close¡Hola! He completado la vuelta al mundo en moto durante dos años, y esto que lees no es más que una pequeña parte de mi aventura. Si quieres, puedes comprar mi libro haciendo click aquí.
Conoce ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo y cómo terminó.

La tienda de disfraces, a la que llegamos tras unas tres horas de caminata por la caleidoscópica ciudad, estaba a la altura de nuestras expectativas. En cuanto pusimos el pie en el polvoriento local, enclavado en un barrio marginal y decididamente menos exhuberante que el resto de la urbe de neón, Annie miró a su alrededor con una sonrisa pícara.
- Guau. Tengo que traer a mis amigas aquí cuando vengamos de juerga la próxima vez.
Y es que, un par de veces al año, Annie se viene con sus amigas de Los Ángeles a emborracharse y perder dinero en las tragaperras, dejando a los niños al cuidado de sus santos y comprensivos esposos. Puedo imaginarlas perfectamente, riendo a carcajadas, gritando en pijama por los corredores, haciendo eses a altas horas de la madrugada entre las mesas de blackjack y las hileras de parpadeantes máquinas recreativas. La tienda era una especie de almacén portuario atiborrado de percheros ruinosos, de los que colgaban vestidos de Cleopatra, de león, de Spiderman, de policía y enfermera, de Capitán América, de Batman y Robin, de reina de Saba y de princesa de cuento de hadas. Unas cuantas vitrinas, por aquí y por allá exhibían narices postizas, calvas de látex, gafas extravagantes y uñas de tigresa. Era el reino de la exageración, la caricatura, el esperpento. La tienda olía a paquete cerrado durante muchos años, a pelo de bestia mojado, a moho y a polvo.
Nos atendió una adusta anciana, con cara de haber lidiado con todo tipo de situaciones ridículas en una dilatada carrera dedicada al mundo del espectáculo en una ciudad absurda.
- Los trajes de Elvis están en ese perchero.
Había, por supuesto, todo tipo de trajes de todos los colores, tamaños y formas, cuidadosamente etiquetados por tallas y precios. El más barato -cuarenta y cinco dólares al día- era curiosamente el que más me seducía, por su aspecto decrépito y provocador.
Entré en el probador intentando dar la imagen de alguien que se viste de Elvis a diario. Incluso forcé un pequeño bostezo. Annie se quedó revoloteando por la tienda como un colibrí en una floristería. Me embutí como pude en aquel disfraz horroroso y comprobé el efecto en el espejo. Dificilmente podía caer más bajo. El disfraz exageraba cada antiestético bulto de mi cuerpo, haciéndome parecer una morcilla aplastada por un camión. Bien. Descorrí la cortina.
- No te enamores de mi, baby, porque voy a hacerte daño- dije con voz profunda y soñadora.
Incluso la insulsa dependiente de la tienda disimuló una carcajada. Nos probamos un par de pelucas y de gafas, pero decidí que eso haría desaparecer a mi persona dentro del personaje, y que era más humillante aparecer en el vídeo a cara descubierta. Dejamos un depósito de cien dólares en cash y llamamos un taxi. Teníamos que devolver el traje cuatro horas más tarde o hacer frente a una penalización que habría arruinado a Paris Hilton.
Mientras esperábamos el taxi en el bulevar, emergió de la trastienda un despojo humano vestido con un anorak gastado. Era una mujer de dentadura carcomida por la piorrea, de unos treinta años muy mal llevados, y el pelo patéticamente desteñido. Un felpudo humano que encendió un cigarrillo.
- Qué tal- preguntó con desgana.
Quizá podría haber sido hermosa en algún momento de su vida, pero la mala vida la había convertido en un despojo. Temblaba ligeramente, hacía muecas inverosímiles, y su imagen de adicta al crack recién recuperada de una terapia poco eficaz se veía incrementada por un acento sureño casi indescifrable.
- Muy bien- contestó Annie alegremente.
- ¿De dónde sois?
- Yo soy de California, y él es de España.
- De España, qué bien. Yo quiero visitar España.
En ese momento, la vi claramente delante de una capilla de bodas express, interpretando el papel de puta que se casa conmigo durante una tremenda borrachera. Pero cómo le dices a una desconocida que tiene aspecto de puta y que quieres que salga en un vídeo casándose contigo sin que parezca que le estás diciendo que tiene aspecto de puta y que quieres que salga en un vídeo casándose contigo. Miré a Annie con ojos suplicantes. Ella se dio por enterada. Aunque no podíamos hablar, intentamos transmitirnos con el pensamiento la idea. Mi mirada decía “Dios, Annie, seduce a este esperpento, por FAVOR, convéncela de que aparezca en el fuckin vídeo” y la suya respondía “haré lo posible, Elvis”.
Sin embargo, el taxi hizo aparición cuando habíamos desviado lo suficiente la conversación como para considerar la opción de introducir el tema del vídeo. Llegamos a intimar lo suficiente con aquel adefesio como para saber que era la esposa de un conductor de camiones, que se había teñido el pelo el día anterior en el fregadero de la cocina de casa, y que llevaba trabajando para la tienda sólo tres meses. Que además de tener un marido tenía una amante lesbiana y dos hijos pequeños. Que era de algún lugar del Sur. Yo qué sé qué más. Las Vegas. Nos montamos en el taxi y volamos a la habitación del hotel, donde me cambié en un suspiro.
- ¿Listos?
- Listos.

