La agónica ruta sorteando fronteras, paraísos, infiernos y casas de putas
¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia. Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.
El funcionario de la frontera pareció transformarse en cuanto consultó los datos de Fefa en el ordenador. Con sumo cuidado repasó cada detalle de mi documentación. Finalmente, emitió su veredicto:
- Voy a confihcar su pasapolte. Vuelva mañana.
- ¿Cómo que vuelva mañana? ¿confiscar? ¿qué pasa AHORA?
- La moto entró en el país hase un meh, pero no salió.
- ¿!Que no salió?!
- No etá la salida en el sihtema.
Pensé en blasfemar en el vórtice del Universo o en sacrificar una vaca en holocausto. Fronteras. Qué cosa tan inútil y absurda.
- Pero vamos a ver, piense un momento. Si hubiera querido cruzar esta frontera con los documentos irregulares, habría pasado por una pista forestal y a estas alturas ya estaría en mitad de Honduras y usted ni se habría enterado.
- Uhté salió sin declarar la moto la última ves, y tenemoh que invetigarlo.
- ¿Y para qué se tiene que quedar con mi pasaporte?
- Polque ethamo investigando. Si no tiene juhtificante, no puede pasal.
Revolví frenéticamente los documentos que llevaba conmigo. Estaba completamente convencido de que había tramitado la salida de la moto la última vez -como para no hacerlo-. Busqué albaranes, sellos, cuños, recibos, cualquier cosa.
- ¡Oiga- pensé de repente en voz alta-, es que el documento de salida se lo quedan siempre al salir, en la frontera!
- No tiene sello de salida en el pasaporte tampoco- me explicó el tipo manoseando el documento como un urólogo tocando un pito.
- Claro, ese pasaporte es nuevo, la salida está en el otro.
- Muehtreme el otro.
- No puedo, se quedaron con él en la embajada.
- Entonseh, se queda acá el pasapolte. Para investigal.
Y entonces recordé que el funcionario de El Salvador había tenido a bien darme una copia de toda mi documentación cuando la confiscó, hacía un mes. Me sumergí en la bolsa de los documentos, extraje la montaña de fotocopias y pasé las páginas como un loco. Estaba sudando como una cerda. Apareció. El sello de salida. Ahí estaba. Ni vórtice ni vaca. Fotocopia. Arranqué la hoja con un gesto triunfal de irritación extrema y se lo arrojé al funcionario de muy malas maneras.
- ESTA es la copia de la salida.
La observó largo rato.
- No se entiende muy bien- dijo finalmente.
- Eso me importa un huevo. Lo que demuestra es que el problema NO es MIO, sino SUYO. Yo salí LEGALMENTE del país la última vez. Devuélvame ahora mismo mi pasaporte y tramite mi entrada a la que tengo derecho.
El hombre refunfuñó un rato.
- Váiase. Vuelva dentro de una hora- contestó al fin, a regañadientes.
- Primero, me devuelve mi pasaporte, que no soy ningún delincuente.
- Tengo derecho a retenel…
- Entonces me quedo aquí y espero-. Me hice fuerte en la sillita al lado de su mesa.
- El pasapolte va a etar seguro acá.
- Ese pasaporte es propiedad del estado español y yo estoy encargado de su custodia. Sólo me voy a separar de él si me detiene.
El hombre valoró la situación y observó mi mirada de loco desquiciado. Finalmente, me arrojó el pasaporte.
- Una hora- repitió.
Estuve una hora derritiéndome y sorbiendo bebidas carbonatadas en un chamizo costroso adherido a la oficina de aduanas. Hacía un calor espantoso. A mi lado, dormía un borracho. Al cabo de una hora y cuarto, volví a entrar en la oficina del tipo. Me miró como si no me conociera de nada.
- Aun no sé nada de lo suio- dijo al fin perdonándome la vida con una caída de ojos infinita.
- ¿Y qué se hace en estos casos?
- Eperah.
Puedes ver esta galería como una presentación.
