close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

No sé si las Cuatro Mil Islas son cuatro mil o dos o tres menos. Lo que sí sé es que ese lugar momifica. La isla más grande rebosa de pensiones de todo tipo, desde simples chozas encaramadas a estacas, a enormes y ostentosos chalets que recuerdan a un complejo turístico de primera magnitud. La comida es sorprendentemente buena, y el paseo al borde del río relajante y agotador. Sucumbí a los encantos de un pequeño hotelito regentado por una mama-san que recordaba a una viejuna Madama Butterfly, encorvada y de articulaciones retorcidas como sarmientos. El carácter pacato de la isla fue entrando en mis huesos lentamente, y yo me dejé llevar dos días, viendo delfines de agua dulce y evitando a las viejas alemanas con ganas de cháchara, hasta que ganó la batalla el inquieto Breogán que llevo dentro y arranqué de nuevo rumbo al sur. La Cuatro Mil están a escasos treinta kilómetros de la frontera: El paso entre Laos y Camboya, a pesar de lo que pudiera parecer, fue suave y tranquilo. Súbitamente, a un lado de la carretera me topé con un chamizo en el que se aburrían tres guardas fronterizos, que me entretuvieron más de lo estrictamente necesario porque para ellos yo -o lo que represento, un freak montado en un artilugio demoníaco- era un pequeño motivo para seguir viviendo un día más. Sonaba de fondo una chillona telenovela. Un ventilador roñoso removía pacíficamente el aire de la mañana, bailando un soporífero vals con ocho mil moscas. Me dejaron pasar entre cloqueos de gallina, tras hurtarme cinco euros por el cambio de moneda, al no existir competencia alguna en veinte kilómetros a la redonda: o cambiaba con ellos, o me volvía a casa con un fajo inútil de moneda laosiana.

Los últimos estertores de la escénica Laos

Los últimos estertores de la escénica Laos

Unos metros más adelante estaba la Tierra de Nadie. Ese estrecho pasillo de apenas cien metros que no pertenece a ninguno de los dos países. Estoy empezando a verlo como algo familiar, aunque al principio me asustaba e impresionaba: polvoriento, sucio porque nadie lo cuida, en ocasiones habitado por pequeños comerciantes mestizos de mirada hundida y huidiza y sonrisa fatigada, allí reina un silencio solemne siempre. Con peligros imaginarios palpitando entre la maleza. Un trozo de tierra que nadie quiere. Que nadie ama. Un cacho de tierra indiferente.

En el Golfo de Tailandia
Día 212 de viaje. 36ºC. Sigo sin leer por muerte espontánea del lector de libros electrónicos.

Me recibió con un encantador y gatuno “welcome to Cambodia” una mujer muy pequeñita sonriendo detrás de una mascarilla quirúrgica. Asia entera está inundada de mascarillas. Mascarillas de tela, mascarillas inútiles de macramé, de neopreno, de papel, de plástico, todo el mundo lleva mascarillas. La mujer regentaba una tienda de campaña militar que hacía las veces de Servicio de Inspección Sanitaria. Me preguntó si estaba enfermo, a lo que contesté que posiblemente no. Me midió la temperatura apuntándome con un sensor a la frente, como si estuviera a punto de descerrajarme un tiro. Me cobró un dólar y me dejó marchar. En esa frontera, cada trámite suponía un dólar. Vaya a esta ventanilla, pague un dólar. Obtenga este sello, pague un dólar. Tengo la impresión de que todos los guardias están compinchados y que el Gobierno de Camboya no verá jamás ninguno de esos dólares.

Paisaje camboyano típico. Cuando estaba haciendo esta foto se presentó ante mi la culebra más grande que he visto en mi vida.

Paisaje camboyano típico. Cuando estaba haciendo esta foto se presentó ante mi la culebra más grande que he visto en mi vida.

