close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Bajo el sol abrasador, aullando entre dientes tras cada movimiento de rodilla, paré a comer en un restaurante que parecía moderadamente limpio. Mientras esperaba la llegada de un pollo al curry aceptable, entró en el recinto, como un elefante en una cacharrería, un motero indio de veintimuchos años, ataviado con un enorme pañuelo palestino y pantalones militares muy holgados y llenos de bolsillos. Vociferaba a través del móvil, dejando claro que era una persona super-importante. Dejó sus cosas en una silla a su lado, se desparramó sobre una mesa, e hizo el pedido a voz en grito, fijando su mirada en mi largo rato. Me cayó mal instantáneamente.
Una vez en ruta, el Motero Sobrao me alcanzó con su resplandeciente Royal Enfield. Me adelantó para ponerse paralelo a mi y observarme durante largo rato, cruzándose después en mi camino sin ninguna consideración, obligándome a dar un frenazo importante. Levantó la mano izquierda en señal de triunfo. Como no estaba para bromas, reduje de inmediato la velocidad y lo dejé haciendo eses para demostrar lo chula que era su moto y lo mucho que era capaz de acelerar. Al cabo de un rato, lo encontré parado en una curva. En cuanto me vio pasar, se subió a la moto y volvió a adelantarme haciendo eses y armando un barullo innecesario con el acelerador. Se quedó pegado a mi, impidiéndome el paso. Llegaba hasta mi moto el olor de su perfume barato. Me enfadé. Pegué un acelerón y lo dejé atrás, haciendo eses absurdas y saludando como un gilipollas.

En Goa, India.
Día 151 de viaje. 34ºC. Leyendo Galpaguchchha, de Rabidranath Tagore

Volvió a alcanzarme en cuanto mi marcha se vio obstaculizada por un enorme camión siendo adelantado por un Tata Nano siendo adelantado por un buey siendo adelantado por un santón siendo adelantado por un tractor siendo adelantado por un autobús, todo ello en un solo carril. Aprovechó un resquicio infinitesimal para obligarme a salir a la cuneta y ponerse paralelo a mi. Pitó cuatro o cinco veces, observé su pañuelo palestino ondeando al viento y su sonrisa de memo. Volví a frenar y volvió a adelantarme con sus características piruetas. Al cabo de un par de kilómetros, me lo encontré de nuevo en la cuneta, parado, haciendo estiramientos. Continué el camino como si nada, hasta que yo mismo decidí parar para cambiar las gafas de sol por los gogles que llevo por si hay polvo en el camino. Entonces, apareció de nuevo haciendo eses. Se paró delante de mi y se bajó con un movimiento innecesariamente aparatoso.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes- contesté a regañadientes.
- ¿Puedo preguntar de qué país es usted?
- España.
- España, qué interesante. ¿Y ha llegado hasta aquí montado en moto?
- Claro.
- ¿A dónde se dirige?
- A Agra.
- Oh, qué casualidad. Yo soy de ahí. Me caso la próxima semana.
- Qué bien.
- ¿Puedo por favor ofrecerle mi casa? Sería un honor para mi que fuera mi invitado.
Lo observé durante un instante. Era una oportunidad excelente de conocer la vida india por dentro. El muchacho, aparte de gilipollas, parecía bastante despierto. Quizá lo había juzgado mal. El mejor modo de conocer un país es a través de sus gentes, al fin y al cabo. Accedí.
- De acuerdo, será un placer.
- ¡¡Oh, qué bien!! ¡¡Sígame!!
Pegó uno de sus consabidos acelerones, desapareció en la lejanía y fue lo último que supe de él en toda mi vida.