Salí del nuevo al exterior. La ventana del funcionario daba directamente a un pasillo en el que languidecían diez o quince tipos atrapados en la tela de araña de la burocracia que se cocía en esa misma oficina. Decidí ejercer presión psicológica desfilando justo delante de la ventana de aquel inútil. Daba cuatro pasos, giraba, cuatro pasos, giraba, cuatro pasos, giraba, de tal forma que el hombre me veía pasar aproximadamente seis veces por minuto ante él, como un soldado montando guardia. Estuve dos horas de reloj desfilando delante de su ventana. De vez en cuando, el tipo me lanzaba una mirada de reojo y volvía a sus quehaceres. Lo vi tomar café, comer bollitos, jugar al tetris, leer el periódico, rascarse los santos cojones, charlar con una funcionaria maciza, atrapar moscas, consultar su correo de Yahoo. Él me vió desfilar delante de su ventana, cuatro pasos, giro, cuatro pasos, giro. Al cabo de dos horas decidí extremar las medidas de presión y me paré delante de su ventana, mirándolo directamente a los ojos, con la nariz pegada al cristal y los ojos inyectados en sangre. Estuvo intentando por todos los medios ignorarme, pero al cabo de un rato, era evidente que yo era el tema de conversación de la jornada en la oficina. Por supuesto, pasé.
En San Juan del Sur, Nicaragua
Día 466 de viaje. 29ºC. Leyendo Mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de Pedrolo
Mi primera y apresurada visita a Honduras se había visto empañada también por un recibimiento similar en la frontera. En esta ocasión, con la certeza de que quizá no regrese aquí nunca más, concentré todos mis esfuerzos en querer a este país a pesar de todo… y fracasé. Tras visitar unas coquetas ruinas de tallas fascinantes tomadas por guacamayos de colores que de tan rabiosos parecían artificiales, me dirigí rumbo al norte, porque me había prometido que el viaje de vuelta lo haría siempre que fuera posible por la costa del Caribe. A derecha e izquierda, pequeñas aldeas de cartón y plástico, minifundios rebosantes de maíz listo para ser cosechado, y bosques frondosos. Manadas de ungulados, pinos, prados y lagunas, cafetales, tienduchas de conveniencia y gasolineras construidas a base de escombros y bidones de lata. Las carreteras habían sido parcheadas y remendadas una y mil veces por orcos adictos al cannabis. Aparentemente, una inundación masiva se había llevado la mayoría de los puentes del país, por lo que constantemente me veía en la obligación de desviarme y cruzar los ríos por puentes militares de metal perdidos en medio de lodosas pistas forestales excavadas entre palmerales. Decepción tras decepción, lo más reseñable del camino fue una araña del tamaño de un elefante que nos retó a Fefa y a mi levantando sus peludas patas y haciendo chocar sus palpos mientras yo gritaba como un loco dentro del casco y huía dando tumbos sobre los baches del camino. Paré en un lugar que prometía café. Me dieron agua sucia que cauterizó mis papilas gustativas. No sé si es peor cuando me dan Nescafé a traición. ¿Por qué en los sitios donde se cultiva el mejor café del mundo tienen tan poco respeto por esta bebida mágica?
Pequeño paraíso y extenso infierno
Llegué por fin a la punta norte del país, mientras mi memoria iba automaticamente descartando los días anteriores por irrelevantes. Trujillo. Unas cuatrocientas casas desparramadas sin sentido alrededor de una albufera de aguas mansas y cálidas. Aceras reventadas, paredes desconchadas, tejados de chapa, viejos desquiciados atados con tiras de sábanas a sillas de ruedas, colmados desabastecidos, remolinos de polvo, palmeras agónicas, bolsas de plástico flotando en la brisa, bicicletas sin manillar, baches como cráteres de meteorito, montañas oscuras y puntiagudas como el sombrero de una bruja, mulatas con sobrepeso abanicándose, sudando y bostezando a la sombra de un cartel con el menú del día. Hombres con la camiseta enrollada alrededor del pecho para airear la panza, niños sin peinar arrojándose puñados de tierra, manchas de sol ardiente en medio de la plaza, gatos con sarna, iglesia de paredes deslucidas, fuerte español en avanzado estado de deterioro, pequeño banco rural protegido por dos indigentes con escopeta de cañones recortados, y amenaza de lluvia. Caí en el hotel de un alemán jubilado. Buen tipo. Un pequeño paraíso. Cocoteros. El mar a quince metros, la playa a cinco. Comida con sabor y precio de occidente, wifi precaria, conversación de experto en conversar.
A la hora de la comida me acerqué al pueblo. Alguien me recomendó una tasca. Suelo de cemento, mesas de plástico de publicidad de Coca-Cola. Un televisor apenas sintonizado vomitando un concurso de belleza local patrocinado por una marca de segadoras. Mosquiteras y ventiladores. Dos mesas ocupadas por adolescentes con uniforme escolar comiendo mierda frita de esa que comen aquí. Pido carne asada y me dan la misma carne asada que ayer y que mañana y que en todo el Caribe: cocinada de la víspera, fría, sin sabor, dura como una roca, acompañada de los mismos frijoles, el mismo plátano frito, el mismo arroz reseco, las mismas tortillas de maíz insípidas. Llego a la conclusión de que en estas latitudes la comida es, simplemente, una fuente de energía, un estorbo ritual por el que hay que pasar, pero que no ha de ser necesariamente disfrutado. Como la cópula entre ultracatólicos.
