La primera vez que la miseria de Africa me golpeó de lleno fue en Botswana, casi tres mil kilómetros después de pisar el continente más desigual de la Tierra, y tras dejar atrás tres países largos, llanos y exentos de aventura. Había llegado a mi primera ciudad-oasis en medio de la inmensidad de arbustos semejantes a esponjas marinas y llanuras verdes infinitas que es Botswana. A mi paso, millares de termiteros alineados alrededor de la carretera rectilínea, sorprendentemente altos, de todos los colores que pueda presentar la tierra: rojos como la sangre, de un amarillo pálido y nacarado, de un gris ceniza denso como el metal fundido: y todos ellos alambicados, desmesurados, caprichosos, desafiando la gravedad, como un diseño extraído del Parque Güell o de una película de Tim Burton. Botswana me asustó entonces con sus precios. El único hotel de la población pedía cincuenta y cinco euros por una habitación individual sencilla, una simple cama, baño, armario, pare usted de contar. Me fui a un supermercado y me compré un platito de arroz con pollo y me senté a comerlo en los escalones de la puerta, porque esto de viajar en moto por el mundo realmente tiene muy poco glamour. En los escalones del pórtico me hacían compañía mendigos harapientos, matronas gordas que descansaban a la sombra, pequeños bushmen cloqueando sin parar, robustos negros de anchas espaldas con actitud desafiante. Hacía un calor tremendo, y ante las puertas del supermercado tenía lugar una de esas escenas africanas de decenas de furgonetas pitando y cargándose de pasajeros sin orden aparente a la voz de un gesticulante copiloto cuya misión es acomodar pasajeros y anunciar próximos destinos más alto que la competencia. Cuando estaba terminando de comer, me di cuenta de que estaba rodeado de chiquillos. Iban vestidos con harapos, y sus piececitos descalzos estaban sucios con el polvo del camino y llenos de costras. Parecían una bandada de maltrechas gaviotas revoloteando alrededor de un barco pesquero. Pensé que iban a atracarme y me puse en guardia. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, al levantarme, me pidieron con gestos alegres los huesos del pollo y se los repartieron entre ellos como los hijos del Piyayo, burbujeando de alegría y devolviéndome a cambio de mi basura una sonrisa. Niños de nueve años comiendo mis sobras. Había comprado un par de cachos de pizza reseca y un platillo de patatas fritas para la cena y ahí fueron a parar, aunque a estas alturas de viaje sé que no puedo cambiar el mundo ni puedo resolverle la vida a nadie. Es inútil dar limosna, me repito sin parar cuando asisto a una injusticia. Pero esos niños sonriéndome y haciéndome reverencias a cambio de unos huesos de pollo se me antojaron demasiado.
- Son huérfanos- me informó inesperadamente la voz de tambor de un hombre mayor que lo observaba todo tras unas gafas de sol que lo hacían asemejarse a una gran mosca ceñuda y aristocrática.
- ¿Huérfanos? -pregunté.
- Sí. Aquí cerca hay un refugio para niños con SIDA.
Claro, eL SIDA. La cuarta parte de la población de Botswana lo tiene. Estos chavales que comían mis sobras eran, ni más ni menos, que un puñadito de los casi cien mil huérfanos que ha dejado esa tremenda enfermedad en Botswana.
El hombre había sido criado de una casa rica durante cerca de cincuenta años. Lo habían educado en los modales altivos y el acento despectivo propio de los anglosajones blancos. De la noche a la mañana, los patrones se habían ido y él se había quedado a esperar la muerte a las puertas de aquel supermercado en un villorrio perdido en medio de la sabana.

En Johannesburgo, Sudáfrica
28ºC. Día 612 de viaje. Leyendo Los Caminantes, de Carlos Sisí.

