close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Papá llegó con un retraso mortal. Me había pasado la hora anterior con la mirada fija en el panel del aeropuerto, contemplando fijamente el delayed que parpadeaba al lado de su número de vuelo. Justo encima, un vuelo de una compañía desconocida anunciaba acudan al mostrador. Me pregunté qué se pondría en caso de accidente aéreo en los paneles informativos. Sin duda, no figuraría aterrizado, sería de mal gusto y algo impreciso. El ambiente de las salas de llegadas de los aeropuertos es todo un espectáculo de las emociones. Ahí van llegando personas aturdidas, parapetadas detrás de carritos rebosantes de bultos que parecen los despojos de un naufragio. Buscan a su alrededor con mirada entre desconsolada y desvalida hasta que, finalmente, localizan una cara luminosa y familiar en medio de la multitud. Y entonces sus rostros cambian, se convierten en destellos de luz que rebotan en sus cejas y en la comisura de sus labios. Los hombres se dan abrazos rudos, se golpean las espaldas con manotazos que recuerdan el entrechocar de ciervos peleando en la montaña. Las mujeres se funden en besos dulces y largos y porrumpen en llanto. Hay parejas que casi fornican en el enlosado del suelo, que olvidan que a su alrededor hay una multitud esperando, se les ve convertidos en la pura estampa de la felicidad completa mientras a su alrededor el mundo entero se funde como el chocolate. Ancianos apolillados intentan mantener la compostura ante un nieto que ha crecido más de lo esperado, adolescentes altivos disimulan la emoción del reencuentro con su madre, sombrías parejas se miran a los ojos y se dicen muchas cosas tras una larga ausencia. Cuando me ha tocado ser el recibido, me ha admirado esa pared de amor humano, esa lìnea desigual de pares de ojos contemplando las puertas automáticas, chisporroteando de reconocimiento, desinflándose de desilusión, languideciendo de impaciencia, trémula de emoción y de lágrimas. Por fin se abrieron las puertas y apareció la figura familiar. Papá parece un poco un Sean Connery algo derrumbado. Venía abrigadísimo, recién emergido del invierno europeo, tenía los ojos rojos. Pese a que le había dicho que se preparara para el calor, llevaba una camisa de manga larga, una chaqueta de punto, camiseta interior térmica. Lo acompañaba una mujer belga a la que sin duda había torturado con su palabrería a lo largo del viaje. Nos dimos un largo abrazo.
- ¡Ay, Fabiño, qué bueno verte!
Papá vive en Portugal y ha ido adoptando poco a poco expresiones y giros portugueses (qué bueno = que bom). Para alguien que desconozca este dato, sin duda lo que dice suena ligeramente exótico. También es un fan no confesado de los productos y la subcultura Carrefour. Le gustan los chalecos. Acaba de jubilarse, para dedicarse por completo a una paternidad tardía que yo no llevo nada bien.
Nada más montarse en el taxi, expresó su vehemente deseo de ir al Centro Gallego de Buenos Aires. Papá y yo tenemos algo con los centros gallegos: durante un largo período de mi adolescencia, no salíamos del Centro Gallego de Lisboa, llamado equívocamente Xuventudes de Galicia. Explicó al aburrido taxista que los gallegos habían emigrado mucho a Argentina a principios de siglo, dato que el taxista, sin duda ávido de propina, escuchó con gran atención como si fuera la primera noticia que tenía al respecto. El taxista se paró brevemente ante un edificio rococó que, según él, era el Centro Gallego. Una visita posterior revelaría que aquello era simplemente un restaurante, pero en su momento papá enloqueció de felicidad y pegó su nariz al cristal de la ventanilla como un niño pequeño contemplando una cabalgata de reyes.

Sandalias y bermudas, sandalias y bermudas...

Sandalias y bermudas, sandalias y bermudas...

