close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Ante mi se distingue una enorme puesta de sol naranja sobre el lejano horizonte trufado de árboles y el lecho apacible del río. Ha pasado otro día a bordo del Nélio Correa. Me he sentado a escribir esto en una mesita que emplea una mujer malencarada para vender los tickets de la comida: pollo frito con arroz y frijoles, a ocho reais, alrededor de cuatro dólares. Todos los días eso. Pollo. Frito. Arroz. Frijoles. La mujer ha vendido ya todo lo que tenía que vender, así que la mesa ahora me pertenece, estoy en un lugar privilegiado para contemplar el río, el sol apagándose y la cubierta atiborrada de viajeros que se disponen a dormir. Se balancean indolentes las hamacas. Hay una treintena colgadas en la cubierta, y su visión es muy fotogénica, todos esos trapos de colores balanceándose suavemente mecidos por las pequeñas olas, esas cuerdas entrelazadas entre las que cabriolea el sol poniente, esos rostros morenos hipnotizados por el sopor. El sol se está poniendo ya y las hamacas permanecen en la penumbra. Del piso de arriba, donde subsiste un agónico bar en el que venden cerveza fría y galletitas de barquillo caducadas, brota una música insoportable día y noche. La selección musical -fundamentalmente soca y forró- proviene de un ajado DVD conectado a una parpadeante televisión arcaica cuyos altavoces están ciertamente perjudicados. Hace mucho tiempo ya que he dejado de ser una víctima de la diferencia de sensibilidades: a mi me gustaría escuchar el murmullo quedo del Amazonas deslizándose bajo la quilla del barco, pero yo soy un occidental estúpido: es mucho mejor la atronadora música con ecualización de lata porque el río aturde y la música, en cambio, enciende los espíritus e invita a la charla en la penumbra. Una negra muy gorda despatarrada como un sapo en su hamaca abre los brazos y corea a voz en grito la música. Luego se ríe a carcajada limpia, levanta los puños en señal de triunfo, bosteza y se duerme. Llevo ya muchos meses comprendiendo que no puedo juzgar la estética de los pueblos. En lo que llamamos el tercer mundo la estridencia es la ley: los colores chillones, las músicas bramando violentamente, los adornos excesivos, los metales y los plásticos brillando como espejos cegadores. Casi estoy empezando a disfrutar todas esas cosas, quizá me esté volviendo más tolerante, quizá más caribeño. También empieza a gustarme la ducha fría, y la compañía de todo tipo de insectos de mirada torva. Qué cosas.

Sinfonía de hamacas para un atardecer

Sinfonía de hamacas para un atardecer

Apenas quedan ya unas rayitas de color púrpura en el horizonte. La proa del Nélio Correa enfila ahora hacia una noche muy oscura, hacia el mismísimo corazón de las tinieblas. Llevo ya un par de noches aquí, pero no me acostumbro a la claustrofóbica sensación de flotar en medio de la espesa negrura. Ocasionalmente, una pequeña hoguera, parpadeante y trémula, indica que una casa de un pescador permanece de guardia en la frondosa orilla del río. Ayer levanté la cabeza y me abrumó un millardo de milagrosas estrellas como alfileres de plata perforando la cúpula de terciopelo del cielo. Pero hoy está nublado, así que sólo hacen compañía al barco las últimas vetas de luz cobriza del ocaso. Que por cierto acaban de esfumarse discretamente.

Llegué al Nelio Correa dando palos de ciego en el caótico puerto de Manaus. Hay un edificio moderno cuyo interior está destinado a una actividad que me es completamente ajena e incomprensible. En una terraza aledaña, la gente entrega paquetes envueltos en bolsas de plástico en cabinas que actúan como correos, distribuyéndolos en los pueblos a lo largo del río. Esa tarde salía un barco a Santarem, y había largas colas de personas depositando paquetes en esas cabinas. Pregunto por ahí. Una mujer me lleva de la mano hasta un tipo que está aposentado en un taburete al lado de un muro. Detrás de él hay varias fotos deslucidas de barcos con las rutas. Me entero de que mañana sale uno a Belem, en la costa atlántica. El hombre susurra que me cobrará mil doscientos, pero que por ser yo tan guapo serán mil, aunque por ser mañana la cosa se quedará en novecientos. Hay una veintena de hombres como él con sus fotos de barcos susurrando precios de pasajes. Todo parece un tanto sospechoso, así que decido investigar un poco más y le doy una oportunidad de ganarse una comisión al dueño del hostal mugriento donde me hospedo: un informático más, quemado de la vida, que huyó a otro paraíso personal y montó otro chiringuito. A golpe de teléfono me consigue un pasaje por ochocientos, que seguramente será el doble de lo que debe de ser, pero estoy tan cansado por el calor asfixiante de la ciudad que cedo sin dar más guerra. A las doce de la mañana del día siguiente me presento ante el barco, como me han exigido. Un grupo de mulas humanas vestidas con una camiseta azul que los identifica como miembros de un sindicato mafioso de estibadores empiezan a zarandear a Fefa de un lado a otro del muelle, sin decidirse sobre cómo meterla en el barco. Intentan inclinarla y pasarla sobre la borda como quien levanta una caja de pescado. Me niego y los fustigo. Corre el rumor de que una pieza del motor del barco está fallando y han ido a buscar un recambio al centro. Los estibadores me rodean y me hacen el enorme favor de intentar cobrarme sólo veinticinco dólares por meter la moto en el barco, a lo que me niego también.

