close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Aturdido, salí del avión. Eran las tres y pico de la mañana. Insomne como soy por naturaleza, el breve vuelo de apenas dos horas había sido poco reconfortante. Anadeé parsimoniosamente por el aeropuerto de Darwin como un pato drogado, hasta que me topé con la hilera de mostradores de aduanas. Entregué mi pasaporte a un oficial muy dicharachero, que lo miró con cuidada profesionalidad sin parar de sonreír, y se lo entregó a otro tipo, sin duda especializado en detectar contrabandistas de frutas, intercambiando una mirada significativa.
- ¡Hola! Me llamo Henry y seré su oficial de inmigración hoy- dijo sonriendo Henry, arrastrándome del brazo a una sala contigua-. Este es sólo un procedimiento rutinario de control. ¿Le importa responder a unas preguntas?
- Cómo no- contesté.
- ¿Trae frutas? -preguntó muy serio.
Henry me sentó en su cubículo y procedió a analizar todos y cada uno de los visados de mi pasaporte, que está a punto de quedarse sin páginas. Empezó a preguntarme todo lo que se le ocurría, disparaba las preguntas sin parar, saltando de un tema a otro sin concierto. Mi pobre cerebro adormilado hacía lo posible por contestar a todo, aunque patiné a la hora de decir cuánto dinero llevaba encima, algo que lo hizo observarme largamente sin mediar palabra. Estaba preguntándome cuándo sacaría los guantes de caucho y el bote de vaselina, cuando me indicó que pasara a aduanas para que revisaran mi mochila en busca de frutas de contrabando que podrían dañar el precario equilibrio del frágil ecosistema australiano. Cuchicheó algo a un hombre alto y fornido parapetado tras un bigote del tamaño de Ayer’s Rock. El hombre, cariacontecido, se acercó a una funcionaria con una hermosa pero impasible cara como una muñeca de porcelana oriental y le hizo una serie de indicaciones, seguramente relacionadas con mi apariencia de adicto a la fruta, así que ésta procedió a desmenuzar mi equipaje con una meticulosidad enfermiza. Y entonces, empezó la auténtica batería de preguntas.

Penalties apply: Multa al canto si mueves un mùsculo. Quizá lo único que no me gustó de Australia. Puedes ver esta galería como una presentación.

- ¿Cuándo llegó a Camboya?
- ¿Qué vió allí?
- ¿Por qué atravesará Australia en tren?
- ¿Tiene alguna forma de probar que ha estado en Jaipur?
- ¿Dónde están los documentos de la moto?
- ¿Cuánto le ha costado enviarla?
- ¿Tiene algun recibo del envío?
- ¿Está casado?
- ¿Dónde compró la cámara de fotos?
- ¿Qué vacunas tiene?
- ¿Ha hecho trekking en Nepal?
- ¿Qué ciudades ha visitado en Rusia?
- ¿Por qué ha enviado la moto a Buenos Aires y no a la costa pacífica?
- ¿Trae pornografía en su disco duro?
- ¿A qué se dedicaba su empresa?
- Si viaja tanto, ¿por qué no trae un botiquín básico con usted?
- ¿Dónde está su casco?
- ¿En qué fechas estuvo en Kyrgyzstan?
- ¿Qué mapas emplea para orientarse?

El interrogatorio me dejó completamente perplejo. Abrí el ordenador y le enseñé los vídeos, saqué una página de un periódico de India en la que contaban mi historia, le mostré la hoja del seguro obligatorio de vehículos tailandés, y juntos desciframos el visado ruso en el que, en cirílico, dice que he entrado al país acompañado de una moto. Nada parecía ser suficiente, y cuanto más me extendía en mis explicaciones, más culpable me sentía, más seguro estaba de que se me había quedado alguna fruta escondida en un pliegue de la mochila, y más me parecía que mi historia era increíble y que me iban a expulsar del país sin miramientos. De repente, tras una buena media hora de sparring, la muñeca de porcelana tomó una determinación, apartándose un mechón de pelo de la frente extrajo de una cajita un sello de caucho, estampó mi entrada sin mediar palabra y me dejó ahí solo con media vida diseminada sobre la mesa de acero de disecciones de maletas.

