close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

- A ver si lo entiendo- dije suspirando-. Usted me deja pasar con la moto hacia Guatemala, pero su compañero de inmigración no me deja salir del país porque se ha quedado con mi pasaporte. Así que lo único que puedo hacer es quedarme a vivir en la frontera.
- Yo no lo ehtoy reteniendo. Por mi se puede malchal -contestó él con una sonrisa encantadora.
- Pero no me deja llevar la moto.
- Sí, puede llevarla.
- Pero hacia Guatemala.
- Claro.
- Pero yo no puedo ir a Guatemala, me han retenido el pasaporte aquí y debo volver a San Salvador -expliqué.
- Correcto.
- Entonces, no puedo mover la moto.
- Sí que puede.
- Hacia Guatemala.
- Correcto.
- Pero yo tengo que ir hacia El Salvador.
- Con la moto, no. La moto ya salió del paíh y no puede volvel a entral.
El hombre estaba disfrutando de lo lindo de su pequeña parcela de poder. Tenía las manos de garrita de gallinácea, y las frotaba con fruición mientras me contemplaba con sus ojitos porcinos ocultos tras unas gafas con cristales bifocales. Una gota de sudor bastante gorda resbaló lentamente desde mi cuero cabelludo a mi cuello.

En San Salvador, El Salvador
Día 432 de viaje. 28ºC. Leyendo Los Asesinos, de Elia Kazan

La truculenta novela policíaca que estoy a punto de contar comienza hace más de un año, cuando mi conseguidor ruso intentó tramitar mi visado ante el consulado de Moscú en Madrid. El cónsul rechazó mi pasaporte con la suavidad y dulzura características de los funcionarios soviéticos porque, al parecer, estaba un poco maltratado. Mi conseguidor -para obtener el visado de la Federación Rusa es conveniente contratar a uno salvo que seas masoquista- me llamó por teléfono para darme la mala noticia.
- Me ha dicho que el pasaporte está deteriorado.
- ¿Y lo está?
- La primera página está un poquito perjudicada, pero creo que puedo arreglarlo con un poco de pegamento, y vuelvo a presentarlo el martes.
- Inténtalo, por favor.
Colgué y me desentendí del asunto, hasta ese martes. Recibí entonces la desinflada llamada del conseguidor.
- El vicecónsul cogió tu pasaporte y lo rompió delante de mis narices -dijo con cierta languidez, como si fuera lo más normal del mundo.
Esa semana tenía que renovar el DNI, y la mañana en que me acerqué a la comisaría tenía en mente el firme propósito de aprovechar el viaje y solicitar un pasaporte nuevo también, empleando alguna maniobra torticera de ingeniería social. Mientras esperaba mi turno, se produjo un altercado bastante llamativo entre la adusta funcionaria que tenía por misión anunciar a los espontáneos que sin cita previa no se renuevan documentos y un ciudadano que, al parecer, llevaba varios días intentando hacerse con un nuevo DNI de comisaría en comisaría. El tipo gritó puta-reputa y mecagoendiós y pegó un par de llamativos puñetazos a una mesa cercana, la funcionaria llamó a la policía, y la policía lo esposó con gran despliegue de medios ante nuestras atónitas y alarmadas miradas. Cuando me senté delante de la señora que renovaba DNIs y le regalé mi mejor sonrisa y unas cuantas frases de comprensión, supe de inmediato que me la había ganado y que me renovaría el pasaporte también.
Y ahora, viene un momento crucial en toda esta historia. Lo que yo recuerdo que dije es:
- El pasaporte me lo han rechazado en la embajada rusa, lo tienen allí, al parecer está roto.
No sé cómo, apareció un pasaporte nuevo, crocante, recién salido del horno, oliendo a vainilla y a mantequilla derretida. Seguí sonriendo a la funcionaria, y me fui de allí pegando saltitos de gozo con el pasaporte nuevo haciendo murmullos de satisfacción en mi bolsillo.
Lo siguiente que recuerdo es mirar cariacontecido mi viejo pasaporte en el despachito del conseguidor ruso. Era un tipo larguirucho, afable y despierto que se había casado, en apariencia, con una rusa de despampanante y gélido porte con la que llevaba una agencia de viajes y de trámites de todo tipo con la opaca administración de Moscú.
- Pues no lo ha roto tanto- comenté.
- Ya, bueno, lo que hizo fue pegar un tirón a las hojas y despegar el pegamento.
- A mi este pasaporte me valdría- respondí.
- Ya, a mi también, pero están bastante quisquillosos ultimamente.
Es fácil adivinar qué ocurrió con ese mancillado pasaporte: Se fue de cabeza al fondo de una de mis maletas. “Por si acaso”, pensé, imbécil de mi, “por si me roban o pierdo el otro”. Gilipollas.