Bienvenidos a Agra

Bienvenidos a Agra

Me llevó una tarde reponer fuerzas y cargar las baterías lo suficiente como para enfrentarme al caos de Agra con entereza. El pequeño hostal recomendado por la Lonely Planet era sencillamente delicioso, su patio un auténtico remanso de paz, su cocina muy adecuada y el precio imbatible. Arropado por las frondosas plantas, alimentándome de platos sin picante y refrescado por potentes ventiladores, decidí que me quedaría sólo dos noches en Agra y que llegaría a Jaipur de un tirón después. Esa misma mañana había intentado visitar los templos de Mathura y me había visto atrapado en unos embotellamientos tan delirantes de personas, vacas, perros, rickshaws, furgonetas, autobuses, polvo, humo y bicicletas, que me vi obligado a abortar la misión y salir pitando hacia Agra usando el comodín del GPS: había perdido realmente la paciencia. Con un dolor lacerante en la rodilla, ahogado por la humedad, cada indio al que preguntaba la dirección de los templos me daba indicaciones distintas. Cada parada en medio del caos y del polvo suscitaba una nutrida y asfixiante concentración de mirones. Cuando los mirones no se conformaron con mirar y empezaron a toquetear la moto, los mandé a tomar viento de muy malas formas. Pero en otra parada, uno de los mirones, para comprobar que la decoración del depósito eran pegatinas, intentó arrancar una con una uña, así que le metí una bofetada que supongo todavía lo tiene perplejo, como a mi. Hasta donde llegan mis recuerdos, es la primera bofetada que arreo a alguien espontáneamente en toda mi vida. Síntoma inequívoco de que India estaba pudiendo conmigo.

Total, que a la mañana siguiente, ya más calmado y con un par de Nolotiles encima para paliar el dolor palpitante de la rodilla, fui a presentar mis respetos a Muntaz Mahal. Pese a que llegué apenas salido el sol -una de las pocas ventajas de ser insomne-, había ya una voluminosa cola para entrar en el recinto. El gobierno indio, consciente de la importancia estratégica del monumento, está tomando medidas cada vez más severas para protegerlo y, a la par, para exprimirlo. Los automóviles se quedan a un par de kilómetros del edificio, el precio de la entrada es abusivo, y para pasear por las inmediaciones hay que descalzarse religiosamente.
Alrededor del viejo Taj pululan una serie de buscavidas que ofrecen todo tipo de servicios diseñados específicamente para robar y timar al turista. Al llegar a la primera puerta, saltan sobre ti multitud de conductores de rickshaw a pedales que, aprovechando que los vehículos a motor no pueden acercarse al Taj, te ofrecen llevarte en sus mugrientos carricoches de alambre oxidado hasta la entrada del monumento. El truco consiste en dar pena resoplando y gimoteando mientras te llevan, y en negarse a darte cambio haciéndose los suecos cuando les pagas. La oferta de guías oficiales en la segunda puerta, enarbolando permisos presuntamente oficiales para guiar en el monumento, es simplemente ridícula, no hay manera de no verse involucrado en una conversación con al menos una decena de ellos, conversación por la que pretenden cobrar una cifra astronómica. Y los niños, omnipresentes, asfixiantes, como pequeños monos enloquecidos, intentando que cojas por todos los medios un llaverito o una postal para considerarla vendida sin posibilidad de negativa. Así pues, el momento místico del encuentro con la mole pálida del Taj se ve fuertemente empañado por el esfuerzo de salir bien parado de su dañino cinturón de asteroides.

