Los ingredientes de un cielo perfecto
La primera vez que la miseria de Africa me golpeó de lleno fue en Botswana, casi tres mil kilómetros después de pisar el continente más desigual de la Tierra, y tras dejar atrás tres países largos, llanos y exentos de aventura. Había llegado a mi primera ciudad-oasis en medio de la inmensidad de arbustos semejantes a esponjas marinas y llanuras verdes infinitas que es Botswana. A mi paso, millares de termiteros alineados alrededor de la carretera rectilínea, sorprendentemente altos, de todos los colores que pueda presentar la tierra: rojos como la sangre, de un amarillo pálido y nacarado, de un gris ceniza denso como el metal fundido: y todos ellos alambicados, desmesurados, caprichosos, desafiando la gravedad, como un diseño extraído del Parque Güell o de una película de Tim Burton. Botswana me asustó entonces con sus precios. El único hotel de la población pedía cincuenta y cinco euros por una habitación individual sencilla, una simple cama, baño, armario, pare usted de contar. Me fui a un supermercado y me compré un platito de arroz con pollo y me senté a comerlo en los escalones de la puerta, porque esto de viajar en moto por el mundo realmente tiene muy poco glamour. En los escalones del pórtico me hacían compañía mendigos harapientos, matronas gordas que descansaban a la sombra, pequeños bushmen cloqueando sin parar, robustos negros de anchas espaldas con actitud desafiante. Hacía un calor tremendo, y ante las puertas del supermercado tenía lugar una de esas escenas africanas de decenas de furgonetas pitando y cargándose de pasajeros sin orden aparente a la voz de un gesticulante copiloto cuya misión es acomodar pasajeros y anunciar próximos destinos más alto que la competencia. Cuando estaba terminando de comer, me di cuenta de que estaba rodeado de chiquillos. Iban vestidos con harapos, y sus piececitos descalzos estaban sucios con el polvo del camino y llenos de costras. Parecían una bandada de maltrechas gaviotas revoloteando alrededor de un barco pesquero. Pensé que iban a atracarme y me puse en guardia. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, al levantarme, me pidieron con gestos alegres los huesos del pollo y se los repartieron entre ellos como los hijos del Piyayo, burbujeando de alegría y devolviéndome a cambio de mi basura una sonrisa. Niños de nueve años comiendo mis sobras. Había comprado un par de cachos de pizza reseca y un platillo de patatas fritas para la cena y ahí fueron a parar, aunque a estas alturas de viaje sé que no puedo cambiar el mundo ni puedo resolverle la vida a nadie. Es inútil dar limosna, me repito sin parar cuando asisto a una injusticia. Pero esos niños sonriéndome y haciéndome reverencias a cambio de unos huesos de pollo se me antojaron demasiado.
- Son huérfanos- me informó inesperadamente la voz de tambor de un hombre mayor que lo observaba todo tras unas gafas de sol que lo hacían asemejarse a una gran mosca ceñuda y aristocrática.
- ¿Huérfanos? -pregunté.
- Sí. Aquí cerca hay un refugio para niños con SIDA.
Claro, eL SIDA. La cuarta parte de la población de Botswana lo tiene. Estos chavales que comían mis sobras eran, ni más ni menos, que un puñadito de los casi cien mil huérfanos que ha dejado esa tremenda enfermedad en Botswana.
El hombre había sido criado de una casa rica durante cerca de cincuenta años. Lo habían educado en los modales altivos y el acento despectivo propio de los anglosajones blancos. De la noche a la mañana, los patrones se habían ido y él se había quedado a esperar la muerte a las puertas de aquel supermercado en un villorrio perdido en medio de la sabana.
En Johannesburgo, Sudáfrica
28ºC. Día 612 de viaje. Leyendo Los Caminantes, de Carlos Sisí.
A medida que me alejaba de Johannesburgo, los personajes que me encontraba en el camino iban volviéndose más crepusculares. La primera noche me asaltó por sorpresa una tormenta monumental, y acabé refugiándome en una fonda en la que me alquilaron una pequeña cabaña de madera protegida por un frutal y con vistas a la sabana. Me dormí con las gallinas acunado por el repiquetear de la lluvia y el retumbar de los truenos, pero esa noche, el murmullo de la brisa me despertó a las cuatro de la mañana, mientras las ramas del árbol arañaban suavemente mi tejado de zinc como dedillos de ánimas que no han encontrado la paz. Pude distinguir a través de las persianas entornadas la luz plateada de la luna llena. Abrí entonces las ventanas para presenciar el pálido juego de luces del amanecer y la gradual desaparición del millar de estrellas que habían poblado el cielo de Africa. Ocurre todos los días, pero todos los días se las ingenia para ser un espectáculo distinto, hermoso, atemporal e hipnótico. En la sabana, el amanecer se ve magnificado por la lupa de la llanura. Hermosas vetas de luz que parecen no tener fin revolotean desde una punta a otra del mundo, haciéndose más pequeñas pero más intensas en el horizonte, donde nace el sol, inundándolo todo abruptamente con sombras larguísimas de color marrón y luces anaranjadas. Cada pequeña brizna de hierba seca, cada arbusto agónico, cada roca clavada firmemente en el polvo arrojan una sombra larga y caprichosa, muchos metros allá. Rodé temprano para evitar los calores del día, porque empezaba a adentrarme en el desierto. Las hierbas de la sabana fueron muriéndose, angostadas por el sol, y los pájaros de mil colores que me habían desafiado, suicidas, en las interminables rectas sudafricanas fueron extinguiéndose. El calor casi me mata al llegar a la última ciudad de Sudáfrica, Ghanzi. Llegué chorreando a una guesthouse (en la Sudáfrica rural no hay hoteles, sino que los pequeños burgueses de los pueblos alquilan una habitación de su casa a los viajeros por un precio módico) en la que una mujer bellísima se hizo cargo de mi, mientras lidiaba con una recua de clones suyos de distintos tamaños a los que mantenía a raya a base de chucherías y vanas promesas.
