close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

El camino está lleno de mujeres de sábado, montaraces y bravías, que intentan provocar al viajero mostrándose falsamente apetecibles tras una densa capa de pintura y de falsa simpatía. Incapaces de generar sentimientos amorosos en el hombre en tránsito, los acosan, intentan seducirlos, los observan con ojos de deseo, se relamen sinuosamente ante ellos y bambolean sus caderas con exageración para suscitar pasión y lujuria. Su conversación es forzada, vacía, sus ojos soñadores. No sé qué buscan al otro lado de la barra, sentadas en el quicio de la puerta de sus negocios, a través de las pequeñas ventanas de sus cocinas. Son hembras fuertes, duras y curtidas, capaces de cargar con el viajero y de robarlo, violarlo, devorarlo. Estas mujeres del arcén llevan estando ahí siglos y siglos, los mismos Arcipreste de Hita o el Marqués de Santillana cantaron a las serranas del camino con sorna el uno y devoción el otro.

Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
com’una vaquera
de la Finojosa.
Faciendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vencido del sueño,
por tierra fraguosa
perdí la carrera,
do vi la vaquera
de la Finojosa.

En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graciosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera;

fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa;
non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dejara
en mi libertad.
Mas dije: «Donosa
-por saber quién era-,
¿dónde es la vaquera
de la Finojosa?»

Bien como riendo,
dijo: «Bien vengades,
que ya bien entiendo
lo que demandades;
non es deseosa
de amar, nin lo espera,
aquesa vaquera
de la Finojosa».

Marqués de Santillana

En San Salvador, El Salvador
Día 428 de viaje. 34ºC. Leyendo La Isla del Doctor Moreau , de H. G. Wells

Me encontré con dos de estas mujeres en mi rumbo hacia el norte. Una, en un mísero restaurante de Honduras. La llamaban La China, y los mismos lugareños, al señalarme el restaurante, me insinuaron que preguntara por ella entre codazos y risotadas. Era rolliza, panzuda, excesiva, parecida a un sapo-toro, de rostro colorado y ojos rasgados como una muñeca oriental de porcelana. Reía a carcajadas y contagiaba a todo el restaurante con sus bromas. Nada más verme entrar, intentó alternar conmigo en un inglés que habría provocado un infarto a Lord Byron. La otra apareció en un lavacoches de El Salvador. Hacía semanas que tenía la impresión de que le debía a Fefa un buen lavado, y en cuanto el tiempo y la carretera mejoraron ligeramente, me detuve en un precario cobertizo en el que cuatro mujeronas de aspecto recio frotaban con gran entusiasmo un enorme pickup de la policía. La situación y el local me recordaron un pequeño incidente que tuve en una ocasión con un coche en Rusia y que he contado ya aquí. En aquella ocasión acabé con el vehículo metido en el fango hasta el parabrisas y lo llevé a lavar a un lugar muy similar, regentado por dos matroshkas con vagas semejanzas a Tweedledum y Tweedledee.
La vaquera, al verme llegar, se sentó a mi lado e intentó conversar conmigo, dedicándome miradas soñadoras. No le entendí un carajo, así que me limité a asentir y a emplear un tono falsamente festivo para exhortarla a emplear más jabón.

La vaquera de la Finojosa le da un repaso a la Fefa

La vaquera de la Finojosa le da un repaso a la Fefa

En estos mil y pico de kilómetros recorridos desde la entrada a Nicaragua hasta este San Salvador durmiente en el que me veo paralizado de forma involuntaria, han ocurrido dos cosas realmente lindas. La primera fue en Nicaragua, cuando pusieron ante mi la primera tortilla de maíz. Creo que ya os he contado cómo van apareciendo en la ruta pequeños hitos que me ayudan a comprender la distancia recorrida: mi primer mono cruzando veloz el asfalto, mi primer camello de mirada soñadora rumiando en la cuneta, la primera vez que ves un océano o un río cuyo nombre te suena, o cuando al fin te detienes ante un monumento largamente acariciado con la imaginación. Glotón y gourmand como soy, y no había reflexionado sobre la primera vez que pruebas un plato icónico: tuve que ser consciente de ello aquí, en Centroamérica, quizá porque los sabores van cambiando muy gradualmente a medida que el suelo se desliza bajo mis ruedas, y los cambios son más sutiles que los de los rostros o los paisajes. Así pues, me emocionó ver ese circulito de color pálido en mi plato por vez primera. Desde entonces, las tortillas han ido siendo cada vez más frecuentes, y ahora mismo son casi ineludibles.