La dueña de la tasca está repantigada tras una mosquitera, controlando el negocio. La mujer pesa alrededor de doscientos kilos. Su hamaca cuelga de una pared de ladrillo, y está situada de tal manera que puede llevar la contabilidad del local sin mover un músculo. Ella está despatarrada ahí, como una estatua sedente de la Pachamama o una Venus desfallecida, y sobre su vientre hinchado como un globo hay depositado un plato grande de comida, que ella come con la mano derecha. Con la izquierda sujeta una revista de moda y cotilleos. Ni se mueve. Parece que le han metido un bombín por el culo y la han inflado como un muñeco de goma, depositada ahí, cosida a la hamaca, pudriéndose. De vez en cuando uno de los muchachos que sirven las mesas se acerca a ella para darle el dinero de una transacción a través de un orificio de la mosquitera. Ella se mete las lempiras sin mediar palabra en una bolsita de tela que custodia entre las inmensas, descomunales, jugosas y rebosantes tetas.
Al día siguiente, Fefa y yo nos metemos de cabeza en el infierno. Consulté Google Maps y decidí que lo mejor que podía hacer era seguir aquella carreterita tan mona y rectilínea que no aparecía en el GPS. La carreterita mona se convirtió en pista de tierra, la pista de tierra en camino de cabras, el camino de cabras en lodazal infecto. Doscientos kilómetros más adelante, aterricé al fin en la única ciudad del este. Era una agrupación humana triste, sucísima, de manzanas cuadradas sin alma, ferreterías desabastecidas, restaurantes polvorientos, banderolas colgadas de balcón a balcón que hace muchos años olvidaron su propósito festivo. Es domingo y por lo tanto, los adolescentes pasan en bandadas montados en bicicleta dejando tras de si un fuerte aroma a perfume barato. Ceno al atardecer en una carpa que han montado en la plaza del pueblo: La misma carne seca, los mismos frijoles, el mismo plátano, el mismo arroz, las mismas puñeteras tortillas de maíz. Da igual donde vaya y lo que pida, siempre obtengo eso. Oigo de fondo el murmullo de una iglesia. El culto a Dios desde cochiqueras, viejos almacenes abandonados, locales húmedos de paredes desconchadas, barracones atiborrados de sillas plegables y ventiladores viejos, templos de belleza sólida, demacrada, colonial, preciosista, rococó, ascética, alambicada o austera, naves industriales con tablones arreglados a modo de bancos. Culto silencioso o ruidoso, átono o canoro, íntimo o expansivo, monocromo o polícromo. Omnipresente. Al día siguiente me esperan otros inesperados ciento y pico de kilómetros de pistas de tierra, barro, polvo, baches. Si las vistas son hermosas, no puedo saberlo: estoy demasiado concentrado intentando salir de ahí con vida. La pobre Fefa es zarandeada como nunca. Al intentar salir de un río cuyo cauce se ha comido la ruta, resbalo, me golpeo los cojones y la moto se cae de costado como una elefanta a punto de parir. Por fortuna nadie ha visto lo ridículo de la situación. Me quedo lloriqueando sin aliento, sujetándome la entrepierna y viendo las estrellas, hasta que me repongo y vuelvo a poner a la bicha en pie tras media hora de forcejeo empleando manos, codos, dientes, entrañas. Los frenos se vuelven a calentar, me paro a la sombra de un pino y luego al amor de un riachuelo. Hay un anciano sentado en una piedra, esperando la muerte. Me acerco a charlar con él. Nunca ha salido ni de esa comarca ni del ala de su sombrero. Tiene la mirada devorada por las cataratas. Apenas le quedan dientes pero su sonrisa es hermosa a fuerza de sincera. Estamos un rato intercambiando monosílabos, intentando comprender la vida del otro.
- Tié que sel bonito viahal así. Vel el mundo.
- Tiene que ser bonito vivir una vida tan tranquila como la suya.
