close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

A través de la ventana del diminuto cuchitril que servía como letrina, contemplé la figura luminosa de un enorme Cristo de hormigón en la cima de la colina, iluminado por potentes luces de un tono anaranjado.Casualmente, si te situabas para hacer pis de frente a la taza y levantabas la cabeza mirando por el boquete de la ventana, Cristo te contemplaba a ti, con los brazos abiertos, en gesto de perpetua misericordia. La cisterna borboteaba debilmente y mantenía un monótono diálogo con el grifo del lavabo, que goteaba a buen ritmo. En la puerta del baño podía leerse una pintada a favor de las FARC y el teléfono de alguien que prometía favores sexuales. Colombia. Jesús parecía flotar en la negrura, justo en el centro del marco de la ventana. Recordé a los militares que me había encontrado en todos los puentes del camino. Muchachos apenas, con uniformes de camuflaje dos o tres tallas más grandes de lo necesario, levantando sus pulgares en inequívoco gesto de “todo va bien, no te preocupes” al paso de los camiones y las furgonetas. Supongo que ese gesto era producto de una orden del alto mando para tranquilizar a la población o para caer bien al contribuyente.

En el Aeropuerto de El Dorado, Bogotá
Día 394 de viaje. 14ºC. Leyendo El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir

El Descanso del Guerrero

El Descanso del Guerrero

La primera vez que me encontré con la Panamericana, hacía largo rato ya que la recorría, pero no era consciente de ello. Un cartel escrito a mano con una flecha pintada señalando a la derecha, rezaba con letra temblorosa su mítico nombre a la salida de un área de servicio de restaurantes baratos. Chile. Pensé en hacerme una fotografía al lado del cartel, la típica imagen del conquistador que ha alcanzado un hito sin precendentes, doctor Livingstone supongo, pero supuse que me hartaría pronto de leer ese nombre. Al fin y al cabo, iba a acompañarme en los próximos nueve o diez mil kilómetros.
Chile es atravesado por una espina dorsal que lo surca veloz y sin ninguna misericordia. ¿Alguna vez has visto a Chile en un mapa? Es un país asombrosamente largo y endemoniadamente estrecho, con montañas escarpadísimas a la derecha que se precipitan al Océano por la izquierda casi en un suspiro. Si todos los argentinos se subieran a los Andes y se pusieran a hacer pis hacia el Pacífico, arrasarían con Chile sin dificultad alguna. Si no sales de la Panamericana, Chile es una larga recta aséptica con un trazado pluscuamperfecto de alquitrán grisáceo. A ambos lados de la carretera, como jirones de tela de saco atrapados por la arena, se repiten poblados mineros e industriales, paupérrimos y desolados, en los que no hay ni una mìnima concesión a la belleza o a la humanidad. A medida que Chile se acaba, va ganando poco a poco terreno un desierto atroz, primitivo y lunar. Enormes rocas prehistóricas, azotadas por el viento, se pierden en remolinos de arena y hacen compañía a endebles casetas de comida que subsisten precariamente con lo que la carretera les deja. La Panamericana serpentea con amplias curvas al borde de un mar violento y de un color azul denso y monótono. El cielo no muestra ni un mínimo vestigio de nubes en todo el horizonte. Muy al norte, casi al final de Chile, se alzan sin avisar los acantilados, y la Panamericana empieza a parecer un prodigio, aprovecha una mínima lengua de tierra para sortear el mar entre las mastodónticas paredes de piedra ocre. Atrapada entre el cielo, el Pacífico y las rocas arenosas, parece recordar que el ser humano es incapaz de dominar a la Pachamama, y depende de un pequeño descuido suyo para avanzar, para abrirse paso precariamente entre sus caprichos. Bastaría un pequeño gesto sin esfuerzo, un estremecimiento mínimo de Pachamama para desembarazarse de la carretera y sus pequeños pobladores de hojalata como un perro que se quita de encima a una molesta pulga sacudiéndose tras la siesta.

