close¡Hola! He completado la vuelta al mundo en moto durante dos años, y esto que lees no es más que una pequeña parte de mi aventura. Si quieres, puedes comprar mi libro haciendo click aquí.
Conoce ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo y cómo terminó.

La moto devoraba kilómetros sin miramientos, dejaba atrás las ampulosas curvas y las interminables rectas sin el más mínimo esfuerzo. Sin embargo, aquí acusó el primer y único problema mecánico de toda la ruta: el espejo derecho empezó a soltarse, y yo no tenía una llave inglesa para apretarlo. Me detuve en una casetucha ruinosa de un pobladito mustio a pie de carretera, y pedí prestada una a un ponchero que languidecía fumando un pitillo liado. Se aproximaron cuatro o cinco chavales sucios, que me rodearon con interés.
- Hello- saludaron con desparpajo. El líder de la manada, un chiquillo de no más de doce años, de pelo revuelto y camisa llena de lamparones dio un paso adelante y tocó el manillar, la bolsa del depósito, y me observó mientras ajustaba el espejo.
- Hola- contesté sabiendo lo que venía a continuación.
- Un peso- dijo el chaval extendiendo la mano.
- No- contesté.
- ¿Por qué no?
- Porque no.
- ¿Por qué no porque no?
- Porque tampoco.
Se rieron, se dieron unos cuantos empujones, fanfarronearon un poco al sol. Terminé de ajustar el espejo y me volví hacia el ponchero, que lo observaba todo con la desidia de quien lo ha dado todo por perdido. Por el rabillo del ojo, vislumbré un rápido movimiento de los muchachillos, acercándose a la moto más de lo que hubiera deseado. Me giré y apunté al pequeño líder con la llave inglesa, regalándole una mirada grave y dura.
- Aléjate dos metros de la moto.
Inmediatamente, retrocedieron todos como movidos por un resorte. Con ese pequeño gesto quedó claro que su existencia se resumía en rapiñas, castigos, malas palabras, gestos adustos, acción y reacción bajo el sol inclemente. Parecían perrillos que han sufrido ya demasiadas palizas y han aprendido a echarse atrás cuando ven a un tipo agachándose para recoger una piedra del suelo. Cuando los lectores me recomendaron a través de Facebook que bajara hacia México DF a través de la Península de Baja California, me enfrenté a Google Maps y empecé a recorrerla virtualmente, desinflándome poco a poco a medida que vislumbraba un desierto pelado. Las imágenes que me ofrecía de esa carretera eran desangeladas, áridas y terriblemente aburridas. Al salir de Tijuana, en uno de esos días pastosos en los que el tiempo se va dilatando lentamente, las callejuelas te atrapan y la comodidad del hostal hacen que no desees en absoluto enfrentarte al sol y los espacios vacíos, dejé a mi derecha un océano deslumbrante, inmenso, colosal. Para el viajero ocasional, todo es cascabel y pirotecnia fuera de las cuatro paredes de la pensión: quien tiene los días contados para descubrir un país se enfrenta a diario a un delicioso mundo nuevo y estimulante, lleno de olores, de ruídos, de confeti revoloteando al viento. Pero quien lleva a sus espaldas muchos días en soledad montado en una moto, el refugio de una cama mimosa se convierte en un imán, y la promesa de encontrarse con otra al final de la ruta una espuela para seguir adelante. En esos días de pereza, cada pequeño gesto se convierte en una lucha interior entre la inmovilidad deseada y la permanente pelea que supone hacer una maleta que no quiere ser hecha, conseguir un desayuno que no es tan bueno como hubieras deseado, salir de una ciudad que se resiste a dejarte partir.