Llego por fin a la frontera, y decido pasar la noche en el lado de Honduras, ante la posibilidad de verme atrapado por otro infierno burocrático un día más. Es un pueblo mísero, muy pequeño y deteriorado. Hay tres hoteles, y Fabián elige el que da a la plaza del pueblo. El pasillo parece el de una cárcel filipina, y la habitación una celda de un monje especialmente riguroso con el voto de pobreza. Al atardecer, Fabián se sienta en un local de helados, pide un batido y abre su lector de libros electrónicos. Mientras está intentando disfrutar de la velada, una rata gigante de anchas caderas entra campando a sus anchas y causa gran griterío, estupor y alboroto. A ocho mil setecientos kilómetros de allí, un jubilado tira distraídamente pedacitos de pan duro a las palomas a la orilla del Sena. Fabián pide a una señora, que se asemeja vagamente al Pingüino de Batman interpretado por Danny DeVito, que le indique dónde puede cenar. La señora, que adora los culebrones y detesta a las mujeres vocingleras y el olor a pescado fresco, le pide que la siga. Ambos renquean por todo el puñetero pueblo, mientras ella saluda a todos sus habitantes como si fuera un miembro de la familia real y resopla por las cuestas y las aceras de tierra y barro. El primer local está cerrado, ella continua caminando, y Fabián la sigue como un patito torpe y desgarbado. A seis mil doscientos cincuenta y ocho kilómetros de allí, un semáforo cambia en la intersección de dos caminos rurales de un condado estadounidense, pero nadie está allí para presenciarlo. Por fin, encuentran un restaurante abierto. Fabián agradece su ayuda a la señora, se sienta en la mesa, y ella se lo queda mirando de pie, sin mediar palabra, como si hubieran desconectado su cerebro seccionando todos los axones de sus neuronas con un pequeño cortaplumas. Fabián le vuelve a agradecer su cooperación, le da la mano, y ahí se queda la mujer, cual una columna, observándolo, como si estuviera paralizada por una droga, como si fuera un botijo de alabastro con ojos de muñeca. Fabián ya no sabe qué hacer o decir, se parapeta cobardemente tras el menú, y al cabo de un rato la mujer se rinde y se aleja sin despedirse. Fabián no sabe si quería que le comiera el coño, o qué. La frontera la cruza al día siguiente en un abrir y cerrar de ojos. Seguro que se ha quedado un sello por poner, no puede ser tan fácil.
Nunca más vuelvo a ir a una capital
Con un suspiro de resignación, reconocí que la ruta natural a través de Nicaragua pasaba necesariamente por Managua. Desde que estoy en Centroamérica, he estado evitando las grandes capitales en la medida de lo posible: son insalubres montañas de seres humanos agolpados en el polvo en contra de su voluntad, cautivos de la codicia, atrapados en vidas que les son ajenas, paralizados en monumentales atascos de tráfico, ahogados por los gases de la combustión, son focos de delincuencia y detritus en los que nadie puede ser feliz. Además, proporcionan una imagen sesgada del país: ningún país es su capital, ni cuando es magnificente ni cuando es miserable: las capitales polarizan el mundo, ofrecen lo mejor y lo peor densamente condensado en un saturado esquema de cuadrícula. Pero observando el mapa, llegué a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era visitar Managua, para luego emprender la ruta hacia Costa Rica. Me convencí de que pasearía por callecitas coloniales y me admiraría con los edificios de reciente construcción y las hermosas plazas presididas por fuentes refulgiendo al sol. Me di cuenta de mi error cuando la caspa de la ciudad empezó a revolotear a mi alrededor, a unos veinte kilómetros del centro. Empezaba a atardecer, y el hormiguero se disponía a buscar cobijo una noche más, como olas del mar que se retiran burbujeando cuando la marea baja. Los márgenes de la carretera estaban atiborrados de seres humanos vencidos, de mirada turbia, que braceaban como ocas pidiendo parada a los jurásicos autobuses estadounidenses tuneados que resoplaban por el asfalto remendado. A ambos lados de la carretera, enormes reductos de paz defendidos por hombres armados: los centros comerciales lujosos, bastiones del capitalismo feroz, exhibiendo como medallas los enormes carteles fluorescentes de las franquicias. En general, la ciudad provocaba una dañina sensación de rencorosa pobreza, desesperada hambruna, indómito desorden, mortífera dejadez y patético desamparo. Pasé ante el palacio de la república, que parecía haber sido abandonado a su suerte años atrás: la reja de alambre carcomida por el óxido, los jardines devorados por los rastrojos. Vislumbré la catedral, en ruínas. Tristeza. Desolación.