Sobrevolando el Pacífico, en un avión de Aerolíneas Argentinas
Día 277 de viaje. Leyendo El maestro y Margarita de Mijail Bulgakov

A las cuatro y media de la madrugada, sintiéndome ligeramente vagabundo, llegué al centro de Darwin, una apacible ciudad provinciana sin ningun tipo de atractivo excepto unos parques naturales infestados de cocodrilos saltadores situados a unos cuarenta kilómetros las afueras. Paseé un rato por las impolutas calles, maravillado por volver a ver electricidad, cajeros automáticos limpios, aceras rectilíneas, letreros de neón, y por escuchar una ciudad en silencio de noche. Había llegado a una calle poblada de albergues de mochileros, a la espera de encontrar alojamiento barato para los dos días que tenía hasta la partida de mi tren. Caminé por la calle despacito y me paré ante la isla de luz de una tienda abierta veinticuatro horas. Un gran cartel encima de una pila de botellas de agua monodosis anunciaba estridente: 2 BOTELLAS 8 DÓLARES. Menuda oferta. Cuando los albergues abrieron sus puertas, me planté ante la adormilada recepcionista del primero, que me informó de que una habitación sin baño ni tele ni internet ni toallas ni desayuno ni ventana ni decencia alguna me costaría setenta pavos. Con las piernas todavía temblando, me dirigí al siguiente albergue, que me dio un precio similar. Deambulé un poco, mareado, y decidí desayunar antes de tomar una decisión. Un desayuno en una taberna cutre venía costando 15 dólares. La cabeza me daba vueltas. Decidí hacerme fuerte en el primer hostal, un complejo enorme con varios bares cerveceros, piscina del tamaño de un platito de postre y una recepción atiborrada de folletos de viajes para indigentes e inadaptados sociales, y sobrevivir a base de sandwiches que elaboraría yo mismo sobre mis rodillas comprando los ingredientes en el supermercado de la calle de al lado. Cuando llegué al supermercado y comprobé que las botellas de Coca-Cola salían a cuatro dólares y que el pan se cotizaba a precio de oro, empecé a desanimarme y a cogerle algo de manía al país.

Los errantes

Errantes

Errantes

La mañana me descubrió que, en efecto, en Darwin había más bien poco que hacer. La pequeña ciudad estaba concebida como un pueblo estadounidense cualquiera: enormes avenidas despobladas, distancias fabulosas entre las cosas, asepsia quirúrgica en las aceras. Incluso los carteles de las calles y los buzones de las casas me recordaban a Estados Unidos. Fui en busca del Pacífico y lo encontré a los pies de un bonito jardín de parterres recortados en el que hacían footing varios ciudadanos rubios y de piel muy blanca, sudorosos, agarrados a botellas de Evian, pertrechados con gorrita Nike, rodilleras Adidas, coderas Reebok, iPod Touch, camiseta de Abercrombie & Fitch y zapatillas Puma. Y, entonces, vi al primero de muchos errantes.
Destacaba entre el gentío por tener una piel muy oscura, casi negra, y por su enorme mata de pelo crespo de color chocolate. Pero sobre todo por su actitud de despreocupación, diríase que de muerte en vida. Las cejas pobladas, al arco ciliar protuberante, los mofletes hinchados, los labios muy gruesos, la mirada perdida. Su ropa estaba sucia y rota. Caminaba sin un rumbo fijo, deambulando como un alma en pena. Iba descalzo. Era un aborígen australiano.
Australia estaba poblada por doscientas cincuenta naciones independientes con su propia lengua, cultura y tradiciones cuando el Estúpido Hombre Blanco llegó a ella a finales del siglo XVIII. Se estima que alrededor de 750.000 personas vivían pacíficamente en sus tierras antes del desembarco de la Primera Flota en 1788. Un año después, el noventa por ciento de los aborígenes de la región del desembarco habían muerto de hambre y de viruela. Y eso no fue más que el comienzo de una masacre sistemática que acabó con casi todos ellos. La historia de los aborígenes australianos es un desgarrador cuento de persecución sistemática y aniquilación meticulosa por parte de los colonos, tan despiadado como la que los españoles llevamos a cabo en América, pero mucho más reciente. Hasta los años sesenta, los aborígenes australianos no eran ciudadanos de pleno derecho y en muchas regiones se los podía matar sin repercusiones legales. Hoy, simplemente, deambulan por las calles sin rumbo, alcoholizados, ociosos, muertos en vida. Se pueden ver en bandadas o solos, caminando sin ningun tipo de destino, errantes, cabizbajos, vestidos con harapos, formando montañas humanas por las esquinas, cloqueando su incomprensible lengua, mirando a su alrededor con hostilidad el mundo que les está vetado. Más adelante descubriría que los errantes simplemente no existen en las grandes ciudades, allí no tienen cabida los que antaño fueran los dueños de esa tierra. Son ahora una figura espectral, difusa, el hombre blanco vende sus artesanías a precio de oro y de vez en cuando se inaugura un museo de su cultura para limpiar conciencias. La realidad es que son meras sombras sin un destino.