Cubierta principal

Cubierta principal

- ¡Pero si tiene ruedas!
- Ya, pero necesitamos a cuatro personas para meterla dentro.
- ¿Y cuánto tiempo van a estar trabajando?
- Una hora.
- ¿Una hora para meter la moto? Eso casi puedo hacerlo yo mismo en ese tiempo.
El tira y afloja se extiende en el espaciotiempo durante lo que me parecen varios siglos estelares, hasta que claudico, empapado, por diecisite. Puto calor de los cojones. Uno de los estibadores me susurra:
- Si alguien le pregunta cuánto nos paga, dígale que cinco dólares. Para no causar envidia, ya sabe.
- Entonces, ¿ese es el precio justo, cinco?
- Cinco por cada uno- contesta, haciéndose la rata de cloaca.
Entiendo que cinco es el precio correcto, pero poco puedo hacer, sin los músculos de esa gente la moto no podría subir a cubierta. Entro en el barco y charlo con Zé-Pequeno, una especie de Popeye chutado de espinacas que se encarga de ordenar los paquetes en la bodega del Nélio Correa. Se unen a la charla cuatro o cinco estibadores que, a juzgar por la camiseta, no pertenecen al grupo mafioso que me ha extorsionado. Se ríen de mi, y aseguran que pronto moverán el barco para que suba un coche, y entonces podré meter la moto conduciendo. Un estibador del sindicato intenta colarme un billete de cien reáis falso pidiéndome cambio, y casi lo consigue. Parece que en Brasil hay que estar alerta todo el rato. El sol se pone. Tengo hambre. Sirven una sopa de ternera que seguramente sería considerada insultante en un comedor de Cáritas. Pero cuesta un dólar, tampoco es que pueda pedir lenguas de colibrí por ese precio.
Llegan las siete de la tarde. El barco enciende por fin el motor, parece que han conseguido repuesto con seis horas de retraso. Un empleado de la naviera me pide que me acerque a la moto. Charlo un rato con él, me enseña en su teléfono móvil un tembloroso vídeo de sus vacaciones en el Caribe del Amazonas, una playa inaccesible y paradisíaca de doscientos kilómetros en la zona de Santarem: dos parejas, una lancha y un garrafón de ron, eso es todo lo que se necesita para alcanzar el Nirvana. Se acercan los miembros del sindicato, reclamando que les pague los diecisiete dólares, sin haber tocado la moto siquiera. Tiene lugar un momento tenso cuando me niego y los acuso de mentirosos y estafadores y les anuncio que voy a conducir la moto dentro del barco sin ayuda de nadie. Se acerca un niño vendiendo naranjas. El barco describe un giro en el puerto y presenta el culo como una perra en celo. Un coche rojo y yo lo penetramos con cuidado y mimo. Y el Nélio Correa arranca rumbo a la negrura.

Desde la borda

Desde la borda

Hablo con alguno de los pasajeros. Un comerciante de sombreros que acompaña su carga hasta Belem. Hace la ruta con frecuencia, nada parece desesperarlo, el ritmo monótono y absurdamente lento del barco parece haber inundado todos sus poros. Habla con parsimonia, masticando las palabras, liándose su propio tabaco. Se retira pronto a dormitar a su robusta hamaca de lino. Una mujer anciana, de ojos velados, comparte conmigo unas galletas. Va a visitar a su hija a Santarem. Lleva consigo una maleta llena de comida. No entiendo cómo es capaz de dormir tres noches seguidas en la hamaca sin descoyuntarse. Parece un cuervo malherido, todo huesos, envuelto en papel de celofán. Es risueña y cantarina, gorjea y trina inundando de alegría a sus vecinos, que ríen sus gracias inocentes con condescendencia. Nos cruzamos con un inverosímil carguero que lleva camiones, bombonas de butano, excavadoras, containers, coches, una pequeña grúa y tres o cuatro tractores agrícolas. Todos nos acodamos en la barandilla y lo vemos pasar, entre estertores. No es más que una larguísima plancha de hierro oxidado empujada por un remolcador absurdamente pequeño. A su alrededor flota una manadica de jangadas traqueteando corriente arriba. Estoy escribiendo en la cubierta mientras intento ignorar los aullidos de castrado del equipo de música cuando se me acerca un propietario de viñedos de la Rioja. Viste camisa de lino verde y luce un poblado mostacho canoso. Me recuerda vagamente a Miguel de la Quadra Salcedo. Está cruzando Sudamérica de oeste a este. Empezó en Lima y terminará en Fortaleza. Charlamos un par de horas de la vida y la agricultura y vemos pasar pequeñas formaciones de plantas flotantes, mecidas por la brisa.