A medida que se ocultaba el sol, mi miedo crecía lentamente, como si temiera la salida de los vampiros. Al salir a dar una vuelta, hice una promesa a mi abuela que sólo he roto en muy contadas ocasiones: no conducir de noche. Dar palos de ciego en un lugar como Managua se me antojaba como poco arriesgado. Entré en el primer hotel que pude, y al escuchar el precio me pareció una broma. Continué al siguiente. Era un edificio espantoso de dos plantas, pintado de colores años atrás y desconchado ahora, sepultado en un barrio paupérrimo. El sol se ponía rápidamente cuando entré en el recinto y un joven con mirada abotargada se acercó con el precio de la habitación garabateado en la palma de la mano. El lugar era claramente un motel barriobajero, refugio de parejas necesitadas de intimidad. Medité un momento, con la mirada fija en el sol feneciente, y decidí que no me quedaba más remedio que refugiarme allí. Al muchacho que actuaba de recepcionista pareció darle igual que fuera a ocupar el cuarto yo solo y vestido de Madelman. Seguramente lo había visto todo ya.
La habitación era un cuadrilátero de paredes de cemento pintadas descuidadamente a brochazos, iluminada por una bombilla de bajo consumo que escupía un tono azulado enfermizo. Olía a desinfectante. A modo de decoración, había un cuadro hecho de papel de estaño colgado en un ángulo extraño en uno de los lados. Un par de mesas atornilladas a las paredes, por si alguien, cegado por la codicia, decidía llevárselas bajo el brazo. En el muro del fondo, una pequeña y testimonial televisión y un ventilador diseñado en los años sesenta. La cama parecía sacada de una venta de mobiliario de hospital de segunda mano. De hecho, una de las almohadas ostentaba una banda que rezaba algo relacionado con un centro de salud. El cabecero metálico conservaba anudados los restos de unas bridas de plástico, algo que decidí que era mejor no investigar. Encendí la televisión para descubrir sin sorpresa alguna que el único canal disponible transmitía en bucle una secuencia pornográfica en la que un hombre negro de vientre globoso y picha de caballo percherón se trajinaba a dos mujeres de mirada triste y celulitis más que pronunciada. Las mujeres hacían esfuerzos admirables por introducir por sus orificios la enorme picha del hombre negro. Lo conseguían sólo parcialmente, no sin mucho jadeo y quejido. Dejé la película sonando de fondo para castigarme y sentir en todo mi ser la sordidez del local. Tras el muro del fondo había una taza de váter al aire. Si alguien se llevaba ahí a su nena en un ataque de romanticismo, podía verla y olerla cagar desde la cama, aunque seguramente era un efecto deseado por el propietario del local.
Los coches y los taxis empezaron a llegar. Me vi rodeado de gemidos, algunos discretos, y otros decididamente teatrales.
Decidí intentar cenar algo antes de parapetarme tras el pestillo que alguien sin alma había soldado a la puerta de chapa metálica. Me acerqué a la recepción. En una de las habitaciones, se oía nitidamente a una mujer chillando rítmicamente. Me acerqué al muchacho que recibía a los huéspedes. Depositó una mirada vacía y tristona sobre mi.
- Buenas noches- saludé cordialmente.
- OH, SI, PAPI, PAPI, DAME, DAME DAME FUERTE, PAPI!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
- Buenah nocheh.
- ¿Hay algún sitio para cenar por aquí cerca?- indagué.
- PAPI, SÍ, DÁMELO, OH, DÁMELO FUERTE, PAPIIII!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
- Sí, puede il a la gasolinera que etá a doh cuadra depué del puente.
- MAH MAH MAH PAPI MAH MAH PAPI!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
- Muchas gracias.
- SI SI SI SI OH SI AHÍ AHÍ AHÍ AHÍ AHÍ AHÍ MÁ PAPI PAPI PAPI!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
- Buenah nocheh.
El barrio era amenazador y sórdido. La calle sólo era iluminada levemente por las manchitas de luz que emergían de las ventanas, pequeños retazos de vida en la espesura negra de la noche sin luna. Unos matones de aspecto lúgubre fumando y jugando al billar, una pareja de ancianos viendo la televisión al ritmo de cansinas mecedoras, un hombrón rollizo como un pavo relleno en estado comatoso en un sofá ajado y de colores pálidos, un solitario loro intentando seducir con su canción a una mesa camilla llena de ropa sin planchar. Cené en la gasolinera mirando fijamente la gran nevera de las bebidas gaseosas, posiblemente lo más hermoso que vi en Managua esa noche.