A la mañana siguiente, intimidado por la posible calidad de la gasolina de Namibia, país que erroneamente veía como salvaje y desabastecido, recorrí varias tiendas para aprovisionarme de recambios que luego resultaron ser inútiles. Estaba convencido de que los problemas de potencia que estaba experimentando Fefa eran debidos a que me estaban dando gasolina mezclada con agua y etanol, y no a una avería del motor. En la última gasolinera antes de adentrarme de cabeza en el desierto, me senté en una menguante sombra y procedí a cortar un tubo de combustible para embutir ahí un filtro de papel que acababa de comprar en una inmensa y pulcra tienda de motos a las afueras del pueblo. Arranqué la moto ante la fascinada mirada de dos mendigos que, antes de dejarme marchar, extendieron sus manos callosas y se frotaron el estómago en inequívoca señal de hambre. Y tras probar el acelerador cinco o seis veces, me adentré de cabeza en el desierto. Había recorrido unos diez kilómetros cuando la Fefa se paró con una tos agónica. Intenté volver a encenderla, pero sólo conseguí arrancarle cuatro suspiros sordos.
Pues ya está. Se había jodido al fin la puta moto. En el Desierto del Kalahari.
Desprovisto de cualquier tipo de sombra, me senté derrotado al lado de Fefa, en el polvo de la cuneta. A mi alrededor se divisaba unicamente desolación: una llanura de color amarillo intenso, ininterrumpida, inmensa, vacía. Una carretera rectilínea inmaculada, de un color negro azabache, por la que no pasaba ningún vehículo. Y el cielo cuajado de las nubes más hermosas que he visto en mi vida. Las nubes proyectaban en la planicie sombras de un color muy oscuro, como si el suelo fuera un puzzle al que le faltaran algunas piezas. Son fenómenos asombrosos los que la naturaleza ofrece en un continente indómito: cielos del tamaño de galaxias, sombras largas dibujadas con tiralíneas por el Greco, nubes efervescentes empequeñeciéndose en la perspectiva del horizonte, tormentas coléricas, azules casi negros, estrellas rabiosas, amarillos flamígeros, rojos violentos y apasionados.
Me dejé caer hacia atrás, con el casco puesto, y me quedé contemplando las nubes. Qué nubes lindas. La temperatura era de unos cuarenta y cinco grados. Me sentía ahogado, noté nítidamente cómo los poros de mi piel se abrían y derramaban a chorro oleadas de sudor dentro del mono de cuero mientras me ahogaba lentamente, víctima de una paulatina pereza. Decidí que me dejaría morir allí, bajo aquel cielo infinito de nubes tan bellas. Empecé a fantasear sobre la posibilidad de que mi cuerpo se disolviera en un montículo de polvo y se mezclara con aquella llanura sin fin. Me importaba un carajo dejar de existir en aquel momento. Si la moto no quería andar, que no andara. El Universo entero podía pararse en aquel instante maravillosamente tórrido. Habría concluido mis días allí sin mayor pena ni remordimiento. De no haber sido por la aparición de un millardo de moscas cojoneras, quizá habría acabado por sucumbir a los espejismos y habría cesado poco a poco de respirar. Pero las moscas me descubrieron y me encontraron apetecible. De algún modo desperezaron mi cerebro y, de alguna parte detrás de mi, escuché la voz de Mordomo (*) nitidamente, burlándose de mi incompetencia:
- ¡¡Las canillas, pelotudo!!
Los grifos. Los grifos del depósito de la gasolina. ¿Los había cerrado? ¿los había vuelto a abrir?
- Ya va, ya vaaaa… -murmuré trastabillando. Los contemplé largo rato a cuatro patas, como un borracho que intenta averiguar el mecanismo de una llave y una cerradura. Era incapaz de distinguir si estaban abiertos o cerrados. Dios, ¿por qué haría tanto calor?. Valoré la posibilidad de volver a tumbarme y dejar correr aquello. Morir dulcemente empapado en sudor. Pero entonces moví los grifos y apreté el contacto.
- Pelotudo- me dediqué cuando la moto arrancó obedientemente.
Crucé la frontera sin pena ni gloria, sólo para descubrir que había calculado mal mi dinero, así que me vi atrapado en pleno desierto sin una gota de agua. Me habían prometido una ciudad abastecida y con cajero a doscientos kilómetros de allí:
- Está cerca, sólo doscientos kilómetros.