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Estaba a puntito de entrar definitivamente en Chile cuando me di cuenta de que no había espacio para un solo sello más. Había agotado todas las páginas de mi pasaporte. Con un pequeño deje de orgullo, rebusqué en el fondo de la maleta y encontré el que me había rechazado el bolchevique cabezón un año atrás. Salí de Argentina, me guardé el que había estado usando hasta entonces, y probé suerte con el documento que llevaba escondido. El funcionario de aduanas lo selló con gesto aburrido. Bienvenido a Chile. Siguiente.
- Vaya, parece que funciona. Soy super listo- pensé sintiéndome un ninja.
Todo parecía demasiado fácil para ser verdad. Días antes había consultado en la página web del Ministerio y, al parecer, recientemente han inaugurado un protocolo maravilloso y muy eficaz y ágil e inteligente de emisión de pasaportes en las embajadas, que hace que el tiempo medio de entrega de documentos nuevos sea de un mes. Como no me apetecía esperar incubando un huevo durante un mes en ninguna parte, y además soy idiota, colé el viejo pasaporte. Y entré en Chile. También salí de Chile y entré en Perú. Y salí de Perú y entré en Ecuador. Y salí de Ecuador, entré en Colombia, pasé a Panamá. Ningún problema. Siguiente. Siguiente. Siguiente. Memo.

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Panamá. Observé el formulario, sudando levemente. Era la tercera vez que se reiniciaba sin ningún tipo de explicación. Me pregunté si era una forma sutil de librarse de visitantes, simplemente agotando su paciencia. El darwinismo aplicado a los formularios web. Se me nubló la vista ante el ordenador intentando descifrar preguntas como si tenía entre mis planes asesinar al presidente, si había participado en algún genocidio recientemente, si estaba considerando participar en negocios de prostitución o trata de blancas o si pretendía importar fruta ilegalmente. Curioso. Cuando por fin llego a un país aliado, occidental, amigo, hermano, me encuentro de cabeza con un muro de hormigón en forma de solicitud inmisericorde. Había decidido solicitar el visado de Estados Unidos (*) en Panamá porque, según una web de la administración de Obama, el tiempo medio de obtención del documento era de cinco días. En otras embajadas podía dilatarse varias semanas. Así pues, rellené el formulario infernal, pagué una abusiva tasa de 140 dólares, y a los dos días, con el diente lavado, me presenté en la embajada para participar en una amena entrevista, en la que se probaría mi inocencia ante un robótico funcionario parapetado tras una mampara de cristal blindado.

A la izquierda, la foto hecha bajo la lluvia, en la que parece que voy a matar a Obama con una fruta. A la derecha, la foto proscrita en la que es imposible reconocerme, según la funcionaria de turno.

A la izquierda, la foto hecha bajo la lluvia, en la que parece que voy a matar a Obama con una fruta. A la derecha, la foto proscrita en la que es imposible reconocerme, según la funcionaria de turno.