A la mañana siguiente, muy temprano, huí dirección al Pacífico. En un semáforo, entre los remolinos de los humos negros de los escapes de los autobuses, apareció la imagen espectral de un hombre esquelético de unos dos metros vestido de Supermán, con un uniforme remendado y roto, trufado de grandes manchas de grasa. Llevaba una capa roja de niño arrugada y cubierta de lamparones y la cara enjuta maquillada de payaso triste. Una gorra de lana deshilachada cubría su pelo ralo, que sobresalía en mechones sucios como hierbajos naciendo alrededor de la lápida de un cementerio abandonado. Miró a su alrededor con ojos moribundos y extendió una mano delgada y tétrica que parecía hecha de cañas de bambú, enfundada en un guante grisáceo del que sobresalían los dedos como gusanos necrófagos. Daba tanto miedo que le dejé un billete de cincuenta córdobas, que me agradeció con una sonrisa de dientes negruzcos y torcidos. Ojalá hubiera podido fotografiarlo. El payaso del Apocalipsis. Managua me despidió así, y di por buena la despedida mientras culebreaba entre el denso tráfico matinal.
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Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 7 months ago
Hola Fabián.
Vaya relato… maravilloso.
Lástima de la pobreza gastronómica que hay por esos pagos. El plato nacional, ¿seguro que no se puede encontrar nada mejor o al menos, más variado?
Con la descripción que haces de Managua imagino la escena en blanco y negro, en pantalla grande. Porque pareciera que describes unos exteriores que formaran parte de una buena película de cine negro.
Y escribes –”mirando fijamente la gran nevera de las bebidas gaseosas, posiblemente lo más hermoso que vi en Managua esa noche.”– Mal asunto si una nevera llena de cocacolas y sevenup’s es lo más bonito que se puede ver en una ciudad. En fin… tendrás mejores días. Seguro.
Adelante, un abrazo.
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about 8 months ago
Quizás me confunda pero me da que a Centro America no volveras cuando termines este periplo tan bonito pero tan duro , las capitales cómo Managua u otras grandes ciudades parecen lugares peligrosos e inóspitos .
por cierto 200 kilometros por un lodazal bien merecian alguna fotico de esas de estoy de fango hasta los … ¡ Es broma ! cómo para ponerte a hacer fotos .
Ah y la foto con las ruinas brutal con pose de modeleo.
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about 8 months ago
Es una delicía para los sentidos leer relatos como estos,son impagables….de verdad.Tiene un poco de Puser y eso es muy bueno,muchos ánimos y sigue!! PD: me permito dedicarte una foto de tu tierra, la mia y la de todos
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about 8 months ago
lástima que pases directo de Panamá a Bogotá y no conozcas la costa caribe. Igual, te estaremos esperando.
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about 8 months ago
De ahí vengo… de Bocas del Toro, precisamente.
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about 8 months ago
Hola Fabián, yo he estado en sudamérica y el caribe, y vi cosas muy parecidas a las que tu cuentas. Vi en los mercados de san andresito en Bogotá a un payaso anciano, sudando sobre la pintura de su cara, con megáfono en mano, atrayendo al público a un asador de poyos. Triste trabajo para quien lo curra, pero que pintoresco para el europeo. Yo entiendo que te quejes de todo ese desorden y caos por el cansancio de tu viaje. No eres un turista al uso. Pero yo, que fuí de turismo, me atrae tanto la diferencia de ese modo vida. Esa gente, y ese paisaje me atrae mucho, espero un dia poder hacer una “locura” parecida a la tuya, recorrer el caribe en barco, no sé, algo me pide el cuerpo, hay un “rum rum” dentro de mi. No se si un dia tendré tantas agallas como tu para liarme la manta a la cabeza. Joder que envidia das…
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about 8 months ago
¡Ojo, no me quejo!
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about 8 months ago
ole, señor crak te espero en Venezuela
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about 8 months ago
Una vez mas, genial texto.
Ligeros recuerdos en algunas frases a Amelie,
Vsss
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about 8 months ago
Hace pocos días he sabido de tu aventura por una amiga, me parece increíble todo lo que estás viviendo, te deseo mucha suerte y que disfrutes a tope de ésta experiencia tan maravillosa. Recibe un abrazo. Te seguiré, disfruto mucho con tus comentarios.
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about 8 months ago
Jajaja!! aysss… qué bueno… esos orcos fumaos echando brea… me imagino… aysss que lloro.
Aventuras animadas de ayer y hoy… ya te digo!
Que si coño que si que tas guapo entre las ruinas!! (aunque a algún gilipollas le jode y vota buuuhhh cuando lo digo, “egque” la envidia es muu maalaa!!)
Por cierto que buena la entrevista en Onda Cero me encantó!
