close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

¿Y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa?. Los lectores se estaban impacientando y me estaban contagiando la impaciencia a mi. ¿Y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa?, preguntaban. Y lo cierto es que yo mismo no tenía demasiado claro dónde se encontraba.
El tipo que me la había puesto en el barco de carga en Kuala Lumpur me había recomendado un agente de aduanas de Buenos Aires, al que por pura comodidad había hecho llegar toda la documentación de mi moto, sin que ello me comprometiera a emplear sus servicios. El caso es que cuando se acercó la fecha del desembarco, ninguno de los demás agentes a los que escribí me contestó nada, así que decidí contratar los servicios del Señor Toledo, con el que mantenía una conversación fluida y cordial por correo electrónico. El presupuesto inicial era desorbitado, y no mejoró mucho con mis súplicas iniciales. Pero es inevitable que un desembarco de un cajón fumigado de cuatrocientos kilos en un país extranjero genere cierta desazón, máxime cuando su contenido es todo lo que tienes en la vida, así que en lugar de pelearme con la burocracia argentina yo solo, decidí pagar a Toledo para suavizar las cosas aunque me sangrara como a una chancha.

En Puerto Madryn, Patagonia
11 ºC. Día 319 de viaje. Leyendo El Palacio de la Luna de Paul Auster

Ante el Obelisco porteño.

