close¡Hola! He completado la vuelta al mundo en moto durante dos años, y esto que lees no es más que una pequeña parte de mi aventura. Si quieres, puedes comprar mi libro haciendo click aquí.
Conoce ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo y cómo terminó.

La aduana tenía un ambiente festivo aquella mañana. No sabía exactamente cómo diablos había llegado hasta el solemne edificio rodeado de escombros, barro y chatarra que anunciaba el fin de Colombia, pero había seguido a un tipo con bastante autoridad montado en una pequeña moto china, que me había arrastrado zigzagueando entre filas infinitas de coches, barrios de barracas, sendas de lodo y bajo puentes de hormigón al borde del colapso, y me había depositado por fin ante un portón en el que cuchicheaban alegremente tres agentes de aduanas ante un termo de café, saltándome así una cola casi impenetrable de automóviles y camiones.
- Traiga la moto aquí- dijo una de las funcionarias conteniendo la risa y husmeando en mis papeles.
Caminé un par de cientos de metros hacia la moto. Hacía un sol de justicia y, sin embargo, un grupo de nubarrones en el horizonte vaticinaba una tarde desapacible. Con un poco de suerte, estaría ya en San Cristóbal cuando derramaran toda su furia sobre aquel descampado. Se acercó a mi un tipo pequeño y gordito, que sudaba copiosamente. Me hizo las mismas preguntas de siempre: cuánto le ha costado la moto, cuánto consume, de dónde viene, qué cilindrada, qué marca. Me lo saqué de encima con un manotazo y me subí a la montura. Giré la llave, presioné el contacto. Ni un suspiro. Nada.
- Ah, parese que se quedó sin batería- dijo el hombrecillo sonriendo. Se acodó sobre un muro a esperar pacientemente mi agonía.
Intenté arrancarla tres o cuatro veces, hasta que me di por vencido mientras enormes gotas de sudor perlaban mi frente: En efecto, la batería por fin había muerto. No me extrañaba lo más mínimo: bastante había durado ya la pobre.
- Pues sí, ha muerto la batería.
- Si quiere lo llevo a buscal una, parsero.
Me fijé en que colgaba de su cuello una identificación plastificada seguramente diseñada por su sobrino con Paint e imprimida por él mismo, con una foto borrosa y un escudo sacado de alguna página web. Mierda. Un conseguidor de frontera.
- ¿Y cuánto me va a costar?- pregunté.

Nos enzarzamos en una rápida discusión que quedó zanjada en cuanto convenimos que ambos nos necesitábamos mutuamente para salir de nuestra respectiva miseria. Pasamos unas cuatro horas intentando encontrar una batería que sirviera a Fefa en aquella ciudad industrial. Ni por asomo. No había nada ni remotamente similar. Finalmente, un tipo jocoso y de modales de cascabel, parapetado tras el mostrador de la Suzuki local, aclaró sus dudas a golpe de teléfono con algún oscuro gurú y me ofreció una que podría, en teoría, llevarme hasta Brasil.
Comenzó a llover torrencialmente mientras esperaba a que la batería se cargara en el parking de la aduana.

La gasolina bolivariana racionada por el ejército

La gasolina bolivariana racionada por el ejército

A bordo del Nelio Correa, cruzando el Amazonas
28ºC. Día 55555 de viaje.