Un largo camino

Un largo camino

A medida que me alejaba de Johannesburgo, los personajes que me encontraba en el camino iban volviéndose más crepusculares. La primera noche me asaltó por sorpresa una tormenta monumental, y acabé refugiándome en una fonda en la que me alquilaron una pequeña cabaña de madera protegida por un frutal y con vistas a la sabana. Me dormí con las gallinas acunado por el repiquetear de la lluvia y el retumbar de los truenos, pero esa noche, el murmullo de la brisa me despertó a las cuatro de la mañana, mientras las ramas del árbol arañaban suavemente mi tejado de zinc como dedillos de ánimas que no han encontrado la paz. Pude distinguir a través de las persianas entornadas la luz plateada de la luna llena. Abrí entonces las ventanas para presenciar el pálido juego de luces del amanecer y la gradual desaparición del millar de estrellas que habían poblado el cielo de Africa. Ocurre todos los días, pero todos los días se las ingenia para ser un espectáculo distinto, hermoso, atemporal e hipnótico. En la sabana, el amanecer se ve magnificado por la lupa de la llanura. Hermosas vetas de luz que parecen no tener fin revolotean desde una punta a otra del mundo, haciéndose más pequeñas pero más intensas en el horizonte, donde nace el sol, inundándolo todo abruptamente con sombras larguísimas de color marrón y luces anaranjadas. Cada pequeña brizna de hierba seca, cada arbusto agónico, cada roca clavada firmemente en el polvo arrojan una sombra larga y caprichosa, muchos metros allá. Rodé temprano para evitar los calores del día, porque empezaba a adentrarme en el desierto. Las hierbas de la sabana fueron muriéndose, angostadas por el sol, y los pájaros de mil colores que me habían desafiado, suicidas, en las interminables rectas sudafricanas fueron extinguiéndose. El calor casi me mata al llegar a la última ciudad de Sudáfrica, Ghanzi. Llegué chorreando a una guesthouse (en la Sudáfrica rural no hay hoteles, sino que los pequeños burgueses de los pueblos alquilan una habitación de su casa a los viajeros por un precio módico) en la que una mujer bellísima se hizo cargo de mi, mientras lidiaba con una recua de clones suyos de distintos tamaños a los que mantenía a raya a base de chucherías y vanas promesas.
A la mañana siguiente, intimidado por la posible calidad de la gasolina de Namibia, país que erroneamente veía como salvaje y desabastecido, recorrí varias tiendas para aprovisionarme de recambios que luego resultaron ser inútiles. Estaba convencido de que los problemas de potencia que estaba experimentando Fefa eran debidos a que me estaban dando gasolina mezclada con agua y etanol, y no a una avería del motor. En la última gasolinera antes de adentrarme de cabeza en el desierto, me senté en una menguante sombra y procedí a cortar un tubo de combustible para embutir ahí un filtro de papel que acababa de comprar en una inmensa y pulcra tienda de motos a las afueras del pueblo. Arranqué la moto ante la fascinada mirada de dos mendigos que, antes de dejarme marchar, extendieron sus manos callosas y se frotaron el estómago en inequívoca señal de hambre. Y tras probar el acelerador cinco o seis veces, me adentré de cabeza en el desierto. Había recorrido unos diez kilómetros cuando la Fefa se paró con una tos agónica. Intenté volver a encenderla, pero sólo conseguí arrancarle cuatro suspiros sordos.

Pues ya está. Se había jodido al fin la puta moto. En el Desierto del Kalahari.

Desprovisto de cualquier tipo de sombra, me senté derrotado al lado de Fefa, en el polvo de la cuneta. A mi alrededor se divisaba unicamente desolación: una llanura de color amarillo intenso, ininterrumpida, inmensa, vacía. Una carretera rectilínea inmaculada, de un color negro azabache, por la que no pasaba ningún vehículo. Y el cielo cuajado de las nubes más hermosas que he visto en mi vida. Las nubes proyectaban en la planicie sombras de un color muy oscuro, como si el suelo fuera un puzzle al que le faltaran algunas piezas. Son fenómenos asombrosos los que la naturaleza ofrece en un continente indómito: cielos del tamaño de galaxias, sombras largas dibujadas con tiralíneas por el Greco, nubes efervescentes empequeñeciéndose en la perspectiva del horizonte, tormentas coléricas, azules casi negros, estrellas rabiosas, amarillos flamígeros, rojos violentos y apasionados.

