close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Imaginemos ahora a una mujer sola, cuidando de dos niños que apenas levantan un palmo del suelo. Estamos en el 1929. Galicia. Los eucaliptos todavía no han inundado con sus rectilíneas y malignas formas las lomas suaves de esta tierra humilde y castigada: en cambio, enormes bosques de robles cubren suavemente el manto verde de la tierra húmeda. Un manto de miseria se cernía sobre la negra sombra de los campos. La mujer es una viuda de un vivo: su marido emigró hace ya un par de años a Argentina, y ella subsiste de lo que consigue arañar a la tierra: unas patatas anémicas, unas acelgas, el huevo raquítico de una gallina. El hueso de una pata de cerdo, usado ya decenas de veces, pende del hogar de granito: con él se da gusto al caldo de patatas y castañas. Llueve eternamente y los jirones de bruma se enredan en las zarzas y las retamas. La gente cuchichea sobre meigas y bichas con cuerpo de buey y cara de difunto que se descuelgan por el hueco de la chimenea. En los senderos tenebrosos de piedras gastadas camina por las noches la Santa Compaña entre la niebla: las ánimas de los difuntos errando de noche sin hallar paz del camposanto a la plaza del pueblo. Los días se suceden plúmbeos, gélidos, opacos, grises, idénticos, míseros. Esta mujer lucha a solas con la vida y con los elementos. Ara con sus propias manos los campos helados, recoge de los caminos enormes plastas humeantes de vaca que emplea para sellar el horno del pan. Se suceden las estaciones inmisericordes: hay que podar las viñas, desgranar el maíz, remover la tierra negra bajo el enorme cielo encapotado para recolectar las patatas, zarandear los perales para que caigan las frutas maduras antes de que se las coman los pájaros. Es el tiempo inmisericorde el que decide la vida de esa mujer. Humilde, sepultada en vida en una pequeña casa de piedra, escuchando todas las noches el ulular del viento en las copas de los castaños y el bramar de la lluvia sobre la teja roja del tejado. Esa mujer era mi bisabuela.

Esta noche, el viento furioso castiga con fuerza los muros de piedra de la casa. En el piso de abajo rumian las vacas, cuyo calor sube lentamente por los listones de madera del suelo hasta la única pieza en la que esta mujer duerme con sus niños pequeños, con la única compañía, defensa y consuelo de un crucifijo de madera colgado de la pared. Sombras amenazadoras y danzarinas se deslizan por las ventanas cerradas, el aire gélido se cuela borboteando por los resquicios de las puertas, gimen y crujen como huesos de cadáveres los peldaños de la escalera, los ratones se deslizan con un repiqueteo sordo por los listones del techo. Y, de repente, un golpe seco y amenazador en la puerta. La mujer se sobresalta, los niños lloran, ella intenta acallarlos, otro gran golpe retumba en la pequeña casa de piedra. Las vacas se revuelven incómodas, un gato huye bufando y se esconde bajo la mesa de la cocina. La mujer se echa una manta de lana vieja y raída sobre los hombros, enciende una vela, camina descalza y aterida por el suelo de madera, baja las escaleras y se queda quieta ante la puerta, sobre el suelo helado de tierra pisada. Retumban de nuevo los golpes en la puerta de doble hoja.
- ¿Quén é?- pregunta la mujer aterida. La lluvia cae con fuerza fuera.
- ¿Consuelo?- responde una voz desconocida.
- Si, son eu. ¿Quén chama?
- Déjeme pasar, por el amor de Dios. Soy una mujer sola.
Consuelo, armada con una vara con la que dirige a las vacas a su pasto, se pone unos zuecos de madera y abre con cautela la hoja superior de la puerta. Los niños se arremolinan en los peldaños de la escalera, cuatro ojos enormes y aterrados, dos caritas sucias y famélicas que de pálidas que son reflejan como óvalos de lienzo la luz mortecina y trémula de la vela. La ventisca se cuela en tromba en el interior de la casa y asusta a los ratones, que huyen a sus guaridas acobardados. Una mujer sola, enjuta, enlutada, de aspecto miserable e inofensivo, está parada en el umbral. Su mirada es limpia y valiente. A su alrededor sopla al viento gélido, chisporrotea furiosa la lluvia helada. La única vela que ilumina a mi bisabuela y a esa mujer tiembla y amenaza con extinguirse. Es una noche sin Luna.
- Déjeme pasar, Consuelo. Traigo noticias de la Argentina.
Consuelo entonces descorre el cerrojo, abre la puerta. La mujer penetra en el pequeña casa, se despoja el manto oscuro que está completamente empapado.
- Ide pá cama- dice Consuelo a sus hijos, que desobedecen y se quedan escuchando en la escalera, ateridos de frío, temblando como dos ramitas.
Consuelo azuza los restos del fuego de la cocina. Los alimenta con un par de piñas, se arrodilla ante ellos y los sopla suavemente hasta que una leve llama comienza a chisporrotear y a alumbrar la estancia. Las paredes son de piedra desnuda, el suelo de tierra. Cuelgan algunas ramas de tomillo y unas ristras de cebolla de un rincón. A un lado, un enorme fregadero de piedra ante la ventana. Unos cuantos taburetes de madera alrededor del hogar. Loza descascarillada apilada en un estante. La mujer se sienta. Mira a mi bisabuela gravemente.
- Júreme por Dios que no va a decir nada.
- Claro que xuro.
- Por Dios, Consuelo, nadie puede saber de esto.
- Xuro, señora.
La mujer entonces revuelve bajo su fada y saca un pequeño paquete. Dentro, cuatro o cinco paquetitos más de tela. Elige cuidadosamente uno de ellos y se lo extiende a mi bisabuela. Dentro, una carta y un fajo de billetes de tierra extraña. La mujer era el correo de los emigrantes. Ella traía el dinero de ultramar a las aldeas perdidas por esos mundos de Dios.