El tren

A bordo de El Ghan

A bordo de El Ghan

Mi única concesión al ocio fue darme el gustazo de ir, por primera vez en nueve meses, al cine. Carcomido por los remordimientos, me senté en la sala a oscuras sin llegar a disfrutar del todo de la película. Al día siguiente, abandonaba por fin el pequeño zulo donde había estado elaborando sandwiches sin parar y me subía al Ghan.
Si hay que reconocer algo a Australia, aparte de su belleza salvaje, su desconcertante fauna y sus prodigiosas ciudades, es sin duda un marketing inigualable. Lo que en otro país sería un simple viaje en tren, en Australia se transforma en un asombroso recorrido por un pasado de colonos luchando con los elementos, y un presente de opulencia y grandiosidad sobre railes. Los nombres de los trenes -porque los trenes tienen nombres- son evocadores y rimbombantes, sus logotipos en la panza tersa de metal son fotogénicos y el ritual de viajar en ellos, ciertamente impresiona. Aunque, objetivamente, sólo se trate de un viaje en tren, entiéndaseme. Al subirme al autobús que me trasladaría a la estación, me senté al lado de un tipo de aspecto inofensivo. Rondaría los cuarenta y pocos años, pelo entrecano, mirada risueña, ligeramente espiritual.
- Espero que no le importe que me siente- dije una vez aposentado.
- Ahora ya es tarde para que me importe- contestó con una risita y un marcado acento alemán.
Se produjo un silencio algo incómodo entre ambos. El autobús se puso en marcha en una ruta interminable de varias horas. Como no sabía qué diablos estaba ocurriendo y por qué no nos íbamos directamente a la estación, se lo pregunté al hombre, que evidentemente estaba deseando hablar. Me explicó atropelladamente que la vía estaba inundada en algunos tramos, y que por eso se hacían los primeros cien kilómetros en autobús. Cuando llevábamos veinte minutos de charla, descubrimos que teníamos bastante en común: Había pasado la mayor parte de su vida viajando, y también había estudiando psicología, materia que también lo había defraudado. El hombre era alemán, pero estaba trabajando en Suiza y detestaba alegremente su vida. Se había enamorado de Australia un par de años atrás y ahora la recorría en furgoneta alquilada. Le expliqué que me dirigía a Sydney, improvisando sobre la marcha.
- Entonces… ¿no tienes billetes desde Adelaide? -preguntó.
- No, pensaba ir en autobús, o en otro tren.
- Se me ocurre… si quieres… que podrías venir conmigo. Yo tengo que estar en Melbourne la próxima semana. Salgo de Adelaide el lunes. Compartiríamos gastos.
Extrajo un mapa de la mochila y procedió a enseñarme lo que sería un viaje de ensueño, recorriendo durante tres o cuatro días una de las carreteras más famosas del mundo: La Great Ocean Road, que conecta Adelaide con Melbourne en un recorrido de más de mil kilómetros por el sur de Australia, bordeando una accidentada costa de enormes acantilados colgados sobre el Pacífico. Ni que decir tiene que acepté al instante.

