, estoes A-FRI-CÁ!!" cantaba mamá a ritmo de Shakira en cada esquina

Uh, ah, estoes A-FRI-CÁ!! cantaba mamá a ritmo de Shakira en cada esquina

Hombres semejantes a animales. Animales que parecen modelos de catálogo. Modelos de catálogo que recuerdan a totems de ébano, totems que parecen antenas de telefonía y antenas de telefonía disfrazadas de árboles. Árboles como burbujeantes cascadas de agua, cascadas que recuerdan a bancos de nubes en el crepúsculo. Crepúculos como heridas abiertas. Heridas abiertas que siguen ahí. Jardines que parecen cementerios. Cementerios que parecen escombreras, escombreras que se asemejan a favelas. Favelas que recuerdan a urbanizaciones, urbanizaciones parecidas a pistas de aterrizaje. Pistas de aterrizaje que se funden con la sabana, sabana que parece un zoológico, zoológicos que parecen parques. Parques como mercados y mercados como revueltas populares. Sociedades que parecen saneadas pero que distan muchísimo de estarlo. Johannesburgo es un juego de simulacro y pantalla, de cosas que parecen lo que no son en realidad. Sudáfrica se esfuerza por arrojar una imagen de eficacia y normalidad, de asepsia y de pulcritud que, a poco que escarbes, se desmorona por si sola. Hay millares de detalles a tu alrededor que te hacen comprender que lo que estás viendo es un espejismo, y que la realidad del país sigue siendo dura y siniestra. En cierto modo, Johannesburgo es muy parecida a Islamabad: Una enorme cárcel dorada, una urbanización sin fin, tostada por el sol, en la que las distancias son colosales y apenas nadie camina por las aceras. Los ricos -los blancos- viven aislados del mundo exterior, atrapados en el interior de sus lujosas mansiones protegidas por omnipresentes alambradas eléctricas. Enormes autopistas surcan la ciudad, pero apenas hay coches. Todo está impoluto. En los semáforos se afana una pintoresca troupe de mendigos -negros (*)- intentando vender con picardía objetos inverosímiles bajo el sol cruel: peluches, cargadores de móvil, diarios, golosinas, fruta. Algunos sólo venden su historia garrapateada en un cartón. Otros se disfrazan de siniestros Michael Jacksons vencidos por el calor. En cada esquina hay un vigilante de seguridad -negro-, impertérrito, cuidando su parcela de mundo. Tuve el primer encuentro con uno la mañana en que fui a recoger a mamá. Había comprado un café para ir tomándolo en el tren de camino al aeropuerto, cuando de repente pensé que quizá las bebidas estaban prohibidas. Llevo tanto tiempo viviendo como un salvaje, que a veces se me pasan estas normas de convivencia. Leí un cartelito a la entrada de la estación. En efecto, lo estaban. Me detuve entonces, con el café en la mano, y me apoyé en una barandilla para beberlo antes de entrar por el pasillo que llevaba a los andenes. Se materializó entonces un jovencillo enjuto y larguirucho vestido de uniforme con chaleco fluorescente. Se detuvo a mi lado, con una gran sonrisa.
- Buenos días- dijo tímidamente con voz de tuba.
- Buenos días- contesté-. Sé que no se puede entrar con el café, estoy aquí quieto, bebiéndomelo.
- Bien- respondió el joven. Y ahí se quedó, mirándome, con esa sonrisa beatífica. El café estaba muy caliente. Intenté sorber a toda prisa, pero el muchacho persistía con su sonrisa llena de dientes, observándome con mansedumbre. Acotándome como un perro benévolo a una oveja díscola. Tragué como pude.
- No puedo ir más deprisa- dije al muchacho.
- Bueno, entonces tengo que pedirle por favor que salga.
En los días en que estuve en Johannesburgo me llamaron también la atención por comerme un caramelo, por acercarme demasiado a las vías del tren, por hacer fotos, y por entrar por una salida. Consecuencias de la civilización. De un exceso de civilización. Johannesburgo lo pueblan los mendigos de los semáforos, los blancos envueltos en celofán, los carteles de empresas de seguridad, los carteles de se vende y las asombrosas tormentas de verano.