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about 8 months ago
Como el lorón se emocionase o se cabrease …. podía haberte extraído un fajo de neuronas….je je je…
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about 8 months ago
felicidades por el texto!
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about 8 months ago
” La mujer pesa alrededor de doscientos kilos. Su hamaca cuelga de una pared de ladrillo, y está situada de tal manera que puede llevar la contabilidad del local sin mover un músculo. Ella está despatarrada ahí, como una estatua sedente de la Pachamama o una Venus desfallecida, y sobre su vientre hinchado como un globo hay depositado un plato grande de comida, que ella come con la mano derecha. Con la izquierda sujeta una revista de moda y cotilleos. Ni se mueve.”
PUEDE EXISTIR ALGUIEN TAN EFICIENTE… QUE MANDE LA HOJA DE VIDA. Descansa,trabaja y come,todo en tiempo real.
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about 8 months ago
hola fabian planeas pasar de nuevo por bogota colombia ??? de ser asi para que fechas aproximadamente estarias por aca un saludo y disfrutando mucho tus relatos…..
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about 8 months ago
Claro que pasaré. Es inevitable, Fefa volará de nuevo de Panamá a Bogotá. Esta vez haré un encuentro con los lectores, tanto en Bogotá como en Medellín. Lo anunciaré con tiempo tanto en Facebook como en esta página.
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about 8 months ago
seguimos….
que tengas buena ruta.
uVesssssssssssss
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about 8 months ago
Fabian, en el caribe de Costa Rica te recomiendo visitar Puerto Viejo de Limón, o los Canales de Tortuguero (en bote). Si aún no has llegado al Caribe te puedo recomendar algunas rutas dependiendo de tu ubicación.
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about 8 months ago
Espero llegar mañana, pensaba pernoctar en Limón para dirigirme luego por la costa hacia Panamá. Toda sugerencia será sumamente apreciada.
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about 8 months ago
En que lugar te encuentras ahora?
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about 8 months ago
Suelo tener siempre actualizado el mapa que puedes encontrar al final de la portada de la web.
http://www.saliadarunavuelta.com/#posicion
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about 8 months ago
Esperaba ansioso tu crónica sobre Honduras y Nicaragua y la verdad que me da pena el balance final que te llevas de ambos. Yo he tenido la suerte de estar hace dos años y uno respectivamente en esos países y solo podría decir maravillas de lo vivido. Creo que el culmen que has conseguido en México te ha dejado el listón muy alto y no te está dejando disfrutar Centroamérica como se merece.
Dale otra oportunidad, disfruta de sus gentes, vívela, cómete Centroamérica porque se lo merece. Los nicas son gentes de los más pobres de Centroamérica pero siempre sonríen. A mi me encanta Nicaragua.
Un saludo desde Asturias
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about 8 months ago
Con la excepción de Managua, yo creo que Nicaragua es un GRAN país, muy hermoso y mucho más “vivible” de lo que se piensa por ahí fuera. Esconde joyas impagables. Managua sí es tremenda, muy dura. Honduras es otra cosa, la verdad, no disfruté.
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about 8 months ago
Fabián, donde te encuentras en este momento?
Que ruta piensas seguir?
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about 8 months ago
Costa Rica. Dirección Caribe. Cruzo a Panamá, luego a Colombia, luego a Venezuela, y antes de que nos demos cuenta, estaré en Manaus -Brasil-.
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about 8 months ago
Da pena por Honduras. Es un poco como lo de cornudo y apaleado -además de pobre, sórdida y triste-. Qué feo todo… ¡Menos el café! No le tengo ningún respeto a la bebida mágica. Me pirria el agua sucia.
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about 8 months ago
Acabo de ver las fotos. Pese a todo, le has sacado el lado bello al país. Las imágenes muestran otra cara completamente distinta.
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about 8 months ago
Querido Fabián:Eu que como ese vello nunca fun mais alá da sombra que dan as ás do meu sombreiro,estou segura de que si viaxara como ti non vería mais ca terceira parte das cousas que tí ves con ese ollos achinados e papudiños que tes;gracias por contarmo,as veces penso que a min ,so a min.
Moi tontos teñen que ser os da editorial si non ven o ben que escribes e describes.Moitos bicos neno.¡Por fin choveu na nosa terra!
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about 8 months ago
Entretenido relato y buenas fotos como siempre.Que ganas tienen algunos funcionarios de fronteras de tocar los cojones.Muy fino el sistema eléctrico de las calles,que follón de cables.El relato el bastante descriptivo,sin ahorrarte asta el mas mínimo detalle.Animo y asta la próxima.
