close¡Hola! He completado la vuelta al mundo en moto durante dos años, y esto que lees no es más que una pequeña parte de mi aventura. Si quieres, puedes comprar mi libro haciendo click aquí.
Conoce ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo y cómo terminó.

Disfruto en este momento del raro privilegio de una habitación limpia y soleada con vistas a un jardín secreto. La electricidad sólo se va tres o cuatro veces al día. Tras las verjas y los altos muros cubiertos de enredaderas en flor, jadea y gime Nairobi, la desmadejada y ruidosa capital de Kenya. Si salgo a dar un pequeño paseo, me encuentro la interminable sucesión de miserias de Africa: un tipo que ha montado una barbería con cuatro palos y parte de un espejo, un muchacho imberbe de enormes ojos que vende aguacates protegido bajo un tejaducho de chapa, dos jóvenes que comercian con zapatillas usadas, millardos de esclavos empaquetados dentro de matatus que recorren la ciudad a bandazos. Y más allá de los vertederos de basura humeantes castigados por el mordaz polvo en suspensión de la sabana inclemente, a pie de carretera encuentro un sinsentido de pobreza desgarrada: poblachos de barro y estiércol, niños desnudos bañándose con bueyes de agua en el lodo de un estanque infestado de mosquitos, hombres esequeléticos licuados en sudor arrastrando una bicicleta cargada de bidones de agua, mujeres embarazadas rodeadas de un enjambre de chiquillos sucios pidiendo pan o teta. Desde la ignorancia absurda de un occidente perdido, dicen que los negros son vagos. Vagos, dicen. Quisiera yo ver a cualquier rollizo occidental arrastrando una bicicleta oxidada cargada de sacos de carbón, bajo este sol tropical que calcina las ideas y hace que se derritan los pájaros en los tendidos eléctricos, que el alquitrán de la carretera se convierta en chocolate y humeen las charcas y los cauces de los ríos. Vagos, dicen. Pon tú a un occidental mimado, de cuerpo blanco frágil y adiposo como un bizcocho recién horneado, a cavar aquí una zanja a cuarenta grados, a transportar un bidón de treinta litros de agua desde el pozo a la casa, a vigilar un fuego con el que fabricar carbón, a picar leña seca en la tarde tórrida. Vagos, dicen. Si alguna vez ves a un negro tumbado al sol no es que sea un vago, es que se ha dado por vencido. No puede más. Y yo tampoco podría. Ni tú. Ni nadie.