En Buenos Aires, Argentina
23ºC. Día 306 de viaje. Leyendo El país de los ciegos, de H. G. Welles

Había estado reservando todas mis visitas turísticas a Buenos Aires para su llegada, así que los días transcurrieron de forma casi trepidante de Caminito a La Boca, de La Recoleta al Obelisco, de Corrientes a la Costanera Sur, e incluso nos aventuramos a saltar brevemente a un delicioso pueblecito al otro lado del río, en Uruguay, llamado Colonia. Al contrario de lo que ocurría con Mamá, que en todo momento veía peligros ocultos tras cada piedra, Papá es un viajero intrépido y voluntarioso, y sólo sus renqueantes rodillas, débiles como una montañita de sal, impidieron que acabáramos con todas las calles de Buenos Aires en la semana escasa que estuvo aquí. Sin lo que tengo en mi de mamá -soñadora, poeta, una mariposa curiosa revoloteando en un mundo eternamente impredecible y mágico- yo nunca habría emprendido este viaje. Sin lo que tengo en mi de papá -intrépido, resolutivo, voluntarioso y valiente, un delfín sorteando mareas desconocidas como si fueran propias- yo no habría llegado hasta aquí. Yo debo la pasión por los viajes a mis padres: cuando tenía cuatro o cinco años nos subíamos a una caravana a principios del verano, la enganchábamos a un Renault 12 que parecía sacado de los garajes de Cuéntame y no parábamos de movernos por Europa hasta el primero de septiembre, cuando empezaban de nuevo las clases.
Arremolinado en el hueco entre los asientos como un gatito aturdido, repetía poniéndome de pie entre los asientos subitamente:
- Me mareo, ¿a qué jugamos?.

Las personas avanzamos lentamente en nuestra propia vida mutando poco a poco, de forma imperceptible, pero el tiempo y la erosión de la misma existencia van modelándonos y convirtiéndonos en alguien distinto. El problema de las largas ausencias de tus seres queridos, es que cuando los reencuentras ya no eres la persona que ellos creen que eres, has ido avanzando en tu propio ser, has edificado a otra persona dentro de tu cascarón, y, cuando te recuperan, creen que sigues siendo quien ellos dejaron atrás. Invariablemente, me ocurre esto con quienes amo. No puedo dejar de sentir cierta nostalgia y ternura al descubrir que recuerdan cosas que me gustaban cuando yo era otro, meses atrás, o que piensan que yo pienso lo mismo que pensaba. No sé a quién se habrá encontrado Papá en Buenos Aires. Pero papá es de esas personas que perdonan sin límites, y sé que su amor sigue permaneciendo intacto aunque yo ya no sea el mismo hijo que fue a despedir con pastelitos de nata a Dehesa de la Villa aquella mañana soleada de mayo de hace ya más de trescientos largos días.

En el Buquebus, de camino a Colonia

En el Buquebus, de camino a Colonia

Papá emergió del baño vestido sólo con unos calzoncillos de papel. Era una figura frágil y delicada, casi translúcida. Agitó ante mi un paquetito.
- ¡¡Calzoncillos de papel!!. ¿Los conocías? Son MUY prácticos.
- Si, pero yo no puedo llevar… dos años… calzoncillos de papel.
- Pues son muy prácticos. ¿Los quieres?
- No, no, está bien.
- ¿A dónde vamos, qué hacemos? Tengo que comprar unas bermudas y unas sandalias, unas sandalias y unas bermudas, he de comprar bermudas y sandalias.
Descubrí que a Papá, cuando no se le satisface una necesidad, tiende a murmurarla bajito todo el rato como un recordatorio permanente. Salimos a la calle a disfrutar de un Buenos Aires exultante en los últimos días del verano, con el pequeño runrún de sandalias y bermudas, sandalias y bermudas sonando de fondo. Decidí llevarlo a una zona comercial para no acabar arrancándole la cabeza. Se quedó ensimismado ante varios escaparates.
- Dios mío. Ese precio… será en dólares, ¿no?
- Me temo que son pesos.
- ¡¡Pesos!! ¡¡Pero entonces tengo que comprar toda la Argentina!!
Otra cosa que también me llama la atención al retomar el contacto con mis seres queridos, y que quizá tenga mucho que ver con mi propio cambio interior, es la relación intensa que tienen con el comercio. Bien mirado, todo occidente tiene entre sus necesidades principales comprar. Papá se desvive por las tiendas de souvenirs, las ferreterías, las jugueterías y las tiendas de ropa. Todavía hoy yo mismo me encuentro mirando con lujuria un iPad -en Sydney casi me da la fiebre intentando no comprar uno en su espectacular Apple Store de cristal y acero- o unas gafas Ray-Ban. Pero sí es cierto que, al no tener donde llevar nada, poco a poco he ido desvinculándome de las tiendas y volviendo a lo básico. Siento una punzada de ilusión al comprar una crema de afeitar en gel en lugar de la espuma tradicional. O se me acelera un poquito el corazón cuando me acerco a una tienda de motos y veo colgados unos pulpos de goma para sujetar el equipaje. Pero poco más. Papá en cambio se paraba ante todos los comercios murmurando sandalias y bermudas, sandalias y bermudas sin parar, así que lo dejé hacer con cierta resignación. Cuando hubo satisfecho sus necesidades de sandalias y bermudas, descubrí con horror que se le había quedado pegada en la cabeza la letra del tango A media luz que había escuchado en una tienda. Dado que había expresado su deseo de hacerse con un disco de tangos, estuvo recordándomelo con insistencia canturreando por lo bajini Cooooorrientes trescuatroocho, segundo piiiiso ascensooor durante un par de días. Lamentablemente, era poco lo que sabía de la letra, así que Cooooorrientes trescuatroocho, segundo piiiiso ascensooor se convirtió en un mantra algo desquiciante. Para torturarlo yo también, decidí meterme con su manía de cuchichear. Papá cuchichea cosas, siempre está farfullando, mascullando, balbuciendo cosas por lo bajini, algo que si no recuerdo mal también hacía mi abuelo. Así pues, cada vez que murmuraba, yo le interrogaba:
- ¿Frfrufrufrú? ¿frufrufrufúuuu? ¿frufrú? ¿frú?
Las diez o doce primeras veces lo encontró divertido, pero a los tres días se ponía de los nervios cuando, en respuesta a sus refunfuños, yo frufruaba.

