close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Paré la moto a escasos metros del río Mekong, un plácido meandro marronáceo flanqueado por unas orillas frondosas. Podía divisar al otro lado de la enorme lengua de agua de color chocolate los tejados puntiagudos de Houei Xai, el primer pueblo de Laos. Hacía un sol de justicia que derretía a los pájaros en los complicados entramados de cables de la luz. En el ebook había cargado la noche anterior instrucciones muy precisas con todos los pasos numerados -y con fotos de los edificios- que tenía que seguir para pasar las fronteras de ambos países. A medida que te adentras en Asia, las fronteras se vuelven más surrealistas y aleatorias y esta en concreto era bastante marciana, así que el documento que había preparado era de un valor incalculable, y seguramente sin él estaría horas dando tumbos por oficinas remotas y polvorientas, yendo a por fotocopias a lugares inverosímiles, y rellenando formularios sin sentido. Abrí la maleta y saqué el lector de libros electrónicos. Observé la pantalla un buen rato, mientras el sol iba tostándome lentamente la cabeza. Estaba rota. La pantalla estaba rota.

El budismo en Tailandia

La vertiente que sigue el país en su casi totalidad es el resultado de la fusión de tres corrientes: En primer lugar, la escuela de budismo Theravada, que ha aportado de Shri Lanka el idioma en el que se ofician los rituales, el Pali, que es completamente desconocido para la mayoría de la población. Por otro lado, el budismo thai se ha visto influido por los rituales hinduistas importados de Camboya, y que se remontan a unos setecientos años atrás. Finalmente, la tercera influencia -y quizá la más llamativa- es la de la religión del pueblo, que ha engarzado en la sociedad creencias tan férreas como la de que los phi, o espíritus de los antepasados, velan por los vivos, los vigilan, y se enfadan con ellos si son ignorados. La población se vuelca para satisfacer a los phi de todas las formas imaginables: construyen pequeñas casitas para que vivan felices, las pueblan con muñecos, les ofrecen comida, queman oraciones todas las mañanas a la puerta de sus casas…

En Luang Prabang, Laos.
Día 194 de viaje. 18ºC. No leo.

La zona central de Tailandia está constituida por enormes planicies frondosas salpicadas de somnolientas vacas y pueblos asépticos y aburridos. La mayoría de los pueblos no se pueden distinguir del vecino: anchísimas calles, adormecidos bazares de comestibles, carteles chillones, glorietas infinitas, y una sensación de eficacia y pulcritud que poco tiene que ver con la imagen que el occidental medio tiene de Asia en general y Tailandia en particular. La figura omnipresente de los monarcas causa una leve sensación de estar inmersos en una broma generalizada: Cada edificio, cruce de caminos, entrada a poblado, comercio o puente tiene al lado un gigantesco altar de acabados dorados, desde el que observan la vida pasar los reyes en distintas poses, con diferentes vestuarios, o distintos grados de envejecimiento. Me resulta complicado distinguir si lo que se siente aquí es veneración o temor atávico, aunque me inclino más bien por lo primero. También la abundancia de templos llama la atención al viajero: Son enormes edificios cercados, cubiertos de una inmaculada capa de pintura dorada, decorados con centenares de inverosímiles estatuas y churriguerescas grecas de colores y de cristalitos opalescentes. Es tradición que los varones tailandeses, antes de cumplir los veinte años, se recluyan al menos tres meses de su vida -normalmente cuando llega la estación de las lluvias- en un monasterio. Puedes verlos en bandadas, vestidos de color butano, con sus cabezas rapadas y su mirada risueña, caminando con pasitos presurosos como gallinas persiguiendo un gusanito. Están inmersos en la sociedad, confundidos con ella: para un occidental es curioso verlos cargando el saldo del móvil, escuchando su iPod o tomando un taxi, pero es que en Tailandia cualquiera es un monje en potencia.

Monjes en una tienda de móviles

Monjes en una tienda de móviles

Sukothai es otro de esos pueblos perdidos en la enorme planicie tailandesa. A escasos kilómetros de sus calles tranquilas, se asienta un decorado hollywoodiense de césped cuidadísimo y lagos artificiales poblados de hermosas flores de loto: lo que queda de la capital del Reino de Sukothai, germen del actual país. Llegué a Sukothai algo tarde, por lo que decidí recluirme en una guest-house frondosa y posponer la visita a las ruinas para el día siguiente. El propietario de la guest-house llegó jadeando cuando llamé al timbre.

