close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

En la calle hay toda una colección de personajes inverosímiles. Para encontrar un sitio donde cenar, tengo que caminar más de un kilómetro en la penumbra. El casco antiguo de Panamá tiene un aspecto decididamente fantasmagórico por la noche. Algunas de sus casas parecen palacios exquisitamente rehabilitados, y sus vecinas se sujetan a duras penas con puntales y recuerdan al centro de Berlín el día después del final de la Segunda Guerra. Dos negras enormemente gordas han sacado un radiocassette a la calle y bailan a ritmo de salsa sobre un charco, palmeando y riendo como niñas. Hay una calle tomada por mendigos que hablan solos. Gritan como almas en pena. Pobres diablos. Me llaman la atención dos: una escuálida cuarentona sin dientes, de pelo rapado, que vocifera con furia desbordada, levantando un puñito débil en alto, y un tipo con aspecto de dandy venido a menos, rey-sol de cuatro cajas de fruta vacías, cuyo tobillo derecho está gangrenado.
- ¡¡¡YO la saqué a ROBAR y era AZUL!!! ¡¡azul, azuL, azUL, aZUL, AZUL!! -ulula, entre incoherencias babosas.
Lleva con el tobillo así desde hace más de un mes, ya me había fijado en él en mi anterior estancia aquí, por lo que entiendo que esa herida es su fuente de sustento y no permite que se cure bajo ningún concepto. Supongo que cada noche la rasca con un cepillo de púas de alambre y le frota mierda de gato. Estará loco, pero no es idiota.
Me duele la cabeza. Un perroflauta estadounidense pelirrojo ha estado toda la tarde arrinconándome y contándome todos los detalles de la mecánica de su bicicleta, a la que llama Katanga, sobre la que ha llegado desde Estados Unidos. Pretende acoplarle una hélice que ha soldado él mismo, construir con bambú y una lona reciclada de un cartel electoral un flotador, y cruzar pedaleando el Tapón de Darién por el Caribe. Claramente, está loco. No se me ocurre qué decirle. He salido a cenar y he vuelto completamente empapado en sudor. Si me ducho ahora, será la cuarta vez en el día.
Mitad del casco antiguo es zona roja, y no debo acercarme a esas calles. Ayer un policía apareció de la nada montado en una bicicleta de montaña, y me escoltó fuera de una de las calles prohibidas. De noche, no sé distinguir muy bien qué zona es roja y cuál azul. La gente de la zona roja me parece igual que el resto, pero más fatigada.
Entro en la peatonal tanteando la oscuridad. Hay a la izquierda un kiosko de ladrillo edificado seguramente en los años veinte, que ahora es un cine-club-discoteca al aire libre. Todas las noches abre sus puertas y una pequeña muchedumbre arrastra sillas de plástico remendadas, forma un anfiteatro amorfo y espontáneo en plena calle bajo los enormes árboles de raíces aéreas del parque cercano, y se queda embobada delante del televisor del kiosko, disfrutando una copia pirata de Toy Story. Aunque son las siete, todo ha cerrado, incluyendo restaurantes y centros comerciales. Los centros comerciales son, en realidad, enormes almacenes vetustos en los que se exhibe género chino cortado con patrones de los años setenta, aparatos electrónicos de vida pluscuamefímera y algunas falsificaciones realmente nauseabundas de perfumes de moda. A mi derecha, un local comercial es ocupado por alguna oscura secta cristiana, y un pastor se desgañita ante un micrófono de escasa calidad, mientras una docena de fieles asienten al culto embelesados, en trance, bajo los ventiladores y las fluorescentes. Los comerciantes callejeros han empaquetado ya sus negocios, que ahora parecen montañas de plástico atadas con cuerdas, depositadas en medio y medio del pavimento.
Tengo calor, me duele la cabeza. La comida en Panamá es una mierda. Estoy sentado en mi habitación peleándome con las palabras. Me siento un fracasado porque soy incapaz de describir con detalle y precisión lo que hay ahí fuera. Reclino la cabeza hacia atrás. Un cable claveteado lleva electricidad al ventilador que es el rey de mi habitación. Zap zap zap zap zap. Pienso en el volcán Arenal, los colibríes de mil colores, el accidente con el perro, los arrecifes de coral, el puente al borde del colapso, la inundación… ¿por dónde empiezo?