El trámite en el lado venezolano fue sorprendentemente sencillo, y sólo fue empañado por la búsqueda bastante ardua bajo el sol bolivariano de una compañía de seguros aprobada por Hugo y una tienda que vendiera estampillas gubernamentales bolivarianas para adjuntar a mis papeles. Nada que no haya visto ya con mis pobres ojos cansados en otras veinte o treinta fronteras de este triste mundo.
En la oficina de la compañía de seguros coincidí con una mulata bolivariana muy embarazada que aguardaba pacientemente su turno.
- ¿Qué tal está Hugo?- pregunté. Se quedó sonriendo un rato, sin saber qué decirme.
- Tá bien- tanteó al fin.
- Entonces, tenemos comandante en jefe para rato, ¿no?- pregunté con una mueca.
- Bueno, hata que se muera, dehpué viene su hermano, y ya etá.
No supe discernir si se estaba quedando conmigo o realmente le daba algo de reparo contestar a un desconocido sobre un tema tabú, pero esa misma sensación se repitió varias veces a lo largo de mi corta estancia en la República Bolivariana de Venezuela. No se sabe muy bien si la gente está puteada, encantada, se muere de miedo o de hastío.
De no haber tenido una cita ineludible en San Cristóbal con un grupo sorprendentemente nutrido de lectores, seguramente me habría quedado a dormir en el propio pueblo fronterizo. Cada vez me gustan más los pueblos fronterizos: Son desordenados, caóticos, descarados, coloridos y bulliciosos, están bien abastecidos y los pueblan una serie de ciudadanos crepusculares y desquiciados con los que resulta muy divertido relacionarse. Sin embargo, los lectores me esperaban, así que de repente me encontré contando los minutos de sol bolivariano que todavía me quedaban y pendiente de los kilómetros que tenía por delante. Nada me apetecía menos que zigzaguear por las abruptas montañas venezolanas completamente a oscuras. Descubrí las parpadeantes luces de San Cristóbal cuando creía que me alcanzarían los vampiros bolivarianos, mientras los últimos rayos de sol se ocultaban perezosamente tras las colinas.
Intenté repostar en un par de gasolineras, pero en todas me rechazaron.
- Chip, chip- decían los nativos negando con la cabeza. Luego me enteré de que, para evitar que media Colombia cruce la frontera para llevarse la gasolina bolivariana -que en Venezuela está más barata que el agua embotellada, y no estoy exagerando- los automóviles bolivarianos tienen la obligación de llevar un chip bolivariano, sin el que el surtidor bolivariano no funciona.
Fue entonces cuando tuve el primer ejemplo de hospitalidad venezolana, uno de muchos: pregunté por un hotel a un hombrecillo que se aburría en un semáforo, aposentado en su pickup, sin duda regresando a casa tras una jornada larga. No lo dudó ni un instante y me condujo él mismo hasta las puertas de uno -bastante más lujoso de lo que acostumbro ocupar- y no se alejó hasta que comprobó que me había aparcado con total seguridad a sus puertas. Me despidió casi con lágrimas en los ojos, bendiciéndome teatralmente y deseándome toda la suerte del mundo. Tuve la sensación de que me quería más que muchos de mis amigos.
Sin saber muy bien cómo, aparecí en el Moo Bank, un restaurante pijo frecuentado por celebridades locales. Me esperaba una mesa gigantesca llena a rebosar de gente que me observaba como si fuera una especie de personaje público. Se dispararon decenas de flashes. Firmé un autógrafo. Algunos se sabían mi historia al dedillo. La reunión de amigos tomó aspecto de rueda de prensa por momentos. No cesa de sorprenderme que haya desconocidos por el mundo que se identifiquen con lo que yo escribo. Resulta halagador, sin duda, pero también intimida y abruma un poco. Bromeo con ellos sobre Hugo y les pregunto sobre el estado del país. Tengo la sensación de que ellos están tan hartos de la situación que han decidido tomársela a broma. Uno de ellos se puso a imitar a Hugo, y yo le recriminé con voz nasal: “¿Pog qué no te callas?!”. La noche acabó en el parking de mi hotel, con una renovada sesión fotográfica alrededor de Fefa, que posó como una auténtica profesional bolivariana, guiñando ojos y lanzando besitos a los objetivos de las cámaras.

