close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hace muchos, muchos años, en una bella y frondosa región a los pies de la cordillera del Himalaya, nació un príncipe en un delicado palacio de retorcidas estatuas, largos pasillos, etéreas cortinas de gasa eternamente oreadas por el viento. Rodeada por silenciosas comadronas de manos leñosas y ojos de agua, la princesa Māyā Devi, tras dar a luz a su hijo entre enormes dolores, asió con fuerza la mano de su hermana Payapati, jadeando, consumida.
- Payapati…
- No hagas esfuerzos ahora. Shhh…
- Siento que me voy, Payapati.
- No digas eso. Sólo estás cansada -contestó Payapati acariciándole la frente sudorosa.
- Déjame ver a mi niño.
Payapati asió la temblorosa figura envuelta en gasas y se la mostró a Māyā Devi, que con un leve destello de orgullo en los ojos levantó lentamente la mano y acarició su mejilla de seda con un dedo en un gesto trémulo y débil. El bebé príncipe se estremeció levemente y emitió un gemido quedo.
- Es un niño precioso- dijo Payapati sonriendo.
- Payapati, prométeme que cuidarás del niño cuando me vaya.
- Eres una princesa estúpida y obstinada.
- Prométemelo.
- Claro que te lo prometo, pero no te preocupes, en menos de diez días estarás acunando al joven príncipe y no te acordarás ya de los dolores del parto.
Māyā Devi cerró los ojos y resopló levemente, intentando acomodarse en el enorme y mullido colchón sobre el que acababa de parir. Aquella misma noche, Māyā Devi fallecía en mitad de un sueño dulce. La encontraron a la mañana siguiente anegada en sangre, con los ojos cerrados y una pacífica sonrisa en el rostro cansado. Cuenta la leyenda que aquella noche los ciegos habían recuperado la vista y los sordomudos el habla, y que una hermosa música había inundado el mundo que dormía bajo las estrellas.