En Ciudad de Panamá.
Día 477. 36ºC. Leyendo Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos

Tras mis azarosas experiencias meando en los frenos de la moto en Honduras y pegando brincos por pistas de tierra y barro imposibles, no es de extrañar que observara la ruta hacia el Caribe a través de Costa Rica con bastante recelo. No obstante, un lector de la página me mandó un mapa detalladísimo explicándome con pelos y señales cómo cruzar el país desde la frontera de Peñas Blancas -con Nicaragua- hasta la de Sixaola -con Panamá- por una carretera fabulosa. Un tipo canadiense completamente loco, una especie de versión maníaca de Orlando Bloom, me había dicho en Peñas Blancas que Sixaola era un lugar fascinante. Conducía una KTM diminuta que no sabía si podría entrar en el país.
- Sixaola está lleno de gente rara, gente rara, rara, rara, sí, sí, sí, sí- dijo nerviosamente mientras intentaba ligar con la tetuda que estampaba permisos de importación temporal de vehículos en Peñas Blancas.
Él mismo actuaba de imán hacia las rarezas con su carácter abierto y expansivo. En los pocos minutos que compartí con él, convocó a su alrededor un nutrido aquelarre de monstruos sedientos de dólar -viudas mulatas, culturistas octogenarios, niños espabilados como ardillas, conseguidores astutos como comadrejas-. A todos los trataba con una simpatía desbordante.
- Dame dinero- decían los niños-ardilla.
- Vale, ¿qué me vendes? -contestaba el hombre, dejándolos desarmados.
- Así que mejor voy por la frontera del Caribe, ¿no?- pregunté yo.
- El puente de Sixaola es fantástico- respondió desbordado de entusiasmo.
Con esas premisas, tuve claro que me dirigiría al norte, recorrería la costa, y acabaría entrando en Panamá por esa misteriosa frontera de gente rara, rara.

Paisaje interior de Costa Rica. Pues bien, así es todo.

Paisaje interior de Costa Rica. Pues bien, así es todo.

Descubrí entonces una Costa Rica inesperada: En el viaje de ida, el país había sido una monótona selva. Exhuberante, frondosa, pero aburrida. Parecía una de esas esposas británicas de belleza glaciar e inexistente destreza en la cama. La ruta a través de la Panamericana apenas da un respiro al viajero, inmerso en la maraña selvática y asediado por los resorts caros y sin espíritu. Sin embargo, el centro era otra cosa. Algo menos frondoso, lo justo para resultar impresionante, para asemejar un vergel, un jardín diseñado por un emperador megalómano de gustos barrocos. La moto, espoleada por el clima cálido pero no asfixiante, empezó a remontar las lomas como una verdadera reina del asfalto, trazando curvas impecables con majestuosidad. Aparecieron lagos de ensueño, hondonadas bucólicas salpicadas de vacas inmaculadas, y al fondo, un volcán que parecía extraído de un cuadro de Bob Ross.
- Así que esto es Costa Rica. Ahora lo entiendo- dije admirado al interior del casco.
A lo largo de los kilómetros, letreros y más letreros de madera anunciaban paraísos para el turista gafapasta: coma falafel aquí, capuccino a continuación, bagels frescas en la curva, hummus orgánico a 200 metros. Son los fantasmas de occidente. Se ofrece lo mismo en Nepal que aquí. Y lo consumen los mismos. Ávidos de aventura controlada.