Llegando al barco

Llegando al barco

El barco acaba de pararse en el agónico muelle de Gurupá, una pequeña localidad portuaria tenuemente iluminada por faroles de color ámbar infestados de mosquitos y polillas. Un tipo con el ojo derecho reventado es escoltado por la policía desde el barco a una ambulancia, mientras una veintena de vendedores de chucherías toman por asalto la cubierta para hacer negocio con los habitantes de las hamacas. Venden “Cremozim”, una especie de helado de fresa, uva y babalú, sea eso lo que sea. Todos los pasajeros se cuelgan de las barandillas del barco para echar un vistazo al puerto y sus barracones de hormigón. Son tan pocos los estímulos de la travesía, que incluso un puerto mortecino en la penumbra de la noche amazónica es un espectáculo. Un grupo de ocho personas se dispone a descargar una moto, colgándola con cuerdas sobre el agua. Una masa de ociosos se agrupa en torno a ellos, con la certeza de que presenciarán cómo el pequeño scooter chino desaparece en las aguas oscuras. Pero no, esta gente sabe lo que hace, la moto llega a tierra sin inconvenientes. El grupo de mirones se disuelve buscando otra posible catástrofe. Me inunda el olor a perfume barato de La Zorrita. La Zorrita es una muchacha de unos dieciséis años y cara de batracio maquillado que se pasea casi desnuda por la cubierta, frotándose contra la tripulación y los viajeros maduros y solitarios. Sólo se ha atrevido a mirarme fijamente, pero como parezco demasiado desquiciado, la cosa no ha llegado a las manos, por fortuna. La he estado observando durante un par de días: tiene a los marineros completamente locos, y ella disfruta dando ese espectáculo y sintiéndose deseada. La remesa de viajeros que han entrado en el barco en este puerto es claramente rural: vociferan como una piara de cerdos y suben a la cubierta superior dándose empujones y llevando consigo grandes bolsas llenas de botellas de cerveza. Alguien ha traído petardos y los hace explotar entre las hamacas. Creo que me espera una noche difícil. Se acerca una niñita angelical hasta mi mesa. Me observa con ojos como platos mientras yo escribo exactamente estas líneas. Levanto los ojos sin cesar de teclear -esto mismo- y le sonrío. Ella me devuelve la sonrisa, es una gema delicada incrustada en una noche tan triste.