Extraña climatología en Los Llanos

Extraña climatología en Los Llanos

Al día siguiente inicié ruta hacia el centro del país. Me habían vaticinado una carretera llena de baches y, sin embargo, descubrí alrededor de cuatrocientos kilómetros de sorprendente autopista atravesando el nacimiento de los Andes. Las montañas a mi alrededor resultaban intimidatorias, grandes colosos pelados atravesados por túneles infinitos. La autopista estaba casi vacía, me sentía como cuando, hace unos años, recorrí Cuba de una punta a otra por una carretera pluscuamperfecta que no ocupaba nadie: un desmesurado despropósito faraónico. Sin embargo, de vez en cuando adelantaba viejos Odsmoville y Cadillac de los años sesenta, abollados y carcomidos por la herrumbre, escupiendo enormes bocanadas de humo negro bolivariano y traqueteando a sesenta por hora con estertores agónicos. Venezuela está plagada de ellos. Forman colas bolivarianas infinitas a la entrada de las ciudades bolivarianas y en las gasolineras bolivarianas, se hunden en el barro bolivariano de los caminos, resoplan en los mercados y las plazas. Son grandes errores. Al ofrecer la gasolina casi gratis, el gobierno ha saturado las calles de vehículos peligrosos, contaminantes, ineficientes y ruinosos. Todo el mundo puede tener un coche porque todo el mundo puede pagarse la gasolina y no importa quemar veinte litros bolivarianos cada cien kilómetros. Llenar el depósito de Fefa me costaba en Venezuela un dólar, cuando en cualquier otro país no bajaba de los veinte. La gasolina tiene tan poco valor que te dan el cambio como caiga, aceptan que dejes a deber mitad del importe. Vengo de una sociedad en la que el petróleo es casi sagrado, y el trato que se le da en Venezuela me resulta blasfemo. En Venezuela se tira la gasolina como en Europa o Estados Unidos la comida. Es tan obscena una imagen como la otra.
En una parada cualquiera veo a la primera de muchas: lleva un pantaloncillo vaquero minúsculo, casi inexistente, que no deja absolutamente nada a la imaginación. Se cubre el pecho con una tira de tela y lentejuelas de pocos centímetros de anchura. El pelo bolivariano recogido en un peinado extravagante, y los labios cubiertos de una espesa capa de carmín. Densos brochazos de maquillaje de varios colores cubren sus párpados. Se pasea contoneándose de forma absolutamente antinatural, como si en lugar de estar en un área de servicio de la carretera estuviera desfilando en una pasarela. No creo que tuviera más de nueve años. Este país está plagado de pequeñas misses, desconcertantes réplicas diminutas de mujeres que fuman. Michael Jackson enloquecería aquí.
Acostumbrado como estaba a luchar por cada centímetro de asfalto en Colombia, Venezuela estaba resultando inmensamente relajante. Los kilómetros que conquistaba trabajosamente en el país anterior, fluían y se deslizaban sin esfuerzo alguno en este. Me di cuenta de que me molestaba el casco en las mejillas y no comprendí hasta pasado un rato el motivo: no paraba de sonreír. A mi alrededor, morían o nacían los Andes. Los desafiantes colosos que más al sur me habían dado tantos problemas, eran aquí bellas, antediluvianas y estilizadas montañas cubiertas de una densa capa verde oliva, salpicadas de palmeras y, en ocasiones, de catedralicios cactus. La región que dejaba atrás me recordaba a una extraña Galicia tropical: sepultada tras las montañas, húmeda, frondosa, olvidada, agreste y primitiva. Justo antes de abandonarla, me encontré con una bruma casi infranqueable, castigo final tras tantas horas de carretera hermosa surcando un mar de montañas casi infinito.
Así llegué a Baritinas. Empecé a dar palos de ciego bolivariano buscando un hotel bolivariano. Las ciudades venezolanas estaban resultando ser inhóspitas, demasiado extensas y amplias para ser acogedoras. A las puertas de mi segunda tentativa de hotel, apareció un inesperado ángel de la guarda: Franco. Detuvo su coche, observó a Fefa con ojos como platos y se confesó como motero empedernido. Comprendió enseguida mis necesidades y puso a funcionar su teléfono. Al cabo de un cuarto de hora, estaba aposentado en una habitación muy confortable, y Franco me estaba pidiendo por favor si podía presentarme a sus amigos. Una hora y pico después, los cristales de mi habitación empezaron a temblar. La quietud de la noche bolivariana se vio interrumpida por un estruendo mayúsculo. Me asomé a la ventana: una veintena de motos gigantescas y fulgurantes se estaban concentrando bajo mi habitación, rodeando a Fefa con un rugido infernal. Había todo tipo de estéticas, desde los hombretones enfundados en cuero y tela vaquera con bandanas de chico malo y motos custom, a los jóvenes diablos quemando rueda de agresivas japonesas de competición. La concentración duró unos quince minutos, en los que no fui demasiado consciente de lo que estaba ocurriendo. De repente toda esa gente vociferaba como una panda de locos bolivarianos, me disparaban un centenar de fotos, hacían humo con los neumáticos, me zarandeaban de un lado para otro, y sin saber muy bien cómo, se esfumaron chirriando -con el consiguiente alivio de los demás huéspedes del hotel-. No sabía exactamente qué había ocurrido, pero me había encantado. A tantísimos kilómetros de casa, formaba sin duda parte de un grupo.
A la mañana siguiente, me enteré de que la habitación estaba pagada. Venezuela.