Os voy a contar muy por encima una historia que me contaron a mi hace un tiempo. Hablemos de Yuma. Yuma es el hijo más fuerte de una familia de nueve personas. Viven de lo que exprimen a las vacas que pastorean de sol a sol a pie de una aldeucha de paja y mierda perdida en el culo de Africa. Tiene catorce años. Un buen día, el padre de Yuma va a la ciudad más cercana, apenas un lodazal con diez casas de cemento y un mercado agónico, y vende todas las vacas. Llega con el dinero fuertemente atrapado en su zarpa callosa. Se planta ante Yuma y extiende su mano.
- Tú eres la única oportunidad de esta familia- le dice-. Ve al norte y mándanos dinero para que podamos comer.
Yuma entonces sale de casa una mañana, caminando, con el dinero atado en un paquetito de tela escondido entre las nalgas, y comienza a caminar. Camina, camina, camina, camina, camina, camina. Aparecen otras personas que también están caminando. Mujeres embarazadas, chavales desnutridos, hombretones grandes de músculos hinchados que los hacen parecer sacos de nueces. Todos van al mismo lugar, al norte. Caminan bajo el sol abrasador, duermen al amor de los árboles, beben de las acequias y los ríos, comen lo poco que pueden robar de las cosechas a pie de carretera. Siempre caminando, siempre rumbo al norte. Cruzan como pueden las fronteras, que para ellos no tienen sentido alguno, alambradas que sólo son un trozo de metal. Hasta hace bien poco, su mundo era un pueblo de mierda en el culo de Africa. Se quedan descalzos y siguen caminando, algunos mueren y ni siquiera reciben sepultura, se los comen los cuervos o las alimañas, qué sé yo. Los rostros de las personas se van aclarando a su alrededor, encuentran desiertos, montañas, valles, llanuras, el viento henchido de polvo los abrasa y la quietud de la noche los congela, tiritan bajo las estrellas y se arrastran bajo la lluvia, infatigables, siempre caminando, caminando, caminando hacia el norte. Escuchan historias de regresados: agua que brota de las paredes, dinero que sale de una ranura debajo de una televisión, coches inmaculados y mujeres rubias de altos tacones pavoneándose en aceras sin basura. Comida que se tira cada noche de los supermercados, casas con calefacción y televisión a color, chicos vestidos de mujer, estanques en los que se crían aves sólo para contemplar su belleza. Yuma camina, camina, camina. El día que cumple diecisiete años, dos años y medio después de haber comenzado su andadura, de repente, llega al mar. Nunca antes había visto nada semejante, aunque se la habían descrito: la inmensidad fulgurante y casi cegadora, el celaje azul reflejado en la manta de diamantes, la espuma bravía, el olor a sal, y el sentimiento profundo, palpitante, visceral, bello como un resplandor: la Libertad.
Al otro lado de ese despropósito de agua están las lavadoras, los escaparates con maniquíes que parecen reales, los perros perfumados, los teléfonos que hacen fotos, las calles limpias trazadas con tiralíneas, los restaurantes inmaculados de los que brotan aromas irresistibles, la gente que huele a flores, los televisores planos como el papel. Todo de lo que le han hablado, está a pocos kilómetros al norte. Yuma, que durante estos dos años y medio ha perdido la virginidad, ha sido arrestado cuatro o cinco veces, ha sido apaleado, ha sufrido más fiebres, heridas, atropellos y hambre de lo que sufriremos nosotros jamás en toda nuestra vida, ha aprendido a chapurrear algo de español, algo de inglés y de francés. Le han dado un teléfono de alguien, el hermano de un amigo de un primo de un cuñado de otro, que a lo mejor vive en una ciudad en España, aunque ese teléfono tiene ya cinco años y quizá no sea muy fiable. Se embarca pues, en una lanchilla en la que se agolpan cincuenta personas -y en la que teóricamente sólo caben quince-. No sabe nadar, nadie allí sabe nadar. Algunos caen por la borda y mueren ahogados ante la impotente mirada de los demás. La barcucha da tumbos sobre las olas, es de noche, apenas unas cuantas estrellas pálidas iluminan el camino. Los helicópteros de la Guardia Civil rastrean la playa para capturar pobres diablos. Hace dos años y medio que la familia de Yuma no sabe nada de él. Ni vacas tienen para seguir subsistiendo. Todo el futuro de los miembros de la familia de Yuma pende de que él consiga pisar tierra en el norte.

El que diga que los negros son vagos no tiene ni puta idea.
Cada negro que vemos agazapado ante una manta llena de películas piratas, sonriendo y chapurreando español, listo para salir huyendo en cuanto aparezca la policía, ha pasado, en esencia, la misma historia de Yuma. No sé cómo tenemos los santos cojones de mirar a esa gente a la cara. Porque cada negro que vende películas pirata, o porros, o pulseritas de hilo, cada negro que limpia cristales en los semáforos de la gran ciudad o hace cola en los comedores de Cáritas es un héroe. Ha llevado a cabo una gesta de proprorciones inimaginables para sacar la cabeza de la mierda en la que nació y ayudar a los suyos a comer. ¿Qué somos nosotros, a su lado, más que payasos adiposos atiborrados de lujos y con una infinita sed que no se sacia jamás?. Allá estamos, tumbados en nuestro sofá mullido que renovamos cada cuatros años, vemos inadmisible no poder comprar el último modelo de iPad el mismo día en que llega a la Apple Store, o hemos ensuciado de mermelada la camiseta de Armani, o no carga Facebook. Se nos viene el mundo encima si se va la luz diez minutos o se corta internet una hora. Si llueve, si nieva, si vemos una caca de perro en la acera, si el aire acondicionado está demasiado frío o demasiado caliente, si el café no está en su punto, si algo perturba nuestra paz de probeta, protestamos. Nuestra mayor preocupación es si cenamos carne o pescado. Incluso si nos quedamos en el paro protestamos. En el paro. Ja. Paro quisieran los pobres de este mundo. Eso quisieran. La posibilidad de que, en algún momento en el futuro, pudieran volver a ganar dinero haciendo cualquier cosa.