Hay tres cosas que me llamaron poderosamente la atención de Camboya en cuanto me adentré en el país: la primera es que, a ojo, hay cuatro hamacas por habitante, por lo que se mire donde se mire, se encuentra una colgando de cualquier gancho. La segunda es que se están celebrando bodas constantemente en decenas de locales preparados a tal efecto: normalmente, un pequeño patio a pie de carretera, engalanado con flores fucsia de plástico y cortinas sintéticas de imitación de seda, una orquestina chillona e irritante barritando aullidos de castrado, y un centenar de camboyanos vestidos con sus mejores galas sorbiendo fideos. La tercera cosa que me llamó la atención es que pude comprobar con tristeza que el país está completamente deforestado. Esto último quizá sea debido a que Pol Pot acabó con todos los bosques para cosechar y convertir Camboya, en cuatro años, en el mayor productor de arroz del mundo. Sea cual sea el motivo, me llevo de recuerdo enormes llanuras salpicadas de palmeras jóvenes, en nítido contraste con los fecundos bosques de árboles ancianos que parecen devorar las carreteras de sus vecinos Laos y Tailandia.

Hacia Phnom Pehn

Palacio Real de Phnom Penh

Palacio Real de Phnom Penh

Nada más salvar la frontera me invadió el injustificado pánico roedor a quedarme sin gasolina. Al montar un depósito extra-grande, Fefa no tiene medidor de nivel de gasolina, así que tengo que fiarme de los kilómetros recorridos, de ahí que pase innecesarias angustias a veces. Al parecer, las gasolineras no habían llegado a esa zona del país, por lo que eran los propios habitantes quienes, al borde de la carretera, vendían combustible en botellitas de plástico de refresco. Había decenas de puestos, iguales unos a otros, en los que un viejecito enclenque de mirada bovina y con telarañas en la papada bostezaba a la espera de que alguien necesitara un cuarto de litro para su scooter. Cuando había avanzado unos treinta kilómetros en el país, decidí preguntar a unos atónitos muchachos que volvían de la escuela, señalando el depósito y haciendo ruidos de líquido. Como pudieron, embargados por la emoción de estar ayudando al mismísimo Capitán América, me indicaron la dirección de un hombre de la localidad que había prosperado en el negocio y, además de botellines de gasolina, era propietario de un bidón. El hombre no debía de pesar más de treinta kilos, y no tenía un solo diente. Además, le faltaban como mínimo cuatro dedos de la mano derecha. Era, por lo tanto, el 92% de lo que alguna vez fue. Dado lo avanzado de su edad, supuse que estaba ante un superviviente de la fiesta homicida del tristemente célebre Genocidio Camboyano. El hombre asió con sus muñoncillos un trozo de carbón y escribió en en cemento del suelo: 4 L = 5 $. Mi preocupación por no contar con moneda local resultó ser absurda: Todo en Camboya se paga con dólares y, si el cambio se debe dar en moneda fraccionaria, se utiliza el Kip. ¡Pobre Pol Pot, su experimento comunista inundado de moneda del Imperio Burgués! Si no fuera porque su cadáver acabó sus días quemado en un depósito de chatarra, estaría ahora revolviéndose en la tumba.
La tarde se fue poniendo sobre los campos de arroz, evidenciando que no iba a llegar a Phnom Pehn a tiempo, así que decidí pernoctar en una pequeña ciudad de nombre y propósito algo oscuros. Prácticamente se lanzaron sobre mi moto como alimañas un grupo de jóvenes que regentaban de forma bastante anárquica un hotel de colores chillones y decoración sospechosa al borde del Mekong. Cené una hamburguesa de pollo bastante vomitiva mientras unos diez mil millones de insectos se disputaban las pocas luces con las que contaba el local de techos altos pintados con desconcertantes frescos de escenas de ciervos y mangostas rumiando al atardecer. ¿Qué cojones esperarán encontrar los mosquitos y las polillas al llegar a la bombilla? y, sobre todo, ¿por qué no se tranquilizan cuando por fin la han alcanzado?

Mercado central de Phnom Pehn

Mercado central de Phnom Pehn

Phnom Phen, capital del Reino de Camboya. Para llegar a ella desde el norte hay que desviarse casi doscientos kilómetros en una curva absurda trazada para evitar la zona más pantanosa del Mekong. Un millón y medio de habitantes. Pequeño caos circulatorio. Calles llenas de polvo y barracones en construcción. Mi primera impresión, un agujero, una cloaca. Luego, empecé a pasearme por los mercados, por las calles saturadas de puestos de comida, me subí a una pequeña scooter y el conductor me llevó al museo de la tortura de Pol Pot, y empecé a encontrarle cierto encanto.