Ercilia de Anchorena Cabral Hunter (1910 - 1937)

Ercilia de Anchorena Cabral Hunter (1910 - 1937)

Al otro lado del océano, a escasos veinte kilómetros de Mar del Plata, el sol radiante iluminaba las paredes blancas de El Boquerón, la impresionante hacienda de la familia Anchorena. Un inmaculado cielo azul estallaba como un rayo cegador sobre el mar opalíneo. Corredores de mecedoras, amplias terrazas iluminadas por un sol rabioso y radiante, árboles centenarios decorando con sombras espesas el césped inmaculado, perros lanudos de exótico perfil jadeando bajo los palos rossos, arcadas infinitas, techos repujados, y un Rolls Royce encerado reposando en la cochera. Ercilia Cabral Hunter, conocida como Ercilia de Anchorena, la mujer de la casa, gobernaba junto a su marido Enrique los centenares de ubérrimas hectáreas que rodeaban el imponente caserón. El Boquerón, fundado sobre los cimientos de la estancia Ituzaingó, una casaza construida a mediados del siglo XIX por Eusebio Zubiaurre, era un hervidero de actividad: piscina y solarium, cancha de golf con nueve hoyos, casita de té, y enormes miradores que, si bien no dejaban ver el mar, permitían adivinar su reverbero en el horizonte del lado este. La casa requería personal constantemente, la mano de obra fresca llegaba todos los meses al puerto de Mar del Plata y era contrarada allí mismo.

De: mamaercilia@hotmail.com
Para: yo@saliadarunavuelta.com
Asunto: Alma de niña

Argentina vino colgadita en el traje de pana color tabaco que sobrevivió cién inviernos en aquel Callobre terrible de postguerra.
Tu madre impregnó su alma de niña de los pocos estímulos que le eran dados pero sin duda Argentina y el Rancho Anchorena dejaron su huella en en ella.
Era unha neniña da aldea ‘casi un ninguén’ pero tuvo la suerte de escuchar el acordeón, la habaneras , la cucaracha, de hurgar en el gran baúl de los misterios que olía a mar y a lugares lejanos, de aprender a leer, con la ayuda amorosa del abuelo Manuel, en el libro de pastas de cartón las fábulas de Iriarte y Samaniego editadas en aquel país en el que había un rancho y en el que él había dejado su alma.