Ante el Taj Mahal

Ante el Taj Mahal

Reconozco que la primera vez que vi el Taj me emocioné mucho. Es una sensación extraña y difícil de describir la que se siente cuando estás, al fin, delante de un icono que has visto tantas veces en fotografía. La familiaridad con la que tus ojos se adaptan a la figura que tienes delante te causa una sensación de déjà vu ligeramente desagradable, de la que te cuesta reponerte. Sentí esto ante el Big Ben, la Esfinge, la Torre Eiffel, los neones de Las Vegas, las pirámides de México, ante el Gran Cañón del Colorado, el Empire State, la Muralla China y, por supuesto, el Taj Mahal. Pero en esta ocasión tuve la oportunidad de corroborar que esa sensación se siente sólo una vez por monumento. Así, tras grabar planos para el vídeo en el que quería contar su historia, me dirigí al Fuerte de Agra.
A las puertas del Fuerte se me ocurrió que había olvidado coger una tarjeta del hostal en el que me hospedaba, algo que hago siempre para poder regresar sin mayor problema logístico. Agucé el oído y distinguí una familia pudiente y modélica de españoles. Los abordé pidiéndoles echar un vistazo a su Lonely Planet -ni siquiera me acordaba del nombre del hostal- pero no la tenían a mano, lo que me proporcionó una estupenda excusa para entablar conversación con una atractiva muchacha que dormitaba, sola, en el salón del columnas del Fuerte y que tenía a mano una guía.
Julie es una alemana encantadora que está terminando un proyecto relacionado con células solares más baratas de producir e igual de eficientes. Sus profundos ojos zarcos revelan una inteligencia inusitada. Me confesó que estaba harta de India y que tenía la sensación de haberse equivocado de país para sus vacaciones. Sólo llevaba cuatro días viajando. Tras unas seis frases, decidió que yo era inofensivo y que quería adoptarme para salvar su tarde.
- ¿Tienes algo que hacer?- me preguntó con un deje de desesperación en la voz.
- La verdad es que no… había pensado en alquilar un rickshaw para ir a Fatehpur Sikri. Si quieres, compartimos gastos.
- Me encantaría- respondió de inmediato levantándose como un resorte y echándose al hombro su voluminosa mochila antes de que yo cambiara de opinión.
Fatehpur Sikri fue una ciudad construida por una profecía. Mi admiradísimo Akbar el Grande, emperador mogol del siglo XVI al que India tiene mucho que agradecer, la erigió en honor a un santo sufí que predijo el nacimiento de su hijo y heredero. La ciudad fue diseñada para ser la más bella de las construidas jamás, e incluso hoy, tras siglos de saqueos y abandono, se distingue en ella un brillo genuino de lo que fue. Sólo se habitó durante catorce años, hasta que los manantiales que la nutrían se secaron y la ciudad tuvo que abandonarse por falta de agua. El santo profeta reposa hoy en esa ciudad, en un mausoleo blanco delicado y bellísimo en el centro de la mezquita Jamid Masjid, que sirve de frontispicio al monumento.

Fatehpur Sikri, la ciudad abandonada

Fatehpur Sikri, la ciudad abandonada

Julie y yo recorrimos las enormes explanadas de piedra roja respetando nuestro espacio personal con gran asepsia. El conductor del rickshaw que nos había llevado hasta allí había accedido a rebajarnos el precio de la carrera si visitábamos una tienda gubernamental que paga a los conductores por cada cabeza de ganado transportada, así que terminamos la tarde en un enorme edificio pensado para turistas multimillonarios comentando en voz alta “esto sería estupendo para tía Margaret” para disimular el hecho de que no pretendíamos comprar ni una pastilla de jabón.

Al día siguiente llegaba a Jaipur, bastante entrada la tarde. Cuando entraba en la autopista, me adelantó un coche negro del que emergió una bandera española. Me puse a su lado, y desde la ventanilla distinguí una sonrisa resplandeciente.
- Vaya moto más chula- me dijo el ocupante.
- ¿Paramos un momento? -contesté.
Del vehículo emergió una atónita familia de turistas -los mismos, casualmente, a los que había pedido la Lonely Planet en el Fuerte de Agra-. Tras las consabidas fotos e intercambio de anécdotas, seguimos ruta con una alegría más al cuerpo. Mi primer intento de localizar un hotel recomendado resultó en fracaso: estaba completo.