Lo que vi en la playa

Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
más también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.

Kostantinos Kavafis

El viaje en el Ghan no se hizo cansado. A medio camino se subió una familia numerosa de aborígenes que fueron arrinconados por el revisor, que con el tono que se emplea para hablar a los niños les dijo que los estaría vigilando. Decidí pagar diez dólares extra para disfrutar de café infinito y una butaca muy confortable en el lounge del tren. El desierto desfiló ante mi. Y los cielos se hicieron inmensos, excesivos, asombrosos. Tres días y dos noches de nada. De cielos, básicamente.
Tras la inmensidad interminable y llana, desemboqué en las playas. Australia es enorme y está deshabitada. Las playas son extensiones de pacífica arena blanca lamidas por un mar transparente e interminable. Aquí, el Pacífico hace honor a su nombre. Adelaide es una ciudad costera aséptica, rectilínea, perfecta en casi todos los sentidos. Los tranvías desembocan en un paseo marítimo inmaculado salpicado de terrazas donde un par de camellos vestidos con las mejores galas pasean a turistas rechonchas que ven las vacaciones a través del visor de la cámara de vídeo. Los camellos huelen a heno limpio, y su caca es recogida por unas bolsas de cuero repujado que penden bajo su ano. Un larguísimo embarcadero de madera se adentra en el mar. Una playa inmaculada y casi desierta. Pequeñas gaviotas de hombros encogidos se pasean con cara de pocos amigos y se abalanzan sobre los paseantes que llevan un cucurucho de patatas fritas o un bocadillo, y se lo arrebatan a la fuerza con gritos ensordecedores y aleteos osados.
Domina el malecón un enorme hotel de cinco estrellas. Lo miro con desidia: Yo una vez fui a un hotel de cinco estrellas a planear mi suicidio, pero luego me acobardé. No me llaman la atención sus porteros con librea ni su recibidor donde reina el oropel y los mármoles cegadores, aunque en una época de mi vida el que yo fui se sentía más que atraido por el lujo y la ostentación.