El mejor café de Costa Rica

El mejor café de Costa Rica

Como la carne es débil, sucumbí a uno de esos letreros: anunciaba el mejor café de Costa Rica, así que paré. Era una pequeña casa hecha de troncos colgada en lo alto de una colina y oculta en medio de árboles elegantes y titánicos. Obviamente, el refugio de un Occidental Harto De Todo. Los he visto a decenas, y supongo que seguiré viéndolos a lo largo del camino: huyen de un mundo de falafeles con wifi para montar otro a su medida en la otra punta del mundo. Un poco como yo, supongo. Me atendió una mujer humilde y encantadora, con aspecto de lechuza despistada tras unas enormes gafas de montura de pasta. Me senté en la terraza a contemplar el vuelo de los colibríes. Los había a docenas. Cantaban a voz en grito una melodía absurda de bocinazos desiguales y se peleaban constantemente con gran violencia, ambas actividades inesperadas para unos pajaritos de aspecto tan delicado.
- Mire, el nido de tucanes está ahí- me comentó la mujer acercándome unos prismáticos, al verme admirar los pájaros. Apunté a donde me indicaba. En efecto, pronto apareció un tucán gigantesco y narigudo, de pechera de colores chillones, riguroso frac negro y pico descomunal, volando con cierta pereza. Atenuado por la brisa, me llegó el gorjeo desesperado de lo que debían de ser las crías exigiendo comida.
- Increíble- murmuré.
- Ah, si se fija en alguna rama, quizá vea un perezoso. Muchas veces se cuelgan de los cables de la luz.
Seguramente estaba pasando el momento más delicioso de todo mi periplo por América Central. Degusté el maravilloso café contemplando el lago Arenal, inmóvil y liso como un espejo. Se me pasó una hora volando, sin pensar en nada, yo solo, con ese café, rodeado de pájaros, ajeno al mundo exterior, centrado sólo en vislumbrar el vuelo audaz de las aves de colores recortado sobre la espesura intensamente verde de la selva. A veces el Mundo es un lugar maravilloso.

Ante el Volcán Arenal

Ante el Volcán Arenal

Amenazaba lluvia. Quería llegar a dormir a Limón, un puerto de cargueros en pleno Caribe, la punta norte de Costa Rica. Pero las nubes se hacían más y más evidentes, y además venían del norte. Nuestro encuentro era cuestión de tiempo. Entonces, en una larga recta, vi al perro. Era un pequeño mestizo de color gris, salió corriendo como alma que lleva el diablo, una de esas carreras incomprensibles de los perros, que parecen tan importantes para ellos, sin un destino fijo. En un par de brincos se plantó en la carretera, y continuó avanzando sin mirar. Se introdujo entre un camión y un pick-up que venían en dirección contraria, hacia mi. Siempre me he preguntado qué pasa cuando una moto atropella a un perro. ¿Catástrofe o sólo un bachecito?. Estaba a punto de saciar mi curiosidad.
Tras el camión y delante del pick-up iba un hombretón mojado de arriba a abajo, conduciendo una pequeña motocicleta china de escasa cilindrada. No vio al perro. No le dio tiempo a nada. Lo embistió de frente, dio una voltereta por encima del manillar de la moto y cayó aparatosamente cuan largo era sobre el asfalto. A partir de ese momento, lo vi todo a cámara lenta, conservando una tranquilidad pasmosa. El perro salió disparado hacia mi lado, doblado en un ángulo extraño. Bajé dos marchas para conservar la tracción y evitar el frenazo, y rodeé al pobre can, dejándolo en la cuneta, a mi derecha. Creo que lo pisé levemente, pero no estoy seguro. El pick-up frenó con un chirrido desesperado intentando evitar aplastar a la moto y el motorista. Derrapó unos metros, desviándose hacia mi. Giré levemente y lo dejé a mi izquierda. Accioné los frenos, y la moto se detuvo a unos veinte metros de la catástrofe. La crucé en medio y medio de la carretera, con las luces de emergencia puestas. Llamé a un chiquillo y le dije que agitara su camiseta para parar a los coches que vinieran. El motociclista se levantaba a duras penas, con los nudillos completamente destrozados y la ropa llena de rasguños. Una muchacha se bajó de su bicicleta y arrastró al perro fuera de la calzada. El animalillo apenas podía moverse, seguramente tenía la columna rota. Por una fracción de segundo, me había salvado yo mismo de un golpe seguro.
He estado a punto de morir en la moto dos veces en mi vida. La primera vez volvía de Oviedo, de una revisión ocular. En una recta manchega infinita, la Ducati empezó a traquetear sin motivo alguno, su rueda delantera se desequilibró sin avisar y empezó a tambalearse violenta y peligrosamente: yo iba a unos 140 kilómetros por hora y sentí que la moto se iba para los lados y me preparé para morir. Como protección llevaba una bonita chaqueta de cuero, nada más. No sé cómo reduje una marcha y, unos quinientos metros más adelante, la moto volvió a equilibrarse al fin por si sola. Tuve que parar en un área de servicio a tranquilizarme y estuve temblando el resto del viaje. La segunda vez fue debido a una imprudencia mía y a la irresistible sensación de conducir esa máquina diabólica italiana. Había estado trabajando en un centro de datos, inmerso en el ambiente enrarecido de centenares de ordenadores zumbando a la vez, aturdido por los cañones de aire acondicionado que resecaban mi garganta y mis córneas. Terminamos a las cuatro de la madrugada. El centro de datos estaba en Alcobendas, a las afueras de Madrid. Tenía media hora de aburrido trayecto hasta llegar a casa. Me encontré con un inmenso y desconcertante atasco en la autopista: un control de alcoholemia. Hice cola religiosamente durante un cuarto de hora largo, soplé, y me permitieron el paso. Ante mi, una autopista completamente despejada. Pegué un acelerón y la moto de disparó obedientemente por el carril central. Una agradable sensación de velocidad se instaló en mis entrañas. Disfrutaba de la noche oscura, de la carretera perfecta, del sonido ronco y rotundo del motor de mi moto. Decidí cambiar de carril tumbando vigorosamente. Y, en ese momento, sin saber muy bien cómo, vislumbré una mancha pálida a mi derecha. No fue más que un reflejo débil. Mi instinto me hizo abortar el cambio de carril, y tumbé la moto hacia el otro lado. Justo en ese momento, un coche pasó rozándome, adelantándome por el carril lento, a gran velocidad. Si ese coche llega a ser negro, hoy no estaría escribiendo estas líneas.