Toledo me fue escribiendo correos a medida que se acercaba la fecha, advirtiéndome de un retraso tras otro del carguero malayo. Hay que tener en cuenta que era un carguero malayo y que tenía que llegar a Buenos Aires tras atravesar el Pacífico, ninguno de cuyos datos parecía presagiar celeridad a la hora de entregar la carga. ¿Y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa?, me preguntaba todo el mundo. Llegado un cierto momento, decidí dejar de responder a esa pregunta. La impaciencia se hizo insostenible cuando los lectores empezaron también a preguntarme qué diablos estaba haciendo en Buenos Aires tantísimo tiempo sin publicar nada. Incluso mi madre, un buen día en que le hice la llamada de rigor para informarle de mi estancado estado, me saludó con la siguiente frase:
- A ver, ¿qué pasa? ¿te has echado novia o qué?
La cuestión es… ¿qué diablos iba a contar? ¿que iba al cine? ¿que comía bife? ¿que paseaba por Corrientes?. Menudo anticlímax. ¿Y la Fefa? ¿y la Fefa? ¿y la Fefa?. LA FUCKIN FEFA ESTÁ EN UN FUCKIN BUQUE MALAYO Y YA ESTÁ, COÑO.
Mis huesos se fueron impregnando de la costumbre argentina de posponer lo inevitable, de charlar sobre cosas intrascendentes, de ir a sitios sin ningun motivo. Toledo me mandó un email: Venga mañana inexcusablemente. Cuando fui, descubrí que simplemente quería una fotocopia de mi pasaporte, pero me dio igual. He venido al pedo; pensé adoptando las expresiones locales con cierta languidez. Pasaron más días, en los que seguía yendo al cine y jugando a la rayuela. Me salieron llagas en el puente de la nariz de tanto usar gafas de 3D. También fui a la ópera hasta que me sangraron los oídos. Aprendí Sánscrito y dibujé escaleras y perspectivas. Me fui a hacer un análisis de sangre. Me encerré en casa largas jornadas meditando. Recuperé el amor por el yo-yo y los helados, por las tarántulas y el jabón líquido de lavar la ropa a mano. Me bajé películas para joder a la Sinde y las borré sin verlas. Hice varias colas para cosas inverosímiles, como comprar alfajores o crema hidratante, o comprobar que mis tarjetas de crédito se habían desmagnetizado de nuevo. Las colas son cultura argentina, como las pizzas y el tango, están entremezcladas, no se puede estar aquí sin saborear la parsimonia gelatinosa de una buena cola.
Un retraso es un retraso, no hay demasiado que se pueda hacer, salvo salir a nado a por la moto en un alarde de valentía. El problema se presentó cuando me rescindieron el contrato de alquiler del piso en el que había estado viviendo veintidós días porque entraba otro inquilino que tenía también derecho a la vida y al parecer estaba dispuesto a ejercerlo. Luego, me expulsaron por falta de plazas del hostalito en el que pasé una semana. Y finalmente me parapeté en otro hotelillo mucho menos céntrico, en condiciones más precarias, acompañado de un gato autista que ni siquiera maullaba. Ahí me mantuve como el último de Filipinas, oyendo el repiquetear de las palmas de una palmera raquítica contra el tejado de zinc y deseando que el otoño llegara con el mismo retraso que Fefa.
- ¿Ushuaia?- preguntó el somnoliento encargado de la recepción cuando me entregó la llave.
- Sí, ahí voy.
- Che, ¡cuánto viento!
Y un buen día, Toledo me mandó el email que llevaba esperando casi cuarenta días con sus cuarenta noches: La moto llegaría a puerto el veintidós.
Empecé a contratar majorettes cojas y una banda desafinada, a comprar ramos de flores mustias, a desplegar la alfombra roja desgastada, a airear los confettis mohosos, a desenrollar las guirnaldas apolilladas y a desempaquetar los cohetes húmedos. ¡¡Fefa llegaría el veintidós!!. Se abrieron los cielos y un coro de ángeles celestiales entonó una nota al unísono mientras rayos de luz descendían sobre mi cabeza y se desparramaban sobre mis hombros como caspa.
- ¿Entonces, cuándo podré pasar a recogerla?
- Se tiene que dehconsolidar el buque -contestó una voz, muy segura de si misma.
Ahí aprendí lo que es desconsolidar. Al parecer, tiene que ver con oscuras maniobras efectuadas por orcos que no pueden ver la luz del sol, una especie de aquelarre que se efectúa secretamente sólo cuando hay luna llena. Los orcos cojean hasta el buque, descargan los containers, los abren, y se llevan el contenido a un almacén cuya única razón de ser es cobrar el almacenaje a precio de Ritz. En cualquier otra circunstancia, yo consideraría esto un secuestro en toda regla, pero no, simplemente estaban desconsolidando.
- ¿Y cuánto tardan en desconsolidar? -pregunté candidamente.
- Ché, normalmente doh díah. Pero es que pasado maniana eh feriaaaado laaaargo- contestó la voz al otro lado del teléfono.
Así pues, se presentaba otro retraso de cuatro días ante mis ojos insomnes. Descubrí que, inmisericorde, empezaba a llegar el otoño sobre Buenos Aires. Intentaba ignorarlo de todas las formas posibles, pero era evidente que los árboles estaban despoblándose a gran velocidad, y los cielos se encapotaban. No quería hacerlo, pero era inevitable recargar de forma compulsiva la página de las previsiones meteorológicas: Ushuaia se estaba quedando cubito. De cinco tolerables grados, la cosa bajó a cero. Pasaron los cuatro días, llegó el lunes.
- ¿Está desconsolidada?
- No.
- Mierda.
- Pero podés venir a pagar a la naviera para que te den el libre de caaargooo.
Fui a pagar a la naviera. Coges unos dólares, lo llevas al banco, te dan un recibo, lo llevas a la naviera, la naviera te expide el libre de cargo. El motivo por el que la naviera no te lo cobró todo en Kuala Lumpur en lugar de sajarte por fascículos se me escapa por completo. En ese momento comprobé que todas mis tarjetas de crédito se habían muerto a la vez, justo cuando no debían morirse. Como cualquier ser humano racional, hice lo siguiente:
- ¿Papá?
- Hijo, qué alegr….
- Mándame dinero.
Papá dejó la sartén al fuego y a sus suegros jugando con los nietecitos y se fue corriendo a mandarme todo el dinero que pudo reunir para pagar el rescate. Yo pagué a la naviera. El martes se desconsolidaba al fin. Con un inmenso fajo de papeles, apareció en escena un agente de aduanas, empleado de Toledo, al que llamaremos Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo. En cuanto lo vi aparecer pavoneándose supe que tendríamos problemas. Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo me informó, muy ufano, que iríamos a Aduanas y que él se quedaría fuera para que no le exigieran un soborno. El edificio de aduanas es sórdido, tétrico, y está en la loma del culo, para emplear otra expresión autóctona. Una decena de incautos extranjeros reposábamos en bancos de madera rodeados de una hueste de agentes de aduanas que cuchicheaban entre ellos como pequeños vampiros de largas uñas y mirada ávida de sangre. Todos los extranjeros parecíamos moscas aturdidas al sol.