Lupe la Renegada

Lupe la Renegada

Para salir de Tijuana bordeé durante largo rato el muro de hormigón de la frontera, justo hasta su fin en el Pacífico. Del lado mexicano, se agolpaban pobres diablos que habían construido chozuchas feas y negocios ruinosos, pegados a la tapia, a un lado y otro de la carretera. Se vislumbraban en la costa enormes complejos de apartamentos pensados para los gringos, burbujas de hormigón tras las cuales se sentían a salvo de la vorágine fronteriza. La carretera entonces describió una elegante curva y comenzó a descender hacia el gran sur. Me espoleé, pegué un par de acelerones, y dejé atrás el remolino sucio de Tijuana. Podía optar entre una carretera inclemente de pago que surcaba colinas raídas o una vía enrevesada gratuita que se detenía con parsimonia en cada pueblito costero. Al principio me interné en la vía de los pobres, pero pronto recordé que las carreteras mexicanas están pensadas para contener el tráfico de narcotraficantes y conductores suicidas, y cada dos o tres kilómetros se ven interrumpidas por absurdos topes. A veces son simples montículos de tierra, en otras son gruesas tripas de hormigón, pueden ser tachones de hierro o sogas embreadas, pero siempre están ahí: en ocasiones un cartel claveteado en un palo retorcido avisa del tope, pero en otras simplemente te lo encuentras al otro lado de una curva y tienes que hacer piruetas inverosímiles para conservar la vertical.

Trochas

Trochas

Tras una veintena de dolorosos encuentros con mis nuevos enemigos, decidí tomar la vía de pago. La carretera se elevó colina arriba y de repente me encontré en un inmenso balcón sobre el océano. Un par de señales de color azul advertían de la presencia cercana de ballenas. Soy de los que creen que esos carteles nunca se corresponden con la realidad, así que seguí acelerando, hasta que por el rabillo del ojo descubrí una montaña de espuma despuntando de las aguas azules. Y luego otra, y después otra más. Simplemente no me lo podía creer, ahí estaba yo, conduciendo al lado de las ballenas, y sin un mísero lugar donde poder detenerme a contemplar ese prodigioso espectáculo. Las ballenas siguieron jugueteando con el mar largo rato, hasta que tal y como aparecieron se esfumaron en las profundidades del mar.
Al día siguiente me adentré en el Valle de los Cirios. Es una superficie monótona y desértica que se extiende entre los paralelos 28 y 30, cuajada de pequeños montículos de tierra reseca en las que sobreviven cardones, garambullos, yucas, pitayas, agaves, ocotillos, choyas y muchas otras plantas espinosas que parecen trasplantadas de un planeta árido e inclemente. Sin embargo, lo que realmente llama la atención de este valle son unos arbustos maquiavélicos, confusos, enhiestos y coquetos: los cirios. Decían los indios Seri que tocarlos provocaba que soplaran fuertes vientos y se levantaran crueles polvaredas. Los cirios viven aquí y sólo aquí, para verlos hay que venir a estas tierras abandonadas por Dios y por los hombres y recorrer estas carreteras silenciosas y calcinadas.

Paisaje de Baja California

Paisaje de Baja California

Tenía cierta inquietud al visitar el mapa de esta región porque sabía que había zonas de seiscientos kilómetros sin poblado ni gasolinera alguna. Y así fue: al tercer día dejé atrás San Quintín y el mundo se despobló de seres que no fueran pálidos cactus de erizada cabeza. El sol radiante iluminaba una superficie árida de rastrojos y de grava rojiza, pequeñas montañas coronadas de sal, horizontes inalcanzables y atemporales.
Me detuve en un barcito misérrimo a pie de carretera. Dos ancianas se calentaban al amor de una estufa. Las saludé afablemente.
- ¿Dónde hay una gasolinera?
- Huy. A cuatrosientos kilómetros hay una.
- ¿Y alguien vende gasolina por aquí?
- Allá más adelante, a una hora.
- Gracias.

