close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Suraj era una especie de agujero negro que te abducía, introduciéndote en un universo paralelo de laxitud y tranquilidad que, tras cinco sesiones, empezó a irritarme. Yo lo que quería era largarme de Kathmandú, pero el hombrecillo no paraba de planificar actividades desde su mesita en la oficina de Eagle Cargo, en pleno Thamel. Thamel es un barrio vibrante, pensado para satisfacer las necesidades del occidental medio: wifi, croissants, carne a la parrilla, actuaciones en vivo por las noches, capuccinos y pashminas. A poco que camines fuera de Thamel, te das cuenta de que tiene más de decorado hollywoodiense que de realidad. No obstante, resultó un reducto de incalculable valor para retomar fuerzas después del trauma de India. Me encontraba tan fatigado física y anímicamente, que Kathmandú pasó como un suspiro del que apenas guardo un par de gratos recuerdos esbozados a carboncillo. Cuando llegaron James y Emily, cubiertos de roña tras una dura jornada sorteando camiones obesos y autobuses traqueteantes y atiborrados, yo había descubierto ya suficiente de la ciudad como para proporcionales alivio instantáneo a base de cama limpia, agua caliente y steaks generosos. Un par de días después, con una precisión que realmente no esperaba, Suraj nos condujo por serpenteantes calles hasta la bulliciosa terminal de carga del aeropuerto. Allí nos esperaba el taciturno carpintero que, días antes, había medido las motos. En total, ocupamos cinco horas en desmontarlas parcialmente y ordenar todo el equipaje para que cupiera en los containers que habían fabricado para nosotros. Un lánguido operario de la terminal me dio un rotulador y señaló el cajón.

Pobrecica mi niña

Pobrecica mi niña

- Escriba este número de referencia. Y Bangkok-BKK.

Esas palabras tan simples significaban tantas cosas… Había pasado ya al lado oscuro, no había vuelta atrás. A mis espaldas quedaban muchos meses de viaje al centro de mi mismo. Brincar a Indochina tenía un algo de ritual de transición: el primero de los tres grandes saltos de este viaje. La confirmación de que estoy en otro lugar del mundo donde las reglas de juego son distintas. Me sentía igual que cuando firmé mi primera hipoteca: a punto de dar un paso decisivo, y rodeado de profesionales que controlaban la situación mucho más que yo.

Cartel de la última película de Harry Potter en el metro de Bangkok

Cartel de la última película de Harry Potter en el metro de Bangkok

En Chiang Mai, Tailandia.
Día 192 de viaje. 30ºC. Leyendo Hiroshima, de John Hersey

Los contrastes de Bangkok

Los contrastes de Bangkok

El tiempo roedor empezaba a jugar en mi contra de nuevo: Había quedado con mamá en Phuket el 24 de diciembre para pasar juntos las navidades, lo que me proporcionaba tan solo un mes para recorrer el norte de Tailandia, Laos y Camboya -estos dos últimos con todas sus peculiaridades: inundaciones, malaria, vericuetos burocráticos, comunismo, infinitesimales revoluciones y crisis de gobierno y demás molestias menores inherentes al proceso de viajar-. Así pues, llegué a Bangkok tres días antes que Fefa y me dediqué a callejear por sus calles, redescubriendo una ciudad que no me es del todo ajena -ya estuve ahí hace unos cinco años, y entonces me maravilló casi tanto como ahora-. Bangkok es, bajo cualquier punto de vista, extraordinaria. Es una enorme urbe de imponentes rascacielos y a la par un pueblecito de casitas de madera y templos con olor almibarado a incienso y flores. Conviven en ella los prostíbulos descomunales y los centros de estudios bíblicos con colosales cruces de neón desafiando a la cloqueante muchedumbre, el tren aéreo y los puestos de noodles e insectos fritos, los mercados de animales en los que sisean serpientes taimadas y canturrean aturdidas gallinas y los resplandecientes centros comerciales preñados de artículos de lujo. En Bangkok se encuentran puerta con puerta los McDonald’s y las tienducas de medicina tradicional, los gimnasios de thai-boxing y los puestos de ropa hippy, los antros gays con hombres semidesnudos y los templos budistas que exigen recato. La ciudad tradicional se arracima jadeante a orillas del enorme río Chao Phraya, recorrido permanentemente por pequeñas falúas que asemejan lunas crecientes recién nacidas con un octogenario y constipado motor fueraborda, grandes barcazas en las que se derrocha alcohol y de las que surge música atronadora, ferries aburridos que bostezan bajo el sol, autobuses acuáticos, y esquifes de mujeres que venden verduras acunados por las olas provocadas por los presurosos pontones que cruzan el cauce doscientas veces al día. La ciudad moderna, en cambio, ha crecido desmesuradamente en el margen este del río. La atraviesan enormes autopistas flotantes y vías de tren aéreo que salvan las enormes distancias con una eficacia extraordinaria. En el subsuelo se apresuran los trenes más pulcros que he visto en mi vida. La calle hierve de actividad. Toda la ciudad se comporta como la espuma: creciendo, siseando, desparramándose, respirando y nutriéndose de la nada, confundida y electrizada, sin un objetivo claro más que palpitar.