El Kalahari

El Kalahari

Me dejé caer hacia atrás, con el casco puesto, y me quedé contemplando las nubes. Qué nubes lindas. La temperatura era de unos cuarenta y cinco grados. Me sentía ahogado, noté nítidamente cómo los poros de mi piel se abrían y derramaban a chorro oleadas de sudor dentro del mono de cuero mientras me ahogaba lentamente, víctima de una paulatina pereza. Decidí que me dejaría morir allí, bajo aquel cielo infinito de nubes tan bellas. Empecé a fantasear sobre la posibilidad de que mi cuerpo se disolviera en un montículo de polvo y se mezclara con aquella llanura sin fin. Me importaba un carajo dejar de existir en aquel momento. Si la moto no quería andar, que no andara. El Universo entero podía pararse en aquel instante maravillosamente tórrido. Habría concluido mis días allí sin mayor pena ni remordimiento. De no haber sido por la aparición de un millardo de moscas cojoneras, quizá habría acabado por sucumbir a los espejismos y habría cesado poco a poco de respirar. Pero las moscas me descubrieron y me encontraron apetecible. De algún modo desperezaron mi cerebro y, de alguna parte detrás de mi, escuché la voz de Mordomo (*) nitidamente, burlándose de mi incompetencia:
- ¡¡Las canillas, pelotudo!!
Los grifos. Los grifos del depósito de la gasolina. ¿Los había cerrado? ¿los había vuelto a abrir?
- Ya va, ya vaaaa… -murmuré trastabillando. Los contemplé largo rato a cuatro patas, como un borracho que intenta averiguar el mecanismo de una llave y una cerradura. Era incapaz de distinguir si estaban abiertos o cerrados. Dios, ¿por qué haría tanto calor?. Valoré la posibilidad de volver a tumbarme y dejar correr aquello. Morir dulcemente empapado en sudor. Pero entonces moví los grifos y apreté el contacto.
- Pelotudo- me dediqué cuando la moto arrancó obedientemente.

******

Crucé la frontera sin pena ni gloria, sólo para descubrir que había calculado mal mi dinero, así que me vi atrapado en pleno desierto sin una gota de agua. Me habían prometido una ciudad abastecida y con cajero a doscientos kilómetros de allí:
- Está cerca, sólo doscientos kilómetros.
Esa frase se repetiría tres o cuatro veces a lo largo del viaje con retorno a través del Trópico de Capricornio. En estas inmensidades vacías, todo lo que está por debajo de los doscientos kilómetros, está cerca.
Llegué asfixiado a la primera ciudad de Namibia. Como ciudad defraudaba bastante pero, pese a su pequeño tamaño, no era para nada el poblacho de adobe que uno pudiera esperar al escuchar la palabra Namibia desde el sillón de un sofá en occidente. Dos surtidores de gasolina, un supermercado atiborrado de sacos de productos al por mayor, una estafeta de correos encalada, un par de tienduchas de apuestas y un hotel escondido tras un par de montículos de arena. Letreros en Alemán, calles sin asfaltar pero pulcras, y manadas de hombres y mujeres arracimados bajo cualquier sombra de cualquier tejadillo. Entré en la estafeta de correos para informarme, y de inmediato dos adolescentes que pegaban la hebra con una obesa funcionaria de moño arquitectónico se dieron la vuelta y murmuraron expresiones de admiración y lujuria. Eran dos muchachos casi travestidos, uno alto, de pelo teñido de rojo, uñas pintadas de verde y ropa muy ajustada adherida a su cuerpo escuálido. El otro más bajo, apenas un niño, con el rostro negro muy delicado, oculto tras unas gafas de sol que quizá habría empleado sin pudor Audrey Hepburn, pantalones pirata de un blanco inmaculado, sandalias rosas. En su bracito pendía un gran bolso de imitación de Louis Vuitton. Fue él quien me tomó del brazo y salió conmigo al calor de la tarde dando pasitos exageradamente femeninos y me señaló la dirección correcta del hotel. Con una sonrisa que supongo él consideraba altamente seductora murmuró un bye, bye aterciopelado como el maullido de un gato, y volvió caminando a la estafeta, moviendo suavemente las caderas, con el bracito que sujetaba el bolso apuntando al cielo. Qué difícil debe de ser la vida para algunos.