Templete erigido en Lumbini, el lugar exacto de nacimiento del Príncipe

Templete erigido en Lumbini, el lugar exacto de nacimiento del Príncipe

La leyenda cuenta también que a los pocos días del nacimiento del príncipe, se presentó en palacio un viejo brahman, cuya sabiduría era famosa en toda la región. El hombre era un venerable anciano calvo, desdentado, de piel curtida color chocolate y mirada inteligente de águila, largos cabellos grises, barba entrecana que le llegaba al ombligo. Tan solo vestía un taparrabos de indefinible color ocre y unos collares de bolitas de colores que le permitían llevar la cuenta de sus rezos. Caminaba torcido como una vid escorada y cubierta de nudos, ayudándose de un viejo cayado largo de superficie gastada por el uso. El anciano brahman erraba por las provincias del sur de los Himalayas alternando largos períodos de soledad en las montañas con apariciones breves en aldeas y palacios, en los que deslubraba con sus predicciones siempre acertadas.
- Mmmmmhmh, si, si…- dijo el viejo brahman contemplando al bebé prìncipe largamente-. Siddhārtha… ‘la meta perfecta’
- ¿Así hemos de llamarlo? – preguntó su padre, el rey Śuddhodana. Era un hombre práctico e inteligente, de carácter adusto e irritable que ocultaba un enorme corazón. Manejaba su reino con mano de hierro y guante de terciopelo.
- Siddhārtha…- respondió susurrando el viejo brahman fijando su mirada en el infinito.
- ¿Será un buen rey? -preguntó el padre de Siddhārtha con impaciencia. El viejo se tomó su tiempo, entrecerrando los ojos y respirando lentamente. Finalmente, se giró hacia Śuddhodana y fijó en él sus ojos profundos.
- No. No será rey.
- ¿Cómo?- preguntó su padre con horror.
- Está llamado a metas más elevadas.
- ¿Qué puede haber de más elevado?- preguntó el padre, entre irritado y desconcertado.
- El pequeño príncipe está llamado a ser un gran maestro, será el brahman de todos los brahmanes.
El rey se entristeció. Tenía para Siddhārtha grandes planes. Quería educarlo para que fuera el mejor rey que jamás hubiera existido y no para ser un adivino. Había fantaseado noches enteras a lo largo de los nueve meses de embarazo de su hijo sobre cómo le enseñaría las artes de la guerra, cómo sería educado en la rectitud y la justicia, cómo aprendería música, leyes y poesía para conjugar el arte con la sabiduría… y todo aquello se estaba esfumando ante sus ojos. El rey tomó entonces una decisión firme: expulsaría de palacio todo indicio de espiritualidad, alejando por completo al pequeño príncipe del mundo místico, y proporcionándole la vida más confortable y bella que se pudiera imaginar. Convirtió el palacio en una campana dorada en la que sólo entraban cosas hermosas: música dulcísima sonaba a todas horas en cualquier esquina, los mejores acróbatas desfilaban sin cesar por los jardines, pájaros multicolores cantaban desde jaulas de oro, inmaculados elefantes cubiertos de pedrería barritaban desde el fondo del patio sur. A todas horas, de las febriles cocinas de palacio surgían los más suculentos platos, y sólo las más hemosas mujeres arropadas en saris de muselina y seda perfumados de sándalo y los más musculosos eunucos de perfectos cuerpos aceitados e impecables tocados de plumas podían entrar en el recinto del príncipe. Los días de lluvia, un enorme toldo azul mantenía a raya el chaparrón simulando el cielo de verano. Cuando hacía calor, se hacía circular la brisa por complicadas rejas de mármol mojadas con agua fresca. Los días de frío, se quemaban enormes cantidades de leña bajo los suelos de palacio para que la temperatura fuera siempre perfecta. Rodeaban al joven Siddhārtha esculturas bellísimas y joyas suntuosas abarrotaban los cajones de sus cómodas de palisandro. Elaborados ropajes de sedas finas y multicolores reposaban en los vestidores infinitos. Las paredes de sus enormes estancias reales estaban decoradas con audaces trampantojos y elaborados frescos que se cambiaban cada mes: estampas ecuestres, ensoñaciones de selvas y montañas lejanas, manadas de tigres abrevando al atardecer en un lago manso como un espejo, bandadas de loros polícromos surcando un cielo ideal de jugosas nubes simétricas. Visitar al príncipe en su jaula de oro suponía horas de preparación: sólo accedían a palacio quienes vistieran los ropajes más impecables, quienes peinaran sus cabellos con esmero y perfumaran su cuerpo hasta eliminar por completo todo vestigio olor corporal, sólo quienes se maquillaran cuidadosamente y recibieran el visto bueno del mayordomo real, un adusto eunuco de dos metros de altura y voz de niña, podían tener acceso a las cámaras del príncipe, que no era más que un niño desconcertado, de grandes ojos oscuros perpetuamente curiosos, repantigado en enormes almohadones de plumón y seda.

El presente relato es una ensoñación literaria de la leyenda del Príncipe Siddhārtha pensada para resultar entretenida. No pretende ser, en modo alguno, una aproximación histórica, rigurosa, o medianamente seria a su figura. Para obtener una versión documentada, se invita al lector a buscar sus propias fuentes de investigación.