Uno de los cochambrosos puertos de la interminable ruta

Uno de los cochambrosos puertos de la interminable ruta

Denildo da Rocha se levanta cada día a las tres de la mañana para preparar el desayuno. En una travesía como esta, maneja cerca de noventa kilos de pollo, veintidós de arroz, ocho de harina de mandioca, diez de judías pintas. Pollo. Frito. Arroz. Frijoles. Denildo recuerda vagamente a un burdégano y ha estado casado siete veces. Pollo. Frito. Arroz. Frijoles. Sirve el desayuno a las seis, la comida a las diez y media, y la cena a las cinco. Pollo. Frito. Arroz. Frijoles. Tiene cuarenta y cuatro años y ya es abuelo. Por lo que veo, lo hace absolutamente todo en la cocina: prepara la comida, cobra, limpia los platos, recoge las mesas, sirve las raciones, e incluso se pasea por cubierta anunciando el género cuando la cola flojea. Él me presenta a Agostinho, que tiene setenta años, y vive sepultado en las ruidosas entrañas del Nélio Correa, aceitando el motor y cuidando que ningún engranaje se rompa. Es un palo sudado. No entiendo cómo es posible vivir ahí abajo, en la penumbra infernal, pero lo hace. El calor es asfixiante y el ruido atronador. Apenas hay luz o ventilación. El olor a petróleo y alquitrán es denso y gelatinoso. De alguna forma, creo que el viejo es feliz ostentando autoridad aunque sea sobre las engrasadas tripas de un navío cutre.
Una pasajera perroflauta europea se me ha presentado espontáneamente. Me ha reconocido. Ha visto que soy de los otros, como ella, y pretende que entre nosotros fluya una cierta complicidad. Ha extendido un tapete sobre una mesa de la cubierta superior y vende artesanías, o lo que es lo mismo, pulseras de nudos. Creo que tiene un éxito más bien limitado. Intento charlar con ella, pero de alguna forma no consigo conectar. Le deseo buenas ventas. Esta mañana la electricidad se ha ido mientras me duchaba con agua parda del Amazonas. Porque el agua del Amazonas es parda. El corte de suministro ha afectado a la bomba del agua, así que me he quedado cerca de veinte minutos desnudo y cubierto de jabón de arriba a abajo contemplando el lento y casi oleagionoso discurrir de la orilla frondosa desde la escotilla. Cuando el agua ha vuelto, un chorro de color chocolate me ha cubierto de lodo de arriba a abajo, como si el mismísimo Amazonas se hubiera cagado en mi cabeza.
- Quem é que era o Nelio Correa?
- Ele era o filho dos donos. Morreu quando era uma criança. Antes o barco chamava-se Cidade de Teresinha.
- E como é que morreu, coitadinho?
- Caiu um muro na cima dele.
Cada cierto tiempo, el Amazonas regala una isla paradisíaca, infestada de palmeras y rodeada de laberínticos manglares. Si las grandes corporaciones hoteleras supieran de su existencia, seguramente hace tiempo serían casinos y resorts de lujo chisporroteando bajo este cielo azul turquesa tachonado de madejitas de algodón. Sin embargo, sólo las habitan pequeñas casas de colores pálidos encaramadas en pilones de madera. Las casas parecen devoradas por la jungla y su aislamiento del mundo es total. Aparte de sus tejaditos de chapa y sus ventanucas ciegas, nada se distingue alrededor fabricado por la mano del hombre. ¿Qué se le habrá perdido a esa gente aquí, en medio y medio del inmenso río?

El Nelio Correa, en todo su esplendor

El Nelio Correa, en todo su esplendor

Me llama el contable del barco y me pide mi billete. Me pregunta cuánto he pagado. Lo que declaro no coincide con lo que figura en sus libros, e insinúa que quizá haya que pagar la diferencia para sacar la moto del barco en Belem. El tipo secuestra mi billete, y yo exijo que me lo devuelva. Se produce un largo y acalorado debate al que se suman varios personajes invitados que ofrecen su opinión no solicitada. Termino gritando como un psicópata y amotinándome en su camarote durante un par de horas, hasta que llegamos a un pueblucho -Ponta Negra- donde tengo la sensación de que me van a abandonar a mi suerte. Pido al cocinero del barco que llame a la policía, pero al parecer no hay tal cosa en Ponta Negra, tan solo un bar-billar-club social, una iglesia de Noséqué de los Últimos Días y el Advenimiento de Cristo Benditísimo, un colmado y una pequeña piara de pequeños cerdos muy oscuros que hozan alegre y distraidamente en el fango. Ah, y una enorme antena de telefonía móvil, que parece ser la atracción turística de la localidad. Llaman al energúmeno que me vendió mi billete en Manaus, que afortunadamente reconoce que se olvidó de declarar mitad de lo que había pagado. A estas alturas estoy a punto de llegar a las manos con el contable. Extiende mi recibo y me devuelve el billete con un tímido obrigado que en realidad tendría que ser desculpe. Desciendo a Ponta Negra para relajarme un poco.

El animado club social de Ponta Negra

El animado club social de Ponta Negra

Los cerditos me observan gruñendo desde la orilla del río. Paso ante la iglesia, el colmado, la antena de telefonía móvil. Observo, oh surrealista escena, que varios de los pasajeros del barco han aprovechado la escala para menear el esqueleto en el bar-billar-club social, a ritmo de una música que parece regurgitada por un Georgie Dann brasileiro profundamente drogado con todo tipo de sustancias psicotrópicas y sometido a electroshocks. El sol se va poniendo lentamente ante Ponta Negra y el barco no hace ni siquiera un tímido amago de arrancar. Pasa una hora. Y otra. El Amazonas está en calma. Alguien monta un pequeño parque infantil de inflables al lado de la iglesia y cuatro o cinco niños semidesnudos rebotan sobre el caucho chillando como ratitas. Las palmeras no se mueven ni un ápice. Todo muy pacífico. Y más tarde hacen sonar una campana y una muchedumbre toma el barco y ocupa sus literas ruidosamente. Un par de horas después el barco encalla con gran estruendo en un banco de arena. Ahí nos quedamos, toda la noche, en medio y medio del río. A las tantas de la mañana consiguen liberarnos, a saber cómo, y continuamos nuestro azaroso trayecto renqueando a diecisiete kilómetros por hora por meandros tristones del río, que es casi un océano.

Con un día y medio de retraso, llegamos a Belem a media tarde del lunes.

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