La fronda de la ciudad -se dice que es el mayor bosque artificial del mundo- oculta el cielo de tal forma que las tormentas parecen venir de ninguna parte. Entre cantos inverosímiles de pájaros burlones, surge la tormenta de la nada. Pero tuve ocasión, dias después, ya camino de Namibia, de presenciar el nacimiento de una de ellas en la quietud lisa e interminable de la sabana. Las coquetas y voluptuosas nubes de la tarde, fieles a una incomprensible cita, se empezaron a concentrar a borbotones en un punto del cielo, empujándose unas a otras como indómitos bisontes en estampida venidos en enloquecida carrera de los cuatro puntos cardinales. El color del cielo en ese punto se tornó de un ceniza muy oscuro y, en el horizonte, distinguí madejas de lluvia derramándose como hilos de estaño sobre la tierra. La lluvia se encontraba todavía a una decena de kilómetros, pero el efecto electrizante de la tormenta podía sentirse en la piel. De repente, una enorme ceja de luz, rebotando como una cicatriz de plata, semejante a un arco de triunfo, enmarcando las nubes negras, y un sonido rotundo, crepitante y violento, como si los cielos mismos acabaran de romperse en dos. Las tormentas son muy hermosas en Sudáfrica.

Mamá en la estación de Rosebank

Mamá en la estación de Rosebank

Mamá llegó el día de navidad a Johannesburgo. Parecía una débil bolita de paja, tras tantas horas acurrucada en el avión. Como había hecho un año antes en Phuket, me zarandeó de arriba a abajo y me sometió a un escrutinio meticuloso.
- Estás hecho un hombretón- dijo valorativamente.
- Tengo casi cuarenta años, mamá- respondí.
- No, pero estás como gordo. Cachas. Fuertote.
- Ay, mamá.
- Sí, sí. Gordo y cachas. Y te estás quedando calvo.
- Gracias, mamá.
- He estado leyendo algo sobre ti en este libro- mamá enarboló sobre su cabeza un libro de autoayuda de Rojas-Marcos. Un débil escalofrío recorrió mi columna vertebral.
- Ay Dios mío- susurré.
- Resulta que hay una cosa que se llama Síndrome de Simón. ¿Lo conoces?
- No, mamá, seguramente se lo ha inventado Rojas-Marcos para llenar unas cuantas páginas.
- Pues se da entre solteros urbanos. Sois gente inmadura, que no sois capaces de comprometeros seriamente en una relación, y emocionalmente inestables.
- Bienvenida a Johannesburgo, mamá.
- Vaya, menudo tren. ¡¡Uh-ah, estoés A-FRI-CÁ!!- cantó a ritmo de Shakira.
El tren en cuestión es un fulgurante vehículo de apariencia futurista que conecta el aeropuerto con Johannesburgo, Pretoria, Centurión, y otra serie de pequeñas ciudades satélites de la próspera región de Gauteng. Con su nariz afilada y su aspecto ultramoderno, es todo un símbolo de prosperidad. No obstante, hace poco más de veinte años, Sudáfrica era un país al que la comunidad internacional había dado la espalda debido a una política injusta y cruel como pocas: el apartheid. Instaurado a finales de la década de los cuarenta, el apartheid relegó a la población negra de Sudáfrica al ostracismo en su propia tierra. Un negro no podía votar, no podía desplazarse libremente entre ciudades, no podía elegir dónde vivir, no podía bañarse en playas públicas, no podía comer en los mismos restaurantes que los blancos ni desplazarse en transporte público en el mismo banco que ellos. Había fuentes para negros y para blancos, filas para negros y blancos, hospitales para negros y para blancos, educación para negros y para blancos. A mediados de los noventa, esta política quedó abolida en gran medida gracias a la presión internacional. No obstante, como hemos aprendido en España, las malas políticas dejan secuelas durante generaciones. Hoy, Sudáfrica es un país en el que los blancos son los reyes y los negros sus lacayos. Es muy difícil ver a un blanco haciendo trabajos manuales o pesados, casi tanto como ver a un negro disfrutando de una comida en una terraza (**). Son los negros los que caminan descalzos bajo el implacable sol de Johannesburgo, y son los blancos los que pueblan los centros comerciales con su clima de probeta chupando helados de caras franquicias europeas. Por el momento, el desequilibrio en Sudáfrica es algo muy evidente como para ser obviado por el turista accidental.
El tren nos dejó en una estación cercana al centro. Johannesburgo apenas cuenta con transporte público, y el viajero ha de usar los servicios de un taxi privado o jugar a los dados con una de las centenares de furgonetas que recorren las avenidas llevando a negros de un lado a otro sin orden aparente. A la salida de la estación de trenes, espera una manada de taxistas enarbolando pancartas y ofreciendo sus servicios. Nos subimos al taxi de Solomon, el más osado de todos ellos, que con el transcurso de los días se convertiría en nuestro chófer oficial.
- Qué feo es- comentó mamá con desgana.
- Pues si.
- Mi niño. Gordito. Cachas- dijo mamá acariciándome eel brazo con ternura.
- Por favor, mamá…
Esa triunfal sensación de poder hablar sin que se enteren de lo que dices.