Bananas

Bananas

Dejé atrás al hombre sentado en un banco, asumiendo el accidente, y continué a buen ritmo vigilando las enormes nubes de color ceniza que, cada vez más, inundaban el horizonte como hongos nucleares. Finalmente la vi: En Centroamérica se ve llegar la tormenta. Distingues perfectamente dónde empieza el chaparrón, oyes cómo los truenos se acercan a gran velocidad, vislumbras la línea tras la cual el mundo se inunda inexorablemente. Me topé con ella pasado un pueblo relativamente grande, en el que los vendedores ambulantes recogían sus puestos a gran velocidad. Esta era, sin duda, de las grandes. La lluvia apareció ante mi rueda delantera como una cortina de agua, sin que me diera mucho tiempo a esquivarla: en cuestión de segundos quedé completamente empapado y sin ver demasiado qué había más adelante. Reduje la velocidad y me puse a buscar un refugio, cualquier cosa que me protegiera del diluvio. La tromba era brutal, y ante mi, al final de la recta por la que circulaba a unos cuatrocientos metros, distinguí la figura nervuda y retorcida de un rayo mastodóntico. Nunca había visto uno tan nitidamente. Iluminó con un fogonazo impresionante la cúpula de las nubes, expandiéndose como una burbuja de luz dotada de fuerza extraterrenal, pareció desparramarse hacia la tierra como una catarata cegadora, y alcanzó el suelo con un estruendo colosal que hizo vibrar mis tripas. Continué avanzando casi a ciegas, rezando por un lugar donde guarecerme, pero sólo me rodeaban extensos campos de cultivo. Y entonces, un segundo rayo cayó mucho más cerca. En esta ocasión no vi la raya de luz partiendo en dos el cielo como una cicatriz, sino que todo mi pequeño mundo pareció llenarse de una luz azulada y gélida, intensa como el estallido de una bengala grande como una ciudad. Me envolvió la llama que ilumina el mundo, la antorcha de Dios, el faro del Apocalipsis, el resplandor cegador del Big-Bang, la fosforescencia que ciega a los cuerpos celestes, una claridad casi líquida que espantó todo vestigio de sombra a mi alrededor y me envolvió con un aroma eléctrico. Y sonó un trueno ensordecedor, desproporcionado, sensacional, monumental, exorbitante, desmesurado, ciclópeo, que hizo vibrar el asfalto y las hojas de las plantas de maíz que me rodeaban, resignadas y me puso la carne de gallina. Frené.
- ¿Qué PASA, que tengo que morir hoy SÍ O SÍ? -pregunté gritándole a las gotas de lluvia. Me contestaron los cielos con un carraspeo amenazador. Di vuelta a la moto como pude y me dirigí al pueblo que había dejado atrás. Había perdido por completo la noción del tiempo y el espacio, no sabía a qué distancia estaba la civilización, así que en cuanto encontré una parada de autobús hecha de chapa, ocupada por cuatro pobres diablos que se refugiaban precariamente de la lluvia, me metí ahí, jadeando como un animalillo que ha escapado por los pelos de un depredador inmisericorde.