Uno de los monumentos más conocidos de las ruinas de Sukothai

Uno de los monumentos más conocidos de las ruinas de Sukothai

- Buenas tardes, ¿tiene una habitación?
- Arf, arf… sí… tengo… arf, arf… habi…
- ¿Está bien?
- …corazón… arf, arf.
- Pero siéntese, buen hombre- el tipo estaba poniéndose de un desagradable color púrpura por momentos. Tomó asiento jadeando.
- Un mo… arf, arf… mento.
- Sí, claro.
El hombre seguía jadeando como una locomotora de vapor, así que busqué unos cojines y lo hice tumbarse en el sofá de la recepción. Busqué un paño en la cocina, lo mojé en el fregadero, y se lo puse en la frente.
- ¿Se siente mejor?
- Gghghgaaaáaaa…
Intenté tomarle el pulso, pero como no tengo ni idea de cómo se hace, acabé deduciendo -quizá apresuradamente- que al tipo se le había parado el corazón y no era más que cuestión de tiempo que se diera cuenta y se muriera. Cogí un ejemplar bastante manoseado de la revista Time y me dediqué a abanicar al hombrecillo mientras él iba apagándose poco a poco. Fui a buscar un terrón de azúcar, pero no tuve éxito en mi misión. Me senté a esperar pacientemente a que se muriera allí mismo, pensando en lo emocionante que sería acompañar a un desconocido en sus últimos instantes de vida, pero no tuve esa suerte. Se recuperó al cabo de unos minutos de poner los ojos en blanco y gemir y apretarse el pecho con gran dramatismo. Se llamaba Míster Dee y, al parecer, le habían hecho ya un buen puñado de operaciones a corazón abierto, así que ahora iba agonizando por las esquinas para horror de sus huéspedes e indiferencia de su mujer. El tipo era uno de esos hosteleros de toda la vida, que comprenden a la perfección las necesidades del viajero, y había construido un pequeño paraiso en una finquita a escasos trescientos metros del centro de la ciudad. No era de extrañar que su pequeño hotel estuviera por las noches a rebosar de mochileros consultando ávidos sus netbooks en el jardín atiborrado de orquídeas e insectos descomunales. Tras un rato de adormecimiento en mi habitación bajo un amable ventilador salí y distinguí un grupo de españoles, pero decidí no intervenir: Por algún motivo necesitaba estar solo. Me senté a tomar un té en una mesa del jardín. Acudió a hacerme compañía la polilla más inmensa que he visto en mi vida. Era tan grande, que me levanté discretamente y le dejé la mesa para ella sola.

El torneo de thai-boxing

Tras Sukothai, el siguiente destino en mi ruta hacia los territorios del norte era Chiang Mai. La carretera siguió impasible y rectilínea, pero a mi alrededor florecieron pequeñas montañas cubiertas de frondosa vegetación. Enormes bananeros y bambúes erizaban sus cabezas sobre el asfalto, intimidándome. Cada árbol era devorado por un millardo de plantas trepadoras que lo cubrían como una sábana. Pronto, la carretera estuvo inmersa en una especie de entramado catedralicio y confuso de lianas y gigantescos troncos de palmeras, como una intimidante pared vegetal, densa y oscura. Si me fijaba bien, podía distinguir pináculos y arbotantes, contrafuertes y baquetones, estribos y enormes nervios que sustentaban bóvedas imposibles y gárgolas imprecisas y difusas. El cielo tenía un color azul intenso, y apenas un par de nubes pálidas asomaban sobre las copas de los árboles. Llegué a Chiang Mai al atardecer, embriagado de paisajes hermosos. Aterricé en el casco antiguo, que se encuentra en el interior de un foso cuadrado de márgenes cuidados con esmero y mimo. Cuando abrí la guía y observé el mapa de la ciudad, decidí que me quedaría dos noches. Mi guesthouse, elegida prácticamente al azar, era un edificio regentado por una encantadora pareja de ancianitos, que hicieron todo lo posible por facilitarme la vida. La segunda noche me consiguieron entradas para un torneo de thai-boxing, cuando conocieron mi interés por conocer un poco el deporte nacional.

Puedes ver esta galería como una presentación.