Estatua de Mandela

Estatua de Mandela

Había estado buscando desesperadamente folletos con cosas que hacer para mantener entretenida a Mamá durante su estancia conmigo en Africa. Esto siempre ha sido una angustia para mi: cuando yo era un empresario dinámico y estresado y ella venía a visitarme a Madrid, siempre recibía con un atisbo de pánico los momentos en que ya habíamos ido de compras, habíamos visto todas las películas que me había descargado ilegalmente para ella, habíamos paseado por la Gran Vía o habíamos salido a cenar por ahí y ella se aposentaba en mi sofá, cruzaba los dedos, me miraba con una plácida sonrisa y me espetaba:
- Bueno. Ahora podemos ir a ver un espectáculo, ¿no?.
Ir a ver un espectáculo. Oh, mamá, si hubiera detectado un espectáculo digno de ti ya habría comprado las entradas meses atrás. Qué es exactamente ir a ver un espectáculo, me preguntaba a mi mismo mientras la observaba esperando mi reacción. Cómo se va a ver un espectáculo. De dónde coño sacas un espectáculo. En lo que a mi respecta, la mayoría de las veces en que he ido a ver un espectáculo movido por un impulso espontáneo me he encontrado atrapado en una butaca incómoda durante dos horas interminables asistiendo al triunfo de la mediocridad. Así pues, dado que encontrar un espectáculo en Johannesburgo se me antojaba más complicado todavía que en Madrid, hice con ella una lista de las cosas que debíamos disfrutar en nuestra experiencia sudafricana, a saber: un safari, un par de paseos por la impaseable Johannesburgo, la visita a Soweto y el museo del Apartheid, y las inevitables compras de diamantes.
Al día siguiente Johannesburgo nos recibió tan verde e impenetrable como es. Salimos a caminar, acompañados por los cánticos africanos de los pájaros, rumbo a un pequeño barrio de bohemios, Melville, a tres o cuatro kilómetros de la guesthouse que había buscado con afecto para pasar nuestras navidades juntos. Los doscientos primeros metros de jardines floridos y tapias electrificadas fueron un preludio de lo que nos encontraríamos a continuación. La zona blanca de Johannesburgo es siempre igual, siempre infinita, siempre rectilínea, pluscuamperfecta, siempre aburrida hasta el desgarramiento. Frente a la verja amenazadora de alambre de espino e hilos con carteles de peligro de un colegio alemán, sentado en el césped, un chaval negro de unos quince años, nervudo, desgarbado y de rostro ausente permanecía con la mirada fija en el horizonte. Iba vestido con harapos y se tapaba con una manta raída y cochambrosa de un gris indeterminado.
- Qué hará ahí- se preguntó mamá en un susurro al pasar.
Parecía un perrillo derrotado, la típica imagen de un chucho vencido por la sarna a pie de carretera. Algo en él hacía sospechar que pasaba su vida ahí sentado, esperando la muerte o la caridad de alguien. Sin mirar a nada ni nadie en concreto, su cerebro parecía haberse desconectado tiempo atrás y ahora simplemente miraba al infinito. Esa era su vida. Mirar al infinito. Inanimado como un cactus o una señal de tráfico. Qué se le estaría pasando por la cabeza, Dios. La imagen era tan perturbadora que estuvimos largo rato hablando de aquel chaval, pero resultó todavía más poderosa cuando regresamos a casa, cuatro horas después, y el chico continuaba allí, en la misma posición, acuclillado como una araña seca, mirando a la nada, tapado con su manta raída. Me fijé entonces en algo que no creo que llegue a olvidar mientras viva.
- Mira, mamá. Mira el suelo debajo de él.
El chaval estaba parado en una pequeña islita de césped, bajo un arbolillo joven, entre la carretera y la acera. El lugar era completamente aleatorio, pareciera que se huubiera cansado de caminar y se hubiera dejado caer allí, en cualquier lugar, al abrigo de aquel arbolillo. Bajo él, un pequeño círculo de tierra. Llevaba tanto tiempo ahí parado, que el césped había dejado de crecer debajo de su cuerpo, su lugar en el mundo estaba delimitado por aquella calva de tierra bajo sus pies descalzos. Una calva como la que hacen las bestezuelas a fuerza de hozar y dormitar en el mismo rincón entre la maleza. De repente, la imagen del chaval que no dejaba crecer la hierba me resultó muy alegórica: el árbol joven, la carretera trazada con tiralíneas, el suelo impoluto, los parterres de flores de colores chillones, el colegio de blancos con valla electrificada, y el muchacho negro vencido, paupérrimo, esperando la muerte sobre su circulito de tierra. Aquello era Johannesburgo. Un vistazo rápido hubiera revelado un chico pobre sentado a la sombra de un árbol. Pero una mirada más atenta revelaría el drama inconcebible disfrazado de estampa inocente.