Esa frase se repetiría tres o cuatro veces a lo largo del viaje con retorno a través del Trópico de Capricornio. En estas inmensidades vacías, todo lo que está por debajo de los doscientos kilómetros, está cerca.
Llegué asfixiado a la primera ciudad de Namibia. Como ciudad defraudaba bastante pero, pese a su pequeño tamaño, no era para nada el poblacho de adobe que uno pudiera esperar al escuchar la palabra Namibia desde el sillón de un sofá en occidente. Dos surtidores de gasolina, un supermercado atiborrado de sacos de productos al por mayor, una estafeta de correos encalada, un par de tienduchas de apuestas y un hotel escondido tras un par de montículos de arena. Letreros en Alemán, calles sin asfaltar pero pulcras, y manadas de hombres y mujeres arracimados bajo cualquier sombra de cualquier tejadillo. Entré en la estafeta de correos para informarme, y de inmediato dos adolescentes que pegaban la hebra con una obesa funcionaria de moño arquitectónico se dieron la vuelta y murmuraron expresiones de admiración y lujuria. Eran dos muchachos casi travestidos, uno alto, de pelo teñido de rojo, uñas pintadas de verde y ropa muy ajustada adherida a su cuerpo escuálido. El otro más bajo, apenas un niño, con el rostro negro muy delicado, oculto tras unas gafas de sol que quizá habría empleado sin pudor Audrey Hepburn, pantalones pirata de un blanco inmaculado, sandalias rosas. En su bracito pendía un gran bolso de imitación de Louis Vuitton. Fue él quien me tomó del brazo y salió conmigo al calor de la tarde dando pasitos exageradamente femeninos y me señaló la dirección correcta del hotel. Con una sonrisa que supongo él consideraba altamente seductora murmuró un bye, bye aterciopelado como el maullido de un gato, y volvió caminando a la estafeta, moviendo suavemente las caderas, con el bracito que sujetaba el bolso apuntando al cielo. Qué difícil debe de ser la vida para algunos.
Casi de forma completamente azarosa decidí acercarme al Atlántico. Había oído vagamente que Lüderitz merecía una visita, pero primero quería ver las maravillas naturales de Namibia. Por desgracia, para llegar a las maravillas naturales tenía que adentrarme varios cientos de kilómetros por pistas de grava, algo que no sería un problema de no ser por la abundancia de arena que disfruta el país. Así, puedes ir perfectamente a sesenta kilómetros por hora, como descubrí inmediatamente, por un fantástico camino de grava, y encontrarte en el medio y medio, disimulado con los colores ocres de la tierra, con un bancal de arena en el que irremediablemente se clavan los neumáticos de forma traicionera. Avancé cosa de quince kilómetros, en los cuales patiné peligrosamente un par de veces, hasta que un resbalón especialmente dramático casi tiene como resultado una ruptura de tobillo. Y no me apetecía demasiado romperme el tobillo en medio del desierto, a cincuenta grados, en una pista por la que quizá circula un coche o dos al día. Así que me di por vencido. Quizá de haber ido acompañado por un grupo de fulgurantes motos habría continuado resbalando y metiéndome en socavones llenos de polvo de talco. Pero así, solo, en medio de ninguna parte, debo confesar que me rendí. Ahora todos los moteros de huevos pelados podéis llamarme gallina bien a gusto. Muchos llevan deseándolo desde que salí.
En cualquier caso, la otra opción era acercarme a Lüderitz y eso hice. El Kalahari entonces empezó a convertirse en un hermoso arenal, el desierto de Namib, de horizontes infinitos esculpidos en sal y tintura de yodo. Donde la tierra se confunde con el cielo, una paleta de colores difusos forma espectrales figuras que parecen diluídas en la bruma. Tras cuatrocientos kilómetros de recta, en la que sólo se encuentra el consuelo de divisar alguna avestruz escurridiza, apareció el pequeño pueblo, un enclave alemán encallado en una garganta a pie del Océano. Casas de colores art-déco con letreros en alemán y las dunas de fondo. Un amplio puerto pesquero. Dos fábricas de Pescanova humeando. Un coqueto paseo marítimo.
Mientras Fefa y yo llegábamos pasmados a las asépticas calles de Lüderitz, un barco de Pescanova se adentraba en el puerto. En él José, un marino gallego amante de las motos y lector de esta página, se conectaba a internet para invitarme a comer, algo que acepté de inmediato. Encontré un hostalucho escandalosamente barato en una polvorienta callejuela transversal de las afueras del pueblo. Cuando entré en el recinto, me topé de cara con un inmenso y oxidado camión alemán de la década de los cincuenta a medio desmontar, en el que obviamente vivía alguien.
- ¿Qué carajo es esto?- pregunté admirado, lo que causó una pequeña conmoción dentro del vehículo.
- ¡¡Es un jodido camión!!- contestó una voz airada.
- ¡No es un camión!- repuse-. ¡Estoy convencido de que ni siquiera es legal en muchos países!