"La música nunca puede ser mala, digan lo que digan del rock’n roll." Elvis Presley

“La música nunca puede ser mala, digan lo que digan del rock’n roll.” Elvis Presley

Enfilamos por el pasillo, y puse mi teoría a prueba: estaba convencido de que a todo el mundo le importaría un carajo que yo fuera vestido de Elvis por las calles de Las Vegas. Nos cruzamos con una discreta mujer de la limpieza, que apenas me dirigió una mirada fatigada. Las puertas del ascensor se abrieron y, en el cubículo, nos topamos con una pareja texana. Siguieron hablando de sus cosas como si nada.
- Buenas tardes- murmuré.
- Buenas tardes- contestaron educadamente.
Avanzamos unos quinientos metros por el Strip hacia el famoso cartel de Las Vegas ante la absoluta indiferencia de todos los viandantes. Algunos iban vestidos con pijamas, otros tocados con sombreros mexicanos, había parejas con túnicas de colores y bandadas de mujeres maduras celebrando un divorcio con diademas de penes en la cabeza. El viejo Elvis no era más que un cualquiera en la parada de los monstruos. Ante el cartel de bienvenida a la ciudad se había formado una larguísima cola de turistas que querían retratarse con él, así que buscamos un ángulo que nos permitiera hacer varios planos de grúa sin interrumpir el flujo de visitantes. Aparecieron autobuses escolares, pandillas de japoneses, incluso un grupo de monjas. Nada. Todo el mundo estaba completamente curado de espantos. Es más, parecía como si se esperara que un tipo vestido de Elvis montara una grúa portátil sobre un trípode e hiciera movimientos convulsos ante el bendito cartel. La noche anterior habíamos pasado un par de horas mirando vídeos del Rey para inspirarme, y había llegado a la conclusión de que de forma alguna sería capaz siquiera de intentar aquello sin romperme una articulación. Miré una decena de veces el Jailhouse Rock, completamente boquiabierto. Nunca me había fijado en los movimientos de aquel tipo. Me expliqué a la perfección que se hubiera convertido en una puñetera leyenda.
A continuación, nos adentramos en los casinos, portando una mochila con el material fotográfico, el trípode y la grúa. Adoptamos una dinámica de guerrilla sumamente divertida. Explicaba el plano a Annie, que es una fotógrafa de muchísimo talento, arrojábamos la mochila en un rincón, y procedíamos a grabarlo todo furtivamente, con la mayor rapidez posible, fantaseando sobre la posibilidad de que apareciera ante nosotros un tipo con gafas oscuras y pringanillo que nos invitara amablemente a abandonar el local. Incluso pude imaginarme a los tipos de las cámaras de seguridad en el sótano, bostezando, echándose un trago de café americano, y murmurando por el intercomunicador “a ver, hay un par de gilipollas haciendo una escena en la B-12, que alguien vaya a expulsarlos de ahí”. Sin embargo, no ocurrió nada de eso. En cuatro horas grabamos todos los planos de Elvis que necesitábamos, y devolvimos el disfraz sano y salvo a la vetusta tienda de los horrores sin más complicaciones. El resultado, ya lo conocéis.