Ante las líneas de Nazca

Ante las líneas de Nazca

El pueblo que escribía en las montañas

Tras la frontera, una enorme llanura disuelta en la calima. Perú comienza. Dispersas en el horizonte, decenas de pequeñas cabañas cúbicas edificadas con cañas. Ahí dentro subsiste alguien. Sus moradores aparecen de vez en cuando como atareados arácnidos, cocinan algo en una fogata mínima a la puerta de la casa, los niños juegan con neumáticos o con el polvo y la arena o con un palo o con un trozo de plástico azul. Y el sol hace mutis por el foro discretamente dejando una estela color naranja pálido. Me llevo un susto de muerte al ver el precio de la gasolina, hasta que me entero de que aquí se mide en galones y no litros.

Para reponer fuerzas.

Para reponer fuerzas.

En la bulliciosa Tacna, bandadas enormes de palomas vuelan en formación militar sobre la plaza. Se cuentan por millares, son una enorme hélice de color plomo, van del tejado de las casas a la fuente, de la fuente a la fachada de la iglesia, y de ahí a los tejados de las casas y luego vuelven a empezar. Es un vals enloquecido y majestuoso a la vez. Aparece la primera chifa, que contemplo con curiosidad. Me sumerjo en las sutilezas del arroz chaufa, un plato compuesto de arroz frito y verduras, trozos de carne y tortilla de huevo con un sorprendente y refrescante toque de cilantro y jengibre. Tras Arequipa, aparecen las enormes extensiones de arena, y las rectas interminables adentrándose en la nada. Me paro a comer un cuy, y la dueña del restaurante me mira con profundo asco.
- ¿Va a comer cuy? -pregunta horrorizada sin dar crédito a lo que oye.

Mural en contra de Keiko Fujimori, candidata perdedora de las elecciones

Mural en contra de Keiko Fujimori, candidata perdedora de las elecciones

Casa de apuestas

Casa de apuestas

De vez en cuando, la monotonía se ve interrumpida por desconcertantes oasis en el cauce de algún río sinuoso y la gente se baña en ellos disfrutando del calor del aire y la frescura del agua. La Panamericana es un borrón negro como el azabache y recto como una lanza en un mar infinito de onduladas inmensidades de color cobrizo. Algunos pueblos misérrimos brotan del desierto. Duermo en uno de ellos, que está atiborrado de camiones y de casuchas de ladrillo cubiertas de pollvo. En los cinco restaurantes que me encuentro, sólo sirven pollo broaster. Son estos pueblos sucios revoltijos de tiendas de recambios, baratijas y mugre infestadas de mototaxis, variaciones de lona de los populares tuctuc de Tailandia. Los mototaxis, engendros resultantes del cruce de un tenderete y una moto de 125 centímetros cúbicos, se mueven con osadía y ligereza entre los baches, las gallinas, los niños, los camiones y las montañas de basura.
Una anciana y su hija me dan de beber en su chamizo al borde de la carretera. Mañana son las elecciones. Creo que están tan agotadas de la política como yo, o como tú. Me paso un rato agradable charlando con ellas. Lo que más les preocupa es qué tipo de choclo (maíz) se cultiva en España y me obligan a describírselo con pelos y señales.
- Debe de ser bien bonito ver mundo así- dice la hija con voz soñadora. Desde una esquina, un grupo de niños me observa con ojos como platos, cuchicheando como loritos.
- ¿A dónde se va pues?
- Después iré a Ecuador, y luego a Colombia.
- ¡Uh! ¿Ecuador?… ¡Nosotros fuimos a Arequipa, nomás!-. Les ocurre lo mismo que a muchos de los habitantes del camino que me encuentro: son incapaces de visualizar distancias grandes, sólo asienten cuando les nombro pueblos cercanos, pero cuando les digo que llevo un año viajando, su mirada se vuelve velada y desconcertada. A menudo cambian de tema, incómodos.