Ante la tumba de Rubén Darío, teniendo un momento místico

Ante la tumba de Rubén Darío, teniendo un momento místico

El otro momento hermoso ocurrió también en Nicaragua y de forma casi accidental. Al visitar la catedral de León recordé que había leído en alguna parte que los restos de Rubén Darío reposan ahí custodiados por un león de alabastro. Pregunté a una mercader del templo y supo apuntarme en la dirección correcta. Distinguí de inmediato la firma del poeta grabada en escorzo en un grueso pilar de la catedral y, repantigado en el suelo, vencido, el famoso león. Como quien reza, con la misma devoción y el mismo fervor, susurrando quedo y con un nudo en la garganta, recité ante la tumba el Príncipe su poema más hermoso: A Margarita Debayle. Recuerdo a la perfección el día en que lo memoricé. Tenía unos siete u ocho años, y había caído enfermo de gripe. Al lado de mi cama habían dejado una palangana por si me entraban arcadas y en el suelo, al lado de la palangana, un libro de texto del colegio abierto en ese poema. Aturdido por la fiebre, leí el poema, que hizo explotar ante mis ojos hermosas imágenes de princesas y campos de estrellas, palacios de malaquita, versos, plumas y flores. Lo leí y releí unas quinientas veces esa mañana, empapándome con las palabras, atrapado en los recovecos de esos versos tan cursis y delicados como una telaraña cubierta de perlas de rocío. Y no se me ha vuelto a olvidar jamás de ellos. Como prueba, os dejo esto:

DailyMotion:
Insértalo:

Prometo fervientemente que intenté por todos los medios enamorarme de Honduras primero y El Salvador después. Pero quizá no era ni su momento ni el mío. Honduras me cayó muy mal desde su misma frontera, porque presentaron ante mi una minuta de casi cuarenta dólares por dejarme pasar con la moto, algo que no me había pasado en ningún país hasta ahora de los cuarenta y tres que he visitado. Me generó tal impotencia que, de haber podido saltar por encima del país, lo habría hecho gustosamente haciendo cortes de manga.
- ¿A usted también le hacen pagar cuarenta dólares? – pregunté a un camionero de aspecto insignificante que intentaba colarse por delante de mi.
- No, no- contestó aturdido.
- Es que él eh de tranpolte- me explicó la funcionaria con sorna. La vetusta oficina olía a palomitas de maíz. Un transistor trompeteaba una metálica salsa.
- Pero yo también me transporto. A mi mismo- expliqué irritado.
- No, pero él tranpolta mercansía.
- Pues si quiere compro una caja de fruta y la paso al otro lado.
- No, no, tiene que pagal.
El cruce de la frontera fue además especialmente laborioso y mareante: ahora fotocopie esto, ahora esto otro, yo sólo acepto dólares, yo sólo acepto lempiras. Era tal mi estado de ánimo que volé en dirección a El Salvador, donde se cocinaba mi perdición.

Pupusas

Pupusas

Hablando de cocinas, al cruzar a El Salvador, anoté mentalmente que los restaurantes habían pasado a llamarse pupuserías, algo que tomé como una excentricidad más del país. Nunca había probado las pupusas, y desconocía su importancia en la alimentación salvadoreña, así que el nombre me pareció infantil y divertido y algo decididamente a experimentar en mi presuroso periplo. Me paré al margen de la carretera para ver cómo una mujer las fabricaba: Tomaba dos cucharadas abundantes de masa de maíz, hacía un pequeño hueco en el centro, y lo rellenaba con una cucharada de relleno -queso, chicharrón, frijoles, pollo- para, acto seguido, sellar la entrada y palmear la bola hasta convertirla en un disco de masa de unos tres centímetros de grosor. Luego, disponía el círculo en una plancha alimentada por gas. Las pupusas salían con abundancia, acompañadas de un encurtido de vinagre con zanahoria, cebolla y chile verde, condimento universal de la comida del páis según descubrí rapidamente. Las pupusas son consideradas por la FAO una parte esencial en la dieta básica salvadoreña y el gobierno de la nación las tiene en tan alta estima que les ha dedicado un día del calendario. La venta de pupusas generó entre el 2001 y el 2003 unos ingresos para El Salvador de 22,800 millones de dólares.
Pasé por El Salvador casi en un suspiro. Me desvié caprichosamente de la carretera principal para conocer la ruta de las flores que en modo alguno hizo honor a su nombre.

La Ruta de las Flores

La Ruta de las Flores

La ruta es en realidad una pequeña y algo decepcionante carretera comarcal que se adentra entre plantaciones de café, salpicada de raquíticos pueblos con iglesias encantadoras, plazas del pueblo durmientes, ciudadanos en diversos estados de momificación, y alguna que otra catarata. De las radios de los colmados surgen homilías enfervorizadas declamadas por voces de timbre sonoro y rimbombante, y los pequeños restaurantes ofrecen un solo plato a precios pluscuamridículos. El cielo amenazaba tromba, así que aparqué muy temprano en la localidad de Juayua. Nada más entrar en la coqueta habitación que me habían alquilado por veinte dólares, se desató una tormenta de proporciones épicas. Se fue la luz y el tejado de chapa se convirtió en una ensordecedora sinfonía de golpeteos. Me sentí infinitesimal y enormemente vulnerable.

Al día siguiente continué rumbo al norte, y a mediodía llegaba a la frontera entre El Salvador y Guatemala. Fue allí donde me confiscaron el pasaporte por orden de la Interpol y se incautaron de todos mis bienes, Fefa incluida.

Imprimir