close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

India me regaló una traca final inolvidable. Cuando surcaba la última autopista del país, surgió de la mediana un despojo de ser humano sin piernas, de brazos larguísimos como los tentáculos de un pulpo y vestido con andrajos de color ocre. Se lanzó ululando ciegamente hacia la moto de James, quien lo esquivó como pudo. Luego fue arrastrándose hacia la moto de Emily que, prevenida por el intercomunicador del casco, logró rodearlo y lo dejó aleteando y emitiendo gemidos subhumanos desde el castigado asfalto. Pero finalmente, el mendigo amputado fue a por mi. Yo había ido reduciendo la velocidad para evitar un choque múltiple en caso de accidente, así que, con un par de ágiles saltos sobre los muñones de sus piernas, ayudado por sus nervudos brazos afectados por el Síndrome de Marfan, logró acorralarme y echarme de la autopista. Se enganchó a mi pierna derecha como una garrapata y lo arrastré unos metros por el arcén de tierra. Emitió unos sonidos guturales y desesperados y por fin se desplomó sobre el polvo aparatosamente, rodando. Se quedó desparramado ahí, gritando con aullidos de cuervo y agitando los brazos sobre su cabeza como un molino de viento desgarbado. Pegué un acelerón con un torrente de adrenalina anegando mis sentidos todos. Adiós, Uttar Pradesh. El estado más poblado y pobre de la India. Donde los indigentes rezan por ser atropellados por un extranjero para cobrar la indemnización.

Fefa resplandece al entrar en Nepal

Fefa resplandece al entrar en Nepal


En Kathmandú, Nepal
Día 175 de viaje. 21ºC. Leyendo La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela.

Me volví a juntar con James y Emily en Agra. Habían pasado una veintena de días en India evitando India a toda costa. No los culpo. Parapetados tras un torrente de flema británica, lo contemplaban todo con una mirada despectiva y sarcástica que, en algunas ocasiones, resultaba muy cómica. Según Emily, India sacaba lo peor de todos nosotros: en parte es asi, sin ir mas lejos yo mismo pensé en hacerme con un palo de bambú para hostigar a todo aquel que se me acercara a menos de un metro de mi, y eso que no soy persona violenta. Cuando por fin abandonamos Benarés, lo hicimos con la sensación de haber cumplido el último deber. Como cuando asistes a un concierto mediocre y las tres últimas canciones sólo resultan lastimeras y quieres que todo se acabe para volver a casa, pero esperas religiosamente porque tienes la sensación de verte obligado a pasarlo bien y disfrutar hasta el último minuto que has pagado. Los últimos kilómetros de India fueron apacibles. El país se fue normalizando lentamente, y la carretera se vio despojada poco a poco de vehículos extravagantes, animales despistados, y toneladas de basura esparcidas sin control. El campo se hizo frondoso, con delicados tonos verde oliva al pie de unas montañas de lomas suaves. Los campos cultivados rebosaban de mujeres en saris de colorines agitando al viento el trigo recién recolectado, en una estampa idílica que podría encabezar una engañosa campaña publicitaria del país. Los pueblos, en cambio, eran una cotidiana y nada sorprendente eclosión de febril actividad entre montañas de escombros, de humo acre y de heces. Había descubierto la estrategia ideal al verme atrapado en la multitud: como todo el mundo pita, los pitidos no servían ya de nada para abrirse paso entre la multitud, así que simplemente un buen día me puse a gritar como un loco peligroso fuera de mis casillas.
- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡UAAAAAAAAAGHGHGHGHG!!!!!!!!! ¡¡¡¡¡AAAAAHHHHHHHHGHGHGH!!!!!!
Descubrí maravillado que mis gritos separaban la multitud instantáneamente. En general, aparentar ser un loco violento es algo muy positivo en India, y simplifica mucho todo tipo de trámites. Cuando descubrí esta circunstancia, disfruté de momentos impagables asustando a estúpidos viandantes que cruzaban la carretera sin mirar: era divertidísimo verlos pegar saltos aterrorizados apartándose de mi camino al oirme gritar como un demente enfurecido. Incluso las vacas se apartaban obedientemente al oirme soltar alaridos de psicópata.