Mototaxis

Mototaxis

El escénico Perú empieza a degradarse después de las líneas de Nazca y se endurece. La pérfida influencia de Lima se extiende como una epidemia o una mancha de petróleo en el mar. Las enormes montañas que diviso a lo lejos están llenas de dibujos hechos con piedras negras, plantas resecas, troncos requemados. Anuncian bebidas, restaurantes, casas de apuestas y hostales infestados de cucarachas. Herederos de una cultura que dibujaba líneas en el suelo, los habitantes de Perú central no cesan de hacerlo incluso hoy en sus laderas negruzcas. Llego a Lima que tiene dos caras. Una coqueta, atiborrada de restaurantes audaces, avenidas amplias, centros comerciales ostentosos, edificios altivos, y otra -al otro lado de la Plaza Bolognesi- que cuelga de las colinas abruptas: burbujeantes hormigueros humanos que tapizan la loma de las montañas de un complicado entramado de casuchas de adobe: se distinguen millares de ventanas negras y de tejados de zinc caliente. Caracolean montaña arriba senderos de polvo y tierra. Mi cerebro es incapaz de asimilar la existencia de tantas vidas paralelas. Lima me despide con una bofetada de miseria y polvo. Me recuerda a una Bombay despoblada, famélica, absurda, árida y muy cruel. Un enjambre de furgonetas tuneadas infecta el termitero humano: vestigio de la vorágine liberalizadora del fujimorismo, cualquiera puede ser transportista humano en Perú. Las masas se mueven en latas de sudor y sal y polvo y cristales opacos, que se mueven febriles a ritmo de cumbia.
El desierto regresa después de Lima. ¡Corre, corre, corre! La sucesión de problemas mecánicos de Fefa me obliga a devorar días y kilómetros dejando atrás paisajes asombrosos sin detenerme: el verano en Estados Unidos se va a acabar, tengo un retraso importantísimo en mi viaje y hay que apurar. Aquí la arena se come la carretera, aparecen grandes bancos desparramados que mordisquean el pegajoso alquitrán de la Panamericana. Distingo los primeros rastrojos en muchísimos kilómetros: son como pequeños penachos de pelambre en la inmensidad árida y seca. Luego, un árbol moribundo al que alguien le ha puesto un cartel: “El solitario”. Y más desierto. Un cementerio a pie de carretera resume la cara pobre de Perú: en el lado exterior del muro se agolpan, en el arcén de la Panamericana, decenas de tumbas de los pobres que no pueden pagarse un nicho dentro. Tumbas excavadas con las manos y los dientes, marcadas con un palo, una estaca, una bandera de tela deshilachada o un ramo de flores secas parcialmente cubierto de arena, acercándose todo lo posible a la bendición del camposanto.
Y aparece otro árbol. Y luego otro, acompañado de un diminuto campo de hierba seca. Y después tres o cuatro, alguno con hojas verdes. Y llega la frontera.

Finlandia

Finlandia

Ecuador

Ecuador

La línea del Ecuador, a mis espaldas.

La línea del Ecuador, a mis espaldas.

La explosión de la vida

¡Corre, corre, corre! ¡No te detengas, el verano se acaba! Ecuador es una esmeralda descomunal. A ambos lados de la carretera aparecen sin avisar plantaciones interminables de plátanos, con sus hojas enormes y sus frutas cuidadosamente envueltas en celofán para defenderlas de los pájaros y los insectos. Surgen -o más bien diría que irrumpen- las montañas, subidas interminables, riscos imposibles, cubiertas de una imparable eclosión de vida. Abundan las plantas gigantes, plantas que cuidamos en Europa en pequeños tiestos aquí alcanzan el cielo. Fértiles valles alternan con ubérrimas colinas, feraces acantilados, fecundas laderas. Ecuador es un vientre preñado, la tierra está encinta, grávida de frutos crujientes y rollizos y árboles frondosos y repletos de savia que fluye casi haciendo ruido por sus venas leñosas. La montaña está embarazada de hierba aceitosa y suave como el terciopelo.
El cielo está permanentemente cubierto de nubarrones oscuros que amenazan tormenta pero no llegan a consumarla. Subo todavía más por la montaña y finalmente penetro en la bruma, densa como el algodón, hasta que me abro paso dentro de un valle que huele a cilantro, donde se divisan lomas suaves y árboles frutales rebosantes de flores. A mi derecha, la amenaza perpetua del volcán Tungurahua. En el pueblo donde duermo, agotado, hay carteles que avisan de la posible caída de rocas y lava. ¡Corre, corre, corre! Hay un pueblo cada kilómetro. Estamos en época de matanza, y a la puerta de los restaurantes se exhiben cerdos muertos abiertos en canal. Sus ojillos porcinos contemplan con dejadez la Panamericana. Cada país tiene una obsesión culinaria: en Chile era la palta -aguacate-, en Perú el choclo y en Ecuador es el plátano frito, que se ofrece en cada plato, sopa incluida.
Daría lo que fuera por tener más días para pararme y oler la explosión de la vida al margen de la carretera. Siento una vergüenza atroz al mirar la carpeta de fotos de Ecuador y al releer estas líneas infinitesimales que pretenden resumir el amor que siento por este país pequeño, discreto y hermoso hasta el paroxismo. Daría lo que fuera por poder fotografiar sus pueblos colgados de acantilados de color oliva, por poder charlar con esa gente de rostro franco que me observa pasar con curiosidad. ¡Corre, corre, corre! ¡No te detengas, el verano se acaba!