La embajada de los Estados Unidos en Ciudad de Panamá es un fastuoso conglomerado de jardines y edificios faraónicos de hormigón a las afueras de la ciudad, en un barrio de ostentosas casas bajas y centros comerciales caros. Esa mañana llovía copiosamente. Corrí bajo la lluvia mientras observaba a un coatí que rumiaba algo bajo un magnolio. Esperé algo así como dos horas a que cantaran mi número. Me presenté ante una aburrida oficinista panameña que observó con mirada valorativa las fotos de carnet que había traído y me comentó que como tenía pelo ante la frente, no podía reconocerme con claridad y que tanto podría ser Carol Wojtyła como Don Pimpón pero, en todo caso, resultaba sospechoso en grado sumo de pertenecer a una secta xenófoba importadora de frutas. Que fuera a hacerme otra foto en la que se me viera la frente, parte de la cara imprescindible para ser reconocido sin margen de duda. Por si era imbécil o incapaz de entender mi propio idioma, me enseñó además a modo de ejemplo un gráfico preparado a tal efecto en el que se mostraba una cara con la frente descubierta. Corrí bajo la lluvia hasta unas furgonetas que se encontraban aparcadas delante de los portones de la embajada, saludando a mi paso al coatí. Ahí podías conseguir -a precio de donación de órgano- cualquier servicio que pudieras necesitar, desde una fotocopia a un asesor legal, pasando por un masaje o una Pepsi. Me sentaron delante de una lona bastante manoseada, me hicieron una foto en la que obviamente parecía un terrorista afgano a punto de apretar un detonador, me cobraron diez dólares por imprimirla, y volví a la embajada con el ánimo un poco más revuelto que cuando me desperté esa mañana. El coatí seguía allí.
La foto fue admitida por la adusta funcionaria, que me invitó a esperar otra hora más. Finalmente, cantaron mi número y me dirigí a mi entrevista con un hombre de aspecto pulcro, pelo cortado al cepillo y ojos de color acero que se protegía del mundo exterior tras una mampara sólida como una roca. Supuse que me preguntaría sobre mis planes de practicar genocidio narcótico con frutas pero no fue tan directo. Se interesó por mi desastrosa situación económica, sobre si tengo familia en Estados Unidos que me acoja para trabajar ilegalmente en la industria de la prostitución o la importación ilegal de bananas, y luego me invitó a que me sentara a esperar un diagnóstico. Me di la vuelta, me dirigí a mi asiento, y en ese momento ocurrió algo TERRIBLE que dio un vuelco COMPLETO a mi viaje.
- Mister Barrio, por favor, ¿puede acercarse a la ventanilla?- indicó con voz metálica y marcado acento.
Me planté delante de él e hice ojitos. Observó un momento la pantalla del ordenador, levantó la cabeza, y me hizo la siguiente pregunta toqueteándose la corbata para disimular su turbación:
- ¿Usted ha… reportado este pasaporte… como perdido o robado?
Y como soy un necio, un burro, un adoquín, un babieca, patoso, pazguato, ceporro, gaznápiro y palurdo, contesté con cara de no haber roto un plato en mi vida:
- No.
Y eso desató la cólera de la Interpol.

En las manos de la Interpol. Por gilipollas.

En las manos de la Interpol. Por gilipollas.

Pero vayamos por partes. En la embajada de Estados Unidos me tuvieron esperando del orden de cinco horas entre cuchicheos y miradas mordaces y me hicieron regresar al día siguiente entregándome un papelito que decía “Please note that your request for a noninmmigrant visa has been suspended under the section 221 (g) of the Immigration and Naturalization Acts of the United States. Your application is subject to administrative processing.” La traducción de esto es: “Eres sumamente sospechoso y te vamos a mirar con lupa hasta el agujero del culo. Vuelve mañana”. A la mañana siguiente -el coatí ya no estaba allí, me dio cierta pena porque sentía que empezábamos a congeniar- me explicaron que estaban investigando la situación irregular de mi pasaporte y que tendría que comunicarme con mi embajada, porque algo raro le ocurría y había grandes posibilidades de que estuviera planeando practicar la prostitución magnicida con frutas de contrabando en territorio estadounidense.
Acudí a la mañana siguiente muy temprano al consulado de España en Panamá. Muy de andar por casa. Es un edificio algo vetusto que se aburre en el centro de la ciudad, rodeado de puestos de comida y de murgas que, por las noches, montan una escandalera descomunal con bombos, tambores y clarines hasta que la tormenta tropical las barre de la faz de la tierra. Me recibió un guardia de seguridad armado hasta los dientes con pulseras y anillos como para lastrar al Titanic, un corcho en el que se podía obtener información sobre las actividades de los diversos sindicatos de funcionarios, y un cartel que me pedía que si venía a tratar el tema de la Memoria Histórica, tendría que volver el jueves. Viva España, cohone.
- Es que su pasaporte ESTÁ dado de baja por robo o sustracción- explicó la funcionaria.
- Eso es imposible. Este es mi pasaporte, y este soy yo.
- Sí, si. Pero aparece como robado o sustraido.
- Yo creía que estaba sólo deteriorado y que se podía seguir usando -contesté.
- NO.
- ¿Y qué hago?
- No puede usar dos pasaportes. Solicite uno nuevo y recójalo dentro de un mes.
- ¡UN MES! ¿Me lo pueden enviar a…?
- NO.
- ¿Puede pasar a recogerlo otra…?
- NO.
- ¿Y si dejo un sobre pagado…?
- NO.
- ¿Y si fuera un travesti o un cineasta comunista o perteneciera a una minoría lingüística o cultural o mi bisabuelo hubiera sido una víctima del franquismo?
- Ah, bueno, entonces sí.