La figura casi deificada de Mandela, en un muro a las afueras de Soweto

La figura casi deificada de Mandela, en un muro a las afueras de Soweto

Al día siguiente volvimos a pasear. Hicimos un circuito de muchos kilómetros por avenidas despobladas de doce polvorientos carriles hasta llegar al distrito central. Tras cruzar un enorme puente de hormigón, a nuestra izquierda apareció la primera estampa verdaderamente africana de nuestra visita: un caótico solar de barro sobre el que descansaban centenares de furgonetas dispuestas sin ton ni son y una veintena de oxidados puestos de comida humeando al sol. Montañitas de gente repartiéndose entre las furgonetas a golpe de bocinazo o de grito anunciando un destino, decenas de hombres desparramados a la sombra de los árboles en la vereda como víctimas de un bombardeo o marionetas olvidadas por un niño cruel. Al fondo, enormes torres que parecían abandonadas desde un arcano esplendor de los años ochenta. Un mercado atiborrado de negros, olor a porro, música muy alta, cuerpos esculturales moviéndose al ritmo de la música. Muchas sonrisas de dientes blanquísimos saludándonos. Mamá vivió con cierta angustia esa pequeña incursión al corazón de las tinieblas.
- Uf, fue duro, né- susurró cuando al fin emergimos a la calle.

Primera estampa africana

Primera estampa africana

Al salir del mercado nos dimos de bruces con un espectáculo insólito: la urbanización había quedado atrás, ahora nos rodeaban los edificios altos y las calles vocingleras. Riadas de negros en actividad maníaca vendiendo y comprando, saltando de furgoneta a furgoneta, trapicheando y vociferando género. Calles y calles formando un entramado reticular de tiendas grandes vendiendo género chino: móviles, raquetas de ténis, camisetas, fundas de teléfonos, cuberterías de un brillo anómalo, herramientas inútiles, cremalleras, flores de plástico, alfombras de PVC, posters siniestros de Justin Bieber, peluches erizados por la electricidad estática, serigrafías de paisajes bucólicos y discos compactos piratas de casi cualquier cosa. Zapaterías de olor nauseabundo y sintético, perfumerías con envases falsificados, tiendas de ropa para todas las etnias imaginables, mujerucas gordas aposentadas en las esquinas como montañas de flan vendiendo leechees o atizando el fuego donde se cocinaban panochas de maíz de granos blancos, enormes y jugosos.