Casi de forma completamente azarosa decidí acercarme al Atlántico. Había oído vagamente que Lüderitz merecía una visita, pero primero quería ver las maravillas naturales de Namibia. Por desgracia, para llegar a las maravillas naturales tenía que adentrarme varios cientos de kilómetros por pistas de grava, algo que no sería un problema de no ser por la abundancia de arena que disfruta el país. Así, puedes ir perfectamente a sesenta kilómetros por hora, como descubrí inmediatamente, por un fantástico camino de grava, y encontrarte en el medio y medio, disimulado con los colores ocres de la tierra, con un bancal de arena en el que irremediablemente se clavan los neumáticos de forma traicionera. Avancé cosa de quince kilómetros, en los cuales patiné peligrosamente un par de veces, hasta que un resbalón especialmente dramático casi tiene como resultado una ruptura de tobillo. Y no me apetecía demasiado romperme el tobillo en medio del desierto, a cincuenta grados, en una pista por la que quizá circula un coche o dos al día. Así que me di por vencido. Quizá de haber ido acompañado por un grupo de fulgurantes motos habría continuado resbalando y metiéndome en socavones llenos de polvo de talco. Pero así, solo, en medio de ninguna parte, debo confesar que me rendí. Ahora todos los moteros de huevos pelados podéis llamarme gallina bien a gusto. Muchos llevan deseándolo desde que salí.
En cualquier caso, la otra opción era acercarme a Lüderitz y eso hice. El Kalahari entonces empezó a convertirse en un hermoso arenal, el desierto de Namib, de horizontes infinitos esculpidos en sal y tintura de yodo. Donde la tierra se confunde con el cielo, una paleta de colores difusos forma espectrales figuras que parecen diluídas en la bruma. Tras cuatrocientos kilómetros de recta, en la que sólo se encuentra el consuelo de divisar alguna avestruz escurridiza, apareció el pequeño pueblo, un enclave alemán encallado en una garganta a pie del Océano. Casas de colores art-déco con letreros en alemán y las dunas de fondo. Un amplio puerto pesquero. Dos fábricas de Pescanova humeando. Un coqueto paseo marítimo.

Mientras Fefa y yo llegábamos pasmados a las asépticas calles de Lüderitz, un barco de Pescanova se adentraba en el puerto. En él José, un marino gallego amante de las motos y lector de esta página, se conectaba a internet para invitarme a comer, algo que acepté de inmediato. Encontré un hostalucho escandalosamente barato en una polvorienta callejuela transversal de las afueras del pueblo. Cuando entré en el recinto, me topé de cara con un inmenso y oxidado camión alemán de la década de los cincuenta a medio desmontar, en el que obviamente vivía alguien.
- ¿Qué carajo es esto?- pregunté admirado, lo que causó una pequeña conmoción dentro del vehículo.
- ¡¡Es un jodido camión!!- contestó una voz airada.
- ¡No es un camión!- repuse-. ¡Estoy convencido de que ni siquiera es legal en muchos países!
- ¿Lo oyes, cariño?- contestó la voz desde las entrañas de aquella bestia-. Dice que ni siquiera es legal.
- Invítalo a café- respondió la voz de cariño desde un balcón de la pensión.
Era una pareja singular. Cuando les pregunté cuánto tiempo llevaban viajando, respondieron sin pestañear que veinte años. Veinte años encaramados a aquel camión jurásico y carcomido por la herrumbre, remendado con cables eléctricos y masilla, atiborrado de chatarra.

Pareja a bordo de su nave espacial.

Pareja a bordo de su nave espacial.

Pero los veinte años tenían truco: seis meses al año él se subía a una calesa de caballos y paseaba a turistas por las calles de Viena. Esa profesión le venía como anillo al dedo, con su aspecto de caballero andante ligeramente enloquecido. Seguramente me lo crucé hace año y medio cuando pisé Austria. Es una opción vital que ha tomado mucha gente que me he encontrado por el camino: mercenarios mitad del año, prostituyendo mitad de su vida en trabajos bien remunerados pero poco enriquecedores, y Mr. Hyde la otra mitad, carne de hostales baratos y horas muertas charlando con viajeros desconocidos ante una taza de café soluble.