Españoles que me localizaron en la autopista hacia Jaipur

Españoles que me localizaron en la autopista hacia Jaipur

De nuevo tuve que hacerme con los servicios de un conductor comisionista que me dirigió a una soberbia guesthouse rodeada por un delicioso jardín en el que, lamentablemente, tocaba el tambor un adolescente sin sentido alguno del ritmo para amenizar las veladas a los turistas. Había prometido que anunciaría mi llegada Pritam, destacado miembro del Club de Motos Indio 60Kmph que, en cuanto supo dónde me había alojado, no admitió un no por respuesta y procedió a recogerme para salir a cenar por ahí. Era un tipo de sonrisa franca y modales sumamente educados, que demostró que la hospitalidad india es muy similar a la pakistaní: no tuve un solo momento de paz en Jaipur, cada deseo mío se cumplía instantáneamente hasta el punto de resultarme incómoda tanta amabilidad. Abrió el garaje de su opulenta casa, y allí guardamos a Fefa a buen recaudo: a partir de entonces, empleamos su coche para todo. Su exquisita amabilidad hizo que eligiera un Pizza Hut para homenajear mis papilas gustativas occidentales, en una de las cenas más raras que recuerdo en este viaje. Estaba comiendo una ensalada cuando descubrí en ella un larguísimo pelo moreno. A estas alturas de vida, he comido en sitios tan extremos que el pelo me dio igual: empezaba a retirarlo cuando Pritam fijó los ojos como un águila y preguntó:

Ante el Palacio de los Vientos

Ante el Palacio de los Vientos

- ¿¡Qué es ESO!?
- Oh, no pasa nada, es sólo un…
- Déjalo ahí. ¡¡¡¡CAMARERO!!!!
El pobre camarero acudió a la llamada presuroso, inclinándose en un ángulo de noventa grados.
- ¿Sí, señor?
- ¡¡¡MIRE ESO!!!
- Oh, cuánto lo sien…
- ¿¿¿Usted cree que Pizza Hut puede permitirse algo SEMEJANTE????
- Claro que no, señor, lo sentim…
- ¿¿¿Y si ahora mismo hago llamar al encargado????
- Oh, de veras que no importa- dije yo para sacar hierro al asunto, azorado.
- ¡¡Pues claro que IMPORTA!!- respondió pegando un puñetazo a la mesa. Todo Pizza Hut estaba, en ese momento, pendiente de nuestro pequeño drama.
- Le pido disculpas por…
- ¡¡¡Disculpas es lo menos que puede pedir!!!
- En serio, si da igual, todo el mundo tiene pelo- continué.
- ¡¡¡INTOLERABLE!!!
- Sí, señor, ahora mismo le cambiamos la ensa…
- ¡¡¡INTOLERABLE!!!
- Claro, señor, perdone, señor.
En ese momento, mientras el camarero se llevaba la ensalada, humillado, pude imaginar perfectamente cómo el cocinero, el jefe de sala, los pinches y todo el resto del personal, escupían primero y untaban el pito después en mi cuenco antes de sacar el pelo y servírmelo por segunda vez.
Para entablar conversación, se me ocurrió comentar sobre el hecho de que una de las cosas que más chocan al cruzar la frontera de Pakistan e India, es que por fin vuelven a aparecer las mujeres: en Pakistán están todas ocultas en su casa. Afirmó con la cabeza, engullendo un enorme bocado de pizza.
- ¿Cuál es la situación de la mujer en India? – pregunté. Se quedó un momento parado, se limpió con la servilleta y clavó en mi una mirada aguileña.
- Eso no debemos comentarlo en la mesa.
- Oh. Perdone.
- Quizá tomando un café.
- Lo siento.
- No, no lo sientas. No pasa nada, es sólo que no es el momento.
- Vaya.
Seguí comiendo sin saber muy bien qué tema tratar. Decidí contarle un poco el viaje, a grandes rasgos. Una cosa llevó a la otra, hasta que pregunté por el sistema de castas.
- ¿Sigue vigente el sistema de castas como antaño?
- Ese es otro tema que tampoco debemos comentar aquí.
- Vaya. ¿Por qué?
- Porque debemos tratarlo en otro momento.
- Pues perdón.
Valoré la posibilidad de hablar sobre lavadoras o la fabricación de botellas de plástico, pero al final dejé que él mismo llevara el peso de la conversación.
El resto de los días en Jaipur los pasé visitando monumentos acompañado siempre por mi nuevo amigo Pritam, que se esforzaba al máximo para que viviera su ciudad de cerca, reponiendo fuerzas en el jardín del hotel, y concediendo una larguísima entrevista al Indian Times. Por fin, de madrugada, dejando atrás a mi queridísima Fefa y cargado sólo con una mochilita con un par de camisetas, la cámara y el portátil, tomé un rickshaw para dirigirme al aeropuerto de Jaipur. Mi primera parada, Bombay.

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