El Central Businesss District, en apariencia abandonado por los blancos

El Central Businesss District, en apariencia abandonado por los blancos

El ojo occidental, poco entrenado para distinguir sutilezas de otras razas, es incapaz de percibir etnias diversas entre la muchedumbre negra. Pero poco a poco descubres algunos más larguiruchos que otros, otros más obesos y de tez más oscura, quienes tienen la dentadura más prominente o el espacio entre los ojos más pronunciado. De repente, de una furgoneta se baja un bushman y se lo señalo a mamá al ser una de las pocas tribus que soy capaz de distinguir: con la frente despejada, su porte casi raquítico, sus dientes como espátulas y sus ojos saltones, el culo abultado como un bollo de pan y las piernas cortas, tiene un algo de salvaje e indómito que causa respeto y admiración en su pequeñez. Se dirige a otro pasajero de la furgoneta y hasta mi llegan los chasquidos de su lenguaje. Es la primera vez que oigo una lengua joisana en directo y me quedo boquiabierto: parece un truco de magia, los chasquidos y clicks se suceden por encima del habla como emitidos por otra persona, oculta en algún lugar. Al mismo tiempo que parlotea con su lenguaje hermoso como el fluir del agua, con su lengua y su paladar emite una serie de estallidos y crujidos que se me antojan imposibles. Estaría toda la tarde escuchando esos clicks semejantes a golpeteos de insectos, pero el bushman se va caminando calle abajo, como un espejismo maravilloso, y se disuelve entre la multitud.