- ¿Lo oyes, cariño?- contestó la voz desde las entrañas de aquella bestia-. Dice que ni siquiera es legal.
- Invítalo a café- respondió la voz de cariño desde un balcón de la pensión.
Era una pareja singular. Cuando les pregunté cuánto tiempo llevaban viajando, respondieron sin pestañear que veinte años. Veinte años encaramados a aquel camión jurásico y carcomido por la herrumbre, remendado con cables eléctricos y masilla, atiborrado de chatarra.
Pero los veinte años tenían truco: seis meses al año él se subía a una calesa de caballos y paseaba a turistas por las calles de Viena. Esa profesión le venía como anillo al dedo, con su aspecto de caballero andante ligeramente enloquecido. Seguramente me lo crucé hace año y medio cuando pisé Austria. Es una opción vital que ha tomado mucha gente que me he encontrado por el camino: mercenarios mitad del año, prostituyendo mitad de su vida en trabajos bien remunerados pero poco enriquecedores, y Mr. Hyde la otra mitad, carne de hostales baratos y horas muertas charlando con viajeros desconocidos ante una taza de café soluble.
Un poco así me confesó ser José. Se torturaba unos meses a bordo de un pesquero para luego salir con la moto a llenar los pulmones de libertad. Comí con José en un ambiente distendido en el restaurante decente del puerto, parecíamos viejos amigos que se reencuentran casualmente en un lugar en el mundo. Me acompañó a conocer el pueblo y aguantó con paciencia mis paradas técnicas para robar fotos a los ángulos de las casas, los escalones y las ventanas. Caminábamos distendidos hablando de la vida en el barco pesquero cuando apareció Fofito. Según supe después, aquel hombre que ahora vivía acuclillado dentro de su chabolita en la que vendía ropa barata había recorrido medio mundo dando bandazos: Angoleño de nacimiento, dio con sus huesos a los catorce años en el Rayo Vallecano donde lo bautizaron como el payaso, hasta que por esas cosas de la vida se encontró desterrado en Cuba, de donde se vio naufragando en media Sudamérica, aterrizando por fin en aquel lugar inhóspito de la costa de Namibia. Mientras me contaba su vida, detectaba en su voz profunda los acentos de mil lugares distintos. Era una voz hipnótica, resultaba fácil percibir en ella el aroma de ultramar, el olor de la miseria y del resugir de las cenizas, los ecos de vestuarios de campos de fútbol de segunda división, el sabor arcano de fronteras cruzadas con nostalgia, de decepciones y de largas noches de risas junto al mar. En el viaje al interior de uno mismo, si tienes paciencia y curiosidad, hay tantos transbordos como personas. Tantas estaciones como gente ociosa al borde del camino.
Me despedí de Lüderitz al día siguiente, y por la mañana pasé unas horas recorriendo las casas sepultadas en la arena de Kolmanskop.
Esa misma tarde crucé el Trópico de Capricornio por tercera vez en este viaje. Eché cuentas y llegué a la conclusión de que me quedaban dos visitas más. Pero de alguna forma, aquella ocasión me pareció especial. Bajo el abrasador sol, descansé placidamente echando un vistazo largo al sobrio cartel. El Trópico de Capricornio. Ya sólo el nombre es evocador y hermoso, destila poder, aventura. Y, luego, contemplé durante un buen rato las nubes inmóviles sobre aquel inmenso cielo de color turquesa. ¿Estaba enamorándome de Africa quizá?. Enamorado a través del espejo de sus cielos. Puedo pasar por alto muchas cosas de este continente chamuscado por el sol, pero dificilmente podré olvidar sus cielos perfectos: cuajados de estrellas por la noche, inundados con el brillo pálido de la luna de una punta a otra, troquelados de nubes esponjosas como manadas de ovejas, con el celaje casi palpable, inundados por bandadas de pájaros diminutos y vocingleros, surcados por enormes aves de aspecto prehistórico, recortados sobre cañones milenarios de roca en eterno monumento, cielos descomunales, ciclópeos pero delicados. Todos los colores tienen los cielos de Africa: Ébano nocturno, rojo furioso en el atardecer, verde oliváceo en la línea del horizonte, blanco inmaculado en las nubes mansas, gris plúmbeo en el ojo de la tormenta, amarillo pálido en el amanecer sobre la sabana, violeta furibundo cuando el sol se muere. Cielos etereos, efervescentes, catedralicios, poderosos, sangrantes, inauditos, trufados de poros pálidos, inmaculados, bruñidos por la tormenta o dibujados con una experta acuarela de bruma sobre mi incrédula cabeza.
(*) Para más información sobre quién es Mordomo, refiérase al post Rumbo al Valle de la Luna y Un serio problema de altura.
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Salíadarunavuelta: La vuelta al mundo en moto de Fabián Barrio
about 1 week ago
Estos son los relatos que mas me gustan! Sobre como vive y como vive la gente.
Estupendo!