Daddy cool

Daddy cool

Guardo entre mis recuerdos dos momentos muy bellos con mi padre. El primero se remonta a mis siete u ocho años. En el desván de casa, papá atesoraba un banco de herramientas muy grande en el que martilleaba las tardes de domingo como casi cualquier padre del mundo. Una tarde lluviosa subimos con unos tableros de contrachapado recuperados de algun derribo y nos pusimos a construir una casita a mi perra Patuchas. Patuchas era el gran amor de mi niñez, una perra faldera ninfómana de largos cabellos rubios con incómodas tendencias coprofágicas. Recuerdo vivamente la luz ténue colándose por las tejas de cristal y las partículas de polvo en suspensión, el monótono repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, la tosca pared de ladrillo y a mi padre -el ser más grande del mundo- manejando el taladro y cosiendo con alambre el tejadito de la casetita mientras yo lo miraba boquiabierto, convencido de que podría derribar de un soplido cualquier muro que se interpusiera en su camino. El segundo recuerdo pertenece a mi adolescencia, que fue difícil y traumática. Papá había redescubierto el placer de viajar en una fugaz visita a Fez animado por el sindicato y decidió que teníamos que ir juntos a conquistar Marruecos. Así pues, nos subimos a su Seat Ibiza -que tenía serios problemas con el radiador y nos obligaba a rellenarlo constantemente entre preocupantes nubes de vapor- y nos internamos en el desierto. En aquella época yo estaba completamente obsesionado por el cine, y me habían comprado una espectacular cámara de vídeo. Divisé una vaca muerta en medio del monte pelado, la típica vaca muerta en medio del desierto, y pedí a papá que parara para ir a grabar una secuencia dramática. Fuimos caminando hasta el esqueleto, me tumbé al lado de él, simulé estar muriendo de sed, suplicando por agua, viendo espejismos. Me revolqué entre las piedras agitado entre convulsiones. Luego papá quiso hacerse también una foto, se puso una camiseta a modo de gorra, suplicó a la cámara, gimoteando y gateando por el suelo. Y entonces se me ocurrió levantar una piedra, y me encontré con un pequeño escorpión negro que me saludó amenazándome con su aguijoncito dorado.
- Mira, papá, un escorpión.
Le hicimos un par de fotos, embelesados por la coincidencia de encontrarnos un bicho tan extraordinario allí, en medio de la nada. Entonces levantamos otra piedra, y apareció otro escorpión.
- Qué casualidad, jojojó -comentamos.
Obviamente, al levantar otra piedra apareció otro, y así sucesivamente hasta que nos convencimos de que estábamos en mitad del desierto, a quinientos metros del coche, en chancletas, y rodeados de escorpiones y que llevábamos media hora revolcándonos impunemente sobre ellos. El viaje en si me deslumbró: nos subimos en todas las atracciones, nos reimos como niños, compramos todo tipo de souvenirs absurdos, pasamos miedo y momentos de gran euforia. Como se supone que han de ser los viajes.