James y Emily, los Motoventurers

James y Emily, los Motoventurers

Llegamos a la frontera con Nepal cuando el sol se había puesto. Llevábamos unos treinta kilómetros de retraso: nuestro plan original era ir a dormir a Lumbini, el pueblecito de nacimiento de Siddhartha Gautama, más conocido como Buda, pero el aluvión de absurda burocracia al que tuvimos que hacer frente en cubículos mortecinos de paredes desconchadas y suelos desiguales, retrasados por funcionarios vagos e ineficientes, nos hizo plantearnos la noche en el misérrimo pueblo fronterizo. Localizamos una pequeña pensión completamente infestada de insectos -inocuos pero molestísimos, se trataba de una auténtica plaga bíblica- e hicimos noche como pudimos.

Pequeño paseo en bicicleta por el santuario donde nació Buda.

Pequeño paseo en bicicleta por el santuario donde nació Buda.

Piedra enmohecida sobre la que nació Buda

Piedra enmohecida sobre la que nació Buda

A la mañana siguiente enfilamos hacia Lumbini. Nepal se desplegó ante nuestros incrédulos ojos como si se tratara de otro mundo. La carretera estaba en un estado lamentable, pero la gente parecía amable, y su forma de conducir más relajada y respetuosa con la vida. Lejos de las aglomeraciones enfermizas e insalubres de India, en Nepal los pueblos eran modestos pero se veían limpios y despejados. Lumbini, en concreto, un diminuto pueblecito abarrotado de hoteles y vertebrado sobre una callecita que desembocaba en un complejo de santuarios, resultó deliciosamente catártico. Nos refugiamos en una guest-house limpísima y dormimos como niños, arropados por el silencio por primera vez en más de un mes. Ocasionalmente llegaban, a lomos de la brisa, los graves trompeteos y los hipnóticos cánticos de un templo budista cercano, que nos arrullaron y nos reconfortaron en la limpia oscuridad de la noche.

Phokara o el nirvana de los pijoprogres

Mostrando mi veneración entusiasta por el steak pokharo.

Mostrando mi veneración entusiasta por el steak pokharo.

Habíamos leído en alguna guía que en Pokhara servían steaks de búfalo inolvidables. Llevábamos soñando con los steaks desde hacía cerca de dos meses. En Pakistan la comida había sido bastante buena, pero en su mayor parte vegetariana, aderezada con alguna brizna ocasional de tristísimo pollo famélico. En India se hizo muy complicado conseguir algo de carne o, por decirlo abiertamente, avituallarse con comida que pareciera tener un mínimo de atractivo y de higiene. No tengo nada en contra del vegetarianismo, pero yo no puedo tolerarlo a medio plazo. A lo largo del viaje he descubierto que el cuerpo, como suele decir el viejo tópico, es ciertamente sabio. Llevaba más de dos semanas soñando con carne roja, mirando a las vacas sagradas con una mezcla de repulsión y gula, y fantaseando sobre un gran plato de patatas fritas con un solomillo sangrante y corruscante -con un breve lapso de tiempo en Benarés en el que asistir a las cremaciones humanas me causó un pequeño conflicto interno con relación a la carne a la brasa-. Y esa fantasía gastronómica se hizo por fin realidad en Pohkara. Entramos en la steak house como elefantes en una cacharrería, y cuando llegó nuestro pedido lo devoramos con lágrimas en los ojos, cerrando los párpados y murmurando y ronroneando de aprobación como gatos acurrucados al lado del fuego.
Llegar a Pokhara supuso un día entero de conducción en un paisaje de ensueño. Las montañas se mostraban casi inmaculadas y sus lomas abruptas eran una eclosión de àrboles frondosos y espesos racimos de bambú gigante y palmeras lozanas. Las aldeas explotaban de actividad multicolor, así como los campos recogidos en pequeñas praderas lenticulares ganadas con endebles muros de piedra a la pendiente del monte. Las curvas de la carretera invitaban a tumbar la moto y a disfrutar del viento suave y el olor a campo. La temperatura era ideal, y el cielo apenas estaba salpicado de diminutos jirones pálidos.