Adelaide

Adelaide

Veo a niños con gafas de sol, con gorra, con sandalias, con las caras blancas rebozadas de protector solar, vestidos de arriba a abajo bañándose en el mar aferrados a sus flotadores: sus padres los protegen así del sol y los elementos y los peligros. No puedo evitar compararlos con los niños que se bañaban desnudos en el Ganges contaminado con heces y cadáveres en descomposición flotando sobre las aguas pútridas. El contacto de estos niños australianos con la vida es a través de un condón de de cariño, una membrana sólida de exquisitos cuidados. Estoy seguro de que los colores y los olores, el tacto frío del agua y el rumor de la brisa se atenúan tras esa membrana y la realidad se convierte en un pálido reflejo de si misma. De tanta precaución, ¿nos estaremos volviendo más débiles?
Juegan los perros persiguiéndose a la orilla del mar. Los perros se ríen, lo sé. Estos tienen tanta autoridad en la playa como yo. Pienso amargado en los perros de Camboya, atados con correas de un metro de largo, cubiertos de pústulas, ladrando desquiciados a cualquier cosa en movimiento. Qué mundos hay en este. Sale del agua una mujer que intenta retrasar desesperada la inevitable vejez. Su piel está bronceada hasta la grima, tirante y áspera, sus labios rebosan colágeno. Es una caricatura de lo que fue. Su cintura es anormalmente estrecha, seguramente ahí falta alguna costilla. Se ajusta un bañador blanco que resalta su piel seca. El largo cabello rubio se le pega al cráneo mientras camina fuera del mar, parece una versión titubeante, añeja y perjudicada de Bo Derek. La gente se hace fotos con el móvil: la fotografía ha perdido el ritual que tenía antaño, esas fotos desaparecerán en pocos meses, estamos creando un mundo sin recuerdos visuales, un mundo de obsolescencia programada, en el que las cosas tienen un valor instantáneo que se volatiliza en cuestión de minutos y a nadie parece preocuparle. Incluso los edificios se fabrican para durar menos de una generación. ¿Qué pensarán de nosotros las generaciones futuras? seremos un eslabón perdido dentro de cien años, nunca habremos existido de verdad.
Crepúsculo. Bajo el embarcadero se dispone a pasar la noche un grupo de errantes. Han desplegado sacos de dormir, mantas, se tumban en la arena. La gente hace amplios rodeos para evitar su olor y su mirada hosca. Ríen a carcajadas en la orilla una bandada de jóvenes de cuerpos ingrávidos confundidos con la espuma del mar y no puedo evitar sentir punzadas de lujuria y deseo y recordar a Kavafis cuando preguntaba: ¿recuerdas, cuerpo, aquellos ojos que te miraron con deseo?. Para ellos yo ya soy invisible, y para mi son el centro del mundo ahora mismo. La caducidad del deseo causado por los cuerpos. Si pudiera convertirlos en una masa gelatinosa hecha de pura carne humana la follaría aquí mismo, bajo el cielo púrpura, escuchando el lento ritmo erótico de las olas. Sus sonrisas, sus pechos turgentes embutidos en bañadores mínimos, las nalgas que se adivinan bajo el spandex azul, las tablas de surf cubiertas de arena, las pulseritas de semillas, los músculos tensos bajo la piel como cuerdas de violín, la curva sinuosa de la entrepierna, las gotitas de agua pegadas a la piel inflamada por el sol, las pecas recien estrenadas, los dientes blancos y perfectos, el bronceado leve de los primeros días de vacaciones, los pezones erizados al contacto con el agua, la juventud sin mácula, los empujones y las carcajadas, los cabellos rubios como espigas de trigo alborotados como las nubes. Hay tanto erotismo en ese pequeño grupúsculo humano de ociosos adolescentes como en mil Moulins Rouges de París o mil Pat Pongs de Bangkok. Es un erotismo despreocupado, inocente, sin estridencias y por lo tanto mil veces más valioso y sugerente. Unos metros más allá, un hombre de unos sesenta años me mira a mi con lujuria. La cabeza rapada, el brazo tatuado, y el cuerpo torneado a base de esteroides que no consiguen evitar que la carne se descuelgue poco a poco como un edificio que se desmorona. También él mirará a su cuerpo y le preguntará… ¿recuerdas aquellos ojos que te miraron con deseo?. La cadena trófica de la lujuria.
Camina por el malecón una figura casi espectral: tiene veinticinco años, tan consumida que no creo que llegue a pesar más de treinta y cinco kilos. Avanza con paso débil. Un tubo de oxígeno entra en una de sus fosas nasales. Una bandana cubre su cabeza. Ojos hundidos. Piel grisácea. Camina muy despacio, sintiendo el mar, la brisa, respirando ociosamente el atardecer. Despidiéndose. Quizá yo también vendría a morir aquí.