A salvo

A salvo

Esa noche dormí en un complejo turístico sin alma que se quedó además sin luz en medio de una importante inundación, pero a nadie pareció importarle lo más mínimo. Supongo que aquí están acostumbrados. Al día siguiente llegué a Limón, que resultó ser una ciudad muy poco atractiva, tomada por enormes y humeantes trailers que arrastraban containers gigantes y oxidados de un lado para otro.

La playa de Puerto Viejo

La playa de Puerto Viejo

Las calles, aunque bulliciosas y caribeñas, resultaban mortecinas y aburridas, portuarias y sucias, así que decidí pegar un tironcito más y alcanzar Puerto Viejo, casi al final de Costa Rica. Puerto Viejo es un pequeño pueblo oceánico invadido por el espíritu rasta y los cangrejos más grandes y descarados que he visto en mi vida. Llegué casi al atardecer y me alojé en un pequeño hostal muy barato de la zona más alejada del mar. Una brisa cálida relajaba las calles oscuras del pueblo y las volvía festivas y acogedoras. En los hostales, cotorreaban en mil idiomas los mochileros. Alcancé la calle principal, toda ella inundada de restaurantes y cafés tenuemente iluminados que ofrecían falafel, hummus, capuccino y bagels, bendita civilización. Incluso en uno prometían comida ayurvédica, de lo que deduje que el porcentaje de perroflauta por habitante era más elevado de lo normal. Al llegar al mar, descubrí una superficie acharolada, burbujeante y parlanchina, de la que emergían cangrejos grandes como pomelos, que pegaban saltos de acróbatas sobre el asfalto, agitando ante ellos unas pinzas naranjas muy amenazadoras. Había muchas estrellas en el cielo limpio y bruno de luna nueva.

Territorio Perroflauta

Territorio Perroflauta

Decidí cenar en un puesto de bocadillos regentado por el primo tatuado de Tarzán, que resultó ser un francés que, dos años atrás, harto de su vida estresante y poco enriquecedora en Europa, decidió blablablá-falafel-wifi-paraíso-hummus-blablablá para criar a sus hijas.
- Los primeros veinte días llovió sin parar. Creíamos que nos volvíamos locos -confesó.
- ¿Y ahora?
- Vivimos sin estrés.
- Ya, pero… ¿ha valido la pena?
Se me quedó mirando largo rato, fumando y bebiendo cerveza.
- Vivimos sin estrés- repitió.