El día en que supe que los pobres de la tierra me habían enseñado algo, la sola idea me pilló por sorpresa y no pude verbalizarla hasta pasado un tiempo. Veía un informativo cualquiera descargado precariamente por internet en un hostalucho de alguna parte. Una mujer de cara desesperada contaba a la cámara que estaba ocupando ilegalmente una vivienda y robaba la luz de una farola cercana. Tenía dos hijos.
- No tengo ingresos. Nada, no tengo nada.
En su vida anterior había sido pastelera. Ahora cobraba un mísero subsidio. No hacía nada. Se quedaba en casa reconcomida chateando por el móvil.
- ¿Quién me va a querer?
La crisis. La historia de siempre. Y entonces se formó una idea en mi cabeza. ¿Esta mujer por qué cojones no se pone a hacer pasteles y los vende de puerta en puerta?. Porque los verdaderos pobres de la tierra es lo que hacen: subsisten. Ellos solos. Sin subsidio. Sin engancharse a la electricidad de una farola. Salen a la calle, venden cuatro tomates, cargan con agua hasta deslomarse, cocinan mazorcas de maíz a la brasa en un rincón a la salida de una fábrica, trafican con las papayas salvajes que consiguieron caminando un día entero entre la maleza o con los camarones que consiguieron arrebatar del mar buceando toda la madrugada. Los verdaderos pobres de la tierra no pierden nunca ni el tiempo ni la dignidad, aprovechan cualquier infinitesimal recurso para meter el pie en la puerta y abrirla un poquito más. Son una fuerza imparable, salen adelante con lo poco que consiguen ordeñar del aire. Y eso es lo que hemos perdido en occidente. Siempre pensamos que alguien solucionará nuestro problema. El estado se sacará un subsidio cualquiera de la chistera. Haremos cualquier cosa que nos subvencionarán. Alguien vendrá que nos alimente. Alguien nos limpiará el culo y las babas cuando seamos unos viejos solos, el último eslabón de la sociedad de consumo. Pero la auténtica verdad de este vasto mundo es que, la inmensa mayoría de la gente, sólo cuenta consigo misma para seguir adelante. E ingenian todo tipo de recursos alambicados, desesperados, ingeniosos o inesperados para seguir adelante. Esta lección tendríamos que aprender de los pobres de este mundo.

Recuerdo cuando en Sost, Pakistán, compartí un té con el líder local, el hombre que organizó los rescates cuando el monzón se llevó por delante valles enteros y la hambruna castigaba sin trigo a los hombres que nunca habían visto el horizonte. Era un tipo de mirada dulce, poblado mostacho, impecable acento británico, manos suaves y cuidadas, atuendo occidental. Lo rodeaban una piara de garrapatas que se lucraban de su presencia, adorándolo y mimándolo como si fuera un anillito de diamantes sepultado entre cojines de terciopelo.
- Y cuando vinieron las inundaciones este año -pregunté-, ¿usted qué hizo?
Estaba maravillado de que en aquel lugar remoto del mundo, entre picos agrestes de cinco mil metros de altura, por carreteras de piedra y grava, alguien hubiera sobrevivido a los monzones. Todavía tenía frescas las imágenes del huracán Katrina, y cómo los ciudadanos del país más poderoso del mundo esperaban un rescate que no llegaba jamás, encaramados en los tejados de sus casas, agitando toallas ante la mirada gélida de las cámaras de televisión desde los helicópteros de informativos.
- Esa noche- rememoró el hombre- se supo enseguida que estábamos ante una catástrofe. Hubo un desprendimiento muy importante que taponó el río Hunza, y el agua empezó a subir. Había muchísima lluvia, el monzón estaba encima. Pero empezó a llegar gente de los pueblos de alrededor y del otro lado del valle. Todo el que tenía un coche o un carro venía a recoger gente y la llevaba a su casa. Y así pudimos rescatar a unas treinta mil personas.
Me quedé boquiabierto. No podía imaginar una escena semejante en occidente. Ciudadanos comunes saliendo al monzón con sus coches por carreteras de grava, angostas y oscuras, bajo la inclemente lluvia, culebreando entre acantilados rocosos y albergando a sus semejantes en sus propias casas, dándoles abrigo y algo de comer.
He visto muchas veces en la televisión la misma imagen: una señora oronda, aposentada en un sofá en una chabola, con tono lastimero:
- Yo lo que quiero eh que me den un pizo. Que la Jhunta me de un pizo.
En un rincón, una olla a presión prepara un cocido siseando. Hay un enchufe en el que se cargan dos móviles. El ropero lleno a rebosar. Una televisión de pantalla plana desde la que se intuye una telenovela. Si hubiera conocido a los verdaderos pobres de este mundo, esos que no tienen nada más que el aire en sus pulmones, esos que caminan seis mil kilómetros para comer de nuestra basura, los que aran un huerto del tamaño de un pañuelo para poder vender dos tomates raquíticos, los que viven como animales en chozas de techo de paja, quíza habría sacado de ellos una valiosa lección: La autosuficiencia nos hará dignos. Nos hará grandes.

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