El torneo se celebraba en el estadio de Chiang Mai, algo más parecido a un pequeño club clandestino de boxeo que un estadio. Olía a Reflex, a fideos y a club de carretera. Antes de empezar nos pusimos en pie para escuchar el himno, que retumbó parsimonioso sobre las mesas repletas de botellas de cerveza. A continuación sonó una inesperada versión de karaoke de The Final Countdown de Europe, acompañada de un sagaz parpadeo de las luces de colorines que iluminaban el ring. El ambiente general era festivo, los farangs -mayoría aplastante- intentábamos discernir las normas del juego observando con creciente entusiasmo las pequeñas escaramuzas que tenían lugar en el cuadrilátero. En total se celebraron cinco torneos, de cinco asaltos cada uno. Cada torneo era precedido por parte de los contendientes por unos bailes rituales, unos rezos y unas evoluciones por el ring un tanto trasnochadas. Entre asalto y asalto, cuatro o cinco miembros del equipo de cada participante aparecían con una banqueta y una palangana y masajeaban al luchador con tanto entusiasmo como si quisieran violarlo. Comenzaron abriendo boca un par de niños enclenques untados de aceite que intentaron matarse a rodillazos, dando una impresión en general bastante penosa. En algunos momentos, aquello parecía una película gay dirigida por Michael Jackson en un día especialmente perrote. Le siguieron las chicas (las niñas), cuyo boxeo más sibilino y semejante a una danza precopulatoria de grullas resultó bastante decepcionante. A medida que avanzaba la noche, los contendientes crecían en edad, contundencia y tamaño, y sus rostros se hacían más atormentados. Circulaban por el ambiente pequeños thais de sonrisa perpetua incitando al juego como mosquitos insidiosos. Se ganaban a los clientes bromeando con ellos y sugiriéndoles apuestas sin importancia. Al final de la noche, sus bolsillos estarían repletos de billetes.

Haciendo la postura de la grulla como medida defensiva.

Haciendo la postura de la grulla como medida defensiva.

Dado que me interesaba mucho más el público que el propio espectáculo, paseé entre las mesas fotografiando mentalmente instantáneas con las que regodearme más tarde: Las viejecitas inglesas horrorizadas en un rincón, el bebé hinchado como una cebolla siendo amamantado por su madre, el cachas melenudo y tatuado peleando con gran concentración con los palillos y los fideos, los recién casados en celo haciendo una pelea de lenguas, los muchachos fornidos en alcohólica despedida de soltero con camisetas luciendo frases obscenas, las cuarentonas recién liberadas riendo a carcajadas como tentetiesos y polichinelas atiborrados de anfetaminas, los ancianos y vapuleados camareros portando bandejas llenas de cuencos de sopa en precario equilibrio. En un rincón, el disc-jockey retransmitía sus sensaciones con desgana. Detrás de él, pude distinguir la figura mayestática de un inglés gigantesco, con el cuerpo hinchado como un saco de nueces y mirada de suficiencia, aposentado como un Buda venerado por su raquítica novia, semejante a un ratoncillo asustado, y lo que parecía una hueste de preparadores y managers. El hombre lo observaba todo con una caída de ojos penetrante: cada mirada suya decía susurrando con suficiencia “estoy de vuelta de todo, mortales”. Cuando entró en el cuadrilátero como una esfinge, levantando los brazos en señal de merecidísima victoria, las apuestas subieron como la espuma: era el torneo estrella de la noche. Su contrincante era un esquelético tailandés que no paraba de bailar alrededor del ring como un insecto-palo chutado con esteroides. En un alarde de maldad, decidí apostar algo más de dos euros por el tailandés. El corredor de apuestas me miró como si estuviera loco.
- ¡Eh, farang apuesta por thai!- dijo señalándome. Cuatro o cinco tailandeses se rieron y corrieron a estrecharme la mano y me rodearon con entusiasmo. Me uní a sus voces chillando “red, red!”, el color del contrincante de Tailandia. La partida no pudo ser más aburrida: En el segundo asalto el pequeño tailandés se hartó de esperar, le metió una ostia en el plexo solar al gigante inglés, y me regaló la entrada al torneo y la cena mientras los farangs se desgañitaban y el inglés se retorcía de dolor en el suelo del cuadrilátero como un gusano cortado por la mitad.