Cactus de Baja California

Cactus de Baja California

Las dejé cuchicheando sobre lo guapo que soy y riendo en voz baja. Las distancias aquí se miden en centenares de kilómetros. En horas, muchas horas. Seguí ruta con el pilotito de la gasolina encendiéndose intermitentemente. Pasé un agónico pueblo en el que nadie tenía gasolina que vender, pero todos parecían convencidos de que más adelante alguien traficaba con ella. Y así fue. Cuarenta kilómetros más adelante, un tipo con aspecto de cangrejo esperaba a pie de carretera rodeado de bidones y botellas. Empleaba un curioso método de trasvase de líquidos y de succiones de mangueras para controlar cuántos galones vendía a cada cliente. Y así fue como llegué a Santa Rosalía, donde se desmoronó el viaje por completo.

Santa Rosalía es un pueblo encantador enclavado en el ecuador de Baja California. Sus confusas calles de pintorescas casitas de madera trepan por las colinas. La vida aquí es tranquila, pacífica, polvorienta. Llegué al anochecer, mientras densos nubarrones amenazaban tormenta. Cené unos deliciosos tacos en un puesto callejero y dormí como un niño acurrucado en una cama vencida por los años de traqueteo, en una pensión colonial vieja y cascada, medio comida por las plantas trepadoras. A la mañana siguiente, Baja California mostró su lado más coqueto, cuando la carretera se elevó sobre el mar y dio paso a la deliciosa Bahía de Concepción. Es un amplio surco de agua cristalina enclavado en el Mar de Cortés, tachonado de islillas dulces de suaves lomas, del que parten una serie de pequeños golfos de arenas tranquilas y playas recónditas, acantilados perezosos y fragantes y umbríos bosquecitos de pinos bajos. Descendí a la arena en cuatro o cinco ocasiones, encontrándome siempre con las mismas hileras ordenadas de autocaravanas aposentadas como rechonchas damas de alta alcurnia contemplando el inmóvil celaje.

Una de las playas de Bahía Concepción

Una de las playas de Bahía Concepción

La Renegada pisa la arena

La Renegada pisa la arena

Fue un día larguísimo de hermosos paisajes y de olores suaves a retama seca, a polvo en suspensión, a salitre y a nubes. Llegué cuando el sol se ponía a La Paz, una ordenada cuadrícula a pie de una ensenada, pequeña ciudad turística con un larguísimo malecón, en el que estallaba una de las más hermosas puestas de sol que he visto en América. Sin embargo, aterido como estaba de frío, y carcomido por la preocupación de salir a tiempo de la península, decidí que tenía que acercarme a la terminal de ferries para verificar horarios. Estábamos a treinta de diciembre, y una interrupción en el transporte marítimo podría suponer que no llegaría a tiempo para depositar a Lupe la Renegada en el agente de envíos que IMM Rent & Tours había contratado para trasladar la moto de vuelta a España. Así pues, movido por la intuición más que por otra cosa, decidí hacer en la más absoluta oscuridad el trayecto de casi treinta kilómetros que separaban la idílica bahía del puerto de carga de la ciudad. La noche se fue poniendo inexorablemente, y la carretera se convirtió en una trémula lengua oscura flotando en un colchón de terciopelo negro. En la lejanía vislumbré tres o cuatro lucecillas trémulas que supuse sería la terminal de carga.