Transcurrieron dos monótonos días cuando la carretera entró en Los Llanos. Los Llanos es una región mesetaria muy vasta que comprende varias provincias venezolanas. De pueblos pequeños y mortecinos y paisajes planos, ni el clima ni la vegetación ni la orografía cambian lo más mínimo aunque se devoren centenares de kilómetros de asfalto bolivariano en un estado deplorable. Los baches aquí tienen proporciones imposibles. Uno de los baches es tan grande que, ante mis incrédulos ojos, un viejo Cadillac se cae dentro y ahí se queda, y seguramente se fosilice dentro de unos milenios para deleite de los paleontólogos bolivarianos del futuro. Las ciudades son polvorientas y desmadejadas y están desprovistas de alma. El domingo me alcanza en una de ellas que parece estar completa y dolorosamente desierta. Los restaurantes están cerrados, las plazas silenciosas, las calles mudas. Algunos edificios bolivarianos carcomidos por las manchas de humedad bolivariana y las plantas bolivarianas me hacen sentir que me encuentro en un decorado postapocalíptico. Chávez lo contempla todo erizado, bramando desde los carteles bolivarianos de lona, en los que promete revolución, socialismo o muerte. Ninguna de las opciones me resulta especialmente atractiva. Es más, me parece que cualquier gobierno que siente la necesidad de proclamar tantas veces su supremacía es que, en realidad, es víctima de un enorme complejo de inferioridad que lo obliga a justificarse constantemente a base de slogans vacuos. La población parece estar anestesiada de espantos, y los pocos viejos bolivarianos que pasean por las calles renquean ante los carteles con absoluta indiferencia. Me prometen que, para cenar, tengo que caminar quince cuadras bolivarianas hasta la carretera principal. Paso ante una desconchada pseudoiglesia de un culto mestizo y crepuscular. De dentro surge el griterío monótono de un pastor con acento brasileño que proclama eeeeeeeeeeel amuuuuuoooooooor chiiiiiiiiii DEEEEEEEEUSE sobre los acordes algo desafinados de un órgano eléctrico. Algunos paisanos sentados en sillas plegables y adormecidos bajo ventiladores chinos asienten como esos animosos perritos de plástico que, en los años setenta, la gente ponía en la bandeja trasera del Renault 12 para que movieran la cabeza en los semáforos mecidos por el runrún del motor. Al lado de la pseudoiglesia, que en realidad es un garaje encalado con un precario estrado de conglomerado decorado con espumillón, cuento cuatro tiendas de productos milagrosos, desde velas atadas con lazos de colores a sambenitos y escapularios de santos bolivarianos poco frecuentes, pasando por aceites curativos y perjúmenes para sulibeyar infaliblemente a la persona amada. También aquí recuerdo a Cuba y de repente me teletransporto al carnaval de Santiago: una larga avenida peatonal tomada por enormes puestos de cerveza, en realidad camiones-cisterna oxidados en ininterrumpido servicio desde los años cincuenta. Música estridente berreada desde centenares de altavoces. Edificios en ruinas con carteles claveteados con la figura del Líder. Gente aturdida caminando sin propósito en aleatorios rebaños. Y una pequeña carpa en la que un cartel anuncia Vean La Cerda de Dos Vulvas y Otros Prodigios Naturales. El socialismo, comunismo, o como cojones quieran que lo llame, anuncia al mundo sus triunfos educativos desde las vallas y las peanas. Quizá las cifras de universitarios y de escolarizados que predican sean reales, no digo yo que no, pero a la hora de la verdad, la gente de la calle sigue yendo a ver cerdas con dos vulvas y ofrece botellas de ron a santos apócrifos de cartón piedra o compra carísimos perjúmenes para sulibeyar a un amante indómito. El lugar donde venden las arepas es inolvidable. Una especie de casa de apuestas-taller-enfermería-arepería a pie de carretera infestada de seres lúgubres y cucarachas extraordinariamente ágiles. La arepa de carne mechada es celestial. Me la sirve un viejo manco que, sin embargo, las elabora con una habilidad asombrosa. Las arepas son unas invenciones maravillosas, nacidas de la cópula de la tortilla, la pupusa y el bollito de pan. En pequeños barcitos de carretera bolivarianos las rellenan con elaboraciones inverosímiles. Mientras mastico ese pedazo de cielo, reflexiono que la comida, al igual que el paisaje y los rostros humanos, va cambiando también gradualmente. Lo que en Mexico era una lámina fina de masa de maíz, en Colombia adoptó un grosor que justificó que en Venezuela se convirtiera en un híbrido inflado y tierno y, en Brasil, en un pan consistente y esponjoso. La tortilla que se convierte en pan. La insoportable levedad de la pupusa.