Puesto de venta de cabezas de vaca hervidas. Son habituales en Soweto

Puesto de venta de cabezas de vaca hervidas. Son habituales en Soweto

Al día siguiente, nos damos por vencidos y contratamos una visita guiada a Soweto. Hace unos cincuenta años, el gobierno de Johannesburgo decidió construir, a unos veinte kilómetros de la ciudad, un ghetto para negros convenientemente separado de las opulentas urbanizaciones de los blancos. En contra de lo que pudiera parecer, Soweto no significa nada en ninguna lengua africana, sino que proviene de la contracción de las palabras “South Western Township” -Municipio del Suroeste, en Inglés-. Durante los tiempos del Apartheid, la población negra de Johannesburgo fue relegada a ese municipio artificial, y Soweto se convirtió así en una gigantesca extensión de chabolas sin apenas servicios mínimos. No es de extrañar que entre esos tres millones y medio de almas emergieran muchas de las cabezas pensantes que liderarían años después los conflictos raciales que suscitaron en parte el fin del Apartheid. De hecho, hay una calle en Soweto que cuenta con una peculiaridad insólita: en ella han vivido dos premios nobel de la paz, algo de lo que no puede jactarse ninguna otra avenida del mundo. Quizá debido a la importante carga histórica del municipio, o quizá por el morbo que suscita esa oscura etapa de la historia de Sudáfrica en el visitante, Soweto hoy es un destino turístico más. Por supuesto, poco queda de aquel hervidero humano de represión e injusticia de antaño: las casas hoy son, en su mayoría, de ladrillo, y lucen hermosas con un modesto pero coqueto jardín en su frente. Hay comercios y vida por doquier. A pesar de la alta tasa de desempleo que lo amenaza, Soweto es un barrio vibrante y en ocasiones incluso bello, con una estética urbana decadente pero multicolor.
En la agencia habían prometido interacción con los lugareños, algo que yo esperaba con auténtico pavor. En efecto, el coche se detuvo en un rincón olvidado del barrio y vino a nuestro encuentro un muchacho joven que se sabía de memoria el discurso que procedió a recitar:
- ¡Bienvenidos, bienvenidas a este hermoso barrio en el que ya no miramos el color de la piel, nos gusta la diversidad, somos felices con lo poco que tenemos, por eso Sudáfrica es la nación del arco iris! Esta es la primera vez que vienen blancos por aquí, así que los niños se aproximarán a vosotros y querrán tocaros y dirán que tenéis carita de muñecas, pero no os preocupéis, es normal, sólo sienten curiosidad.
El muchacho se fue trastabillando calle abajo, canturreando las excelencias de vivir en Soweto como un personaje oligofrénico de Barrio Sésamo. Finalmente, nos aproximamos a una chabolilla mantenida con primor. A la puerta, una anciana con cara de cólico nos esperaba frotándose las manos en su delantal como si acabara de cocinar una exquisita torta de manzana.
- Nosotros pedimos permiso para entrar a Mamá Louise. Mamá Louise, ¿podemos nosotros entrar en tu hermosa casa?
- Sí pueden- dijo teatralmente Mamá Louise.
El caradura que organizaba la visita dio un exagerado abrazo a Mamá Louise -que supongo se repetía unas quince veces al día- y procedió a relatarnos las condiciones de vida de Mamá Louise, mientras Mamá Louise nos observaba valorando cuánto podría sacarse de propina con aquel grupo de gilipollas.
- Mamá Louise convive aquí con cuatro hijos, y es viuda, ¿verdad, Mamá Louise?
- En efecto, soy viuda, nadie en casa trabaja, pobres de nosotros.
- Tuvísteis que robar electricidad del alumbrado público, ¿no es así, Mamá Louise?
- En efecto, tuvimos que robar la electricidad. Es triste pedir, mas no somos personas violentas.
- Pero ahora creo que ni siquiera tienes luz del alumbrado eléctrico, ¿a que no, Mamá Louise?
- Cierto es, ya nos han cortado la única fuente de iluminación que teníamos en este humilde hogar.
El caradura procedió a intentar encender la luz de la casa de Mamá Louise, sin éxito.
- Oh, Mamá Louise, cuánto siento que no tengas luz hoy para tus cuatro pobres hijitos.
- Sí, ciertamente es una pena muy grande.
- Veo, Mamá Louise, que tienes unas cuantas fotos en esa estantería.
- Sí, ves bien, son fotos de cuando trabajaba en la residencia de ancianos cuidando de nuestros queridos mayores.
- Observo con sorpresa, Mamá Louise, que tienes en tu pared un certificado de reconocimiento por tu trabajo.
- Sí, me lo dieron por dieciocho largos años cuidando de ancianos enfermos y desamparados. Lamentablemente ahora la enferma soy yo, así que me veo forzada a quedarme en casa, triste y sola.
- Eres, en verdad, Mamá Louise, un ejemplo de abnegación. Ahora pueden hacer fotos a Mamá Louise y a su casa, y si son tan amables, contribuyan por favor al sostenimiento de la familia de Mamá Louise.
Fuera de la chabolilla, nos esperaba un lánguido grupo de niños. Se acercaron a nosotros y procedieron a repetir el discurso de todos los días.
- Oh, mira, son blancos, nunca hemos visto uno, qué piel tan suave, parecen muñecas. ¿Dolar, dolar?

Puedes ver esta galería como una presentación.

Para mi gran sorpresa, mamá se comportó con contención en el resto de la estancia. Las extravagancias que la habían hecho famosa en Bangkok, aquí se convirtieron en calma chicha, y sólo cuando nos vimos encerrados en la guesthouse sin mucho que hacer, a merced de las tormentas de verano, tras haber visitado la deslumbrante Pretoria, un safari extenuante y un insólito casino, empezaron a saltar las chispas que son consustanciales a toda relación sana entre una madre y un hijo. Pero los días pasaron al fin, y una mañana mamá-niña zarpó. La acompañé al aeropuerto, la ayudé con el papeleo, y la abracé largamente ante la puerta de embarque. Y allá se fue, mitad del alma mía.