Hay que llamar a una puertecita y pedir un número. Los que han pagado un soborno inicial no tienen que pedir número y se les atiende antes. Los demás nos sentamos y esperamos tranquilamente a que el personal de aduanas se aburra de charlar sobre si los patillos de Menem eran sexys o no, o si Maradona era Dios hecho hombre o simplemente un arcangel. Ambos temas suscitan una serie de ramificaciones que los llevan a comentar sobre la cartelera actual, la mejor marca de dulce de leche para rellenar alfajores, o la próxima protesta sindical en su apretada agenda. Estas y otras conversaciones se cuelan suavemente a través de una persiana maltrecha que separa a los funcionarios de los simples mortales. Dos mundos paralelos. Tan cerca, tan lejos.
Contemplo a un matrimonio de canadienses que se pasea con creciente desesperación, como si fueran unos tigres enjaulados.
- ¿Cuándo llegásteis?
- A las ocho de la mañana.
Miro distraidamente el reloj. Los pobres infelices llevaban cinco horas en ese pasillo, esperando a que algún funcionario les pusiera un sello. La insoportable levedad del ser.
Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo no paraba de indicarme la suerte que tenía de que él estuviera llevándome mi papeleo. Me ponía en orden los formularios, los grapaba y los desgrapaba, y en general se esforzaba horrores por parecer eficiente y ocupado, pero en realidad allí no se hacía otra cosa que esperar. Cuando finalmente los funcionarios de aduanas se aburrieron de posponer la muerte del Universo por sobrecalentamiento, la puerta se abrió un poquito.
- ¿Siguiente?- susurró con dejadez un tipo fornido a la pequeña turba de extranjeros. Se levantó un hombrón cuarentón, rapado y de mirada adusta como un totem, acompañado de su agente de aduanas que asemejaba una pulga anémica, y penetraron en las profundidades del despacho donde se cocía la acción. Obviamente, ninguno de nosotros osó siquiera protestar. Todos sonreíamos embelesados al paso de los funcionarios de aduanas, les cantábamos loas y endechas, y sembrábamos de pétalos de flores a su paso para engrasar nuestras relaciones con ellos. Por dentro, nuestra ira iba creciendo como una hoguera bien alimentada de rencor, como un saco de pus en un dedo infectado. Todos pensábamos lo mismo: en cuanto me den el papel sellado, les voy a gritar a la cara que son unos miserables, se van a enterar, carnosos hijos de la gran puta. Pero cada extranjero que conseguía por fin el sellito y la firmita salía caminando a paso ligero, encogido como un cliente que sale de un prostíbulo, temeroso de que alguien lo llamara para añadir un paso más en el complicado laberinto burocrático, evitando a toda costa un retraso más en su papeleo.
A eso de las doce de la mañana, una carnosa hija de puta se llevó el último papel de los canadienses y, una hora más tarde, volvió con una firma estampada en el dorso. Ya podían irse. Los canadienses se revolcaron en el polvo ante la carnosa hija de puta, besaron sus pies con fruición, entonaron cánticos de agradecimiento en contrapunto, y se escabulleron mirando con lupa el formulario que les daba la libertad, sin dar crédito a su buena suerte: sólo cinco horas y media para obtener un sellito y una firmita. Al otro lado de la puerta, se hizo una pausa dramática: los carnosos hijos de puta habían tramitado dos casos y se sentían profundamente extenuados, así que aprovecharon para hacerse un mate y organizar una partida de canasta arrojando papeles arrugados a la papelera más cercana. Un televisor rentransmitía el resumen del partido de fútbol del día anterior. Sólo estábamos esperando un par de tipos con pinta de importadores de máquinas de costura, una encantadora pareja de franceses que querían regresar a su país con un camión, y yo mismo, acompañado de Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo, que se había enamorado de la francesa, que a mi me parecía un tucán. A eso de las dos menos cuarto me llamaron. Me senté al escritorio de uno de los carnosos hijos de puta, un hombrón de ciento setenta kilos con lentillas de color azul que lo hacían parecer un saurio baboso. Lucía un discreto pendiente, un bronceado antinatural y una coleta algo desconcertante.
- Ah, si, Ushuaia, mucho viento- comentó apaciblemente. Me esforcé por caer bien al tipo, le di conversación, le guiñé un ojo, le enseñé una teta mientras me chupaba un dedo. Estaba dispuesto a cualquier cosa por que me pusiera el maldito sello. Un hombrón con aspecto de sapo, encorbatado y más carnoso hijo de puta que ninguno de los carnosos hijos de puta hizo acto de presencia. El jefe. Todos se pusieron firmes.
- Me voy a comer, ¿tengo que firmar algo? – preguntó, distraído.
- No, no- contestó mi carnoso hijo de puta contemplándolo arrobado con sus ojos de lagarto.
- ¿¿¿¡¡¡COMO QUE NO, CARNOSO HIJO DE PUTA, TIENE QUE FIRMAR MI FUCKIN FORMULARIO!!!!!!!!- le grité cogiendo su cráneo y estampándolo sobre el escritorio hasta que sus sesos se rebozaron contra mi pasaporte y mi carnet de passages.
-Je, je- dije en realidad.
El jefe se largó acompañado de otros corbatas que reían y celebraban sus ocurrencias como cerdas hozando en la mierda. Me quedé a hacer resignada compañía a mi torturador, que rellenaba formularios con una parsimonia propia de un monje medieval ciego y sordo. Finalmente, levantó su cabecita de carnoso hijo de puta, y me miró con un ligero desprecio.
- Bueno, podés volver a las dos y meeeeedia, cuando regresa el jeeeefe para firmar.
Le pedí que me recomendara un restaurante en las inmediaciones, y acabé comiendo una tortilla de patatas rellena de jamón, queso y salsa de tomate, mientras un par de perros sarnosos canturreaban a mi alrededor como buitres a la espera de mi muerte inminente.
A la vuelta sólo tuve que esperar dos horas a que el carnoso hijo de puta de la coleta le llevara el formulario al carnoso hijo de puta con cara de sapo para su revisión y firma. Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo, jactándose de haberme ahorrado doscientos dólares en sobornos, me emplazó al día siguiente, iríamos por fin al almacén y la Fefa pisaría tierra argentina.