Huguito

Huguito

Los Llanos. Interminable. Una veintena de veces estoy convencido de que he llegado a la Gran Sabana, y otras tantas veces me dicen que todavía faltan cientos de kilómetros. Lomas verdes, deshilachadas, desparramadas sin fin sobre el horizonte encapotado. Paso el Orinoco, un puente gigantesco y de inmaculado color blanco lo atraviesa con elegancia. Las infraestructuras venezolanas son, de verdad, algo digno de ver. De vez en cuando llueve torrencialmente, y sólo pienso en seguir y seguir. Me estoy muriendo de ganas de llegar a la Gran Sabana. El país es tan caro que tengo que acelerar. Lo único barato es quemar gasolina avanzando. Dependiendo del cambio, la misma maldita arepa bolivariana rellena puede costar entre dos y cinco dólares. Hugo ofrece al turista su propio cambio, y en la calle la gente te compra los dólares al doble de lo que ofrece Hugo. Si sacas en un cajero, el banco te aplica la tasa de cambio bolivariana. Si encuentras a alguien enarbolando un fajo de billetes y dispuesto a cometer una ilegalidad, obtendrás el doble de dinero. Esto en teoría está muy bien para quien disponga dólares en mano, pero yo dependo de los cajeros bolivarianos para subsistir, así que Hugo me está sangrando a base de bien. Una botella de agua bolivariana, dos dólares. Una habitación bolivariana de hotel cutre, cuarenta dólares. Una comida bolivariana, diez. Todo es el doble que en sus países vecinos. Para complicar más las cosas, los cajeros me exigen los dos últimos dígitos de mi cédula bolivariana y como no soy venezolano, no se los puedo dar, así que normalmente ni siquiera puedo sacar dinero. A veces tecleo dos dígitos al azar, y sólo muy de tarde en tarde el truco funciona. Sigo avanzando entre terrenos de labradío y pastizales en los que enormes vacas blancas bolivarianas de prominente joroba mascan apaciblemente a la sombra de árboles rocambolescos. El propietario de un hotel me hace un importante descuento cuando ve mi moto y conoce mi historia. Me rebaja también el precio de la cena. Su habitación es casi palaciega. Venezuela, una vez más, la gente, la hospitalidad casi enfermiza.
Un cartel barato de lona a pie de carretera me resume el tema de Hugo de un modo muy gráfico, saciando por fin mi curiosidad y zanjando el tema. El cartel está algo deslucido por el paso del tiempo y las lluvias constantes. Hugo sonríe, ufano, puño en alto, copiado y pegado al lado de un gobernadorzuelo local que mira ceñudo a la cámara con gesto resolutivo y decididamente bolivariano. El cartel anuncia que el progreso por fin ha llegado de la mano de la revolución y el chavismo. Alguien ha lanzado una bola de mierda bolivariana a la cara de Hugo y ha acertado plenamente en su bolivariana nariz. Y ahí se ha quedado la mierda, tan alegórica, tan explicativa, tan contundente, tan precisa, tan expresiva y bolivariana.