El puto puente

El puto puente

Madrugué para hacer frente a la frontera de gente rara rara rara. En el lado costarricense, la recepción fue casi festiva. Entregue ese papel, sello aquí…. ¡listo, adios, buen viaje! Fue todo tan rápido que perseguí a tres o cuatro funcionarios para que me juraran que no había más tiempo que perder allí. Y entonces encaré El Puente.
El Puente era un precario paso ferroviario construido seguramente por un maestro del abuelo de Eiffel con materiales de escasa calidad, y pensado exclusivamente para trenes. Un buen día los trenes dejaron de pasar, y a algún suicida se le ocurrió cubrirlo todo con maderas enmohecidas, seguramente con el propósito de sentarse a ver cómo se despeñaba la gente desde las alturas. Faltaban muchas maderas. Muchas. Algunas de las que estaban ahí permanecían amarradas a la estructura con alambres o, lo que es peor, grandes clavos dispuestos a pinchar cualquier rueda que tuviera la mala idea de pasar por encima de ellos. Otras traviesas se encontraban parcialmente devoradas por la podredumbre o dispuestas de un modo completamente anárquico. Para completar la estampa apocalíptica, los raíles del tren seguían ahí, con lo que debías optar por ir por los lados o el centro.
- Por el lado mehó- me aconsejó un guardia de la frontera.
- ¿Qué lado?- pregunté con el rostro verde.
- No seh- contestó con una sonrisa encantadora.

Difícil decisión

Difícil decisión

Me quedé un rato parado, reflexionando. Si iba por el centro, me podía encontrar en mitad de la ruta con que varias traviesas habían desaparecido, en cuyo caso me despeñaría en el caudaloso cauce del río. Si iba por uno de los laterales, podía haber lugares en los lados en los que no se podría apoyar el pie, con lo que si la moto se desequilibraba, caeríamos por el hueco en el caudaloso cauce del río. Asimismo, la rueda delantera podía encallarse entre las tablas que algún carpintero borracho había claveteado haciendo una ruta sinuosa paralela a las vías o podía pincharse en los clavos sueltos que amenazaban cada metro de la estructura, con lo que seguramente, tras un par de cabeceos desesperados, acabaría en el caudaloso cauce del río. Si tomaba una decisión equivocada, no habría forma de cambiarla una vez en camino, porque no se podía cambiar de carril, a riesgo de terminar en el caudaloso cauce del río. El lector recordará que tengo un vértigo atroz. Convencido de que esa mañana me vería en el caudaloso cauce del río hiciera lo que hiciera, tiré palante, entregándole la cámara a un muchachito que me observaba estupefacto. Recordé vivamente mis exámenes prácticos de conducción, en los que te examinan dando vueltas por un circuito absurdo para acabar circulando encima de una tabla muy estrecha por la que, si te desvías, eres eliminado automaticamente. En este caso, la eliminación consistía simplemente en encontrarse con el caudaloso cauce del río. Quizá viéndolo tranquilamente en tu casa, despatarrado ante el ordenador, pienses que exagero. Supongo que hay que estar ahí, con el vértigo y el caudaloso cauce del río debajo. El caso es que se me pusieron de corbata.