La carretera del Sur y Melbourne

Al borde de la Great Ocean Road

Al borde de la Great Ocean Road

Con puntualidad germánica, mi compañero de viaje llegó al punto elegido a las diez de la mañana del lunes. El alemán me había dicho su nombre, pero -fiel a mi memoria de pez amnésico- yo lo había olvidado, y me daba corte preguntárselo de nuevo. Nos subimos a su furgoneta, y pusimos rumbo al este. Adelaide desapareció sin esfuerzo alguno -de hecho, no he visto un solo atasco en toda Australia- y dio paso a una sucesión de campos ondulados y muy extensos, rebosantes de vida. El hombre era un entusiasta de Australia, y en cada recodo, pueblo, arcén o cambio de rasante encontraba algo que lo dejaba extasiado y lo hacía resoplar de admiración. No tardamos en enfrascarnos en acaloradas discusiones sobre nuestros viajes, el uso y posesión de drogas, la eutanasia, la necesidad de control del gobierno sobre la vida privada, la idiosincrasia de los pueblos, la importancia de la educación, o el holocausto nazi. La carretera se convirtió en la Great Ocean Road, una sucesión desértica de curvas deliciosas, muy amplias, bordeando el océano y sus acantilados. Aquí y allá, pequeños pueblos de grandes calles con jardines cuidados primorosamente y casas de madera amplias y ventiladas. El viaje duró dos jornadas, y debo reconocer que no podía haber imaginado un compañero más dúctil, sencillo y agradable. Aparte de una irritante manía de mear cada veinte minutos, el hombre era admirablemente amable, voluntarioso y cordial. Las primeras paradas, yo estaba convencido de que se subiría corriendo al coche y se marcharía con todo mi equipaje dejándome en mitad de Australia. Al fin y al cabo, yo no sabía nada del tipo, y ni siquiera me había tomado la molestia de apuntar su matrícula. Podía sacar un machete en cualquier momento y hacerme picadillo entre las dunas con la excusa de enseñarme un escorpión, pero no fue así. Apaciblemente, devoramos kilómetros de camaradería hasta que, apenas sin darnos cuenta, apareció Melbourne ante nosotros. Aunque había planificado cuatro días, el viaje se resolvió en dos.
Conseguí alojamiento en un hotel relativamente barato -para los estándares australianos- y me dispuse a hacer de Melbourne mi lanzadera a Sydney, enfrascado en la compleja organización de mis siguientes días: conseguir un vuelo a Sydney, otro de Sydney a Buenos Aires y, lo que de repente se mostró imposible, alojamiento en Sydney. Todo parecía estar completamente ocupado en aquella ciudad. Finalmente conseguí un hotel a un precio insultante para los dos primeros días de estancia y me tranquilicé, pensando que algo encontraría en la ciudad una vez allí.

Un alemán-suizo y un español surcando Australia en una furgoneta-caravana

Un alemán-suizo y un español surcando Australia en una furgoneta-caravana

Melbourne es una metrópolis apacible, de grandes avenidas y cielos limpios, pequeños rascacielos y un puerto mágico. Los tranvías -tanto modernos como tradicionales- recorren sus silenciosas calles trepando las delicadas lomas a paso de tortuga. Un autobús gratuito transporta a los turistas de un lugar a otro con eficiencia y conecta los barrios más importantes: el Chinatown algo más bullicioso, el italiano salpicado de terrazas donde tomarse una pizza o un espresso. El puerto está presidido por la enorme mole de un estadio de cricket -hay dos muy grandes en la ciudad- y es en si un enorme monumento al acero y al cristal. Desde las inmaculadas dársenas, si te giras hacia la ciudad, te topas con un espectacular perfil dentado del horizonte. No es muy grande, pero sí extensa, sólida, bien planificada. Deambulé por sus calles día y medio, a la espera de mi siguiente destino: Sydney, la ciudad perfecta.