Los Llanos, vida rural

Los Llanos, vida rural

Coincido con un portugués obeso en un restaurante de carretera en el que sólo se sirve pollo frito bolivariano. Me dice que la ruta a Manaus es de barro. Que no podré avanzar. Que se pasa por el medio de una reserva de indios caníbales y que si no me matan ellos lo harán los jaguares. Y que la Gran Sabana empieza en el kilómetro 88. Mucha gente me ha hablado ya del kilómetro 88. Parece que hay una roca con forma de Virgen María Bolivariana. O algo así. Sigo avanzando en busca del famoso kilómetro 88. Y la lluvia bolivariana, una vez más, decide que debo detenerme en un pueblo cualquiera en el que encuentro alojamiento de forma milagrosa. El pueblo vive una asombrosa actividad casi maníaca y un atasco vial permanente. Sobre el ruido de las bocinas de los coches y los camiones, traquetean los viejos Odsmoville y los sucios todoterrenos con las suspensiones trucadas. Hay un trasiego incesante de mercancías bolivarianas en los puestuchos a pie de carretera. La gente parlotea sin cesar, vende, compra, se enfada, se reconcilia, arrastra género, lo apila sin orden aparente. Todo ello sobre el barro bolivariano y la mugre. El desfile de mujeres semidesnudas y de hombres armados con machetes bolivarianos parece no tener fin. Compro la peor piña de mi vida y lucho con dos cucarachas libertinas que copulan bolivariana y ruidosamente en el suelo del cuarto de baño. Se va la luz y ya no vuelve nunca más.

A la mañana siguiente aparece la piedra de la Virgen. Se parece tanto a una Virgen como yo a Godzilla. Y detrás se esconde la Gran Sabana.

Bienvenidos

Bienvenidos

Es difícil explicar las sensaciones que provoca la Gran Sabana. Se trata de una extensión inmensa de tierra árida, de color azafrán, surcada por una desconcertante telaraña de riachuelos de aguas de cristal. En la lejanía se distinguen enormes mesetas de las que brotan manantiales copiosos, cuyas aguas se desparraman en forma de cascadas por doquier. Cada pocos kilómetros hay un salto de agua custodiado por un pequeño poblado indígena bolivariano y rodeado de un pequeño bosque. Y, lo demás, es una gran planicie bolivariana de lomas débiles en la que no se escucha ni el más mínimo ruido, en la que no se detecta ni el más mínimo olor. Sólo parece estar habitada por unas extrañas plantas rastreras y la más desgarradora soledad.
La carretera en la Gran Sabana, aunque sólo mida doscientos cincuenta kilómetros, parece no tener fin. Las pocas curvas del trazado esconden paisajes insólitos, de una belleza extraterrestre, que merecen un acorde orquestal magnificente y bolivariano al presentarse ante mi casco. De vez en cuando la carretera sube un poco, y ofrece desde la cumbre de una loma una visión desoladora del dolorosamente inmenso vacío. Un páramo azulado azotado por el viento. Dos o tres árboles anclados al borde de un riacho. Nadie. Nada. Continúas un centenar de kilómetros sin sorpresa alguna. A ambos lados de la carretera se anuncian cascadas, pero has de ser un inconsciente o un loco suicida para adentrarte por esas trochas infames y bolivarianas. Lo intento cuatro o cinco veces, con desigual éxito. Los poblados indígenas son pequeñas agrupaciones de casas de ladrillo alrededor de una placita bolivariana en la que juegan distraidamente tres o cuatro niños semidesnudos. Todas las casuchas están coronadas por una enorme parabólica bolivariana de metal apuntando al cielo, como si suplicaran algo a un Dios inmisericorde, autista, bolivariano y altivo. La Gran Sabana va cambiando de color gradualmente y sus últimos kilómetros son lozanos, con elegantes capas superpuestas de distintos tonos de verde que se confunden con el horizonte. Iluso de mi, creo que estoy llegando al Amazonas y acelero un poco.