Ahí llegaron dos hombres rudos, curtidos en el trabajo del campo y el clima gélido de una Galicia paupérrima y casi medieval y de ahí volvieron convertidos en señoritos. Mis bisabuelos. Allí medraron, admirando a Ercilia de Anchorena y su mano de hierro con guante de terciopelo. Allí sirvieron durante muchos años, el uno de mayordomo, el otro de chófer. Se convirtieron en personas distintas, hasta tal punto que vivieron como un destierro en vida el retorno a la Galicia brumosa y gélida, algunos años después, cuando la crisis de los años treinta opacó la opulencia de la hacienda de los Anchorena. Allí, mi bisabuelo Manuel aprendió a tocar el acordeón, que viajó con él de vuelta a Galicia muchos años después, y con el que amenizó sus fiestas tristes hasta el final de sus días. Mi bisabuelo tomaba a su nieta Ercilia Luisa -mi madre, cuyo primer nombre heredó de la señora de la casa Anchorena- en su regazo y le canturreaba tangos bajo el emparrado del patio viejo. Sacaba del bolsillo de su chaleco un cortaplumas argentino y le pelaba los primeros melocotones de la temporada. Daba cuerda parsimoniosamente a su reloj de oro en las tardes lluviosas, recordando los cielos impolutos de Mar del Plata con añoranza. Se hacía la manicura en el porche, al lado del pozo, como había aprendido de don Enrique Anchorena. Tendía al sol su traje de pana, que con los años y la polilla perdió lustre y distinción, pero que había sido su compra más preciada en las calles de Buenos Aires. Manuel se había convertido en un desconocido, un hombre desubicado, una isla de refinamiento urbano y cosmopolita en una Galicia ruda y agreste. Mi familia creció gracias a la hacienda de los Anchorena. A ella debo en parte lo que hoy soy, un errante que no cree en las fronteras. Y no creo en ellas porque provengo de una estirpe de emigrantes, que partieron un buen día siendo rocas y volvieron siendo seda, buscando y encontrando la prosperidad al otro lado del mundo. Creo en el derecho a prosperar al otro lado del mundo, porque mi linaje es el de los emigrantes, los mismos hombres que hoy cruzan el mar en pateras son mis hermanos. El planeta me pertenece tanto como a ti, como a un revolucionario kyrgyz, como a un anciano de una favela o a un niño esclavo de un circo indio. Nacer negro, indio, amarillo, nacer en un ático en Manhattan o una cloaca de Bombay es un mero accidente geográfico. Cruel y caprichoso. No lo olvides jamás. Yo prometo no hacerlo.

Ante la entrada al Boquerón

Ante la entrada al Boquerón

Con Fefa, ante la hacienda

Con Fefa, ante la hacienda

Anteayer, preguntando a los más viejos del lugar, llegué al rancho de los Anchorena. Mientras recorría el sendero de ripio que me llevaba al sobrio portalón, me repetía emocionado que mi bisabuelo había recorrido esas mismas carreteras conduciendo a Don Enrique en su Rolls, cien años atrás. Finalmente, escondido entre unas matas, divisé el diminuto cartel: El Boquerón. No había vestigio alguno de timbre. Se divisaba el caserón entre los árboles frondosos, muy lejos, más allá de un camino sinuoso que trepaba por la colina. Me estaba mentalizando que no llegaría a ver la casa, cuando apareció un cochecito. Se bajó de él una mujer escuálida, a la que atropelladamente expliqué mi historia. La escuchó con nulo interés.
- Ah, pero sho no vivo acá, sho soy médica, vine a atender a un pasiente.
Me abrió el portalón tecleando un código y me dejó pasar, ignorando el momento místico que se estaba produciendo ante sus ojos. Conduje lentamente la moto, saboreando ese momento íntimo en silencio catedralicio. El sendero discurría serpenteando entre árboles retorcidos y frondosos. Una pradera lozana, cuidada con gran esmero, se extendía un par de cientos de metros a ambos lados del senderito. Finalmente, se abrió un claro. En lo alto de la colina apareció la enorme casa, dominando la hacienda, con sus arcadas de cuento de hadas y sus tejados negros de madera noble. Ante ella, una hondonada suave descendía hacia un bosque de pino bajo. Conduje despacio hasta mitad de la pradera. Descendí de la moto, hice un par de fotos furtivas para mis abuelos intentando molestar lo menos posible a los actuales propietarios, sintiéndome un poco ladrón. Intenté ver en los balcones al espíritu níveo de Ercilia de Anchorena mirando las lomas suaves y el perfil rectilíneo de Mar del Plata en el horizonte. Imaginé el fantasma de mis bisabuelos a la sombra de los pinos, encerando el Rolls, una tarde cualquiera de otoño. Y a continuación me fui casi de puntillas, a seguir mi viaje por el mundo.

Panorama de Fefa ante El Boquerón

Panorama de Fefa ante El Boquerón. Click para ampliar

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