El desafío

Ñam ñam ñam ñam

Ñam ñam ñam ñam

Llego a Colombia al anochecer.
- ¿Es usted el que sale en internet?- me pregunta el guardia de la frontera. Uno de mis lectores ha advertido de mi llegada a las autoridades para engrasar el proceso. Es tan solo un mínimo ejemplo de la asombrosa hospitalidad colombiana. Llevaba meses recibiendo decenas de invitaciones. No paraban de llegarme mensajes desde este país, y todos tan calurosos que me vi en la obligación moral de emitir un comunicado explicando que no podía pararme. Tendré que disfrutar Colombia a la vuelta. Ahora es extenuante. La carretera es serpenteante hasta parecer una parodia, y el firme está en un estado terrorífico. La ruta se convierte además en una encarnizada lucha por la supervivencia con descomunales camiones que la recorren sintiéndose los amos del asfalto.

Inesperado habitante de la selva colombiana

Inesperado habitante de la selva colombiana

Llego a un pueblito pequeño en el que el propietario de un restaurante me engaña -en realidad me dejo engañar, estoy muy cansado- diciéndome que no encontraré alojamiento alguno en dos horas de camino. Como el sol comienza su declive, decido pernoctar en el decrépito hotel de su amigo, y comparto cama con una polilla del tamaño de un rinoceronte que no para de rondarme, seducida por el runrún de mi ventilador. ¡Corre, corre, corre! Para mi desgracia convierto a Colombia en un borrón de luz y de vegetación. Me asombra la enorme cantidad de hoteles del amor que me encuentro a lo largo de la Panamericana. ¿Acaso esta gente no para de jincar? Llego a Cali, que me parece una urbe ordenada, generosa y exhuberante, de enormes avenidas y edificaciones limpias. Ni rastro de crímenes, guerrillas, paramilitares, secuestros o atentados. Una vez más, los medios de comunicación cuentan una realidad falsa, construida a base de noticias explosivas pero irreales. Me alojo en un hotel de perroflautas que está al lado de un taller de motos de gran cilindrada, donde un tal Mellizo desmonta a la Fefa y encuentra un tubito de vacío que dice que está roto. Asegura que eso puede que sea el causante de sus ahogos. No sé si creérmelo, pero son tantos los mecánicos que han tocado a Fefa en el último mes que cualquier vestigio de posible solución a mi problema es un soplo de aire fresco.

Bogotá!!

Bogotá!!

Me habían dicho que si la moto pasaba el Alto de la Línea era síntoma de que había superado sus achaques. Al intentar llegar a Bogotá, la carretera se vuelve más dura, zigzagueante, caprichosa y saturada que nunca. Decenas de obras interrumpen el paso anárquicamente, los camiones invaden los carriles opuestos con gran autoridad, y la carretera se empina hasta hacerse más que vertical, en ángulos mortíferos e imposibles meandros. Cuando no son las obras, son los controles policiales los que detienen el flujo incesante de vehículos de toda forma y color. Las gentes del lugar, a cambio de unas monedas, dirigen el tráfico agitando pañuelos de colores, y aprovechan los monumentales atascos bajo el sol para vender bebidas y bocadillos a los hastiados camioneros. ¡Qué dura es Colombia! Me gustaría apreciar sus paisajes selváticos, como ensoñaciones de un paraíso virginal, pero la temperatura y el humo de los camiones me puede. ¡Corre, corre, corre! Llego justo a tiempo de depositar a Fefa en la terminal de carga de Girag, a las afueras de Bogotá. Un hombre de aspecto eficiente la envuelve en celofán y me promete con una radiante sonrisa que el lunes estará en Panamá.

Me temo que no será tan fácil la cosa.

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