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about 8 months ago
Fabian, la verdad que esta vez me has impactado profundamente con tu redacción!!. Es de lo máximo que he disfrutado desde que te conozco. Me da ganas de citar montañas de comentarios pero hubo especialmente dos que me llegaron muy hondo.
El primero es: “Parece que le han metido un bombín por el culo y la han inflado como un muñeco de goma, depositada ahí, cosida a la hamaca, pudriéndose.”. Me pareció impecable la figuración de lo que estabas viendo. Fué inevitable lanzar una fuerte carcajada de mi parte!!.
La segunda de entre muchísimas es la breve: “El payaso del Apocalipsis.” NOTABLE.
Me has parecido esta vez de una lucidez extrema. Felicitaciones y mi abrazo de rigor cíclico.
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about 8 months ago
Hola Fabian; ¿Has podido solucionar los flaneos de la parte trasera de la Fefa?. Espero que si, saludos y siempre adelante. Robert.
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about 8 months ago
Un puntito de dureza al amortiguador, y como nueva! Vaya si se nota!
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about 8 months ago
Triste realidad y Excelente relato … sal rapido de alli, antes que te deprimas!!
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about 8 months ago
Bueno Fabián, vas a cambiar de país, dicen que Costa Rica es el país más bonito del mundo, espero con ansia que lo veas con tus ojos y nos lo cuentes con tus palabras. Salud y fuerza para el viaje.
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about 8 months ago
Vaya Fabian, lo estás pasando pipita, eh?
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about 8 months ago
El notario de la sordidez.
Te ha salido un texto un poco triste, pero que los Fefanautas entendemos tan bien… como los cineastas el “neo-realismo italiano”.
Parece que estos países cifran su ambición colectiva( como nosotros) en no sé qué, o qué se yo, que les deje vivir y trabajar en paz pero algo está empeñado en que no se les permita saber en quien confiar para que les haga un poquitín más felices de lo que supuestamente son. A lo mejor no es ajeno a lo puramente “humane”
Ese Superman que- recibe propinas con sonrisa irónica- que tan bien describes; quizás sea quien les influya para llevarles al mundo y la cultura de la Coca-Cola- que tan plácidamente se te ve bebiendo.
¡¡pagando..eh.. pagando…!! ¿ El precio justo de la sordidez?. Todos tenemos manchas, y burdeles suciedad, indecencias, escándalos, policías raros.
Dormir con un ojo abierto y comiendo siempre los mismos platos.
De frontera a frontera y cambias de plato, cuando te toque.
Gracias por tu acta notarial con fotos y vínculos sonoros en azul. Eres un técnico- notario que enriquece la comunicación entre los humane y cuenta “amorosas crueldades” (Celaya)
Animo.
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about 8 months ago
Vaya vaya .. joer que de cosas en un solo artículo.
Por cierto ese cambio que haces de primera persona a tercera persona .. no me gustó .. prefiero que hables en primera persona
La gorda hinchada en el paraiso, copula de ultracatolicos … que bueno!
Saludos,
Pablo – Coruña
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about 8 months ago
Que por que en Honduras tienen tan poco respeto por el cafe??? Muy sencillo, pues por que el mejor cafe del mundo no se produce en Honduras sino en COLOMBIA!!! En Colombia ya sea que estés en el lado del cielo o en el del infierno siempre probaras un cafe delicioso que ara que tus papilas gustativas se eleven a un grado superior!!!
Abrazos.
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about 8 months ago
No estoy de acuerdo. Colombia no se salva tampoco: en muchos sitios dan un café espantoso. Incluso me han dado ¡¡¡soluble!!!
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about 8 months ago
jajjajaja, ke jartá de reir, ke movidas
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about 8 months ago
mmmmm creo que esto es algo parecido al mobbing…
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about 8 months ago
Muy buen relato Fabian!… y que envidia cada vez que te veo a lomos de tu Fefa y os imagino deborando kms, ains!
Bueno, creo que las capitales sudamericanas serán algo más de tu agrado, no dejes de visitarlas, TODAS!
Por cierto, dicen que allá donde fueres haz lo que vieres… así que la próxima vez que te veas en otro de esos hotelitos con encanto, ya sabes
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about 8 months ago
orcos adictos al cannabis,.concurso de belleza local patrocinado por una marca de segadoras ,la mujer pesa cerca de 200 kilos con inmensas, descomunales, jugosas y rebosantes tetas: this is the end , my friend .
Sal de ahí a toda leche
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