Sydney, la ciudad perfecta y el triste adiós a este lado del mundo

El aeropuerto de Sydney es engañosamente pequeño, tanto que hace sonreir con cierta ternura al viajero que en él desemboca. Un eficiente servicio de shuttles me deja a las puertas de mi hotel, un enorme complejo de apartamentos con vistas a Hyde Park, un pequeño parquecito enclavado en el pleno centro de la ciudad. Sydney me sedujo de forma instantánea, fue un flechazo. Sus avenidas son estrechas y rectas como saetas y sus edificios altos, pero el esmero con el que cada esquina está resuelta resulta encantador. Además, al igual que ocurre en las ciudades barrocas, al llegar a los puertos la perspectiva se abre abruptamente, dando paso de forma muy dramática a un espacio enorme de gran elegancia. Hay varias bahías en Sydney, y a todas ellas se puede llegar a pie en un paseo delicioso en el que siempre hay algo que ver. La más conocida es la que alberga el Palacio de la Opera, desde la que zarpan infinidad de ferries que apestan a alquitrán. Presidida por un enorme puente de metal bajo el que pasan trasatlánticos sin inmutarse, es un lugar mágico, en el que despuntan sobre un saliente los famosos edificios con forma de trilobite del Opera House dominando la bahía, arropados bajo un jardín enorme, centenario y casi vacío. Al este se encuentra la inmaculada Bahía Elizabeth, salpicada de barcos de recreo como una acuarela, arropada por un barrio rojo vocinglero y varias líneas de casitas y apartamentos que, plantados como pequeñas trufas, despuntan respingonas entre jardines de azúcar. Bajando George Street a la derecha se encuentra el Darling Harbour. Creo que no he visto un lugar más hermoso en el mundo. Es una enorme balsa de agua rodeada de edificios portentosos, y atravesada por un puente peatonal y un coqueto monorail de juguete que confiere a la escena un onírico tinte futurista cuando pasa traqueteando lentamente sobre el mar. Museos gigantes como dinosaurios tumbados en un costado, salas de proyecciones desafiando la gravedad, restaurantes elitistas de balaustradas refulgentes como joyas y un paseo apacible y elegante abrazan el agua de plata sobre la que flotan, impertérritos, enormes yates de recreo resplandeciendo al sol como insectos blancos y perezosos de largas antenas puntiagudas.

Enorme panorámica del Darling Harbour

Enorme panorámica del Darling Harbour

Caminé mucho por Sydney, empapándome de su perfección y sus calles estimulantes, sus mercaditos artificiales pero deliciosos, sus jardines atiborrados de altivos ibis de nariz larga y ganchuda y de murciélagos que, al atardecer, cubrían los cielos con sombrías formas inmensas recortadas tetricamente sobre el crepúsculo.
Me prometí ir a ver el Palacio de la Opera al anochecer. Mientras una zozobra desconocida iba depositándose en mi alma, caminé lentamente George Street. Pasé bajo el enorme puente del tren de cercanías que bordea la bahía, y atravesé un césped inmaculado que lleva a las dársenas. Una deliciosa música de orquesta se deslizaba desde un gigantesco trasatlántico que dominaba el puerto. Un par de aborígenes vestidos con taparrabos se dejaban hacer fotos acompañados de turistas rechonchas para las que aquello era una aventura sin precedentes. Decenas de parejas cogidas de la mano se paseaban en silencio disfrutando del aire fragante, fresco y casi lujurioso de la noche. El llanto débil de alguna niña a la que se le había escapado su globo de helio. El murmullo incesante de los grupos de jóvenes apoyados en la barandilla del puerto. Seguí caminando hasta que tuve ante mi el enorme puente de hierro con forma de media luna que domina la bahía, salpicado de puntitos de luz que se multiplicaban en el agua oscura y tranquila. A mi derecha, las formas pálidas del Opera House, tenuemente iluminadas, se recortaban sobre el cielo nublado tras el que, a duras penas, se abría paso la luna creciente. Pasó un ferry apresurado fracturando el espejo de petróleo del agua oscura. Me giré: a mis espaldas, el espectáculo pirotécnico de Sydney encendiendo todas sus luces, esponjada, altiva, perfecta, un remolino de luces arrastrando millares de grandes dramas, pequeñas alegrías, penurias, lujurias, sinsentidos, genialidades, desgracias, triunfos, fracasos, veleidades y vanidades, empeños fieros y rendiciones amargas. En aquel momento, rodeado de una ciudad que respiraba como un animal poderoso y durmiente, atenazó mi alma una pavorosa sensación que no recordaba haber vivido jamás. Me retorcí en ella, disfrutándola mientras me hacía daño por dentro. Tardé unos minutos en descrubrir qué era: Por primera vez en toda mi vida me sentía profunda, desgarradora, dolorosa y angustiosamente solo.

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