En el laberíntico sistema de transportes porteño

En el laberíntico sistema de transportes porteño

- Cooooorrientes trescuatroocho, segundo piiiiso ascensooor- canturreaba papá calle arriba y calle abajo. Ante nosotros se desgranaba un Buenos Aires que no había descubierto todavía. Caminamos un día entero para encontrar el Cementerio de la Recoleta y prestar nuestros respetos a la saturada tumba de Evita, lo que permitió que el mantra cambiara por un día a noooo llores por mi Argentinnnaaaaa, noooo llores por mi Argentinnnaaaaa, noooo llores por mi Argentinnnaaaaa para volver a su letra original al día siguiente. Se le ocurrió que necesitaba un juego de café, así que murmuró juego de café juego de café juego de café durante un buen par de horas hasta que encontramos una tienda donde los vendían.
- Coño- dije malhumorado- si no se te cumplen los caprichitos no paras, ¿eh?
- Oh, entonces todo es muy simple, ¿verdad?
- ¿El qué?
- Sólo tienes que cumplir mis caprichos- contestó radiante.
A la mañana siguiente, tras contemplar la luna sobre Corrientes despuntando su voluble cabeza con cuernos de charol, papá me despertó rasgando una hoja de papel.
- Hijo, hijo.
- ¿Uh? -murmuré aturdido-. ¿Qué hora es?
- Las siete. ¿Sabes lo de la Luna, ¿no?
- Grñññ… ¿Qué es lo de la Luna? ¿has dicho las siete?
- Yo le digo a mis alumnos que la Luna es mentirosa…
- Oh, claro que lo sé- interrumpí. Esa historia me había quedado grabada en la cabeza desde que era niño: La Luna es mentirosa, cuando escribe una D en el cielo es porque está Creciendo, y cuando escribe una D es porque Crece.
- Pues yo creo que aquí, en el Hemisferio Sur, no miente- informó papá al bulto en que me había convertido bajo las sábanas, intentando atrapar el huidizo sueño.
– ¿Uh?
- No, no. Mira esto.
Puso ante mis ojos legañosos una luna recortada en una hoja de papel. La mostró alto, sobre su cabeza, y luego la hizo descender poquito a poco hastaa que casi rozó el suelo.
- ¡¡Mira!! ¡¡La “C” se convierte en una “D”!!
- ¿Y?
- Pues que aquí si la Luna muestra una C, es que está Creciendo, y su se lee una D es porque está Decreciendo.
- Uh.
- Porque la tierra está boca abajo.
- Fantástico. ¿Puedo seguir durmiendo?
- Esta noche tenemos que ver si es verdad, ¿eh?
- Las siete de la mañana, virgen santísima….

República de la Boca

República de la Boca

Peleando con el confuso sistema de colectivos y subtes porteño, conseguimos llegar trastabillando hasta el barrio de La Boca. Nos dio la bienvenida un desvencijado solar rodeado por una valla de colores, del que sobresalían muñecos enormes de tangueros libidinosos, mafaldas torcidas, gauchos escuálidos y travestis de grandes labios rebosantes de carmín. Caminamos bajo el tórrido sol, maravillados por el cambio radical que Buenos Aires había obrado casi sin darnos cuenta: este barrio no tenía nada que ver con el altivo microcentro: en él los niños jugaban con mangueras en las aceras tostadas por el sol, y los cocineros sacaban a la calle bidones cortados por la mitad en los que se asaban jugosas tiras de carne e impúdicos chorizos rojos inundando el mundo entero con su aroma sensual y arrebatador. A nuestro alrededor, las casas de colores y los graffitis de proporciones épicas esponjaban el alma. Se podía distinguir un leve aroma de salitre y cloaca que llegaba flotando insidiosamente desde el Riachuelo. Bazares en miniatura, tiendas de loterías y apuestas, solares abandonados, casitas en ruinas, chabolas de chapa, puestos de flores mustias, manaditas de mujeres en bata sentadas a la sombra abanicándose con revistas de prensa rosa, bares roñosos, ferreterías agonizantes, enlosados rotos, farmacias polvorientas, La Boca era una especie de ciudadela abandonada de artes populares y pequeñas miserias en vías de convertirse en grandes tragedias.