Bueno, en honor a la verdad debo reconocer que esta última parte del diálogo es ficticia. Prosigamos. Creo que ha quedada clara mi absoluta estupidez a lo largo de todo este proceso, pero me gustaría ahondar un poco más en ella. Me fui a pensar al frescor artificial de la habitación de mi hotel y llegué a las siguientes conclusiones:

1.- Necesitaba un nuevo pasaporte, porque tarde o temprano éste me daría problemas.
2.- No podía esperar un mes en Panamá viendo secar la pintura de las paredes.
3.- Si no podía tramitar el visado de entrada en USA en menos de un mes, no podría tampoco ir a ese país, básicamente porque no puedo ir dilatando mi viaje alegremente meses y meses y meses, dado que tanto mi cuenta bancaria como mi paciencia y la de las personas que me quieren tienen límites.
4.- Las embajadas de Estados Unidos y de España mostraban la flexibilidad de una viga de hormigón.
5.- Llevaba cuatro días en Panamá y el país ya se me estaba cayendo encima.

Así pues, tomé una decisión muy muy difícil: renunciaría a Estados Unidos. A recorrer la Ruta 66, a vestirme de Elvis en Las Vegas, a unirme a una protesta de la Iglesia de Westboro Baptist Church, a inflarme de hamburguesas de Wendy’s, a visitar a los Roloff, a bailar en un honky-tonky disfrazado de cow-boy, a escuchar mi eco en el Gran Cañón, a asistir a un partido de béisbol, a fotografiar a Fefa ante el Grauman’s Theater, a recitar Poeta en Nueva York ante el puente de Brooklyn. Pero lo que es peor, no iría a ver a mi hermanita americana (***) y no conocería a mis sobrinos estadounidenses. No era un drama irresoluble, al fin y al cabo había estado en USA cinco veces ya: simplemente solicitaría un pasaporte nuevo en Panamá y, mientras tanto, cogería mi pasaporte presuntamente robado o extraviado y emprendería un incierto paseo hacia el norte, por paises sin tanta informatización o paranoia fronteriza. Llegaría a Mexico, daría la vuelta una vez inflado de tacos y enchiladas, y regresaría a Panamá para recoger mi nuevo pasaporte y continuar el rumbo al sur. Lelo, estúpido, mamón, idiota.

Todo fue muy bien durante un tiempo. Mi pasaporte y yo vivíamos un apasionado romance de carretera. No me fallaba, siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Nos mirábamos con ojitos tiernos, ambos partícipes de un secreto inconfesable, guardando las apariencias ante una despiadada humanidad que desaprobaba nuestro romance. Crucé a Nicaragua, de Nicaragua a Costa Rica, de Costa Rica a Honduras, de Honduras a El Salvador. Ningún problema. Siguiente, siguiente, siguiente, siguiente. Gilipollas. Cada vez estaba más envalentonado con mi pasaporte robado o extraviado. Hasta que llegué a la frontera entre El Salvador y Guatemala. La funcionaria me miró sonriendo forzadamente, y me dijo “un momentito, polfavó”. Se levantó y se largó con mi documentación. Luego me invitó a sentarme en una cabina de cristal. Se produjo una pequeña fiesta de funcionarios revoloteando alrededor del ordenador, hicieron varias fotocopias cloqueando como gallinas, me dieron explicaciones absurdas, confusas y contradictorias, me miraron sospechosa y retrecheramente. Y por fin apareció el Jefe.
- Mire, su pasapolte ehtá denunsiado en la Interpol como robado, lo tengo que retenel y envialo a la embahada de Ehpaña.
- ¿Cómo que robado? ¿No ve que soy yo, y estoy aquí, y es mío?
- Lo entiendo, pero la Interpol dise que hay que retenel el pasapolte.
- Si, pero… oiga… simplemente déjeme marchar y…
- No, no, tiene que regresal a San Salvadol y hablalo con su embahada.