Saludos,
Pablo – Coruña
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about 3 weeks ago
Eso de motero de huevos pelaos, sinceramente, no existe, a no ser que alguien se los depile porque no le guste el pelo. Los hay que se las dan de duros encima de una moto, llevan customs en su mayoria, son chicos malos de fin de semana, algunos solo salen para ir a concentraciones, algunos de esos de las concentraciones de chicos malos llevan la moto en remolque o en tren hasta la concentración, de carretera nada de nada, de usar la moto a diario, nada de nada, de salir de vacaciones con la moto, nada de nada, así que tu a lo tuyo y olvidate de si eres un gallina o no y si eres un gallina, tienes los huevos más duros que todos los moteros que conozco juntos, no se si pelaos o no, pero eso depende si te gusta llevarlos con pelos o sin pelos, eso es cosa tuya. Por cierto, lelvo más de 100.000 km en moto y conozco a un buen puñao de moteros, pues tu eres el más valiente de todos y si hay alguien que se puede comparar a tí, que no superar, lo dejaste en Pakistán, despues de cruzar el Himalaya.
Salud y fuerza para tu viaje
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about 3 weeks ago
Fabián, una preguntita, ¿no vamos a Ciudad del Cabo?, ya que la tenemos ahí al lado y que no llega el pasaporte, podríamos aprovechar, ¿no te parece?
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about 3 weeks ago
Última mente he pensado: q voy a hacer cuando termines tu viaje físico y mi viaje imaginario en el puesto trasero de fefa?? Ya estoy siguiendo otro viajero español q está dando la misma vueltica (Fernando Quemada), lo único q él no escribe de esa forma tan especial q tu (Fabián) escribes, se me hace tan parecido a las novelas macondianas de Gabriel García Márquez.
Te has puesto a pensar q vas a hacer un día después q termine esta aventura?? Has contemplado la posibilidad de darte otra vueltecita? De todas formas te agradezco que me hallas mostrado un mundo distinto al q se leen en los libros.
“SIGUE TU CAMINO MOTERO DE HUEVOS PELAOS”
Un saludo desde Colombia
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about 3 weeks ago
Hola a tod@s
“”"Casi de forma completamente azarosa decidí acercarme al Atlántico. Había oído vagamente que Lüderitz merecía una visita, pero primero quería ver las maravillas naturales de Namibia. Por desgracia, para llegar a las maravillas naturales tenía que adentrarme varios cientos de kilómetros por pistas de grava, algo que no sería un problema de no ser por la abundancia de arena que disfruta el país. Así, puedes ir perfectamente a sesenta kilómetros por hora, como descubrí inmediatamente, por un fantástico camino de grava, y encontrarte en el medio y medio, disimulado con los colores ocres de la tierra, con un bancal de arena en el que irremediablemente se clavan los neumáticos de forma traicionera. Avancé cosa de quince kilómetros, en los cuales patiné peligrosamente un par de veces, hasta que un resbalón especialmente dramático casi tiene como resultado una ruptura de tobillo. Y no me apetecía demasiado romperme el tobillo en medio del desierto, a cincuenta grados, en una pista por la que quizá circula un coche o dos al día. Así que me di por vencido. Quizá de haber ido acompañado por un grupo de fulgurantes motos habría continuado resbalando y metiéndome en socavones llenos de polvo de talco. Pero así, solo, en medio de ninguna parte, debo confesar que me rendí. Ahora todos los moteros de huevos pelados podéis llamarme gallina bien a gusto. Muchos llevan deseándolo desde que salí.”"”
Fabian,
TU nunca te has dado por vencido, llevas superadas mil y una adversidades.
TU no viajas con una moto ultimo modelo.
TU viajas solo, no viajas en grupo. Ademas tu viaje es muy largo no es una ruta/viaje aventura programado (vaaaaaaaaale, esta Mordomo y nosotros intentamos empujar un poquito, pero fisicamente viajas solo).
TU no te rendiste, tomaste la decision adecuada para poder continuar con el viaje, una ‘vuelta’ como la que estas dando no te obliga a coger carreteras o pistas concretas, tu atraviesas paises y continentes como quieres o puedes.
Los ‘moteros de huevos pelados’ jejeje jajaja, dudo mucho que de todas las personas que van en moto mas de 1 de cada millon tenga las agallas para hacer lo que estas haciendo y no estoy exagerando.
Esos ‘moteros de huevos pelados’ que te desean mal, dudo que pierdan el tiempo seguiendote, por lo tanto ya no estan y no importan sus opiniones ni comentarios, seguramente son moteros de domingo por la mañana a la carretera de curvas que se conocen, hacen un poco de ruido, unas plegadas guapas, y para casa………. total 100/200 kms siempre y cuando haga buen tiempo y no haga frio claro.
Los grandes moteros viajeros/aventureros/solitarios, estoy seguro que te siguen, no escriben (aunque yo he visto algunos nombres que me suenan), y seguro que ellos dan por buena tu decision.
Vaya tocho que acabo de soltar, pero es que ayer no podia, jeje
Halaaaaaaaaaa, lo de siempre….. que tengas buena ruta y…….
uVesssssssssss
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about 3 weeks ago
Hola a tod@s
Me considero motero/motorista, llevo unos 26 años montando en moto y antes, de muy pequeñito ya me gustaban las motos, nunca olvidare la primera vez que me saludaron (fueron 2) unas motos grandes tipo trail y yo iba en mi Rieju 49 cc (bueno realmente llevaba un cilindro autisa 80 cc jejeje), recuerdo claramente como se me puso la piel y la sensacion de satisfaccion y orgullo de empezar a pertenecer al colectivo motero.