Pokhara es un gran centro turístico de Nepal, el Benidorm del trekking. Su calle principal, que bordea un lago de aguas limpias y mansas como un espejo, rebosa de tiendecitas de falsificaciones de North Face, de restaurantes occidentales, de ciberlocutorios, bakeries, pensiones, cuchitriles de masaje asurvédico y de agencias de viaje que ofrecen paquetes de trekking en la selva, rafting en los riachuelos cercanos, y visitas más o menos aventurosas al Himalaya. Las terrazas de los cafés están infestadas de pijoprogres, en su mayoría cuarentones, enfundados en ropa color caqui de North Face, ojeando la Lonely Planet y planificando su asalto -de riesgo controlado- a la castigada y superpoblada falda del Everest. Los imagino regresando a su país y contando a la audiencia fascinada de su consultoría “en Phokara me senté a comer con ellos y me contaron sus costumbres y su forma de vida”. Aquí, sin embargo, no pueden prescindir del espresso y del wifi gratis. Yo tampoco, por supuesto, así que los días que transcurrieron en Pokhara en compañía de James y Emily y de una pareja de holandeses que aparecieron por ahí espontáneamente, fueron sumamente relajantes.

Cumpleaños del viejest

Cumpleaños del viejest

En mi segunda jornada en Pokhara celebré mi cumpleaños, coincidiendo con el cumplemés de Emily y James en una deliciosa pizzería al borde del lago. Me acompañaban además la pareja de holandeses y un matrimonio de alemanes alcohólicos y completamente locos que conocí en Estambul y que han llegado hasta aquí en bicicleta. Se unió a la fiesta un espontáneo del que no sé ni nombre ni nacionalidad y que trajeron bajo el brazo los alemanes. Me regalaron un collarcito budista de perroflauta, unas barras de incienso y un saco de seda para poder meterme en camas infestadas de garrapatas sin coger la pelagra. Mi pastel de cumpleaños fue un tiramisú. Soplé un candil de aceite del Diwali. Quién me iba a decir, el año pasado, que mi siguiente cumpleaños sería tan atípico.

Cuando el cuerpo empezó a pedirme algún tipo de actividad, acordé con la pareja de holandeses contratar un pequeño viaje a la selva para montar en elefante y hacer rafting. El empleado de la agencia de viajes nos hizo soñar con sus descripciones:
- El viaje se hace, por supuesto, en un autobús turístico. Luego harán rafting durante tres horas, y se subirán a un autobús de línea regular. Llegarán a tiempo al resort para alimentar a los baby elephants y tomar una cena de menú, amenizada por cánticos de las tribus locales.
- Odio las tribus locales- dije frunciendo el entrecejo.
- Oh, pero si son maravillosas, mire este folleto-. El folleto reflejaba en imágenes una de mis peores pesadillas: nepalíes escuchumizados vestidos con ponchos andrajosos haciendo amagos de bailes regionales y soltando aullidos de castrado ante un grupo de ávidos consumidores de la Lonely Planet vestidos de Coronel Tapiocca. El lector ocasional argumentará que de alguna forma tienen que prosperar las tribus locales. Se me ocurren decenas de formas más dignas y salubres de ganarse la vida: el robo, la prostitución, la esclavitud, hacer zapatillas Nike, la extorsión o la venta de estupefacientes, por poner un par de ejemplos.
- Ya sé cómo son las danzas esas, en todas partes son iguales.
- Oh, aquí son hermosas.
- ¿Al acabar venden collarcitos de cuentas?.
- Oh… bueno, es posible que…
- ¿CDs piratas de música nepalí?
- Bueno -carraspeó el hombrecillo cambiando de tema-… al día siguiente, los llevamos al safari. Estarán tres horas a lomos de un elefante. Verán ciervos, monos, rinocerontes, todo tipo de aves de la selva, y quizá tengan suerte y puedan también conocer al tigre del Himalaya. Oh, sí, sí, es muy emocionante. Luego, vuelta a un autobús turístico, y a las dos de la tarde, llegarán a Pokhara para comer.
No había nada como la perspectiva de un Safari Exclusivo Para Intrépidos Viajeros para abrir el apetito. De steak.