El Festival de las luces

El Festival de las Luces en Lumpini Park, Bangkok

Quiso la casualidad que mi llegada a Bangkok coincidiera con una privilegiada noche de luna llena del duodécimo mes lunar del año: el Loy Kratong. Esta noche, los tailandeses compran farolillos fabricados con hojas de plátano, los encienden y los depositan en el agua. Las parejas se prometen amor eterno haciendo flotar sus kratones y las familias renuevan sus lazos. Canales, puertos, lagos y ríos cobran entonces vida y asemejan firmamentos resplandecientes en los que crepitan miles de trémulas estrellas. Al salir del hotel con dirección a uno de los parques más céntricos de la ciudad, observé a las familias preparando los kratongs a la puerta de sus casas. Susurraban en su complicada lengua que asemeja el cloqueo de una gallina, se agazapaban sobre los farolillos y disponían las hojas y las flores de un modo más o menos artístico. En el cielo, ocasionales estallidos de cohetes iluminaban fugazmente la noche. De vez en cuando, de una azotea salía flotando una linterna de papel de seda que se perdía en la negrura del cielo.
El parque de Lumpini era un hervidero humano. Millares de parejas se apresuraban al lago con sus kratones, haciéndose fotos y prometiéndose amor eterno. Las familias con niños pequeños les enseñaban cómo encender los farolillos y cómo depositarlos en el agua. Sonaba una lastimera orquesta tradicional en la avenida principal del parque, y los puestos de comida diseminaban al viento olores embriagadores. Lo presidía todo una imponente luna llena despuntando altiva sobre los rascacielos de la ciudad despierta y vibrante como la cuerda de una guitarra. Volviendo ya al metro, una última imagen fugaz y triste: Un pobre muchacho de unos veinticinco años, obeso, granujiento y feo, llevaba consigo un pequeño kratong. Iba solo. Arrastraba los pies como un pato y rumiaba sus pensamientos en silencio. Sacó el móvil y se hizo una foto con su pequeño kraton sonriendo tristemente. Y luego se fue al lago. ¿Qué pediría a los dioses del agua ese pobre muchacho? Y, sobre todo… ¿se lo concederían?

Rumbo al reino de Sukhothai

Al volver a montar la moto en la terminal de carga del aeropuerto comprobé que los frenos estaban en las últimas, fruto sin duda de la cantidad de correcciones que tuve que hacer en Pakistán e India para salvar mi vida (por el momento, me gusta esta reencarnación y pretendo seguir en ella un buen rato más). Por lo tanto, antes de partir me fijé como objetivo inamovible sustituir las pastillas, porque era algo suicida pensar en enfrentarse al desafío de Laos y Camboya sin una moto en condiciones. Mientras seguía obedientemente al GPS dirección a un taller que me habían recomendado en un foro de viajeros de largo recorrido, divisé una tiendecita de recambios y, para ahorrar tiempo, decidí probar suerte ahí. Inexplicablemente, tenían mi modelo de pastillas, así que me dispuse a no perder ni un solo momento y a cambiárselas a Fefa en plena calle. El primero de los frenos salió sin ningun problema, y en diez minutos estaba listo. La sombra que había estado cobijándome hasta el momento empezaba a desaparecer cuando me enfrenté al segundo. Huelga decir que un tornillo estaba completamente atascado. Volví a la tienda de recambios a pedir un poco de 3-en-1, pero no tenían. Encontré otra tienda en las inmediaciones, y el propietario salió encantado a ayudarme. Cuando comprobó la magnitud del problema, regresó con una llave mucho mayor. El sol caía a plomo cuando ambos intentamos sin éxito soltar el tornillo gruñendo como cerdas. Como era de esperar, el tornillo finalmente se rompió en mil pedazos dejando el freno medio inservible. Quiso la casualidad que a unos cincuenta metros a mis espaldas hubiera un taller. Llegué sudando y expliqué por señas la catástrofe a un hombrecillo infinitesimal cubierto de grasa, que obviamente estaba intimidado al ver llegar a un farang embutido en un mono de cuero a lomos de una dinosauria herida. Me sentó delante de un ventilador y estuvo peleando tres horas hasta que consiguió sacar hasta el último vestigio de tornillo de las entrañas del freno.

¡Cuidado, zona de monos!

¡Cuidado, zona de monos!

La salida de Bangkok se produjo sin el menor incidente. La ciudad fue volatilizándose a mi alrededor poco a poco, hasta que dio paso a una planicie de delicados tonos verdes, al pie de un rio canalizado. A ambos lados del canal se agolpaban pequeñas casas de madera de colores apagados, encaramadas sobre largos postes. Era evidente que la zona sufría inundaciones permanentes. La vegetación era exhuberante, y los majestuosos bambúes y los plataneros de hojas carnosas dominaban el paisaje, meciéndose al viento. Ese día recorrí sólo una cincuentena de kilómetros, llegando a la localidad de Lopburi -literalmente tomada por unos monos descarados y malolientes- al anochecer. Descubrí entonces que ya había estado allí antes: en mi anterior viaje recordaba haberme peleado con un mono en un templo en ruinas que distinguí claramente en medio de una glorieta. Maldito sea mi despiste.
Lopburi es una pequeña localidad que vive de sus ruinas, encastradas en mitad del pueblo. Por la noche, se enciende un vigoroso mercadillo de comida, vigilado atentamente por enormes perrotes vagabundos. Sus calles son apacibles aunque todavía se respira Bangkok en sus comercios, sus pasos elevados, y su estridente iluminación nocturna. Di un largo paseo por el mercadillo sonriendo. Me llegaban los sonidos de decenas de conversaciones cloqueadas, y el murmullo insolente de los monos preparándose para dormir. El aire estaba inundado de olores apetitosos: aceite de fritanga, caldos en ebullición, carne tostada en la brasa. Los edificios descoloridos acogían neones de todos los colores.
Me sentía inexplicablemente en casa.

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