Y, al fin, Laos

La fuckin frontera

La fuckin frontera

Paulatinamente, el viaje va cambiando en mi el concepto del tiempo y su valor. Si antaño la simple idea de esperar una hora para cruzar una frontera me desgarraba el alma, ahora hacer cinco horas de papeleo me resulta lo más natural del mundo. La frontera fluvial entre Tailandia y Laos en Houei Xai es moderadamente surrealista. Una persona poco acostumbrada a lidiar con la burocracia desfallecería al instante de un bajón de azúcar: El pueblo de Chiang Khong, en Tailandia, consiste en un kilómetro y medio de edificios de oscuro propósito entre los que se ocultan como huidizos hongos los que realmente debes visitar para obtener los sellos correspondientes. Los lugareños han sido instruidos específicamente para desorientar al farang y proporcionarle indicaciones imprecisas o abiertamente erróneas en idiomas incomprensibles. Así, lo normal es recorrer ese kilómetro y medio cinco o seis veces calle arriba y calle abajo hasta que, finalmente, has conseguido sacar legalmente la moto de Tailandia y sellar tu pasaporte. Mientras todo esto sucede, en lo alto de un montículo eres observado con ojos golosos por dos lamias cuarentonas que beben té y se afilan las uñas y esperan pacientemente como arácnidos famélicos a que llegues a su pequeño templete para venderte un seguro laosiano en condiciones abusivas y un pasaje en ferry al otro lado del río a un precio exhorbitante.
Los ferries que cruzan el Mekong son extraños híbridos concebidos por el Doctor Frankenstein un día de borrachera: barcos escorados de chapa oxidada y abollada a los que un ingenioso manitas ha soldado en un lateral una especie de plataforma grumosa, a punto de hundirse en el río, con capacidad suficiente para dos camiones. Los ferries maniobran a duras penas movidos por una enorme rueda-timón operada por un laosiano cetrino, sudoroso y malhumorado. Para arribar a puerto simplemente encallan en el barro, y es responsabilidad tuya salvar parte del agua y una enorme rampa lodosa sin entorpecer la constante circulación de enormes, presurosos, inmisericordes y jadeantes camiones. Llegar a Laos sólo constituye salvar la primera mitad del problema. Contrariamente a lo que pudiera esperarse, los guardias de la frontera son muy simpáticos y risueños, pero cooperan más bien poco o no tienen muy claro qué hacer contigo. La frontera en si son una serie de edificios diseminados colina arriba entre flores y puestos de flotadores y chanclas, y resulta un poco confuso saber quién puede hacer qué con tu pasaporte, tu seguro y tu carnet de passages. Finalmente, el método de ensayo-error te deposita en una larga carretera con casi todos los papeles a punto: has de buscar el último puestecito, agazapado en un pliegue del asfalto, donde finalmente expiden tu visado mientras desfalleces al sol mirando cómo el Mekong lame parsimoniosamente el barro de la orilla. Afortunadamente, el pueblo fronterizo está más que preparado para recibir turistas deshidratados: mientras me ponen un capuccino consulto mi correo con una señal de wifi más que decente que ha aparecido espontáneamente no se sabe muy bien de dónde. Pasa un chiquillo de nueve años vendiendo Ray-Bans de imitación mientras de fondo ondean banderas rojas con la hoz y el martillo. Bienvenido a Laos.

La documentación que había elaborado sobre este país hace muchos meses en la comodidad de mi casa de Madrid decía lo siguiente:

Este es uno de los países más remotos y pobres del Mundo. República comunista monopartidista. Hasta finales de los noventa, era imposible llegar aquí por carretera. Aparte de productos textiles, alcohol barato, cigarrillos y cemento, nada se fabrica en Laos. El salario medio anual está por debajo de los mil dólares. El ochenta por ciento de la población vive en barracas de bambú, se lava en el río, y muy de tarde en tarde, come algo de carne. No tienen acceso a electricidad, agua o sanidad. Aunque viven de la agricultura de subsistencia, tienen miedo de colonizar más allá de los lindes de su parcela, porque el país está todavía densamente salpicado de minas antipersona procedentes de la guerra civil, de las que se ha desactivado alrededor del uno por ciento -quedan cuatro millones por desactivar-. Hay seis millones y medio de habitantes, en su mayoría niños. Son frecuentes las detenciones de extranjeros por problemas menores (fotografiar puentes o edificios gubernamentales, consumo de drogas, practicar sexo con la población local o saltarse el toque de queda -11.30 PM-)