Documento entregado en la frontera al ser incautado el pasaporte

Documento entregado en la frontera al ser incautado el pasaporte

Como mi estupidez ya me había metido en suficientes problemas, decidí claudicar.
- Está bien- dije aristocraticamente humillado-. Volveré cuando este… uh… malentendido esté resuelto.
Me puse la chaqueta, el casco, programé la ruta a San Salvador -120 kilómetros- en el GPS. Y en ese momento, se me encendió una bombilla en la cabeza. Regresé al local y busqué al Jefe.
- Oiga… que yo ya he realizado los trámites de salida de la moto.
En efecto, nada más llegar a la frontera y antes de que todo el peso de la Interpol cayera sobre mi craneo, un guardia se había quedado con mi certificado de importación temporal del vehículo, dando por concluida la estancia de Fefa en El Salvador. (**)
El jefe se rascó la cabeza, estuvo un rato meditando, y decidió acercarse a hablar con el gerente de aduanas. Volvió al cabo de un rato y me explicó que la moto había abandonado ya el país y era legamente IMPOSIBLE de cualquier forma o modo volver a meterla. En cambio yo no podía salir del país, por lo que debía regresar a San Salvador para conseguir un pasaporte nuevo. Acto seguido, el tipo se volatilizó en una nubecilla de humo.
La sola idea de separarme de Fefa y todo mi equipaje en pleno Centroamérica durante varios días me desgarraba las entrañas. Se formó un pintoresco corro de buscavidas y enterados que intentaron comprender mi estado de turbación y se inició una sesión de brainstorming colectivo tan pintoresca como inútil. Apareció un móvil y el teléfono de la embajada de España. No me había repuesto todavía de la impresión cuando me encontraba hablando con la cónsul, una mujer que sonaba extraordinariamente competente y que enseguida empezó a plantear soluciones.

No quisiera extenderme mucho más sobre mi propia estulticia. A lo largo de las dos horas siguientes intenté acampar en las oficinas de Inmigración, supliqué con ojitos de cordero degollado al Jefe que me devolvieran mis documentos o me extendieran un salvoconducto para llevar a Fefa a la capital, llamé veinte veces a la embajada, intenté entrar de nuevo con la moto bajo el brazo como equipaje de mano, y en general causé un grado moderado de revuelo en la muchedumbre que se agolpaba para contemplar cómo ese tipo vestido de astronauta era vapuleado por la apisonadora de la burocracia salvadoreña. Al final, con la puesta de sol, claudiqué y accedí a dejar a Fefa en aduanas y regresar yo solo a San Salvador. A modo de garantía soborné a un guardia para que le echara un ojo de vez en cuando, pagué una cantidad exhorbitante de dinero a un conseguidor que me había estado prestando el móvil toda la tarde, le hice cincuenta fotos a la moto con el guardia al lado para probar su estado de salud general -el de la moto, no el del guardia-, y me mónté en un taxi clandestino de camino a la capital. Llegué a las diez de la noche, sin haber comido ni bebido en todo el día, y con el estado de ánimo burbujeante. A la mañana siguiente me planté en la embajada y los convencí de que, por su parte, convencieran a la embajada en Panamá de que me enviaran por mensajería, de forma completamente excepcional, el pasaporte nuevo. Para mi enorme sorpresa, me recibieron con afecto y amabilidad e hicieron todo lo posible para solucionar mi marrón de un modo eficaz. Recogí el sobre esta misma mañana entre muestras de agradecimiento y estallidos de euforia. A mediodía ya estaba en la frontera. Tras un denso forcejeo con las autoridades de Guatemala, que desconfiaban al verme entrar en su país con un pasaporte virgen emitido en Panamá, salía de El Salvador al fin. Anoche dormí en un extraño y sucísimo cubículo para parejas necesitadas de afecto, asediado por ratones muy osados y cucarachas del tamaño de leones. Me pilló en el camino una tromba descomunal que casi me lleva por delante. Y esta noche he cenado tacos. Viva México, cabrones. País cuarenta y cinco. Este viaje no lo para ni la Interpol.

Soy un gilipollas, pero qué suerte tengo.

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(*) SÍ, aunque sea ciudadano comunitario NECESITO solicitar un visado y no puedo pasar simplemente con un pasaporte como el resto de los turistas, porque no tengo un billete de regreso que demuestre mi intención de abandonar los Estados Unidos, por lo que debes solicitar un visado B1/B2 de turista válido por diez años. También necesitas completar dos formularios, uno del Dept of Transport (se hace en la frontera) y otro de la Environmental Protection Agency (EPA, formulario 3520-1, se gestiona online).

(**) En todas las fronteras ocurre básicamente lo mismo, por un lado hay que hacer un control de pasaportes y por otro hay que gestionar la situación legal del vehículo. Del primer trámite se encargan los agentes de inmigración y del segundo los de aduanas. Son procesos totalmente independientes, de ahí la confusa situación en la que me encontré: La moto, legalmente, abandonó el país antes que yo.

(***) Cuando era adolescente, fui estudiante de Intercambio en Boulder, Colorado. Todavía mantengo contacto con la maravillosa familia Haas, que me acogió ese año lectivo.

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