Puesta de sol en la Ensenada La Paz

Puesta de sol en la Ensenada La Paz

Cuando llegué al mugriento barracón que servía de puerto, la temperatura había descendido a niveles glaciares. A mi alrededor reinaba la noche gélida, y la carretera descascarillada y los altos muros sucios y desconchados daban al lugar un aspecto lúgubre y peligroso. A la puerta de la terminal había unicamente un mendigo tristón cobijado bajo una manta raída.
- ¿Está cerrado?
- Pues sí.
- ¿Y sabe si mañana hay barco?
- Huy, seguro que no.
- ¿Y pasado?
- Tampoco.
- ¿Y hoy?
- No.
Lejos de amilanarme, lo dejé allí tiritando y decidí rodear el edificio. Me encontré de sopetón con una barrera flanqueada por un par de vigilantes aburridos. Me confirmaron que el servicio se vería interrumpido durante cuatro días, pero también me informaron de que había un ferry listo para partir esa misma noche. Me dirigí en la penumbra a una oficina mugrienta tristemente iluminada por unas mortecinas lucecillas de navidad, donde me tramitaron un billete y, minutos más tarde, me encontré sentado en una piedra a pie de un barco de aspecto algo perjudicado. El ferry se dirigía a Los Mochis, casi seiscientos kilómetros al norte de donde pretendía llegar, pero era mejor que quedarme cuatro días en La Paz royéndome los dedos y perdiendo el avión de vuelta a Madrid. A lo lejos, las luces parpadeantes de la ciudad me hicieron dudar por un momento, pero soy un tipo responsable, y sabía que si no tomaba ese barco, jamás llegaría a tiempo a mi cita con el avión.

Ferry

Ferry

El ferry era un cascarón de chapa repintada utilizado casi en exclusiva por adustos conductores de camiones que volvían al continente para llenar los trailers de mercancías y regresar a La Paz. Los tipos eran auténticos animales fronterizos curtidos en los sinsabores del camino. Jugaban a las cartas, fumaban y dejaban pasar el tiempo con la dejadez del que vive de eso: de ver pasar las horas muertas. En el salón social, una vieja televisión vomitaba una escandalosa película de Jackie Chan ante un grupo de pasajeros momificados. A cambio de un ticket me sirvieron un plato de guisote de culo de cerdo con arroz. No había donde tumbarse, así que me aposenté enfundado en mi traje de cuero ante la película de Jackie Chan, que fue sustituida por una de algo y más tarde por otra de otra cosa de calidad y estridencia similares. A medida que se iba desgranando la noche, mi mente iba quedándose más y más abotargada. Las horas de calma chicha y aparente inmovilidad fueron sucediéndose en un pastoso universo onírico. Amanecí enormemente cansado y entumecido, sólo para descubrir que en el mundo exterior el clima había cambiado radicalmente, y el barco se encontraba sumido en una extraña mezcla de bruma y chaparrón. Abandoné el ferry y me vi expulsado a un universo inclemente. Me esperaban seiscientos kilómetros sin apenas haber dormido más de unos minutos seguidos. Gasté todas mis energías en vigilar el firme irregular y en evitar las enormes lagunas que dejaba la lluvia, y que en ocasiones ocupaban la carretera entera. El 31 de diciembre de 2012 llegué absolutamente agotado a Mazatlan y me refugié en una especie de hostal de parejas en el que la cama, la mesa y la mesilla de noche estaban hechas de ladrillo y azulejo para que los huéspedes no se las llevaran bajo el brazo. Al ir a pagar me encontré con que no aceptaban tarjetas, y fui caminando bajo la lluvia en mi mono de cuero -que llevaba casi cuarenta y ocho horas de uso ininterrumpido- hasta un cajero que resultó estar a cinco kilómetros más de lo que me habían prometido. Chapoteé bajo la lluvia castañeteando los dientes y expresando a gritos mi ira y frustración. Me pregunto qué pensarían los mexicanos ociosos que me vieron caminando y gritando en solitario, calado hasta los huesos, con semejante indumentaria. Nunca el sonido de la máquina contando billetes había resultado tan poético. Volví refunfuñando, con el pelo completamente empapado, sorteando baches y salpicaduras de camiones, malhumorados perros pulgosos y cascadas provenientes de los tejados. Tuve la tranquilidad de espíritu suficiente como para hacer cola en un puesto callejero para comprarme una tarrina de ceviche y una bolsa de tostadas. Esa fue mi cena de nochevieja. La devoré tapado con cinco mantas y tiritando de frío.