José en Lüderitz

José en Lüderitz

Un poco así me confesó ser José. Se torturaba unos meses a bordo de un pesquero para luego salir con la moto a llenar los pulmones de libertad. Comí con José en un ambiente distendido en el restaurante decente del puerto, parecíamos viejos amigos que se reencuentran casualmente en un lugar en el mundo. Me acompañó a conocer el pueblo y aguantó con paciencia mis paradas técnicas para robar fotos a los ángulos de las casas, los escalones y las ventanas. Caminábamos distendidos hablando de la vida en el barco pesquero cuando apareció Fofito. Según supe después, aquel hombre que ahora vivía acuclillado dentro de su chabolita en la que vendía ropa barata había recorrido medio mundo dando bandazos: Angoleño de nacimiento, dio con sus huesos a los catorce años en el Rayo Vallecano donde lo bautizaron como el payaso, hasta que por esas cosas de la vida se encontró desterrado en Cuba, de donde se vio naufragando en media Sudamérica, aterrizando por fin en aquel lugar inhóspito de la costa de Namibia. Mientras me contaba su vida, detectaba en su voz profunda los acentos de mil lugares distintos. Era una voz hipnótica, resultaba fácil percibir en ella el aroma de ultramar, el olor de la miseria y del resugir de las cenizas, los ecos de vestuarios de campos de fútbol de segunda división, el sabor arcano de fronteras cruzadas con nostalgia, de decepciones y de largas noches de risas junto al mar. En el viaje al interior de uno mismo, si tienes paciencia y curiosidad, hay tantos transbordos como personas. Tantas estaciones como gente ociosa al borde del camino.

Fofito Fashions

Fofito Fashions

Me despedí de Lüderitz al día siguiente, y por la mañana pasé unas horas recorriendo las casas sepultadas en la arena de Kolmanskop.

Atardecer sobre Johannesburgo. No hay filtros ni efectos en esta foto.

Atardecer sobre Johannesburgo. No hay filtros ni efectos en esta foto.

Esa misma tarde crucé el Trópico de Capricornio por tercera vez en este viaje. Eché cuentas y llegué a la conclusión de que me quedaban dos visitas más. Pero de alguna forma, aquella ocasión me pareció especial. Bajo el abrasador sol, descansé placidamente echando un vistazo largo al sobrio cartel. El Trópico de Capricornio. Ya sólo el nombre es evocador y hermoso, destila poder, aventura. Y, luego, contemplé durante un buen rato las nubes inmóviles sobre aquel inmenso cielo de color turquesa. ¿Estaba enamorándome de Africa quizá?. Enamorado a través del espejo de sus cielos. Puedo pasar por alto muchas cosas de este continente chamuscado por el sol, pero dificilmente podré olvidar sus cielos perfectos: cuajados de estrellas por la noche, inundados con el brillo pálido de la luna de una punta a otra, troquelados de nubes esponjosas como manadas de ovejas, con el celaje casi palpable, inundados por bandadas de pájaros diminutos y vocingleros, surcados por enormes aves de aspecto prehistórico, recortados sobre cañones milenarios de roca en eterno monumento, cielos descomunales, ciclópeos pero delicados. Todos los colores tienen los cielos de Africa: Ébano nocturno, rojo furioso en el atardecer, verde oliváceo en la línea del horizonte, blanco inmaculado en las nubes mansas, gris plúmbeo en el ojo de la tormenta, amarillo pálido en el amanecer sobre la sabana, violeta furibundo cuando el sol se muere. Cielos etereos, efervescentes, catedralicios, poderosos, sangrantes, inauditos, trufados de poros pálidos, inmaculados, bruñidos por la tormenta o dibujados con una experta acuarela de bruma sobre mi incrédula cabeza.



(*) Para más información sobre quién es Mordomo, refiérase al post Rumbo al Valle de la Luna y Un serio problema de altura.

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