Las sonrisas de los muertos

La atmósfera de la cárcel-escuela de Pol Pot es opresiva. Hay decenas de celdas que no tienen cartel alguno ni lo necesitan: un camastro en un rincón, y un espacio vacío. Las paredes cubiertas de una densa pintura gris. Celdillas minúsculas hechas de tablones o de paredes de ladrillo erigidas con descuido. Gente deambulando en silencio con mirada desencajada. En un rincón un grillete, una pala, un gancho, una palangana cobran un significado nuevo, se cargan de una fuerza emocional asombrosa. Hago fotos sin parar hasta que llego a una de las galerías en las que exhiben las fotos que los revolucionarios hacían a las víctimas antes, durante y después de la tortura. Enfoco la cámara a una hilera de retratos, y el software que reconoce rostros en la cámara se activa, y me avisa con un cuadradito amarillo en el visor de que algunas de las caras, a su entender, están sonriendo.

Las sonrisas de los muertos

Las sonrisas de los muertos

Al terminar la visita de la escuela-prisión, pretendía darme por vencido ante la inminente llegada del crepúsculo y dirigirme al malecón que, segun tenía entendido, concentraba la vida social de la ciudad al atardecer. A la salida del museo, estaban esperándome -esperando a los turistas- el ya habitual corrillo de comisionistas, pedigüeños, buscavidas, timadores y conductores de tuk-tuk que medran como el moho alrededor de las atracciones. Cuando me vieron aproximarme, se erizaron como tigres al divisar una gacelilla herida y solitaria en medio de la sabana. Me hice el remolón, paseé un poco por los jardines, mientras me acercaba lentamente a la salida. Hice el paripé de interesarme en la alambrada y en una inscripción en un mojón de hormigón, mientras los miraba de reojo retorcerse de ansiedad. Seguí aproximándome hacia la salida mientras ellos pegaban botes como mandriles y me increpaban. Me paré a atarme las zapatillas. Luego a observar una flor. Empezaron a reirse de mi payasada. Los miré de reojo exagerando el gesto, luego observé el cielo buscando alguna nube, me detuve largo rato en las uñas de la mano derecha. Al levantar los ojos, uno de ellos me apuntaba con una escopeta imaginaria y me pegó un tiro, a lo que yo respondí desmayándome en el césped. Se produjo una eclosión de aplausos, así que di por terminada la maniobra de diversión y me acerqué al del tiro, que parecía el más simpático. Saqué la lista de cosas que quería ver en Phnom Pehn y le di torpemente el nombre del paseo marítimo. Él me arrebató el listado de la mano.
- ¡¡No, no, no!! ¡¡Ahora nos vamos a los Killing Fields y después al paseo marítimo!!
- Pero no va a dar tiempo…
- ¡Claro que da tiempo!
- No hay luz sufici…
- ¡¡Sí hay luz!!
- Vale. ¿Cuánto?
- Sólo quince dólares.
- ¿¡Quince dólares!? ¿¡Estás loco!? No te pago más de cinco. ¿Crees que soy americano o idiota?
- ¿¿¿¿¡¡¡CINCO!?!??!?!! No, no, no. Yo no voy por menos de diez.
- Quizá podría subir a seis si te portas bien.
- Ocho.
- Siete.
Me miró largamente y aceptó siete a regañadientes. A la vuelta de los Killing Fields, el muy cabrón intentó arrastrarme a todo tipo de negocios, legales o ilegales, de los que pudiera sacar una comisión. Paró sin mi permiso en todo suerte de tabernas, campos de tiro, comercios y hoteles intentando convencerme de que entrara. Finalmente, al comprobar que yo era un hueso duro de roer, se dio por vencido y me condujo en silencio hasta el malecón. Me bajé de su moto, valorando la posibilidad de darle ocho dólares por aquello de que un dólar no es nada para mi pero supone para ellos y sus familias blablablá blablablá blablablá. Me observó largamente con mirada aviesa y taimada y espetó siseando cual serpiente y extendiendo la mano:
- Catorce dólares.
- ¿Catorce? Habíamos convenido siete.
- Siete ida, siete vuelta- replicó en una maniobra largamente ensayada. Supongo que en ese momento explotó dentro de mi la ira de la multitud de ocasiones en que han intentado robarme con estratagemas semejantes a lo largo del viaje, así que le solté tales gritos e improperios en anglo-español que acabó subiéndose a la moto, cogiendo mis siete dólares en silencio, y marchándose a toda prisa como alma que lleva el diablo. El malecón, muy bonito.