Durante veintinueve años, el príncipe Siddhārtha creció y vivió en la engañosa certeza de que el mundo era como se le había presentado desde siempre: sin fallos, sin imperfecciones, sin defectos, sin achaques ni afecciones. A sus ojos se ocultaba el tránsito de las estaciones, todo aquel que enfermaba o envejecía era apartado de su vista, todo aquel en su presencia era obligado a obedecer ciegamente y a convertir sus deseos en realidad. No obstante, podía vérsele cerca de los muros floridos de palacio con frecuencia, mirando horas enteras al final de las altas paredes. Lo maravillaba y desconcertaba especialmente asistir al espectáculo de enormes bandadas de pájaros que surcaban los cielos en todas direcciones: eran la prueba evidente de que había un mundo más allá de las tapias encaladas.
- ¿Qué hay detrás de esos muros, Payapati?- preguntaba a su tía con frecuencia.
- Mucha gente muy feliz. Es todo tan bello como en palacio.
- Entonces, ¿por qué no puedo salir?
- Porque tu vida es aquí.
- ¿Por qué?
- No hagas tantas preguntas.
Una mañana, movido por una curiosidad imposible de contener y ante el estupor de todos los asistentes de un concierto de sitar que se había organizado en un rincón del jardín este, Siddhārtha se levantó en silencio y decidió caminar a través de una sucesión de pasillos, jardines y patios, hacia las enormes puertas de su cárcel. Se plantó ante ellas: eran dos enormes láminas de teca talladas y recubiertas de bajorrelieves de bronce. Las golpeó con violencia, ante el pavor de dos eunucos que hacían guardia.
- ¡Abrid la puerta!- gritó con autoridad el príncipe. Los eunucos no supieron cómo reaccionar, pero habían sido adiestrados en la obediencia ciega, por lo que descorrieron el enorme cerrojo, y las puertas se abrieron silenciosamente ante el príncipe. Con pasos titubeantes, Siddhārtha recorrió en la penumbra un largo corredor adoquinado. Al otro lado, unos cuantos esclavos que estaban barriendo el patio levantaron la cabeza. Siddhārtha se quedó observándolos con curiosidad. Cuando supieron reaccionar, los esclavos dejaron lo que estaban haciendo y salieron en estampida, ocultándose como animalillos temblorosos detrás de unas columnas que sujetaban una marquesina al fondo del patio.
Payapati, la tía de Siddhārtha, acompañada del jefe de los eunucos, llegó jadeando al lado del príncipe.
- ¿Qué estás haciendo?- preguntó inquieta.
- Quería ver qué hay detrás de las tapias del palacio.
- Vuelve adentro.
- Vuelva a palacio, majestad -indicó el mayordomo real, con su voz atiplada.
- ¿Qué son?- preguntó Siddhārtha acercándose lentamente al pequeño grupo de esclavos. Al hallarse casi desnudos, al ser sus cuerpos esqueléticos y sus rostros rudos y sin maquillar, al estar sus cabellos atados en moños descuidados y sucios, Siddhārtha no los reconocía como humanos.
- Vuelve adentro- siseó Payapati asiendo a Siddhārtha de un brazo y tirando de él con suavidad. Siddhārtha, apenas sin voluntad, flaqueó y regresó al interior del palacio, como un canario que, deslubrado por la sensación de libertad, decide volver a su jaula aterrado. Las puertas se cerraron como una lápìda a sus espaldas.

Estatua del Principe en una calle de Kathmandu, Nepal

Estatua del Principe en una calle de Kathmandu, Nepal

Pasaron los días, y Siddhārtha insistía en que quería volver a conocer el mundo exterior. Empecinado, había dejado de comer y ningun espectáculo de acrobacias, ninguna danza o concierto de sitar conseguía distraerlo. Así, Payapati y el rey Śuddhodana urdieron un plan.
- Cuando la luna esté llena, saldrás a ver lo que hay detrás de las tapias del jardín- anunció una mañana Śuddhodana. Siddhārtha contó las noches inquieto, incapaz de dormir en su mullida y fragante cama de madera de sándalo. Hasta que por fin llegó el día. Al atardecer, las enormes puertas de teca se abrieron con gran pompa. Diez hileras de velas iluminaban el largo pasillo adoquinado que llevaba al patio exterior, que lucía bellísimo salpicado de racimos de flores, tapices coloridos, antorchas crepitantes. Un denso aroma de incienso flotaba en el aire de la tarde. En el centro del patio reposaba un palanquín dorado al que se subió Siddhārtha acompañado de su tía. Se acomodaron sobre los almohadones de seda, y seis eunucos de poderosos brazos los alzaron sobre sus hombros de acero al ritmo de poderosos tambores. Se abrieron a su paso portalones y más portalones, recorrieron patios y más patios iluminados con trémulos candiles, decorados con flores recién cortadas y perfumados con aromas de sándalo y lavanda disueltos en el viento fresco de la tarde. Finalmente, el palanquín llegó a las enormes puertas del último muro de palacio. Una treintena de eunucos formaban dos hileras de bronceados cuerpos a ambos lados de los minaretes que soportaban el labrado marco del gigante portalón. De los minaretes colgaban sedas granates que se movían con pereza, devolviendo caprichosamente los últimos destellos del sol del crepúsculo.
Las puertas se abrieron.
Siddhārtha vislumbró entonces una larga calle de pequeñas casas recién pintadas y decoradas con ramilletes de flores y candelabros atiborrados de velas. A pie de calle, una muchedumbre con hermosos ropajes de colores porrumpió en vítores enardecidos. Siddhārtha, con lágrimas en los ojos, se vio arrastrado sobre el palanquín entre la muchedumbre que le arrojaba pétalos de flores y gritaba su nombre con alboroto y desbordada felicidad: miles de manos enfundadas en joyas se afanaban por tocarlo, miles de gargantas reían y chillaban en éxtasis, miles de ojos lo observaban con veneración. Un coro de voces celestiales entonó una canción hipnótica al ritmo de grandes y vibrantes tambores. Sobre las cabezas de la muchedumbre, enormes toldos de gasa flotaban suavemente hinchados por la brisa. Grandes piras de sándalo en llamas inundaban las calles con su denso perfume. Banderillas de colores engalanaban los balcones y las ramas de los árboles.