Cena de nochevieja

Cena de nochevieja

Como era de esperar, la ropa no se había secado ni un ápice a la mañana siguiente. Muy temprano, bajo la pertinaz lluvia, continué camino hacia Guadalajara. Si me preguntaran qué vi en esos seiscientos kilómetros, no sabría responder. Lluvia. Baches. Topes. Más lluvia. Más baches y más topes. Carreteras anegadas. Quizá algún perro. Llegué a Guadalajara una hora antes de la cita que había concertado con mis lectores de la región. Ocupé media hora en desentumecerme bajo la ducha del hostal de mala muerte que encontré dando palos de ciego. Creo que mis nuevos amigos supieron comprender que mi actitud y mi aspecto fuera el de un cuervo viejo empapado y patético. Uno de ellos incluso tenía un ejemplar de mi libro y me ofreció su ropa, sus guantes, todo su afecto. Qué gente buena hay por el mundo.
Al día siguiente descendí hasta Colima, un encantador pueblecito donde había ido a vivir mi amigo Pepe cuando, hace unos años, abandonó Madrid. Pepe me recuerda vivamente a Kenny, el personaje de South Park. Pasamos un buen rato en una cenaduría, recordando los viejos tiempos. A la mañana siguiente, la ropa tampoco se había secado, pero el clima parecía querer darme un respiro. Un lector de Morelia había insistido que quería organizar una ruta para mi, y nos encontramos ante la hermosa catedral de Zamora de Hidalgo. Era un tipo afable y tímido, que me llevó a una taquería en la que sólo había tacos de lengua. Pero tras haber probado los de ojo, la verdad es que los tacos de lengua se me hacían bastante aceptables. Pasamos dos largos días sobre nuestras monturas, acompañados por un familiar suyo que había armado pieza a pieza una hermosa Goldwind. Hicieron lo posible por hacerme disfrutar de los hermosos paisajes del México central, pero los Días del Enanito habían hecho mella en mi cuerpo y mi alma. Me encontraba taciturno, vencido, castigado, apaleado por los kilómetros, la lluvia y la responsabilidad de llegar a tiempo al DF. El último día nos arrastramos montaña arriba, venciendo el pertinaz mal de altura, para visitar el Santuario de la Mariposa Monarca. La pelea con la asfixia causada por la altitud se ve recompensada cuando por fin llegas a un pequeño rincón del bosque en el que viven las mariposas.

Mariposa Monarca

Mariposa Monarca

Agazapadas en la maraña de los pinos, las enormes mariposas se agolpan en colonias de decenas de miles de individuos, colgadas de las ramas de los árboles formando piñas colosales. Son tantísimas que las ramas se comban, languidecen y se desgajan bajo el peso de los insectos. Llegan a México todos los años tras un larguísimo y desconcertante viaje desde Canadá, y se apretujan todas en un área realmente pequeña de la sierra. Como si estuvieran demasiado cansadas o aturdidas, revolotean perezosas, y sus cadáveres llenan el suelo del bosque de olas de color butano, trémulas en la brisa. El santuario tiene un ambiente solemne, y las decenas de turistas que jadean colina arriba para llegar a él observan un respetuoso silencio, sobre el que se oye el aleteo incesante de esos espíritus del aire.

Y entonces seguí camino hacia el DF. Se presentó ante mi tras una subida pavorosa, como una imagen tétrica de una civilización olvidada bajo un nubarrón monstruoso, negro, denso, sulfúreo. Entre las nubes, se disparaban los relámpagos de una tormenta colosal. Los ruidos graves y solemnes de los truenos se podían distinguir nítidamente sobre el jadeo poderoso de la ciudad al atardecer. La maraña de autopistas sin sentido. Las turbias calles anegadas. Los interminables atascos y los conductores de autobuses asesinos. El aire contaminado de olor a alquitrán, a polvo, a cilantro, a humedad y tubos de escape en perpetuo rezumar mortífero. Así, más o menos, se acabó el viaje.
Dando bandazos como una hojita a merced de los relámpagos.

Imprimir