**************

El almacén estaba situado a muchos kilómetros del centro. Nos habían dado hora a las tres de la tarde, pero la parsimonia de Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo dilataba el encuentro. Estuvimos cerca de una hora en su oficina discutiendo por un dinero que yo había adelantado y que no aparecía por ninguna parte, lo que me puso de bastante mal humor. Mientras esquivábamos el denso tráfico de Buenos Aires en un taxi bastante ruidoso, me explicó que había contratado los servicios de una furgoneta para sacar a Fefa a un almacén cercano y poder montarla con calma.
- Pero… ¿no se puede montar en el mismo sitio donde me la entreguen? No necesito más que una esquinita.
- No, no. Medidas de seguridad.
Imaginé que la Fefa estaría esperándome en un enorme almacén ordenado de forma eficientísima, suelos inmaculados, limpieza quirúrgica. No me veía a mi mismo trasteando con la llave inglesa bajo la aristocrática mirada de una decena de estibadores vestidos con monos fluorescentes impecables y en cierto modo la propuesta de Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo resultaba razonable.
- ¿Y cuánto cuesta la furgoneta?
Cuando me dijo el precio, se me atragantó hasta al primera papilla.
- Pero Dios mío- protesté-. ¿Qué hace esa furgoneta, te la chupa?
- No, no, es el precio acá.
- ¿Cómo va a ser el precio de acá? No creo que cobren eso ni en Australia.
- Luego le enseño la factura, amigo.
Sospeché. Sospechó de que sospechaba. Sospeché de que sospechaba que sospechaba. Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo y yo empezábamos a caernos mal. Refunfuñando como un matrimonio de ancianos, llegamos al enorme almacén donde se había desconsolidado el buque. Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo me guió por un pasadizo muy largo hasta la oficina que regentaba un diminuto gnomo de pelo escaso y revuelto, nariz generosa como una quilla de barco y uniforme de aduanas algo apolillado. Le entregó los papeles de la moto y el gnomo se parapetó detrás de un mostrador gimotendo.
- ¿A Ushuaia?… Uh, cuánto viento- observó.
- Ya ve.
Entonces me salvó la tarde.
- Cuando la saquen de la caja, me muestran el número de bastidor- dijo detrás de unas gafas de leer que colgaban peligrosamente sobre el robusto puente de su nariz.
- Ah, pero ¿se puede sacar de la caja?- pregunté.
- Lo normal es que salga rodando.
- Entonces… ¿No hace falta una furgoneta?
- Claro que no- contestó el gnomo con una sonrisa angelical. Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo se revolvió burbujeando de ira.
- Ché, pero la furgoneta sha está esperándolo afuera.
- Pero yo no la he pedido. La has pedido tú -contesté.
- Pero eh máh cóoooooomodo.
- No hay nada más cómodo que montar la moto aquí mismo.
- Pero no da tieeeeeeeeempo antes de que sierren.
- Faltan dos horas, en dos horas estoy en Ushuaia.
- ¿Y no la va a enviar a Africa desde acá? En el almasén de la furgoneta le pueden guardar la caja.
- ¿Me guardarán diez meses la caja? ¿cuánto me cobrarán por eso?
- Pero…
- NO quiero la furgoneta.
El gnomo asistía embelesado a la disputa conyugal que tenía lugar ante sus opulentas narices. Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo por fin se desinfló, cogió el teléfono y se puso a hacer algunas llamadas para desconvocar el transporte. Luego, salimos al mundo exterior. Era un inmenso complejo de barracones descomunales al borde del colapso. En medio de una gigantesca plaza de asfalto, tres o cuatro carretillas elevadoras grandes como brontosaurios intentaban mover dos camiones herrumbrosos que parecían haber sobrado de una secuela de Mad Max especialmente cruda. Los camiones habían reventado en un mar de aceite negro como el azabache. Un grupo de estibadores aburridos observaban la ceremonia con dejadez.
Seguí a Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo y a un hombrecillo tocado con un casco fluorescente hasta un almacén al final de la enorme plaza. Se abrió un gran portón.