Caléndulas en honor al Príncipe en una calle de Pokhara

Caléndulas en honor al Príncipe en una calle de Pokhara

- ¡El mundo es tan bello!- dijo a su tía tomándola de la mano.
La turba seguía arrojando pétalos de caléndulas al paso del palanquín y aullando de felicidad desbordada. Grupos de danzarines se desvivían al paso del príncipe y hermosas mujeres se inclinaban con respeto depositando en el suelo cestas de fruta recién cortada. Y entonces, Siddhārtha observó más allá de las hileras de personas que ocupaban la calle principal. En un callejón apartado, ocultos en la penumbra tras unos biombos de bambú decorados con pequeñas flores blancas, bailaban torpemente unos pobres seres deformes y retorcidos.
- ¡Parad!- gritó Siddhārtha a los eunucos que portaban el palanquín. Los eunucos obedecieron en el acto. No así la muchedumbre, que seguía cantando y bailando y arrojando flores a su alrededor, como habían sido instruidos días atrás, bajo amenaza de muerte.
- ¿Qué ocurre, Siddhārtha?- preguntó la tía.
- ¿Qué son aquellos? ¿qué tipo de animales son?- señaló el príncipe.
Eran bichos de miembros escuálidos como palillos, pieles arrugadas y ásperas, cráneos pelados, torsos consumidos, bocas sin dientes, ojos hundidos, mejillas macilentas. La carne parecía haberse descolgado de sus huesos y se desparramaba como gotas de cera de una vela. Intentaban bailar tras los biombos, pero sus movimientos eran torpes. Se ayudaban de palos largos para mantenerse en pie. Payapati sintió entonces que su mundo se venía abajo y no pudo seguir ocultando más la verdad a su sobrino. Mirándolo a los ojos, finalmente, le desveló la verdad.
- Son… viejos.
- ¿Qué son los viejos?- preguntó el príncipe desconcertado.

Siddhārtha entonces conoció al fin la realidad. Supo de la muerte, que lo horrorizó en grado extremo. Conoció la enfermedad, que lo dejó boquiabierto. Se enteró de la pobreza, que lo indignó. Y empezó a entender la vejez, que le provocó una tristeza infinita. Muerte, enfermedad, pobreza, vejez. Su cerebro se colapsó con conceptos tan arbitrarios e injustos. Pasó meses ignorando la belleza que lo rodeaba, abandonado por las esquinas de su palacio de oro. Y, finalmente, una mañana, con la cabeza rapada y ataviado sólo con una tela amarilla de errante, el príncipe Siddhārtha abrió por última vez las enormes puertas de su palacio y empezó a caminar.

Años después, sería conocido por otro nombre.

Buda.

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