Fefa ante las tradicionales cabañas de bambú

Fefa ante las tradicionales cabañas de bambú

Pintado así, no parece el paraiso precisamente. Pero cuando estás elaborando un informe así, estas cifras y estos datos no significan absolutamente nada. Incluso diré más: tampoco lo significan cuando estás cruzando el país en moto escuchando música en tu MP3. ¿Eres capaz de imaginar seis millones de personas? Yo no. ¿Puedes visualizar una vida en una chabola de bambú? Pues eso. Laos fue a mis ojos una sucesión de pueblecitos pintorescos en medio de hermosísimas montañas hasta que repasé esos datos fríos y los contrasté con lo que realmente estaba viendo sin mirar. Tardé dos días en darme cuenta de que los pueblecitos encantadores eran en realidad conglomerados de barracas y que esa gente que veía saludándome tímidamente a pie de carretera eran los que tenían miedo de salir de su diminuta finca por si una mina los dejaba lisiados para siempre. Eran esos hombres bañándose en el río los que no tenían agua corriente ni electricidad, esos mismos niños desnudos jugando con una pelota de bambú los que presentaban la mortalidad más alta de todo Asia. Eran esas niñas cargadas con leña las que no llegarían más allá de los cuarenta años, esos hombres curtidos y rudos los que dormían cada noche con diez personas más bajo un techo de paja. Qué poco dicen las cifras. Qué fácil es perder la perspectiva. Basta una montaña pintoresca y frondosa y una música alegre resonando dentro del casco, y la ceguera selectiva hace su aparición, silenciosa y sibilina como una corriente de aire colándose por el quicio de una puerta mal cerrada.
La perspectiva del hombre blanco será siempre deformada por el espejo de feria de la irrealidad en la que se encuentra inmerso. Qué se yo de la vida de esta gente, qué puedo saber, qué diablos pretendo saber. Me detuve en una granja orgánica de ecoturismo a pie de la carretera. The real LAO experience!!, proclamaba el cartel. Me sirvieron un espresso -orgánico, aclaro- mientras echaba un vistazo a los folletos impresos en cuatricromía. En una esquina, una Campesina Ideal tejía Cestos Ideales, vestida con un delantal inmaculado. Flotaba en el aire aroma a incienso y se oía el murmullo del agua de una fuentecita. Una pareja de cincuentones belgas consultaba el periódico en un iPad. The real LAO experience consistía en alojarse en una choza con aire acondicionado y cuarto de baño, mosquitera y televisión vía satélite, hacer un pequeño trekking hasta una catarata, visitar un par de Pueblos Típicos de la región para conocer su Comida Típica y sus Danzas Típicas, y dar de comer a unos mortecinos cerditos vietnamitas convenientemente alejados de los bungalows para evitar conflictos olfativos. ¿Qué imagen de Laos se llevarán esos belgas a su país? Y lo que es peor… ¿qué imagen me llevaré yo mismo?

Espectros en la niebla

Espectros en la niebla

¿Puede mi viaje ser real en algun momento, o la lente de hombre blanco a través de la que miro el mundo que me rodea empaña la realidad y la distorsiona hasta hacerla irreconocible e irreal?

Segun mis informaciones, el primer pueblo de un tamaño decente en mi ruta era Luang Mantha. Como todavía mi mente estaba virgen, recuerdo los primeros e irreflexivos instantes en Laos como algo mágico e irrepetible. Aparecieron sin avisar pequeñas montañas rugosas cubiertas de una densa arboleda. La carretera se deshizo en curvas nerviosas al borde del río. Brotaban por doquier pequeños lagos de agua limpísima y tranquila como un espejo. El horizonte, atrapado entre jirones de nubes inofensivas, tomó un tono grisáceo. Las montañas parecían estar hechas de plomo de distintas densidades. Era hipnótico observar esas figuras espectrales en la niebla, parecían jadear en la lejanía como el lomo de un animal prehistórico durmiente, como fantasmas jorobados atrapados en la bruma, seres enormes de ultratumba gimoteando suspendidos en el polvo de la tarde. A ambos lados de la carretera, los niños volvieron a saludar como hicieran los de Pakistán meses atrás. Salían corriendo despedidos como cohetes al divisar la moto, levantaban sus manitas y gritaban como gatitos “sabadeeeeeee!!!” y reían y formaban grupos multicolores que luego se deshacían a mi paso como columnitas de humo o puñaditos de confetti. El sol se fue poniendo lentamente tras los espíritus de roca y se dibujó ante mi una llanura enorme de arrozales en plena recolección, de un color rubio meloso. Justo cuando el sol desaparecía en un ocaso cárdeno, los campesinos empezaron a encender hogueras formando círculos caprichosos repartidos por los campos resecos. El cielo se llenó de columnas de humo pardo recortadas contra el atardecer, y la brisa empujó hasta la carretera el aroma especiado y acre de las hogueras. Acompañado por los silenciosos fantasmas de las montañas que me observaban mayestáticos en la lejanía, el momento no podría haber sido más mágico. Gracias, Mundo. Gracias, vida.

Las hogueras de los campos de arroz

Las hogueras de los campos de arroz

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