Esa misma tarde nos encerramos en la habitación. Ella se tumbó en el sofá y se dispuso a ver un larguísimo programa especial sobre la última matanza de escolares en Estados Unidos. Mientras ella lloraba como una Magdalena -tiene dos hijos que son el epicentro de su vida y no podía evitar sentirse identificada con los padres- yo ponía en orden las imágenes de la ciudad grabadas los últimos días y montaba el vídeo. El resto de la noche, decidí premiar a Annie por su paciencia, y procedimos a cumplir sus caprichos, que eran más bien sencillos. En primer lugar, me arrastró a un restaurante en la cúspide de nuestro hotel, todo un derroche de cristales, acero y elegancia. Cenamos como Statler y Waldorf, los viejos del palco de los Teleñecos, murmurando, cuchicheando y riéndonos de los altivos clientes del restaurante, que se paseaban entre las mesas como lagartijas ensartadas por el culo.
A continuación, nos paseamos por el casino eligiendo una máquina tragaperras que resultara satisfactoria para Annie. Finalmente, decidió aposentarse de nuevo en la del Señor de los Anillos, y empezó a darle al ron mientras yo la observaba, aplaudía sus bonus y sus scores, y disfrutaba del ambiente enloquecido en general. Tardé poco en darme cuenta de que la máquina de al lado, de una confusa temática de princesas y brujas, admitía apuestas de un céntimo. Como soy un miserable cutre, introduje un dólar en la ranura y empecé a jugar yo también. Llevaba aproximadamente una hora -es difícil de decir en un casino cuánto tiempo llevas hipnotizado por las luces y las campanillas- pulsando la palanca y sintiéndome rata de Skinner cuando en la pantalla apareció volando una bruja que se escondió detrás de unas cartas de baraja.
- ¡¡¡Evita a la bruja!!!- gritó mi máquina.
- ¡Eh, eso es un premio gordo seguro!- chilló Annie con los ojos desencajados.
- ¿Y qué coño hago?
- Pulsa cualquier carta.
Pulsé la primera carta, que se volatilizó en una nubecilla de humo, acompañada por una versión rimbombante de Over the Rainbow.
- ¡¡POR DIEZ!! ¡¡¡Has multiplicado por DIEZ la apuesta!!. ¿Cuánto habías apostado? – preguntó Annie fuera de si.
- Un centavo- reconocí timidamente.
- ¡¿UN QUÉ?!
- Un centavo- admití con un deje de vergüenza.
La máquina reclamó atención de nuevo, pidiéndome que eligiera otra carta. Lo hice. La carta explotó en mil pedazos en la pantalla, y anunció otro bonus acompañado de fanfarrias y de vibraciones de mi butaca.
- ¡¡Whohooooo!!- gritó Annie.
- ¡¡¡Yeahhhhh!!- chillé yo.
- ¡Pulsa otra!
Pulsé otra carta, y tras ella apareció un hada que se fue revoloteando por una esquina del monitor, anunciando otro premio.
- ¡¡¡Evita a la bruja!!!- gritó mi máquina de nuevo. Cada vez había menos cartas, y más posibilidades de que detrás de ella estuviera la puñetera vieja, pero pulsé otra vez. Volvió a sonar Over the Rainbow acompañado de campanillas y destellos. Pulsé otra carta, y otra. Siguieron sucediéndose personajes mágicos, pero la puñetera bruja seguía sin aparecer.
- ¡¡¡Dios!!!- aulló Annie palmeando.
Pulsé como ocho o nueve cartas hasta que por fin, di con la maldita bruja, de cara verde y risa sádica. Se montó en una escoba y salió revoloteando. Entonces, los números empezaron a crecer. En centavos. x10, x20, x30, mientras una campanilla iba creciendo en intensidad, los ceros iban apareciendo a un ritmo endiablado.
- ¡¡¡HE HECHO SALTAR LA BANCA!!!- grité al cielo, fuera de mi, envuelto por los sonidos ensordecedores de los altavoces de la máquina, mientras me abrazaba a Annie como un niño pequeño al que los Reyes han traído el Barco Pirata.
Los números seguían creciendo a ritmo de campanilla, oh sí, amigo, cómo crecían. Cuando por fin llegaron a 3.600, los números refulgieron y centellearon, mientras un ensordecedor coro de violines llegaba al paroxismo. Una decena de campanas desfilaron por la parte superior de la pantalla, y la máquina estuvo a punto de estallar de gozo y felicidad. Annie y yo nos levantamos y efectuamos una danza macabra berreando como bebés histéricos y dando saltos de simios.
- ¡¡¡TREINTA Y SEIS DÓLARES!!- gritaba Annie fuera de si.
- ¡¡¡HE GANADO TREINTA Y SEIS DÓLARES POR UN PUTO CENTAVO!!- celebraba yo con el corazón latiendo a toda velocidad.
Tras efectuar un par de pasos de baile más alrededor de la isla de máquinas, decidí recaudar lo ganado. Esperaba un repiqueteo incesante de monedas muy brillantes cayendo en el cajetín de la máquina pero, en lugar de eso, de una ranura salió un ticket con un código de barras.
- Vaya mierda- dije desilusionado y desinflado.
A la mañana siguiente ella partió a Los Angeles en avión, y yo me monté en la moto. Una jornada relajada de conducción me depositó en esa ciudad rocambolesca y eternamente cambiante. Pero eso es algo que creo que ya te he contado.

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