close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Desolación. Una inmensa planicie de color pardo salpicada de matojos de aspecto lúgubre como despojos de una batalla. Sobre mi cabeza, una infinita capa de nubes que asemeja una lámina de acero galvanizado repujada descuidadamente con un martillo. Rezo porque aparezca en la distancia una casa, una montaña, un árbol, algo que distraiga mis sentidos aturdidos. Pero no. Pasan cien kilómetros por debajo de mis neumáticos sin más novedad que alguna manada de guanacos despistados, que levantan la cabeza a mi paso y se quedan rumiando, observándome con curiosidad. Al final de la nada, al otro lado de la recta interminable, parece entonces distinguirse una mancha, un borrón, un elemento alienígena en este territorio ignoto. Devoro kilómetros para alcanzarlo, hasta que por fin identifico una antena de telefonía, sobria y enjuta como un asceta. Y entonces, el mundo vuelve a ser igual, una inmensa nada. Aparece, como un espejismo, sin avisar, un lago seco. Su superficie completamente lisa de color pardo es como una broma irónica. Hay minúsculas hierbas amarillas que se orean debilmente, y pequeños matojos de color verde oliva que parecen jirones de ropas de cadáveres. Hay matas de color negruzco, cansadas de luchar con los elementos. Bajo ellas, una capa uniforme ocre de polvo muy fino alisado pacientemente por el viento.
Ese viento que sopla tan fuerte. No sé distinguir en qué sentido, para mi que sopla en todos, me zarandea con furia. Los camiones pasan a gran velocidad y generan un enorme efecto de succión, la moto se balancea hacia los lados brutalmente. Los camioneros siempre saludan, siempre hacen luces, siempre veo sus manitas a través del cristal, como disculpándose de antemano por la bofetada de aire que me van a propinar. A ambos lados de la carretera, cada veinte kilómetros, alguien ha construido una casita de chapa pintada de rojo furioso y cegador que contrasta con los colores apagados del entorno como una amapola entre el centeno: los hogares a pie de asfalto del Gauchito Gil. Están rodeados de una decena de banderitas rojas, que se agitan con fiereza y hacen un ruido ensordecedor, braman al viento como evangelistas locos.

“No era tanto que me impresionara la geografía (a todo el mundo le impresiona), sino que la inmensidad y el vacío de aquella tierra había comenzado a modificar mi sentido del tiempo. El presente ya no parecía tener las mismas consecuencias. Los minutos y las horas eran demasiado pequeños para poder medirlos en este lugar, y una vez que abrías los ojos a lo que te rodeaba, te veías obligado a pensar en términos de siglos, a comprender que mil años no es más que un segundo. Por primera vez en mi vida, sentí que la Tierra era un planeta que giraba en los cielos. Descubrí que no era grande, era pequeña; era casi microscópica. De todos los objetos del universo, nada es más pequeño que la Tierra.”

Paul Auster, El Palacio de la Luna

Incluso el olor es neutro, Patagonia no huele a nada durante centenares de kilómetros. Sólo muy de tarde en tarde me abofetea el aroma casi químico de las mofetas y el hedor de un guanaco en descomposición. Los hay a miles: secos como momias, con el leñoso carcaj de su tórax toscamente cubierto por su piel carcomida por el sol, con una mueca vacua y desesperada en su calavera puntiaguda. Los hay recién atropellados, con sus tripas brillantes esparcidas varios metros sobre el asfalto, un borrón escarlata diseminado sobre el gris oscuro del pavimento. A su lado, siguen pastando como si nada hubiera ocurrido los demás miembros de la manada. Más al sur aparecen ocas grisáceas de un tamaño colosal, que levantan vuelo espantadas a mi paso, graznando aterradas, con las dimensiones de un ave prehistórica. Pequeños grupos de ñandúes también se asustan de mi: Son como pelotas de algodón gris que se deshacen en briznas cuando corren por la planicie. Encaramados a dos pértigas descoyuntadas de aspecto débil, con su cabecita absurda y pelada, pequeña como una pelotita de estaño, son los payasos de la pampa. Hay además unas avecillas absurdas, diminutas, de andar presuroso, de color gris perla, con un penachito coqueto sobre su calva, que me recuerdan a decrépitas cantantes de ópera de segunda fila. Pasan corriendo sobre el asfalto como oficinistas atareadas que llegan tarde a una importante cita. Muy de tarde en tarde, levantan vuelo bandadas de pequeñísimos pajaritos blancos como borrones de sal esparcidos sobre la planicie. En medio de tal desolación, me asombra que exista vida. Me asombra que el hombre haya luchado para domesticar a los elementos, que esta carretera discurra tan recta y tan perfecta por la inmensidad vacía. Me asombra que un rosario de ciudades y poblachos de cuatro casas sigan subsistiendo tan al sur, que haya gente dispuesta a sobrevivir en ninguna parte, con la ùnica compañía del bramar del viento.

Patagonia (click para ampliar)
Si no has visto mi vídeo sobre mi ruta al sur, conviene que lo veas

Patagonia (click para ampliar)

Los elementos están a flor de piel. Nunca antes había visto nacer una borrasca sobre mi cabeza, no había visto cómo cambian de forma las nubes ante mis ojos. No había huído de un manto de nubes para alcanzar de nuevo el sol. Cuando una débil brizna de vapor se interpone entre el sol y la planicie, la temperatura desciende brutalmente quince grados y el paisaje se hace más gris e inhóspito y desolado. Entonces acelero para encontrarme de nuevo con los rayos generosos, que tiñen a Patagonia de una luz dorada y dulce como una cucharada de miel. El cielo es un espectáculo: parece que las nubes no pueden crear más formas ya, todas las formas caben en esa inmensidad: copitos de algodón de forma humana, violentos jirones de vapor del tamaño de planetas, lascas perfectamente ordenadas de acero superpuestas hasta más allá de lo que puede alcanzar la comprensión, borbotones ciclópeos como explosiones volcánicas, burbujas de aire mariposeando hacia la estratosfera, columnas de bruma oscura como dedos desesperados clamando justicia.
Acelero. Es fácil llegar a ciento cuarenta. Las ruedas se van quedando atrás hechas briznas de goma sobre el asfalto inmisericorde. Me estoy vaciando, Patagonia es capaz de vaciar de pensamientos el cerebro, y al cabo de las horas de soledad, sólo queda en mi interior una vaga intención de seguir siempre adelante, y en mis retinas la débil sombra de alguna loma roma ocasional. Me siento muy feliz, como un niño pequeño despojado de todas las preocupaciones. Es una felicidad primitiva y casi animal, pero indudablemente intensa.

Y, entonces, la moto falló.

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