Hacía un calor infernal cuando por fin llegué al otro lado del puente tiritando de pavor. Me recibió con una mueca de desprecio un tipo sumamente seco, con amenazantes gafas de aviador, que me obligó a aparcar la moto en el sitio que le dio la gana, en el ángulo que le dio la gana y me dirigió de mala manera a la primera de las varias ventanillas que, con infinito deleite, tendría que degustar esa mañana. El procedimiento para entrar en Panamá resultó ser algo más tedioso y enrevesado de lo normal, y exigió la visita a una agencia de seguros cercana, inoperativa por un apagón. Al cabo de un rato, cuando volvió la luz y no antes, anunciaron a un derretido Fabián que no aceptaban moneda de Costa Rica, y que debía cambiar al chino hijo de puta de la planta de abajo. El chino hijo de puta de la planta de abajo cobraba una comisión de cinco dólares por el servicio, así que, indignado, crucé la calle para intentar una negociación más razonable con los propietarios de un barracón inmenso lleno de baratijas inservibles que se anunciaba a voz en grito a través de unos INSUFRIBLES altavoces del tamaño de un camión que ULULABA una cumbia repugnante aullada por un castrado, que hacía vibrar las motas de polvo en suspensión sobre la carretera y los cristales de todas las casas de la población.
- No, nosotroh no cambiamoh- me informaron aullando por encima de la cumbia que vomitaban los altavoces.
- ¿Quién cambia entonces?
- El chino- contestaron al unísono todos los dependientes.
El chino hijo de puta de la planta de abajo me vio regresar cual hijo pródigo, regalándome una sonrisa encantadora de suficiencia y triunfo. Pensé en arrancarle los ojos con un cúter a ritmo de cumbia y escupirle en las cuencas vacías, pero me limité a depositar ante él mis últimos colones. Me devolvió dólares. Subí a la agencia de seguros con la cumbia como banda sonora, mientras dejaba un reguero de sudor en los escalones de cemento. La luz se había vuelto a ir. El funcionario cabrón de la frontera me chilló desde su puesto que dejara de deleitarme con el calor agotador y las hermosas vistas y que tenía que volver pronto para realizar el papeleo, pero no pudimos comunicarnos fielmente a causa de la música emanada de los altavoces del barracón de enfrente, que ocupaba con sus decibelios todo el aire respirable del pueblo y lamentablemente tenía equipo autógeno.
- Pero ¿usted no se vuelve loca con los altavoces de enfrente?- pregunté a la agente de seguros.
- Uh, sííii, eso tá mu alto.
- Soy yo y voy con un martillo y le reviento el altavoz al cabrón ese.
- Sí, mu alto, sí. Pero la música eh bonita.
Diferentes sensibilidades. La luz volvió cuando le salió de los cojones. Y me hicieron el seguro por fin.
Regresé a las oficinas de aduanas pesando ocho kilos menos. El funcionario cabrón de la frontera se tomó todo el tiempo del mundo para revisar hasta el último visado de mi pasaporte, hasta la última letra de mi póliza de seguro, y hasta el último rincón de mi equipaje. Por fin, satisfecho, me dejó marchar, como un gato saciado que se ha cansado de jugar con su ratón.

Valió la pena. Un par de horas después, y con escasísimas referencias de qué me encontraría, me vi embarcado en una pequeña chalupa de fibra de vídrio camino a Isla Colón, una diminuta población insular en pleno Caribe, que forma parte de un conocido archipiélago turístico de la provincia de Bocas de Toro.
Para que nos hagamos una idea, estoy hablando, basicamernte, de esto:

Puedes ver esta galería como una presentación.

Allí descubrí lo que era hacer snorkel. No el que hacemos en nuestro gélido y soso litoral persiguiendo aburridos peces de color gris sobre marañas de algas parduzcas, sino un paseo ingrávido, levitatorio, extracorpóreo, casi un viaje astral sobre una increíble pecera diseñada por un genio paisajista en un mar inmóvil de temperatura perfecta. Cardúmenes de diminutos pececillos multicolores revoloteaban entre anémonas enormes de caprichoso diseño y tentáculos lánguidos. Arrecifes de coral amarillentos, bosques de algas mecidos por las leves corrientes submarinas, panzudas formaciones con forma de cerebro reposaban en el fondo del Caribe, con el sonido de fondo de mi respiración aumentada un millón de veces. Grandes peces-aguja se paseaban exhibiendo su belleza ante mi con total descaro, en compañía de globosos meros, ballestas refulgentes, lijas intrépidas, cirujanos despistados, mariposas esquivas. De vez en cuando, una enorme medusa me obligaba a salir huyendo, pataleando como una gaviota herida. Paramos la barca en una bahía poblada de delfines. Al principio esquivos, se pusieron a jugar cuando el conductor de la barca se puso a dar vueltas a toda velocidad, describiendo un amplio círculo que convocó a cuatro o cinco intrépidos animales que se pusieron a hacer cabriolas persiguiéndonos, azuzados por el reflujo del motor fueraborda.

Oh, sí. La vida puede llegar a ser rabiosamente hermosa cuando se lo propone.

Snorkel caribeño

Snorkel caribeño

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