Siempre saludo o como minimo hago unas rafagas si no puedo soltar la mano en ese momento, o saco el pie si adelanto a otra moto, si que he notado un poco lo que comentas, lo achaco a que cada vez el colectivo es mas grande y hay mucha gente que tiene moto por que es mas practica que el coche o es un modelo que se pone de moda, etc.
Lo importante para mi es hacerlo, no me importa si me lo devuelven o no, alguno es posible que no sepa o se fije que lo he saludado, otros se informaran y empezaran ha hacerlo, pero seguro que en todos estos años he saludado a algun chaval que ha sentido lo mismo senti que yo.
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about 3 weeks ago
Hola José Antonio.
Así es. Y cada vez que te cruzas en ruta con otra moto y hay un saludo mutuo, se renueva esa sensación de satisfacción que comentas. Y parándome a pensarlo, estoy de acuerdo contigo. Últimamente hay más motos, que no moteros, y puede que se trate de falta de conocimiento, simplemente, no saber de qué va el tema.
Bueno, espero que nadie se sienta ofendido por mi comentario. Por eso lo acabé con el dicho “que cada palo aguante su vela”.
Saludos cordiales.
Antonio J.
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about 3 weeks ago
Hola Fabián, un saludo desde Sudafrica. Esta mañana conseguí mi visado mozambiquense y si este inoportuno lumbago que he pillado no me lo impide, mañana estaré de camino a Maputo. Allá donde estes, mucha salud y que las fuerzas te acompañen! Y que no te pillen las tormentas, que en esta época del año surgen de la nada…
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about 3 weeks ago
Que bueno! Mordomo es que solo se sube cuando sabe que nadie mas lo va a ver….? Que tío ! Animo cojonera.
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about 3 weeks ago
Buen relato como siempre..
Ser motero o motorista, o usuario de la moto o yoquesé, no implica ser gili… si hay que dar la vuelta se da y no pasa nada….
V´ssssssss
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about 3 weeks ago
desde colombia te deseamos exitos
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about 3 weeks ago
hola a tod@s
que tengas buena ruta
uVesssssssssssss
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about 3 weeks ago
Por cierto!!! Me he reido muchísimo con tu expresión “PELOTUDO”.
La uso miles de veces por dia y me sentí muy identificado, jajajajaja. Mil gracias por utilizar ese “argentinismo”.
Un abrazo.
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about 3 weeks ago
El mundo es un pañuelo…. encontrarte con un español que lee tu página desde un pesquero….. qué más anecdótico te puede pasar???…. Ánimo Fabian…Aunque no quiero animarte. Animar se anima a alguien que está a punto de llegar a algún sitio…. y tú no necesitas ánimo. El dia que lo necesites, te subiras en un avion con la Fefa y volverás a casa…me da la sensación…
un abrazo.
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about 3 weeks ago
–”Pero así, solo, en medio de ninguna parte, debo confesar que me rendí. Ahora todos los moteros de huevos pelados podéis llamarme gallina bien a gusto. Muchos llevan deseándolo desde que salí.”–
¿Gallina?? De eso nada compañero, eso no es ser un cobardica gallina, eso es ser inteligente, pensar y tener un par de dedos de frente; decidir ante las posibilidades que el reto nos plantea, y decidir lo que es mejor con el fin de cumplir el objetivo marcado. No amigo, nada de gallina y mucho de elección acertada. No sé si existirá esa especie, los de los huevos pelados, entre los que nos llamamos moteros, yo no conozco a ninguno; pero si existen, desde luego están muy lejos de un MOTERO de tu raza. La mayoría de los moteros nunca podremos hacer lo que tú estás haciendo, pero creo que tampoco a nadie que se considere motero se le pelarán los huevos en un sofá o dónde quiera que se le pelen.
Y hablando de motos, aprovecho y pregunto a los moteros: ¿Qué os pasa últimamente con las uves o las ráfagas cuando os cruzáis en carretera con los colegas?, ¿Acaso estamos perdiendo la educación y las buenas costumbres que siempre ha habido entre nosotros?. Cada vez que salgo veo menos saludos en la ruta… y que cada palo aguante su vela.
Fabián, perdona por la licencia, pero ya que hablamos del tema…
Y cuando veas otra vez a Mordomo, dale las gracias de parte de todo el colectivo, por no dejar que siguieras pensando en dejarte morir.
Un abrazo, buena ruta.