Las fotos son clickables y ampliables.

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Al final de la Gran Sabana, me recibió un control militar férreo y bolivariano en el que me obligaron a desmantelar todo mi equipaje y, no contentos con ello, me encerraron en un cuchitril para someterme a todo tipo de tocamientos bolivarianos. Llegado cierto punto me bajé los pantalones con muy malos modos para que el soldado en cuestión encargado de mi interrogatorio comprobara que el almohadillado de mis caderas eran protecciones para las caídas y no saquitos de droga. Y ahí me quedé, ceñudo, con los pantalones por las rodillas.
- Agualde, que el turihta etá molehto- dijo el superior bolivariano formando un círculo de seguridad a mi alrededor, como si estuviera a punto de atacarlos a todos como un perro rabioso-. Traiga el código penal- ordenó a un soldado, que salió corriendo en busca de un librito en el que, supuse, figuraba un artículo bolivariano en el que se permitía al ejército cachear bolivarianamente a quien fuera.
- No traiga ningún código y limítese a cumplir su cometido de una vez.
- Pero uté etá molehto.
- Por supuesto que lo estoy. Me han encerrado en un zulo y me han bajado los pantalones. Usted mismo lo estaría en mi situación.
- Pero tenemoh derecho…
- Yo eso no lo dudo, pero yo no tengo obligación alguna de sonreirle o estar contento por el trato recibido, así que cachéeme lo que quiera y déjeme marchar de una puta vez.
Eso hizo. Continué cincuenta kilómetros más, bajo la lluvia, cruzando un océano de soledad.

La larga marcha

La larga marcha

Releo todo lo escrito con anterioridad, y siento que pudiera parecer que no he disfrutado Venezuela. Pero no es así. Sus ciudades son espartanas y áridas, y sus paisajes de una belleza monótona que aturde y enardece al tiempo. Sin embargo, es una tierra a la que se ama con facilidad, como una mujer de ojos verdes y belleza suave, modales discretos y sonrisa perturbadora. De los Andes a los Llanos, de los Llanos a la Gran Sabana, el suave tránsito entre paisajes va vaciando al viajero por dentro, limpiándolo y preparándolo para la traca sentimental, onírica y sensorial del Amazonas. Si no hubiera sido económicamente muy complicado resistir en él, habría prolongado sin duda mi estancia en ese país. Pero llegué con quince dólares en moneda local en el bolsillo a la última frontera. Exprimí todos los cajeros bolivarianos de la localidad sin éxito. Quince dólares era todo lo que podía permitirme para dormir y cenar aquella noche. Estaba claro que tenía que pernoctar ahí, porque la siguiente localidad estaba a doscientos kilómetros dentro de Brasil, y no me daría tiempo a cruzar la frontera y llegar allá antes del crepúsculo. Así pues, me armé de paciencia y me dispuse a recorrer todos los hoteles del pueblito bolivariano a la caza del más barato. La premiada resultó ser una pensión de mala muerte regentada por chinos, mitad follódromo bolivariano por horas, mitad refugio de mineros. La habitación apestaba a orina bolivariana y una gran cucaracha tropical presidía la pared del fondo, al lado de un televisor liliputiense atrapado dentro de una jaula metálica. El suelo era de tierra batida. Diez dólares por aquella cochiquera bolivariana se me antojaba una fortuna, pero era lo más barato que pude encontrar. Por una botella de agua me robaron otro dólar. Me quedaban cuatro para cenar, algo a todas luces imposible. Me dirigí a una panadería y compré un par de barras de pan. Luego, mendigué unas lonchas de jamón york. Cené en compañía de la cucaracha bolivariana, viendo en el minúsculo televisor bolivariano un partido de baseball.

Al día siguiente, entré en el Amazonas.

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