El Safari Exclusivo Para Intrépidos Viajeros Completamente Alejado de los Circuitos Turísticos Convencionales

Este era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes

Este era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes

La mañana de la expedición, una mujeruca vestida con un sari y pertrechada con una enorme sonrisa llena de dientes, nos ofreció unos espectaculares bollos de canela recién hechos mientras nos dirigíamos, a las seis de la mañana, a la estación de autobuses. Era evidente que no éramos los primeros turistas que recorrían ese camino, porque al cabo de un rato, todo el mundo llevaba bollos de canela y alrededor de cincuenta clones de la mujer se habían personado en las inmediaciones cargados con cestas rebosantes de bollería. Al identificar el autobús, se hizo evidente que quizá en un pasado muy muy lejano había sido un autobús turístico. En el presente, era en apariencia empleado para el transporte de cadáveres de perros. Nos agolparon en la cabina del conductor, apretujados sobre una tabla con un cojín. Una pareja de americanos prefirió hacer el trayecto de pie, lo que proporciona una idea aproximada de la comodidad ofrecida por el transporte. Así transcurrieron cerca de cinco serpenteantes horas hasta llegar al remanso del río donde nos estaban esperando unos hastiados nepalíes que procedieron a embutirnos en unos ajados chalecos salvavidas y a darnos una aburrida clase de remo en rápidos. Las barcas cargadas de occidentales deseosos de emociones fuertes no paraban de surcar río abajo. La gente cantaba canciones, chocaba los remos en señal de triunfo, se salpicaba de agua, y en general convertía el río en un parque de atracciones.
El rafting habría sido una experiencia cautivadora, si no llega a ser porque la duración prometida de tres horas se vio reducida inexplicablemente a una hora y media. A estas alturas la pareja con la que viajaba, que son campeones mundiales de la protesta, estaban poco menos que indignados. Llegamos mojados como pollos a nuestro destino, un grupúsculo de chamizos marronáceos depositados al borde de la carretera, donde nos invitaron a cambiarnos por turnos en una cocina mugrienta. Al salir de ella, bizqueando por el sol, el nepalí de ojos rasgados que nos había estado dirigiendo a través de los rápidos nos empujó al techo de un autobús de línea que se había parado por allí.
- ¡¡Si no sube, tiene que esperar una hora!!- exclamó con gran énfasis.

En el tejado del bus

En el tejado del bus

Movidos por el desconcierto, subimos por la escalerilla del autobús hasta el tejado, donde había ya un nutrido grupo de nativos observando aburridos nuestras torpezas moviéndonos por la baca cubierta de fardos. Todo sucedió tan deprisa que no nos dimos cuenta hasta que arrancó el autobús de que realmente íbamos a hacer el viaje encaramados a aquello, algo que no había sido anunciado por la agencia de viajes. A ver, a mi me gusta subirme al techo de un autobús, pero prefiero que me informen de ello cuando me venden un paquete vacacional. En honor a la verdad, debo decir que no parece tan peligroso una vez estás colgado allá arriba. El ambiente era casi festivo. La gente parloteaba sin parar como pequeños loritos entusiastas, comentaba las incidencias de la ruta, y se ofrecía mutuamente el mejor sitio sobre la montaña de fardos. Un chaval pequeño, de unos 11 años, trepaba periódicamente por el lateral del autobús arriesgando su vida para asegurarse de que todo estaba en orden y para acomodar las maletas y los sacos. A empujones y gritos de madre superiora, lograba colocar a la gente para que cupieran más pasajeros por metro cuadrado. Un tipo de aspecto agradable y discreto me invitó a que me sentara con él en la cabeza del autobús, donde un pequeño saliente metálico gastado hacía las veces de asiento. Cuando pude relajarme y soltar las manos, que tenía agarrotadas de asirme desesperadamente a cualquier saliente, empecé a disfrutar realmente de esa forma surrealista e inesperada de viajar. Me sentía montado en la grupa de un enorme y resollante leviatán, que cabeceaba sobre el asfalto gastado y pegaba botes descomunales que me hacían rozar con la cabeza las ramas de los árboles de los márgenes de la carretera. El trayecto, que habían prometido que duraría una hora y media, nos llevó casi cuatro horas. Llegamos a las inmediaciones del parque natural de Chitwan completamente anquilosados y ateridos de frío -la noche había caído ya, con el consiguiente descenso de las temperaturas-. De alimentar baby elephants, ni hablar. La parca cena en nuestro resort, en la triste compañía de los gecos y los mosquitos, nos hizo olvidar en parte las inclemencias de la jornada pero no los steaks de Pokhara, que ocuparon mi mente el resto de la noche oscura de piedra.