Y allí estaba Fefa.

Fefa ante la Patagonia

Fefa ante la Patagonia

La reconocí enseguida, aunque todavía estaba empaquetada. La habían envuelto amorosamente en plástico de burbujas y asentado en un palé gigantesco. A su alrededor habían construído una jaula de barrotes de madera que la mantenía firmemente protegida de los golpes y los malos tratos del viaje. Introduje la mano entre los barrotes y acaricié suavemente su grupa. Me giré, casi con lágrimas en los ojos, hacia Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo y el hombrecillo del casco fluorescente. Obviamente, no compartían la trascendencia del momento.
- Es mi mujer, ¿entienden?- expliqué en un susurro débil y emocionado.
El hombrecillo se me quedó mirando y luego sonrió complacido.
- Su mujer, jajaja -rió mientras se iba a buscar un estibador que me desmontara la caja.
Volvió acompañado y se sentó a comer un bocadillo mientras se interesaba por mi historia.
- ¿A Ushuaia?… Ché, tanto vieeeeeento….
En cuestión de veinte minutos, un enano grasiento armado con un delantal de cuero y un martilllo pilón hizo añicos la estructura que protegía a la moto. La Fefa salió elegantemente de su sarcófago y brilló bajo el sol porteño como una deslumbrante y coqueta princesa asiática. A petición mía, para evitar el enorme océano de grasa que habían dejado los camiones que habían reventado en la plaza, llegó un operario con una carretilla elevadora que nos transportó a ambos sobre las cabezas de los estibadores, que sacaban los móviles para hacernos fotos: un loco despeinado, enfundado en un mono de cuero, montando una máquina de cuatrocientos kilos pintada con colores pakistaníes, flotando como Jack Sparrow sobre el mástil superior de su navío.
Fefa todavía me reservaba una sorpresa. Cuando quise arrancarla, la moto se negó con un estornudo débil. Lo intenté de todas las formas, pero la moto se negaba a arrancar. Toqueteé sus vísceras para descubrir una mancha oscura y viscosa de muy mal aspecto. Con la certeza de que el viaje había roto alguna pieza vital, empecé a desmontar el depósito mientras Don José Arcadio Aureliano Buendía Segundo se relamía pensando en que, finalmente, sí haría falta la furgoneta. Me puse manos a la obra, y arrastré a Fefa a una esquina sombría. Con un par de movimientos ágiles desmonté el depósito -y pensar que hace un año sólo de pensar en desmontar aquello me provocaba una semana de insomnio- para darme cuenta enseguida de que lo habían vaciado por completo. Una rápida visita a la gasolinera más cercana y Fefa ronroneó como un gato de angora bajo el sol del atardecer y las miradas divertidas de los transportistas y estibadores que habían asistido a toda la ceremonia.

Cuando el GPS me guiaba certeramente a mi hotel y el sol se ocultaba bajo el entramado confuso de edificios de Buenos Aires, no pude evitar gritar como un loco:
- ¡¡Estoy conduciendo en AMÉRICA!!
Fefa respondió con un gruñido sordo y un acelerón brusco. Me levanté sobre el asiento, sintiendo el aire limpio golpeándome contra el casco. Las avenidas resplandecían de flores tardías cayendo de los árboles. Los neones empezaban a ganar la batalla a la luz crepuscular.

Y al día siguiente, salía de Buenos Aires. Intentando ganarle la carrera al otoño inclemente. Rumbo al gran Sur.

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