Ciudadanos de Phnom Pehn hacen ejercio en el malecón

Ciudadanos de Phnom Pehn hacen ejercio en el malecón

Y Angkor

Una puerta comida por las raices de los árboles

Una puerta comida por las raices de los árboles

Camboya es consciente de que el cien por cien de los turistas que llegan a su país lo hacen para visitar Siem Riep y los templos de Angkor. El complejo de Angkor está formado por los restos de una ciudad descomunal, habitada durante cerca de diez siglos, y que fue la más grande del mundo cuando en Europa quemábamos brujas y nos sumíamos en la oscuridad del medievo. Hay en la actualidad cerca de mil monumentos concentrados en una extensión que puede verse durante una semana sin repetir nada. Los monumentos han sido rescatados de la selva, que se confunde con ellos en ocasiones, y forma parte de su estructura para siempre, con raices de catedralicios árboles incrustadas en las piedras, sujetándolas y arropándolas, abrazándolas y ahogándolas en una danza sinuosa y tétrica. Es impresionante encontrarse cara a cara con el suntuoso lago que precede y refleja como un espejo al más famoso de todos los templos, el Angkor Wat, pero quizá más impresionante todavía sea observar el detalle amoroso y experto con el que está decorada cada esquina, cada muro, cada columna y peldaño de cada monumento. Es Angkor un complejo de joyas dentro de joyas. La selva que rodea los momumentos es de postal, una miríada de hormigas humanas cuidan con esmero las inmediaciones para que no crezca una brizna de hierba de más, para que nada ensucie el asombroso paraje. Me alojé en un hotel modesto a escasos quince kilómetros de las ruinas. Me llevó un día digerirlas. A la mañana siguiente, muy temprano, salía hacia Bangkok, para cerrar el círculo de Indochina.

Uno de los templos. Nótense las alucinantes caras en las torres.

Uno de los templos. Nótense las alucinantes caras en las torres.

La selva, confundiéndose con los templos

La selva, confundiéndose con los templos

Cerrando el círculo

Me detuve un día en Bangkok para hacer un fugaz pit stop y cambiar las ruedas a Fefa. Llevo obsesionado con las ruedas desde que, hace unos días, me fijé en la trasera y comprobé que apenas tenía dibujo. Así pues, organicé todo para tener unos neumáticos nuevos esperándome en un enorme taller de motos de gran cilindrada a las afueras de la capital de Tailandia (*). Al día siguiente cruzaba Bangkok entero -unas cuatro horas de atascos y confusas callejuelas- y, desconcertantemente, me dirigía al oeste. Sólo al salir de la enorme ciudad, la carretera describe una abrupta curva a la izquierda y por fin enfila hacia el sur, justo donde la península de Indochina se une a la de Kra. En ese momento, la carretera apenas puede hacer otra cosa que descender: a la derecha, unas escarpadas montañas calizas anuncian la frontera con Myanmar y a la izquierda, una planicie rebosante de plantaciones de piñas y de árboles de caucho desemboca en el golfo de Siam con sus impresionantes playas de arena blanca y trufadas de palmeras y chiringuitos apacibles. El GPS me llevó hasta una de esas playas, donde se habían asentado tres complejos hoteleros: Dos de ellos parecían ostentosos y fuera de mi presupuesto y el tercero era poco más que una villa de vacaciones con unos cuantos chalets adosados. Todo estaba pintado de un rosa chillón, tanto el exterior como las habitaciones, cuyas sábanas eran rosas, sus cortinas rosas, las toallas eran rosas. El lugar se llamaba Pink Power Beach. Estaba completamente desierto, excepto por la fantasmagórica presencia de un jardinero fiel que me tendió un llavero de Hello Kitty. Por unos doce euros, me alojé en sus instalaciones vacías. Me quedé dos días disfrutando del mar: habría estado más tiempo, pero no había más que un restaurante en las inmediaciones -y a una distancia incómoda tanto para hacerla a pie como para coger la moto-, y al parecer sólo cocinaban arroz con gambas, o eso pude entender por los gestos de las camareras. Los paraisos nunca son completos, supongo.

Felices fiestas a todos :)

¡Peligro! ¡Zona de tsunamis!

¡Peligro! ¡Zona de tsunamis!

(*) Los detalles mecánicos se tratan en capítulos especiales llamados el making of de salíadarunvuelta para no interrumpir el ritmo de la narración.

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