Papá persigue una mariposa

Papá persigue una mariposa

- Cooooorrientes trescuatroocho, segundo piiiiso ascensooor- canturreaba papá calle arriba y calle abajo. Nos encontramos con La Bombonera y con émulos de Maradona cubiertos de polvo chillando como ratones locos en un solar ruinosos. Llegamos a Caminito y paseamos aturdidos entre casitas de azúcar, bailarines de tango de atrezzo, falsos pintores y trampas para turistas. Y al día siguiente decidí llevar a papá al zoo porque era profesor de ciencias. Cuando llegamos, como era de esperar, el zoo estaba cerrado. Pero al lado estaba el jardín botánico esperándonos, así que allá nos fuimos a hacernos fotos entre las fuentes y los arbustos. Papá se encaprichó con los palos rosas, unos árboles frondosos cubiertos perpetuamente de unas enormes flores de color fucsia que asemejan orquídeas nacidas de un dios menor. Estuvimos recogiendo semillitas que encontramos por el suelo, pese a mis protestas de que una semilla verde es como un pequeño feto nacido inviable. Para corroborar mi teoría, asaltamos a un jardinero algo grunge que cuidaba cactus en un pequeño invernadero de cristal infestado de gatos ronroneantes.
- Vashan a ver a Guishermo en la biblioteca- dijo con un soñador acento argentino que habría seducido a más de una-. Él cuida del semishero.
Así pues, canturreando Cooooorrientes trescuatroocho, segundo piiiiso ascensooor entre osados gatos y matas de durantas, muérdagos, azaleas y laureles, llegamos hasta la biblioteca, un edificio arrogante y vanidoso en mitad del parque. Dentro, languidecía una mohosa exposición de litografías que todo el mundo parecía ignorar educadamente. Pedimos a la recepcionsita que nos presentara a Guillermo, que resultó ser un adorable ancianito de piel pálida y frágil como un pergamino reseco y pequeñas gafas de lectura que le colgaban precariamente sobre su nariz globosa. Nos llevó a las entrañas del edificio, donde tenía acumuladas en cajas sin ningun tipo de orden semillas, insectos clavados en agujas y tarros con especímenes conservados en formol. La visita no podría haber sido más deliciosa.
- No, no, no, no, eso no le va a germinar- dijo arrebatando las semillas verdes que había recogido papá-. Sho tenía por acá… semishas… de tipuana tipu… no sé dónde las pusieron… aguárdenme…
El hombrecito entró encorvado en una sala anexa donde el caos era sensiblemente superior.
- Cooooorrientes trescuatroocho, segundo piiiiso ascensooor- canturreó papá mirando las arañas clavadas en corchos, que habían perdido casi todas sus patas en desigual batalla con el tiempo y las polillas. Qué muerte tan estéril la de esas pobres criaturas.
- No tengo de palo rosso – murmuró desde la otra habitación el hombre-. Pero les puedo dar semishas de la planta nasional argentina. Su nombre sientífico es Erythrina Cristagalli-. Emergió de la trastienda e hizo un gesto grandilocuente imitando un penacho sobre su cabeza-. Se shama cristagalli porque sus flores paresen la crehta de un gasho. Estas semishas guárdenlas mucho en la frontera, capaz no les dejen pasar. ¿Dónde estarán las semishas de palo rosso?…
Guillermo volvió a introducirse en la cueva de Alí Babá, trasteando entre cajones, cajas y sacos de arpillera rellenos de a saber qué. Finalmente, volvió con una bandejita de corcho en la que reposaban unas enormes bolas de algodón. Removió cuidadosamente.
- Ah- dijo encantado-. ¡Acá tenemos algunas!.

Así que papá verá florecer, dentro de unos años, los palos rosas en su jardín. Me gusta pensar eso. Me gusta pensar que, ancianito, se sentará en un taburete a la sombra de los palos rosas y recordará cómo nos peleamos por las calles de Buenos Aires, cómo reimos, cómo caminamos hasta desfallecer, cómo nos hartamos de carne a la brasa, cómo devoramos helados en Corrientes y perseguimos mariposas en la Plaza de Mayo, cómo nos aburrimos en un ferry de camino a Uruguay, cómo curamos el jet-lag a base de aspirinas con cafeína, cómo regateamos en un mercadillo por un sifón viejo, cómo cantamos tangos y paseamos al borde del Río de la Plata y bebimos zumo de naranja recién exprimido, cómo nos hicimos fotos delante de los obeliscos de oscuro propósito, cómo refunfuñamos y compramos alfajores, cómo recobramos tímida y fugazmente un vínculo entre padre e hijo que la vida nos había arrebatado un poco con los años vacuos, las preocupaciones innecesarias, las responsabilidades superfluas, el tiempo roedor. De algo iba a tener que servirle tener un hijo loco que lo arrastra a través de los océanos para discutir sobre lunas de papel que no saben mentir a la tierra boca abajo.

Papá

Papá

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