Camastro selvático

Camastro selvático

He hablado ya del safari a lomos del elefante, por lo que no tengo mucho más que aportar al respecto. Unicamente que me alegro de no haber visto rinoceronte alguno: las fotos que luego descubrí mostraban a decenas de turistas disparando fotos alrededor de un pobre e inocente rinoceronte, hostigado por los flashes y los elefantes, y acurrucado en el fango disimulando su desesperación y su pánico. Casi preferí que lo más salvaje que descubrió nuestro elefante fue una botella de agua vacía y un ciervo somnoliento, repantigado entre los arbustos.

Camino de Kathmandu

Tras un infructuoso intento de asesinato del responsable de la agencia de viajes, abortado por la policía local, decidí que era hora de enfilar camino a Kathmandu. Pokhara era sin duda un destino ideal para reponer fuerzas, pero estaba acabando con mi paciencia. Además, por momentos, empezaba a visitar las tiendecitas cercanas con la firme intención de comprar cosas, algo que indudablemente indicaba que mi psique estaba haciendo aguas. Iba a echar de menos los steaks, pero me esperaba todo el follón de empaquetar la moto y mandarla a Bangkok lo antes posible para poder disfrutar de Laos y Camboya antes de mi cita navideña en Phuket, así que una mañana de noviembre, al alba y con viento de levante, arranqué a Fefa camino al este.

Ahora, la aclaración para todos los moteros puristas que estén indignándose al leer que la moto se va a Bangkok subida a un avión y aprovechen este salto como prueba irrefutable de que soy un turista con Visa Oro y no un Auténtico Viajero o un Verdadero Motero de Huevos Pelados: Si observas cuidadosamente el mapa de la zona en cuestión, comprobarás que para llegar a Tailandia desde Nepal tienes dos rutas terrestres: una cruzando Tibet, y otra cruzando Burma (también conocida como Myanmar, también conocida como Birmania). Pues bien, el gobierno chino, como ya sabemos, obliga a la contratación de guía y chofer para cruzar su país con vehículo propio. La ruta hacia el este, atravesando Tibet, es prohibitiva, y las primeras aproximaciones económicas con Taher, el guía-censor que organizó nuestra ruta de Kyrgyzstan a Pakistan, eran simplemente descabelladas. Creo que lo que realmente ocurre es que China no quiere que vayas ahí, sin más. Lo que nos deja la posibilidad de Burma-Myanmar-Birmania. Ese país es un régimen comunista estricto que tiene sus fronteras herméticamente cerradas al tránsito de occidentales motorizados. Simplemente, por ahí no se puede pasar. La única solución posible es la que adopta todo el mundo: meter la moto en una caja y mandarla en un avión de carga a Bangkok desde Kathmandu. Acalarado queda.

Decidí que Nepal es cautivador a los pocos kilómetros de abandonar Pokhara. La carretera hacia Kathmandu bordea un delicioso río -el mismo que recorrí haciendo rafting- y aunque serpentea por una ladera lo suficientemente escarpada como para ponerme nervioso, la amabilidad de los conductores y el aceptable estado del firme me reafirmaron en mi idea inicial de que el país funciona, a pesar de los conflictos internos que todavía tienen que asentarse. La carretera está salpicada de pueblos pobres pero enormemente dignos, y de restaurantes de comida rápida que hacen que viajar sea enormemente cómodo. Todo iba bien hasta que, a veintidós kilómetros de Kathmandu, la carretera se convirtió en un paisaje postnuclear atiborrado de camiones, tractores, autobuses, y todo tipo de vehículos pesados que escupían sobre mi enormes nubes de humo negro. El atasco sobre los baches gigantes como cráteres lunares se hizo casi insoportable bajo el sol de justicia. Los camiones se averiaban periódicamente y se paraban en medio y medio de la calzada, creando más y más atasco. La polvareda parecía rodearme como una densa manta opaca que me impedía ver más allá de dos metros ante mis narices. El último tramo de atasco me hizo pensar que quizá tendría que buscar un nuevo taller para reemplazar el embrague de Fefa, pero finalmente, tras alcanzar el puerto de montaña y dejar atrás un caótico control policial, Kathmandú apareció ante mi como una ensoñación fantasmagórica del Greco al atardecer.

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