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about 3 weeks ago
Cloud, nada que ver tus clouds africanas con las que me han estado hablando esta mañana en Madrid, si no fuera porque he ido en moto, vaya mierda, pero bueno, el viaje en moto de estos dos dias ha valido la pena. Me he acordado de tí cuando he parado a comer en uno de los pueblos que bordeaban la antigüa N3, ahora medio muertos por obra y gracia de la flamante A3, por decir algo, que está permanentemente en obras, se les ha acabado el presupuesto y lo han dejado a medias. A la salida del bar donde he comido, he visto a un hombre de unos 70 años mirando mi moto, una Deauville 700, el hombre me ha dicho que de joven el tenía una Bultaco Metralla, que se recorria todos los pueblos en fiestas y para San Isidro se acercaba a Madrid a ver una corrida de toros, que todos los días tampoco podía ir, ¿te suena la conversación? jajajajajaja. Es que a las motos se las quiere, te las compras con el corazón, no con la cabeza, pero necesitas de la cabeza para disfrutarlas y las recuerdas cada vez que ves una. Anda Fabián, sigue tu camino que lo estás haciendo perfecto, aunque necesites en ocasiones la ayuda de Mordomo, pero sigues adelante que es lo que cuenta.
Un abrazo y salud y fuerza para el viaje.
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about 3 weeks ago
Que “divertido”, te imagino arrastrandote por ‘la tierra roja de Tara, esa que te da tu fuerza’ (Gone with the wind)….
Te animo a que seas mas conciente, si cabe, de tu aventura y libertad. Y no tengas prisa por volver a uno de nuestros dias de clusters caidos, backups perdidos, decenas de incidencias en el mail, ISP sin servicio y el cloud de los cojo….
Suerte!!!
(perdon a los lectores por los terminos tecnicos)
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about 3 weeks ago
Ese carallo de Mormomo, vaya judiadas que te hace,je,je.
Es posible que la calor te vaya aletargado y como dice algun forero,quiza lo del culo pelao, te vaya mermando facultades…
Es que Madrid esta ahi, al lado.
Suerte que ha tenido Jose de compartir mantel, es que estos galegos te los encuentras en cualquier lado.
¿A la vuelta me has de dejar la camara tuya…?
Es que la mia, independiente del motivo que sea, no hace ni fotos parecidas…
Saludos desde A Mariña Lucense.
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about 3 weeks ago
No se si te ha sucedido alguna vez introducir un manjar en tu boca. Un alimento tan exquisitamente preparado de miles de sabores conviviendo todos ellos en ese único y pequeño bocado.
Bueno, pues así me ha pasado con tu lectura pero a través de mis ojos. Un deleite que solo quiere ser repetido.
Nuevamente me has transportado mágicamente por miles de kilómetros y me has puesto a tu lado para poder observarlo todo gracias a tus imágenes y sobre todo por tus palabras.
Sencillamente GRACIAS!
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about 3 weeks ago
asi deberias hacer todas las cronicas.
y cada dia.
y algun video de fefa en accion no estaria de mas
vale, ya paro!
ostia! mordomo again! ke alegria
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about 3 weeks ago
Le hizo falta a este excelente relato unas cuantas fotos mas, pero a cambio nos haces soñar con las vivencias que tienes a cada paso que das a través de este viaje anhelado por muchos.
Felicitaciones, y gracias por compartir todo esto con el resto de los mortales.
Un saludo desde Bogotá Colombia.
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about 3 weeks ago
Muy buenas Fabián
Llevo mucho tiempo siguiéndote, pero no de una forma constante , porque hay veces que saldría corriendo a ver ese pueblo, esa esquina o simplemente ver esos anocheceres que describes , únicamente quería con este correo felicitarte por tu viaje , por tu trabajo y por lo acertada de tu narrativa , que consigue como en esta ocasión ponerme los pelos de punta.
Un abrazo.
Roberto (Bilbao)
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about 3 weeks ago
Disfruta de esos cielos, te van a acompañar todo el camino…
Lo de los niños descalzos, lo de la mano extendida y la otra tocando tripa..uff, así es África…yo llegué a creerme que era un enorme billete de euro de “a 500″, o que iba disfrazada de monedero…en muchos lugares piden “money” por costumbre (costumbre de algunos blancos de soltar la pasta).
Y eso de “gallina” nada, mil y una veces he bajado de la moto, he explorado el camino, he parado y vuelta a parar, ante un charco, un bache…(ante el pacienzudo Miquel, que el pobre ha aguantado mis cosas de “seguridad”)
Un fuerte abrazo para Fefa, uno pequeño para ti, que es ella la que pone los piececitos en el ardiente suelo Africano.
Suerte!
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about 3 weeks ago
El cielo protector.
“ En el viaje al interior de uno mismo, si tienes paciencia y curiosidad, hay tantos transbordos como personas. Tantas estaciones como gente ociosa al borde del camino.”
Has estado a punto de encontrarte con “ EL PRINCIPITO” o quizás ya lo hayas dejado atrás en algún desierto, mientras hablabas con el “Mordomo” que se reía contigo de la estupidez de cerrar los pasos de gasolina/aire al motor de tu corazón, solo `por ponerte a prueba.
Conversas con el motero que siempre va contigo….quien habla solo… y espera hablar al cielo un día y contarle donde se sintió desanimado y donde estimulado.(Machado)
Como Fefanauta me encanta que no des “patadas” ni físicas ni afectivas a Fefa y que el Mordomo vigile tus arrebatos; quilibrando tanbién los desánimos.