En los jardines del museo del Apartheid

En los jardines del museo del Apartheid

La última mirada que se cruza antes de perder a alguien de vista, robada a los reflejos de los cristales, es una prueba de amor gratuita que desgarra el alma y demuestra todo con un gesto leve como una pluma. Cómo somos los seres humanos. Las cosas imposibles que somos capaces de hacer por amor. Saltar un continente o un océano a ciegas, soportar las imperfecciones del otro con el silencio y la sonrisa, regalar tiempo, provocar un llanto, aliviar otro, intentar entender, intentar curar, intentar no herir. Pensar que la otra persona es en verdad la mejor que podría haberte tocado en el mundo, cegándote ante sus defectos, perdonándolos, rodeándolos con el celofán del amor hasta verlos como virtudes en realidad. Echar de menos hasta el borde mismo de la muerte. Olvidar los rencores, silenciar los miedos, acariciar, tranquilizar, sentir al otro, vivir con el otro, sufrir con el otro, convertirte en el pedestal único sobre el que reposa tu vida. Llorar en soledad porque alguien está lejos, y en compañía porque lo sientes muy cerca.
Regresé a casa en silencio, con la culpable sensación de siempre, de haber recibido mucho más de mamá de lo que pudiera devolverle en mil vidas. A la mañana siguiente, muy temprano, acompañado por el canto absurdo de los pájaros enredados en los árboles, empaqueté con cuidado mis cosas y las encajoné en la moto. Observé con una cierta tristeza los despojos de la navidad que mamá había traído para mimarme y que habían sobrado: una tableta de turrón, un pedazo de salchichón, dos lonchas de jamón serrano envueltas en plástico, tres polvorones. Lo metí con cuidado todo en una bolsa y emprendí el camino. Detuve la moto a unos doscientos metros de la casa. Respiraba con dificultad, lo cierto es que me habían entrado unas ganas inesperadas de romper a llorar que no sabía muy bien de dónde habían venido ni a dónde querían llegar. Miré a través del espejo retrovisor y distinguí allá, a lo lejos, bajo un arbol jóven, un bulto de color oscuro. Cuidadosamente, di la vuelta a la moto y avancé muy despacio por aquel vergel de cárceles de oro. Como era de esperar, el chaval que no dejaba crecer la hierba ni se inmutó cuando me detuve delante de él. Siguió mirando al infinito con cara de haberse quedado sin alma. Paré el motor y me acerqué titubeando sobre la hierba. Los pájaros entonaban uno de sus complicados ritmos africanos desde las copas de los árboles. Deposité la bolsa con la comida a su lado. Muy despacio, como si sus movimientos fueran telecomandados desde un planeta ubicado en otra galaxia, el chaval levantó la cara hacia mi y clavó sus ojos vacíos en los mios. Nos quedamos fulminados el uno en el espejo del alma del otro largo rato. Se produjo uno de esos momentos que se despliegan en el tiempo, que parecen no tener fin, uno de esos momentos que sabes que se van a quedar grabados para siempre con letras de fuego en el cuero duro de tu alma.

Y me fui. Y los pájaros se quedaron, cantando.

*****

(*) NOTA: vamos a llevarnos bien. A lo largo de los próximos meses, pienso llamar a los negros negros y a los blancos blancos. Yo soy blanco. No me importa lo más mínimo ser denominado blanco. Por lo tanto, no creo que el adjetivo negro sea minimamente peyorativo, del mismo modo que no me siento ofendido porque a mi se me considere blanco. No pienso caer en ridículeces políticamente correctas al respecto, como decir “africano” o “persona de color”. No me considero en absoluto una persona racista, y precisamente porque no tengo complejo alguno al respecto, el uso de estos vocablos no tiene, para mi, carga valorativa alguna. Si uno es negro, es negro, y si uno es blanco, pues es blanco y sanseacabó.

(**) NOTA 2: Ojo, no estoy diciendo que no haya negros ricos o blancos pobres. Pero las cifras son tan jodidamente abrumadoras que da cierto reparo ser blanco y pasear por la calle pensando en lo injusta que es la situación que ves ante tus ojos.

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