Podremos seguir disfrutando de esa -paleta -post -en que el artista- pintor-motero que eres vierte los colores con tonos y apellidos de sentimiento, (rojo rabioso) y cómo el “mordomo” saca de ti el actor-motero; lo mas rico; plasmándolo en historias de sentimiento sobre el “humane” cuando viertes palabras afectivas y emociones al ver quien vive en la basura o come huesecillos u hombrecillos que se tiran, o quien jugó al fútbol en un rayo o hizo trasbordo de sentimientos de calesa a “roulotte” o quien sigue viajando con el corazón roto y la memoria partida..
Bien por el motero paradoja que tenía huevos, pero no pelados.
De trasbordo a trasbordo. De paciencia a curiosidad, seguimos los Fefanautas pidiendo al cielo que siga siendo protector a lo largo de todas las estaciones (casillas de juego) que aún te quedan, y siempre,Amen.
Animo y coraje.
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about 3 weeks ago
Te adjunto esta foto hecha en “Malaga” ayer atardeciendo,parece que al igual que en Johannesburgo el cielo adquiere una tonalidad similar. Me alegro que sigas p´alante sin contratiempos, lo que no entiendo es la “vuelta” que has hecho saliendo de Johannesburgo para regresar nuevamente, como decia Mouriho ¿porquee?
Un abrazo
Mario y Axel
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about 3 weeks ago
Porque mi pasaporte está a punto de caducar, y aquí me entregarán el nuevo. Cuestiones logísticas, simplemente.
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about 3 weeks ago
En la banda del neumático además de la marca y las medidas, suele haber una flecha que indica la dirección que debe rodar el neumático.
El dibujo hace evacuar el agua en caso de lluvia hacia abajo y hacia los lados, si está montado en la “dirección” equivocada el agua la escupe hacia arriba.
En cualquier caso la moto siempre va hacia delante!!!
Es solo un detalle técnico (y óptico en las fotos)!
Disfruta del viaje!
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about 3 weeks ago
Sobre los dichos de Mordomo vale una aclaracion.
Boludo es sinonimo de lelo, tonto.
Pelotudo es algo asi como boludo al cuadrado
Huevos pelados?
Acaso como los tienes tu despues de hacer 100.000 km en 600 dias?:)
A estas alturas del viaje, tienes ganas de llegar a Madrid o desearias que el viaje se estire mas?
Un saludo.
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about 3 weeks ago
Dejarte morir en el desierto… a ti te hubiera dado igual, pero nosotros que! eh! que!… a ver si pensamos un poquito en los demás eh!
No se que clase de motero te podría denominar gallina… será el que tenga los huevos pelados de frotárselos en el sofá de su casa, porque lo que es encima de una moto, no creo.
preciosos cielos los que describes y muestas.
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about 3 weeks ago
Que cielo y lugares tan maravilosos, realmente nos haces vivir en carne propia tu aventura. suerte.
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about 3 weeks ago
Yo me considero motero! NO tengo los huevos pelados!
Viendo tu convicción sabía que harias el viaje completo, con algunos pequeños cambios al planteamiento inicial, eso sí!, ya que llevabas una “agenda” muy estricta y apretada!
Lo que hiciste de dar la vuelta antes los bancales de arena yo lo llamo inteligencia y prudencia! y es lo mejor que podías hacer dadas las circunstancias!
Hay que disfrutar del viaje!!!
Una curiosidad: por la forma del dibujo del neumático delantero parece que está montado al revés! es solo una percepción mía o está bien?
Gracias nuevamente por compartir tu viaje!!!
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about 3 weeks ago
Si estuviera montado al revés… la moto iría para atrás!!
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about 3 weeks ago
El Piyayo, eh! El del pescaíto bien remascaíto…. jejeje
Qué bonito cuando relatas paisajes humanos: Extrraordinario tu encuentro con Jose , Fantástico lo de Fofito y la pareja de atípicos .¡Que real lo de los niños huérfanos!. ¡ Qué oportunidad la tuya !
Qué suerte saber y poder ver ese cielo,soportar el extenuante calor, tener un Mordomo que te asista…..
Cuidate mucho, Fabian. No arriesgues. De tanto contárnoslo , has adquirido una obligación. ¡Cuidate !
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about 3 weeks ago
Quedan en mi memoria cielos como estos… gracias Fabián! Cuando mañana quite el hielo de mi coche y me pite el avisador de “peligro hielo” me acordaré de los 2.000 grados a la sombra que “sufres” tú!
Cúidate
PD: …Porque’sto es África!!… ( a ritmo Shakiriano of course!)
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about 3 weeks ago
Un relato fantastico!!!
Gracias por permitirnos acompañarte en este viaje
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about 3 weeks ago
gallina!
Y una vez hecha la gracia, afortunado tu que disfrutas de los cielos de africa, levanta las manos al cielo si tu cielo es este suelo!…
Mas fotos de Lüderitz y Kolmanskop. no tendras?
suerte!
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about 3 weeks ago
nu
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about 3 weeks ago
buenos los colores del cielo, pero que calor tan abrasador naa…
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about 4 weeks ago
Nos estas acostumbrando mal. Cuando termine el viaje, nos tendrás que relatar tu día a día.
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